Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[21]


Había sido una mañana frustrante. Hinata se había despertado con energía y esperanzas renovadas después de haber dormido bien. La lluvia había cesado, aunque el cielo seguía cubierto de nubes. Y recordó la visita de la noche anterior y sonrió al pensar que todavía tenía amigos.

Pero, al bajar a desayunar temprano, se dijo a sí misma que le debía quedar muy poco tiempo. Toneri llegaría a casa en cualquier momento. Debía de haber adivinado que volvería a Byakugan House antes que a Londres. ¿O no? Puede que hubiese pensado que había huido otra vez, esperando que no la encontraran jamás. Londres sería el destino evidente si ese fuera el caso. Quizá la perseguiría hasta allí.

A no ser que se le ocurriera pasar por la oficina de la diligencia para averiguar el destino del billete que había comprado.

Annie se había ido, lo cual le molestaba. Había muchas preguntas en relación a las joyas que le habría gustado hacer a su antigua doncella. Pero no quedaba tiempo para lamentarse.

—Chapman —le preguntó al mayordomo en el desayuno—, ¿adónde llevaron el cuerpo de Zetsu para enterrarlo? —Y se ruborizó ante la necesidad de hablar tan abiertamente de un tema que debía de haber sido la comidilla de las habitaciones del servicio.

—No lo sé exactamente, señorita.

—Entonces averigüe quién lo sabe.

—No estoy seguro de que alguien lo sepa.

Chapman nunca había sido el hombre más hablador del mundo.

—Alguien tuvo que acompañar el cuerpo. Y quizás alguien asistió a su funeral. ¿Alguno de sus amigos? ¿El propio Lord Otsutsuki?

—Su señoría, sí, señorita. Flynn condujo el carruaje. Ahora está con su señoría.

—El cuerpo debió de ir por separado —especuló ella—. En carro, supongo. ¿Quién lo condujo?

—Yardley, señorita.

—Entonces tráeme a Yardley, por favor.

—Se ha ido, señorita. A Yorkshire, creo. Ha cogido un nuevo empleo allí.

—Ya veo. Supongo que si quisiese hablar con la persona que amortajó el cuerpo de Zetsu y lo colocó en el ataúd, esa persona también se habría ido.

—Fue Yardley, señorita, con su señoría. Su señoría estaba bastante afectado por lo que había sucedido.

Hinata dejó la servilleta en la mesa. Había perdido el apetito.

En los establos escuchó la misma historia. Nadie sabía adónde habían llevado a Zetsu para enterrarlo. Yardley se lo había llevado. Y Flynn había llevado a su señoría al día siguiente. Nadie recordaba que Zetsu hubiese dicho jamás de dónde procedía.

Finalmente Hinata volvió a la casa y entró en el salón de día, que siempre había sido su favorito. A la prima Kanna nunca le había gustado porque afirmaba que el sol directo le provocaba dolor de cabeza. Y Kaguya no solía estar despierta por la mañana. Así que Hinata, dirigiéndose hasta la puerta y mirando en dirección a los cuidados parterres de flores y los setos bajos y recortados de los jardines, recordó que siempre había sentido como si la habitación fuese suya.

Parecía que no lograba averiguar nada. Y lo que resultaba todavía más frustrante, que no sabía qué era lo que tenía que averiguar.

Se sabía casi toda la historia. Había matado a Zetsu por accidente. Toneri había hecho que se llevaran el cuerpo a su lugar de origen para enterrarlo.

Toneri también había colocado las joyas de la prima Kanna en su baúl y se había asegurado de que alguien descubriese que estaban allí. Aunque pudiese hablar con Annie, no podía hacer nada para demostrar que no las había puesto allí ella misma.

Puede que después de todo fuese una estúpida por no haber huido a Londres cuando había tenido la oportunidad. Las criadas la miraban como si esperasen bajar la vista y descubrir que blandía un hacha en una mano. Cuando llegase Toneri todo empezaría. O más bien todo acabaría. Y pese a lo que habían dicho Gaara y Temari la noche anterior, dudaba que nadie ni nada pudieran salvarla.

Era incapaz de demostrar su inocencia.

Pero no. Ya no podía correr más. Estaba donde tenía que estar.

El pensamiento de resignación tranquila no duró más de un instante. Un carruaje había aparecido a lo lejos entre los árboles del camino un carruaje que se acercaba a la casa.

Las manos de Hinata se enfriaron de repente y sintió que el corazón le latía dolorosamente contra las costillas y en los oídos. El rostro también se le quedó helado. Y un zumbido le embotaba además los oídos.

Se separó de la ventana y se sentó en el borde de la silla, con las manos apretadas en el regazo y la espalda recta.

Se concentró en no desmayarse y en calmarse. Le quedaban como mucho cinco minutos. Toneri debía verla tranquila. No debía encontrarla en actitud servil ni suplicante. Y no debía aceptar ningún tipo de proposición procedente de él, aunque siguiese dispuesto a ofrecérsela. No debía.

«Por favor, Dios —rezó en silencio—, dame la fuerza para no perder la integridad ni perderme a mí misma. Por favor, Dios.»

No volvió a levantarse ni miró por la ventana aun cuando el ruido de los cascos y las ruedas del carruaje se aproximó.

Enderezó los hombros, levantó el mentón, y se concentró en respirar lenta y profundamente.

Se puso en pie cuando la puerta se abrió y él pasó por delante de Chapman y entró en la habitación.

Hinata tardó unos momentos en percatarse de que no era Toneri. Al principio sus ojos no eran capaces de transmitir el mensaje a su cerebro. Y luego sintió cómo perdía el aliento.

—Pensaba que era Toneri. Que era el carruaje de Toneri. Que había venido. Pero no era Toneri. Era todo lo que Toneri no era. Era la seguridad, el consuelo y el cariño. Era su casa. Era todo lo que en el mundo era esperanza y claridad. Dio un paso hacia ella y le abrió los brazos, y ella se dejó estrechar por esos brazos sin saber siquiera cómo se había cerrado la distancia entre los dos.

—¡Ah, pensaba que era Toneri! —exclamó Hinata, sintiendo los afectuosos brazos de él a su alrededor, los poderosos músculos de sus muslos contra los de ella, la amplia firmeza de su pecho contra los pechos de la chica, y la fragancia de ese perfume genuinamente suyo—. Pensaba que era Toneri.

Sintió su aliento cálido contra su oreja.

—No. Soy yo, amor mío.

Ella le tocó los hombros, y sintió su fuerza y su firmeza mientras le murmuraba palabras reconfortantes. Y levantó la mirada hacia el rostro oscuro y duro que había pensado que nunca volvería ver, el rostro en el que había intentado no pensar en absoluto. Alzó una mano para tocarle la cicatriz que ya conocía muy bien.

—Pensaba que no volvería a verlo —musitó. El milagro se encontraba ante sus ojos, en las yemas de sus dedos, en su cuerpo, en su nariz. Un auténtico milagro. Pero todavía no le había llegado al cerebro. Solo estaba en sus sentidos. Y más adentro aún. El rostro del duque se volvió borroso ante sus ojos.

—Aquí estoy —dijo él.

Ella contempló su boca mientras hablaba, escuchó su voz profunda, lo miró a los ojos azules y cerró los suyos. Y de repente se sintió segura y más todavía: envuelta en cariño y fuerza.

Hinata besó al duque. Y sintió una punzada de deseo que le bajaba por la garganta y los pechos y le alcanzaba hasta el vientre y entre las piernas.

Mantuvo los ojos cerrados y echó la cabeza hacia atrás cuando la boca de él se apartó de la suya y empezó a darle besos cálidos por el cuello. El duque le echó los hombros hacia atrás con sus fuertes manos.

—Estás a salvo, amor mío —le dijo al oído—. Nadie volverá a hacerte daño. Amor mío. Amor mío. Era el duque de Konoha. En Byakugan House. Había recorrido todo el camino desde Konoha Hall.

Hinata lo apartó, le dio la espalda, y atravesó la habitación hasta una de las ventanas. Se hizo un silencio.

—Lo siento —se oyó la voz de él procedente del otro lado de la habitación.

No había ido tras ella, como en parte esperaba—. No quería que ocurriera eso.

—¿Y qué quería que ocurriese? —preguntó Hinata—. ¿Qué está haciendo aquí?. No he robado nada de su casa excepto quizás la ropa que compré en Londres con su dinero. Puede llevársela ahora si quiere.

—Hinata… —empezó él en voz baja.

—Me llamo Hanna —le interrumpió ella—. Hanna Hyuga. Solo mis padres me han llamado de la otra manera. Usted no es mi padre.

—¿Por qué ha huido? ¿Es que no confió en mí?

—No —respondió ella, volviéndose a mirarlo. Se obligó a recordar que había sido su cliente en el Toro y el Cuerno, y le miró aquellas manos que siempre le habían asustado muchísimo—. ¿Por qué tendría que haber confiado en usted? Y no he huido. He dejado de huir. He vuelto a casa. Aquí nací, y a lo sabe. En esta misma casa. Este es mi sitio.

—Sí. Por fin la veo en su propio entorno. ¿Está esperando que su primo vuelva a casa? ¿Está esperando lo peor?

—Eso no es asunto suyo. ¿Por qué ha venido? No volveré con usted.

—No. No me la voy a llevar otra vez, Hinata. Su sitio no está en el cuarto de estudio de mi hija y no la llevaré a ninguna de mis casas nunca más.

Ella se volvió hacia una mesa auxiliar y empezó a cambiar de sitio las flores de un jarrón que había allí. Reprimió una punzada de dolor muy poco razonable.

—Ni intentaré colocarla en otra casa, si eso es lo que se teme —continuó el duque—. He venido a liberarla, Hinata.

—Nunca he estado sometida a usted —replicó Hinata—. Le he ofrecido un servicio adecuado a cambio de todo el dinero que me ha dado. Puede llevarse la ropa cuando se marche. No necesito que me liberen. Nunca he estado atada usted.

Él dio otro paso hacia delante, pero llamaron a la puerta, y ella se quedó inmóvil cuando se abrió.

—El reverendo y la señorita Temari han venido a hablar con usted, señorita Hanna —anunció el mayordomo, echándole un breve vistazo al duque.

—Hágales entrar, por favor —pidió ella, sintiéndose muy aliviada. Y corrió al otro lado de la habitación para abrazar a Temari y sonreírle a Gaara.

El duque se había dirigido hasta la ventana donde había estado ella antes, y se había quedado allí de pie.

—Temari, Gaara —empezó Hinata—, ¿puedo presentaros a Su Excelencia, el duque de Konoha? Mis amigos Temari y el reverendo Gaara, Su Excelencia.

Todos hicieron las reverencias correspondientes y se intercambiaron miradas de curiosidad.

—Su Excelencia ha venido para asegurarse de que he llegado a casa sana y salva —explicó Hinata—. Ahora que lo ha hecho, está a punto de marcharse.

—No está a punto de hacer tal cosa —la corrigió el duque, apretando las manos en la espalda—. Su reencuentro de ahora no ha sido especialmente emotivo. ¿Asumo que ya se habían visto antes, desde que volvió la señorita Hyuga?

—Estuvimos aquí anoche —intervino el reverendo Gaara, dando un paso hacia delante—. La señorita Hyuga vuelve a estar entre gente que se preocupa por ella, Su Excelencia. Cuidaremos de ella. No tiene que preocuparse más. Naruto inclinó la cabeza.

—Se alegrará entonces por ella —comenzó—, al saber que Lord Otsutsuki hará una declaración pública en los próximos días en la que informará de que la muerte de su ayuda de cámara fue accidental, descartando la idea del asesinato, y que la alarma que provocó la desaparición de las joyas fue una falsa alarma. De hecho, no hubo ningún robo en absoluto.

Hinata tenía las manos fuertemente agarradas a las de su amiga, que sonreía.

—Si no se hace esa declaración —continuó el duque—, aunque no creo que exista la posibilidad de que no sea así, entonces habrá un juicio en el que con toda probabilidad la señorita Hyuga quedará absuelta y se presentarán diversos cargos graves para llevar a Lord Otsutsuki a juicio.

Los brazos de Temari rodeaban a Hinata, y se estaba riendo.

—Lo sabía. Sabía que todo ese asunto resultaba ridículo. querida, estás como un bloque de hielo.

—Espero que no esté dando esperanzas a la señorita Hyuga sin un buen motivo, Su Excelencia —comentó el reverendo Gaara.

—No haría semejante crueldad —se defendió el duque. Hinata lo miró—.Tuve una larga charla con Otsutsuki y obtuve suficiente información sobre lo ocurrido como para que no prosiga con las medidas que estaba tomando. Y hubo un testigo de nuestra charla, de cuya presencia no fue consciente durante la mayor parte del tiempo.

—¿Toneri ha reconocido la verdad? —preguntó Hinata.

—A efectos prácticos —dijo Su Excelencia—. No creo que tenga que temer nada más de él, Hi… señorita Hyuga.

Ella se cubrió el rostro con las manos y escuchó la risa alegre de Temari. Se percató de que Gaara atravesaba la habitación para darle la mano al duque.

—¡Qué mañana más maravillosa! —exclamo Temari—. Me he sentido culpable por cerrar la escuela, pero ahora estoy muy de contenta de haberlo hecho.

Su voz parecía muy lejana.

—Necesita sentarse —dijo otra voz, y las manos fuertes de los hombres cogieron a la señorita Hyuga por los brazos y la sentaron en una silla. Una de esas manos la agarró de la nuca y le hizo bajar la cabeza hasta casi las rodillas—.Todo ha terminado, Hinata. Ya le he dicho que estaba a salvo.

Al duque de Konoha le gustaba No Sabaku Temari. Parecía ser el tipo de amiga que Hinata necesitaba. Era sensata, práctica, alegre, afectuosa. Una vez que Hinata se recuperó después de haber estado a punto de desmayarse, Temari se la llevó a su habitación un rato pese a las protestas de la chica.

Pero el duque no estaba seguro de que le gustara Sabaku No Gaara. Era un hombre peirrojo y atractivo, tranquilo y amable. Sí, tenía todas las cualidades necesarias para hacer que las mujeres se enamoraran de él. Su Excelencia reconoció que, combinadas con su atuendo clerical, debían de resultar irresistibles para la mayoría de las mujeres.

Y Hinata le importaba. En cuanto las mujeres salieron de la habitación, hizo preguntas precisas y perspicaces hasta lograr que contara toda la historia.

—Un hombre así no debería ser el líder social de una comunidad —comentó el cura—. Tendrían que procesarlo. Por desgracia, hacerlo implicaría causar más tensiones a Hanna. Supongo que hay que conformarse con el acuerdo que ha obtenido.

—Yo también he llegado a la misma conclusión —afirmó el duque—.Personalmente me gustaría hacer pedazos a ese hombre, pero, sí, eso no sería lo mejor para la señorita Hyuga.

El reverendo Gaara lo miró directamente, con unos ojos que parecían ver a través de su alma.

—La señorita Hyuga no debería permanecer aquí —observó el duque—,aunque estoy bastante seguro de que su primo ya no supone un peligro para ella. No sería apropiado para una dama de su estatus volver a mi casa para trabajar de institutriz de mi hija. Tengo intención de encontrar a Otsutsuki y convencerlo para que le entregue una asignación considerable hasta que adquiera el control de su fortuna a los veinticinco años. Si no lo logro, intentaré que trabaje como acompañante de una dama mayor.

Aquellos ojos volvieron a ver en el interior de su alma y lo vieron todo.

—Creo que ha hecho más de lo que se supone que debe hacer un señor por los que dependen de él —comentó el reverendo Gaara—. Hanna ha sido afortunada. Pero ahora está entre amigos. Mi hermana y yo hemos hablado de planes posibles para su futuro. Ahora que sabemos que no irá a juicio, podemos presentarle esos planes y ver si los acepta.

El duque pensó que uno de esos planes implicaba que el cura se casara con Hinata. Y puede que ella también quisiera casarse con él, si lograba superar un hecho que había sucedido en su vida en Londres. Y quizá sería lo mejor que podría ocurrirle. Iba a casarse con aquel hombre antes de que la muerte del ayuda de cámara de Otsutsuki lo cambiase todo. Probablemente lo amaba, y a él parecía importarle.

El duque no estaba nada seguro de que le gustara Sabaku No Gaara, y debía marcharse. Ya no tenía más razones para quedarse, sobre todo si sus amigos estaban dispuestos a ayudarla a establecerse en un lugar que no fuera Byakugan House. Tendría que esperar hasta que Hinata volviese a aparecer, despedirse formalmente de ella, y a continuación empezar su viaje de vuelta a casa.

Podría volver a Konoha Hall menos de una semana después de marcharse.

Volver con Sarada. Antes quizá de que Sasuke se marchase, a tiempo para ofrecerle a Sakura algún tipo de apoyo en el dolor que sufriría cuando se fuera. Aunque ella no le permitiría que se le acercara, claro está.

Tendría que volver e intentar empezar a olvidar. Debía hacerlo pronto. ¿Por qué postergarlo?.

Pero aceptó una invitación a comer y volvió a contarle su historia a Hinata, que apenas habló, y a la señorita Temari, que mostraba una enorme curiosidad. Hinata no parecía tan aliviada y emocionada como debía estarlo. Pero había que pensar que acababa de liberarse de la tensión de los últimos meses. Debía de resultarle difícil hacerse a la idea y reconocer que todo había terminado, que era libre.

Y por supuesto no había terminado realmente. Las cicatrices permanecerían durante mucho tiempo. Y un hecho la acompañaría durante toda la vida.

Los ojos de ella se encontraron con los de él en la mesa mientras Temari hablaba, y vio duda y dolor en ellos. Y él quería tenderle una mano y preguntarle qué ocurría, cómo podía ayudarla… pero no podía ayudarla. Naruto volvió a mirar su plato. Cuando todos los sucesos de los últimos meses se hubiesen aclarado, le resultaría evidente a la chica que él era la única persona que le había causado un daño permanente. Puede que ya se hubiera percatado de ello.

Debía marcharse inmediatamente después de comer.

—¿Así que te quedarás con la casita que antes era de la señorita Galen, Hanna? —le estaba diciendo Temari—. ¿Y me ayudarás en la escuela, tal y como planeamos en un principio? Será estupendo durante un tiempo, ¿no te parece? Hasta que puedan hacerse otros planes, quiero decir. Puede que teniendo en cuenta las circunstancias se pueda convencer a Lord Otsutsuki de que acceda a… —Temari sonrió—. Bueno, puede que no se comporte como el tirano que ha sido siempre.

—Tendré que pensarlo, Temari —comentó Hinata—. Sí, creo que sería una buena idea. Siempre me ha gustado la casita de la señorita Galen. ¡Con todas esas rosas!—¿No ves que la mente de Hanna no para de dar vueltas, Temari? —intervino el reverendo Gaara en voz baja—. Necesita tiempo para pensar en su futuro. Tengo que volver al pueblo. Esta tarde la dedico a visitar a los enfermos. ¿Vienes conmigo?

Temari arrastró la silla hacia atrás y se puso en pie.

—Sí. A no ser que quieras que me quede contigo, Hanna…

Hinata meneo la cabeza y sonrió.

El reverendo Gaara también se puso en pie y miró inquisitivo al duque.

—Me marcharé esta tarde —explicó el duque—. ¿Le importaría dar un paseo por el jardín, señorita Hyuga?

—De acuerdo —respondió ella sin mirarlo.

El reverendo Gaara lo miró, y el duque supo que aquel hombre no le gustaba en absoluto.

—¡Qué bien que haya venido —exclamó Hinata—, y que haya hecho lo que ha hecho! Gracias, Su Excelencia.

Paseaban uno al lado del otro por los jardines, sin tocarse. Habían visto al reverendo Gaara y a Temari volviendo hacia al pueblo.

—Pero usted no es feliz. ¿Qué ocurre?

—¡Claro que soy feliz! —exclamó ella—. ¿Cómo podría no serlo? He pasado varios meses creyendo que tarde o temprano me colgarían. No es una

perspectiva muy halagüeña. Una no puede evitar preguntarse acerca de los detalles morbosos. Y ayer volví y todo el mundo me miraba como si fuese una asesina y una ladrona. Me ayudará poder limpiar mi nombre.

—Sí —concedió él, y caminó un rato en silencio junto a ella, tras lo cual añadió—: ¿Qué ocurre?

Ella pasó un buen rato sin contestar.

—He venido para tratar de aceptar lo que ocurrió —acabó diciendo—, o quizá para buscar pruebas para demostrar mi inocencia. Ahora parece que ya no necesito esas pruebas. Pero hay muchas preguntas sin responder. Y me he encontrado con un muro.

—Explíquese.

—Mi doncella tiene otro empleo. Ella fue la que descubrió las joyas. Quería saber dónde estaban las joyas. ¿Las escondieron cuidadosamente, o estaban encima? Si fuese una ladrona, tendría que ser terriblemente estúpida como para colocarlas encima, ¿verdad?

—¿Su baúl estaba cerrado?

—No, claro que no. Solo iba hasta la rectoría.

—¿Y lo dejaron solo en una calesa fuera de la casa?

—Sí, sí, claro. Tendría que haber sido muy estúpida para dejar unas joyas caras de esa manera. Las habría sacado de otro modo o las habría llevado conmigo. Pero no sé qué piezas eran o cuán grandes eran. Annie se ha marchado y no puedo preguntarle.

—Qué fastidio. Haré que la encuentren si es importante para usted.

—¿Hará que vaya el señor Aburame? —Hinata sonrió fugazmente—. No, esa no es mi principal frustración. Lo peor es que no encuentro a Zetsu.

—¿El ayuda de cámara? ¿No está enterrado a dos metros bajo el cementerio?

—Se lo llevaron a su casa para enterrarlo. Pero nadie parece saber dónde está. El mozo que llevó el ataúd se ha ido a Yorkshire, y el cochero que condujo a Toneri al pueblo sigue con él. Fue Yardley, el hombre que ahora está en Yorkshire, quien ayudó a Toneri a amortajar el cuerpo y a meterlo en el ataúd.

—¿De veras?

—No sé por qué, pero es importante que vea la tumba —comentó ella—.Verá, yo no lo asesiné, pero lo maté. Si no hubiese estado histérica y lo hubiese empujado, no se habría caído y no se habría muerto. Lo maté. Fui el instrumento de su muerte. De algún modo tengo que aprender a vivir con ello en mi conciencia. Tengo que aceptarlo. Tengo que ver su tumba.

—¿Y no puede quitarse ese peso de encima pensando que aquel hombre fue el causante de su propio destino y que su primo también fue responsable? ¿No puede pensar que usted no tuvo ninguna culpa?

—Sí. Puedo en mi mente. Pero siempre me acompañará el hecho de saber que lo empujé y que murió. Sé que es algo estúpido. No quiero entretenerlo, Su Excelencia. Debe de estar deseando marcharse para aprovechar el máximo de luz diurna.

—Tiene que haber alguien que sepa de dónde procedía el ayuda de cámara —comentó Su Excelencia—. ¿Tenía amigos entre los criados? ¿En el pueblo?

—No lo sé.

—Entonces tenemos que averiguarlo —la animó el duque—. Trataré de emular a mi secretario y descubrir todo lo que haya que descubrir. Preguntaré por el pueblo. ¿Volverá a preguntarles a sus criados?

—Ya he hablado con la mayoría. No saben nada, y hay que recordar que son criados de Toneri, no míos. Además, esto no es asunto suyo, Su Excelencia. Querrá marcharse.

—¿Eso quiero? —preguntó, agachándose en el camino de grava y cogiéndole las dos manos—. Quiero verla feliz. Hinata, y totalmente libre. No puedo dejarla hasta que sepa que se cumplen ambas cosas.

—¿Pero por qué? —preguntó ella, mirándolo con ojos muy abiertos.

—Ya sabe muy bien por qué —replicó él, apretándole las manos hasta que le dolieron, antes de volverse para dirigirse a los establos.

Ella corrió para atraparlo.

—¿Por lo que me hizo? Pero yo estaba en la salida del teatro con ese propósito. Si no hubiese sido usted, habría sido otro. Puede que no esa noche, pero sí a la siguiente.

Él se detuvo repentinamente y volvió a cogerle las manos.

—Gracias a Dios que fui yo —exclamó, mirándola con ardor—. Si tenía que ser alguien, entonces gracias a Dios que fui yo. —Le soltó las manos—. Volveré por la mañana temprano, y espero poder traerle algo de información.

Se alejó otra vez, y en esa ocasión ella no lo siguió, sino que se quedó mirándolo.

Y había un pensamiento que dominaba la mente del duque. Tardaría un día más: al día siguiente se despediría de ella y se marcharía para siempre. Pero hoy no. Todavía no. Mañana.

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Continuará...