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—Bajo la cloaca 4—

Giro en la investigación


El detective se ajustó la correa antes de sentarse. Encendió la lámpara. Kotarō lo observó en silencio, estaba echado en la cama, envuelto en la frazada. Taiga se sirvió un vaso de agua del termo que había sobre la mesa de su costado. La habitación era realmente pequeña, aunque Kotarō aseguraba estar en un palacio. Ese muchacho nunca había sido dueño de nada, nunca había sentido verdadera seguridad en ningún lugar. Taiga lo observó unos segundos, gracias a las declaraciones de ese chiquillo, la investigación había avanzado a pasos agigantados.

Se levantó y acabó de vestirse. Daiki esperaba en la central. En un par de horas como máximo, les entregarían la orden de allanamiento para intervenir la casa de Tatsuya. En el fondo, temía encontrarse más sorpresas. Suspiró y le avisó a Kotarō que regresaba en la noche. Ese día se aclararía todo. Kotarō desvió la mirada. Entregar a Tatsuya tampoco era fácil para él.

—Himuro-san se trasformó el día que murió su madre —Kotarō le contó—. Usted debe saber cuánto le afectó, es su hermano, estuvo en el funeral. —Él asintió—. Fue muy triste.

—Fue por una bala perdida en un tiroteo.

—A veces me pregunto si de verdad fue así o si solo fue una pantalla —dijo más para sí.

Bajó la mirada, era complicado comprobar esa teoría. Le recordó quedarse allí, que le avisaría sobre el proceso de Tatsuya apenas lo capturara. Kotarō no contestó, pareció afligirse. Taiga se acuclilló delante de él. Así les doliese aceptarlo, Tatsuya estaba trastornado. Era cierto que su hermano cambió el día que su mamá falleció, pero no era razón suficiente para convertirse en un depravado. Kotarō era un ejemplo de ello, Tatsuya le había desgraciado la vida.

—¿Usted cree que al final pueda ser parte de algo?

—Si lograste adecuarte al infierno, dudo que se te complique una vida normal —le contestó burlón. Kotarō se rio a carcajadas—. Tiempo al tiempo, nos vemos —se despidió y le guiñó.

Leyó el mensaje de Daiki al cerrar la puerta. Su amigo ya tenía en su poder la orden. Al parecer no eran los únicos interesados en moverse rápido. Sonrió complacido así tuviese un apretón en la garganta. Era su deber atrapar a Tatsuya, también a Shintarō y no sabía hasta qué punto a Kazunari. Tomó las escaleras de emergencia y prendió la sirena de su auto apenas subió.


El hotel estaba vacío como lo predijo. La policía no tardaría en llegar a ese sitio para recolectar pruebas. Shintarō apagó la camioneta y le quitó el cigarro a Seijūrō antes de que lo encienda. El olor a tabaco le provocaba náuseas. Era médico después de todo, no un simple mafioso.

Oha-Asa había pronosticado buena suerte para el Cangrejo, estaba en el puesto número dos y Escorpio en el último. Kazunari era Escorpio, Tatsuya igual y el secuestrado también cumplía con el requisito. Sonrió satisfecho. El destino lo asombraba, aunque tomaba sus precauciones. Su amuleto era una perla y un Sagitario, signo que encabezaba la lista del zodiaco de ese día.

Seijūrō apagó la radio. Consideró oportuno recapitular el plan para evitar errores tontos. No había tiempo para más de una estrategia. La policía los capturaría si fallaban. Seijūrō le repitió paso a paso lo que debía hacer si Kazunari se negaba a colaborar con ellos. Shintarō asintió y jaló la palanca para abrir la maletera. Era momento de armar la escena. Seijūrō salió primero. El secuestrado seguía amordazado y atado de extremidades. Shintarō se apiadó de su gesto de angustia. Le ordenó a su subordinado que atase el bulto a la silla que había en la recepción del quinto piso. Seijūrō acató, arrastrando a ese muchacho hasta el lugar indicado.

—Reconsidéralo —Seijūrō le insistió como el día de ayer—. La policía está detrás de nosotros, no merece la pena perder la libertad por un par de estúpidos, Shintarō.

—Sabes que no son un par de estúpidos —le contestó desdeñoso—. Después de tantos años, Tatsuya es un trofeo y haré todo lo humanamente posible para conseguirlo —le aseguró y se ajustó las vendas de la mano izquierda. Tatsuya le había quemado la piel con aceite hirviendo el día que se propasó y le acarició más de lo debido. Le causaba morbo recordar.

Seijūrō no alargó la conversación. Shintarō se apoyó en ese gran escritorio de mármol y miró el reloj. Solo debía esperar. Se preguntó cuál sería el atuendo ideal para sus dos trofeos.

—Ingresaré a los 10 minutos, sea o no el momento, sin refuerzos conviene actuar más rápido que ellos. —Shintarō asintió y le ordenó con una seña que fuese a su posición—. Suerte.

Seijūrō se metió al pasillo y caminó suave para opacar sus pasos. Existía otra final.

Shintarō sacó la perla de su bolsillo y la pulió con un pañuelo. Ryōta le había regalado esa joya unos meses antes de perecer. Según ese iluso Géminis, pertenecía a la madre de Tatsuya.


Las libertades sobraban como una orden oficial. Daiki pateó la puerta y la abrió de par en par. Pidió a los Dioses un descanso. La anterior habitación con llave le había erizado la piel. Taiga fue el primero en entrar. Ese cuarto parecía un almacén. Había cajas amontonadas al fondo e incluso un televisor. Daiki prendió la luz, la única iluminación al no encontrar ventanas.

Taiga observó el suelo y halló debajo de una caja rota llena de revistas, fotografías regadas y un fólder aplastado. Se agachó para sacarlo. Acomodó varios papeles hasta dar con una foto delicada. Daiki se la quitó, era la cara de Kise Ryōta. Daiki guardó su pistola y se colocó un par de guantes para guardar solo tres fotografías en una bolsa. Taiga le alcanzó el resto del fajo, él continuaría revisando el resto. La cantidad de cajas era increíble y el olor a polvo fastidiaba. Daiki pasó foto por foto. Había muchos rostros, unos que nunca había visto en su vida y otros que habían sido reportadas como desaparecidas hace mucho tiempo. Al fin habría justicia.

Taiga sacó una cuchilla de su bolsillo y abrió las cajas más empolvadas. Encontró un sinfín de discos con distintas fechas. Revisó cada lado de la caja para ubicar nombres. Retuvo el aliento al leer el nombre Tod en uno de los cuatro paquetes. Kotarō le había ayudaba a entender que Kise Ryōta y Tod eran la misma persona. Volteó hacia Daiki. Su compañero seguía inmerso en las fotografías, quizás buscando con ahínco la cara de Sakurai Ryō, que se mantenía como un testigo protegido de la policía ahora. Miró otra vez los discos de Tod y sacó el más antiguo.

—Es un maldito enfermo —oyó y lo sabía. Estaba terriblemente decepcionado de Tatsuya.

—Mira esto —Taiga le avisó, era momento de enfrentar. Daiki volteó interesado. Enchufó el televisor y el DVD que había en el lugar—. Quizás haya algo de relevancia en estos.

Demoró en leer, pero comenzó. Taiga se sentó afectado al ver la cara de Ryōta allí. Daiki dejó caer las fotografías. Su hermano había matado a Ryōta y necesitaba saber por qué.

"… esto, bueno, otra vez ¡Hola, aquí Kise Ryōta! Yo- bueno, recién empiezo en esto. Mi a-amo aprobó mi apodo de Tod como… eh… ¿Tengo que hacer esto, Himurocchi? ¡Es vergonzoso!"

Taiga se frotó el rostro. Su jefe había sido acertado. Tarde o temprano le afectaría demasiado ese caso. Se sentía sofocado. Regresó su atención al video como Daiki. Ryōta vestía un collar de cuero negro, parecido a la correa de un perro. Por unos minutos apareció Tatsuya en ese video, aunque solo se le viese el abdomen y parte de la pelvis. Ryōta estaba a menor altura.

—¡Ese maldito hijo de puta! —Daiki dijo no soportándolo más—. Le voy a partir la cara.

—En el último video… —Taiga reaccionó para frenar los impulsos—. En el último video debe haber alguna razón —explicó. Daiki escarbó en la caja hasta llegar a la última cinta grabada.

Ryōta apareció de nuevo. Sus ojos estaban hinchados y la cabeza recostada sobre sus brazos. Atrás de él se veía el televisor de ese momento. Era esa habitación. Taiga lo corroboró al mirar otra vez las paredes. Era la misma pintura opaca, los mismos arañones y rasguños.

"…creo que esta será mi última grabación como Tod. Me despido de ti, de todo esto. Quizás no me entiendas, Himurocchi, quizás pienses al final de esta cinta que yo soy el culpable por todas las recientes investigaciones… pero… no me arrepiento. Son mis hermanas. No puedo dejar que mis hermanas estén secuestradas, prostituyéndose sabe Dios dónde. Pensé que tendría tu apoyo, que me ayudarías, pero me equivoqué. No quieres mover ni un dedo por mí. Soy un juguete para ti después de todo. Sé que, por infringir las reglas de esta organización, me vas a dejar… quizás me mates… y lo acepto. Hemos sido una pareja por mucho tiempo, yo realmente te amo y me siento una basura al haber traicionado a tu organización. Pero quiero dejar en claro que yo jamás, JAMÁS hablé de ti, Tatsuya… Nunca di tu nombre… Espero que te vaya bien, por mi parte… me iré del país apenas rescaten a mis hermanas. Ojalá puedas perdonarme… —¡Ryōta! ¡Ryōta!—", se escuchó otra voz. En la grabación, Ryōta volteó asustado y apagó la cámara.

—Fue él, él lo mató —Daiki masculló y pateó las cajas.

Taiga todavía permanecía con la mirada fija en el televisor. Era cierto. Ryōta jamás mencionó a Tatsuya, nunca lo involucró con la investigación en el prostíbulo que cerraron aquel año. Su hermano era un hombre de cabeza fría, lo conocía. Observó mejor el piso, había una mancha más clara que el resto. Tal vez Tatsuya utilizó químico sobre el suelo para borrar la marca de sangre. Fuera de ello, ahora sí su equipo contaba con pruebas físicas para incriminar a Tatsuya como era el único responsable de la muerte de Kise Ryōta; sin embargo, no le era convincente el motivo que Ryōta exponía en aquella última cinta. Recordó las palabras de Kotarō a cerca de la mamá de Tatsuya. Algo lo trastornó y Ryōta podía tener parte de culpabilidad en ello.

—Tenemos que llevar esto a la central —Daiki dijo para despabilar a su compañero.

—Llamemos a un tercero, tenemos que encontrar a Tatsuya —Taiga le dijo y fingió serenidad, pero volteó hacia su amigo con brusquedad. No podía con la intriga—. Esa cinta es mentira, estoy seguro. Nos está manipulando, siempre nos estuvo manipulando —le avisó.

—¿De qué estás hablando? El enfermo es ese imbécil que se dice tu hermano y tiene que-…

—¡Aomine! —Taiga le gritó para callarlo—. Date cuenta, Kise nunca nos dijo nada de Tatsuya, nada. ¿Por qué lo mataría por eso? —le preguntó escéptico—. Tatsuya no es así y pocas veces pierde el control, algo muy grave debió de haberse enterado para perder la compostura.

—¿Te parece poco demandar su organización?

—Esa no era su organización, él no tenía un prostíbulo —le aclaró. Daiki retrocedió—. Kotarō me comentó ayer que Tatsuya le pidió perdón por no haber ayudado a sus hermanas.

—¿Qué hermanas?

—Sí, ¿qué hermanas? —Taiga le dijo con la misma interrogante—. Las únicas "hermanas" que nosotros conocemos son las supuestas Kise, las hermanas que aparecieron en videos siendo torturadas, las mismas hermanas que supuestamente están en el extranjero —sospechó.

—… no te entiendo.

—Yo tampoco lo entiendo, pero, Aomine, estoy seguro de que eso no involucra a mi hermano. Es algo entre Midorima y Kise, y si tengo que encerrar años a Tatsuya, lo haré, pero por Kotarō —le advirtió—, porque todo me dice que tu amigo Kise no fue más que un maldito infeliz.

La llamada de su jefe los apresuró. La orden para ingresar al hotel de sumisión estaba lista.

Taiga respiró profundo, los arrestos de ese día lo comprometían más allá de su trabajo como investigador policial. Daiki compartía el sentir. Llamó a un hombre de su área y le proporcionó la dirección de su hermano. Había material jugoso qué recoger y qué revisar de esa casa.


Kazunari entró al hotel detrás de Tatsuya, con el sudor ya dominándolo. No era el momento para cuestionarse cómo llegó hasta allí, pero las preguntas lo bombardearon una y otra vez. El pecho le apretó. Se perdió por unos segundos en la nube. Existía la posibilidad de morir en ese lugar, de perecer sin haberse despedido de las personas que más amaba. Tatsuya le tronó los dedos, lo devolvió a tierra. Consideró el huir, el convencer a su amo de olvidar esa estúpida venganza que solo los arrastraría al infierno. Intentó hablar hasta que divisó a su mejor amigo.

—No. Tú no ¡Kiyoshi! —Kazunari gritó exaltado y se acercó corriendo, pero se detuvo cuando su tío apareció por el pasillo opuesto. Kiyoshi forcejeó en vano, era imposible desatarse—. Él no tiene nada que ver en tus problemas con Himuro-san, ¡no es culpable de nada!

Shintarō siseó. Le recordó que no estaba hablando con el vecino. Su sobrino debía aprender modales. Era un defecto que lo exacerbaba. Se ajustó los lentes antes de mostrar el arma. No jugaría a los rodeos. Kazunari se paralizó. Con la muerte de ese individuo le enseñaría no solo con creces a elegir siempre el bando correcto sino también a respetar a sus mayores.

Tatsuya no se alteró y retuvo a Kazunari cuando intentó acercarse en medio de ruegos.

—Por favor. Tío, por favor. Me quitaste a mi hermana, ¡por favor!

Kazunari forcejeó cuando su tío le indicó con una seña que se acercara. Kiyoshi era una de las personas más importantes en su vida. Así estuviese confundido, así no entendiese qué había cambiado en él en los meses al lado de Tatsuya, los recuerdos que tenía grabados con Kiyoshi eran muy fuertes. Flaqueó. Su mejor amigo tenía los ojos llenos de lágrimas al igual que él.

—¡Suéltame! ¡Déjame! ¡No puedo! ¡No voy a ayudarte si ese es el precio!

—Igual lo matará —Tatsuya le avisó y lo soltó sin más. Kazunari se quedó inmóvil—. Cuando te entregues, igual lo hará ¿Tú crees que no le da placer verte sufrir? —le preguntó.

Kazunari miró hacia a Kiyoshi y luego a su padrino.

Shintarō bajó el arma al oír las sirenas de la policía. El tiempo se agotaba. Corroboró la hora en el reloj de pared. Seijūrō era el as bajo la manga. No le convenía apretar él el gatillo, era un acto de complicación con Kazunari, pero sea él u otro, ese muchacho moriría en ese piso.

—Sabes que, si testificas a mi favor, podemos negociar, Kazunari —Shintarō le dijo también con los nervios controlados como Tatsuya y mantuvo la dirección del arma—. Elige. O muere este imbécil o me ayudas, ¿qué prefieres? —le preguntó más serio.

Tatsuya soltó unas risas. Había previsto el secuestro de Kiyoshi y era una lástima que acabase así, no había estado en su primer plan. Sacó el revólver que ocultaba y se apuntó a la sien.

Kazunari retrocedió con torpeza, asustado.

—¿Esto es lo que quieres? —Tatsuya le preguntó más compasivo.

Kazunari no contestó. Tatsuya suspiró. Entendió el dolor en su mirada. Era difícil decidir entre dos cariños totalmente diferentes. En uno existía historia y en otro, intensidad. La decisión la tomaría él. Le acercó las muñecas como si fuese a ser encadenado, en un gesto de rendición. Kazunari le pidió perdón repetidas veces. Él también le pidió perdón, era egoísta y no existía modo de que viviese compartiendo a alguien que amaba. Alzó el arma hacia Kiyoshi y disparó. Kazunari no logró detener el disparo. Se escuchó dos gritos y la sangre alcanzó sus pies.

Tatsuya dejó caer el arma de la impresión. Kazunari tembló preso del pánico.

—No podía permitir que usted cometiera otro error más.

Kotarō tosió repetidas veces y escupió la sangre que lo ahogaba. La bala le había atravesado el cuerpo, quedando atrapada en el mármol. Tenía el pulmón colapsando por la hemorragia.

Tatsuya se acercó apresurado sin saber cómo ayudarlo. Kotarō sonrió adolorido.

—Sea el Himuro Tatsuya que yo conocí —le dijo. La sangre le chorreó por las comisuras, trató de toser, pero el cuerpo ya no le respondía. Comenzaba a sentir que flotaba. Hubiese querido pedirle perdón a Taiga por desobedecer y no quedarse casa, prometerle que se esforzaría en la vida normal. Hubiese querido darle las gracias a Kiyoshi y a la familia Miyaji por su bondad.

Tatsuya le ladeó el rostro para botar la sangre, para abrirle las vías respiratorias. Le apretó la herida en el pecho con la mano, impotente. Maldijo más de una vez y trató de reanimarlo con RPC. Tapó las perforaciones. Se llenó el rostro y las manos de sangre, pero fue en vano.

Kazunari estaba paralizado por el olor, por la escena, por ver a Tatsuya tan roto. Apretó los párpados al oírlo llorar tan desconsolado. No sabía qué sentir. No sabía qué pensar.

Shintarō volteó hacia el pasillo por donde Seijūrō aparecería, pero no había nadie. Confiar en los demás resultaba siempre una molestia. El nuevo plan era improvisar. Gracias a Kotarō, no necesitaba cargar más muertos. Alzó la pistola para controlar a Kazunari, sin éxito. Una bala le rozó la mano y el revólver cayó se estrelló contra la pared. La policía había llegado. Daiki le ordenó retroceder. Era el final. Shintarō intentó huir, pero el detective lo redujo fácilmente.

Taiga no reaccionó, se venció en la pared al ver quién estaba tendido en el suelo. Kotarō tenía la mirada perdida, había muerto hace unos minutos. Se sintió culpable. Confió demasiado en la estabilidad de alguien que había vivido muchos años perdido. Se limpió las lágrimas apenas cayeron. Daiki no lo molestó y movió a los demás policías que llegaron para las capturas.

Kazunari desató a Kiyoshi. Las manos le temblaban del nerviosismo. Se aferró a él, lo abrazó con la misma desesperación que en el funeral de su hermana. Necesitaba un bastón. Kiyoshi lo apretujó más cuando un policía se les acercó. Kazunari se negó a separarse de él, le lloró, le pidió perdón por haberlo botado de la casa de Tatsuya ese día, por no haberlo escuchado. Fue difícil enfrentarse a su realidad. Se estremeció al ser esposado. Kiyoshi trató de defender lo indefendible y se lo agradeció, pero lo merecía y no quería involucrarlo más en sus pésimas decisiones. Le sonrió antes de seguir a los policías. Kiyoshi iba para el área de testigos, no con él. La pesadilla parecía haber acabado para algunos y para otros, el inicio de la facturación.

Shintarō miró alrededor, enervado. Seijūrō se había fugado. Los periodistas lo bombardearon de fotos apenas salió del hotel. La prensa estaba aglomerada lanzando preguntas al equipo de policía. Los detectives se abstuvieron. La relacionista pública del cuerpo policial era la más indicada para narrar los avances de la investigación. Taiga estaba absorto. Daiki le avisó que se encargaría de los reportes, del tedioso papeleo, que descansara un momento para asimilar lo sucedido. Aún estaba pendiente el tema de Kise Ryōta, lo necesitaba fresco para la rueda de interrogatorios. Taiga lo ignoró al ver a los peritos de fiscalía llegar y abrazó a su amigo.

Kazunari salió esposado al igual que Tatsuya. Ambos con la cabeza gacha, sin mirar a nada en particular. Tatsuya lucía igual que su hermano, en estado de shock. Kiyoshi estaba escoltado por la policía, era testigo clave para armar el complot. No opuso resistencia. No negó la ayuda.

Kiyoshi volvió la mirada hacia el edificio y los ojos volvieron a empapársele. Siguió caminando y subió junto con un policía a la camioneta de los testigos. Allí se encontró con dos conocidos.

—Pensé que estarías muerto —Atsushi habló con una mueca de disgusto.

—… debería, debería estar y-yo muerto y no ese chico —Kiyoshi le contestó apenas y se tapó el rostro al sentir tanta impotencia—. Fui muy injusto con él, ¡cómo pude tratarlo tan mal!

El policía intentó consolarlo. Atsushi los observó y volteó hacia el otro testigo.

—¿Hayama-chin?

—Un infeliz menos en este mundo de mierda —Shōgo le contestó desinteresado y apoyó la cabeza, quedándose con la vista fija en el techo—. Tu amigo quedará tocado de por vida.

Atsushi se estiró para asomarse por la ventana del copiloto, pero no logró divisar a su buen amigo por ningún lado. Tatsuya debía estar siendo trasladado a la comisaría con los otros.


N/F: No sé después de cuántos años publico el final de esta historia. Falta un capítulo más que es el cierre del caso y qué papel jugó Kise Ryota en todo si es que ya no lo han adivinado con este capítulo. Saludos desde Perú, en medio de la cuarentena.