Palabra: flores.
Katsuki
If I die young bury me in satin
Lay me down on a bed of roses
Sink me in the river at dawn
Send me away with the words of a love song
If I Die Young, The Band Perry
Todoroki no tarda en encontrarlo y en liberarlo.
—Te tardaste —escupe Katsuki a sus pies. Le sangra una mejilla y está casi seguro de que el corte se va a infectar porque volvieron a amordazarlo con la maldita cuerda mugrienta.
Sus gritos no combinaban con el ambiente, se ve.
Igualmente, las cosas son más complicadas de lo que creía. En primera porque no sabe lo que ocurrió con la voz de Izuku, en segunda porque apenas si alcanza a entender la gravedad de lo que ocurre. Su cerebro sólo repite mil veces «rescata a Izuku» y esa es la única fuerza que lo mueve.
Le cuesta trabajo levantarse. Antes, las raíces habían sido todavía apenas un rasguño en el corazón, pero ahora siente como se le clavan en las venas, disminuyen el flujo de sangre y le quitan el aire.
—¡¿Estás bien?! —Eijiro se acerca y le ofrece el brazo. Katsuki se levanta sin ayuda, pero se tambalea y acaba agarrándose.
—Excepcional.
Todoroki se le queda viendo a las marcas en el pecho y en el cuello.
—No parece.
—Excepcional —repite Katsuki.
Lo taladran las palabras de Shigaraki. No va a pasar del amanecer. Y lo siente en el cuerpo.
—¿Izuku?
—Estaba aquí —dice. La voz le sale débil—. ¿Había alguien vigilando?
—Cadáveres reanimados —espeta Todoroki—. Nada de lo que preocuparse.
Katsuki asiente.
—Tenemos que buscar a Izuku —dice—. Aunque hubiera llegado antes… —Se pasa las manos por la cara—. Tenemos un problema. Quieren hacer un ritual.
Empieza a caminar. Los primeros pasos no suelta el brazo de Kirishima, que lo mira preocupado, pero sin atreverse a preguntar nada. Después la adrenalina le vuelve al cuerpo y siente que las últimas fuerzas que le quedan toman el control de sus piernas y sus brazos.
Se mueve porque Izuku está esperando en alguna parte.
Y su voz también.
No le queda otra que convencerse de eso a la fuerza. Katsuki Bakugo nunca ha perdido una batalla por no entrar de frente hasta ella. Conoce las historias que se cuentan sobre él en los puertos. Se aferra a ellas porque no se siente como el protagonista de todas las batallas a las que se ha lanzado. Las raíces van a matarlo si no llega a tiempo. Y Shigaraki probablemente mate a Izuku.
Katsuki no quiere morir.
Y no quiere que Izuku muera.
—Lo siento —murmura, en unas disculpas que sólo están dirigidas a Kirishima—. Te dije que no iba a volver a correr tras él y…
—Lo sé —interrumpe—. Lo sé.
Y no lo juzga.
Kirishima le pasa una pistola y un sable. También una bolsa con pólvora.
—Ten —le dice—. Yo tengo otra. Supusimos que te quitarían las armas… —Katsuki asiente—. Yo tengo mis garras. —Silencio—. Las recuperaremos.
—Cállense los dos —espeta Todoroki.
Las cuevas están llenas de cadáveres y de silencio. Katsuki camina pisando ropa vieja y pedazos de carne. El espectáculo le da asco. Apesta a muerto. Se tapa la nariz cuando se agacha a recoger una pistola olvidada y se roba un saco con pólvora que quedó olvidado cerca. Sería más fácil encontrar otras armas, pero las pistolas son pistolas. Funcionan.
Pasa demasiado hasta que oyen ruido.
—¿Hay un plan? —pregunta Todoroki.
Katsuki se encoje de hombros.
—¿Hacerlos puré a todos?
—Bakugo…
—Es en serio —dice—. Matarlos. Hacerlos pedazos.
Para él ya es todo matar a morir. Respira hondo, intentando agarrar la mayor cantidad de aire. Siente que la falta demasiado. Las raíces no sólo se le clavan en las venas, sino también en la tráquea. «No pasarás del amanecer».
No se atreve a preguntar qué hora es.
—Bien —dice Todoroki—. Si me matan, Momo te colgará.
Katsuki asiente.
Para eso necesita salir vivo. No diría que sus posibilidades le sonrían en ese momento. «Salva a Izuku», se recuerda. Eso lo mueve.
—Asegúrate de que no te maten.
—Y al elemental… al de fuego… al que quiero encontrar… No lo mates.
—Me importa un pepino —espeta Katsuki—. Si no quieres que yo lo mate, atrápalo vivo.
La cueva se abre. Esperan un momento. Katsuki respira hondo. Kirishima cubre de escamas sus brazos; le ve las garras. No puede transformarse por completo en la cueva, pero sí usar las escamas como escudo. Casi nada puede penetrarlas.
—Suerte —lo oye murmurar.
Y entonces, grita y se lanza al frente.
Las batallas casi siempre le pasan como un suspiro. Tiempo después las recuerda a pedazos y las historias llenas el resto. Le cuenta sus recuerdos a quien quiera escucharlo sólo para estar seguro de que no se van difuminando más.
«Izuku, ¿te he contado de la vez que Miruko intentó asaltar el Lady Pólvora por error?»
E Izuku escuchaba. Antes. En el pasado.
En el presente está en el suelo, atado a un círculo con símbolos en los bordes —símbolos arcaicos, alcanza a ver—. No los distingue bien porque está ocupado en que no lo maten. Ve a todos con el rabillo del ojo. Dabi, Shigaraki, la bruja molesta de los dientes demasiado largos. El hombre lagarto. Ve más, pero apenas tiene tiempo de ponerles atención.
Su sable se entierra en un par de cuerpos. Siente frío cuando el piso se llena de hielo gracias a Todoroki y siente calor cuando el fuego —rojo o azul, no ve bien— está a punto de alcanzarlo. Y entonces, todo se detiene.
La única persona que no se ha movido en todo ese rato chasquea los dedos.
—No aprecio las interrupciones. —No tiene rostro, pero Katsuki siente que hay una mirada clavada en él que después se clava en Todoroki y en Kirishima. Son sólo tres—. Hay un ritual que debe llevarse a cabo.
Entonces, Katsuki puede ver por primera vez a Izuku con atención.
En parte porque no puede moverse. Tiene un brazo levantado con una pistola y apunta hasta donde está Shigaraki. No alcanzó a disparar.
Izuku tiene lágrimas en los ojos, en toda la cara. Su rostro es un desastre. Kacchan aprecia que todavía puede moverse aunque no le sirve de nada.
«Izuku», piensa.
¿Qué le diría, si tuvieran el tiempo? Si no hubiera gastado semanas gritándole y evitándolo. Qué hubiera hecho si lo hubiera obligado a explicarse desde el principio, si se le hubiera parado enfrente y, aunque doliera, le hubiera pedido la respuesta honesta a todas las preguntas que lo torturaron desde que lo dejó.
«¿Por qué?», hubiera preguntado. Sin pausa.
Ahora ya lo sabe.
También sabe que antes muerto él que ver muerto a Izuku, que no es un conocimiento muy tranquilizador.
«Izuku».
Entonces se fija en la manera en que abre y cierra la boca. Apenas se fija en el hombre sin que se acerca con una piedra afilada que parece tener miles de años —al menos unos cuantos cientos— a Izuku. Oye palabras en el lenguaje antiguo de los arcaicos, pero no registra nada de lo que dice. Sólo ve a los labios de Izuku.
«Kacchan».
Esa es una palabra.
«Himiko».
Esa es la segunda.
Frunciría el ceño si pudiera moverse. Pero no puede, no puede mover ni un músculo, por más que se esfuerce. «Esfuérzate más». Uno creería que Katsuki Bakugo es esa persona capaz de hacer que su cuerpo lo obedezca a gritos. Es cuestión de voluntad.
—Himiko —dice el hombre y chasquea los dedos. Katsuki ve a la bruja recuperar su movilidad y acercarse—. Eres necesaria.
«Collar».
Es la tercera palabra de Izuku.
—Necesitamos su voz, después de todo —murmura el hombre.
Entonces Kacchan lo entiende. Alcanza a ver el collar en el cuello de la bruja, que se mueve deslizándose contra la tela raída de su vestido cada que da un paso.
—Recuerda la canción —murmura el hombre.
Katsuki se llena de furia. Quiere gritar. Necesita moverse. No piensa en otra cosa. Ve la piedra bajar hasta el pecho de Izuku y ve su miedo y su terror y piensa en todas las veces que juró que le quitaría todas las lágrimas a besos y caricias. Piensa en todo lo que lo quiso. En todo lo que lo quiere. Ese amor que voltea las entrañas y duele por dentro porque nada puede contenerlo. Ese amor con más fuerza que el mar y que el agua. Ese amor que es devastador a su paso, porque nada puede detenerlo.
Y sin pensarlo, sin darse cuenta de que recupera el movimiento. Se lanza hasta el hombre sin cara.
La piedra se le clava en el estómago a él, pero lo hace dudar y el conjuro que los mantiene a todos paralizados pierde su efecto.
—¡EL COLLAR! —grita, mientras intenta clavarle los dedos en cualquier parte al hombre sin cara, los dientes, el sable, cualquier arma—. ¡EL COLLAR DE LA BRUJA!
Kirishima se deshace del Hombre Lagarto para lanzarse sobre la bruja. No le cuesta arrancarle el collar.
Katsuki respira con dificultar. Ya no sólo son las raíces: está perdiendo sangre y le cuesta ver lo que pasa.
—¡Destrózalo! —grita cuando ve a Kirishima con el collar entre las garras. Lo aplasta contra el piso con las escamas
Y entonces la oye.
Primero es un murmullo. Luego es un grito perfectamente distinguible. Quiere llorar de alivio, pero todavía no están salvados.
—¡KACCHAN! —es el primer grito que profiere Izuku.
—¡CANTA! —grita él—. ¡LO QUE SEA!
En ese momento, su única salvación es la voz de Izuku. No tienen otra. La voz inunda la cueva. Es una canción que Katsuki nunca ha oído y de la que Izuku no le ha contado. Los envuelve y todo se detiene de nuevo.
Sus enemigos caen dormidos o inconscientes. Katsuki los ve convertirse en piedra, poco a poco. A todos.
Se deja caer a un lado del hombre sin cara. Ya no le quedan fuerzas para levantarse. Quien corre hasta Izuku es Kirishima. Le parece ver como lo libera, pero se le están cerrando los ojos. ¿Ya se acerca el amanecer? Le gustaría verlo, una última vez. El amanecer en la costa o en el mar, ver el sol salir en el horizonte. En vez de eso, está en esa cueva de mierda.
—¡Bakugo! —Siente que Todoroki se acerca.
—¡KACCHAN!
—Muerde —espeta Todoroki, quitándose el cinturón y pasándoselo.
—Las… raíces…
—¡MUERDE! —grita Todoroki.
Así que Katsuki le hace caso y luego siente el dolor en el vientre. Todoroki acaba de cauterizarlo. Deja caer el cinturón de entre sus dientes cuando siente que ya no pierde más sangre.
—No… sirve de…
—¡KACCHAN! —Izuku se acerca arrastrando, como puede—. ¡KACCHAN!
Le pone las manos en las raíces.
—Kacchan… —su voz suena como un suspiro lejano. A Katsuki se le cierran los ojos. ¿Cuánta sangre perdió?
—No importa —murmura—. Aunque, me gustaría ver el sol salir. Una vez más. Y darte flores. ¿Sabes que hay tulipanes de fuego en el desierto? Siempre he querido verlos.
—Kacchan, calla.
—Le mentí a Eijiro —dice—. Le dije que no volvería a caer de rodillas a tus pies. —Le parece oír a alguien que canta. ¿Es la voz de Izuku? También es una canción que no conoce—. Pero en realidad… siempre… siempre me tuviste de rodillas. Ante ti…
—Kacchan…
La voz sigue cantando. No se detiene. Katsuki acaba por cerrar los ojos y en algún momento siente que unos labios se posan sobre los suyos. «Los de Izuku», alcanza a registrar aun su mente. Saben a agua salada. ¿Se lo ha dicho? ¿Debería decírselo? Intenta abrir la boca, pero ya no puede.
En vez de eso, ve negro.
Pero la canción sigue.
«Le preguntaré cuál es cuando despierte». Nunca ha oído canción más hermosa.
Palabras: 1938.
1) Quedé drenada emocionalmente de este capítulo. No puedo más. Alguien quíteme las letras de las manos. Fuera de broma, quería dejar un capítulo entero para cerrar la historia de Katsuki e Izuku antes de escribir un epílogo. Así que técnicamente todavía quedan dos capítulos enteros. ¿Saben el tiempo que llevaba sin escribir un fic del corte de 45-50K palabras? Un rato. Se siente bien saber que todavía puedo si me lo propongo con mucha fuerza.
2) Siento la narración caótica, pero necesita retratar a la perfección que Kacchan no está en su mejor momento mental por un montón de razones. Además este capítulo es suyo. Enterito. Dije que quería que un capítulo se llamara Katsuki y lo logré (es mi favorito así que no es de extrañar que tenga dos capítulos nombrados en su honor).
Andrea Poulain
