Día ocho: "Se aferra a un fragmento de una amistad que pende de un hilo."
Adrien y Chloé.
Apretó sus puños con impotencia, mordiéndose los labios para concentrar el dolor en otra parte, además de en su pecho. Suspiró, liberando las ganas de llorar en un gesto de indiferencia. Le dio la espalda a la escena que evocaba a su tristeza, dirigiéndose a su salón de clases, seguida por Sabrina.
Aunque, honestamente, quería estar sola.
Había pensado en su regalo al menos por tres meses, para que en cuestión de quince segundos, sea opacado por el de la panadera, el falso DJ, y esa otra gente. Para ser justos, ¿cuánto tiempo ellos habrían pasado ideando un presente para Adrien; una semana, un día anterior? ¡Ella le llevó meses pensar en qué le podría gustar! Y aun así…
Chloé no lloraba, ni mostraba signo de tristeza ante los demás, aunque la estuviera criticando todo París. Incluso cuando se popularizó una encuesta de las personas más odiadas en su escuela y ella se llevó el primer lugar, no manifestó ni un ápice de molestia. Pero cuando se trataba de Adrien, era otro tema totalmente diferente: le afectaba tanto que le costaba mantener su imagen.
Cuando se hablaba de ella, no le importaba en lo más mínimo, ¡que dijeran lo más ingenioso que sus cabecitas pudieran inventar! Y eso era porque la opinión de una única persona le importaba: Adrien Agreste. No, no gustaba de él, por más que eso demostrara sus actitudes. No podría ver a su rubio amigo más que a un hermano, pero, ella misma se había encargado de formar esa creencia de que la hija del alcalde tenía un flechazo por el modelo.
Así sería más fácil protegerlo. Chloé sabía muy bien lo que son las personas interesadas por el poder, dinero, fama. También conocía lo amable e inocente que era su amigo, quien nunca desconfiaría de las personas. Pero teniendo un poderoso escudo como lo era una niña mimada, rica e intocable, nadie podría aprovecharse de Adrien.
Sin embargo, había una pequeña grieta en su perfecto plan: él ya no la necesitaba. La rubia lo sabía hace tiempo, aunque tenía la esperanza de que fuera solo una de sus tantas alocadas teorías (como aquella de que Marinette es parecida a Ladybug. ¡Ja, estúpido! ¿No?).
Lo cierto era que, el Adrien Agreste de su memoria, se había desvanecido como arena en sus dedos. Cuando lo miraba, ya no existía rastro de aquel niño solitario, inseguro y débil, que necesitaba a su flamante caballero de hebras doradas y de chillona voz. Chloé se aferraba fervientemente al recuerdo, al tiempo donde el de ojos verdes tenía plena fe en ella, como amiga, hermana, protectora… como persona.
La estridente campana la arrojó a la realidad, indicando el receso. La rubia recompuso su expresión, antes de que su pelirroja amiga llegara a preguntarle. Se preparaba para salir del salón, cuando la conversación de Adrien con sus amigos, llegó a sus oídos.
—No lo sé, chicos, mi padre… —divagó. No fue necesaria que completara la frase; era de conocimiento común el cuento —. Gracias, de todos modos.
Y así, salió del salón, con una expresión de pena en el rostro. Aquella que Chloé había visto muchas veces.
—¡No es justo, es su cumpleaños! ¿Cómo es que un padre prohíbe a su amado hijo ser feliz en el día que nació? —se quejó la panadera. Bueno, en eso coincidía (por lógica) con ella.
—Pobre Adrien, ni siquiera él puede convencer a Gabriel Agreste, siendo su hijo, no sé cómo haremos nosotros —sentenció Nino, frustrado.
—No hay que rendirnos, ¿sí? —dijo Alya —Por Adrien.
Cuando ellos dejaron el salón, Chloé no se movió de su asiento. Sabrina preguntaría, pero ella, sin prestar atención, le pidió que la dejara sola. Tenía que pensar, otra vez.
«Por Adrien» repitió en su cabeza las palabras de la castaña. Tenía el sentimiento palpitante de lo qué debía hacer, pero los nervios le provocaba que se comiera el interior de su mejilla e hiciera muecas.
Agradecía de estar sola, sino sería un meme.
Suspiró, llenando sus pulmones de valentía. Alzó su celular y marcó el contacto, sin mirar, para no arrepentirse.
Ya hace tiempo que había caído de la gracia de Gabriel Agreste, pero, si como ella, él también se sujetaba al menos un poco (una pizca, por favor) al pasado, podría funcionar.
—Buenos días, Chloé Bourgeois, ¿a qué se debe su llamada?
«Por Adrien» se dijo.
.
Al día siguiente, Chloé se bajó de su limusina, en dirección a la entrada del colegio, cuando alguien tomó su mano. Se volteó, con una cara de mala leche, dispuesta a destrozar a quien se hubiera atrevido a tocarla así, pero su expresión se relajó al ver a Adrien.
—Ayer no pude darte las gracias por tu regalo —le dijo él, con una sonrisa amable.
—Oh, eso. No es nada, querido —respondió la rubia. Ante el silencio de su amigo, agregó —Feliz cumpleaños, ¿qué tal lo pasaste?
El rostro del chico se iluminó, una enorme sonrisa rebosante de emoción y felicidad se instaló entre sus mejillas. El corazón de Chloé se achicó, recordando que ese tipo de sonrisas la recibía casi siempre, en el pasado. Ella hizo un pequeño gesto, con tanta dulzura, alzando la comisura de sus labios, embarcándose en un viaje entre el pasado y el presente.
—¡Fue asombroso! —exclamó Adrien —. Lo mejor y más raro es que papá me dio permiso para salir con los chicos.
—¿Ah, sí? ¡Mira qué extraño, no vaya estallar el universo! —dijo ella, irónica, haciendo reír al rubio. Lo cierto es que Chloé sabía por qué Gabriel de repente, sin aparente razón, se ablandó por una tarde.
Pero prefería no decírselo, así como ella se lo pidió al famoso diseñador. Quería que fuera una sorpresa, aunque Adrien nunca supiera de parte de quién.
Chloé lo miró desde lo lejos, mientras él se dirigía a sus amigos, que lo habían reconocido. La chica apretó sus manos, hechas un puño, contra su pecho, y se aguantó las lágrimas.
«Por Adrien» se dijo.
.
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No estoy llorando, lo juro, es que alguien dejó cebollas por acá. ¿Cómo es qué Chloé puede provocar tantas emociones en mi? ¿Ya ven por qué es mi fav?
Quería hacer un drabble, pero me dejé llevar y nO me arrepiento, yes.
