Capítulo 21. La otra boda.
La tarde antes de la boda doña Carmen acompañó a Victoria a la hacienda. Se sentía un poco triste, porque ya no tendría excusa para pasar allí tanto tiempo, pero no quería que se le notara para no empañar la felicidad de los de la Vega y Victoria. Pensaba en ellos como la familia que nunca pudo tener.
Victoria quería quedarse a solas con Diego y doña Carmen se burló de ella. "Deja algo para mañana, muchacha, que lo tienes agotado." ella sonrió, pero no cambió de idea.
Don Alejandro se acercó a ella. "Bueno, nos han dejado solos otra vez. Parece que confían en nosotros."
Doña Carmen se rió, pero en realidad le hizo sentirse triste. Su vida habría sido tan distinta si hubiera conocido a alguien como él cuando era joven.
"Con todo el lío de los preparativos de la boda no se lo he preguntado formalmente, pero espero que pueda ser usted mi acompañante mañana."
"No creo que sea apropiado."
"Claro que sí, es usted una respetable viuda. No veo donde está el problema."
"Está bien, lo acompañaré si es lo que quiere."
"Me encantaría que después de la boda siguiera usted visitándonos en la hacienda."
"Ahora ya no me necesitan como carabina."
"Pero quiero seguir hablando con usted. Aporta un toque de cordura a mi vida." ella se rió y él continuó hablando. "Lo digo en serio. Mi mundo está patas arriba. Creía que mi hijo era un muchacho serio y prudente, sin ningún interés por las mujeres, y de repente me encuentro con que se pone una máscara, se bate en duelo, atrapa bandidos, escala las paredes, se cuelga de las lámparas y enamora a la mujer más temperamental que conozco. Es muy desconcertante. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí?"
"Quizá haya una explicación. ¿Le leía el Quijote cuando era pequeño?"
"Así que cree que es culpa mía."
"Ya se lo dije. Es igual que usted."
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"Victoria. ¿Qué haces recogiendo todavía? Tendrías que estar arriba ya, hoy tienes que descansar, que mañana es un gran día." dijo Pilar sonriendo.
"Si ya queda muy poco." protestó Victoria.
Doña Carmen le quitó la escoba de las manos. "Ya terminamos nosotras. Vete a descansar."
"Eres tú la que tendría que irse a su casa, Carmen." respondió ella.
En ese momento entraron dos mujeres por la puerta.
"Lo siento, ya está cerrado." les dijo Pilar.
"Venimos a hablar con ella." dijo doña María señalando a Victoria.
Doña Julia la miró con una pequeña sonrisa. "Ya le he dicho a doña María que no hacía falta que viniéramos, pero ha insistido y he preferido que no viniera ella sola."
Victoria estaba empezando a sospechar lo peor. "¿De qué quieren hablar?"
"De tu noche de bodas, querida." dijo doña María en voz baja, para que no la oyera Pilar.
Victoria miró a doña Carmen, y volviendo a mirar a doña Maria dijo con voz algo tensa. "No creo que sea necesario."
"Claro que sí, si tu madre estuviera aquí para acompañarte, ella te diría lo que necesitas, pero en su ausencia, las mujeres casadas del pueblo debemos apoyarte."
Doña Carmen hacía esfuerzos para no reírse. "Quizá quieran tomar algo mientras charlamos."
Victoria se volvió hacia ella furiosa. "No creo que sea buena idea. Yo ya me iba a dormir."
Doña María la cogió de la mano y la guió hacia una de las mesas del rincón. "Será mejor que nos sentemos. Victoria, niña, mañana es un día importante, y lo que pase cuando te quedes a solas con tu marido puede determinar cómo te trate en el futuro. Si fuera un hombre más experimentado no me preocuparía, pero tratándose de don Diego…"
"En eso tiene razón. Sabemos que es un hombre culto, pero hay cosas de la vida que no se pueden aprender en los libros." dijo doña Julia. En ese momento Carmen hizo un sonido extraño, como un carraspeo, y Victoria supo que si la miraba no podría evitar un ataque de risa.
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El día de la boda amaneció un poco nublado. Victoria se vistió en su habitación de la taberna, que ocupaba por última vez. Estaba un poco nerviosa. Doña Carmen la acompañaba.
"¿Te preocupa algo Victoria?"
"Es solo que estos días han sido una locura. Estar con Diego por fin, y ahora estaré a su lado cada día… y cada noche."
"Seréis muy felices, estoy segura."
"Pero no sé si está bien que yo quiera estar con él a todas horas."
"Acabáis de casaros, es normal, con el tiempo os calmaréis un poco."
"Pero yo disfruto tanto con él. He oído a los sacerdotes decir que una mujer casada debe mantener la compostura."
"¿Y qué saben ellos de eso? No escuches a esos carcamales." Victoria parecía preocupada y doña Carmen continuó hablando. "Te contaré otra historia. Bueno, más bien dos. A lo largo de los años he conocido a varios sacerdotes que me han dado muchos sermones acerca de la intimidad entre hombre y mujer. Es un tema que les preocupa mucho. Te contaré los dos casos más extremos."
"En la casa de doña Imelda, la mujer que me recogió cuando escapé del convento, conocí a un sacerdote que pregonaba la castidad, decía que las mujeres incitábamos a los hombres al pecado y que una mujer que disfrutara de la carne estaba condenada al infierno. Mientras tanto tenía a una chica en exclusiva, o eso creía él, pero esa es otra historia."
"Durante mi vida como amante de don Hilario yo tenía mucho tiempo libre. Muchas veces él viajaba por negocios, y aunque estuviera en la ciudad podía venir a verme todos los días. En cualquier caso, por las mañanas yo siempre estaba sola. Un día me encontré por la calle con el sacerdote de la parroquia más cercana. Me saludó amablemente y pensé que él no sabía quién era yo, pero resultó que sí que lo sabía. En otra ocasión me acompañó mientras yo hacía unas compras. Muy amablemente me animó a cambiar de vida, por supuesto sin convencerme. Me dijo que ya sabía que no lo conseguiría, pero que era su trabajo intentarlo. Decidí acudir a su iglesia, y sus sermones eran distintos de los que yo había escuchado nunca. Con el tiempo empecé a colaborar con él y quiso presentarme a unas monjas."
"Mi experiencia con religiosas había sido tan mala que me negué. Sin embargo me convenció de que les diera una oportunidad. Trabajaban con mujeres descarriadas que querían cambiar de vida. Les enseñaban un oficio y les daban un nuevo comienzo, especialmente a las que se quedaban embarazadas y querían conservar a sus hijos. Incluso les daba un certificado de matrimonio falso y firmaba las partidas de bautismo ocultando que los niños no tenían padre reconocido para que pudieran pasar por viudas."
"Es impresionante lo que hacíais."
"Sí que lo es. Él decía que mentir es pecado, pero que esos niños eran inocentes y se merecían una oportunidad. Algunas de las mujeres consiguieron empezar de nuevo. Otras no tuvieron tanta suerte. Pero me estoy desviando de lo que quería decirte. Hablando con él en confesión le dije que yo era un pecadora y él por supuesto estuvo de acuerdo, pero me dijo que era porque mi unión no estaba bendecida por el matrimonio. Él creía que el amor entre los esposos era una prueba del amor de Dios por todos nosotros, y que el placer entre marido y esposa es un regalo que se les ofrecía. Él no veía nada malo en que tanto hombre como mujer disfrutaran de su matrimonio."
Miró a Victoria con una sonrisa. "Y ahora dime. ¿Cuál de estos dos sacerdotes crees que podía tener razón? ¿Cuál crees que estaba más cerca de Dios?"
Victoria abrazó a doña Carmen. "Gracias otra vez. Por todo."
Don Alejandro las esperaba al pie de la escalera. "Diego está ya en la iglesia." dijo alegre. "No le hagamos esperar, está muy impaciente."
Una sonrisa iluminó su cara. Don Alejandro le dijo: "Estás radiante, más aún de lo habitual."
Doña Carmen se apresuró a entrar en la iglesia antes de que Victoria y don Alejandro llegaran a la puerta.
Cuando entraron en la iglesia todos se pusieron en pie, pero Victoria solo podía mirar hacia Diego, que en esta boda vestía un traje azul y no ropa negra.
El sacerdote volvió a unir sus manos y repitió la ceremonia como si fuera la primera vez que lo hacía. A Victoria le pareció extraño que un hombre tan honrado como el padre pudiera fingir con tanta naturalidad. Disimulaba mucho mejor que don Alejandro.
Al salir de la iglesia se encontraron con el alcalde. Parecía molesto por algo.
"El Zorro parece que no ha venido a reclamarla." dijo dirigiéndose a Victoria. Había rodeado la iglesia de soldados esperando que él apareciera a interrumpir la boda, por supuesto había quedado decepcionado.
Ella lo miró desdeñosa: "El Zorro no tiene nada que hacer aquí. Rompimos y soy la esposa de Diego."
"Sí, parece que se cansó de usted definitivamente."
Don Alejandro no pudo evitar enfrentarse a él. "Tiene suerte, señor, de que no lleve mi espada, o lamentaría esas palabras."
Diego, soltando la mano de Victoria con ternura se adelantó. "Padre, no será necesario recurrir a la espada, porque este hombre no nos ataca con más armas que con las palabras, y yo, aunque no soy espadachín, sí puedo defenderme en ese terreno."
Miró directamente al alcalde, haciendo valer su superioridad en estatura. "Señor, ni siquiera considero necesario defender el honor de mi esposa. Está tan por encima de usted que no corre peligro de alcanzarlo. Con sus sucias mentiras lo único que puede intentar es introducir una duda en mi corazón, pero eso tampoco lo conseguirá. Puede que yo no sea el primer hombre al que ella ha amado, pero me ha dado su palabra de honrarme y respetarme, y para mí su palabra es ley." su tono de voz se llenó de emoción al decir: "Esta maravillosa mujer me ha dado la oportunidad de demostrar día a día, con mis palabras y mis acciones, lo mucho que la amo, y estoy seguro de que llegará el momento en que ella sienta por mí lo mismo que yo siento por ella." de nuevo su tono de voz se endureció. "Si no es capaz de compartir nuestra alegría será mejor que se vaya."
Algunos de los invitados también se acercaron, mirándolo con seriedad. El alcalde solo añadió antes de ponerse en marcha. "Es usted libre de engañarse tanto como desee."
Don Alejandro se dirigió a Diego. "Hijo, cuando creía que no podía sentirme más orgulloso de ti, aún me sorprendes."
Victoria se acercó a Diego y sin importarle quién estaba a su alrededor lo besó apasionadamente. Se oyeron algunos carraspeos nerviosos antes de que se separaran. Diego se las apañó para parecer desconcertado ante esa muestra de afecto tan efusiva. "Bueno." dijo él en voz muy baja. "Ahora sí que van a tener algo que comentar."
Se dirigieron a la taberna para la recepción.
Diego se sentó en una de las mesas mientras Victoria bailaba con el sargento Mendoza. Sonrió al ver los esfuerzos que hacía él para seguir el ritmo sin pisarla. Recorrió la sala con la vista y vio a su padre un poco serio. Se acercó a él.
"¿Estás bien, padre?"
"Claro que sí, solo un poco cansado con tanto ajetreo. Ya no soy un joven que pueda estar bailando toda la tarde."
"¿Dónde está doña Carmen?"
"Creo que ha salido un momento a tomar el aire. En realidad está tratando de evitarme. Piensa que no merece mi atención."
"Y tú querrías que se sintiera complacida."
"Creo que siento algo por ella."
"A mí me parece que estás seguro de que es así."
"¿Te parecería mal?"
"Soy un proscrito, y me he casado con una tabernera de dudosa reputación, así que. ¿Quién soy yo para ponerle pegas? Si puede hacerte feliz no me importaría que te casaras con ella. Porque hablas de casarte con ella. ¿No?"
"Desde luego." algo en su mirada le hizo sospechar que sabía más de la vida de lo que él habría creído posible. "He sido soldado, y he hecho algunas cosas de las que no me siento orgulloso, pero me gustaría tener una compañera con quien compartir los años que me quedan."
"Pues no tardes cinco años en decírselo como hice yo."
Victoria creía que ya había bailado con todos los caballeros presentes, pero casi no sentía el cansancio. Diego entonces la reclamó para otro baile y cuando estuvieron juntos le dijo. "La próxima vez que pasemos cerca de la puerta nos podríamos escabullir."
"Imposible, tú mismo dijiste que no te escabulles."
"Es un día especial. Puedo hacer una excepción."
Abandonaron la sala de la taberna entre las ovaciones y las risas de los invitados.
Al llegar a la hacienda Adela, que aunque estaba invitada a la boda había vuelto antes, los esperaba en la puerta.
"Bienvenidos, señores. ¡Qué alegría que haya una señora en la casa!"
"Gracias Adela." contestó Victoria.
Se dirigieron al dormitorio de Diego y al entrar se dieron cuenta de que había una cama mucho más grande. Adela les dijo desde el pasillo: "Es un regalo de don Alejandro." y cerró la puerta tras ellos.
"Es enorme." dijo Victoria entre risas.
"Mucho mejor que el catre de la cueva." dijo Diego también riendo tras acercarse.
Ella le dio un ligero empujón en el pecho derribándolo sobre la cama. "Ayer varias mujeres casadas del pueblo vinieron a hablar conmigo acerca de la noche de bodas. Tuve que disimular un poco, pero una de ellas me ha contado algo que me ha parecido interesante. Quizá lo hayas leído en alguno de tus libros y puedas informarme."
