«Oye, un par de idiotas de mi clase han montado una buena y nos han castigado a todos después de clase. No sé cuánto tiempo voy a tener que estar aquí. Cuando suene la campana, vete tú a casa, no me esperes.»
«OK, vaya faena.»
Raivis suspiró, guardándose el móvil.
No era la primera vez que mentía a su hermano. Si existía alguien en el mundo que no hubiera mentido una sola vez en su vida, le habría encantado conocerlo. Pero es que si le hubiera contado a Eduard o a Toris lo que pensaba hacer, los dos habrían pensado que estaba tarumba. Incluso él mismo se preguntaba qué demonios estaba haciendo.
A la hora de la salida, esperó en lo alto de la escalera. Vio pasar a multitud de gente. Y entre ella encontró la cara de su hermano. Por suerte, él estaba escondido y además Eduard iba hablando con sus amigos. Esperó un tiempo prudencial y salió.
Hotel Plus. Sabía dónde era. Había buscado la dirección en Internet.
Sin pasar antes por el mostrador y luchando contra las voces en su cabeza que le decían que estaba a punto de hacer algo muy estúpido, recorrió el edificio en busca de la habitación 220. Por suerte, la señalización era buena y pudo encontrarlo sin problemas.
Se detuvo frente a la puerta. Inspiró hondo. Preparó el puño para llamar. Pero en el último momento no se atrevió. Había ensayado en su cabeza lo que iba a decir, pero parecía que todo se le había olvidado de golpe. ¿Estaría a tiempo de darse la vuelta y olvidarse de todo aquel asunto?
No, porque entonces la puerta se abrió sola y unos ojos muy azules se lo quedaron mirando.
— Uhm...Hola...
Estaban a punto de salir. Llevaban ya las maletas en la mano, habían dejado recogida la habitación. El tal Peter se asomó de detrás de su padre al oír la voz y ahogó un grito.
— ¡Has venido!
Tal y como había hecho el día anterior, corrió hacia Raivis y le dio un abrazo quebranta-espaldas, que él recibió incómodo.
— ¿Ya recuerdas?—le preguntó el niño, mirándolo con los ojos muy abiertos.
— No—respondió Raivis, apartándolo suavemente—. Creo de verdad que estás equivocado. Pero...Pero he venido porque vosotros...
Se interrumpió a sí mismo y miró al hombre que seguía mirándolo casi sin pestañear.
— ...Vosotros realmente no sois humanos, ¿verdad?
La familia se miró entre sí. Finalmente, la madre se adelantó y posó su mano sobre su hombro. Cuando habló, su voz sonó mucho más masculina que la última vez que la había oído.
— Entra. Aquí no deberíamos hablar.
Raivis había visto muchas películas y sabía que eso solía acabar con algún pobre diablo muerto, pero el rostro de aquella mujer era bondadoso. Quizás se equivocara, pero...En todo caso, decidió confiar en ella y obedeció. Cerraron la puerta, dejaron sus cosas y se reunieron en círculo.
— Decíais la verdad ayer, ¿no?—Raivis fue el primero en hablar—. Sois...naciones...¿No es así?
— Sí—respondió la mujer—. Yo soy Finlandia. Este es Suecia. Estos son Sealand y Ladonia. Micronaciones.
— Parecéis...gente normal.
— Sí, siempre hemos sido así. Y ahora...bueno, hemos hecho el esfuerzo de parecer aún más...corrientes.
— ¿Es por lo de los bálticos? ¿Porque los mataron?
— Casi nos mataron a nosotros también—habló Suecia.
— Tuvimos suerte de escapar. Nos tendieron una trampa...Uno de los nuestros nos traicionó—contó Finlandia, toqueteándose nerviosamente las manos—. Habíamos recibido una llamada de auxilio de los bálticos. Parecía ser que estaban cerca de aquí. Para cuando quisimos llegar, ya era tarde. Aquella gente nos esperó allí. Quiso eliminarnos. Pudimos huir, pero las cosas se habían vuelto muy turbias. Nos seguían por la calle, nos dejaban mensajes amenazadores en los buzones, a veces nos abordaban. Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era desaparecer de la vida pública. Cambiamos de casa, nos pusimos nombres humanos...—con una sonrisita tímida, señaló su aspecto femenino— cambiamos de aspecto.
— Pero ¿por qué hablas así?—preguntó Peter, o Sealand, a Raivis, sacudiéndolo—. ¡Hablas como si no tuvieras nada que ver con todo eso!
— ¡Porque todo eso pasó cuatro años antes de que yo hubiera siquiera nacido!—respondió él, apartándolo de nuevo.
Sealand rió.
— ¿Qué le pasa a tu voz?
— Es la pubertad, jopé, no te rías.
— No creo que antes tuvieras eso de la pubertad.
— Eso es porque no soy la persona que conocías—Raivis sacudió la cabeza y suspiró—. Mira: sé que me parezco mucho a Letonia. Teníais razón: mis hermanos y yo nos parecemos muchísimo. Pero no somos ellos, ¿vale? Solo somos...tres chicos. Nada más. Vuestros amigos...murieron. Y lo siento mucho. Pero estás muy equivocado.
Por un momento le pareció que Sealand lo había comprendido. Apartó la mirada con tristeza.
— Sí. Lo entendemos perfectamente—dijo Finlandia—. Sentimos mucho...
— No—lo interrumpió Sealand, volviendo los ojos a él con el ceño fruncido—. Estoy seguro de que eres Letonia. Lo sé.
— Sealand...
— No, mamá, él es Letonia, estoy seguro. Puede que sí que...que simplemente te hicieran daño y ahora no recuerdes nada...
Raivis sacó su cartera y le mostró su documento de identidad.
— Mira esto. Soy Raivis Neikus, nací el cinco de diciembre de 20xx. Mis padres son Tomas y Olympia Neikus. Pregúntale a ellos. Mi madre aún tiene las estrías del embarazo. En casa tenemos los certificados de nacimiento y todos los papeles que quieras. Ellos son mis padres, no salí de...de...no aparecí sin más, quiero decir. Nunca en mi vida he estado en Letonia, ni siquiera sabría distinguir el letón de todas las lenguas de Europa. Es más, nunca he salido de Lituania. Guardo los boletines de notas del colegio y del instituto, mis vecinos, mis amigos, pueden decirte que he crecido aquí. No soy Letonia. Lo siento, pero no lo soy.
— ¿Y si lo fueras de todas formas?
Raivis suspiró al ver que Sealand seguía mirándolo con determinación.
— Sealand...—le quiso decir Suecia.
— Déjalo ya, Sealand: está claro que no es Letonia. Asúmelo: está muerto. Lleva veinte años muerto—le dijo Ladonia, exasperado.
— ¡Sé que eres tú! ¡Puedo sentirlo!—Sealand los ignoró—. ¡Y voy a ayudarte a recordar! ¡Papá, mamá, quedémonos un poco más, por favor! ¡Dejadme intentarlo!
— Sealand, de verdad, déjalo estar. Tienes que...
Esta vez fue Raivis quien interrumpió a Finlandia.
— De acuerdo...De acuerdo...Inténtalo. Vale. No sé cómo vas a hacerlo, pero puedes intentarlo.
Se volvió hacia Suecia, Finlandia y Ladonia.
— Así se convencerá...
Suecia y Finlandia intercambiaron una mirada. Finalmente, Suecia asintió.
— Muy bien.
— Estás loco, Sealand...—suspiró Ladonia, cruzándose de brazos.
No, pensó Raivis. Él era el que estaba loco, prestándose a ello. La verdad era que el chiquillo le daba lástima, lo obcecado que estaba en demostrar que era su amigo muerto. Debía de ser durísimo toparse con alguien que se parecía tanto a un ser querido que hacía tiempo que ya no existía.
Raivis y Toris se encontraban fuera de casa, así que esa era una de las raras ocasiones en que Eduard tenía la habitación para él solo. Lo único que hizo fue tumbarse y escuchar música a todo volumen con los auriculares puestos. Cerró los ojos y estuvo a punto de quedarse dormido.
«¿...Es...Estonia? Dios mío, ¿estoy alucinando? ¿Sois vosotros? ¿De verdad estáis aquí?»
Abrió los ojos y frunció el ceño. Sin saber por qué, pensó en la mujer del día anterior. Una señorita bastante guapa, ciertamente, y con un color de ojos que no había visto nunca antes, fascinante...
Tomó su móvil y cambió de canción. Apagó la pantalla, pero después de pensárselo un poco la encendió de nuevo e hizo una búsqueda. "Muerte bálticos".
Una noticia de hacía veinte años en un periódico nacional digital.
«Muere Lituania», rezaba el titular, en letras bien grandes, como correspondía a un magnicidio de ese calibre. Eduard leyó a fondo la noticia y algunas otras enlazadas.
«La nación se encontraba en un almuerzo con sus vecinos Estonia y Letonia cuando fueron sorprendidos por una turba que los acorraló y les dio muerte».
«Antes de morir, Estonia logró dar aviso a varias naciones, que fueron atacadas a su llegada al lugar del crimen.»
«Se desconoce el método utilizado para quitarles la vida, los forenses trabajan a fondo para dar con la causa de la muerte».
«Consternación en todo el mundo».
«Los restos de las naciones bálticas han sido enterrados esta mañana en la Catedral de Riga en un acto empañado por los actos de grupos anti-nación».
«Misa por los bálticos interrumpida por asaltantes».
«Orgía en la casa del difunto Letonia. Un grupo de personas ha ocupado la residencia de la fallecida nación letona y ha montado una fiesta en la que varios muebles han sido tirados por la ventana e incluso provocaron un fuego. Cuando la policía logró desalojar la vivienda, la encontraron completamente llena de basura, medio destruida, saqueada y con pintadas ofensivas en las paredes: 'LETONIA SE LA CHUPA AL DEMONIO EN EL INFIERNO'.»
Eduard salió de la página sintiendo un escalofrío. Dios mío, había gente muy loca suelta. Quizás se lo hubieran merecido, pero...¿Y si fuera así? Buscó algo referente a Estonia, ya que era así como aquella mujer le había llamado. «Estonia inaugura el Congreso sobre Seguridad Informática de Tallin». «Estonia, con el deporte paralímpico nacional». «Estonia dona al Museo de las Armas de Tallin más de veinte armas de distintas épocas de su arsenal personal». Observó las fotografías. Bueno, no sabía cómo sería en el ámbito privado, pero en el público no parecía ser tan malo. Hizo bastante beneficencia y se implicó en muchos proyectos. No veía ningún escándalo. Es decir, que no había hecho méritos para que lo mataran. Aunque hubiera sido un tipo horrible, no creía aprobar las salvajadas que hicieron aquellos tipos que los mataron. No era civilizado. Era más bien propio de las bestias.
Se quedó mirando las fotografías. Al tío le gustaba la tecnología. Parecía un auténtico millenial, siempre con el móvil en la mano y un portátil cerca.
Sí que era verdad que se parecían...
Hizo una nueva búsqueda. 'Naciones'.
«No se sabe a ciencia cierta de dónde surgen las naciones. Su origen es en ocasiones tan antiguo que no se conservan registros sobre su nacimiento. El folklore hace referencia a niños pequeños que son encontrados por tribus que pronto se dan cuenta de su condición divina. Durante siglos, fueron cabezas de Estado, aunque subordinados a un rey, presidente o caudillo. Con el tiempo y la llegada de la democracia, su rol pasó a ser mayormente representativo. Durante la primera mitad del siglo XXI surgieron voces que las consideraron nocivas para la sociedad y se propusieron eliminarlas. Con la muerte de las naciones bálticas, Estonia, Letonia y Lituania, aún envuelta en un halo de misterio, las naciones desaparecieron de la vista pública y a día de hoy se desconoce su paradero.»
El artículo incluía un par de imágenes. A la izquierda, un grabado del siglo X en el que se representaba a un grupo de vikingos, hombres con el pelo largo y barba, sin la estúpida imagen estereotipada del casco con cuernos, pero con armas muy afiladas en las manos y miradas feroces. A la derecha, según la descripción, las mismas personas en Eurovisión 2014. Casi no parecían los mismos, afeitados, aseados, vistiendo como personas normales y con expresiones plácidas. Casi no parecía que hubieran conquistado casi todo el mundo y hubieran saqueado y asesinado tanto. Noruega, Islandia, Dinamarca, Suecia y Finlandia...
Parecían unos tipos muy guais. La clase de personas con las que a él le habría encantado quedar.
Entró una llamada, que lo sobresaltó. Era su amigo Alex.
— ¿Qué pasa, caraculo?—fue su saludo.
— ¿Qué tripa se te ha roto?—Eduard se irguió, sonriendo.
— Vete conectando, que esta vez me toca machacarte.
— Así que no tuviste bastante la última vez...
Machacar a Alex por decimoquinta vez estaba en su lista de tareas pendientes, así que se olvidó de aquel viejo orden mundial y cerró la aplicación del navegador para abrir el juego.
Vika se separó de Toris riendo. Toris sonrió y hundió su cara en su cuello para darle besos allí. Eso hizo reír a Vika aún más.
— ¡Toris! ¡Jijiji!
— ¿Sabes? Mis padres se han ido a celebrar su aniversario de casados...Tenemos la casa para nosotros durante todo el fin de semana...Puedo deshacerme de mis hermanos y...
— ¿Estás seguro, Toris? ¿Seguro que quieres hacerlo?
— Solo si tú estás lista.
Vika posó sus manos en sus mejillas y lo atrajo hacia sí para besarlo en los labios.
— Sí—musitó—. Quiero hacerlo.
Toris sonrió. La mayoría de sus amigos estaban impacientes por tener momentos íntimos con sus chicas, pero él habría esperado el tiempo que hubiera sido necesario. Vika era tan dulce...No habría hecho jamás nada que la hubiera disgustado. No era un calzonazos, como ellos decían que era. Simplemente la quería.
— ¡Vika!
Ambos se sobresaltaron e inconscientemente se separaron. Oh, no, pensó Toris. Ella no. Ina, la amiga de Vika. No, no solo su amiga: su mejor amiga, su hermana, su otra mitad, su alma gemela, uña de su carne. Vika no le había dicho que vendría también. Mierda.
Ina se los quedó mirando con el ceño fruncido. Aún llevaba puesta la equipación del equipo de voleibol en el que jugaba.
— Si querías quedar con tu novio para hacer guarradas, podrías habérmelo dicho y os habría buscado un motel o algo.
— Toris me tenía que devolver un libro...—explicó Vika, mordiéndose el labio inferior.
— Bueno, pues que se venga, ya que está aquí.
— ¿No te importa?—preguntó Toris.
A él sí que le importaba, francamente.
— ¡Nah! Vente. De todas formas, se pasa todo el día hablando de ti, así que vente y ya está.
Aquello era una exageración, le dijo Vika a Toris con la mirada. Y, conociendo a Ina como la conocía, Toris sabía que era cierto. Ina era mucho de exagerar las cosas. Quien realmente hablaba tanto que no dejaba meter baza era ella. Encima, le odiaba. Odiaba a todo tipo que se acercara a Vika. Seguramente no soportaba que su amiga, la rata de biblioteca, timidilla y algo gordita consiguiera novio estable y a ella, en cambio, no le aguantara ningún tipo más de tres semanas. A Toris tampoco le caía muy bien. Hablaba demasiado, le parecía demasiado superficial y estirada. Pero hacía el esfuerzo por llevarse bien con ella porque era la mejor amiga de Vika, de los pocos amigos que tenía.
De modo que los tres fueron a la cafetería a tomar algo. Toris ya sabía desde el momento en que se unió que Ina iba a hablar todo el rato con Vika, atraería toda su atención, lo arrinconaría y lo convertiría en el hombre invisible. Y así fue. Se encontró comiendo helado, mirando a su alrededor, mientras Ina le hablaba a Vika sobre un tal Lukas que era un cabrón porque la había bloqueado en Twitter, que ya le había hecho muchas canalladas antes, seguía siendo un cerdo y...En fin, llegó un momento en que su cerebro le hizo desconectar antes de saturarse.
Se limitó a observar a la gente de la terraza. Un niño que correteaba entre las mesas con una trompeta de plástico que hacía un ruido infernal, su madre, con gafas de sol, que no levantaba la vista del móvil, un tipo musculoso con pinta de motero que había pedido un batido de fresa con granas de colores. Una mujer de pelo rubio, tan largo que le llegaba casi a los glúteos, recogido en una trenza, que fumaba un cigarrillo. Sus ojos eran de un verde intenso, casi sobrenatural.
Cuando sus miradas se cruzaron, le pareció ver cómo brillaron.
Su expresión cambió. Ya no parecía sumida en algún pensamiento triste. Despertó de golpe. Se lo quedó mirando de una forma que...
Ina chasqueó los dedos a un palmo de la cara de Toris, haciéndole dar un bote.
— Eh, que te estoy hablando.
— ¿Eh?
— Que si quieres más café.
— No, no, así está...
Se interrumpió al ver que Ina giraba la cabeza en dirección a Vika. No, a la persona que se encontraba detrás de ellas, con las manos apoyadas en su silla, para mirar a Toris con los ojos muy abiertos. Era la mujer rubia que había estado mirando.
— ...¿Liet?—habló.
Toris se quedó mudo. ¿Era a él? Oh, claro que le estaba hablando a él. Tenía sus ojos clavados en él, no había probabilidad de error.
— ¿Liet?—repitió la mujer.
— Uhm...Creo que se confunde...
La señorita frunció el ceño.
— Y una mierda, me confundo—al formar una frase completa, quedó patente que esa voz no era de una mujer. Ina se tapó la boca. De no haber estado tan cerca, habría llamado la atención de Vika al respecto—. ¿Qué significa esto, Liet? ¿Qué...?
— De verdad, no sé qué...—balbuceó Toris.
— ...¿No sabes quién soy?
Toris no supo que decir. Finalmente, sacudió la cabeza.
— Lo siento...
La mujer de voz masculina desvió la mirada y después de permanecer un momento inmóvil, apartó las manos del respaldo de Vika y dio unos pasos atrás.
— Ya...Me...habré confundido...Sí...
Y sin más se alejó, dejando atrás su café y el cigarrillo aún por la mitad en su mesa.
— Qué fuerte, tía, que era un travesti, ¿te has dado cuenta? ¿Te has fijado en el tamaño de su nuez?—rió Ina. Pero Vika no la escuchaba:
— ¿Toris?
— ...No es nada. Solo es que me ha pillado...desprevenido.
No estaba seguro de si era un hombre con aspecto de mujer o si se trataba de una mujer con una voz muy masculina. Eso le daba igual. También el hecho de que fuera la segunda vez en dos días que lo tomaban por alguien que no era. Era la forma en que lo había mirado. Esos ojos de...de...
...loco.
Sí, él sabía muy bien lo que se hablaba de él a sus espaldas. Sabía que decían que había perdido el juicio. Que no había vuelto a ser el mismo desde que llegó al bosque aquella noche veinte años atrás y se encontró con los cadáveres de Lituania, Estonia y Letonia. Que el sentimiento de culpa por no haber conseguido llegar a tiempo para salvarlos lo atormentaba desde entonces. Que ahogaba sus penas en comportamientos autodestructivos, hasta el punto de que fumaba y bebía tanto que de haber sido posible, lo habría matado hacía muchos años.
Él mismo creyó haber perdido la cabeza, al ver a aquel muchacho tan idéntico a Liet. Desde el pelo hasta los rasgos de su cara, incluso aquella expresión de shock. De no haber sabido con toda seguridad que su amigo estaba muerto, habría dicho que acababa de encontrárselo en una terraza.
Se pasó una mano por el cabello, sintiendo tal desconcierto que quiso darse un cabezazo contra la pared.
No podía ser...Liet estaba muerto...Estaba muerto...Pero...
Se metió en un hostal que encontró, preguntó si tenían algún teléfono que pudiera utilizar. Le indicaron uno a monedas que tenían en una cabina privada. Se encerró allí, introdujo el importe y llamó. Creía recordar aún el número...
— ¿Diga?
— ¿América?
Silencio al otro lado de la línea.
— ¿...Quién es?
— Soy Polonia.
— ¿Polonia? Jesús, sí que hace tiempo que...Había oído que tú...
— Escucha, ¿sabes qué ha sido de Inglaterra?
— ¿Inglaterra? Pues...Hace como dieciocho años que no he vuelto a saber de él. Cuando todo se fue al garete se apartó de la civilización, se puso en plan Robin Hood y...Oye, ¿y esto a qué viene? ¿Cómo estás? ¿Qué...?
— Tienes que decirme dónde está.
— Pues...¡qué sé yo! Es decir, sé más o menos dónde está, pero el lugar exacto...Ya te lo he dicho, se le fue la olla y se apartó de todo el mundo.
— Bueno, pues dime lo que sepas.
— Yo no te recomiendo que vayas a verlo, tío. Cuando digo de todo el mundo, quiero decir de todo el mundo.
— Dímelo, América.
— Pfft...Bueno...tú sabrás. ¿Tienes para apuntar? Es un poco complicado...Oye, ¿estás bien?
— No. Dime.
