Capítulo 7: Agonía
Anochece, no hay luz en el cielo, las calles vacías lo dicen todo: una niebla oscura, gritos y desesperación en las casas vecinas.
-¡¿Por qué, Dios mío?!
Escucho las almas desgarradas. El ángel de la muerte ha visitado la tierra y con guadaña en mano nos extingue, sin distinguir creencias, pañuelos verdes o celestes. Todos tenemos ese destino.
Fue fácil invocarla al no sentir la empatía por los demás, por lo creado, por nuestra mísera existencia. Y ahora, se nos hace fácil adjudicarle la culpa a quien desde hace un rato lo quitamos de nuestras vidas o negamos la existencia.
Hemos convertido nuestra vida en competencia: vivimos para trabajar, pisoteamos los sueños y la amistad para conseguir un objetivo. ¿Sororidad? Por favor, si existiera en realidad se respetaría a quien no aborta, a la pareja de la otra persona. También matamos con la lengua.
He visto a las naciones traicionarse para sobrevivir, hombres y mujeres desleales que se olvidaron de un origen humilde y que ahora, ni su status los salvará de lo que se avecina.
Todo fue repentino: un estruendo que rasgo el cielo nos hizo resguardarnos para salvarnos y aquella niebla oscura se apoderó de nuestro mundo. La niebla existía, sabíamos de su existencia, pero nos convertimos en ciegos y preferimos convivir con ella diariamente, hasta que, dicha oscuridad salió del corazón del hombre y nos mostró lo que cada uno guarda en su interior.
Vi como la humanidad volvía a adoptar sus principios de sobrevivencia. Pero, de la mayoría de elegidos mostraron su semilla de luz al ser compasivos con la vida sin distinguir raza, credo, color u orientación.
¿Acaso no puedes verlo Dios mío? ¿Es demasiado tarde?
Con terror, distinguí que por debajo de la puerta la niebla se filtraba al interior.
-¡No quiero morir! – Es el grito que escapa en mi egoísmo. Me dirijo hacia mi habitación totalmente presa del pánico. No hay tiempo para víveres u otra cosa. Mi perro se ha acercado y corre junto a mí; alcanzamos a llegar mientras cierro la puerta y con dificultad coloco una prenda para evitar que la niebla nuevamente se filtre al interior.
Incertidumbre en el campamento
Laura había caído en una especie de trance. Seattle había reconocido la postura y le asustó al observar como convulsionaba.
-¿Qué le ocurre? – Preguntó Shun quien deseaba intervenir.
-Está percibiendo el dolor de los que callan. – Respondió mientras lograba sujetarla. –Pronto pasará, no te asustes. – Le mencionó al ver que pronto cedían los movimientos violentos.
-¿Cómo sabes que es algo natural y no es Azi Dahaka el que lo está causando, Seattle?
El nativo le miró serenamente.
-Cuando era niño me asustaba al ver a los chamanes entrar en trance y hablar de lo que la tierra siente, sin embargo, en las cosas diabólicas difícilmente dejaría a su receptor normal o terminaría trastornado. Anya ha experimentado esas cosas.
Laura había quedado inconsciente.
-No la presiones para despertar, y si te pregunta qué ocurrió, ten la prudencia de no asustarla, aunque intuyo que en su interior, ella lo sabe. – Mencionó mientras salía de la tienda.
-Laura. – Susurró el asiático mientras la estrechaba junto a él.
Ororo por su parte, ignorando lo que había sucedido en el interior contemplaba las siluetas de los árboles, situación que escasamente se veía en su hogar. Escuchó a Seattle acercarse.
-¿Estamos listos para esto? – Preguntó la dama quien en su tiempo de descanso había colocado su cabello con rastas.
Seattle suspiró, esbozando una pequeña sonrisa.
-Sería un mentiroso si te digo que lo estamos, no me mal interpretes pero, aunque nos heredaron un legado…
-No habíamos tenido la necesidad de usarlos. – Respondió la joven. – Hace tiempo, con uno de los hermanos de Ceci escuché una canción en el cuál deseaba vivir en paz.
-Te refieres a Víctor Jara. – Se escuchó la voz de Cecilia aparecer como si se tratara de un fantasma. – Lo siento si los asusté, Aitor y Amira están haciendo….
-Tranquila pequeña. – Mencionó Seattle. – Creo que ellos desean compartir situaciones juntas, y no consideró que ella nos acompañe.
-Es una guerrera y creo que no aceptará un no por respuesta. – Mencionó Ororo. – Eres muy pequeña y decidiste participar.
-Espero no ponerme a llorar. – Sonrío mientras tarareaba la canción.
El anochecer había transcurrido y con la debilidad de los rayos del sol, levantaron el campamento. Habiendo tomado la decisión de fusionarse con las mascotas que los acompañaban, la hermandad cambió en si su apariencia. Amira, con todo y sus problemas visuales logró fusionarse para adoptar su armadura.
Rómulo presenciaba a la nueva generación que le tocaría hacerle frente a Azi Dahaka.
-Sus ancestros están orgullosos de ustedes, dentro de poco, Dahaka enviará una señal para indicarnos el campo de batalla.
-¿Así fue en el pasado? – Preguntó Cecilia al legionario.
-Sólo lo vimos desde el cielo, pero intuyo que él nos mostrará el camino.
Respondía en ese momento cuando en el cielo se empezó a dibujar cinco caminos.
-Tendremos que separarnos. – Habló Airtor quien asintió con la mirada.
-¡Qué se armen los pinches chingadazos! – Expresó ansiosa Laura.
-Todos los caminos nos guiaran hacia él. – Habló Shun quien no se quería separar de la mexicana.
-Hermandad – Dijo Seattle. – El destino del mundo está en nuestras manos.
Los seis guerreros partieron por caminos diferentes, mientras que a lo lejos el estruendo de un dragón hacia estremecer el cielo y la tierra.
Nota del Autor: Con la incertidumbre y la cuarentena surgió la primera parte. La realidad supera la ficción y como en la canción de El derecho de Vivir en paz, esperamos alcanzar ese propósito.
Gracias por leer.
