Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[22]


—Nos alegramos de que hay a vuelto a casa, señorita, si me permite

decírselo. —La criada que habían enviado para que ocupara el lugar de Annie estaba colgando en el armario el vestido de muselina que Hinata se acababa de quitar, y de repente adoptó un tono confidencial—. Como dijo Ted Jackson, no puede ser culpable de las cosas que se suponía que era culpable si ha vuelto voluntariamente. Y de todos modos la mayoría de nosotros no pensábamos que fuera culpable, señorita.

Hinata salió de un profundo ensimismamiento.

—Gracias Natsu. Eres muy amable al decir eso.

Natsu bajó la voz y adoptó un tono más confidencial aún, aunque la puerta del vestidor de Hinata estaba totalmente cerrada y probablemente no habría ningún otro criado cerca.

—Y si me preguntase, señorita, le diría que el señor Zetsu recibió lo que se merecía. Nunca me gustó. Siempre pensó que era un regalo divino para las mujeres.

Zetsu había sido un hombre atractivo a su manera, y no podía describirse a Natsu como una chica bonita, de ningún modo. Hinata se imaginó que debía de haber desdeñado a la doncella en alguna ocasión.

—Esperaba favores a cambio de nada —continuó Natsu, confirmando sus sospechas—. Pero nunca hice caso de sus zalamerías, aunque lo intentó conmigo más de una vez.

—¿De veras? —Desde que el duque de Konoha se había marchado, Hinata se había pasado dos frustrantes horas más interrogando a los criados.

Estaba cansada, y deseó no haberle dicho nada. Así ahora estaría volviendo hacia Dorsetshire y ella sería capaz de empezar a pensar en el resto de su vida. Pero tal y como estaban las cosas, volvería a la mañana siguiente, y ella ni siquiera era capaz de sentir la euforia que su revelación debería haberle provocado.

—¿Alguna vez habló de sí mismo, Natsu?

—Todo el tiempo —respondió la chica—. Era su tema favorito de conversación, señorita.

Habló con tanta maldad que, a pesar de que no era su intención, Hinata sonrió.

—Su padre hizo fortuna en Wroxford como carnicero, señorita —prosiguió Natsu—, y así es como el señor Zetsu pudo conseguir un puesto tan bueno como el de criado de un caballero. Pero no por eso tenía motivos para darse tantos aires.

—¿Así que es de allí? ¿De Wroxford?

—¡Ah! ¡El señor Chapman me matará! —exclamó la criada—. Me dijo que nos acordáramos de quién pagaba nuestros sueldos y no dijésemos nada.

—¿Que no me dijeras nada a mí? ¿No tenias que decirme nada a mí?

—Debido a que su señoría la mandará a la cárcel en cuanto vuelva a casa, señorita —comentó Natsu—. Aunque no creo que se merezca ir. Ni tampoco lo creen muchos de los otros, señorita. El señor Chapman me matará, seguro.

—El mayordomo no oirá una palabra de mi boca, Natsu. Y gracias por contarme todo lo que me has contado. ¿Así que allí es donde enterraron a Zetsu?

—Supongo que sí, señorita. Ni lo sé seguro ni me importa. Wroxford está a cincuenta kilómetros de distancia. No caminaría ni treinta metros para poner flores en su tumba. Prefiero mil veces a Ted Jackson, aunque Ted sea solo jardinero. Ted sabe tratar a una chica como si fuese especial.

Hinata se puso en pie y se ahuecó la falda de su vestido de seda de noche.

Realmente no sabía por qué se había cambiado, si iba a cenar sola. Pero se sentía a gusto volviendo a ser una dama, rodeada de todas sus posesiones familiares.

—Tengo que bajar a cenar —comentó Hinata—. Gracias, Natsu. No te necesitaré más tarde. Puedes tomarte la noche libre, a no ser que tengas quehaceres en el piso de abajo. ¿Ted también tiene la noche libre? —Y sonrió.

La chica le sonrió cómplice.

—Así es, señorita.

La criada cruzó la habitación por delante de Hinata, pero dudó cuando tuvo la mano en el pomo. Miró alrededor de la habitación como si esperase ver al mayordomo y quizás a algunos criados más escondidos detrás de los muebles.

—Yo era muy amiga de Annie, señorita. Ella cuidó de mí cuando llegué aquí.

—¿Sí? —Hinata observó las mejillas ruborizadas de la chica.

—Aquella noche, usted se había dejado un par de guantes en su vestidor, señorita. Annie bajó corriendo a la calesa con ellos y los puso dentro de su baúl, encima.

—¿Eso hizo?

—Entonces no había ninguna joya dentro —continuó la chica—, pero cuando Annie abrió el baúl más adelante, las joyas estaban ahí, encima de los guantes. Y justo cuando abrió el baúl, su señoría y el señor Chapman entraron en su habitación sin llamar. Les dijo lo que acabo de decirle a usted, señorita. Y al día siguiente la mandaron a otro lugar. Estaba asustada y me lo contó, pero me dijo que mejor no contara nada. Le habían dado un montón de dinero.

—¿Eso hicieron?

—El señor Chapman me matará si lo descubre, señorita.

—Bueno, pero no lo hará. Creo que dentro de muy poco, Natsu, el propio Lord Otsutsuki dejará claro a todo el mundo que el asunto de las joyas fue un malentendido. Pero de todos modos me alegro de tener alguna prueba propia. Gracias. Eres la criada más valiente de esta casa, y no lo olvidaré.

Mientras bajaba a cenar Hinata pensó en Wroxford. Quedaba a cincuenta kilómetros. Y Natsu tenía razón. Sería demasiado tener que recorrer treinta metros para ver la tumba de Zetsu. Pero lo había matado, y Hinata creía que ningún hombre, por malo que fuera, merecía la muerte a manos de otro. Al menos debía intentar aliviar su conciencia arrodillándose en su tumba. Cincuenta kilómetros. No tendría tiempo de ir hasta allí y volver en un solo día.

—Pero Wroxford debe de quedar a cincuenta o cincuenta y cinco kilómetros de distancia —protestó el reverendo Gaara—. No entiendo por qué quieres ir, Hanna. Lo único que verás allí será una tumba, y puede que una lápida. ¿Por qué recorrer cincuenta kilómetros para eso?

Era bastante temprano, a la mañana siguiente. Hinata se había visto incapaz de esperar en casa a que alguien la visitara. Quería ponerse en camino. No podría descansar ni quedarse tranquila hasta que hubiese ido a Wroxford.

—Cuando hui —comentó—, fue como si dejara atrás una historia inacabada. Tengo la sensación de que nada ha terminado pese a lo que dijo ayer Su Excelencia. Y creo que seguiré teniendo esta sensación incluso después de que Toneri haya hecho su declaración. Estuve involucrada en una muerte y no me quedé para el funeral. Creo que ese es uno de los motivos por los que existen los funerales, ¿no es así?, para ayudar a los que se quedan a aceptar la realidad de la muerte.

—Ya eres lo bastante afortunada porque se van a retirar los cargos en tu contra —le riñó el reverendo Gaara—. ¿Por qué no lo dejas todo atrás, Hanna?. ¿Por qué no empezar hoy mismo de cero, y olvidar todo lo que ha ocurrido antes?

—Lo haré después de haber ido a Wroxford. He estado pensando, Gaara, y creo que la sugerencia de Temari es lo mejor que puedo hacer. Estaré feliz en la casita de la señorita Galen y disfrutaré dando clases en la escuela de Temari. Empezaré una nueva vida, pero primero tengo que ir a Wroxford. Esperaba que vinieras conmigo. ¿No lo harás?

El cura había permanecido de pie detrás de su escritorio desde que su ama de llaves había hecho pasar a la chica al estudio, y ahora lo rodeó.

—¿Ir contigo? ¿Has perdido todo el sentido del decoro? Ni siquiera es apropiado que estés a solas conmigo mientras Temari está ocupada en la escuela.

Tardaríamos dos días en ir a Wroxford y volver.

—Sí —reconoció ella—, pero pensé que no querrías que fuese sola.

—No quiero. —Había exasperación en la voz del hombre, y le agarró las manos y las apretó—. Tienes que olvidar esta locura. Estás a punto de librarte de un escándalo. No quiero que ni el aliento de otro pueda difamarte. Quiero que seas mi esposa. Puede que ahora Lord Otsutsuki consienta en que nos casemos. Si no es así, entonces quiero continuar con nuestro plan anterior. Me casaré contigo con una licencia especial. ¿Querrás, Hanna?

Los ojos de ella estaban fijos en sus manos.

—No, Gaara. Eso está fuera de lugar ahora.

—¿Debido al escándalo? Pero todo eso ha terminado. Hace no mucho tiempo te agradaba la idea de casarte contigo. Me dijiste que me amabas.

—No puedo casarme contigo, Gaara —insistió ella—. Han ocurrido demasiadas cosas.

Él le soltó las manos y se apartó de ella para revolver una pila de papeles en su escritorio.

—He sentido deseos de preguntarte sobre el duque de Konoha, y sobre lo extraño que resulta que te siguiera hasta aquí después de hacer grandes esfuerzos para que te absolvieran de todos los cargos que había en tu contra. ¿Qué está ocurriendo, Hanna?

—Es un hombre amable que cuida de sus empleados. Y diría que sus criados lo aman y respetan.

—¿Y tú? ¿Lo amas y lo respetas también? —Gaara se había vuelto otra vez y sus ojos verdes la miraban directamente.

—Claro que no. —Los de Hinata dudaron y siguieron mirándolo.

—¿Y cuáles son sus sentimientos por ti? —continuó él—. Es un hombre casado, ¿verdad?

—Te lo he dicho —repitió la chica—. Es un hombre bondadoso. Se toma en serio sus responsabilidades.

—¿Y entonces no tiene nada que ver con tu reticencia a casarte conmigo?

Ella meneó la cabeza.

—Entonces no diré nada más sobre ese asunto —concluy ó él un tanto fríamente—. Pero me alegro de que estés sana y salva y en casa. Y me alegro de que vayas a trabajar con Temari. Necesita ayuda y sé que valora tu amistad, al igual que y o.

—Gracias —dijo Hinata, y se quedó mirándolo un buen rato—. Gaara, me gustaría contarte toda la verdad.

—Suele ser lo mejor. Es bueno que descargues tu conciencia.

—Cuando estuve en Londres, me moría de hambre y no encontraba ningún empleo. Llegó un momento en el que pasé dos días sin comer.

Él se quedó de pie mirándola muy serio.

—Entonces me pareció, y creo que tenía razón, que tenía tres formas posibles de sobrevivir: podía pedir, robar o podía… —Hinata tragó saliva avergonzada—, o podía vender mi cuerpo.

Él no la ayudó. Se quedaron en silencio unos minutos.

—Vendí mi cuerpo. Una vez. Lo habría hecho una y otra vez si no me hubiesen ofrecido el puesto de institutriz que me llevó a Dorsetshire.

—Eres una puta —murmuró él.

Ella se cubrió los labios con una mano temblorosa y a continuación volvió a bajar la mano.

—¿En presente? ¿Tiene que ser algo que siempre está en presente?

—Hanna… —Gaara se dio la vuelta y apoyó ambos brazos en el escritorio —. Debía de haber alguna otra alternativa.

—Los ladrones en Londres están muy bien preparados, desde la infancia. No creo que hubiese podido competir con ellos. ¿Debería haber muerto, Gaara?, ¿Debería haberme muerto de hambre en vez de hacerme puta?

—¡Oh, Dios mío, Dios mío! —exclamó él.

Y en el silencio que se produjo a continuación, Hinata supo que sus palabras no habían sido solamente una exclamación.

Finalmente el cura levantó la cabeza, aunque no se volvió.

—¿Lo lamentas? —le preguntó a la chica—. ¿Te has arrepentido?

—Sí y no —afirmó ella después de hacer una pausa—. Lamento que ocurriera más de lo que soy capaz de expresar, Gaara, pero no lamento haberlo hecho. Sé que volvería a hacerlo si fuese mi único modo de sobrevivir. Supongo que no tengo madera de mártir.

Él volvió a bajar la cabeza.

—¿Pero cómo puedes esperar el perdón de Dios si no te arrepientes realmente?

—Creo que quizás Dios lo entiende. Si no es así, entonces supongo que tengo una discrepancia con él.

Gaara no dijo nada durante mucho rato.

—Así que ya lo ves —resumió ella—, no puedo casarme contigo ni con ningún otro, Gaara. Ya que aunque no lamento lo que hice, sé que soy una mujer perdida, y estoy preparada para vivir con las consecuencias de ese hecho. Me voy a Wroxford. Para cuando vuelva, habrás decidido sin duda si merezco trabajar con Temari en la escuela.

Y cruzó la habitación en silencio hasta la puerta, hasta que la voz de él la detuvo.

—Hanna, no vayas. No está bien, una dama sola…

—Pero yo no soy una auténtica dama, ¿verdad? No te preocupes por mí, Gaara. Volveré en un par de días.

Salió sin hacer ruido de la habitación y de la casa. No fue, tal y como tenía pensado, hasta la escuela para visitar a Temari y a los niños. Desató el caballo, se subió sin ayuda a la silla y se dirigió con resolución hacia Byakugan House.

Y recordó su amor por Gaara como si fuera algo del pasado lejano. Un recuerdo dulce que persistía en su mente pero que no podía reavivar.

El duque de Konoha había dejado su carruaje en la posada del pueblo y había continuado a caballo hasta Byakugan House. No tenía ninguna información de valor para comunicar. Tanto el dueño de la posada como sus clientes habían conocido a Zetsu. Ninguno de ellos sabía de dónde era y dónde se lo habían llevado para enterrarlo. Un hombre había declarado que era de Londres, pero un coro de voces mostró su desacuerdo burlándose de él. Según parecía, Zetsu no tenía acento cockney.

La charla sobre el ayuda de cámara había llevado inevitablemente a hablar sobre Hinata y su extraño e inesperado retorno. Nadie parecía creerse que fuera culpable. Su Excelencia concluyó que se tenía a Zetsu por un cliente nefasto, y el propio Otsutsuki tampoco estaba muy bien considerado.

La inminente declaración y la retirada de todos los cargos en contra de la chica no harían sino confirmar con creces lo que la gente ya sabía.

El duque deseó haber encontrado la información que Hinata quería. Le habría gustado conseguirla, saber que ella podría ir a ver la tumba y dejar por fin atrás la pesadilla de los últimos meses. Querría volver a pensar en ella y saber que al menos estaba en paz consigo misma y con el mundo.

El mayordomo de Byakugan House le dijo que no estaba en casa. Y el duque no sabía si realmente no estaba en casa o si se había negado a verlo. En cualquier caso, pensó que no tenía sentido insistir. No tenía nada que contarle y por lo tanto no tenía motivos para verla. Debería marcharse sin más dilación.

—Hágame el favor de decirle a la señorita Hyuga que no he sido capaz de averiguar la información que deseaba —dijo el mayordomo, tras decidir que no esperaría.

Se iría a Londres. Allí es donde debía de haber ido Otsutsuki. Resultaría fácil localizarlo y asegurarse de que no se retrasaba en aclararlo todo. Y trataría de lograr que se llegara a algún acuerdo respecto a Hinata hasta su veinticinco cumpleaños. También interrogaría al cochero de Otsutsuki para poder enviarle a Hinata los detalles de la ubicación de la tumba de Zetsu. Y luego se dirigiría a casa, a Konoha Hall, dejando a Hinata Hyuga totalmente fuera de su mente y de su vida. Dedicaría sus energías a ser un buen padre. Y quizá pudiese llegar a establecer algún tipo de relación pacífica con Sakura. En cualquier caso, lo intentaría. Se había decidido. Pero todos sus propósitos se tambalearon al alejarse de la casa y encontrarse a Hinata en una curva del camino. Llevaba ropa de montar y un sombrero de terciopelo lila, un color que quedaba bastante llamativo en contraste con el intenso negro azulado de su cabello.

—¡Ah! —exclamó ella—. Me ha asustado.

—Buenos días, Hinata. Acabo de volver de visitarla. Me temo que no tengo buenas noticias, pero espero poder enviarle algunas. Me voy a Londres y planeo hablar con el cochero de su primo.

—Se trata de Wroxford. Anoche se le escapó a mi doncella. Al parecer todos los criados han recibido órdenes de mantener la boca cerrada ante mí.

—¿Wroxford? ¿Dónde está eso?

—A unos cincuenta kilómetros. Gaara dice que estoy loca por querer ir allí, supongo que tiene razón. Pero debo ir.

—Sí, lo entiendo. —Y el duque observó la habilidad con la que Hinata contenía a su caballo juguetón y vio lo animada que estaba. ¡Se la veía tan hermosa y tan vital, y tan distinta de cuando la vio por primera vez!—. ¿La señorita Temari y él van a ir con usted?

—Ah, no, Temari tiene que atender la escuela. Ya se tomó el día libre ayer por mí. Y Gaara no puede venir. Sería inadecuado.

—¿Pero la deja ir sola? ¿Acaso no es eso mucho más inadecuado?

—Pero, para ser justos —aclaró ella, sonriendo—, no es que él me deje hacer algo o no me deje. No tiene ningún derecho sobre mí.

—¿Y usted va ir?

—Sí.

El caballo de ella resoplaba, sacudía la cabeza y piafaba, impaciente por ponerse en marcha.

—¿Y ha galopado con el caballo esta mañana? —preguntó el duque a Hinata.

—No. Pero estaba a punto de hacerlo.

—Entonces venga —dijo él, y lideró la marcha entre las hayas que bordeaban el camino hasta los jardines abiertos salpicados de árboles. Miró hacia atrás en dirección a Hinata, que le había seguido—. Quizás pueda seguirme esta vez, ya que ha elegido a su caballo y yo no tengo a Aníbal.

Ella le sonrió y le dio a su caballo la señal que había estado esperando.

El duque pensó que no tendría que haberlo hecho. No tendría que haberse reservado esa media hora final de placer absoluto con ella. Y se trataba desde luego de un placer absoluto, al igual que lo había sido la última vez que cabalgaron juntos. Parecía que Hinata Hyuga alcanzaba la máxima vitalidad cuando montaba a caballo. Hinata se rio al pasar cuando su caballo adelantó al del duque, y sonrió cuando él volvió a adelantarla al rodear por detrás los establos y la casa.

Debería haberse despedido de ella cuando estaban en el camino y continuado el suyo propio: su camino para salir de la vida de Hinata.

Ni siquiera debería haber ido. Debería haber mandado a Shino. No debía alimentar un amor prohibido.

Pero nunca volvería a verla. Enseguida se habría marchado, y no pensaría en ella ni suspiraría por ella. Tenía una vida con la que continuar y otras personas de cuya felicidad debía ocuparse aunque no esperase unan gran felicidad para sí mismo.

Una media hora final. Seguro que podrían excusarle por quedarse con ese rato para él mismo.

Hinata lo adelantó una vez más y gradualmente redujo la velocidad de su caballo y se volvió en la dirección de casa.

—Eso debería bastarte —musitó ella, inclinándose hacia delante para dar unas palmaditas en el cuello del caballo.

El duque se bajó del caballo y le entregó las riendas a un mozo que esperaba. Alargó los brazos para levantar a Hinata y dejarla en el suelo, y esperó hasta que el mozo se hubo llevado ambos caballos. Las manos del duque continuaban en la cintura de Hinata.

—¿Se marcha a Dorsetshire ahora? —preguntó ella.

—Primero a Londres. Tengo que hacer algunos negocios allí antes de volver a casa.—De acuerdo. ¿Le dará recuerdos a Lady Sarada y le dirá que la echo de menos?

—Sí —respondió él. Las manos de ella estaban en sus brazos—. Hinata…

Ella sonrió mirando en dirección a su pañuelo.

—Adiós. Gracias por venir.

«Te quiero» , quería decirle él. « Siempre te querré, aunque tengo que dejarte.»

—Me voy a Wroxford con usted —acabó diciendo Naruto—, si salimos en menos de una hora probablemente podremos llegar esta noche. Mañana puede ver lo que desee ver y podemos estar de vuelta aquí mañana por la noche. Volveré al pueblo a buscar mi carruaje.

—No —le cortó ella, mirándolo fijamente a los ojos. Los de Hinata estaban totalmente abiertos y tenían una expresión de susto—. No podemos hacer eso, Su Excelencia, usted y yo solos.

—Y usted tampoco puede hacerlo sola —replicó él—. En nuestras carreteras hay salteadores. Y tiene que parar para comer y coger una habitación para pasar la noche. De ninguna manera puede hacerlo sola.

Ella lo miró fijamente. Las manos de Hinata seguían en sus brazos, y las de él en su cintura.

—¿Por qué? —preguntó ella, casi en un suspiro, inclinándose hacia él—.Usted tiene una esposa y una hija que le esperan. ¿Por qué retrasarse por mí?

—Hinata… —empezó. Pero se detuvo y dejó de mirarla a los ojos. Miró por encima de su cabeza hacia los establos, donde el mozo que se había llevado sus caballos intentaba parecer enfrascado en la tarea de quitar la silla—. Voy con usted. Vaya a cambiarse y a hacer la maleta. Estaré aquí en una hora o menos.

Ella no dijo nada más, pero lo observó mientras se alejaba de ella, desataba su caballo y se subía de un salto a la silla.

—Una hora —le dijo él al pasar con su caballo delante de ella y hacer que se volviera hacia el camino.

Había robado media hora y se había convencido de que no era ningún pecado grave contra las responsabilidades que tenía con su familia y las otras personas a su cargo.

Ahora iba a robar dos días. No estaba seguro de ser capaz de tranquilizar su conciencia en esta ocasión.

Pero ella lo necesitaba. Por algún motivo que solo ella podía entender del todo, necesitaba ver la tumba del hombre al que había matado accidentalmente.

Aquella tumba estaba a cincuenta kilómetros de distancia.

Necesitaba que la escoltara.

Y él la amaba.

Hinata pensó que se trataba de un carruaje muy cómodo, mientras se reclinaba sobre los suaves cojines verdes y se fijaba en que los manantiales desafiaban a los agrestes caminos por los que circulaban. Menuda diferencia con el viaje que había hecho en diligencia unos pocos días atrás.

Pero tampoco estaba relajada. El duque de Konoha iba sentado a su lado, ambos en silencio, y solo un pequeño espacio separaba sus hombros.

¿Por qué había ido? ¿Por qué se estaba tomando tanto interés en sus asuntos?, ¿Y por qué le había dejado acompañarla? Podría haber dicho que no. Podría haber defendido su postura con mayor convencimiento.

—¿Por qué? —preguntó, tal y como había hecho hacía más de una hora fuera de los establos—. ¿Por qué se encuentra en Wiltshire? ¿Por qué me lleva a Wroxford?

Él miraba por la ventana. Durante un rato pensó que no le contestaría.

—Usted sabe que no mató al ayuda de cámara de su primo —habló finalmente—, que en gran medida no es usted responsable de su muerte. Pero aun así tiene que hacer que cese la implicación con su muerte. Tiene que hacer este viaje, y eso es algo que nadie excepto usted entiende. Siento algo similar respecto a usted.

Ella no dijo nada más durante un rato. Entendía su respuesta. Tenía sentido para ella.

—No lo entiendo —acabó diciendo Hinata—. Nunca lo he entendido, aunque en su caso me resulta especialmente difícil de entender. La duquesa es hermosa.

Tiene una hija que disfruta de su amor y un hogar que debe de ser uno de los más encantadores de toda Inglaterra. ¿Por qué los hombres como usted necesitan mujeres para tener relaciones superficiales y sórdidas? No lo entiendo.

Él continuó mirando por la ventana.

—No puedo responder por otros hombres —empezó—, solo por mí mismo. No diré mucho sobre mi matrimonio, Hinata, porque le debo intimidad a mi esposa, por no decir a mí mismo. Solo diré que es un matrimonio difícil e infeliz y que lo ha sido desde el principio. A veces resulta difícil no sentir ciertos deseos.

Pero no fui infiel a mi matrimonio hasta aquella ocasión con usted.

Hinata miró su perfil, el lado marcado de su rostro. ¿Deseos? ¿Acaso no tenía un matrimonio normal?

—No sé por qué ocurrió en aquella ocasión —continuó el duque—. No lo tenía planeado y usted no hizo nada para incitarme. Se quedó quieta y en silencio entre las sombras. Ni siquiera la veía con claridad. Quizás… —Dejó de hablar, y Hinata pensó que no continuaría, pero prosiguió al cabo de un rato—. Quizás algo en mi interior la reconoció. No lo sé.

—¿Reconoció el qué? —preguntó ella en un susurro.

—Mi perla de valor incalculable —respondió él en voz baja.

Hinata vio cómo tragaba saliva.

—Y luego me enfadé, porque tras tomar la decisión de ser infiel, quería una noche en la que me olvidara de todo. Quería ser capaz de culparla después. Pero usted no hizo nada, solo me permitió que la utilizara. Fue una experiencia terrible para usted, Hinata, y fue bastante desagradable para mí. Supongo que obtuve lo que me merecía.

—¿Por qué mandó al señor Aburame a buscarme? ¿Fue solo porque se sentía culpable?

Él se volvió y la miró por primera vez.

—Durante mucho tiempo me dije a mí mismo que ese era el motivo.

Supongo que en mi mente me sigo diciendo lo mismo. No me pregunte más, Hinata.

Se quedaron mirándose el uno al otro durante mucho rato hasta que ella se miró la mano, cuya palma estaba apoyada en el asiento que quedaba entre los dos. No, no quería indagar más. No quería saber la verdad. El destino que los había unido era demasiado extraño, y demasiado cruel.

Hinata sintió también los ojos de él en su mano. Y fijó la vista al lado, en la hermosa mano de dedos largos que en una ocasión la había aterrorizado y que aún la perturbaba y la dejaba sin aliento. Sus meñiques casi se tocaban.

Se quedaron sentados así, quietos y en silencio, durante mucho rato antes de que él moviera el meñique para acariciar delicadamente el suyo. Y ella extendió el dedo y lo dobló para que los dedos se enroscaran.

Sus ojos observaban sus manos. Solo se tocaban en un punto. Y no decían nada.

.

.

Continuará...