Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«21»


«Una mujer que te ame tanto como
siempre te he amado yo...»

.

.

Hinata levantó lentamente la cabeza. Los dos animales salvajes que habían estado a punto de sacarle los intestinos estaban sentados sobre sus patas traseras, lenguas fuera, como dos cachorros demasiado crecidos que sólo tienen un objetivo en su vida: complacer a su amo. Un amo que en ese momento no parecía demasiado complacido.

Naruto le ofreció la mano de mala gana. Ella se la cogió, se dejó poner de pie y luego fingió no darse cuenta cuando él retiró la mano de inmediato.

Se limpió una mota invisible de polvo en la falda de la bata, todavía preocupada de cuidar su magullada dignidad.

—Tienes suerte de no haber tenido que pasar por encima de mi cadáver destripado de camino al desayuno por la mañana. Claro que, según tu amigo el marqués, no tendrías ninguna dificultad para encontrar otra esposa para remplazarme.

—Ah, pero ¿dónde encontraría una tan infinitamente interesante?

Naruto parecía resuelto a mantener una barrera entre ellos, aunque ésta sólo fueran sus musculosos brazos cruzados sobre su pecho sin camisa. Recordando el sabor dulce salobre de su piel, Hinata sintió reseca la boca. Bajó los ojos, y al instante deseó no haberlos bajado. Estaban desabrochados los dos primeros botones de sus pantalones, dejando a la vista un triángulo de piel un poco más blanca que la del pecho.

Al notar la dirección de su mirada, él se giró bruscamente a coger dos gruesas tajadas de carne de cerdo de su bandeja intacta. Le dio una a cada perro, rascándolos cariñosamente detrás de las orejas. Los perros volvieron a la oscura galería de retratos con sus premios, y Naruto cerró la puerta.

—¿Y qué les habrías dado si te hubieran traído una de mis costillas? ¿Una costilla de cordero?

Él apoyó la espalda en la puerta.

—Contrariamente a lo que hace creer su apariencia, no tienen ni un solo hueso cruel en sus cuerpos. Lo más probable es que te hubieran matado a lametones.

Aunque con esa provocativa insinuación le hizo vibrar las venas con el recuerdo de sus caricias, él no cambió en ningún momento su expresión hosca.

Para escapar de esa expresión, ella se giró a mirar la habitación. La suite del duque era aún más lujosa que la de ella. La inmensa cama era igual que la suya, pero las cortinas eran de terciopelo azul medianoche y estaban recogidas en los postes con cordones dorados. Aunque él tenía el pelo revuelto y los párpados soñolientos, las ropas de cama estaban intactas.

—Así que ésta es tu suite — musitó, paseando la mirada por el crepitante fuego del hogar, la repisa de mármol negro, el cielo raso en cúpula, revestido por cristales coloreados, las columnas independientes talladas en mármol jaspeado, el espejo de cuerpo entero con marco dorado situado cerca del pie de la cama.

—Ésta es la suite de mi tío — dijo él, en tono categórico—. Desde que murió, hace seis años, Sakura ha vivido sola en Uzumaki Hall. Yo estuve diez años fuera, en el ejército, y en las ocasiones que venía a Londres prefería alojarme en casa de Sasuke.

Ella se atrevió a sonreírle tímidamente.

—No estabas en la infantería, supongo.

—Era oficial — repuso él amablemente.

Ella alcanzó a reprimir el impulso de ponerse en posición firmes y tocarse la sien.

—A eso se debe entonces que estés tan acostumbrado a que todo el mundo corra a obedecer tus órdenes.

Él fue hasta una mesa y sirvió un chorro de algo color ámbar en una copa.

—Todos a excepción de ti, claro — dijo.

Ella comprendió que se había equivocado respecto al coñac. Ésa parecía ser su primera copa de la noche. Tal vez él sólo necesitaba fortalecerse cuando ella estaba directamente en su línea de visión. Él pasó una pierna sobre una delicada silla Chippendale, sentándose a horcajadas y movió la copa en dirección a ella.

—¿Te importaría explicarme qué hacías vagando por esta vieja tumba mohosa a medianoche?

Hinata se sentó en un diván frente a él. Los cojines estaban calientes, como si alguien hubiera estado durmiendo sobre ellos.

—Me perdí.

—Cuentas con mi más profunda compasión. — Bebió un sorbo—. Yo vivía perdiéndome en esta casa cuando era niño. En una ocasión acabé en el solárium a medianoche, combatiendo a muerte con una hiedra. A la mañana siguiente Sakura me encontró acurrucado en el suelo, profundamente dormido, con la hiedra todavía enrollada en el cuello.

Aunque su tono no reveló ni el más mínimo asomo de autocompasión, la imagen oprimió el corazón a Hinata.

—Si tu tío estuviera vivo, no habría encontrado jamás el valor para salir de mi habitación. — Se estremeció—. Los perros no me asustaron tanto como su retrato.

—En realidad es un retrato bastante halagador. Siempre he dicho que debió pagarle una cantidad extra al pintor para que no pintara los cuernos ni la cola y lo retratara con un bastón en lugar de su bielda.

—Colijo que no eran muy amigos.

—Ah, éramos tan amigos como pueden serlo dos seres humanos enzarzados en un combate mortal.

—Pero ya no está. Y tú sigues aquí. Eso te hace el vencedor.

Naruto hizo girar el coñac en la copa, con la mirada fija en la lejanía.

—A veces no estoy muy seguro de eso. — Agudizó la mirada, enfocándola en ella—. Pero no has contestado mi pregunta. ¿Cómo es que tu vagabundeo te trajo hasta aquí? ¿A mi habitación?

¿Qué debía decirle? ¿Que echaba de menos su hogar? ¿Que se sentía sola? ¿Que estaba furiosa con él por abandonarla en su noche de bodas?

Él ladeó la cabeza.

—Vamos, cariño. Casi veo a ese inteligente cerebrito tuyo tramando alguna encantadora ficción. ¿Por qué no pruebas a decir la verdad? Estoy seguro que con la práctica se te hará menos doloroso.

Ella se irguió y lo miró fijamente.

—Muy bien. Me cansé de esperar que fueras a mi cama así que decidí salir a buscar la tuya.

Afortunadamente él acababa de beber un trago de licor, por lo que ella tuvo la satisfacción de verlo atragantarse. Él dejó la copa en la alfombra y se frotó los ojos acuosos.

—Continúa. Encuentro muy interesante tu sinceridad.

—Bueno, es tradicional que el esposo visite a su esposa en su noche de bodas. Claro que comprendo que no soy totalmente justa. Dadas las circunstancias tan poco convencionales de nuestro... mmm... noviazgo, supongo que no tengo ningún derecho a esperar un matrimonio convencional.

—Ah, pues yo creo que lo encontrarás muy convencional. En especial si lo comparamos con los de los círculos sociales en los que nos moveremos.

Ella lo miró ceñuda.

—¿Qué quieres decir?

Él se encogió de hombros.

—La naturaleza misma del matrimonio entraña que tiene más éxito cuando se basa en la necesidad.

Hinata se alegró; ya iban llegando a alguna parte. En ese momento no se le ocurría nada que necesitara más que sentir los brazos de él alrededor de ella.

Él cruzó esos brazos alrededor del respaldo de la silla.

—El caballero con título de nobleza cuyo derrochador padre ha disipado la fortuna familiar se casa con la hija de un mercader rico para engordar sus arcas. Una damita que tiene la pasión de jugar a las cartas se busca un caballero de posibles para poder continuar satisfaciendo esa pasión. Un hijo segundo o tercero corteja a una joven de cuna noble que venga equipada con una generosa dote.

La sonrisa de Hinata se desvaneció.

—Pero ¿y el afecto? ¿El cariño? ¿El deseo? — preguntó, tragándose la palabra que más ansiaba decir.

Naruto movió la cabeza con expresión amable, casi compasiva.

—La mayoría de las damas y caballeros de mi círculo de conocidos prefieren buscar esos placeres fuera del matrimonio.

Hinata se quedó en silencio un momento, después se levantó y fue a situarse delante del hogar. Contempló las hipnóticas llamas, sopesando con sumo cuidado sus palabras:

—O sea que te casaste conmigo simplemente porque necesitabas un heredero y yo estaba en posición de darte uno. Y ahora que ya has cumplido tu deber, sólo queda por ver si yo he cumplido el mío.

—Supongo que esa es una acertada manera de expresarlo.

Antes de empezar a girarse ella ya se estaba tirando del lazo del cinturón de la bata. Cuando se giró a mirarlo, la prenda se deslizó por sus hombros y cayó en pliegues sobre el caliente mármol del hogar.

Naruto se tensó; en sus ojos se reflejaban las llamas; Hinata casi se vio reflejada en ellos. Casi vio la luz del fuego derritiendo su camisón transformándolo en un brillante velo que sólo servía para acentuar sus largas y esbeltas piernas, las puntas rosadas de sus pezones, la esquiva mancha más oscura de su entrepierna.

Avanzó hacia él. No tenía experiencia en representar a una tentadora, pero eso no era una representación. Iba muy en serio.

—Puesto que todavía falta por saber si ha tenido éxito tu trabajo, milord, hay quienes, incluso en tu círculo social, podrían acusarte de ser menos que diligente.

Al verla avanzar, Naruto se levantó, y su recelo fue la única barrera que quedó entre ellos.

—¿Qué pretendes hacer, Hinata?

—Mi deber — susurró ella, poniéndole una mano alrededor del cuello para acercar sus labios a los de ella.

Por una seductora fracción de segundo se mezclaron sus alientos, hasta que Naruto emitió un ronco gemido. No quedó ninguna barrera entre ellos. Sólo estaba la lengua de él invadiendo la dulzura de su boca, sus brazos estrechándola fuertemente, su cuerpo amoldado a todas sus curvas y valles, como si se hubiera pasado la mayor parte de su vida memorizándolos.

Cuando lo sintió frotar su miembro contra la blandura de su vientre, Hinata comprendió por qué había puesto tanto cuidado en mantenerla a un brazo de distancia, por qué insistió en ponerla en una suite en el otro extremo del mundo. Su corazón podía no perdonarle jamás el engaño, pero su cuerpo estaba ansioso por ofrecerle el perdón.

Y cualquier otra cosa que ella estuviera dispuesta a aceptar.

Aunque era ella la que debería hacer penitencia, fue él quien se puso de rodillas a sus pies. Tuvo que echar la cabeza atrás al sentir el abrasador calor de su boca amoldada a su pezón sobre la seda de la comisión. Él le lamió el sensible botón y luego sopló suavemente la seda pegada.

Cuando pasó su exquisita atención al otro pecho, el placer vibró como terciopelo líquido por sus terminaciones nerviosas, debilitándole las piernas. Pero él estaba ahí para cogerla, ahí para ahuecar sus fuertes manos en sus nalgas. Él bajó la boca, y la presionó sobre el oscuro triángulo de su entrepierna, en un beso tan chocante como irresistible. Su lengua la saboreó a través de la mojada tela y ella gritó su nombre con una voz que no reconoció como la suya.

Se cogió de sus hombros cuando él la levantó y la llevó a la cama. Ella esperaba que él cayera sobre ella, pero le metió las manos bajo el camisón y le arrastró las caderas hasta el borde mismo de la cama. Después levantó lentamente la seda, dejándola absolutamente al descubierto, absolutamente vulnerable. Pero en lugar se sentirse avergonzada o asustada, se sintió eufórica. Era su marido, y no había nada prohibido ni pecaminoso en las cosas que él deseaba hacerle. Ni en las cosas que ella deseaba que le hiciera.

No parecía un demonio sino un dios pagano allí de pie entre sus piernas a la luz del hogar, sus ojos adormilados brillantes de deseo. Y ella estaba muy bien dispuesta a ofrecerse en sacrificio en su altar de placer. Pero cuando él se arrodilló y puso esa hermosa boca suya en los suaves rizos de su entrepierna, no velados, comprendió, con un estremecimiento de puro placer, que ella era el altar y que era el placer de ella lo que él buscaba. Y que sabía exactamente dónde encontrarlo.

Se arqueó, separándose de la cama, cuando las ardientes lamidas la elevaron más y más. Él podía ser un demonio, pero su experta boca la estaba haciendo saborear el cielo. Se retorció, gimiendo y tirándole el pelo cuando un movimiento particularmente diabólico de su lengua la llevó volando al paraíso. En lugar de intentar apagar su grito, él lo hizo continuar y continuar introduciendo dos de sus largos y aristocráticos dedos hasta lo más profundo de ella.

Cuando él se incorporó, Hinata sólo pudo contemplarlo maravillada, fláccida y saciada, pero todavía jadeante de deseo. Los sorprendió a los dos siendo la primera en llegar a los botones del pantalón aún no desabotonados. Libre, el móvil miembro saltó de su dorado nido de rizos, asombrándola nuevamente.

—Sé que anoche estaba oscura mi habitación, pero... ¿quieres decir que...? — Movió la cabeza, mirándolo incrédula—. Seguro que yo no podría haber... No pude haber...

—Pues sí. Y con mucha habilidad podría añadir. — Se estremeció, haciendo una inspiración entrecortada con los dientes apretados porque ella pasó los dedos a todo lo largo—. Pero si no me crees, supongo que hay una sola manera de demostrártelo.

Y se lo demostró, ahuecando las manos en sus nalgas y levantándoselas para que los dos pudieran ver desaparecer dentro de ella hasta la última pulgada de su miembro. Hinata ahogó una exclamación cuando la llenó hasta el fondo; todavía tenía un poco delicada esa parte por la experiencia de la noche anterior, y eso la hizo exquisitamente sensible a todo el movimiento. Ya empezaba a estremecérsele el corazón al ritmo de la vibración primitiva que latía en el lugar donde se unían sus cuerpos. La modestia exigía que cerrara los ojos, pero no pudo apartar la mirada de su hermosa cara, tensa de avidez y dorada por una leve capa de sudor.

El potente cuerpo de él temblaba de necesidad, pero se controló, mirándola intensamente a los ojos.

—¿Quién soy?

—Mi marido — susurró ella, indecisa, levantando una mano para acariciarle el pecho.

Él salió totalmente de ella y volvió a penetrarla, tan profundo que ella comprendió que él sería siempre una parte de ella.

—¿Quién soy, Hinata? ¿A quién te estás entregando? ¿Quién te está poseyendo?

En su cara había una fiera urgencia, como si todo lo que era y todo lo que sería dependiera de su respuesta.

—Naruto — sollozó ella, llamándolo por su nombre de pila por primera vez desde que se conocían. Giró la cara hacia un lado, las lágrimas corriéndole por las mejillas—. Oh, Naruto...

Enterró las uñas en la colcha de satén cuando él empezó a embestir fuerte y profundo, salvaje y tierno, llevándola hacia un lugar donde sólo él podía llevarla. Cuando llegó allí, estaban los dos medio locos de placer. Cuando la arrastró una vibrante marejada de éxtasis, arrasando con todo a su paso, Naruto se tensó y echó atrás la cabeza con un rugido, derramando su néctar en lo profundo del cáliz de su vientre.

Naruto estaba de costado con la cabeza apoyada en una mano, mirando dormir a su esposa y pensando cómo era posible que una mujer pudiera verse tan inocente y lasciva al mismo tiempo. Estaba despatarrada boca abajo sobre las sábanas arrugadas, con la mejilla apoyada en la almohada y las manos cerradas flojamente a cada lado de la cabeza. Él la había tapado con la colcha para protegerla del frío, pero el resbaladizo satén se había deslizado hacia abajo dejándole al descubierto la graciosa curva de la espalda y una redondeada nalga blanca cremosa.

No podía culparla por haber sucumbido al agotamiento. Había dormido muy poco esas dos noches pasadas. Él se había encargado de eso.

Movió la cabeza, todavía maravillado de que ella hubiera tenido la osadía de salir a buscarlo. Fuera de la cama podía ser una astuta mentirosilla, pero dentro estaba absolutamente desprovista de todo artificio. Y a diferencia de muchas de las mujeres más experimentadas que conocía, no hacía ningún secreto del hecho de que su pasión era sólo para él. Quién demonios fuera él.

Se bajó de la cama y se puso los pantalones. Sirvió un generoso chorro de coñac en una copa, pero ni siquiera su ardor logró quemar del todo el sabor de ella en su boca.

Desde el momento en que puso los pies en esa casa, hacía veintiún años, Naruto Namikaze había sabido exactamente quién era y lo que se esperaba de él. Hasta que entró en su vida Hinata Hyuga con un montón de mentiras y medias verdades, destrozando todas las ilusiones que se hacía de sí mismo. En esos momentos se sentía más un desconocido en su piel que lo que se sintiera en Konoha Manor como un hombre sin memoria.

Cuando se enteró del engaño de Hinata creyó que podría sencillamente volver a ser el hombre que era antes de que ella derribara el helado muro de indiferencia que rodeaba su corazón. Pero ese hombre no habría sido jamás tan tonto para dejarla volver a sus brazos, ni a su cama.

Tampoco la habría obligado a quedarse a su lado simplemente porque no soportaba la idea de dejarla marchar. Tal vez Sakura tenía razón, tal vez no fue la conveniencia lo que lo impulsó a proponerle matrimonio sino un retorcido deseo de venganza. Pero eso no explicaba la amorosa ternura de su caricia cuando se inclinó a quitarle un mechón de la mejilla.

No deseaba otra cosa que meter la mano bajo la colcha y acariciarla hasta hacerla ronronear de placer otra vez. Pero, controlándose, la cogió en sus brazos, con colcha y todo y echó a andar hacia la puerta.

—Mmm — murmuró ella, rodeándole confiadamente el cuello con los brazos, sin molestarse en abrir los ojos—. ¿Adónde me llevas?

—A la cama — susurró él, metiendo la boca entre sus suaves cabellos olor a lavanda.

Al parecer ella no encontró nada que alegar a eso, porque se limitó a acurrucarse más en sus brazos, y apoyó la mejilla en su pecho.

Hinata despertó igual como despertara la mañana anterior, sola en su cama sin la más mínima prenda de ropa encima. Se sentó, sujetándose la sábana sobre los pechos y pensando si no se habría vuelto loca. Arrastrándose de rodillas hasta el borde de la cama, asomó la cabeza por entre las cortinas. Aunque unos pocos rayos de sol desafiaban valientemente la imponente grandiosidad de las ventanas con parteluz, la suite de la duquesa no estaba ni un ápice más acogedora que durante la tormenta de lluvia.

Se sentó sobre los talones, dudando de su cordura. ¿Su encuentro nocturno con su marido sólo había sido un largo y delicioso sueño? Cerró los ojos y al instante vio una imagen de ella y Naruto arrodillados sobre un nido de satén azul medianoche delante de un espejo dorado de cuerpo entero. Él la tenía envuelta en sus brazos desde atrás, instándola a mirarse en el espejo, para que viera lo hermosa que era. Cogiéndole suavemente un pecho, bajó la otra mano por el blanco plano de su vientre, y ella vio entrar en ella sus largos y elegantes dedos, hipnotizada por el contraste entre la fuerza exploradora de él y la complaciente blandura de ella.

No era ella la hermosa. Los dos juntos sí eran hermosos.

Después, cuando él le besó tiernamente la garganta y la penetró desde atrás...

Ahogando una exclamación, abrió los ojos. Su imaginación siempre había sido fructífera, pero no tanto como para «imaginarse» eso.

Se apartó la sábana y se miró. Aparte de la notoria ausencia de su camisón, había otras señales más sutiles de la posesión de Naruto: la deliciosa languidez de sus músculos, los pezones rosados y sensibles, una tenue marca de roce de barba en el interior del muslo.

Exhaló un suspiro cuando desfilaron otras imágenes por su mente, cada cual más erótica que la anterior. Después de esa noche nadie podría acusar al duque de Uzushiogakure de no ser diligente en sus deberes. Si no estaba ya embarazada de su heredero, no sería por falta de empeño por parte de él. Ni por parte de ella, pensó, sintiendo arder las mejillas al recordar su osadía.

Tal vez debería agradecer el no haber despertado en los brazos de Naruto. Igual se habría puesto a tartamudear, toda ruborizada, soltando todo tipo de confesiones indecorosas. Así, antes de verlo tendría la oportunidad de vestirse con la dignidad conveniente a una duquesa.

Envolviéndose en la sábana, bajó de la cama, pero se le vino al suelo la majestuosidad al enredársele un pie en la cortina. Estaba saltando en el otro tratando de liberarse, cuando sonó un golpe en la puerta.

Antes que pudiera volver a meterse en la cama, la puerta se abrió y entró una criada con paso enérgico.

—Buenos días, excelencia. Lady Sakura me envía a informarla de que llegaron sus baúles de Konoha Manor.

La criada se quedó inmóvil al verla. Hinata tuvo que reconocerle el mérito: ni siquiera pestañeó al verla desnuda, sobre un solo pie, y ataviada con una arrugada sábana.

—Y justo a tiempo, ya veo — añadió la criada.

Después de varias orientaciones contradictorias ofrecidas por bien intencionadas camareras, tres virajes equivocados y veinte minutos vagando por un laberinto de salas conectadas, Hinata encontró por fin el comedor. Su marido estaba sentado a la cabecera de una mesa de por lo menos treinta palmos de largo, firmemente atrincherado detrás del Morning Post.

Sakura estaba sentada más o menos a la mitad de la mesa, bebiendo té en una delicada taza de porcelana Wedgwood. El único otro lugar dispuesto para desayunar estaba en la otra cabecera de la mesa. Estaba considerando seriamente la posibilidad de hacer caso omiso del protocolo y sentarse cerca de Naruto, cuando se materializó un lacayo, como salido de la nada, y le retiró la silla.

Se sentó, agradeciéndole con una leve sonrisa. Mientras él iba al aparador a servirle un plato, miró la reluciente extensión de caoba, sintiéndose invisible.

—Buenos días — dijo en voz alta, resistiendo a duras penas el deseo de hacerse bocina con las manos y gritar «¡Hooola!», como habría hecho Neji sin lugar a dudas.

Sakura musitó algo evasivo. Naruto dio vuelta a la página, sin levantar la vista.

—Buenos días, Hinata. Espero que hayas descansado bien.

Así que así iba a ser, ¿eh? Sonrió dulcemente.

—Uy, sí, muy bien. Por cierto, no logro recordar la última vez que dormí tan bien, un sueño profundo y maravillosamente satisfactorio.

Su plato se soltó de las manos enguantadas del lacayo y aterrizó delante de ella con un tintineo. Sakura se atragantó con el té y se tocó la boca con su servilleta.

Mientras el criado se retiraba a toda prisa, Naruto bajó lentamente el diario, y le dirigió una mirada que tendría que haber derretido las preciosas rosetas de mantequilla de su plato. Después dobló el diario en un cuadrado perfecto, se lo metió bajo el brazo y se levantó:

—Estoy encantado de que hayas encontrado de tu gusto tus habitaciones. Ahora, señoras, si tienen la amabilidad de disculparme...

—¿Vas a Hyde Park a cabalgar con Sasuke? — le preguntó Sakura, toda su atención concentrada en extender mermelada en una tostada. Naruto negó con la cabeza.

—Tengo pensado pasar el día en el estudio, revisando nuestras propiedades y cuentas. Ya he eludido mis responsabilidades demasiado tiempo. — Dio una palmadita a Sakura en el hombro—. Ahora que he vuelto para quedarme, no habrá ninguna necesidad de que sigas molestándote con esos pesados libros y aburridas columnas de números. ¿Por qué no llevas a Hinata a comprarse un guardarropas adecuado?

Hinata observó que aunque Sakura le ofreció la mejilla para que él le diera un obediente beso rápido, no parecía más feliz que ella por su indiferencia.

Esperó hasta que él ya casi estaba en la puerta para preguntarle:—¿No tienes un beso para tu esposa, cariño?

Él giró sobre sus talones, con la boca fruncida. Cuando se inclinó a besarle la mejilla, ella ladeó la cara para que el beso cayera en la comisura de su boca.

Oyó su brusca inspiración, vio bajar sus pestañas para ocultar el brillo de sus ojos. Pero cuando se enderezó, su actitud era tan formal como siempre.

—Buenos días, milady.

Después que él salió, Hinata bajó su taza.

—No le gusta que jueguen con él, ¿sabe? Está jugando un juego peligroso.

Hinata hincó el diente en una tajada de pastel de ciruelas caliente, sorprendida al descubrir que de pronto tenía un hambre canina.

—Eso lo sé muy bien — repuso—. Pero espero que sus recompensas superen con mucho sus riesgos.

.

.

Continuará...


Me alegra mucho que disfruten la historia, espero terminar hoy, aunque como hay que esperar entre capítulos de a 30 minutos pero ojala que si
saludos cuídense