"Acaba de usar un punto y coma en medio de un mensaje sexual… ¿podría este chico ser más perfecto?".

H I N A T A

He estado anticipando este momento todo el día… tal vez más. Los nervios hacen que toquetee el dobladillo de mi camiseta gris, bajándola sobre la cinturilla de mis vaqueros aunque es corta.

Botines.

Linda.

Tímidamente, me pregunto si debería haberme puesto pantalones de yoga. Después de todo, dijimos que íbamos a ver películas, y no planeo hacer esa actividad particular en la sala de estar donde sus compañeros de cuarto pueden molestarnos.

He tenido tanto de Suigetsu como una chica puede soportar.

Llamo al timbre de Naruto , meto mis manos en los bolsillos de mi chaqueta verde caqui. Pongo una sonrisa en mi rostro cuando la puerta se abre y el rostro de Jūgo me mira a través de la puerta de malla.

—Qué pasa, Night Crotch.

Mis ojos se entrecierran.

—¿Night Crotch? ¿En serio? Lo estás llevando ahí, ¿eh? ¿Justo en mi rostro?

Se encoge de hombros abriendo a puerta, dejándome entrar.

—¿Por qué no?

—La mayoría de la gente espera unas semanas, ya sabes, hasta que llegan a conocerme mejor.

—Supongo que tengo las pelotas más grandes que la mayoría de la gente.

Lo dudo.

—Supongo. —Miro alrededor—. Naruto está en casa, ¿cierto?

Cierra la puerta detrás de nosotros, señalando.

—Dormitorio.

—Gracias.

—Elige bien —dice a mi espalda cuando llego al pasillo—. O no.

La puerta de Naruto está entornada y doy dos golpecitos suaves contra el marco.

—Toc, toc.

Está ante su escritorio, sus hombros encorvados. La cabeza inclinada.

Alza la mirada, sobresaltado.

—¡Hola! Mierda. —Se levanta, recogiendo un montón de papeles antes de retirarse de la mesa—. Debo haber perdido la noción del tiempo.

—¿Papeles de calificación?

—Oui.

Prácticamente ronroneo, ya excitada por estar en su dormitorio. Dejo caer mi bolso y lo encuentro a medio camino para que pueda darme un beso en los labios. Escaneo la habitación, mis ojos yendo a la cama primero, por supuesto.

Es ordenado.

Reorganizó la habitación, la cama empujada contra la pared más lejana. La cómoda en el lado contrario, la televisión posada encima. Movió el escritorio junto al armario.

Me quito la chaqueta y la cuelgo en su silla de escritorio, inclinándome para quitarme mis zapatos. Sin ellos, soy unos siete centímetros más baja.

—¿Comiste? —pregunta—. No digas pizza.

—Jaja. Sí, comí un poco de pollo que Haku hizo en una olla a fuego lento esta mañana antes de clase con arroz blanco y vegetales en conserva. —Hago una mueca—. ¿Comiste?

—Montones de agua. —Se ríe—. Panecillo, mantequilla de cacahuete, fruta. Probablemente me levantaré a hacer pis un montón y debería comer de nuevo antes de ir a la cama.

Subo a la cama, dejándome caer sobre sus almohadas. Me inclino y olisqueo, queriendo enterrarme en su olor.

Mi camiseta se sube cuando ruedo sobre mi espalda, exponiendo mi estómago plano; sus ojos celestes caen a mi pálida y suave piel. Sonrío.

Cruzo mis brazos debajo de mi cabeza, dejándole mirar.

Soy así de agradable.

—¿No estás exhausto? —Retuerzo los dedos de los pies, extendiendo mi cuerpo sobre la cama, alzando mis brazos en un estiramiento—. Veamos una película. Ven a tumbarte a mi lado, tu caminar de un lado a otro me está poniendo nerviosa.

No lo está; solo quiero que se tumbe para poder tocarlo. Acabar con toda esta pretensión de ver televisión para que podamos tontear.

Va hacia la puerta, poniendo el cerrojo. Se quita su gorra de béisbol antes de sentarse en el lado derecho de la cama, sacudiendo su cabello y ofreciéndome su espalda. Agarra el control remoto.

Se desplaza hacia atrás hasta que su trasero me golpea, tumbándose sobre su costado de frente a la televisión.

Su amplia espalda bloquea mi vista, pero ni siquiera me importa. No vine aquí a ver una película; vine aquí a pasar tiempo con él, a llegar a conocerlo mejor.

Introducirme en su corazón.

—¿Qué quieres ver? —dice, ya mirando en Netflix.

—Qué tal New Girl. ¿Alguna vez la has visto?

Hace clic ahí. Entra y empezamos por la temporada uno, episodio uno.

Lanza el control remoto a los pies de la cama.

—No veo mucho la televisión, si te digo la verdad. Mayormente solo la tengo como ruido de fondo.

Cuando se deja caer sobre su espalda, aprovecho la oportunidad y ruedo hacia él, acurrucándome contra su costado. Pongo mi mano en su estómago, mi mejilla sobre su pecho. Sus abdominales se contraen por el contacto. Su polla se retuerce bajo sus pantalones cortos de gimnasio.

Reprimo una sonrisa.

Su brazo me rodea, acercándome. En la televisión delante de nosotros, Jess y la pandilla se encuentran por primera vez y suelto una risita contra el pecho de Naruto ante las payasadas en la pantalla.

Paso mi mano bajo la tela de su camiseta, deslizándola hacia el norte, sobre su musculoso abdomen. Hacia su esternón, la palma rozando su pezón.

Durante los siguientes diez minutos, yacemos juntos en silencio, sin movernos excepto para respirar.

Entonces:

—¿Alguna vez te has tumbado en la cama la noche antes de un encuentro y pensado en ello?

—A veces.

—¿Sabes contra quién es tu combate mañana?

—Claro, su nombre es Eli Nelson. Uno ochenta. Noventa kilos. Setenta por ciento de grasa corporal. Su récord es treinta y cuatro, de Spokane, Washington.

—¿Algo más?

—El nombre de su novia es Candance y ella es escorpio.

—Estás inventando eso.

—Sí, lo inventé. —Se ríe.

—¿Nervioso?

—No. He luchado con él antes.

—¿Ganaste o perdiste?

Alza las cejas.

—¿Incluso tienes que preguntar?

Me sonrojo.

—¿Quieres que te frote la espalda?

Naruto duda, mirándome.

—Claro.

—¿Quieres quitarte la camiseta?

—¿Es quitarme mi camiseta parte del paquete estándar de masaje?

—Sí, señor.

—Supongo que voy a quitármela, entonces.

Lucho contra la urgencia de frotarme las manos, la anticipación de su increíble físico haciendo palpitar mi corazón. Usa su zona media dura como la roca para levantarse, alza sus brazos sobre su cabeza, se quita su camiseta. Se tumba en la cama, de lado, obsequiándome con su poderosa espalda.

Los músculos son definidos, firmes. La piel es sorprendentemente suave. Exploro primero, mi palma acariciando su cálida carne, pasando a lo largo de su deltoides. Bajo a su dorsal. Subo por su espina y sus hombros.

Me maravillo ante la fuerza en estos hombros, el poder en sus oblicuos.

Exploro la parte superior de sus glúteos, queriendo bajar la cinturilla de sus pantalones cortos y meter mi mano.

Se estremece. Su piel se eriza.

—¿Se supone que este masaje haga cosquillas? —murmura.

—Shh, relájate —canturreo en su cuello—. Es la nueva técnica de la mariposa. Solo la enseñan en los salones de masajes franceses.

—Ah, bueno, eso tiene sentido supongo.

Me inclino.

—Te prometo que viene con un final feliz.

Simplemente no puedo detener a mis manos de vagar; se siente demasiado, demasiado bien bajo mis insaciables manos.

Mis dedos juegan con las puntas de su cabello, bajan por su grueso bíceps, por su antebrazo. Sobre su cabeza, sobre su culo. Ambas palmas pasan paralelas por su espina dorsal, los pulgares amasando en su subida.

Amaso su cuello, aprieto sus hombros, los pulgares haciendo todo el trabajo. El sonido de su suspiro feliz es agonía.

A tal punto que no puedo soportar seguir vestida. Me alejo para quitarme mi propia camiseta. Desabrocho mi sujetador. Retiro mi cabello del camino para que no haya barrera entre nosotros cuando mis pezones duros rocen la carne de su espalda.

Dios, el contacto piel sobre piel es embriagador.

Gime cuando beso entre sus omóplatos, mis pechos rozando su espalda. Delicados besos en su nuca. Cálidos y húmedos besos. Suave.

Gentil.

Sexy.

Me desplazo más cerca para poder besar el lugar bajo su oreja. Lamo su lóbulo. Deslizo mi mano alrededor de su mitad, cubriendo su pectoral con mi palma. Lo acaricio.

Su enorme garra de oso encuentra mi cadera, tirando de mí desde atrás, acercándome más, acariciando mi muslo mientras acribillo su piel con mi boca en la manera menos de masaje.

—Mierda, Hinata. Retrocede, déjame darme la vuelta.

Ruedo atrás. Se mueve hacia mí.

Nuestras bocas se fusionan, las lenguas se encuentran. Esas enormes y capaces manos suben por mi caja torácica. Acuna mis pechos y se queda ahí, amasando.

—Tus manos se sienten tan bien. —Le animo con un gemido entrecortado en su boca, mis dedos encontrando los rizos en la base de su cuello. Jugando con ellos. Besándolo sin sentido.

Se separa.

—¿Mis manos no son demasiado rudas?

—No. No, son increíbles. Ponlas de nuevo.

La verdad es que puedo sentir cada áspero callo en las huellas de cada dedo, cada uno un recuerdo de los sacrificios que hace para ganar. Por su equipo. Para ser el mejor. Recordándome cuán malditamente resistente es.

Cuán bueno y viril y masculino.

Esas manos mágicas se extienden sobre mi clavícula, deslizándose por mis hombros y brazos como líquido. Se pierden en la cascada de mi cabello ondulado. Juegan con las puntas, moviéndolo al lado.

Mi pecho está jadeando por el fuerte latido de mi corazón cuando Naruto se retira, estudiando mi pálido torso en silencio, varios tortuosos segundos, con reticencia escrita claramente en su mirada inquisitiva.

Vacilantemente, su mano se extiende, la punta de su dedo encontrando mi oscura aureola. En silencio, sus ojos celestes permanecen en mis pechos, fijos. Se quedan ahí, trazando los movimientos de su propio pulgar cuando roza sobre mi pezón fruncido.

Entonces el otro.

Furiosas hormonas causan que mis pechos se hinchen. Pesados. Rogando por alivio.

Aun así, lentamente aprende mis curvas, el aire frío de su dormitorio endureciendo los ya tensos picos. Dios, es tan terrible.

—¿Qué estás pensando? —susurro, arqueando mi espalda hacia su acunada mano.

—Estoy pensando en todo. —Su dedo va perezosamente alrededor y alrededor de mi pezón. Tira de él ligeramente.

Está rogando por atención.

Mmm. Mis dientes pasan por mi labio.

—¿Lucha libre?

Lame sus labios.

—Definitivamente no lucha libre.

—¿Qué, entonces? —Exhalo las palabras, casi sin respiración.

—Estoy pensando que estos son los pechos más bonitos que jamás he visto. —La punta de su dedo acaricia la tierna carne del lado de mi teta—. No puedo creer que los esté tocando.

Puede hacer más que tocarlos, y quiero que ponga su boca en mí tan desesperadamente que estoy prácticamente jadeando.

Solo entonces, un alto golpe se oye en la puerta, dos duros golpes sordos con el puño de alguien, una voz aguda masculina gritando:

—¡Entrega especial, hijos de puta!

Más golpes hacen que la mano de Naruto se detenga, moviéndose, aplanándose en mi caja torácica. Presionando otro dedo en sus labios.

—Shh.

Entonces grita:

—¿QUÉ? Jesús. —Estira el cuello hacia el golpeteo—. ¡Qué quieres!

Breve pausa.

— Morocha, ¿estás ahí? ¡Asegúrate que nuestro hombre empaca su carne!

Alzo mi cabeza hacia el sonido de arañazo en el suelo de madera: Una larga y dorada tira de condones está siendo empujada bajo la puerta. Risas en el pasillo, seguidas por el distante sonido de la puerta principal cerrándose de golpe.

Dos pares de intensas miradas se fijan en esos paquetes dorados.

La suya.

La mía.

Sexo, sexo, sexo, emiten los paquetes de condones en la habitación. Orgasmo, orgasmo, orgasmo.

Sé que Naruto está pensándolo también, y ni siquiera puedo lamentar la interrupción porque no pensé en comprar ninguno, y si conozco a Naruto, tampoco tiene ninguno. Si fuéramos a tener sexo, no lo habría premeditado, habría tenido que levantarse, caminar por el pasillo, y pedirle uno a su compañero de cuarto.

La vista parece avivarnos en una neblina inducida por la pasión, y se posiciona sobre mí, apoyándose sobre sus hombros, cerniéndose. Rotando sus caderas. Puedo sentir su larga y rígida erección a través de sus pantalones cortos de gimnasio, a través de mis vaqueros.

Acaricia el cabello suelto en abanico alrededor de mi cabeza. Pasa un dedo a lo largo de la línea de mi mandíbula. Por mi cuello, hacia el lugar detrás de mi oreja que tiene la habilidad para volverme loca de lujuria.

Se toma su tiempo antes de posar un casto beso en mi sien. La esquina de mi ojo. Boca. Barbilla.

Deja escapar su aliento.

—¿Hinata?

El mío se atora.

—¿Sí?

—Tú… —Cuando hace una pausa, arqueo todo mi cuerpo, cerrando el espacio entre nosotros, las puntas de mis pechos acariciando sus pectorales.

Me contoneo.

—¿Qué? —Olisqueo su cuello. Lamo—. Puedes preguntarme lo que quieras.

Nuestras bocas se fusionan de nuevo antes de que responda, tragando su cuestión, cuatro manos de repente por todas partes. Frenéticas. Rueda de nuevo, llevándome con él; estoy encima, montando a horcajadas sus caderas.

Bajando la mirada mientras él la alza, me posiciono sobre su erección.

Desabrocho el botón metálico de mis vaqueros mientras observa, embelesado. Bajo la cremallera mientras sus manos vagan en paralelo por mis oblicuos. Pasan por debajo de mis pechos.

Juego con la cinturilla de mis pantalones.

Me inclino para que mis pechos rocen su piel desnuda.

—¿Te gusta eso? —pregunto, mi nariz moviéndose a lo largo de la concha de su oreja—. Me encanta tu piel. Es tan cálida.

Sus manos pasan por la longitud de mi espina dorsal, se entierran en la parte trasera de mis pantalones. Me levanto cuando gentilmente baja los vaqueros por mis caderas. Sus pulgares se enganchan dentro de mi ropa interior.

—Estoy desesperada por ti —gimo entre besos—. Desesperada.

Dios, me gusta muchísimo. Estoy ahogada en su generosidad. En su espíritu amable y corazón puro. El romance es su segunda lengua. Suaves ojos celestes y hermosa sonrisa.

—¿Lo estás?

—Sí, Naruto, lo estoy.

—Quieres que… —Traga laboriosamente, su nuez de Adán sobresaliendo. Mira mis pechos, luego a la puerta. Al suelo—. ¿Quieres que… recoja esos del suelo?

Beso su mandíbula, chupando su labio inferior.

—Creo que estamos listos para el siguiente paso, ¿no crees?

Su mano gigante acuna mi mandíbula, sus ojos buscando los míos.

—Sé que lo estoy, pero no quiero presionarte.

—Eso es gracioso, estaba pensando lo mismo sobre ti.

Nos reímos, los nervios enviando mi risita en pequeños ataques. Mi mitad baja se sacude, mi cuerpo vacío cuando me deja sobre la cama, yendo al otro lado de la habitación, recogiendo los condones del suelo. Los arroja sobre la colcha para que estén cerca.

Baja sus pantalones cortos por sus poderosos muslos. Se para en nada más que sus calzoncillos bóxer, sonrojado, subiendo al centro de la cama.

Me atrae contra su gran y fuerte cuerpo y me besa, sus manos extendidas en mi espalda, en mis glúteos, apretando, una oleada de placer ya construyéndose en mi centro.

Dios, me encanta cuando aprieta mi culo.

—Me alegra que nos quitáramos de encima la charla sexual. —Me río cuando su boca se mueve a mi clavícula, jadeo cuando lame el valle entre mis tetas. Toca suavemente mi pezón con la punta de su nariz antes de llevarlo a su boca y chupar. Rodándolo con su lengua—. T-tan alegre.

—Parece que alguien me trajo más galletas —susurra contra mi carne desnuda.

—¿Tienes hambre?

—Me estoy muriendo de hambre.

Obviamente no estamos hablando de galletas; estamos hablando de sexo, y me gusta. Me gusta este lado sexy, pero cauteloso de él. Se está arriesgando conmigo con lo que no está del todo cómodo, y lo admiro por eso.

Estoy tan fuera de su zona de confort, es risible.

Sin embargo, aquí estamos.

—¿Esa va a ser nuestra palabra clave para el sexo? ¿Galletas? — Levanto mis caderas cuando mete sus manos en la cintura de mis pantalones, los arrastra por mis caderas.

Está sonriendo de oreja a oreja. Besa mi ombligo.

—¿Crees que vamos a tener suficiente sexo para necesitar una palabra clave?

—Dios, espero que sí. —Gemí cuando mis pantalones cayeron al suelo. Luego—: Pero no estaba pensando en el sexo cuando cociné esas galletas para ti, así que quítate eso de la cabeza.

—Puede que no tenga idea de algunas cosas, Hinata, pero sé lo que significa cuando una chica pasa por mi casa con galletas horneadas.

Ruedo mis ojos juguetonamente.

—Bien, me has descubierto. Quería que comieras mis galletas.

—Estuvieron bien. Se derritieron en mi boca. —Sus labios rozan mi garganta. Clavícula.

—¿Dulces?

Lame mi pezón.

—Muy dulce.

Argh, este chico. Esas palabras. Esa lengua

—Eres dulce. —Le quito el cabello de sus ojos para poder verlo bien—. Te encuentro irresistible.

Me estudia, apoyado en sus brazos.

—¿Sí?

Su voz es un timbre profundo que me da escalofríos, fascinantes ojos celestes.

—No estaría aquí de otra manera. —Pasé mis manos por sus músculos, sus bíceps sólidos como una roca. Argh, estos brazos—. Embrasse moi. — Bésame—. Entonces metámonos debajo de estas sábanas.

Tira de la esquina de su colcha para que podamos escabullirnos debajo de ella. Cuando lo hacemos, me quito las bragas, dejándolas caer al lado de la cama.

—Listo, desnuda.

Traga.

—No sé si voy a durar, han pasado algunos años. No quiero avergonzarme… ni decepcionarte.

—¿Decepcionarme? Imposible.

Me pregunto si debería chupársela, hacer que se venga rápido, así cuando finalmente nos ocupemos del sexo, durara más. Soy así de egoísta.

Retirando las sábanas nos metimos debajo, arrastro mis pechos por su voluminoso cuerpo, con las manos enroscadas en la cintura elástica de su ropa interior azul marino. Bajarlos, llevar mi boca a su erecta y gruesa…

—Oh, mierda —gime cuando chupo—. ¿Qué estás haciendo?

—Juegos previos —murmuro, buscando inmediatamente el botón caliente debajo de su polla. Presiono hacia abajo en círculos pequeños como lo leí una vez en una revista. Sus caderas se contraen, las piernas comienzan a temblar.

Sonrío alrededor de su polla.

—Mierda, Hinata, si sigues haciendo eso, voy a venirme.

Ese es el punto central de esta mamada previa al sexo.

Chupo duro y largo, tocando sus testículos. Murmuro alrededor de su polla, la punta golpeando la parte de atrás de mi garganta. Siento los signos reveladores de pulsación, una buena señal. Demasiado fácil.

—Detente, oh carajo… voy a venirme. —Está jadeando después de solo unos minutos.

Chupar, chupar, chupar.

La cabeza de Naruto se inclina hacia atrás, la garganta se contrae gloriosa. Las manos agarran mis hombros.

—Joder, oh joder, joder, sí.

Pequeños temblores. Los muslos tiemblan.

Naruto se viene en mi boca y chupo, tragando. Retiro mi boca, limpiándola con el dorso de mi mano. Admiro su cuerpo mientras yace allí, agotado, una réplica de su orgasmo extendiéndose.

Me inclino hacia la mesita de noche y agarro la botella de agua, girando la tapa. Bebo. Trago. Vuelvo a colocar la tapa y me deslizo debajo de las sábanas, tirando de ellas alrededor de nosotros.

Me recuesto frente a él, observando cómo desciende de su clímax, con los ojos nublados. Labios dibujando una línea de felicidad, me extiendo a su lado, cadera contra su polla.

Un beso. Dos.

Uno a mi frente. Punta de mi nariz.

Arco de mis labios.

Me abro para él, las piernas abiertas cuando su mano se arrastra por mi muslo interno. Las lenguas se tocan perezosamente. Sin prisas

Soñadoras. Mis tiernos pechos llenos.

Adoloridos.

Los dedos ásperos y callosos de Naruto se extienden, agarrando la piel sensible entre mis muslos.

—Eres hermosa.

Lo he escuchado mil veces antes, pero se siente como la primera vez.

¿Viniendo de él? Es significativo

No soy solo una cara bonita para Naruto. No solo para exhibir o un trofeo para ganar y alardear entre sus amigos pomposos. En todo caso, quiere guardarme para sí mismo.

—Tu es belle. —Me besa la sien.

Tu es belle, me suena familiar. Me lo dijo antes, sé que sí, pero no tengo tiempo para preguntarme qué significa, ya que me permito perderme en su toque.

N A R U T O

—Tu es belle. —Besé su sien mientras mis dedos exploraban entre sus piernas. Es hermosa, el cabello extendido sobre mi almohada, los ojos perlas brillando ardientemente. Labios hinchados por mis besos, piel pálida de color rojo, manchada por el roce de mi incipiente barba.

Cuando Hinata se estira como un gato, con los brazos sobre su cabeza, mi cuerpo comienza a responder de manera amable al ver su carne desnuda.

Sus pechos redondos y vientre plano. El valle afeitado entre sus finos muslos.

Inclina su cabeza, arquea su espalda mientras mis dedos separan su hendidura. Paso uno arriba y abajo, pequeños círculos contra su coño.

Hinata se muerde el labio inferior, las fosas nasales se ensanchan. Los labios se abren una fracción. Sus ojos se ponen en blanco.

Extendiéndose, sus dedos se arrastran por mi cabello, mirándome mientras la acaricio. Mierda, no sé si lo estoy haciendo bien, pero su rostro está enrojecido y se retuerce mucho, lo que me parece una buena señal.

—Te estás poniendo duro de nuevo. —Mueve sus caderas.

¿Impacientemente? Excitada.

Me estoy poniendo duro de nuevo, gracias a Cristo. Los ojos escanean la cama en busca de los condones que tiré antes. Están cerca del pie de la cama, cerca del borde, pero no tan lejos que no podré alcanzarlos cuando necesite ponerme uno.

Condones

Solo los he usado dos veces, para la misma ocasión. La primera vez que intenté ponerme uno, se rompió cuando lo bajé. El segundo intento fue ligeramente mejor, el acto sexual real solo duró todo el tiempo que tardé en poner la maldita cosa en primer lugar. Fuka, mi primera compañera, no era virgen, no se vino cuando follamos, y se quejó por eso todo el camino a casa.

Nos quedamos como amigos, porque somos de un pueblo muy pequeño, pero después de eso siempre fue incómodo. Simplemente impresionante.

Hinata está mojada, mis dedos resbaladizos. Pulgar acariciando la protuberancia hinchada escondida allí. Gime. Agita la cabeza.

Se queja

Me mira con los ojos vidriosos con un orgasmo inminente que hace que el latido entre mis propias piernas se multiplique por diez.

—Te quiero d-dentro de mí cuando yo… oh Dios…

—¿Debo ir por los…? —¿Condones?

—Sí —siseó. Sus piernas se aprietan cuando vuelo hacia el pie de la cama, tomando la tira de condones y arrancando uno. Rompo el paquete con mis dientes como un salvaje, enrollándolo como lo he hecho cientos de veces.

Cuando me levanto para escalar sobre el cuerpo, personificando cada fantasía sexual que he tenido, tomo un segundo para apreciar la vista: Las piernas de Hinata se abrieron de par en par, invitándome a deslizarme dentro de ese suave coño. Cabello negro y azul largo y ondulado. Pechos asombrosos. Con las manos arrugando la colcha.

Impaciente.

—No puedo soportarlo más. Rápido.

Temblando, me agacho, agarrando mi polla, guiándola en su calor, esperando lograr meterla en el agujero correcto.

¿Y luego?

Un gemido colectivo cuando mi polla se desliza centímetro por centímetro glorioso, guiado por la luz blanca detrás de mis párpados. La visión borrosa. Fuertes y apasionado gemidos eran nuestra única banda sonora.

Empujo suavemente dentro de ella, con los codos apoyados a ambos lados de su hermoso rostro, inclinándome para besarla. Su boca se abre, hundiendo la lengua en la mía. Hambrienta, sexy.

Una y otra vez.

No puedo creer que esté teniendo relaciones sexuales con Hinata Hyuga, grita mi cerebro, distrayéndome momentáneamente de todo el deslizamiento dentro y fuera que sé que debería estar haciendo.

Dios se siente bien. Caliente.

A la mierda se siente bien. Resbaladizo.

Jesús se siente bien. Apretada.

Me empujó dentro de ella, el placer corriendo a través de mi sangre, mis venas. Cabeza. Mis pies. Piernas. Bolas. Polla.

— Naruto —gime, tocando mi bíceps—. Sabía que te sentirías bien.

—¿Lo has pensado?

—Sólo cien veces al día.

Sus dedos se hunden en mis caderas, alejándome de ella. Me empuja hacia mi espalda, las piernas se balancean a horcajadas. Se relaja a mi alrededor, hundiéndose en mi polla. Ondula sus caderas, adelante y atrás, en un ritmo lento y embriagador.

Y esta es la parte donde me muero y voy al cielo…

Santo Cristo. Santa mierda.

Oh mierda

Uso el giro en mis caderas para empujar hacia arriba, sus manos están plantadas detrás de su cabeza, deliberadamente… alucinante… gira sus estrechas caderas…

—Dios, Naruto, sí… allí mismo, sí, sí. —Se escucha su súplica, su canto—. Sigue haciendo eso con tus caderas, no te detengas, no te detengas.

Sus tetas rebotan mientras follamos, el cabello cae en una onda negra impactante, todo el aspecto visual es más de lo que puedo manejar. No puedo apartar mis ojos de ella, no podría si lo intentara.

Las manos de Hinata rozan mi pelvis, las uñas se arrastran por la piel allí. Con la cabeza inclinada hacia atrás, gime mientras nos movemos juntos, los cuerpos en sincronía, su cuerpo apretado

—Deberías verte a ti mismo —susurra en un gemido—. Eres precioso.

Y en ese momento, le creo.

Tengo que.

Porque hay algo en sus ojos cuando me mira, una expresión que no puedo ubicar. Palabras que esperan en sus labios, palabras que quiere decir. Adoración en la curva de su frente y la profundidad de sus bonitos ojos perlas.

¿Anhelo? Tal vez.

¿Deseo? Sí.

Afecto. Devoción.

Mierda, si no lo supiera, diría que está enamorada de mí.

Sé que el sexo puede hacer que digas y hagas una mierda bastante jodida, pero no creo que me equivoque aquí. Siente un cambio cuando rompe el contacto, inclinándose hacia adelante, con las palmas agarrando la cabecera de madera detrás de mí. Mueve sus caderas

—Más fuerte. Agarra mi culo —exige—. Se siente tan… mmm.

Inclina la cabeza, el cabello cae en una cascada, tan larga que golpea mi pecho. Cuando se inclina para besarme, la aparto de su rostro, acunando su mandíbula mientras me folla desde arriba.

Cristo, mierda, mierda…

— Naruto. —Mi nombre, dicho así, en sus labios, derramándose silenciosamente en mi boca—. Dios, nene, oh Dios mío.

— Hinata —le contesto, perdido en la sensación de su apretado coño.

Su lengua

La mirada en sus ojos.

—Nene.

Cuando llegamos, estamos juntos, con la boca abierta, dos pares de ojos bien abiertos e intensos, algo que asumí que solo estaba reservado para películas. Para cursis romances de mierda. Para mis amigos tontos y sus relaciones.

No para mí.

Hinata quita las manos de la cabecera y las coloca en la almohada debajo de mi cabeza. Apoya su mejilla en mi esternón, escucha el corazón que late erráticamente dentro de mi pecho.

Le acaricio el cabello. La espalda.

Besa mi hombro

—¿Naruto?

—¿Mmm?

Hay un largo momento de calma, su punta de los dedos recorriendo las venas de mi antebrazo.

—Yo…

—¿Tú, qué?

—Nada.

.

.

—¿Escuchaste?

—¿Escuchar qué?

Hinata se sienta, tirando una sábana sobre sus pechos pálidos.

—¿No suena como que hay un montón de voces en la sala de estar?

Insaciable, la arrastro de vuelta al colchón, tirando la sábana, con la boca pegada a su pezón. Chupando.

—No.

—¡ Naruto, para! —No hace ningún movimiento para alejarme, dejándome probar su piel—. Lo digo en serio. —Suelta un gemido—. Escucha un segundo.

Me detengo. Escucho.

Tiene razón, hay voces que vienen del frente de la casa. Voces que no reconozco.

—No crees que tus compañeros de apartamento tengan una fiesta, ¿verdad?

Cuando me encojo de hombros, con la mano arrastrándose por debajo de las sábanas, de vuelta entre sus piernas, las extiende para mí.

—Quién sabe. No confío en esos dos.

—Pero confías en mí —se jacta, con las manos ahuecando sus pechos desnudos—. ¿Quieres más de estos?

Mi polla se contrae. Se endurece.

—Joder, sí.

—¿Quieres mi galleta?

—Vete a la mierda…

Pisadas en el pasillo me hacen pausar. Un fuerte golpe en mi puerta.

—¡Chico Nuevo!

—¡QUÉ! —grito, cachondo e inmediatamente irritado. Hinata me besa la espalda cuando giro mi torso hacia la puerta, buscando en la habitación mi bóxer.

—Amigo. — Suigetsu se ríe a través de la puerta—. Odio romper la fiesta, pero tienes compañía.

Una boca caliente se arrastra por mi nuca.

—Diles que se vayan.

—No se puede.

Pequeñas manos serpentean alrededor de mi torso, envolviéndose alrededor de mi…

—¡Maldita sea, Suigetsu!, dije que te fueras.

—Me temo que es imposible, amigo. —Su risa molesta se desplaza a través de la puerta.

Las suaves manos de Hinata lentamente suben y bajan por mi polla.

¿Por qué diablos no?

Jesucristo, ¿acabo de gruñir esa frase completa?

—¿Qué haces ahí, amigo? —Más risas—. Mejor termina y ven aquí; sé cuánto amas las sorpresas.

—Jesucristo, Suigetsu.

—Solo ponte unos pantalones y ponle una camisa a tu pelinegra; me lo agradecerás más tarde.

El pomo de la puerta se sacude. Otro golpe, éste diferente: Siete cortos golpes en un patrón.

Delicado.

Familiar

Harto, muevo las mantas, me pongo unos calzoncillos por encima de mi enorme erección, perturbado.

Desbloqueo y abro la puerta de mi dormitorio

—¿Qué demonios les dije idiotas, sobre…?

Santa mierda.

—¿Mamá?

—¡Sorpresa! —Mi madre se acerca, tirándome a un abrazo. Me aprieta fuerte. Retrocede, mirándome de arriba abajo—. Cariño, ¿dónde está tu ropa?

Detrás de mí, en un montón en el suelo, porque la pateé antes de meterme en la cama para tener sexo con Hinata durante las pasadas dos horas.

La esquina de mi ojo capta la distintiva forma de tres envoltorios de condones desechados y dorados, y pateo los restantes con mi dedo del pie, fuera de la vista. Se deslizan por el suelo, yendo debajo de mi cómoda.

—¿Mi ropa? Eh...

—¿Necesitas que te la lave? —Se empuja hacia adelante, atascando la puerta con su cadera. Empujo hacia atrás, deteniéndola con la mía. Su frente se arruga—. ¿Por qué estás bloqueando la puerta? Déjame entrar, agarraré tu ropa sucia.

¿Ropa sucia? Dispárenme ahora.

—Mamá, está bien.

—¡Estamos tan emocionados! Queríamos venir a verte por tu cumpleaños. —Sus manos me agarran la cara—. ¡Te ves tan bien, cariño! — Envuelve sus brazos alrededor de mí otra vez—. Tu padre y yo...

Sé el momento en que sus ojos ven a Hinata por encima de mi hombro, a través de la grieta de la puerta, nunca olvidaré su aturdido silencio mientras viva. Es palpable, seguido de un jadeo dramático.

—Quién, quiero decir, ¡oh mi! Yo... ¡Dios mío!

Nunca he visto a mi madre sin palabras, ¿y en este momento? No tiene ni puta idea de qué decir. Vuelve sus grandes ojos, su rostro sonrojado.

Levanto mi cuello, atrapo la mueca de Hinata, las sábanas levantadas hasta su cuello, el cabello negro brillante en una maraña, cae en cascada sobre un hombro desnudo. Es obvio que está desnuda, avergonzada y completamente penetrada.

Sus palabras son estranguladas.

—Oh Dios mío, señora Namikaze, hola. Yo... nosotros... oh, Dios mío. —Desaparece bajo las sábanas.

—¡Lo siento mucho! Los muchachos no nos dijeron que tenías compañía. —Mi madre se asoma por encima de mi ancho hombro una vez más; tiene curiosidad, interesada ahora que la sorpresa parece haber desaparecido—. ¡Lo siento mucho!

Hinata emite otro gemido.

—Mamá, ¿puedes darnos cinco minutos?, eh, sabes... para cambiarnos.

—¡Por supuesto! Sí. Dios mío. —En dos segundos, comienza a girar en círculos—. Yo solo... cámbiense. Iré a esperar en la sala de estar con tu padre.

—Jesús. ¿Alguien más viene contigo?

—Tus hermanos. ¡Mi bebé cumplió veintiuno, por supuesto que todos vinimos! —Hace un pequeño chillido y luego ahoga otro—. Todos tendrán un gran encuentro este fin de semana y tu padre pensó que era hora de verte después de todos los... —Baja la voz a un susurro—. Todos los problemas con el equipo.

Me apoyo contra la jamba de la puerta, continúo bloqueando su vista hacia el dormitorio.

—Ella sabe sobre el drama, mamá. No tienes que susurrar.

—¡Es tan bonita! —Mi madre brota en un susurro dramático—. ¿Cuál es su nombre? ¿Es tu novia? ¿Son pareja?

—Mamá, por favor, sólo...

Sus manos suben.

— Me voy, me voy.

Suelto una bocanada de aire frustrado.

—Cinco minutos.

—Detendré a tu padre. —Me besa en la nariz. Acaricia mi mejilla—. Te ves genial. Ponte unos pantalones y tira esos envoltorios de condones a la basura.

Lentamente, cierro la puerta de mi dormitorio. Me quedo en un silencio aturdido, mirando los agujeros en la madera oscura.

Me vuelvo.

—Entonces... mis padres están aquí.

—¿Cómo se supone que voy a salir, Naruto? Tu madre prácticamente me vio desnuda.

—Estoy bastante seguro de que mi madre sabe que estuvimos aquí teniendo sexo.

Su cabeza sale de su escondite.

—Al menos sabía que estabas viendo a alguien, ¿verdad?

Me inquieto.

— Naruto, por favor, dime que sabía que me estabas viendo, así puedo ignorar esto como algo vergonzoso, pero no desesperadamente desafortunado.

Mierda.

—No lo sabía. Yo... quiero decir, nosotros... yo... mierda.

Hinata se desliza fuera de la cama, magníficamente desnuda.

—Puedes decirle a tu madre que soy tu novia si quieres, ¿de acuerdo? No quiero que tus padres piensen que soy una chica al azar que recogiste en el centro para pasar la noche.

—Confía en mí, ese pensamiento no cruzará sus mentes.

—Lo sé pero de todas formas. Me haría sentir mejor. Menos... —Agita una mano alrededor—. Sabes, como si hiciera este tipo de cosas todo el tiempo. Su opinión sobre mí es importante, Naruto. Esa no es la impresión que quería dar cuando conociera a tus padres por primera vez.

¿Planeaba conocer a mis padres?

¿Cuándo?

Parlotea.

—Mi madre moriría ahora mismo si me viera. Moriría. Después me mataría. — Hinata se dobla sobre las rodillas, recogiendo su sostén, mirando por encima de su hombro mientras lo sujeta—. ¿Te imaginas lo que diría mi papá?

Su cuerpo se estremece.

Recuperando su ropa interior, se mueve hacia donde estoy, atornillado al suelo. Me besa en los labios.

—Sabía que tendrías una gran resistencia.

—Cariño, no me toques. Lo último que necesito es otra puta erección.

Su mirada es malvada. Encantada.

—Tus padres están ahí fuera.

—Síp.

—Tú, pobre. —Su mano se acerca, dándome una nalgada firmemente en el trasero—. Mejor no los dejes sentados con tus compañeros demasiado tiempo. De eso no puede salir nada bueno.

H I N A T A

La madre de Naruto se levanta del sofá, su cabello rojo hasta los hombros cortado en capas y a la moda, su ágil figura es una bola de energía.

Lo juro, está a punto de estallar con mi vista. Sus dos entrometidos compañeros de habitación merodean en la cocina, apoyados en el mostrador, escuchando todo el intercambio. Sus hermanos flanquean cada extremo del sofá.

Me meto en la sala de estar, avergonzada, solo mi bolso cuelga de mis manos mientras hago el camino de la vergüenza a través de la sala de estar de Naruto, con el cabello revuelto, con el lápiz labial embarrado, con la boca manchada.

Se mueve para presentarnos, con la cara enrojecida, pero Suigetsu lo golpea, gritando desde la cocina.

—¿Ninguno de ustedes ha conocido a Ginger, la novia de Naruto?

Las cejas de su madre suben, la mirada entrenada en mi cabello negro y azul brillante.

—¿Tu nombre es Ginger?

Ugh, ¿por qué sus compañeros de cuarto son tan idiotas?

Mi cara se calienta.

—No, señora, es Hinata.

—Es bueno conocerte. Ojalá nos hubiéramos conocido...

Una vez más, la galería de tontos interviene.

—Tsk, tsk, Namikaze, ¿no le dijiste a tus padres que tenías novia?

Me gustaría que dejaran de hablar. Están avergonzando a Naruto y haciendo un desastre de todo.

—¿Novia?

—Eh...

—¿Esta es tu novia? —grita uno de los hermanos de Naruto—. Santa mierda. Es sexy.

—¡Menma! —Jadea su madre—. ¡Modales!

—Estamos, eh, saliendo, supongo —dice Naruto a modo de explicación, con las manos metidas en los bolsillos de su sudadera con capucha de Luisiana.

—Tu madre y yo pensamos en conducir quince horas para poder esperar en tu sala de estar mientras te ponías algo de ropa.

—¡Minato! —lo regaña su madre. Se vuelve hacia mí—. Esto es lo que obtenemos por venir sin previo aviso. Estábamos planeando una cena tal vez, pero ya es muy tarde y Naruto tiene que registrarse y no puede irse, así que creo que prepararé a los chicos y me dirigiré al hotel.

Me alisé el cabello con timidez, segura de que parece que he estado dando vueltas en la cama toda la noche teniendo sexo sudoroso y caliente... que sí tuve.

—Y yo debería irme. Yo, um... fue tan agradable conocerlos.

Necesito salir de esta casa; estoy tan avergonzada.

—¿Estarás en la reunión mañana, Hinata?

—¡Sí! Me encantaría sentarme con ustedes si está bien.

La señora Namikaze dice:

—Nos encantaría eso.

N A R U T O

— Naruto Clayton Namikaze. —Mi madre comienza tan pronto como pongo un pie en la casa después de caminar a casa de Hinata—. ¿Cómo puedes no decirnos que tienes novia?

—Nunca se me ocurrió. —No con todas las tonterías con las que he estado lidiando últimamente—. Además, no es realmente mi novia.

La cara de mamá se cae.

—Oh.

—Si pudiera intervenir aquí. — Suigetsu se aclara la garganta, interviniendo desde la cocina—. Eso es mentira, señora N, su chico aquí está lleno de mierda. Definitivamente son un artículo.

Maldito Suigetsu.

Mis padres levantan las cejas. Se vuelven hacia mí.

—Supongo que estamos… hablando.

Mierda. Hinata estaría tan enojada que lo estoy explicando de esa manera. Es el tipo de chica que exige respeto, y aquí estoy, siendo caballeroso, masticando la explicación como si no significara nada.

—¿Estás usando protección? —pregunta mi papá, apuntando el control remoto a la televisión, con los ojos fijos en la pantalla—. Tu madre y yo terminamos de criar niños pequeños.

Oh mi puto Dios.

—Sí.

—No se preocupe, señor N, conectamos al joven Naruto con los mejores profilácticos del mundo. No hay enfermedades de transmisión sexual en esta casa, no en mi guardia.

—Eso es asqueroso —interviene mi hermano Menma.

—¿Qué es ETS? —El otro quiere saber.

Mi madre los ignora a ambos.

— Hinata es tan hermosa —dice mamá entusiasmada—. Incluso su nombre es bonito, suena como una flor.

Lo sé.

—¿Cómo diablos se conocieron? —pregunta Menma rudamente.

Miro hacia arriba. Atrapo los ojos de mi compañero de cuarto a través de la cocina mientras finge estar ocupado preparándose la cena.

Suigetsu se encoge de hombros.

Oh, ¿ahora no tiene nada que añadir a la conversación?

—Nos conocimos en una fiesta.

Suigetsu resopla.

—¿A dónde la llevaste en tu primera cita?

Jesús, ¿qué es esto, la Inquisición Española?

—Nosotros, eh, no hemos salido a una cita todavía.

—¿Te estás acostando con ella y no la has sacado a una cita? —dice mi padre en el sofá, dejando el control remoto y prestándome atención de repente.

—¡Minato! —lo reprende Mamá mientras me mira con una ceja levantada—. ¿Es este el tipo de caballero que crié? ¿Uno que no saca a su novia a citas?

—¡Nunca tengo tiempo, mamá!

¿Por qué me estoy defendiendo? Jesús.

—Bueno, ¿qué es lo que hacen? —me presiona.

—No sé, estudiamos. Nos tomamos de las manos. Caminamos a la escuela juntos. Va a mis encuentros. ¡No sé qué más hacer con ella!

—Oh, chico —dice Suigetsu en seco desde la cocina, masticando una zanahoria.

—¿Esa es tu idea de salir? —resopla mi hermano menor—. ¿Llevarla a verte pelear? Seguro que estás lleno de ti mismo. —Se vuelve hacia mi compañero de cuarto—. ¿Cómo le llaman a eso?

—Egomaníaco —suministra Suigetsu.

—Cállate, Menma, no estás ayudando.

Él se encoge de hombros, hojeando la revista de fitness que sacó de la mesa de café, buscando modelos femeninos.

—Confía en mí, no le importa que simplemente salgamos— le respondí.

Mi madre se cruza de brazos. Mirándome.

Decepcionada.

—Nunca he conocido a una joven que no quiera ser cortejada adecuadamente.

Tengo un recuerdo de nuestra conversación en la biblioteca, en la que me preguntó por qué nunca le había pedido salir en una cita.

—Olvida que dije algo —dijo después de hablar de ello. Demasiado tarde, junté los labios, confundido como una mierda.

—No me di cuenta de que querías que te invitara.

Me miró entonces, con las cejas bastante elevadas.

—He estado flirteando y enviándote mensajes durante semanas. Te traje galletas. Te llamé para que me recogieras de un bar en medio de la noche. Te besé en mi porche. ¿Qué pensaste que estaba haciendo todo este tiempo?

—No lo sé, Hinata. ¿Manteniéndome en la zona amigable? Pensé que estudiaríamos. ¿Qué pensabas que estábamos haciendo?

—Pensé que estabas esperando invitarme a salir hasta que fuera el momento adecuado —soltó, con las mejillas rojas —. No puedo creer que haya dicho eso. No invito a los chicos a salir, nunca le he pedido salir a un chico en mi vida y no empezaré contigo.

Mierda.

Soy un asno.

.

.

Yo: Perdón por todo eso con mis padres.

Hinata: Está bien, sobreviví. Sólo un leve ataque al corazón. Tenten me devolvió la vida con sushi.

Yo: Me disculpo por adelantado por cualquier cosa que mi familia diga mañana.

Hinata: Estoy tan nerviosa. Espero que no piensen que soy... ya sabes, sórdida o lo que sea.

Yo: No creen que seas sórdida. Pasaron toda la pasada hora interrogándome sobre ti.

Hinata: Supongo que puedo usar mañana como una oportunidad para redimirme del camino de la vergüenza que hice frente a ellos esta noche.

Yo: Tu me manques déjà.

Hinata: ¿Eso significa lo que creo que significa?

Yo: ¿Qué crees que significa?

Hinata: ¿Qué me extrañas terriblemente?

Yo: Eh, eso es exactamente lo que significa. Ja ja

Hinata: Eres el más dulce. Honestamente. Te extraño tanto. ¿Sueno pegajoso diciendo eso?

Yo: No, porque yo lo acabo de decir.

Yo: Mis padres acaban de irse.

Hinata: ¿Y?

Yo: Y estoy pensando que deberías traer a tu pequeño y dulce trasero aquí.

Hinata: Dios, ahora todo lo que puedo pensar es en que me toques.

Yo: ¿Entonces qué estás esperando?

H I N A T A

—Entonces, ¿qué dijeron tus padres después de que me fui? — Estamos acostados boca abajo en medio de su cama, con los pies colgando del otro lado. Me cambié a pantalones de yoga antes de volver, pero no espero que se queden por mucho tiempo.

—Mi mamá solo quería hablar de ti, y mi papá seguía tratando de hablar sobre la lucha libre.

—¿Qué querían saber de mí? —Mi estómago no puede evitar saltar ante esta noticia.

Esos hombros anchos de Naruto se mueven de arriba y abajo en un encogimiento de hombros.

—Ya sabes, lo de siempre.

Oh Dios, si va a ser vago, voy a tener un derrame cerebral.

—¿Cómo qué?

— Suigetsu no se callaba diciendo que eras mi novia. —Se ríe, pero detecto un tono bajo en su voz que hace que mis oídos se levanten—. Y mi madre se mantuvo en busca de detalles.

En busca.

Lo juro, mi corazón se acelera.

—¿Qué le dijiste a lo de ser tu novia?

—No quería que se emocionara, ¿sabes? Mi madre es del tipo que comienza a planear un matrimonio y la mierda, tiene tres hijos, así que, ya sabes, le dije la verdad, que estábamos hablando.

Me retiro. ¿Hablando?

Quiero decir, lo entiendo; no sabe dónde estamos, y yo tampoco lo sabía hasta ahora. Trato de reír, de tragarme la decepción. Subestimo cómo me hace sentir esa palabra.

Hablando.

¿Y eso que significa?

—Hablando.

Su risa suena estrangulada. Nerviosa.

—Ya sabes, pasando el rato.

Con el estómago en nudos, me volteo hacia él, torciendo el cuerpo.

—¿Es eso lo que quieres? ¿Salir?

—¿Qué quieres decir?

—¿No quieres, ya sabes... más? —Conmigo. Específicamente.

—¿Qué deseas tú?

— Naruto, te lo estoy preguntando. —Soy brusca, pero necesito saber que no estoy perdiendo el tiempo con alguien que no me quiere también, que su corazón, como el mío, está invertido.

Incluso un poco.

No se me ha ocurrido antes de este momento que podría estar usándome para tener sexo, usando mi cuerpo, como los tipos que vinieron antes que él, ¿pero escucharlo dudar de esa manera? Sólo podría romper mi corazón.

Mis ojos se cierran apretadamente; No puedo mirarlo.

—No estoy tratando de empujarte a nada Naruto, te juro que no lo hago. Puedo manejar la verdad, solo necesito saber si quieres lo que yo quiero. — Antes de que me enamore completamente de ti.

Ya estoy a más de la mitad del camino.

Sintiéndome decididamente como Shion, me doy cuenta de que soy una completa imbécil por hablar de esto. Es injusto para él, lo sé; nunca antes había estado en una relación, así que, ¿cómo sabría cómo se siente acerca de mí después de unas pocas semanas? Lo último que quiero hacer es encauzar al pobre con una relación siendo agresiva. Por lo que sé, no ha tenido novia por una razón.

¿Y si no quiere una? ¿Y si solo quiere sembrar su avena salvaje? ¿Recuperarse de su hechizo seco de toda la vida?

Me gusta demasiado para permanecer en silencio.

Tengo que saber.

—¿Estás preguntando si quiero una novia?

Ruedo sobre mi lado, estudiando su expresión.

—Supongo que lo hago.

Lo reflexiona, rodando sobre su espalda, con los brazos detrás de la cabeza, mirando al techo.

—¿Alguna novia, o a alguien específico?

Estrecho los ojos; ¿quién sabría que sería tan descarado? Muerdo mi labio inferior para evitar sonreír.

—No seas tímido —lo regaño, impaciente. De mal humor.

—Oh, yo soy el tímido, ¿eh? —se burla con su voz profunda—. Entonces, lo que obtengo de ese lindo puchero tuyo es que no te importaría, ya sabes, estar, eh... comprometida.

Mis orejas se animan.

Compromiso. Casi digo la palabra en voz alta. Sí.

—Entonces, no te acuestas con otras personas mientras estamos durmiendo juntos —reflexiona.

—Correcto.

—Eso no será un problema para mí. —Cuando se ríe, quiero darle una bofetada por bromear y no darme una respuesta directa. Ugh.

Diez minutos después, todavía no ha respondido a mi pregunta.

Diez minutos más tarde, alcanzo mis sandalias, agachándome a los pies de la cama. Me pongo un zapato, moviéndome para cerrar la suave piel por su costado.

Una cálida mano toca mi espalda, acariciando mi espalda, arriba y abajo. Besa mi cuello por detrás.

—¿Vas a algún lado?

—A casa. —Lo miro por encima del hombro.

Naruto frunce el ceño.

—Pero pensé…

Le lanzo una mirada aguda, tratando de controlar mis emociones fuera de control.

—¿Pensaste qué?

Sé que estoy siendo hipersensible, pero estoy en un territorio inexplorado aquí, completamente fuera de mi elemento, y no sé muy bien qué hacer conmigo misma. Normalmente, soy quien llama la atención en mis relaciones, a la que persiguen, a la que llenan con elogios y la que recibe regalos.

Naruto no me ha mostrado ninguna de esas cosas, y sin embargo...

Aquí estoy, soñando con él todos los días y todas las noches.

Quedándome dormida con una sonrisa en mi cara, despertándome pensando en él, con su nombre en mis labios.

—No sé lo que pensé —balbucea, con las manos extendidas sin poder hacer nada—. Ayúdame aquí, Hinata. No sé qué hice para hacerte enojar.

—¿De verdad? —Mis hombros se encogen, mis dedos liberan su agarre en mi zapato, dejándolo caer al suelo. Me siento derecha, avergonzada—. No sé por qué me voy.

Qué mentirosa.

No tengo ni idea de lo que estamos haciendo y no podemos manejar el no saberlo. Supongo que eso me convierte en una fanática del control, ¿no es así? No puedo empujar el tema con él porque si lo hago, corro el riesgo de alejarlo.

Naruto simplemente no está equipado para lidiar con una chica como yo.

Es deprimente.

Tal como está, practico cada gramo de autocontrol que tengo, haciendo todo lo posible por no comérmelo vivo. Es difícil; es tan malditamente irresistible.

—Para lo que valga, quiero que te quedes. —Se inclina nuevamente, apartando mi largo cabello, besándome la parte de atrás de mi cuello—. Que no te vayas.

Mi cuerpo cede, cayendo de nuevo sobre el colchón. Él flota sobre mí ahora, su cabello despeinado cae en sus preocupados ojos celestes.

—Está bien. —Trazo su línea de su mandíbula con la punta de mi dedo—. Tienes razón.

—Tengo que levantarme muy temprano, pero tendrás la casa para ti sola por la mañana. Los chicos y yo tenemos que salir a las cinco.

—¿A las cinco? —Arrugo la nariz—. ¿Hay incluso luz tan temprano?

—Apenas.

—¿Naruto?

Mira hacia abajo con adoración.

—Lo siento.

—¿Por qué?

—Por ser tan... chica.

Retrocede, sonriendo.

—¿Qué significa eso?

—Significa… —Me muerdo el labio inferior con un suspiro—. Que estoy dejando que mis inseguridades obtengan lo mejor de mí.

—Eh, está bien. —Traducción: No tengo ni puta idea de lo que estás hablando.

—¿Sabes qué me haría sentir mejor?

Sus cejas se alzan.

Levanto una de las mías.

Dos segundos después, está en cuclillas, quitándose la camiseta.

Es caliente y atractivo, queriendo tener sexo constantemente, los condones que casi habíamos olvidado los rescatamos de debajo de la cómoda.

.

.

—¿Hinata? —El suave susurro viene de algún lugar sobre mi cabeza. Una ligera caricia me toca la espalda—. Hinata, me tengo que ir.

Ruedo hacia mi espalda, su mano hace el corto viaje a través de mi carne cuando me doy vuelta. Estirándome, la sábana se desliza por mi piel pálida.

Aturdida pero no ciega, capto cuando sus ojos recorren mi cuerpo desnudo. Le doy una pequeña sonrisa cansada y lo dejo que mire con fuerza mis increíbles pechos.

—Mmm, buenos días nene. —No puedo evitar llamarlo así; se siente tan bien.

—Lamento despertarte, solo quería decirte adiós.

Cuando su mano se posa en el plano de mi estómago, la alcanzo.

Arrastrándola por mi caja torácica, la apoyo en mi pecho. Su pulgar comienza inmediatamente un golpe suave sobre la cresta.

—¿Tienes que irte ahora mismo? —susurro, con la mano extendida para acariciar el visible contorno de su pene debajo de unos shorts negros de malla. Me pregunto si alguna vez ha tenido sexo matutino, o al menos ha pensado tenerlo conmigo. Probablemente no debido a que está de pie junto a la cama, completamente vestido, bañado y listo para irse—. Una vez más antes de irte, por favor, nene.

—Una vez más, ¿qué antes de irme?

¿Habla en serio?

—Un rapidito.

Naruto lucha consigo mismo, debatiéndose, y me pregunto si tiene más que ver con mi mano en su miembro, con su mano en mi seno, o con mi uso de la palabra nene.

Su pene, al nivel de mis ojos, se contrae. Crece.

Mis brazos se extienden sobre mi cabeza perezosamente. Mis pechos son tentadores, mi cabello se abanica en su almohada, sé que soy una visión seductora, desplegada como un gato al sol. Irresistible para su cuerpo hormonal, furioso.

Sé que es incorrecto hacerle elegir, pero quiero sexo matutino lento, orgásmico, y lo quiero ahora.

—Hazme el amor muy rápido —susurro, mis caderas ruedan bajo las sábanas, ya húmedas entre mis piernas—. Por favor, nene.

Nene: Sé que con una sola palabra, lo tengo agarrado de las bolas.

Dejando caer la lona como una pesa de plomo en el suelo, Naruto se apresura a tirar la camiseta por encima de su cabeza. Se quita los pantalones cortos, empujándolos por sus musculosos muslos.

Arrastrándose debajo de las mantas entre mis piernas, con su palma en mi pantorrilla, en mi pierna, tomando mi pecho. Aprieta suavemente. Me chupa un pezón.

Es una fantasía que cobra vida, dura como una roca y cálida y que huele a menta. Champú y jabón amaderado. Se siente como el cielo en la oscura luz de la mañana que apenas se filtra a través de las cortinas transparentes.

—Tengo que hacer esto rápido. —Duda antes de empujarse. Largo y ardiente, ya ha aprendido lo que hace que mi cuerpo ronronee—. Miiierda, Hinata.

Excitado y lleno de fuerza bruta, sus caderas empujan, haciendo todo el trabajo por los dos, su cara se entierra en el hueco de mi cuello, su boca sobre mi piel. Sus caderas ruedan lentamente al principio, su pene rígido golpea mi dulce punto casi de inmediato.

Ah, la belleza del sexo matutino, o tal vez estoy tan excitada por él que ya estaba a mitad de camino.

Cuando las grandes manos de Naruto agarran mi trasero, hundiéndose tan profundo como puede y bombeando dentro de mí salvajemente, gimo, aferrándome a él, con un inminente orgasmo.

Naruto, caliente y lleno de adrenalina, es... es...

—Perfecto. Tan perfecto.

No hacemos sonidos cuando nos venimos, ni gruñidos, ni gemidos.

Solo el sonido de nuestra pesada respiración a la primera luz del día, cuerpos presionados tan juntos que no hay espacio entre nosotros, ni siquiera para un susurro.

Su beso golpea mis labios cuando se retira; levantándose para limpiarse, recoge sus ropas para ponérselas. Lo veo vestirse, saciado, con la barbilla apoyada en su codo.

Su cuerpo está cincelado a la perfección. ¿Su corazón? Dulce y un poco ingenuo.

El mío revolotea, observándolo mientras se apresura alrededor de su habitación; se merece esta ola de amor que de repente siento por él.

Ambos lo hacemos.

—Desayuno en la nevera. —Se abalanza de nuevo para besar el pulso en mi cuello, sus labios persistentes—. Mis padres estarán en la sección tres, justo donde te sentaste la última vez. Mi mamá te estará vigilando.

Ruedo en sus cubiertas.

—Bien.

—Adiós. —Larga pausa—. Nena.

Mi corazón se acelera cuando prueba el cariño por primera vez, dejándome un poco sin aliento. Dios mío, lo extraño, y aún no ha salido por la puerta.

Recupérate, Hinata.

—Te veo después, cariño. Buena suerte.

Un dulce beso más en mi clavícula y se va.

Me dejo caer sobre su almohada, enterrando mi cara en el espacio que ocupó recientemente. Doy un respiro, suspirando de nuevo. Ruedo sobre su lugar para dormir y deslizarme hacia un sueño feliz y satisfecho.

Continuará...