Escuchó la voz de Hans pronunciar su nombre con un tono de angustia. Intentó alzar la cabeza, observar al frailecillo traidor, pero sentía la cabeza tan pesada que apenas consiguió mecerla. Sintió un trapo húmedo posarse en su frente, y al abrir los ojos con esfuerzo, se topó con el rostro de Hans, cubierto en sudor y al borde del llanto.

Quiso atacarlo, preguntarle cómo podía tener el descaro de mostrarse tan preocupado cuando él mismo le había hecho daño, sin embargo las palabras no salieron de su pico. Por el contrario, la imagen se fue tiñendo de negro hasta el punto de desaparecer. Al hacerlo, una imagen diferente tomó su lugar, una que al principio no reconoció.

Hans estaba de pie junto a él, sujetaba su pico con fuerza para impedir que emitiera sonido alguno. Entrecerró los ojos de forma traviesa y, en silencio, lo arrastró hasta la salida del búnker. Skipper sonrió internamente, Hans siempre lo buscaba de forma clandestina, y aunque nunca lo admitió en voz alta, eso le encantaba. De alguna manera lo percibía como una manera de seducir al peligro, y esa ansiedad de estar involucrándose en algo que podría salir mal, lo conquistaba.

Un fuerte nudo apretó su estómago al darse cuenta de eso. Lejos de sentirse «conquistado» debería estar ofendido por el actuar de Hans. Se reprendió en el interior, incluso deseó apartar su aleta de la de Hans con un tirón y volver a la base de inmediato, mas una sensación cálida en su interior lo impidió.

Observó la espalda de Hans moverse frente a él al caminar, resplandecía a la luz de la luna mientras ambos se acercaban más y más a la salida principal; sin saber de dónde provenía, sintió que estaría seguro con él, que podía confiar plenamente en Hans y seguirlo hasta el fin del mundo.

Una vez que Hans ingresó la clave y ambos salieron del edificio, el rostro del frailecillo se iluminó de alegría. Quería mostrarle lo que era la libertad auténtica, una en donde no debía obedecer reglas absurdas ni órdenes estrictas de cómo vivir. Quería mostrarle lo que era estar fuera del estamento militar porque, una vez que decidiera darle su vida a ese mundo, jamás volvería a experimentarlo. O eso le contó.

Al principio Skipper no entendió por qué Hans tomaba uno de los aviones, pero cuando ambos aterrizaron en Villa las Estrellas, el único núcleo poblacional de la Antártida, entendió. Si bien en ese momento los ventarrones del invierno se habían marchado, el frío todavía era demasiado para los humanos, de modo que todos permanecían resguardados en sus hogares. A pesar de ello, Skipper logró notar un aire de inquietud y temor.

Antes de unirse al estamento militar, Skipper había recorrido parte del mundo con sus tres hermanos, tenían un circo y admirar la belleza de las ciudades no era problema, pero ninguna se sentía como aquella. Parecía desolada, como si muriera minuto a minuto.

—A ellos no les disgusta —comentó Hans, Skipper se giró para mirarlo con intriga—. ¿A ti te gustaría?

—No, necesito más que esto.

—Todos necesitamos más —respondió Hans, una sonrisa enternecida se formó en sus labios—, eso no quita que te guste —señaló. Skipper se sonrojó bajo las plumas, pensó que su respuesta había sido tomada como una tontería—. Hay ocasiones en las que nos gusta algo que los demás no entienden, y muchas veces que ellos no lo entiendan hace que piensen que es incorrecto. ¿Te ha pasado?

Skipper no respondió. Mientras Hans observaba el diminuto poblado ártico, Skipper lo miraba a él con atención. Tal vez sí había algo que le gustaba y que los demás considerarían extraño, él mismo lo consideró. Desvió la vista hacia el poblado y se relamió el pico.

—No —respondió finalmente.

Hans se dio la media vuelta tras el comentario de su amigo. Skipper notó que se dirigía de regreso al avión, algo que lo hizo suponer que estaba molesto por su respuesta, sin embargo no estaba preparado para admitir ese punto de debilidad en su armadura, sobre todo cuando estaban tan cerca de marcharse a la misión en Dinamarca.

Apenas entraron al avión y las puertas se cerraron, Hans se inclinó frente a una hielera de provisiones junto al tablero de control y lo abrió. Tras girarse hacia Skipper le lanzó una botella de licor de pescado. La sonrisa en el pico del pingüino apareció de forma automática. La abrió de inmediato y, luego de brindar, dio un gran sorbo.

Recordó haber observado a Hans mientras lo hacía, incluso estaba convencido de que hacerlo le despertó una sensación de tristeza, como si su interior se estuviese preparando para decirle adiós.

—¡Skipper, me escuchas!

Skipper abrió los ojos. Hans estaba junto a él, con las alas en el pecho y una expresión de alivio y arrepentimiento en la cara. Con la poca fuerza que todavía tenía se acomodó sobre las aletas en un esfuerzo por reincorporarse, sin embargo la cabeza todavía le daba vueltas.

—Me preocupaste, creí que te había matado antes de que pudiéramos hablar —comentó Hans antes de arrojar darse la media vuelta con indignación.

—Pues casi lo haces, demente —se quejó Skipper, el ceño fruncido.

Hans alzó la vista y la dirigió hacia el pingüino por encima del hombro. Al contemplar su espalda resplandeciendo entre la poca luz de la habitación, que era brindada tan solo por la debilidad de una lámpara en el techo, esa sensación que Skipper había intentado bloquear con el paso de los años volvió a golpear su interior.

«Tal vez sí había algo que le gustaba y que los demás considerarían extraño, él mismo lo consideró».

—¿Qué te pasa? —cuestionó Hans al notar que Skipper lo miraba en silencio, absorto.

—Hace años me preguntaste si había algo que me gustara y que los demás consideraran un error —mencionó Skipper, su débil y temblorosa voz provocó un escalofrío en Hans. El frailecillo se dio la media vuelta para encarar a Skipper—. Te mentí.

Hans se paralizó al escucharlo. Dio un paso hacia el frente, tenía el estómago contraído y el corazón palpitaba desenfrenado, con una mezcla entre miedo y anhelo por conocer su respuesta.

—Skipper…

—Aunque —comentó el pingüino, sujetó el trapo húmedo en su frente y lo apretó con fuerza. Giró la cabeza hacia Hans—… yo también creo que es un error.

Antes de que Hans consiguiera pronunciar palabra alguna, Skipper lanzó el trapo directo a sus ojos, y aprovechándose de la temporal ceguera de Hans, se arrojó hacia la escotilla de salida, misma que abrió de un golpe. Tras saltar y caer sobre el témpano de falso hielo en el zoológico de Hoboken, Skipper saltó la reja.

Sin duda sus hombres estarían buscándolo, así que debía dirigirse a la salida principal de inmediato y regresar a Nueva York. Ese era su plan inicial, sobre todo antes de que Hans decidiera qué arma utilizar en la persecución para forzarlo a regresar. Sin embargo, antes de que consiguiera dar siquiera un paso, miró hacia la guarida de Hans.

Hans se apartó el trapo húmedo del rostro y, con calma, lo llevó hasta la mesa junto a la cama en la que Skipper había reposado inconsciente. Se inclinó sobre la misma, sacó una diminuta botella de color verde oscuro hecha de vidrio y la contempló. El sonido de alguien cayendo detrás de él ni siquiera lo inmutó, por el contrario, se limitó a abrir la botella y olfatear su interior.

—Creí que te irías —comentó Hans, había tranquilidad en sus palabras.

—Yo también —respondió Skipper, las aletas cruzadas—. No me esposaste o encerraste de ninguna manera, y además tenías la escotilla abierta aun sabiendo que podía hacer justo lo que hice —añadió el pingüino. Hans sonrió fuera de su vista—. ¿Qué pretendes?

—Hablar, te lo dije. —Hans se dio la media vuelta y lanzó otra botella, similar a la que sujetaba con el ala derecha, misma que Skipper atrapó sin problemas—. A mí también me gustaba algo que nunca te dije: tú.

Skipper se congeló al escucharlo.