Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«20»


«Cada día ruego que encuentres una mujer
para compartir tu vida...»

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La segunda boda de Hinata no tuvo el menor parecido con la primera.

Al poco rato de que llegaran a Londres empezó a caer una lluvia fría que oscureció aún más la noche sin luna. En lugar del sonriente reverendo Iruka, presidió la ceremonia un arzobispo malhumorado al que habían sacado de la cama, a petición del duque, para que firmara una licencia especial. La boda se celebró en el grandioso salón del palacio arzobispal, y los novios, ella y Naruto, sólo contaron con la compañía de la prima de Naruto y el marqués. Aunque Sakura se vio obligada a usar su pañuelo de encaje para limpiarse una lágrima del ojo, Hinata sabía que no era una lágrima de alegría sino de consternación.

No estaban Hanabi para sostenerle el ramillete a la novia, ni Neji para situarse, orgulloso y erguido, al lado del novio, ni Biwako para exclamar un sincero «¡Amén!» cuando el arzobispo los declaró marido y mujer.

Ella había sacrificado su orgullo una última vez para preguntarle a Naruto si permitiría que los niños la acompañaran a Londres, pero él se negó, diciéndole: «No puedo estar todo el tiempo vigilándome la espalda, por si alguien trata de arrojarme cabeza abajo por la escalera de mi propia casa».

Así pues, se vio obligada a despedirse de su familia en el camino de entrada semicircular mientras Naruto observaba la escena sin revelar nada en su hermoso rostro.

Hiruzen estaba ahí estrujando el sombrero en las manos, su magullada cara arrugada por la pena. «Todo esto es culpa mía, señorita. Mi idea era impedir esa boda, no verla encadenada al diablo por toda la eternidad.» Ella le tocó el pómulo morado, todavía consternada por lo que él había sufrido por causa suya. «No es culpa suya, Señor Hiruzen. Sólo yo tengo la culpa».

Biwako la estaba esperando para estrecharla en sus brazos, su delantal manchado de harina con olor a canela y nuez moscada. «No te desanimes, mi corderito — le susurró—. Un hombre que es capaz de tragarse una docena de bollos secos sólo para no herir los sentimientos de una vieja no puede ser tan malo como dicen.»

A Hanabi y a Neji los encontró junto a la portezuela abierta del coche. Aunque a Hanabi le temblaba el labio inferior, se las arregló para sonreír: «Yo soy la Beldad Incomparable de la familia. ¿Quién habría pensado que serías tú la que cazarías un marido rico?». «Más le vale que cuide de ti — dijo Neji, mirando hacia Naruto con una expresión más dolida que amenazadora—. Si no, responderá ante mí.»

Ahogando un sollozo, ella se arrodilló y les abrió los brazos; simplemente no encontró palabras. Gracias a la generosidad de lady Kushina, los tres nunca habían estado separados, ni siquiera por una noche. Jamás se habría imaginado que llegaría el día en que ya no podría estirar la mano para arreglarle un rizo a Hanabi o para limpiar una mancha de barro en la nariz de Neji.

Los tres permanecieron fuertemente abrazados hasta que ella se apartó, obligándose a sonreír valientemente en medio de las lágrimas.

La expresión de Naruto no cambió en ningún momento, ni cuando la instaló en los mullidos cojines de terciopelo ni cuando el coche pasó delante del camposanto donde estaba enterrada su madre.

—...si cualquiera de vosotros conoce un motivo por el que no podáis uniros legítimamente en matrimonio, confesadlo ahora.

La voz gangosa y quejumbrosa del arzobispo la devolvió al frío salón.

El cálido aliento de Naruto le movió los cabellos cuando se inclinó a susurrarle:—¿Hay algo que quieras decir?

Ella negó con la cabeza, con los labios bien apretados.

Cuando el arzobispo extendió el libro de oraciones, invitándolo, Naruto se quitó el anillo de sello y lo puso sobre el libro. El arzobispo se lo devolvió y él lo puso en el dedo a ella, sus ojos no ya adoradores como en la iglesia de Saint Michael iluminada por el sol, sino ensombrecidos por el recelo. Ella tuvo que cerrar la mano para que no se le cayera el anillo. El rubí solo debía valer el rescate de un rey, pero su agobiante peso lo hacía parecer un grillete de hierro. Naruto no sabía que el anillo de granate de su madre todavía colgaba entre sus pechos en una barata cadenilla de plata.

Antes que Hinata tuviera tiempo para asimilar el hecho de que acababa de casarse por segunda vez, en dos días, la metieron como un bulto en el coche y la llevaron a Uzumaki Hall. Mientras atravesaban corriendo bajo la lluvia la distancia entre el coche y la puerta de entrada, Hinata captó vagamente unas ventanas altas en arco en un imponente edificio que ocupaba todo un bloque en una de las más prestigiosas plazas del West End.

Alguien había avisado que se preparara la casa para la llegada del duque con su flamante esposa. Una especie de chambelán de incipiente calvicie y un asomo de joroba en la espalda estaba esperando en el cavernoso vestíbulo para recibirlos, con un parpadeante candelabro equilibrado en una mano enguantada. La luz de las candelas parecía destacar más la oscuridad. Hinata sintió el frío que emanaba del suelo de mármol a través de la suela de sus zapatos.

Cuando de las sombras salió un lacayo para liberarla de la capa y la papalina, el chambelán entonó:—Buenas noches, excelencia.

Sakura le dio un codazo al ver que ella continuaba callada.

—Le habla a usted — le susurró.

Hinata miró hacia atrás y descubrió que Naruto ya había desaparecido en los vastos recovecos de la casa llevándose consigo a los perros y al marqués.

—¡Ah! Muy buenas noches, señor — saludó, haciendo una torpe venia, y luego pensó que tal vez una duquesa no hacía reverencias a un criado.

Afortunadamente, el hombre era o bien educado o estaba muy bien entrenado en reprimir cualquier reacción.

—Si tiene la amabilidad de seguirme, excelencia, la conduciré a la suite de la duquesa. Los criados se han pasado toda la tarde preparándola para su comodidad.

—Qué amables — repuso ella—. Pero en realidad no deberían haberse tomado tantas molestias por mi causa.

Sakura exhaló un suspiro y cogió el candelabro de manos del criado.

—Puedes retirarte, Addison. Yo llevaré a la duquesa a su suite.

—Muy bien, milady.

La venia del hombre era para Sakura, pero Hinata habría jurado que el guiño de sus ojos era para ella sola. Sakura empezó a subir por la ancha escalera de caracol, obligándola a trotar para seguirla.

—No es necesario agradecer a los criados sus servicios. Para eso se les paga. Si no cumplen sus deberes de manera satisfactoria, saben que se les...

—¿Azota? — aventuró Hinata—. ¿Descuartiza?

—Despide — replicó Sakura, con una mirada fulminante por encima del hombro mientras pasaban por un interminable corredor revestido con pesados y oscuros paneles de caoba—. No soy tan ogro como me cree.

—Ni yo una intrigante cazafortunas. Ya oyó a su primo esta mañana. Prácticamente me obligó a casarme con él.

Sakura se giró tan rápido que ella tuvo que saltar un paso atrás, no fuera que le incendiara los cabellos con las velas.

—¿Y la obligó a acostarse con él también? — Sakura observó con visible satisfacción cómo le subían los colores a la cara—. No lo creo. Naruto puede tener muchos defectos, pero jamás he sabido que haya seducido a una mujer en contra de su voluntad.

Dicho eso, Sakura reanudó la marcha delante de ella. Tuvo que correr para seguirla, si no quería perderse eternamente en ese mareante laberinto de escaleras, galerías y corredores.

La suite de la duquesa, que constaba de un dormitorio, una sala de estar y un vestidor, también estaba revestida con paneles de caoba y contenía los mismos lujos sofocantes del resto de la mansión. Una cama de cuatro postes adoselada, con cortinas de terciopelo carmesí, dominaba el dormitorio. Era tres veces más grande que la elegante cama de medio dosel de lady Kushina.

Hinata miró alrededor, buscando una puerta de conexión.

—¿Y dónde está la suite del duque?

—En el ala oeste.

Pensó un momento.

—¿Y qué ala es ésta?

—La este.

—Ah.

Sencillamente había supuesto que ella y Naruto compartirían un mismo dormitorio. Sus padres dormían en el mismo dormitorio. Todavía recordaba cuando se quedaba dormida escuchando los melodiosos murmullos de su madre y la risa ronca de su padre.

Cuando Sakura colocó el candelabro en un pedestal, reservándose una vela para ella, le preguntó tímidamente.

—¿Y dónde duerme usted?

—En el ala norte.

Con tantas alas, le sorprendió que la casa no tomara vuelo. Su cara debió reflejar su consternación, porque Sakura exhaló un agobiado suspiro.

—Mañana hablaré con Naruto para que le contrate una doncella que duerma en el vestidor. Puedo prestarle la mía mientras tanto. — Estiró la mano para apartarle un lacio mechón de pelo de los ojos con un capirotazo—. Tiene talento para peinar.

—Eso no será necesario — repuso Hinata, reuniendo los últimos retazos de su orgullo—. Estoy acostumbrada a cuidar de mí misma.

Nuevamente en los ojos de Sakura brilló ese desconcertante destello de lástima.

—Si va a estar casada con mi primo, tal vez eso sea lo mejor.

Acto seguido, salió y cerró la puerta. Hinata se apoyó en la puerta, escuchando alejarse sus rápidos pasos.

Naruto había supuesto que los fantasmas lo seguirían hasta Uzumaki Hall, pero no había contado con Sasuke. Los perseverantes pasos del marqués siguieron los suyos por todo el ancho corredor de mármol que llevaba a la biblioteca.

De niño, la biblioteca con sus gigantescas estanterías y ceñudos bustos de yeso, había sido su único refugio. Entre las mohosas páginas de un libro con las leyendas de Arturo o una novela de Daniel Defoe lograba escapar de los mordaces insultos y cambiante humor de su tío, aunque sólo fuera por unas pocas y preciosas horas. Pero al parecer, no había forma de escapar de su bien intencionado amigo.

—Si bien te agradezco mucho tu presencia en mi intempestiva boda, no necesitaré de tus servicios para la noche de bodas — lo informó.

El fuego crepitaba alegremente en el hogar, por cortesía del siempre eficiente Addison, sin duda. Mientras los perros iban a echarse ante el hogar, Sasuke se desplomó en un mullido sillón.

—¿Estás seguro de eso? Tengo la impresión de que tu noche de bodas anterior la llevaste con menos de tu finura normal.

La risa de Naruto sonó con muy poco humor.

—Crees eso debido a la reacción de mi esposa a mi proposición, ¿verdad?

Sasuke movió la cabeza con pesarosa admiración.

—Jamás pensé que conocería a una mujer tan osada para rechazar una proposición tuya. ¡Y con qué talento dramático! «¡Creo que prefiero que me cuelguen antes de casarme con usted!». Medio esperé que pateara el suelo con su piececito y añadiera: «¡Soltadme, señor!». Si este matrimonio no funciona, tiene un brillante porvenir en el teatro. Siempre me han gustado las actrices, ¿sabes?

Naruto sacó un cigarro de una caja de madera satinada de Indias y lo encendió. Se apoyó en la repisa del hogar, introduciendo una agradable cinta de humo en sus pulmones.

—Te aseguro que no fue actuación. Su desprecio por mí era muy auténtico.

Sasuke arqueó una ceja.

—¿Más auténtico que el tuyo por ella, tal vez?

Para evitar contestar, Naruto exhaló un impecable anillo de humo. Ahora que le había vuelto la memoria, no podía permitirse olvidar lo bien que lo conocía su amigo.

—Te has metido en un buen lío, ¿verdad Naruto? — dijo Sasuke en voz baja.

Naruto se encogió de hombros.

—Ya sabes lo que siempre decían las páginas de escándalos. Fastidia al Diablo de Uzumaki, y tendrás un infierno por pagar.

—Pero ¿a qué precio para ti?

Naruto arrojó al fuego el resto de cigarro, ya encendida su rabia.

—La verdad es que no creo que te hayas ganado el derecho a sermonearme sobre el precio del orgullo.

Durante un minuto, temió haber ido demasiado lejos, pero Sasuke se limitó a mover la cabeza, sonriendo pesaroso.

—Somos un magnífico par, ¿eh? Uno demasiado tozudo para aferrarse a una mujer y el otro demasiado tozudo para soltarla. — Se levantó y se dirigió a la puerta—. Si mañana decides volverte a casar, ya sabes dónde encontrarme.

Dicho eso se marchó, dejando a Naruto con sus fantasmas y su orgullo por compañía.

Alguien se había ocupado de que a la esposa del duque no le faltara ningún bienestar material. Ardía el fuego en el hogar del dormitorio, sus crepitantes llamas empequeñecidas por la imponente repisa tallada en mármol blanco. En la mesa de la sala de estar contigua habían dejado una bandeja de plata; Hinata levantó la tapa para ver su contenido: una gruesa tajada de carne que no logró identificar pues estaba bañada por una suculenta salsa de crema. Se apresuró a colocar la tapa, suspirando por un trozo del pan de jengibre de Biwako, recién salido del horno.

Volvió al dormitorio. Le llevó un momento reunir el valor para apartar un poco las pesadas cortinas de la cama; medio esperaba encontrar allí los huesos blancos de la última duquesa que ocupó esa suite. Pero lo que encontró fue un par de sábanas primorosamente echadas atrás bajo una colcha de satén, un nido de almohadones de plumón, un diáfano camisón de dormir y una bata a juego de brillante seda blanca. Puso el camisón frente a la luz del fuego del hogar, espantada por su transparencia. Puesto que sus baúles no llegarían de Konoha hasta el día siguiente, no tendría más remedio que ponérselo, si no quería dormir con su camisola.

No encontrando nada en qué ocupar el tiempo, se desvistió, cogió la jofaina y vertió agua aromatizada con lavanda en la palangana de porcelana. Después de lavarse, cepillarse los dientes y quitarse las horquillas del pelo, se puso el camisón. La tela le acariciaba la piel pero no la abrigaba. El fuego que ardía en el hogar no conseguía calentar el aire de la habitación ni su opresiva humedad, que parecía resaltada por las lenguas de lluvia que golpeaban las altas ventanas en arco. La enorme y alta habitación debía de ser fría como una tumba en invierno. Tiritando, abrió del todo la cortina y se metió en la cama.

Se hundió en el colchón de plumas, sintiéndose francamente perdida en ese inmenso mar de ropas de cama. Deseó que Hanabi estuviera allí y se metiera en la cama con ella, para acurrucarse las dos y reírse de todos esos ridículos lujos.

Pero no sería Hanabi la que iría a su cama esa noche; sería su marido.

Se sentó bruscamente, rodeándose las rodillas levantadas hasta el pecho. Esa era su noche de bodas, y nuevamente no tenía idea de dónde podía estar su marido. ¿Estaría encerrado en alguna de las salas de abajo fortaleciéndose con coñac para poder soportar verla?

Sacó el anillo de granate fuera del camisón y lo miró a la luz del fuego, recordando la tierna expresión de sus ojos cuando se lo puso en el dedo, una expresión que probablemente no volvería a ver nunca más. Se quitó la cadenilla con el anillo y la puso bajo la almohada, para resguardarla. Pasado un momento de reflexión, se quitó el ornamentado anillo de sello del duque, abrió la cortina y lo tiró sobre la mesilla; el objeto aterrizó con un satisfactorio «clanc».

Se acostó, apoyando la cabeza en los almohadones y cerró los ojos, dejando escapar un triste suspiro. Debió quedarse dormida sin darse cuenta, porque cuando volvió a abrir los ojos, sintiéndose aturdida y algo indispuesta, en algún lugar de la casa un reloj acababa de comenzar a dar la hora. Contó cada doliente «bong» hasta llegar a doce.

El reloj dejó de sonar, dejando todo sumido en un silencio tan absoluto que igual podría ser ella el único ser vivo que estaba en esa casa; o en el mundo.

Su marido no vendría. Ese susurro de verdad resonó en el silencio con más claridad que un grito.

Se puso de costado, pensando en lo aliviada que debería sentirse: no tendría que soportar la traicionera ternura de las caricias de Naruto; no tendría que atormentarse con la duda de si él se estaría burlando de ella con sus susurros cariñosos y sus apasionados besos.

Pero mientras yacía ahí, rígida como un atizador, se fue enfureciendo por momentos. Recordó la indiferencia de él a las cartas de su madre durante todos esos años; recordó como lady Kushina trataba de ponerse una sonrisa valiente en la cara cada mañana cuando llegaba el correo y seguía sin recibir ni una sola letra de él. Por mucho que hubiera admirado a su amada protectora, jamás había logrado igualar su paciencia y autodominio. Muy pronto descubrió que era capaz de tolerar el desprecio de Naruto, pero no su indiferencia. Prefería que le gritara o la sacudiera a que hiciera caso omiso de ella.

Se sentó y echó atrás la ropa de cama. Podría causarle un enorme disgusto a su ilustrísima excelencia, pero no tenía la menor intención de pasarse el resto de su vida intercambiando insultos con su hosca prima y pudriéndose en la cama pensando si él vendría alguna vez a hacerle una visita. Si él no venía a su habitación la noche de su boda, por Dios que ella iría a la de él.

Después de abrirse paso por entre el sofocante peso de las cortinas, se puso la bata sobre el camisón y se anudó el cinturón. Sacó una de las velas del candelabro de plata y salió pisando fuerte de la habitación, deseando que la puerta no fuera demasiado pesada, para poder cerrarla de un buen golpe.

Al cabo de cinco minutos estaba tan extraviada que se imaginó que no volvería a encontrar jamás la suite de la duquesa, y mucho menos la del duque. Había supuesto que si cada vez viraba en la misma dirección llegaría finalmente al ala oeste. Pero la casa era un laberinto de corredores interminables, cada cual más largo y desorientador que el anterior. Caminó durante muchísimo rato sin encontrar ninguna señal de vida. Hasta un ratón habría sido un consuelo.

No se había molestado en preguntar en qué planta se encontraba la suite del duque, pero tenía la esperanza de que todos los dormitorios estuviesen en la misma planta. Esa esperanza se le vino abajo cuando el corredor por el que iba terminó abruptamente en un tramo de escalera.

Trató de volverse por donde había venido, pero acabó en una galería con baranda que no había visto antes, que miraba a lo que parecía ser un lóbrego salón de baile en cuya superficie cabría la casa Konoha entera, incluidos los jardines. Suspiró, pensando qué haría Hanabi si se encontrara en ese apuro. Probablemente se sentaría en el suelo y comenzaría a chillar a todo pulmón hasta que alguien llegara corriendo. Estuvo tentada de hacer justamente eso, pero la contuvo la idea de que nadie la oiría, o que nadie se molestaría en acudir corriendo.

Una alfombra turca color sangre cubría todo el piso de la galería, apagando sus pisadas en un suave murmullo. Las sombras se agolpaban en las esquinas del alto cielo raso, haciendo parecer diminuto el débil parpadeo de su vela. Cuando una traviesa bocanada de aire hizo bailar la llama, puso una mano alrededor y aminoró la marcha.

Al dar la vuelta a la esquina siguiente se abrió ante ella una galería de retratos en toda su triste gloria. De día esa galería era tal vez igual de espectral, pero de noche era aterradora.

—No seas tonta, Hinata — se reprendió, con los dientes castañeteándole—. No hay por qué tenerle miedo a un manojo de gente muerta.

Lamentando su desafortunada elección de palabras, se obligó a seguir adelante. Se concentró en mantener la mirada fija en la ornamentada puerta de doble hoja del otro extremo de la galería, pero de todos modos sentía los desconfiados ojos de los antepasados de Naruto siguiendo cada uno de sus pasos.

Fue tal su alivio cuando por fin llegó al final de la galería que no vio el retrato a tamaño natural que colgaba sobre la puerta sino cuando ya lo tenía encima. Ahogando una exclamación de susto, retrocedió y levantó la vela.

Un hombre la miraba con sonrisa de superioridad a lo largo de su ancha nariz, sus fríos ojos brillantes de desprecio. Cuando leyó la placa de latón que había bajo el retrato, comprendió que estaba mirando la cara chupada del viejo Ashina Uzumaki. Vestido todo de negro, aferraba un bastón de plata en su blanca mano.

Era difícil creer que ese hombre hubiera criado a una niñita. No supo si compadecer a Sakura. Lady Kushina rara vez hablaba del duque que adoptó a su hijo. En ese momento Hinata comprendió por qué.

Por primera vez pensó en cómo debió de sentirse Naruto su primera noche en ese ventoso mausoleo. Traicionado por su tío, apartado de su amada madre, ¿se habría acurrucado tiritando bajo las mantas de una cama desconocida? ¿O habría vagado por esos mismos corredores, extraviado y solo, sabiendo que nadie lo oiría si gritaba?

Junto al duque estaba sentado un mastín moteado que muy bien podría haber sido el abuelo de los perros de Naruto. Si la intención del pintor fue hacer parecer más asequible al tema de su retrato, perro incluido, fracasó rotundamente. Los delgados dedos del hombre doblados alrededor del collar del animal daban la impresión de que no veía las horas de ordenarle que se arrojara sobre el próximo advenedizo insolente que se atreviera a desafiarlo.

Un ronco gruñido salió de la oscuridad detrás de ella, erizándole la piel de la nuca. Hasta ese momento había olvidado a los perros de Naruto. Debería haberse imaginado que él les permitiría rondar por la casa durante la noche. ¿Cómo, si no, podrían desgarrarle el cuello a cualquier intruso? ¿O a una esposa lo bastante estúpida para abandonar el refugio de su cama?

Volvió a oír el gruñido, retumbando de amenaza. Lanzando un chillido, soltó la vela, dejando a oscuras la galería. Se giró lentamente y se aplastó contra una puerta. Lo único que lograba ver era el malévolo brillo rojizo de dos pares de ojos.

—Perritos lindos — susurró, tratando de tragarse el nudo que se le había formado en la garganta—. Perritos buenos. No están hambrientos, ¿verdad? Eso espero, porque no tengo mucha carne en mis huesos. Biwako lleva años tratando de engordarme, pero no ha tenido mucho éxito.

Los perros se le acercaron más, tanto que sintió sus alientos calientes, almizclados. Gimiendo, giró la cara hacia un lado.

Después se diría que jamás habría gritado, que se habría rendido a su destino con al menos una moderada dignidad si uno de los animales no hubiera elegido ese momento para meterle la grande y húmeda nariz en la entrepierna.

Soltó un chillido ensordecedor. Repentinamente se abrió la puerta en la que estaba apoyada y cayó de espaldas en la habitación, acabando el chillido con una nota de sobresalto. Abrió los ojos y vio a su marido de pie ante ella, manos en caderas.

—Vaya, vaya — dijo él, arqueando una ceja—, lo que me han traído los perros.

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Continuará...