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CONOCIENDO A CANDY

Candy hubiera preferido que cualquier otro las acompañase. Incluso el mismísimo demonio sería bien recibido, pero no él. Ni siquiera podría disfrutar del paseo aunque ese fuese el verdadero propóstito del mismo. Porque estaba segura de que Janet planeaba averiguar más sobre ella y el motivo de su presencia en Skye.

Caminó junto a Janet, intentando ignorar la intensa mirada de Albert sobre ella. Haría todo lo posible por olvidarse de su presencia o estaba segura de que acabaría golpeándolo. Después de todo, desde allí no podría cargarla en el hombro hasta el castillo, que era su forma de terminar las peleas.

-Será divertido - oyó decir a Janet y se centró en ella.

-Supongo - aunque hubiese querido decir algo más no podría. No le había prestado la atención necesaria y ahora no estaba segura de a qué se refería Janet con eso de que sería divertido.

-¿No me digas que nunca te has bañado en el mar?

-Ni lo he hecho, ni lo haré - contestó - No tengo intención alguna de quitarme la ropa.

No sólo por la presencia de Albert, que era el principal motivo, sino porque llevaba con ella los cuchillos y no quería ser descubierta.

-¿Ni siquiera mojarás las piernas? - la miró esperanzada.

-Tal vez - se mordió el labio para retener una sonrisa.

-No sabes cuánto me disgustan tus esquivas respuestas - suspiró frustrada.

-Me hago una idea - esta vez sí dejó escapar la sonrisa. No podía evitar sentir cierta simpatía por ella. Si no temiese delatarse por un descuido, le habría encantado ser su amiga.

-Vamos, Candy. Permíteme conocerte un poco - le rogó cuando llegaron a la playa - ¿No echas de menos hablar con tus amigas? Yo sí.

Candy sopesó su pregunta y, por primera vez desde que la había conocidio, quiso sincerarse con ella. Era muy insistente y su expresión de verdadero interés le hacía querer hablar. Pero si hacía aquella concesión, sabía que acabaría contándole muchas otras cosas. Y no estaba segura de querer llegar a ese punto. No debía olvidar que estaba retenida a la fuerza por ellos.

-No tengo amigas - dijo al fin. Fue sólo un susurro pero Janet la escuchó igualmente.

-Imposible - la miró de frente con las manos en las caderas - Te estás burlando de mí.

-Supongo que soy demasiado reservada con mi vida privada - se encogió de hombros - No soy de las que van contando a todo el mundo sus problemas.

-¿Y yo sí? - alzó una ceja ofendida.

-No he querido decir eso - debería haberse mantenido en silencio.

-Pues lo has hecho.

-Sólo trataba de decir que no deberías sentirte mal porque no te hable de mí, porque no lo hago con nadie.

-¿Qué haces cuando tienes un problema?

-Lo soluciono.

Habían extendido la manta en la arena entre las dos y, por un momento se habían olvidado de Albert. Sólo cuando él colocó la cesta con la comida en el centro de la manta, recordaron que no estaban solas. Esta vez lo miraron las dos.

-Por mí podéis seguir hablando - les dijo - Como si no estuviese.

-Y de paso aprovecháis para ver conspiraciones en cada una de mis palabras, ¿no?

-Tal vez.

A Candy no le pasó desapercibido que había usado la expresión que más repetía ella cuando alguien le preguntaba algo. Cuando lo vio sonreír, entrecerró los ojos y apartó la mirada. Seguiría ignorándolo tanto como pudiese.

-Explícame como puede ser que no tengas amigas - Janet regresó a la carga.

-Ya sabía yo que no debería haberte dicho nada - suspiró resignada - Si contestas a una pregunta, das pie a que hagan más. Y al final sé que acabarás disgustada porque tendré que ser una completa grosera contigo cuando me preguntes sobre Skye.

-Oh, vamos - le rogó - Te prometo que no te obligaré a contestar a nada que no desees.

-Como si pudieras obligarla a algo - masculló Albert pero lo ignoraron.

-No tengo amigas - se rindió finalmente - porque no las he buscado. Estaba ocupada en otros... menesteres.

-Otros menesteres - elevó las cejas - ¿Podrías concretar?

-Una destreza como la mía con la espada no se consigue sin entrenar - nuevamente encogió los hombros.

-¿Y por qué querrías saber usar una espada? Eso es cosa de hombres.

-Porque mi hermano y yo somos muy competitivos, supongo - su mirada se perdió en el recuerdo y una sonrisa de cariño afloró a sus labios - Desde que tengo memoria, he intentado superarlo en todo. Bueno, soy la mayor. Se supone que debo ser mejor.

-Mi hermana Ross es mayor que Tony y no compite con él - Candy regresó al presente y la miró - Cada uno tiene sus competencias. No se puede comparar a un hombre con una mujer. Ni al revés.

-Tom y yo somos mellizos - le explicó - Está en nuestra naturaleza intentar eclipsar al otro.

-¿Hay otro como tú por ahí? - preguntó sorprendida.

-Lo dices como si eso fuese malo - sonrió al ver su sonrojo - En realidad, Tom es el sensato de los dos. Lo que no quiere decir que no disfrute haciéndome rabear.

-¿Tu padre no te decía nada por querer aprender a luchar?

-Al principio me animaba. Cuando era pequeña. Ahora creo que está arrepentido - sonrió - pero ya es tarde.

-Yo no querría ni tocar una espada - se estremeció.

-Es gratificante.

-Eres rara.

La afirmación de Janet las hizo reír a ambas. Candy se descubrió disfrutando de aquella conversación y pensó qué más se habría estado perdiendo por culpa de su interés en las armas. No se arrepentía de nada pero ahora sentía curiosidad.

-Bueno, también sé cuales son las responsabilidades que me atañen - se defendió - La condición de mi madre para permitirme entrenar con mi hermano era que no descuidara mis labores.

-Así que puedes ser una dama si quieres, después de todo - la intervención de Albert las sorprendió de nuevo. Habían vuelto a olvidarse de él.

-Eso es algo que vuestros ojos no verán nunca.

-Vamos, vamos. Prometisteis comportaros.

-Sé cuales son mis deberes y los cumplo - le concedió Candy - Aunque he de admitir que mi hermana es mucho mejor que yo en eso.

-¿También tienes una hermana? ¿Es como tú? - el interés de Janet la incentivaba a continuar hablando. Y Candy había extrañado tanto a su familia, que sentía la necesidad de hablar de ellos.

-Ella es todo lo que mis padres desearían que yo fuese - sonrió al recordar a Mairi - Dios, si tiene 16 años y ya está prometida. Y porque quiso ella.

-¿Tú no tienes ningún pretendiente?

Candy miró a Janet mientras decidía si le contaba sobre eso también. Una cosa era hablar de su familia, algo totalmente inocente, y otra contarle lo que había sucedido con Neall. Podrían sacar conclusiones de aquello. Miró de reojo a Albert, que fingía no escucharlas, antes de hablar.

-Digamos que se lo estoy poniendo difícil a mi padre.

-Podría obligarte a desposarte con cualquiera.

-Podría pero no lo hará.

-¿Por qué estás tan segura?

-¿Probamos el agua de mar? - eludió la pregunta. Aquel tema se había convertido en tabú en el mismo momento en que Albert dejó de aparentar desinterés.

-Ahora no puedes volver a esquivar mis preguntas - Janet hizo un mohín con sus labios y Candy le sonrió.

-Puedo y lo haré siempre que no me interese contestar.

-¿Qué tan malo puede ser hablar de tus pretendientes?

-Digamos que tengo el privilegio de poder elegir a mi esposo - le concedió antes de levantarse - ¿Vamos?

No la esperó. No quería ver la cara de sorpresa que había puesto Albert ante su confesión. Ni quería oír sus comentarios, que sabía que los habría, porque le había visto abrir la boca antes de, literalmente, correr hacia el agua. Además, ¿qué le importaba a él si podía o no elegir esposo? Ese no era asunto suyo y no tenía derecho a opinar sobre ello.

-¿Cómo lo has logrado? - le gritó Janet corriendo tras ella.

-Mi madre - le confesó cuando Janet llegó junto a ella.

Albert se había quedado en la manta y Candy respiró tranquila. De todos los momentos que había podido elegir para hablar de sí misma, había tenido que elegir aquel. Cuando el hombre que más la enervaba podía escucharla.

-Basta de preguntas, ¿de acuerdo? - le pidió.

-Pero yo quiero saber. Tienes una vida increíble.

-No - levantó la falda del vestido después de descalzarse y metió los pies en el agua - Puede que te lo parezca pero no lo es.

-Ilústrame - la imitó.

-Me han enseñado a amar las armas pero ahora quieren que las abandone - dijo finalmente - Puedo elegir esposo pero entre los que mi padre selecciona para mí. Adoro a mis hermanos pero soy una mera sombra de ambos. Mis padres me quieren pero siento que siempre los estoy decepcionando. Definitivamente, mi vida no es increíble.

Mientras hablaba, Albert se había acercado a ellas y ahora la miraba intensamente.

-Estabas aquí huyendo de tu familia - dijo.

Maldición, pensó Candy. Había hablado de más.

CONTINUARA