Por última vez: capítulo siete.


Me despierto con un trino de pájaros. La luz del alba se proyecta débilmente entre las ramas y me siento envuelto en un calor agradable y tranquilo. Estoy empezando a entornar los ojos de nuevo, cuando caigo que sigo en los Juegos del Hambre, con el cuerpo de Maddison junto al mío como si nos hubieran unido con pegamento.

El cansancio debió de ganarme la batalla ayer por la noche, a pesar de mi intención de mantenerme despierto. Me reprendo por no haber hecho una guardia en condiciones. Al menos sigo teniendo el cuchillo agarrado en mi mano derecha. La parte izquierda de mi cuerpo está completamente inmovilizada por el de Maddison, quien ha pasado un brazo por encima de mi cadera y duerme tranquilamente, con la respiración constante y haciendo pequeños ruiditos con el aire que suelta por la nariz y la boca. Coloco mi mano sobre su frente para asegurarme de que no tiene fiebre. Maddison se remueve y me aprieta más junto a ella. Me doy un momento para fijarme en sus pestañas, largas y densas, del mismo color de su pelo desparramado sobre mi pecho y sus hombros. Parece tan en paz que me da miedo moverme y romper el momento. No creo que vayamos a disfrutar de muchos de este tipo en la arena. Aunque tal vez, si encuentro a Katniss…

Poco a poco me voy mentalizando que hay que ponerse en marcha. Me quito suavemente a Maddison de encima, me incorporo y le muevo el hombro que no tiene herido. Maddison se vuelve a acomodar y continúa plácidamente dormida.

—Mad —digo con voz queda—. Maddison, hay que levantarse.

—Un poco más —intenta agarrarme del brazo y tirar de mí hacia ella—. Vuelve aquí conmigo.

Tengo que poner los ojos en blanco. Esta chica no tiene remedio.

—¡Maddison! Que te levantes, leches.

Por fin se incorpora, todavía con los ojos a medio abrir y las mejillas enrojecidas. Parece que es una de esas raras personas que están guapas nada más despertarse.

—No hace falta ponerse así —me dice, y se restriega la cara con ambas manos en un intento de quitarse el sueño de encima. Luego me enseña una amplia sonrisa—. Buenos días Gale

—¿Se puede saber por qué estás tan contenta?

—No me duele nada — contesta—. Un poco el brazo, pero nada que ver con lo de ayer. Creo que la medicina me ha hecho dormir más profundamente. He tenido unos sueños de lo más raros.

—¿Qué tipo de sueños?—pregunto curioso.

—No quieres saberlo.

—¿Pero del tipo de una pesadilla?

—Uy, para nada.

Es curioso, el rato que he dormido tampoco he tenido pesadillas, solo una especie absorbente vacío.

Salgo de nuestro refugio para encontrarme con un sol resplandeciente y ningún resto de la nieve y la tormenta de ayer por la noche. Es el segundo día en la arena y tengo la impresión de llevar aquí un mes. Por suerte, gracias a la nieve hemos podido rellenar la botella. Y gracias a Finnick, Maddison se encuentra fresca como una lechuga esta mañana.

Es ella quién menciona lo evidente.

—Esto no estaba aquí ayer.

Se refiere a… Todo, básicamente, nada de lo que estaba a nuestro alrededor ayer por la noche lo está ahora. Ni los árboles que nos rodeaban, ni una roca grande con musgo en la superficie, ni el tronco hueco de un roble muerto del que saqué la mayor parte de la corteza que usé para evitar que pasara el aire a nuestro refugio. Sólo queda el árbol caído en el que hemos pasado la noche. Ni siquiera la tierra del suelo es igual.

Ahora nos rodea otro tipo de vegetación, una de un clima más templado, con matorrales y arbustos en flor. La parte buena es que puedo ver algunas bayas que podrían ser comestibles. La mala, que estamos mucho más expuestos a que nos vean.

—¿Lo habrán hecho durante la noche? —pregunta Maddison.

—Supongo —digo—. Los Vigilantes pueden hacer magia.

Veo como Maddison se acerca a uno de los arbustos con toda la intención de llevarse una mora a la boca. A mí también me llaman a gritos, sin embargo le chillo:

—No te acerques a eso. Podría ser peligroso.

Sorprendentemente, me hace caso y se aleja. Comemos lo que queda de la bolsa de fruta seca con un poco de agua como desayuno. Preparo la mochila y el arco y le entrego el cuchillo a Maddison.

—¿Tienes idea de cómo usarlo?

Se me acerca por detrás, rápida como una sombra, y coloca el cuchillo en mi cuello, rodeándome los hombros con el otro brazo, tal y como hice yo ayer con ella.

—Creo que me hago una idea —me susurra.

El corazón me golpea en el pecho durante una fracción de segundo, hasta que noto la risita de Maddison retumbar contra mi espalda.

—¿Vas a matarme? —pregunto.

Maddison se pega más a mi cuerpo y presiona el agarre. No sé por qué tengo la impresión de que disfruta de esto.

—Lo he pensado —contesta—. Pero creo que por ahora te dejaré vivir un poco más. Todavía puedes serme útil.

Me deshago de ella fácilmente. Eso es decir las cosas claras y no andarse con rodeos.

—Ya está bien de jueguecitos por esta mañana.

—No estaba jugando —comenta muy seria—. Podría hacerlo, Gale. Podría haberlo hecho, rajarte el cuello.

—Lo sé —digo.

—Pero no quería. Creo que juntos estamos mejor.

—Yo tampoco quería hacerlo ayer —me intento disculpar—. Pero Maddie estamos en los Juegos…

—Pero Maddie, estamos en los Juegos del Hambre —hace una imitación de mi voz bastante decente—. Es lo que ibas a decir, ¿verdad? No empieces con eso. Aunque estemos en los Juegos seguimos siendo personas.

—Personas que deben largarse de aquí cuanto antes.

—Tenemos un arco y un cuchillo. Tú puedes cazar la comida y ahora también tenemos un poco de agua. No tenemos que movernos —discute ella.

—No creo que quedarse quieto sea buena idea. Si las cosas han cambiado de sitio —respondo, ya que estar parado nunca ha sido uno de mis fuerte—tal vez también lo haya hecho la Cornucopia. Creo que deberíamos averiguarlo.

Lo que en realidad quiero es encontrar a Katniss y dudo que los Vigilantes vayan a traérmela. No se lo digo a Maddison para no romper el delicado equilibrio que se ha creado entre nosotros tras el incidente con el cuchillo.

Hacer el camino de vuelta desde dónde llegamos no es que sea difícil, es imposible. Es como si lo hubieran cambiado todo de sitio. El bosque es menos frondoso, los árboles son distintos. Me pregunto si es posible mover la arena durante la noche, y aunque la idea parezca descabellada, llego a la conclusión de que sí que lo es. Pocas cosas hay imposibles en el Capitolio. Como la orientación forma una parte importante de la supervivencia y ahora no contamos con eso, decido trepar a un árbol para tener una mejor idea de nuestra situación, aunque tampoco saco nada en claro. Hay grupos de árboles dispersos, un bosquecillo más frondoso al oeste, pero no diviso la Cornucopia ni hay ningún tributo a la vista.

—¿Escuchaste algún cañonazo durante la noche? —me pregunta Maddison.

—No mientras estuve despierto.

—Eso no es una buena noticia. En el Capitolio estarán ávidos de sangre.

No es una buena noticia para ella. Para mi significa saber que Katniss sigue con vida.

Ni un segundo después siento el suelo temblar bajo nuestros pies, me giro hacia atrás y veo la nube de polvo acercarse y escucho un zumbido agudo. No sé de qué se trata, pero tenemos que correr. Agarro a Maddison de la manga de su chaqueta.

—¡Corre! —le chillo. La polvareda avanza tan rápido que se me ha metido en la garganta y apenas puedo hablar, el estruendo resulta ensordecedor, se te mete en el cuerpo y te retumba dentro como si fuera un terremoto.

Había estado todo demasiado tranquilo, Maddison tenía razón. ¿Ninguna muerte en un día entero? Eso es inaceptable para la audiencia. Corro con todas mis fuerzas, apenas veo a Maddison seguirme el ritmo. No sé delante de lo que estamos corriendo, pero sea lo que sea seguro que es mortal. Pronto empiezan los sonidos salvajes, sonidos de otro tiempo, de otro lugar muy alejado de aquí. Todos se mezclan en un solo alarido conjunto que me reverbera en las tripas. Pienso en fieras, en animales salvajes incontrolados dispuestos a aplastarnos, a devorarnos, pero sobre todo pienso en mutos.

La estampida acaba con toda la vegetación que encuentra a su paso. Todavía no puedo verla, no me queda más que correr y ni siquiera creo que eso sea suficiente. Intento no bajar el ritmo mientras busco a Maddison con la mirada. No la encuentro. Temo que se haya caído, temo haberla dejado atrás. Las jornadas interminables corriendo en el bosque me han hecho rápido y resistente, ¿pero ella? Recoger mariscos en la orilla del mar, no creo que ayude a ponerse en forma.

—¡Maddison! —Vuelvo a gritar—, los pulmones me arden, noto latido del corazón hasta en la garganta—. ¡Maddison!

¿Debería retroceder para buscarla? Sería una locura, significaría acabar muertos los dos, pero ¿debería? Justo en ese momento de incertidumbre veo un espectro correr paralelo a mí, a unos cuantos metros de distancia. Un poco más cerca se encuentra Maddison. ¿Qué es esa cosa? ¿Es un tributo? Se acerca peligrosamente a ella, por lo que no lo dudo. Freno una décima de segundo, cargo una flecha y disparo. La fecha pasa de largo entre los dos, es difícil acertar blancos en movimiento y con tanto polvo resulta casi imposible. Sigo corriendo un poco más. El espectro cada vez está más cerca de Maddison. No distingo si es humano, si va armado, no distingo nada. No obstante vuelvo a reducir el ritmo y esta vez me concentro de verdad. Cargo la flecha, tenso el arco al máximo e imagino la curva que hará en el aire. Se le clava en la espalda y cae derribado al suelo. Maddison continúa corriendo como una loca. Lo que nos sigue por detrás cada vez está más cerca.

Suena un cañonazo. No freno, pero hay algo que detiene mi avance. Es como si atravesara una pared invisible a cámara lenta, los miembros se me congelan y me abrasan al mismo tiempo, la visión se me nubla. Intento llamar a Maddison pero mi voz no quiere salir.

Aterrizo en un suelo de arena. Parece que me hubieran dado una paliza, me duelen tantas cosas que sería una pérdida de tiempo ponerse a contarlas. Miro a mi alrededor y lo primero que veo es a ella, tirada en el suelo, con las piernas y los brazos abiertos en cruz.

Intento moverme en su dirección, pero tengo la sensación de que me hubiera dado una descarga eléctrica, los miembros no me responden, los siento pesados, como si estuvieran adheridos al suelo. Maddison no se mueve. Me arrastro hacia ella sin olvidarme de mis escasas posesione: el arco y la mochila. Tardo en llegar lo que me parece una eternidad. Maddie está inerte, con los ojos cerrados. Pego la cabeza a su pecho, su corazón aún late.

Empiezo a zarandearla sin ninguna delicadeza.

—¡Maddison!, Maddison, por lo que más quieras, abre los ojos.

Y ella me obedece. Abre los enormes ojos verdes y me atraviesa con su mirada.

—¿Qué ha pasado? —pregunta.

Tal vez sean los nervios, la tensión acumulada, o que me estoy empezando a acostumbrar a su compañía, pero no resisto el impulso de abrazarla.

—Pensaba que habías muerto —digo.

—Gale, no puedo moverme.

—Tranquila, tarda un poco en pasarse. Prueba a mover un dedo.

Ella lo hace y se contempla la mano con fascinación.

—Ves, va poco a poco. En unos minutos estarás como nueva.

Nos miramos a los ojos durante un momento, como para asegurarnos de que seguimos vivos. Sin embargo, no hay tiempo para andar zanganeando. Aunque sigo en el suelo agarro mi arco y me preparo para cualquier ataque inminente. No tengo ni idea de dónde hemos ido a parar.

—¿Tienes el cuchillo? —le pregunto a Maddison.

Ella se palpa el muslo, donde lo había sujetado con el cinturón del traje.

—Aquí esta. Pero me temo que he perdido la botella de agua.

Recuerdo haberle dado la botella de agua antes de empezar la estampida, para que bebiera un poco.

—No te preocupes, mira —digo señalando al frente.

—¡Caray! —exclama Maddison.

Delante de nuestras narices, a unos veinte metros, hay un gran lago, con su orilla arenosa y pequeñas olas yendo y viniendo. Justo en el centro se encuentra la Cornucopia, vacía de tributos, por lo que parece, pero repleta de suministros y armas.

—¿Pero qué han hecho? —se pregunta Maddison.

—Creo que han sustituido el mejunje verde de ayer por agua —contesto—. Suponiendo que sea agua. Debe de haber una especie de depósito por debajo que los Vigilantes llenan de lo que se les antoja. La Cornucopia estará sobre algún tipo de plataforma para mantenerla a flote.

Aunque lo que más nos intriga a ambos es la pared invisible que hemos atravesado para llegar aquí. Maddison piensa que se trata de un campo de fuerza.

—No era un campo de fuerza eléctrico, eso nos habría matado.

—¿Qué era entonces? Algo capaz de frenar la avalancha y dejarnos pasar a nosotros.

—Vete a saber. Un vigilante con el dedo sobre un botón. Maddison, lo único que cuenta es seguir vivos.

—Pero cada vez queda menos tiempo.

—Prefiero no pensarlo. Prefiero pensar en que es lo siguiente que voy a hacer y no en qué pasará si lo hago.

Una vez que Maddison recupera toda la movilidad de su cuerpo nos acercamos a la orilla. Maddison no pierde el tiempo. Se quita las botas, se remanga los pantalones y se mete hasta las rodillas para después lavarse la cara con el agua mientras yo la miro horrorizado.

—¿Pero qué haces? Podría estar envenenada.

—No lo está —me informa lamiéndose los labios—, pero tampoco es potable. Es agua salada.

Mi gozo en un pozo, porque yo también pensé que sería agua apta para el consumo. Tengo la lengua como la suela de una zapatilla después de la carrera.

—Sal aquí fuera y ponte las botas por si tenemos que salir pitando —le ordeno a Maddison.

—Gale, querido, creo que habíamos dejado claro que no me puedes obligar a hacer nada —contesta llevándose la mano al cuchillo, que continúa en su muslo.

—Maddison, querida, ¿podrías venir aquí fuera para que podamos investigar los alrededores?

—Mucho mejor —contesta con una amplia sonrisa.

Maddison sale del agua y nos dedicamos a recorrer el perímetro del lago varias veces. No parece haber nadie. Sin embargo, tengo la impresión desde que llegamos que hay varios pares de ojos mirando, esperando a que bajemos la guardia, esperando a… No lo sé. Es lo que me dice el instinto, en realidad no hemos visto ni una sombra y la búsqueda ha sido exhaustiva. Los dos sabemos lo que hay que hacer, y es llegar a la Cornucopia. Nos acercamos de nuevo a la orilla del lago.

—¿Sabes nadar? —le pregunto a Maddison.

—Pues claro. Vengo del distrito Cuatro, donde nos tiran al agua desde recién nacidos.

Sopeso las posibilidades y, lo mires por donde lo mires, lo mejor es ir uno solo para que el otro pueda guardarle las espaldas. Así es cómo lo haríamos si una situación similar se hubiera dado en nuestro bosque en lugar de en la arena, si estuviera acompañado de Katniss, en vez de Maddison. Me está matando la preocupación por ella, por no saber dónde está ni cuál es su estado.

Mientras estoy perdido en mis pensamientos, Maddison decide por ambos:

—Mejor será que dejemos de marear la perdiz. Lo haré yo – ya se está quitando otra vez los zapatos—. Déjame la mochila, la llenaré cuanto pueda y volveré en un suspiro, te lo prometo.

—Ni hablar —se me escapa de la boca sin pensarlo—. Podrías ahogarte. Podría haber tributos allí metidos. Se me ocurren mil posibilidades y ninguna es buena.

Maddison me mira irritada.

—Tengo el cuchillo Gale. Iré, y si me atacan, tendré con que defenderme. No soy la damisela en apuros que te piensas.

—Yo no he dicho que te considere ninguna damisela en apuros.

Maddison da media vuelta, lanza el cuchillo y lo clava justo en medio del tronco de un árbol a más de diez metros de distancia. No digo nada, pues no tengo nada que decir, estoy demasiado ocupado con la boca abierta. Camina hacia el árbol con el cuchillo y regresa a mi lado.

—Pero lo piensas. Quiero hacerlo, Gale.

—Es demasiado peligroso —noto que empiezan a acabárseme los argumentos.

—Lo es, pero necesitamos el agua. No podemos ir los dos, eso sí que sería estúpido. Además, el recorrido es corto, si aparece alguien puedo lanzarme al agua. Te prometo que no me alejaré de la orilla.

No me quito de la cabeza la pregunta de si dejaría que lo hiciera en caso de ser Katniss en lugar de Maddison. Sin lugar a dudas habríamos discutido largo y tendido sobre el tema. Puede que ella sea mejor nadadora, pero yo tengo más fuerza. Le confiaría mi vida y sé a ciencia cierta que dispararía a cualquier peligro y acertaría con la flecha.

Maddison se quita la chaqueta, pero se deja todo el resto de ropa puesta. Se adentra en el lago y cuando el agua le llega por la cintura, desaparece de la superficie. Verla nadar es un espectáculo. No sólo es rápida, es la forma en que se mueve y avanza, coordinando todos sus miembros en cada movimiento.

No tarda nada en llegar a la cornucopia. Me saluda con una mano mientras yo intento abarcar todas las direcciones con el arco.

—No te distraigas —le chillo—. Date prisa.

Va directa a por el agua. Encuentra varias botellas que rellena en los grandes depósitos y guarda en la mochila. Guarda también manzanas que encuentra en un saco de arpillera. Veo como coge una, la mira sonriente y le da un mordisco. En ese momento capto un movimiento detrás de ella. Alguien aparece de debajo de la lona que cubría el resto de suministros blandiendo una espada de hoja corta.

Disparo la flecha que ya tenía cargada y luego grito su nombre. La flecha le acierta en el hombro. No sé de quién se trata, es un tributo de pequeño tamaño, creo que el chico del distrito 3. Se tambalea hacía atrás, lo que permite a Maddison dar media vuelta y clavarle el cuchillo en el estómago. El chico sigue dando tumbos. No cae, pero ya ha soltado la espada.

—¡Vuelve al agua! ¡Rápido! —mi voz suena como un rugido ahogado mientras cargo más flechas y las disparo, desperdiciando más de las que debería. El chico parece muerto, pero no suena el cañón.

Ella está al borde del agua, preparada para lanzarse, cuando pisa en algún punto y explota por los aires. Lo veo todo a cámara lenta. La mochila saltar por los aires, junto con trozos de tela, miembros y sangre, suspendidos entre el humo, el fuego y la pólvora durante un momento para luego depositarse en el suelo.

Yo también caigo de rodillas sobre la tierra, el estallido me retumba tan fuerte en el pecho que creo que me va a estallar de un momento a otro. El pitido en los oídos me llega hasta el cerebro.

En cuanto la onda expansiva pierde fuerza, suenan los dos cañones.