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Epílogo
Jamás saldré de este mundo de enfermos.
Himuro-san superó la catatonia al segundo mes. Siguió terapias dentro de prisión. No compartimos local, solo lo veía en las sesiones. Me rozó una vez el brazo y luego me ignoró hasta el último día que me senté en esas bancas del juzgado. Lo noté enojado. Intenté conversar con él entre aberturas, pero nunca me ligó. Pasaba de largo.
Shōgo testificó a mi favor días antes que dictaran las sentencias.
Presentó una serie de grabaciones mías siendo torturado en el hotel de sumisión. Remoré mi iniciación allí. Cómo intenté huir, cómo le rogué a Himuro-san. Las cintas más consistentes fueron mi periodo en manos de Hanamiya. Shōgo también se defendió con esos videos. Éramos secuestrados y si chismeábamos algo, nuestra vida hubiese corrido peligro. Fue solo defensa propia. Fue ese deseo maldito de permanecer vivo sea al coste que sea.
Mi abogado mencionó la muerte de mi hermana como prueba.
Fui perdonado.
El juez dictó mi liberación después de cinco meses encerrado. Pensé que comenzaría una nueva vida, pero todo se fue a la mierda el mismo día que salí de prisión. Nada es gratis y mi liberación tiene un coste muy alto.
Siempre estuve rodeado de desquiciados sexuales.
Y Shōgo tenía órdenes del diablo.
—Me estás jodiendo, ¿verdad? —le pregunté. Shōgo no se movió, se apoyó más empeñoso en la puerta—. ¿Qué pretende? No me puedo quedar encerrado en su casa hasta que salga. Habla con Himuro-san, e-es… ¡es enfermo!
—En eso estamos de acuerdo, perra, y aclaremos algo, yo no tengo nada en tu contra —me avisó menos hosco, incluso tan cansado como yo de no poder liberarme de esos tipos—. Después de ser juguete sexual de un cabro, no está en mi lista de caprichos pasarme años cuidándote el culo otra vez. Esto me jode tanto como a ti.
—¿Otra vez?
—¿Qué crees que hacía en tu facultad? ¿Turistear? —me preguntó irónico—. ¿Crees que quería ligar con hembras ansiosas de un gran futuro cuando en discotecas te encuentras perras en celo? No seas iluso, cabro.
—No me digas cabro —le pedí con los dientes apretados.
—Sí, sí, mira, aquí tienes dos opciones: o vivir un infierno o relajar las piernas. Vas a pasar conmigo muchos años y caerme mal es lo más estúpido que puedes hacer. Piénsalo. Aprende la lección de una puta vez —me dijo.
No volvió a pararse delante de una puerta y yo no volví a intentar romperla.
Himuro-san fue sentenciado a 12 años de prisión efectiva por el homicidio doloso de Kise Ryōta, por el homicidio involuntario de Hayama Kotarō y por encubrimiento de los negocios ilícitos de Midorima Shintarō.
Ya casi se cumple un año y tengo que admitir que mi simpatía con mi padrino inconscientemente era un vínculo.
Estoy tan enfermo como él.
No pude con el síndrome de abstinencia, no pude regresar a la normalidad.
No lo contemplé. Comencé recordando los insultos, complaciéndome en prisión con los recuerdos. Me masturbé muchas noches. Quise negarme que me gustaba, pero no. Me excita remorar sus castigos, su voz, su mirada llena de lujuria sobre mí. Quiero tanto que salga de esa cárcel y venga a la casa. Me estoy convirtiendo en uno de ellos. He llegado al punto de rogarle a Shōgo que me maltrate. Se ríe de mí la mayoría del tiempo, a veces me complace y me tiende en la cama. Me pega una follada que no me levanto al siguiente día. A veces fantaseo con que venga a explotarme más, que me arrastre. Quiero ser su esclavo. Es el goce, el morbo. No sé qué mierda es.
He cruzado límites desde que salí de la casa de mis padres.
Me llené de orgasmos durante mi entrenamiento que ya no puedo vivir sin sentirme así, un pedazo de carne para otro. Me faltan once años. Shōgo parece no agradarle tanto el papel de amo las 24 horas, así que tomé medidas.
—Véndeme a tus amigos —le dije ayer. Lo descoloqué, pero no podía con mis ganas—. Aquí en la casa… puedes ganar dinero conmigo. Por favor… no sabes lo que siento por dentro… puedo ser una fuente de ingresos.
F/N: Saludos y gracias por seguir esta historia~.
