Renuncia: todos los derechos de la obra Kimetsu No Yaiba pertenecen a Koyoharu Gotouge. Sus personajes son usados en esta obra con fines de entretenimiento y no buscan lucrarme de alguna forma.
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Capítulo 6: Es por eso que suelo imaginar
——Finalmente todos estaban en cama disfrutando del descanso que les brindaba la noche. Casi todos dormían, a excepción de Inosuke.
Desde que los pelos de su piel se irguieron como metal al contacto de un imán, no había podido lograr que sus pensamientos estuviesen lúcidos. En parte era bueno, puesto a que finalmente en semanas había despejado la cabeza de aquellas pesadillas que le atormentaban; pero ahora, la autora de su incertidumbre era Aoi, con sus cuidados dudosamente precavidos.
Oh, por Buda, jamás había deseado tanto que Monjiro y el bebé llorón regresasen pronto. Con ellos quizás la atención de la enfermera se vería distribuida y le dejaría en paz de una vez, junto a esos extraños pensamientos que le hacían tener la cara tan pero tan caliente.
De verdad estaba considerando lo de la fiebre, pero no quería tenerla cerca. Le empezaba a poner furioso las condiciones que ultimadamente lo aquejaban.
¡¿Era alguna clase de infección que le había pegado el papanatas de Monitsu?!
Cuando trató de despejar su mente, la imagen de aquella otra mujer que lo perseguía en las noches se hizo presente. Esta vez, corría por el monte cubierta parcialmente de sangre, mientras lloraba y se disculpaba con el niño en brazos.
Su rostro parecía pintado al óleo, dificultándole la tarea de definirle la cara a Inosuke, quién corrió tras ella. Cuando estaba a punto de alcanzarla, el panorama cambió y la oscuridad le rodeó. Lo último que pudo escuchar fue el sonido de la piel desgarrarse y el llanto del bebé.
—¡Maldición! —se tomó de la cabeza con ambas manos, su rostro descompuesto por la ira—. ¡¿Qué es lo que significa esta mierda?! ¡¿Ah?!
Inconscientemente reconoció que la respuesta no llegaría, probablemente jamás lo haría. Ya no tenía nada de que aferrarse, y cada escenario le dolía sin motivo alguno. Como si hubiese vivido aquello en carne propia.
Viendo el contexto en el que se habituaba, reconociendo por costumbre que seguro era alguna parte de su mente, se derrumbó en llanto. No lo admitiría jamás, mucho menos lo pensaría siquiera por pensar que la sola idea lo hacía menos fuerte; pero quería un abrazo. Quería que lo consolaran y le arrojaran un atisbo de luz a ese sumidero sin sentido. Así como solía hacerlo Tanjiro, que llegaba y de golpe comprendía la situación, procediendo a explicárselas.
Nunca le había molestado tanto no poder comprender algo.
La oscuridad que lo rodeaba de repente se vio opacada por la aparición de la figura de la enfermera que venía invadiendo su mente desde la tarde. Inosuke fue deteniendo su llanto gradualmente, y olvidando que quizás todo era producto de su imaginación, se secó con brusquedad las lágrimas y le dirigió una mirada seria a la de las coletas.
—¿Qué es lo que quie-
Pero sus palabras se vieron repelidas por la acción que tomó la chica al abrazarle de un instante a otro, dejando al azabache en un coma verbal y tan rígido como una roca.
Definitivamente esa demente estaba en celo, pensaba.
Contrario a su reacción habitual que se hubiese reducido a sacarla a patadas de su espacio personal, solo se quedó allí, dejándose dar ese tan ansiado abrazo que momentos antes había pedido a gritos su malherido corazón, sintiéndose reconfortado por cada caricia angelical que ella le propinaba en la espalda. Sí, si ella era enfermera, le concedería por esta vez la admisión, y diría seguro de ello que estaba cumpliendo al margen con su tarea.
La oscuridad que lo rodeaba de pronto cambió. Esta vez, por la oscuridad de la habitación en la que se hospedaba, en la finca de las mariposas.
A falta de heridos y que sus compañeros siguiesen recluidos en su misión, la soledad volvía a ser su acompañante.
Pero no se sentía agobiado de alguna forma, puesto a que su sueño tuvo un final que podría catalogarse como reconfortante.
¿Había sido eso entonces el porqué su mente pensaba tanto en esa mujer? ¿Esa sería la cura de todo? Debía averiguarlo.
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Estaba profundamente dormida. Flotando en un espacio vacío sin pensar en nada realmente, pues claro, solo sueñas cuando estas a punto de despertarte, y evidente era que ella no tenía las de despertar aún. Pero los toques repetitivos en su puerta la obligaron a abrir los ojos.
—¿Quién demo- —se congeló al encontrar fuera de su cuarto a Inosuke, quién lucía serio y algo distraído; con la mirada rehuyendo de la suya—. ¿Necesitas algo? —preguntó por inercia. Seguía pasmada de verlo allí.
—Quiero que me abraces.
—¿Qué? —con las mejillas tiñéndose de un carmesí que sintió que brillaba como quinientos faroles de luz, pensó que había escuchado mal o para peor, se estaba volviendo loca y alucinaba.
La mirada de él se volvió demandante y antes de que ella siguiera cuestionándolo, tomó entre sus brazos el que pensó, sería el elixir a esa frustración que le atormentaba noche tras noche.
—¡Haces muchas preguntas tontas! —exclamó mientras la tenía aún entre brazos, en un gesto posesivo que tildó el doble aquel rubor de Aoi.
Ella por su parte había quedado estupefacta ante ese comportamiento que se le antojaba entre invasivo y... ¿lindo? Era complicado describir exactamente como sentirse al respecto, pero Inosuke era una caja de sorpresas. El chico era inocente, inofensivo en cualquier aspecto que dudaría de personajes como Zenitsu a la hora de abrazar, por lo que -aún con la mitad del cerebro adormecido- le concedió la victoria a esta batalla y pasó sus brazos por la cintura de Hashibira, devolviéndole el abrazo; enternecida de que finalmente él se abriera a ella.
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¡Lamento la tardanza!
