.
INTENTO DE FUGA
Candy ni siquiera esperó a que siguiesen atando cabos, que lo harían. Regresó al castillo tan rápido como sus piernas le permitieron. Sabía que Albert y Janet la seguían de cerca pero no lograron alcanzarla. Había obtenido cierta ventaja al tener ellos que recoger la manta y la cesta antes de ir tras ella.
Al final ni habían probado la comida. Claro que sentía el estómago cerrado desde que sus palabras la habían delatado así que tampoco importaba mucho. Había necesitado tanto hablar de su familia y Janet estaba tan dispuesta a escuchar, que había bajado la guardia. Tal y como temía que sucedería.
-Estúpida - se dijo una vez más.
Se había encerrado en su alcoba nada más llegar y al parecer decidieron respetar su decisión porque nadie había ido todavía a buscarla. Seguramente Albert y Janet estarían hablando con Anthony.
En realidad haberse delatado de aquel modo tan absurdo beneficiaba a los MacDonald. Incluso a su tío. Su presencia en Skye probaba que los White estaban en Dunvegan y que su tío no había mentido al asegurar que los MacLean habían actuado por cuenta propia. Candy sabía que eso no era malo en sí y lo hubiese contado antes si no temiese lo que aquella confesión le acarrearía a ella.
Porque podían suceder muchas cosas durante el rescate. Que su tío tuviese que romper las negociaciones para recuperar a Karen.
Que su prima hubiese sido forzada a desposarse con un MacLean para impedir la alianza con los MacDonald. Que la hubiesen matado por el mismo motivo. No quería pensar en esa última posibilidad, teniendo en cuenta que los MacLean y los MacCleod siempre habían sido amigos, pero tampoco podía descartarla. Los MacLean odiaban a los MacDonald tanto o más que los MacCleod.
Que su tío estuviese planeando una alianza con ellos, los habría enfurecido. Y un highlander enfadado era peligroso.
Si la situación se torcía y el compromiso de Anthony con Karen no tenía lugar por el motivo que fuese, ella se encontraría en medio. Y quién sabe lo que podrían llegar a hacerle. ¿La utilizarían para forzar a su tío a aceptar el compromiso igualmente? Y si Karen ya no era una opción, por estar casada con un MacLean o muerta, ¿sería ella la moneda de cambio? No era una MacCleod pero su tío respetaría una tregua con los MacDonald si ella se convertía en uno de ellos.
-Tengo que huir - decidió.
Lo había estado retrasando demasiado ya. A pesar de estar retenidos, los habían tratado bien y en cierto modo, se había sentido a gusto allí. Aunque no había dejado de buscar vías de escape, no había actuado con la celeridad que debía. Y ahora no podía esperar más. Ni siquiera podría utilizar ninguno de los planes que había trazado. Tendría que improvisar.
Se asomó por la ventana para comprobar la distancia que había hasta el suelo. El primer día que la habían llevado a allí, ya había sopesado la idea de escapar por allí. Le había parecido poco factible pero tendría que intentarlo.
Tomó la ropa de cama y comenzó a hacer tiras con ella. Cuando terminó, las enrolló sobre sí mismas para darles mayor resistencia y las ató unas a otras por los extremos. Gracias a las técnicas de supervivencia que su padre les había enseñado, tal vez tuviese una oportunidad de lograrlo.
Vincent y los demás estarían en los barracones, no habían regresado a los calabozos desde que iniciaron las labores de reconstrucción de la muralla. Sería sencillo encontrarlos y huir con ellos.
Enganchó la improvisada cuerda al dosel de la cama y tiró varias veces con fuerza para comprobar la firmeza de las sujecciones. Después ató el otro extremo de la cuerda a su cintura y se subió al arcón que estaba bajo la ventana para alcanzarla.
Con los pies por delante y de espaldas a la ventana, comenzó a deslizarse por ella hasta quedar colgada fuera. El corazón parecía salírsele del pecho y su repiración se aceleró. Aquello era una locura pero ya no había vuelta a atrás. Inspiró profundamente y, después de comprobrar que la cuerda soportaba su peso, comenzó el descenso.
Sabía cómo debía colocarse porque Alistair le había enseñado a escalar y descender barrancos. Había sido tan emocionante. Sin embargo ahora, con una cuerda que no lo era realmente, la sensación era muy distinta. Miedo. Tan sobrecogedor y escalofriante que necesitó de toda su fuerza de voluntad para no ponerse a temblar.
Poco a poco, el suelo parecía estar más cerca y con él, la salvación. Un poco más y podría volver a respirar con normalidad. Se permitió una pequeña sonrisa de anticipación, cargada de satisfacción. Lo estaba logrando.
De repente, sintió un tirón seco y fuerte en la cuerda, que la obligó a mirar hacia arriba para comprobar que todo estuviese bien. Se sintió elevar y el pánico se apoderó de ella por un momento. La habían descubierto.
Cuando su mente racional comenzó a funcionar de nuevo, observó la distancia que la separaba del suelo. Los segundos que había tardado en reaccionar jugaban ahora en su contra. Estaba demasiado lejos como para saltar.
Tomó uno de los cuchillos que tenía escondido en su muslo iquierdo y se preparó para lo que fuese que le esperaba arriba. Estaba decidida a huir y no podrían impedírselo. Acompasó su respiración y el latir de su corazón y se concentró, tal y como le había sugerido su madre años antes. El mejor consejo que le habían dado en su vida, recordó.
Unas manos grandes y firmes la sujetaron y tiraron de ella para introducirla en la alcoba. Ni siquiera debería haberse sorprendido de a quién pertenecían pero lo hizo. Aún así, en cuanto sus pies tocaron el suelo, lo atacó con el cuchillo.
-¿Estás loca? - la reprendió él después de esquivar el movimiento de su brazo - Podrías haberte matado.
-Un problema menos para vos - se movió lentamente hacia la puerta con el cuchillo por delante.
-¿Qué crees que estás haciendo? - se movió también, interponiéndose todo el tiempo entre ella y la puerta.
-Lo que debería haber hecho hace mucho. Jamás debí olvidar que aquí sólo soy una prisionera.
-No llegarás muy lejos. El castillo está lleno de guardias.
-No me subestiméis, Albert - movió el cuchillo, amenazante, cuando él intentó arrebatárselo.
-Maldita sea, Candy. Deja de jugar y dame el cuchillo.
-Ni en tus sueños - lo había tuteado y ni lo había notado.
Albert amagó hacia ella mientras tomaba entre las manos la cuerda que había fabricado Candy. Tiró de ella y consiguió hacer que Candy trastabillase y soltase el cuchillo para no caerse. Lo lanzó lejos de una patada.
Cuando intentó sujetar a Candy, ella sacó de la falsa cintura que le había hecho al vestido otro de los cuchillos. Albert jadeó de sorpresa cuando sintió cómo rozaba su estómago. Se llevó la mano a la herida y vio la sangre. Era un corte poco profundo que apenas le dolía pero se sintió enfurecer por haber permitido siquiera que le tocase.
La atacó de nuevo sin darle tiempo a reccionar y logró sujetarle la muñeca. Atrajo a Candy hacia él y le arrebató el cuchillo. Una sonrisa triunfal cruzó por su cara pero le duró tan poco tiempo como tardó Candy en sacar un tercer cuchillo.
-¿Cuántos malditos cuchillos tienes? - gruñó intentando quitárselo.
No le resultó demasiado complicado porque era mucho más alto y fuerte que ella. Aunque debía admitir que era una digna rival. Peleaba con la misma pasión con la que hacía todo en su vida. Y a él le encantaba aquel fuego que tenía. Sonrió con malicia en cuanto se le ocurrió un modo de vengarse por el corte en el estómago.
-Veamos si escondes más sorpresas debajo de la ropa, querida.
Un grito de indignación escapó de los labios de Candy en cuanto la sujetó por la cintura y la obligó a girarse para quedar de espaldas a él. Así le resultaría mucho más fácil cachearla.
-Ni se te ocurra, cerdo arrogante - le gritó cuando la mano libre de Albert comenzó a levantarle la falda.
-Veo que ya hemos sobrepasado la barrera de la confianza - se burló de ella cuando la oyó tutearlo.
-Sólo para que los insultos sean más personales, idiota - se removió - Suéltame.
-Estate quieta - se quejó cuando Candy le propinó un fuerte pisotón - Si colaboras acabaremos antes.
-He dicho que me sueltes.
Como había hecho en otra ocasión, lo golpeó con la cabeza. Albert perdió el equilibrio al intentar esquivarla y cayó con ella en la cama pero no la soltó en ningún momento.
-Mierda, Candy, deja de removerte.
-Suéltame y lo haré.
-Si te suelto huirás.
Con el impulso de todo su cuerpo, logró ponerla debajo de él y sus manos subieron la falda para buscar más cuchillos. La indignación de Candy había coloreado de rojo su rostro y su respiración se había acelerado por el esfuerzo realizado en la pelea pero cuando sintió la mano de Albert rozando su piel bajo la falda, contuvo el aliento y se quedó inmóvil.
Albert percibió el cambio en ella y la observó con detenimiento. Tenía el cabello despeinado y esparcido a su alrededor, la pupilas dilatadas y los labios ligeramente separados. Su pecho amenazaba con escapar del corsé en cada respiración y podía notar en su cuello cómo el pulso le latía frenético. Movió la mano con suavidad por su muslo y los ojos de Candy se abrieron por la sorpresa. Cuando mojó inconscientemente los labios con la lengua, la mirada de Albert se posó en ellos y una creciente excitación lo inundó.
-¡Oh! - dijo Candy al notar la presión contra su veintre.
-Sí, ¡oh! - repitió Albert con voz ronca y una sonrisa en los labios.
Antes de pensar en las consecuencias de sus actos, la besó. De un modo posesivo y ardiente, mientras su mano siguió ascendiendo por su muslo en una caricia íntima.
Candy tardó unos segundos en reaccionar pero, cuando lo hizo, enredó las manos en su pelo y lo atrajo hacia su boca para profundizar en el beso. Un gemido escapó de sus labios cuando la mano de Albert tocó la cara interna de su pierna. Se sentía arder allí por donde había rozado su piel.
Albert le devoró la boca, hambriento por el deseo. Nunca antes había sentido algo así. Había perdido el control de su cuerpo y de su voluntad. Sólo podía pensar en saborearla y hacerla suya. Siguió la línea de su mandíbula con los labios hasta llegar al cuello. Iba dejando un rastro de besos que provocaban un embriagador estremecimiento en Candy. Cuanto más obtenía de ella, más necesitaba.
Entonces, su mano tocó algo metálico y se detuvo en seco. Miró a Candy como si la estuviese viendo por primera vez y se separó de ella asustado de lo que había estado a punto de hacer.
-Arréglate la ropa - le dijo con brusquedad y con voz ronca - Anthony quiere hablar contigo.
Ni siquiera la miró, antes de salir del cuarto y dejarla sola y temblando de deseo. Le llevaría un tiempo reponerse de lo que había sucedido allí y a él ni siquera parecía haberle afectado.
Candy se sintió utilizada y cerró los ojos para retener las lágrimas de la vergüenza.
Cuando se levantó, el resentimiento había dado paso al enfado. Cuando tuvo que arreglar la maraña enredada en que se había convertido su pelo, el enfado se convirtió en ira. Para cuando salió de la alcoba, el odio se había hecho cargo de su corazón herido.
-Vamos - Albert la estaba esperando fuera y la tomó de un brazo.
-No me toques - lo amenazó en voz baja pero firme mientras apartaba su brazo para romper el contacto - Ni se te ocurra volver a ponerme una mano encima, Albert. O la perderás.
-Lamento lo que sucedió ahí dentro pero no debes temerme, Candy - malinterpretó sus amenazas - No volverá a suceder.
-Puedes estar seguro de eso. Yo misma me encargaré de que te arrepientas el resto de tu vida si osas volver a tocarme.
Sin esperar a comprobar si la seguía, Candy bajó las escaleras. A cada peldaño que pisaba, su corazón se iba rompiendo en más pedazos por culpa del rechazo de Albert. ¿Tan desagradable era besarla o tocarla?
CONTINUARA
