*A partir de este capítulo, las palabras que dan título ya no forman parte de ninguna tabla, sino que han sido elegidas por Zryvanierkic, a quién dedico la totalidad de esta locura, junto a Melissia, por ser siempre un gran apoyo. Gracias miles :).*

23. Magma

Los aterradores alaridos de los aldeanos de la Isla Kanon se escuchaban desde la cima del volcán.

Hacía siglos que esa boca al infierno estaba cerrada y en silencio, pero días atrás había comenzado a gruñir, augurando lo que ningún pueblerino estaba preparado para aceptar. Los gruñidos se fueron acrecentando, y lentamente comenzó a escapar ese aliento a azufre que precedía la tormenta de fuego.

El ardiente magma pugnaba por emerger, abriendo grietas en el sellado cráter, ocasionando con cada embestida el nacimiento de un nuevo temblor. Y con él, la llegada a sus oídos de esa música espeluznante procedente del pueblo a sus pies. Una música que rasgaba gargantas y encogía corazones a la espera de lo peor.

Una música compuesta a base de desesperación, que poco a poco se fue filtrando en su interior, otorgándole una extraña sensación de poder y control.

Las entrañas de la isla comenzaron a contraerse, a expulsar con fuerza toda esa bilis en ebullición, y él lo disfrutaba...Sus labios, al fin despojados de bozal, se estiraban en lo que pretendía ser una sonrisa de superioridad y satisfacción, aunque el azul de sus ojos irritados lucía apagado. No había rastro de ningún tipo de brillo en ellos, sintiéndose incapaces de reírse de esa forma tan postiza como lo hacían sus labios y las carcajadas que se forzaban a escupir.

La lava emergía a borbotones, y pronto sus pies descalzos fueron alcanzados. Sus piernas fueron lamidas por esas lenguas de fuego con una devoción alguna vez conocida, pero no se sentía igual.

Nada se sentía igual desde que sus manos se mancharon de sangre hermana.

Sólo su interna soledad permanecía inmutable, y esperó...esperó a que algo cambiara.

Esperó convertirse en todo lo malvado que su destino había decretado para él.

Esperó arder junto a esa sangre nueva, a derretirse en ella, a desaparecer por completo, junto al pueblo de miserables que se escondía bajo su silueta monstruosa recortada en la cima de todos los miedos.

Esperó saberse engullido por el todopoderoso magma, buscando en ese castigo algo de sosiego...algo de comprensión...

Pero su carne no ardió con el volcán.

Su sonrisa falsa no tardó en desaparecer y sus ojos, azules y transparentes, se nublaron con lágrimas que humedecían el hollín de sus mejillas al acariciarlas en su descenso por una piel prohibida de amor.

Sus dientes mordían con fuerza el labio inferior, prestos a sellar un llanto que comenzaba a gestarse en su pecho, los puños se cerraron con furia a ambos costados de su cuerpo y toda la voluntad de carbonizar el pueblo, la isla y todo lo que alcanzara su furor se fue diluyendo como lo hacía su visión. Un grito desgarrador atravesó su garganta, le robó las fuerzas y le arrodilló sobre ese manto de lava que poco a poco fue retrocediendo, regresando al cráter donde seguiría hirviendo, esperando el momento de hacer honor al engendro que casi...casi devora al hombre.

Fue entonces cuando se hizo una promesa que él no pensaba romper...

Esa noche Defteros olvidó su nombre y se denominó a sí mismo ogro, demonio o el apodo con el que la gente de la isla quisiera temerle.

Esa noche quiso ganarse el rechazo y castigo que creía merecer, hacerse uno con el magma y vivir en él.

Crearse una leyenda y, quizás, algún día dejar de pensar en Aspros...

...y en el ciego traidor también.