Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.
aviso:
Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.
Esta es una historia ficticia.
FEBRIL.
El dolor era desconcertante.
Exactamente eso, me sentía desconcertada. No podía entender, no le encontraba sentido a lo que estaba ocurriendo.
Mi cuerpo intentaba rechazar el suplicio, y me absorbía una y otra vez una oscuridad que me evitaba segundos o incluso minutos enteros de agonía, haciendo que fuera aún más difícil mantenerse en contacto con la realidad.
Intenté hacer que se separaran, el dolor y la realidad.
La irrealidad era negra y en ella no me dolía tanto.
La realidad era roja y me hacía sentir como si me aserraran por la mitad, me atropellara un autobús, me golpeara un boxeador, me pisotearan unos toros y me sumergieran en ácido, todo a la vez.
La realidad era sentir que mi cuerpo se retorcía y enloquecía, aunque yo no podía moverme, posiblemente debido al mismo dolor.
La realidad era saber que había algo mucho más importante que toda esta tortura, pero ser incapaz de recordar qué era. La realidad había llegado demasiado rápido.
En un momento, todo era como debía ser, rodeada por la gente que amaba, y sus sonrisas. De alguna manera era como si, aunque me resultara inverosímil, hubiera conseguido todo por lo que había luchado.
Y, sin embargo, sólo una pequeña cosa, insustancial, había ido mal.
Observé sin ver la inclinación de la copa, que vertió la sangre oscura hasta manchar la blancura inmaculada del sofá. Me tambaleé hacia el desastre en un acto reflejo, aunque ya había visto las otras manos, más rápidas, pero mi cuerpo había continuado estirándose, intentando alcanzarlo...
Pero dentro de mí, algo tiraba en la dirección opuesta.
Desgarrándome. Quebrándome. Una agonía.
La negrura se había enseñoreado de todo y me había arrastrado en una ola de tortura. No podía respirar, ya había estado a punto de ahogarme antes, pero esto era diferente, porque me ardía la garganta.
Me estaba haciendo pedazos, partiéndome, cortándome...
Más oscuridad.
Las voces, esta vez, gritaban cuando regresó el dolor.
—¡La placenta se ha desprendido!
Algo más agudo que un cuchillo me rasgó: aquellas palabras adquiriendo sentido, algo peor que todas las otras torturas. Sabía lo que significaba la expresión «placenta desprendida». Eso quería decir que mi bebé se estaba muriendo en mi interior.
—¡SACALO! —chillo Beau, no pude evitar sentirme aliviada que Beau viera dentro de mi como siempre.—. ¡No puede respirar! ¡Hazlo YA!
—La morfina...
Reconocía la voz de Royal a través del dolor.
¿Él quería esperar para darme analgésicos mientras se moría mi bebé?
—No, no... ¡AHORA! —bramé casi ahogándome, incapaz de terminar la frase.
La luz de la habitación se cubrió de puntos negros cuando una fría punzada de un nuevo ataque de dolor me atravesó el estómago, parecía una cuchillada helada. Todo iba mal... Luché de forma automática para proteger mi útero, mi bebé, a mi pequeño Eliest Carie, pero estaba muy débil. Me dolían los pulmones, porque ya había quemado todo el oxígeno.
El dolor se desvaneció de nuevo, aunque esta vez yo intenté aferrarme a él. Mi bebé, mi bebé se estaba muriendo...
¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Segundos o minutos? El dolor se había ido, y me había dejado aturdida, sin sentir nada. Tampoco podía ver nada, aunque sí escuchar. Había recuperado el aire en mis pulmones otra vez, que entraba y salía en forma de gruesas burbujas raspándome la garganta.
—¡Quédate conmigo, Edythe! ¿Me oyes? ¡Aguanta! ¡Quédate, no me dejes! Haz que ese corazón tuyo siga latiendo.
¿Beau? Beau seguía aún aquí, intentando salvarme.
Claro, me hubiera gustado decirle. Claro que haría que mi corazón siguiera latiendo. ¿Acaso no se lo había prometido?
Intenté sentir mi corazón, encontrarlo, pero me hallaba completamente perdida dentro de mi propio cuerpo. No podía percibir las cosas como antes, ya que nada parecía estar en su sitio habitual. Pestañeé y supe dónde tenía los ojos, podía ver la luz. No era lo que estaba buscando, pero era mejor que nada.
Mientras mis ojos luchaban para adaptarse, Royal susurró:
—Eliest.
¿Eliest?
Sentí un flujo cálido.
Eliest.
Quería poner mis labios en movimiento, quería que las burbujas de aire se convirtieran en murmullos en mi lengua. Forcé mis manos entumecidas a alzarse.
—Déjamelo... Dámelo...
La luz se movió, destrozando las manos cristalinas de Beau. Las chispas estaban teñidas de púrpura por la sangre que cubría su piel. Y había aún más rojo sobre sus manos. Algo pequeño, que se debatía, lo manchaba de sangre. Rozó el cuerpecito cálido con mis débiles brazos, casi como si yo misma la sostuviera. La piel húmeda ardía, estaba tan caliente como la de Jules, o cuando Beau era hibrido.
Mis ojos se enfocaron, de pronto, todo me pareció perfectamente claro.
Eliest no lloraba, pero respiraba con rápidos y sorprendidos jadeos. Tenía los ojos abiertos, con una expresión tan sorprendida que parecía casi divertida. Su pequeño rostro de una redondez perfecta estaba cubierto de una espesa capa de rizos ensangrentados, enmarañados y apelmazados.
Sus pupilas de un color azul cielo, me miraron fijamente derritiéndome completamente. Bajo toda aquella sangre, su piel parecía pálida, de un cremoso color marfil, toda menos sus mejillas, que llameaban coloradas.
Aquel rostro diminuto era tan absolutamente perfecto que me dejó aturdida. Era incluso más hermoso que su padre. Algo increíble, imposible.
—Eliest —susurré—. Qué... hermoso…eres.
Ese rostro tan imposible se iluminó repentinamente con una sonrisa ancha y deliberada.
Detrás de sus labios como conchas rosadas había un juego completo de dientes de leche de color nieve.
Inclinó la cabeza hacia delante, contra mi pecho, hurgando para acurrucarse contra el calor de mi cuerpo. Tenía la piel cálida y sedosa, pero distinta de la mía.
Y entonces el dolor volvió de pronto, una sola cuchillada nueva y jadeé. Ardor pálpale se estaba extendiendo en mi cuello.
Se lo llevaron. Mi bebé con cara de ángel ya no estaba en ningún sitio. No podía verlo ni sentirlo. ¡No!, quise gritar, ¡devolvédmelo!
Pero era presa de una enorme debilidad. Sentí los brazos durante un momento como si fueran mangueras de goma vacías y después como si nada fueran. No podía percibirlos en absoluto. No podía ni sentirme a mí misma.
La oscuridad se extendió sobre mis ojos con más solidez que antes hasta velármelos del todo, como una gruesa venda, firme y apretada; pero no sólo me cubría los ojos, sino todo mi ser, con un peso aplastante. Intentar apartarla era un esfuerzo agotador. Sabía que me sería mucho más fácil rendirme, dejar que la oscuridad me aplastara hacia abajo, abajo, abajo, hasta un lugar donde no hubiera dolor, ni cansancio, ni preocupación, ni miedo.
Si hubiera sido únicamente por mí, no habría sido capaz de luchar durante mucho más tiempo.
Era sólo una humana, con nada más que fuerzas humanas. Había intentado convivir con lo sobrenatural durante demasiado tiempo, tal y como había pensado siempre.
Pero esto no sólo tenía que ver conmigo. Ya no más, no era solo yo. Estaba vez tenía mi mirar a mi alrededor ver cuanto dolor dejaría si me dejaba vencer. Porque si hubiera escogido ponérmelo fácil, dejar que aquella nada oscura me tragara, les hubiera hecho daño.
Beau, Beau, su vida y la mía estaban ahora retorcidas la una en torno a la otra hasta formar un único hilo. Si uno se cortaba, quedarían cortados los dos. Si él se marchaba, yo no podría sobrevivir. Si la que se iba era yo, él tampoco podría con ello. Y un mundo sin Beau parecía algo absolutamente sin sentido. Beau debía existir.
Beau que había aceptado con mis errores y todo, que a pesar de que lo seguí lastimando el seguía amándome como la primera vez o con más fuerza ¿Es que iba a considerar siquiera el hacerle daño de nuevo, de la peor manera posible? Él se había quedado conmigo a pesar de todo. Y lo único que me había pedido es que yo hiciera lo mismo.
Pero estaba tan oscuro que ni siquiera podía ver sus rostros. Nada parecía real, y eso dificultaba mucho seguir en la brecha.
Seguí empujando contra la oscuridad, aunque era ya casi un acto reflejo. Ya no intentaba apartarla, sino simplemente aguantarla, para no dejar que me aplastara por completo. Yo no era el gigante Atlas y la oscuridad parecía tan pesada como la bóveda celeste. No era capaz de echármela a los hombros. Todo cuanto podía hacer era impedir que acabara conmigo por completo.
Éste era un tipo de patrón que se había aplicado a toda mi vida: nunca había sido lo bastante fuerte para enfrentar las cosas que estaban fuera de mi control, como atacar a mis enemigos o superarlos. O evitar el dolor. Siempre débil y humana. La única cosa que había conseguido era mantenerme en marcha. Sobrevivir.
Hasta ahora había sido suficiente. Hoy también lo sería. Lo soportaría todo hasta que llegara la ayuda.
Sabía que Beau haría todo lo posible y no se rendiría. Pues yo tampoco. No esta vez
Mantuve a raya la oscuridad de la inexistencia por unos centímetros.
Pero no era suficiente, no bastaba con mi determinación. Conforme el tiempo avanzaba, la oscuridad ganaba por décimas y centésimas a esos cuantos centímetros míos. Necesitaba algo de donde extraer más fuerza.
Ni siquiera podía situar el rostro de Beau ante mi vista. Ni el de Archie, Eleanor, Royal, mi madre, Jules, Carine o Earnest... Nada. Esto me aterrorizaba y me pregunté si no sería ya demasiado tarde.
Sentí cómo me deslizaba, como si no hubiera nada a lo que pudiera agarrarme.
¡No!, tenía que sobrevivir a esto. Beau dependía de mí. Archie. Eleanor Royal
Jules Carine Earnest...
Eliest…
Y entonces, aunque no podía ver nada, repentinamente pude sentir algo. Imaginé que podía percibir de nuevo mis brazos, como unos miembros fantasmales. Y en ellos algo pequeño, duro, y muy, muy cálido.
Mi bebé. Mi pequeño pateador.
Lo había conseguido. Contra todo pronóstico, había sido lo suficientemente fuerte para sobrevivir a Eliest, y quería mantenerme a su lado hasta que fuera lo bastante fuerte para vivir sin mí.
Ese punto de calor en mis brazos espectrales parecía tan real. Me apreté contra él un poco más. Era justo donde debía de estar mi corazón. Sujetándome fuerte al cálido recuerdo de mi hijo, supe que sería capaz de luchar contra la oscuridad tanto como fuera necesario.
Aquella tibieza al lado de mi corazón se hizo cada vez más real, más y más cálida. Más caliente. Era un calor tan real que resultaba difícil creer que se trataba sólo de mi imaginación.
Más caliente.
Ahora me sentía incómoda a causa del calor excesivo. Uf, demasiado calor.
Como si estuviera sujetando el extremo equivocado de unas tenacillas para rizar el pelo, mi respuesta automática fue dejar caer aquello que me abrasaba los brazos, pero no había nada en ellos. Mis brazos no estaban acurrucados contra mi pecho. Eran cosas muertas que yacían en alguna parte a mis costados. El ardor estaba en mi interior.
La sensación de quemazón aumentó, se intensificó, alcanzó el tope y volvió a incrementarse otra vez hasta que sobrepasó cuanto había sentido alguna vez en mi vida.
Sentí el pulso latir detrás del fuego que arreciaba ahora en mi pecho y comprendí que había encontrado mi corazón de nuevo, justo cuando hubiera preferido no hacerlo. Porque en ese momento deseaba haber abrazado la oscuridad mientras tuve la oportunidad. Deseaba alzar los brazos y desgarrarme el pecho hasta abrirlo para poder arrancarme el corazón, cualquier cosa con tal de desprenderme de esa tortura, pero no sabía dónde tenía las extremidades y no era capaz de mover ni uno de mis dedos desaparecidos.
La sensación experimentada cuando el bebé me astilló las costillas y se abrió paso hacia la superficie, destrozándome por el camino, hubiera sido mejor que esto. Era como flotar en una piscina de agua fría. Lo habría preferido mil veces, oh, sí, y habría estado agradecida.
El fuego despidió más calor y quise gritar, suplicar que alguien me matara antes de vivir ni un segundo más con aquel dolor, pero no podía mover los labios, porque el peso estaba aún allí, aplastándome.
Me di cuenta de que no era la oscuridad la que me presionaba hacia abajo, sino mi cuerpo, que se había vuelto tan pesado... Me enterraba en las llamas que se abrían camino desde mi corazón, expandiéndose con un dolor imposible a través de mis hombros y mi estómago, escaldando su trayecto hasta mi garganta y lamiendo mi rostro.
¿Por qué no me podía mover? ¿Por qué no podía gritar? Esto no formaba parte de ninguna leyenda.
Mi mente estaba insoportablemente lúcida, aguzada por aquel fiero dolor, y vi la respuesta casi tan pronto como pude formular la pregunta.
La morfina.
Parecía que hacía ya millones de muertes atrás cuando lo habíamos discutido, Beau, Carine y yo. Beau y Carine habían tenido la esperanza de que, con suficientes analgésicos, fuera posible luchar contra el dolor que producía la ponzoña. Beau lo había intentado con Eleanor, pero el veneno había quemado la medicina, achicharrándole las venas. No había habido tiempo suficiente para que se extendiera.
Esa vez solo había alentado la idea de Beau, ocultando mi pánico en que la morfina no pudiera hacer nada.
Lo que nunca imaginé fue ese posible efecto de la morfina: inmovilizarme y amordazarme. Mantenerme paralizada mientras me quemaba.
Conocía todas las historias. Sabía que Carine se había mantenido lo más quieta posible mientras ardía para evitar que la descubrieran. Sabía que no era nada bueno gritar, como me había contado Royal.
Sabía que Beau había mantenido callado por periodos, pero según Carine era por que Beau era alguien que había tenido una voluntad para no molestar. Y yo había esperado que quizá pudiera comportarme como Beau o Carine y que creería las palabras de Royal y mantendría la boca cerrada. Porque sabía que cada grito que se escapara de entre mis labios sería un tormento para Beau.
Y ahora parecía un espantoso chiste que se hubieran cumplido mis deseos.
Pero si no podía gritar, ¿cómo iba a poder pedirles que me mataran?
Únicamente deseaba morir. O mejor, no haber nacido nunca. Toda mi existencia no podía compensar este dolor. No merecía la pena vivir todo esto sólo a cambio de un latido más de mi corazón.
Dejadme morir, dejadme morir, dejadme morir.
Y durante un espacio que parecía no acabarse nunca, esto fue todo lo que sucedió. Sólo una tortura ardiente y mis gritos insonoros, suplicando que me llegara la muerte. Nada más, ni siquiera sentía pasar el tiempo, que de este modo se hizo infinito, sin principio ni final. Un inacabable momento de dolor.
El único cambio sobrevino cuando el dolor se redobló de forma repentina y casi imposible. La mitad inferior de mi cuerpo, más insensibilizada por la morfina, de pronto se prendió también en llamas. Alguna conexión rota debía de haberse curado entretejiéndose en ese momento con los dedos abrasadores del fuego.
Aquella quemazón infinita me abrasó con saña.
Puede que pasaran segundos o días, semanas o años, pero en algún momento el tiempo volvió a adquirir significado de nuevo.
Ocurrieron tres cosas a la vez, que surgieron de tal modo que no tenía idea de cuál había sido la primera: el tiempo reemprendió su marcha, el peso causado por la morfina desapareció, y me sentí más fuerte.
Podía sentir cómo recuperaba el control de mi cuerpo poco a poco, y esos pequeños logros fueron mis primeros indicadores del paso del tiempo. Lo supe cuando noté que era capaz de retorcer los dedos de mis pies y los de las manos, para convertirlos en puños. Lo supe, porque había hecho.
Aunque el incendio no disminuyó ni un solo grado. De hecho, más bien comencé a desarrollar una nueva capacidad de experimentarlo, una nueva sensibilidad para poder apreciarlo, para percibir por separado cada una de aquellas abrasadoras lenguas de fuego que lamían mis venas, pero a pesar de ello, pude pensar.
Recordé el motivo por el cual me había obligado a soportar esta agonía indescriptible. Y también recordé que había algo por lo que merecería la pena soportar semejante suplicio, aunque ahora pudiera parecer casi imposible.
Intente, fracasando inútilmente mantener mi gritos a raya, me hizo sentir como si en vez de estar atada a la estaca donde ardía, me estuviera aferrando a ella para mantenerme pegada al fuego.
Sólo me quedaba la fuerza justa para apretar los dientes con fuerza, soltar grandes bocadas de aire, para controlarme, mientras me achicharraba viva.
El sentido del oído se aguzó más y más, y pude contar los latidos retumbantes y frenéticos de mi corazón marcando el tiempo.
Pude contar también la respiración errática que jadeaba entre los dientes.
Pude contar también las sordas respiraciones regulares que procedían de alguien que estaba muy cerca, a mi lado. Éstas se movían con compas que las mías, pero aun si era rápidas, asustadas o preocupadas.
Continué sintiéndome más fuerte, y mis pensamientos se aclararon. Cuando percibí nuevos ruidos, pude escuchar.
Eran pasos ligeros, y el susurro del aire agitado por una puerta abierta. Los pasos se acercaron más y sentí una presión sobre la parte interior de mi muñeca. No pude percibir la frialdad de sus dedos. La quemazón había arrasado cualquier recuerdo que pudiera tener de lo que era el frescor.
—¿Edythe puedes escuchar?
Tenía tan poco control, que solo asentí, no quería gritar. No quería que alterar mi entorno, porque una sola palabra salía de mi boca sabría que gritaría sin dudarlo, suplicar que me matara.
Sentí una ligera presión, un aliento contra mi piel abrasada.
—No queda ningún resto de olor a morfina.
Escuche la voz de Beau, era susurro. Como si supiera lo que estaba haciendo, eso lo lastimaba.
Supe, más allá de toda duda, que si destrababa los dientes perdería y comenzaría a chillar, chirriar, y retorcerme y sacudirme. Solo podía dar un indicio a que podía escuchar apretando su mano, y sollozando del dolor. Era mejor que gritar.
—¿Edythe? ¿Edythe, amor? ¿Puedes abrir los ojos? ¿Puedes apretarme la mano?
Una nueva presión sobre mis dedos. Se lo devolví lo más fuerte que puede, pero un grito se escapó de mi mis labios. De un momento a otro, me encontraba acunada en su pecho, mientras el me abrazaba con fuerza.
—No tienes que guardarlo, cariño, se lo que estas sintiendo. Puedes gritar si lo deseas, me quedare a tu lado.
Su voz sonaba amortiguada y se quebró al llegar a la palabra «lado». Mi resolución flaqueó durante un segundo.
—Edythe, te amo. Edythe, lo siento. Pensé que morfina sería suficiente.
Deseaba tanto poder contestarle, pero no quería hacerle sentir más dolor. Pero si le respondía, sería peor, podía ver que cada grito que sacara de mi boca, él se disculparía.
Mientras sucedía esto, el fuego incontrolable continuó abrasándome. Pero ahora había más espacio en mi cabeza. Espacio para reflexionar sobre su conversación, para recordar lo que había ocurrido, para mirar hacia el futuro... Un espacio infinito también para sufrir.
Y también para preocuparme.
¿Dónde estaba mi bebé? ¿Por qué no se encontraba aquí? ¿Por qué no hablaba de él?
—No iras con ellos, quizás ellos quieran escuchar tu versión
La voz de Carine era suave, se había sentado al lado mío, podía sentir otra presión en mi mano
—No, yo me voy a quedar aquí —susurró Beau— Aun debo…hablar esto con Edythe.
—Una situación muy interesante —replicó Carine, apretando mi mano, para después soltarla para acariciar mi mejilla. Se había levantado—. Y yo que pensaba que lo había visto ya todo.
—Me ocuparé de eso más tarde. Nos ocuparemos —algo presionó suavemente mi palma abrasada. Yo aun jadiaba, pero había mantenido mis jadeos, controlados.
—Estoy seguro de que entre los cinco podemos evitar que esto desemboque en un derramamiento de sangre.
Beau suspiró.
—No sé de qué lado ponerme. Jules ha hecho mucho por nosotros, aunque al menos ahora ya sabemos el motivo por el que sentía tan atraída a nosotros—dijo sonriendo en mi pelo. Aun me mecía con suavidad. —Me dan ganas de azotarlos a los dos. Bueno, más tarde.
—Me pregunto qué pensará Edythe de esto... de qué lado se pondrá —musitó Carine.
Se oyó una risita sorda, contenida.
—No creo que este feliz, hasta puedo ver una pelea, pero solo me queda espera. Te explicare todo cariño.
Los pasos de Carine se alejaron de nuevo y me sentí frustrada de que no se hubiera explicado más. ¿Acaso estaban hablando de forma tan misteriosa sólo para molestarme? ¿porque Beau no podía explicar en este momento?
Volví a contar las respiraciones de Beau para marcar el paso del tiempo.
Diez mil novecientas cuarenta y tres respiraciones más tarde, unos pasos que sonaban distintos se deslizaron con un susurro en la habitación. Más ligeros. Más... rítmicos.
Era extraño que pudiera distinguir aquellas sutiles diferencias entre pasos que nunca había sido capaz de escuchar en toda mi vida.
—¿Cuánto tiempo más queda? —preguntó Beau.
—No debe de ser mucho ya —le contestó Archie—. ¿Ves cómo se le aclara la piel? La veo mucho mejor —suspiró.
—¿Todavía estas enfurruñado?
—Sí, y gracias por recordármelo —gruñó el—. Tú también deberías sentirte humillado, si te dieras cuenta de que estás maniatado por tu propia naturaleza. Veo mejor a los vampiros, porque yo soy uno, también veo bien a los humanos, porque fui uno. Veo a mi sobrino porque también he sido un mestizo, pero a Jules, que ahora estará casi permanentemente a nuestro lado no la puedo ver, nunca he sido un perro. ¡Bah!
—Céntrate, Archie.
—Vale. Edythe se ve ahora casi bien.
Beau suspiró. Era un sonido nuevo, más feliz.
—No quiere hablarme —dijo tras respirar hondo. —No sé si lo hace por no herirme, o porque está molesta.
Archie se rio.
—Beau, dudo que este molesta, la has salvado.
Beau me dio un pequeño apretón en el abrazo, y dándome un suave beso en frente.
—Solo estoy preocupado.
—Solo estas siendo tú mismo—Archie soltó un resoplido. — ella está bien, ahora que ella está libre de todos los puntos ciegos se distingue muy bien.
—Donde están los demás—la voz de Beau sonaba en un intento de calma, algo que me hubiera podía engañar cuando no podía escuchar como ahora, pero escuchando ahora, no podía creer lo malo que era mintiendo Beau en su preocupación—Eliest.
—Royal y Jules se han llevado a Eliest cuando empezó a jadiar, Royal supuso que era algo que Edythe no quería mi hermoso sobrino, no escuchara. —Beau sonrió en mi pelo. — Creo deberías soltar tu escudo, para que se acostumbre, cuando estemos todos juntos no será agradable sentir todo esos pensamiento—Beau no contesto, pero podía sentir una mueca en mi pelo, como asintió distraídamente— Se va a convertir en una belleza deslumbrante.
Beau resoplo.
—Siempre lo ha sido.
Archie soltó una risa.
—Ya sabes lo que quiero decir. Mírala.
Beau no contestó, pero las palabras de Archie me concedieron la esperanza de que quizá no tuviera el aspecto de un ladrillo de carbón al que creía parecerme. A estas alturas yo no debería ser más que una pila de huesos socarrados. Cada célula de mi cuerpo se había visto reducida a cenizas.
Escuché el aire agitarse debido a la marcha de Archie. Distinguí claramente el siseo de la tela cuando se movió, al rozarse. Oía también con nitidez el silencioso zumbido de la luz que colgaba del techo. Escuché la ligera brisa que soplaba en el exterior de la casa. Podía percibirlo todo.
En el piso inferior alguien estaba viendo un partido de béisbol. Los Mariners ganaban por dos carreras.
Escuché a ver si podía distinguir algo más, pero no se percibía nada más que el partido. El béisbol no era lo suficientemente interesante para distraerme del dolor, así que volví a quedarme pendiente de las respiraciones de Beau, contando los segundos.
Beau hablaba a veces, contándome como mi madre había llamado, estaba ansiosa en verme. Que Carine la había persuadido, solo hace unos días había tenido ir a hospital, por una enfermedad que contagie en Brasil.
El dolor cambió veintiún mil novecientos diecisiete segundos y medio más tarde.
Mirando el lado bueno de las cosas, pareció disminuir en las puntas de los dedos de los pies y de las manos. Lentamente, pero al menos suponía una novedad. A lo mejor es que esto era lo que tenía que ocurrir, que el dolor estuviera ya desvaneciéndose...
Pero después llegaron las malas noticias. El fuego de mi garganta tampoco era igual que antes, porque ahora también me hacía estar muerta de sed y seca como un hueso. Tan sedienta. ..
Ardiendo por culpa del fuego y también ahora por la sed...
Y otra mala noticia: el fuego de mi corazón ardió con más virulencia.
Pero ¿cómo era eso posible?
Los latidos de mi corazón, ya demasiado rápidos, incrementaron el ritmo: el fuego los impulsaba a una marcha casi frenética. Di un alarido de dolor. Era imposible no podía controlar ese patada de dolor, aprete con fuerza la blusa de Beau. Sollozando por la nueva sensación de dolor que tenía.
—Carine —llamó Beau. Ajustándome en sus brazos para besar mi frente, calmarme con palabras tranquilizante.
Su voz sonaba baja, pero muy clara. Supe que Carine podría oírla y que estaría en la casa o en sus inmediaciones.
El fuego se retiró de las palmas de mis manos, dejándolas dichosamente libres de dolor y frescas, pero se instaló en mi corazón, que ardía con tanta fuerza como el sol y latía a una furiosa y nueva velocidad.
Carine entró en la habitación con Archie a su lado. Sus pasos sonaban tan distintos, que incluso podía decir que el que iba a la derecha era Carine, y un paso por delante de Archie.
—Escuchad —les indicó Beau.
El sonido más fuerte que se oía en la habitación era el de mi corazón desenfrenado, que latía al ritmo del fuego.
—Ah —dijo Carine—, ya casi ha terminado.
El alivio que sentí ante sus palabras fue superado por el dolor insoportable de mi corazón. Tenía las muñecas libres, y también los tobillos. El fuego se había extinguido allí por completo.
—Muy pronto —convino Archie con impaciencia… dirigida a mí. Está bien, no te preocupes. Solo trata no mordernos.—. Traeré a los otros. ¿Debo hacer que Royal...?
—Sí... Es preferible que mantenga al bebé alejado.
¿Qué? No. ¡No! ¿Qué querían decir con eso de mantener al bebé apartado? ¿En qué estaban pensando?
Aprete con más fuerza su blusa, mostrando mi molestia.
—¿Edythe? Cariño, no sabemos cómo afectara la sangre media humana, solo estamos previniendo, cuando vayas a cazar. Lo veremos. Juntos.
Quería responder, nunca lastimaría a mi hijo. Lo consideré durante un momento y entonces el fuego rasgó mi pecho inundándolo de más calor, extrayéndolo de mis codos y mis rodillas. Mejor no intentarlo siquiera.
—Haré que suban ya —dijo Archie, con un punto de urgencia en su tono y escuché el siseo del aire cuando se precipitó afuera.
Y entonces..., ¡oh!
Mi corazón despegó batiendo como las palas de un helicóptero, con el sonido de una sola nota sostenida; parecía que se abriría camino a través de mis costillas. El incendio llameó en el centro de mi pecho, absorbiendo los restos de llamas del resto de mi cuerpo para alimentar el más abrasador de los rescoldos. El suplicio fue lo bastante intenso como para aturdirme y romper el fuerte asidero de la estaca. La espalda se me arqueó, doblándome como si el fuego me estuviera alzando desde el corazón.
No pude evitar que mi cuerpo, se estremeciera. Se inició una batalla en mi interior: mi corazón que se aceleraba contra el fuego que lo atacaba y ambos iban perdiendo. El fuego fue domado, habiendo consumido ya todo lo que era combustible y mi corazón galopaba hacia su último latido.
El fuego se encogió, concentrándose en aquel órgano que era lo último humano que quedaba en mí, con una oleada final insoportable. Esa llamarada fue contestada por un profundo golpe sordo, que sonó como a hueco. Mi corazón tartamudeó un par de veces y después latió sólo una vez más.
Y ya no hubo ningún otro sonido. Ni una respiración, ni siquiera la mía. Durante un momento, lo único que pude comprender la usencia del dolor en mi cuerpo, pero como la quemazón se instalaba en mi garganta, por como sabia estaría ahí para siempre.
Y entonces abrí los ojos.
El pequeño patiador, se llama.
Eliest Carial Cullen Masen...
Esta bien raro, pero es una conbinacion de cuatro nombres.
El nombre Eliest : Elias(El papá de Edythe )* Earnest-
El Carial es mescla de la mescla de Carine y royal.
