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—Capítulo Final—

¿Quién fue realmente Kise Ryōta?


Miré hacia la ventana todo el camino. Era mi última oportunidad para ver las calles. No sé cuántos años me clavarán de prisión. No sé si pueda salir libre de esto. No sé si mis padres me perdonarán.

Es un día muy gris.

Estoy más que arrepentido.

Fui en la misma camioneta que Himuro-san a la comisaría. Él no me habló, no me miró. Su mirada estaba perdida. Es humano equivocarse. Sé que está arrepentido, que jamás se perdonará haber involucrado a Hayama-san en su mundo de perversión, que lo carcome vivo haberlo asesinado por equivocación.

No sé qué siento en este momento por él. Estoy lleno de decepción. Entre lo más lo pienso, no justifico que haya intentado dispararle a Miyaji-san. No entiendo por qué y tampoco me lo ha contestado. Lleva varios días sin hablarme; en realidad, no dice nada desde que entró en shock. El psicólogo de la policía dice que Himuro-san se encuentra en un estado catatónico. No lo contradigo. Soy psicólogo y confieso que igual me preocupa que no reaccione. Puede llegar a una complicación grave si se mantiene inerte.

El juicio, ah, el juicio.

Jodido hasta los huesos.

Soy cómplice a los ojos de todos.

Llegué a la comisaría. Rendí mi declaración sobre la tensión en esa recepción. El detective Kagami fue quien más preguntas me lanzó. Parecía necesitar respuestas sobre la muerte de Hayama-san, pero no pude ayudarlo con eso. No vi a Hayama-san hasta que le dispararon. Entró por detrás de nosotros. Fue lo único que le especifiqué sobre él. Nunca nadie sabrá qué pasó por su cabeza o por qué decidió estar allí. Cité su última frase si eso le daba tranquilidad: no podía permitir que cometiese un error más.

Me condolí por el detective, su empatía hacia Hayama-san hasta ahora me conmueve.

Mi abogado de oficio me abordó apenas se presentó. Me pidió que le contase cada mínimo detalle que sabía acerca de los implicados. Confesé. No me guardé nada. El abogado me escuchó sin interrupción, solo al final me cuestionó un par de detalles. Me expliqué atolondrado. Me avisó que enfrentaría doce juicios diferentes como cómplice por encubrimiento. Casi le copio a Himuro-san el estado clínico.

Doce malditos juicios.

Repito, estoy jodido hasta los huesos sin saber leer ni escribir. Si pudiese viajar en el tiempo, iría al día en que comencé a buscar un tema para mi tesis de mierda y me diría: vas a terminar preso, animal.

Era un universitario con una vida normal. Me trabajaba a mi mejor amigo con el fin de flecharlo algún día. Estaba a puertas de graduarme. Ganaba un sueldo promedio y tenía una familia convencional. ¿Por qué decidí desgraciarme la vida? Nunca debí permitirle a mi tío sus morbosidades. Fui un imbécil.

Mis padres llegaron en la noche recuerdo. Mi padre me pulverizó con la mirada y mi madre me tiró una cachetada. Estaba indignada, llena de coraje al enterarse en qué había estado metido. Sumaron 2 + 2 y les resultó Kazunari el culpable. Me responsabilizaron de la muerte de mi hermana y ni me molesté en negarlo. Nunca me lo perdonaré. Mi mamá no podía creer que haya estado acostándome con mi tío y, sobre todo, que haya estado encubriendo a los responsables del crimen contra mi hermanita.

Me dolió el despreció que me mostraron. Me dijeron que estaba muerto para ellos, que, si salía de eso, no los buscase nunca más, que me mantuviese lo más lejos posible si de verdad los quería. Me chocó. No pegué el ojo en toda la noche recordando las palabras de mis padres y los doce juicios sobre mí.

El primer juicio fue el más interesante, donde me acusaban de cómplice por obstrucción a la justica en el asesinato de Kise Ryōta. Ahí me enteré cuál era el verdadero rostro del famoso y maldito Tod.

Me senté al costado de los seis testigos a favor de Himuro-san, que no ha estado presente en ninguna sesión por su condición médica. Solo conocía a dos de ellos, a Murasakibara y a Shōgo —antes llamaba a este tipo imbécil, pero ha cambiado drásticamente mi concepto hacia él—. Al resto no los había visto ni por casualidad. El abogado de Himuro-san era particular, se notaba por su vestimenta de yo-soy-más.

Shōgo fue quien comenzó con la defensa de Himuro-san al contar quién era Kise Ryōta.

—Yo conocí a Ryōta como un estafador —contó notablemente incómodo—. Estafó a mi hermano con según él un gran evento para su cumpleaños, pero no se presentó. Desapareció el maldito ese después de cobrarnos hasta el último puto yen. —El abogado le pidió guardar las formas—. Sí, claro.

Shōgo fue bastante descriptivo. No se guardó su odio hacia Ryōta y me sorprendió su historia. Buscó a Ryōta hasta por debajo de las piedras y lo encontró sin querer cuando postuló a un prostíbulo por la necesidad de dinero para ayudar a su hermano mayor con las deudas. Ryōta trabajaba como barista y a veces como muchacho de compañía en la planta de ambiente del antro, además de su amor por las estafas. Como sea. Shōgo le perdonó la golpiza cuando Ryōta le prometió ascender rápido.

El papá de Ryōta era socio importante de ese prostíbulo, junto con cuatro más. Las hermanas Kise eran las prostitutas más cotizadas de ese cochino lugar y la mamá, la administradora de toda la jauría.

Qué placentero fue para mí saber la clase de joyita que era ese malnacido.

El detective Aomine estaba pálido, pálido, PÁLIDO. No sé donde conoció al tal Ryōta, pero no se podía creer lo que escuchaba. Ese día, Shōgo comenzó a caerme bien. No es por defender a Himuro-san, por justificarlo, sino por una apatía personal contra Tod, bien merecido se tuvo el balazo en la garganta.

Si soy honesto, si hubiese podido comerme un pote de pop-corn durante la sesión, lo hubiese hecho.

Mi abogado me pide seriedad muchas veces, pero no puedo. Sé que estoy jodido, ¿para qué me estreso por algo que es inevitable? Estaré preso y no sé por cuánto tiempo. Esa es mi triste realidad.

En fin, de regreso a Tod.

El abogado de Himuro-san presentó pruebas de la estafa que recibió Shōgo para avalar su parte, entre ellas una carpeta manila con fotografías de Ryōta trabajando en el prostíbulo. Ese rubio no era un buen ciudadano ni aquí ni en la China ni en la MIERDA. Shōgo fue el encargado de destrozar su reputación y luego siguió el plato fuerte: Murasakibara y sus videos, y sus muy contundentes comentarios.

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Voy a acabar loco en esta prisión de mierda.

De verdad, yo debería estar un manojo de nervios, pero los juicios me superan. Ser solo cómplice tiene su lado divertido. Solo digo "sí, yo estaba al tanto, pero puedo colaborar" y me gano todo el drama de las peleas, de la indignación, de los reproches. Y luego me llega la noche y la depresión. Qué dualidad.

Murasakibara es una bomba. Con esa cara de yo-no-fui, de dónde-está-mi-mami, se sabe toda la historia al derecho y al revés. Su ponencia fue la más impactante. Comenzó con su mudanza a Tokio cuando su abuela paterna enfermó y luego fue diagnosticada de cáncer a los ganglios. Reconozco que me apretó la garganta el dolor que este tío expresaba al mencionarla. Se dice que Akashi Seijūrō fue quien la mató de 27 balazos, pero los medios no publican su nombre, en eso y ni en nada. Akashi es una santa paloma, una víctima de las circunstancias según el gran magnate Akashi Masaomi. Me pregunto cuánto dinero le estará soltando a la prensa y al país para proteger su honorable apellido, porque por Akashi no es.

El punto es que Midorima le ofreció un puesto como perro-mandadero en una de las tantas sesiones de quimioterapia de la abuela. Murasakibara mencionó que el acercamiento de mi padrino a él fue muy motivado por su amistad cercana con Himuro-san, no porque le viese potencial para ese mundo lleno de enfermos. Murasakibara remarcó infinidad de veces de que si aceptó ser parte de esa mafia fue por presión, porque esa gente no tolera un no como respuesta. Eso me consta. También detalló que actuó movido por Himuro-san, quien alguna vez denunció a Midorima por acoso sexual, pero no encontraron pruebas suficientes y archivaron el caso. Ahí mencionó a la señora Himuro. Ahí inició el enredo.

—Himuro-san-chin fue quien animó a Muro-chin a denunciar y al cerrarse el caso, se obsesionó con ella misma destruir a Mido-chin —explicó con cierta pereza. Murasakibara miraba a Midorima todo el rato, que estaba sentado para el otro extremo—. Se dio cuenta que Mido-chin estaba intentando embaucar al dueño del prostíbulo Lágrimas de Luna y pescó a Kise-chin siendo cómplice. Muro-chin no le creyó y negó que Kise-chin fuese uno de los perros de Midorima. Estaba muy enamorado de él.

—Murasakibara-kun, para esclarecer más el punto más importante de su declaración —el abogado de Himuro-san lo interrumpió. Qué inoportuno para cortarlo en lo épico de la historia—, declaro que con esto estás afirmando que había un nexo entre Kise Ryōta y el narcotraficante Midorima Shintarō.

—Que sí~~~ ¿No sabe escuchar~~~? Estoy contándolo lo mejor que puedo. —Murasakibara se quejó.

Me tuve que tapar la boca para no explotar de risas e incluso así se me escaparon algunas. Mi abogado me comió con la mirada. Debía controlarme, pero repito. Los comentarios de Murasakibara son épicos, adoro cada que lo veo en la sala. Es mi única alegría sana en estos momentos de mierda.

Siguió después de autocontrolarme.

—Decía~~~. Muro-chin no le creyó a su mamá y él comenzó a investigar quién era de verdad Kise Ryōta, porque Kise-chin se hacía pasar por asesor de cáterin, o estafador como dijo Zaki-chin hace unos días.

El abogado de Ryōta y de Midorima protestó enérgicamente contra las declaraciones de Murasakibara, pero el juez lo calló. Ese tipo también tiene su chispa. Parece estar tan metido en el chisme como yo.

—Decía~~~~. —Murasakibara repitió ya fastidiado—. Muro-chin confirmó las palabras de su mamá en unos cuantos días, se dio cuenta que había sido un baboso~~ por cegarse con un estafador y me buscó. Me pidió que pusiese cámaras escondidas, que grabase todo lo posible y le fuese reportando.

Me atoré cuando escuché que Ryōta había sido el responsable de la muerte de la señora Himuro. Ryōta fue quien le sugirió a Midorima matar a la señora para neutralizar a Himuro-san y volverlo dependiente. Él armó el tiroteo. Él fue el sujeto encapuchado que en la supuesta riña entre bandas le disparó en la cabeza a esa mujer. Cómo me hubiese gustado conocerlo para escupirle en la cara por malnacido.

La señora Himuro jamás estuvo involucrada en los negocios retorcidos de su segundo esposo, que era el dueño del hotel donde nos intervinieron. Era una discoteca en las noches y en la mañana, un club de enfermos sexuales aún sin secuestrados. Enfermo, pero legal al haber contratos de los asociados.

—Muro-chin pensó que la muerte de su mamá era responsabilidad de Mido-chin, por haberse enterado de que ella sabía sus planes para quedarse con el prostíbulo donde trabajaba Kise-chin —Murasakibara siguió. Yo estaba boquiabierto. Shōgo me cerró un par de veces la boca y me murmuró que él también estaba allí para testificar por mí. No me respondió a más—, pero en realidad no, Mido-chin solo le había dado el sí a los planes de Kise-chin desconociendo la información que tenía la mamá de Muro-chin.

La idea de Ryōta era fusionar el prostíbulo con el hotel y formar una gran red. Ese rubio sí que pensaba en grande. Sin la mamá de Himuro-san, el señor Himuro ya no estaría influenciado por ella y se animaría a crear nexos con peces realmente gordos. Y así pasó. Allí apareció la familia Nijimura y Hanamiya en la escuadra, los amigos enfermos de mi padrino, metidos hasta el cuello en la pornografía y socios VIP del club de masoquismo del señor Himuro. El hotel legal se transformó en el campo de secuestrados.

—Muro-chin se enfermó de venganza, no quería escuchar a nadie… en vez de terminar con Kise-chin y olvidar, le siguió el juego para llegar hacia Mido-chin, pero ahí hubo un revés —Murasakibara detalló y miró hacia el abogado un momento—. Mido-chin me ofreció satisfacer a Muro-chin con sus planes y deshacerse de Kise-chin. Mido-chin no quería compartir el prostíbulo con los Kise, ni con Himuro-san.

Lo entendí como el padre de Himuro-san, porque Murasakibara le llama Muro-chin a mi ex amo.

Para mí era obvio que Midorima se percataría de las cámaras. Lo conozco. Es un maniático. Midorima le perdonó la vida a Murasakibara con la condición de que lograse luego del complot una tregua. Todo se desarrolló como lo planeó. La policía intervino el prostíbulo por la falsa denuncia que Ryōta levantó por el supuesto rapto de sus hermanas. Se quitaron a los otros socios de encima en ese operativo.

—… cuando terminó todo. Kise-chin regresó a la casa de Muro-chin para grabar un teatro. Esos días, Muro-chin fingía estar alejado de él por el asunto de la policía y Kise-chin le iba a dejar una nota antes de irse un tiempo donde sus padres para condolerlo, —Típico chantaje—, pero yo busqué a Muro-chin en su trabajo y le entregué las cintas de Kise-chin tramando matar a Himuro-chin-san y de Kise-chin un día después del funeral de la mamá de Muro-chin. No pensé que lo mataría, solo que lo denunciaría.

En ese momento, el abogado de Himuro-san se puso de pie y le agradeció a Murasakibara por su aporte y le mencionó al juez que ambos videos habían sido entregados como pruebas contundentes, todavía para revisión de ellos. Además, alegó que Himuro-san actuó en un evidente estado de shock, alteración nerviosa si podemos decirlo así, no lo mató con premeditación. Se explayó bastante y no entendí varios tecnicismos. El detective Aomine se descolocó totalmente ese día. Creo que no lo esperaba… lástima.

Me he paseado por tantas sesiones en tan solo tres semanas.

Una tras otra, día a día.

Aún no se cierra ninguno de los doce juicios, aunque mañana habrá una sesión abierta por mi abogado. Supongo que al final sabré a qué se refería Shōgo en el juicio contra Ryōta. Sería un alivio salir.

Miyaji-san me visitó por última vez la semana pasada. Me contó al fin sobre el funeral de Hayama-san. Me había evitado el tema en dos ocasiones. Parecía incómodo, pero me alegró saber que fue un tributo con bastante acogida. Si su alma hubiese estado rondando por ahí, hubiera sonreído al ver el panteón lleno. Me da lástima que, por su distorsionada vida, jamás haya visto el mundo que lo rodeaba. Miyaji-san me dijo que en la facultad de Economía se informó sobre su deceso por medio de un comunicado. Mucha gente se acercó al entierro, también muchachos que compartieron taller o algún curso general con él. Al parecer muchos lo consideraban su amigo y le tenían cariño… la sumisión lo echó a perder.

La familia Miyaji pagó todo. La mamá de Miyaji-san se sentía en deuda. Miyaji-san también y yo… igual. Todos nos hemos quedado con un vacío en el pecho. Ciertamente, era el último que merecía morir.

También me apenó enterarme de que no volvería a ver a Kiyoshi, no en un buen tiempo. Los Miyaji se mudarían al extranjero. Miyaji-san no me especificó lugar, solo se despidió. Lloriqueé, lo admito, pero es que a veces pienso que hice tanto para gustarle en esos años… para que al final acabara así. Yo en una mesa encadenado y él en frente de mí sin poder tocarme, con un policía a nuestro lado vigilando.

—Bueno, al menos logré que te gustaran los hombres… saqué tu lado más gay —bromeé.

—No me gustan los hombres —me contestó y se retuvo de golpearme por el oficial, pero le vi toda la intención. Es un idiota, pero mi favorito—. Me gustaste tú… no sé, varios días me cuestioné qué sentía por ti y me negué muchas veces que de verdad me sintiera atraído hacia ti… luego tuve sueños contigo y… de ahí te metiste en la peor estupidez de tu vida, me llevaste al límite y no pude seguir negándolo.

—Oh, me estoy sintiendo tocado~ —dije entre risas, pero las lágrimas me ganaron.

Quería abrazarlo.

Me sentí desnudo por primera vez.

Esa no era la despedida que habría imaginado para un final así.

—Tal vez no debía ser el tú y yo. —Miyaji-san me dijo igual de afectado.

Es un tarado, es un tarado, es un tarado, pero más tarado fui yo. Todo hubiese sido diferente si ese día que me buscó, me hubiese ido con él. Bajé la mirada. Era cierto. Tal vez no debía ser el él y yo.

Nunca pensé decir algo tan cursi, pero de verdad siento que me arrancó el corazón ese día.

Lo extrañó. Era la única persona que me visitaba, a parte del imbécil de mi abogado. Hace un excelente trabajo, pero no lo soporto. Me pregunto si lo volveré a ver. Entiendo que haya escapado de Japón, el haber sido parte de una mafia no es un juego. Entre más lejos esté, más protegido estará.

Me pregunto si volveré a ver a Himuro-san.

Mi padrino está en otra prisión, en una para criminales de rango alto. Yo estoy en una de las más suaves y ni por eso puedo recibir más de dos miserables visitas a la semana, e igual trabajo ocho horas diarias. Esta semana me ha tocado elaborar platos de arcilla y me he matado de risa. Si mi profesor supiera, se desternillaría conmigo. Quién lo diría. Mi taller de arcilla acabó siendo mi boleto para el éxito.

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Dios mío, estoy mal.

Estoy volviéndome loco aquí encerrado.

Todavía no entiendo por qué Himuro-san me buscó. Tampoco por qué Shōgo está a mi favor o por qué está en los juicios en realidad. He intentado comprenderlo, pero en los últimos dos juicios, he divagado mucho. No logro concentrarme. Ayer, estuve mirando la pared durante tres horas y…

JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA

Recordé al calvo de mi abogado.

Shōgo, si me vas a sacar, sácame de aquí de una buena vez. Nunca he sido bueno soportando soledad. Nadie me visita. Himuro-san no está para darme respuestas y me quedé sin Miyaji-san, sin mis padres, sin mi hermana y sin todas las personas que nunca aprecié lo suficiente para no caer en este pozo.

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FIN


N/F: El epílogo es un consuelo, pero si te gustan los finales intrigantes como a mí, quédate aquí. Saludos desde Perú~.