Capítulo XXXI: Robado

-Ha sido un largo día. Acampemos y volvamos a buscar al amanecer.

Habían regresado al Reino de Tierra, a una cantina de mala muerte buscando ayuda de June, una caza recompensa experta y muy ruda. Tenía una criatura en la que montaba que era tan letal como ella de hermosa. Y no había comparación en el mundo para el olfato de los shurshu. Eran las criaturas por excelencia en el rastreo sea por cielo, mar o tierra.

Pero aún con todas esas ventajas, no había logrado encontrar a Aang. Por lo que, cambiando de planes, Zuko tuvo la grandiosa idea de rastrear en su lugar a Iroh, su querido y poco valorado tío. Él era el único que podría ayudarlos con la delicada situación en la que se encontraban.

Nadie lo exteriorizó esa noche cuando yacían alrededor de la fogata esperando que el sueño les permitiera descansar antes de continuar en la búsqueda del familiar de Zuko, pero todos sentían que su destino pendía de un hilo. Había algo en el aire, se sentía todo casi surrealista y la atmósfera estaba mutando a lo que describirían como expectación.

Después de que Nayla se detuviera nerviosa y bruscamente tras tratar de cavar ineficazmente lo que indicaba ser la entrada a Ba Sing Se, June no les dijo más que un par de palabras antes de marcharse de ahí, dejándolos solos con su desconcierto:

-Tú tío está en algún lugar detrás del muro, Nayla está muy inquieta, no puede estar lejos. Buena suerte.

Fue la merienda más triste que habían compartido todos. Pero tampoco nadie lo expresó. La incertidumbre del paradero de Aang, del destino de ellos y del mundo, los abatía en su interior como el pulso del corazón de un sentenciado que conoce su final.

Katara fue la que menos probó bocado. Y su hermano Sokka lo notó.

-No te devanes tanto los sesos –le había dicho con un dejo de falsa tranquilidad-, lo encontraremos. Y ganaremos. Así de fácil. Ve a dormir, hermanita.

Y aunque ella asintió sólo para que él continuara con su propio plan de ir a dormir, Katara no se sentía tan positiva. Ni siquiera podía fingirlo como su hermano. Su estómago cerrado y la boca seca eran signos ya conocidos por ella que le indicaban que su cuerpo estaba preparándose para una crisis. Y una grave. Quizá la más crítica de todas.

Toph fue la siguiente en abandonar el calor del fuego para buscar refugio bajo el simple techo que se había construido con su elemento.

Suki le dijo algunas palabras que la maestra agua entre la maraña de pensamientos que corrían por su cabeza, interpretó como señas para que fuera a descansar. Le hizo caso sólo para no preocuparla más. Se levantó y la siguió hacia Appa, quien dormía plácidamente con Sokka sobre su cola sin síntoma de molestia e incomodidad.

-Todo saldrá bien. –Le dijo Suki cuando la dejó recostada sobre el pelaje grueso y abrigado de una de las gigantescas patas del bisonte volador.

-¿Cómo lo sabes? –No pudo evitar inquirir Katara, dejando que su incredulidad amargara el intento de su amiga por tranquilizarla.

-Aún sin Aang somos bastante poderosos.

-Pero estamos solos. –Lo había dicho. Katara por fin había sonorizando lo que ocupaba su mente absorbiendo su esperanza. Todo recaía sobre ellos, todo dependía de ellos y ni siquiera estaban completos...

-No lo siento así –refutó Suki con firmeza- sé de alguna forma, que no estamos solos, que tenemos apoyo. Y que Aang volverá.

Se miraron fijamente y la maestra agua hizo el gran intento de tragar el nudo de su garganta para regalarle un débil movimiento de labios que forzó parecer una sonrisa.

Cuando Suki la dejó sola, Katara apoyó la cabeza en el pelaje suave de Appa, y se dejó llevar por la marea de su pensamiento. Aang regresaría. En la siguiente hora los encontraría aún en el cielo... él llegaría a ellos.

Aang no podría haberlos abandonado... ¿verdad? No por segunda vez.

Katara se hizo un ovillo en el lugar, sintiéndose inmediatamente culpable tras haber juzgado al joven calvo por lo acontecido la primera vez hacia cien años cuando le dieron la noticia de que sería el próximo avatar.

Cerró los ojos y esperó pacientemente que el sueño llegara a su encuentro.

-¿Puedo dormir acá?

La muchacha abrió los ojos sin dificultad y alzó la vista. Se desembarazó rápidamente del infantil ovillo que había creado en sus ansias de desesperación y olvido. Asintió con la cabeza tras fijar la mirada en Zuko por una brevedad de segundos. Los flancos de Appa eran lo suficientemente abrigados para albergar a dos personas, pero no lo extremadamente anchos, por lo que se preguntó por qué él no había elegido dormir al otro lado derecho.

Tampoco tenía motivo para negarle el permiso a que durmiera en el mismo que ella. Y si lo hubiera tenido, incluso dudaba de que su respuesta difiriera.

Zuko dejó caer su cuerpo con despreocupación al otro lado la muchacha, respetando treinta centímetros de distancia adecuados al pudor.

Minutos transcurrieron y el silencio se rompió.

-¿No puedes dormir?

Katara no esperaba que realmente él siguiera con la conversación una vez acostado, pero se alegró que lo hiciera pues no tenía sueño y sí muchas ganas de compartir sus miedos.

-Aang...

Si tal nombre dicho sin mala intención hirió en algún grado a Zuko, Katara nunca pudo saberlo, pues él sólo asintió con la cabeza:

-Él está bien. Es el avatar, lo logrará.

-¿Y-y si no llega?

Katara no podía ocultar mirarlo con ansiedad, nerviosa al futuro aciago.

-Aang llegará. De eso no hay dudas.

Pero Katara aún no entendía por qué le costaba tanto convencerse de eso. De que él regresaría. A salvarlos a todos. Y a ella también.

Aunque no lo mereciese.

-¿Qué pasa?

Ella sólo negó con la cabeza, tratando de transmitirle que no era nada de importancia.

Quería velarle su tristeza, su culpabilidad. Porque sí, ella se sentía altamente culpable. Había ignorado los sentimientos de Aang olímpicamente, y aún después de haber besado a otro chico, no había tenido la suficiente valentía de hablarle con la verdad.

Dios, qué complejidad la suya.

-Temo que Aang... -empezó a decir Katara, pero se interrumpió bruscamente cuando los ojos se le llenaron de lágrimas. Tras carraspear un par de veces, continuó- temo que no quiera regresar.

El silencio que luego los llenó, produjo que la morena se sintiera avergonzada por el momento de flaqueza. Aunque no había llorado, había estado a punto y él la había visto así.

Y no la había consolado.

Tampoco es que lo necesitara, se convenció con aplomo. Sólo estaba un poco sensible porque se aproximaba el gran encuentro con Ozai y los nervios y la preocupación le jugaban en contra. Para qué mencionar lo tensos que estaban sus nervios. La zona alrededor de su cuello y hombros estaba dura al tacto, fue lo que descubrió antes de ir a dormir, cuando se refrescaba en un arroyo cercano.

Una lágrima indómita, no obstante, logró colarse de su control y se deslizó con lentitud por el costado de su mejilla. Katara la secó de inmediato con el dorso, simulando sacarse un cabello inexistente de la cara.

Nunca se había sentido así de susceptible antes de un enfrentamiento. No era consuetudinario en ella estar al borde de las lágrimas tan sólo al hablar de lo que sentía.

-Estamos casi en la recta final –Zuko habló desde su lugar, contemplándola con atención. La oscuridad de la noche apenas le permitía distinguir la mirada del chico, y Katara tuvo que hacer un esfuerzo para acercarse y descubrir sus ojos aún desde una distancia prudente. - En un día estaremos peleando contra Ozai y sus soldados, y quizá sea lo último que hagamos.

Su corazón saltó y lo sintió caer hasta su estómago. Sin entender el punto, la muchacha abrió la boca para interrumpirlo, pero él continuó:

-O quizá no. Sea cual sea el resultado, es el último combate, y lo peor de enfrentarse a la Nación del Fuego, es el momento previo, esa incertidumbre disfrazada de falsa calma. Estoy seguro que Aang sabe eso, y no se habría ido si no tuviera un motivo imperativo para hacerlo.

Katara recibió esas palabras en silencio. Suspiró y asintió con la cabeza, esperando que entre las sombras él entendiera su gesto.

-No pensé que... -Zuko siguió hablando pese a que ella había creído que había terminado de hacerlo- estarías tan desolada por su ausencia.

Nunca fue dicho como un juicio, pero Katara se sintió a la defensiva:

-¡No me siento desolada! –Exclamó con exabrupto, y tuvo que bajar la voz inmediatamente para no despertar al resto que dormía a metros de ellos. El suave ronquido de su hermano que el aire transportó hacia ella la alivió.

Había visto a Zuko abrir los ojos por la sorpresa de su vehemencia, y se vio obligada a argumentarle:

-Es sólo que no sé si lo veré de nuevo, y me arrepiento por las cosas que no le dije... -Fue bajando la voz hasta hacerla desaparecer en un susurro.

-¿Te refieres a... corresponderle?

La pregunta provocó una ola de rubor que la acaloró con velocidad. ¡Por Agni! ¿Cómo sabía él...?

-¿No te parece que es un poco raro que estemos hablando de esto? –Le preguntó la maestra agua en lugar de responder. Dejó soltar una risita porque era comiquísima la escena.

-Un poco –rió él en voz baja-, pero tengo curiosidad por saber la otra parte.

Katara entonces se enteró de la vez en que Aang tan disperso en ella, que no logró concentrarse en uno de las prácticas de fuego control con Zuko, y terminó alabándola.

-¿Por qué te preguntó Aang si yo te gustaba? –Katara lo miraba enrojecida y agradecida del cielo nocturno ausente de luna. No quería que él se percatara de lo profundamente avergonzada que se sentía en ese momento, y menos de todo el calor que emanaba su febril rostro.

-Porque primero le negué que tú gustabas de mí cuando me preguntó. –Le respondió él con voz queda.

Sintieron a Suki toser al otro lado de Appa, y se lanzaron miradas de alerta en silencio.

La maestra agua hizo uso de todo su valor, y ladeando la cabeza con ligereza tal cual un colibrí, susurró cuando después de escuchar la lenta respiración, Suki volvía a su sueño apacible:

-¿Y crees que mentiste?

Su voz sonó baja y seductora en el susurro, y se congratuló por la adrenalina del momento. Su corazón aleteaba en un palpitar placentero.

-Le mentí a Aang, francamente –murmuró Zuko-, negué que me gustabas en ese entonces.

¿En ese entonces? ¿Eso significaba que era diferente en el presente?

-¿T-te gusto ahora? –Preguntó asiéndose a lo último de valentía que sabía que tendría.

Pudo preguntarle por qué lo había hecho, en vez de interrogarle y arrojarlo al borde para que hablara de expresar su actual sentimiento amoroso.

Él pareció sorprendido por su audacia, e intentó disimular que le hacía gracia:

-Me gustas mucho más que antes. –Dijo con la voz grave, sin prisa ni titubeo.

De pronto ella sintió que los treinta centímetros que los separaba se hacían mucho menos, pues sentía su calor, sentía el calor que él emanaba, y estaba segura que a él le ocurría lo mismo. De repente estaban demasiado conscientes de sus cuerpos.

Si pensó alguna vez que la tensión entre ellos había cesado, ahora había vuelto en venganza para remarcarle que estaba de vuelta más cruenta, potente y extrema.

-Admiro tu facilidad de confesar sentimientos –Retrucó ella, eludiendo el deber de una respuesta más apropiada.

Zuko sonrió ladino:

-Y yo admiro tu capacidad de simular que no te estás quemando.

Y para corroborar sus palabras, él alzó el brazo siempre con suavidad para no sobresaltarla, y lentamente acercó la mano a su mejilla para tocarla por los segundos más ingratamente sucintos de su vida. La piel femenina ardía constante bajo el efímero tacto, y ella pudo agradecer que no pudiera detectar cómo su corazón se sacudía de placer y nerviosismo.

Tensión. ¿Cómo pensó que ya no estaba entre los dos? Se paseaba entre ellos, acunándolos mientras los hacía acercarse de a poco, de forma inconsciente.

-Reconocer lo que sienta por ti no es mi problema real, ¿sabes?, es Aang. Siempre es él. –Replicó ella, sincera.

-No siempre. No en este momento.

Katara soltó una risilla, incrédula.

-¿Qué sientes por mí? –Quiso saber Zuko, mientras su mirada la hacía sentir expuesta y sin barreras.

Volvió a acariciarle el rostro, y ella aspiró para calmarse. Iba a darle una respuesta inteligente cuando cambió de parecer al segundo después.

Basta de juegos, se dijo.

-Me está costando mucho convencerme de que sólo es producto de mis hormonas.

-¿Debo parar de tocarte para aclarar tu mente? –Preguntó él, en un tono juguetón que más bien rayaba en lo seductor.

Katara sintió que se derretía. ¿Desde cuándo era tan débil a su voz? Sólo le estaba hablando bajito, y era por necesidad, no porque quisiera incitarla...

O excitarla.

-No me molesta lo que estás haciendo ahora –Murmuró la chica, con los ojos azules abiertos brillando de deseo.

Zuko entonces interpretó esa mirada como un permiso especial, y bajando su mano derecha por el delicado rostro, acarició los labios con sutileza. Ella sintió un fogonazo, y separó los labios para dar paso a su lengua, que dejó deslizar con lentitud sensual alrededor de la punta de su dedo índice.

El príncipe aspiró aire súbitamente, conteniendo su respiración. El deseo se arremolinaba en él, y tuvo que alejar esa mano que tanto placer le estaba dando de su boca, para evitar una molesta erección.

-¿Esas son tus hormonas hablando? –Inquirió Zuko, roncamente.

Deslizó como siempre con suavidad, sus dedos por el cuello de ella, dejándole rastros de su propia boca.

Tomó conciencia de su respiración agitada, que acompasaba la propia, y deseó romper esa poca distancia que se alzaba con hidalguía.

-Me gusta lo que haces –Le dijo ella en su lugar, osada y en un susurro que lo prendió.

Había electricidad en ese momento robado de la noche, y alejados sólo por docenas de centímetros, ambos se miraron llenos de ávida cercanía.

Un poco más lejos, se escuchaban los ronquidos de Sokka y el suave silbido de Toph al exhalar aire, más la brisa que susurraba dulcemente.

-¿Estás jugando? –Zuko preguntó, mientras su mano terminaba de prodigarle una caricia hormigueante sobre la clavícula.

Katara se sintió abrumada por la profunda realidad de las cosas. Si los descubrían estarían muertos.

Pero no sería así en realidad. Era una hipérbole insultante. Estarían muertos en las próximas horas tras enfrentarse a la Nación del Fuego, quizás.

En perspectiva, no eran tan terribles sus acciones si terminaban siendo las últimas de su existencia.

Katara entonces agarró su mano cuando sabía que él la retiraría. La atrapó en vuelo, y acto seguido, la depositó sobre su pecho agitado.

-No. -Negó ella en un resuello

No estaba jugando. Quería que la tocara. Quería tocarlo.

Sólo quería...

Y quería.

Quería todo antes de... que todo acabase.

Antes del... fin.

Entonces Zuko movió su mano sobre aquella celestial curvatura y apretó un poco, sólo para corroborar que no era una ilusión o un condenado sueño.

En cambio, escuchó un gemido breve y bajito que encendió sus entrañas. Zuko deslizó la mano desde su seno hasta la cintura, y la atrajo hacia él con parsimonia, como si dispusieran de todo el tiempo a su favor.

Katara se dejó arrastrar voluntariamente por la masculina mano que la aventuraba a cerrar distancias, y tropezó con las manos en alto sobre el torso de él.

Acostados cada uno sobre un costado y mirándose frente a frente a tan mínima distancia, Katara sintió la atmósfera cargada de surrealismo.

-¿No tienes sentimientos por mí? –Volvió al ataque Zuko, manteniendo la voz baja al límite. Ella de todas formas no tuvo problema en escucharlo, el espacio entre ambos era muy poco con sus rostros a un palmo de distancia. Katara ni siquiera pudo pensar en la respuesta, no tuvo la oportunidad pues él no había terminado:

-Entonces te haré desarrollar algunos.

Katara se vio invadida por él cuando cerró las distancias. Su aroma y su calor la embargó, y cuando el ligerísimo roce del labio inferior masculino tocó los de ella, su interior se agitó, y la marea de su deseo empezó a rugir.

Otro roce de sus labios con los de ella, y de nuevo Zuko se retiró creando un nuevo espacio entre ambos, muy pequeño. Katara respiraba su aliento, y él el de ella. Sus palmas descansaban sobre el pecho de él, pero no las movía, nerviosa.

La pasión iba creciendo entre ellos, a su alrededor, en su interior.

El sonido externo de la gente próxima a ella pareció esfumarse cuando el espacio entre ellos volvió a desaparecer, dando lugar a otro beso en esa noche oscura, ladina testigo.

Dulce y trémulo.

Intenso.

Tórrido y profundo.

Zuko hundió las manos en el cabello de Katara, y ella deslizó por fin las palmas sobre su pecho, acariciándolo con fruición.

La suavidad y dulzura desembocó en algo distinto. De pronto, lo subrepticio de la situación, besándose bajo el amparo de la negrura de la noche, activó un sentimiento primario.

Impulsivo.

Zuko se maravilló con su sabor y el tacto de su piel sobre sus labios: primero la boca y sus comisuras, luego el mentón y el cuello, junto al tierno espacio bajo su oreja. Movió las manos hacia el nudo que amarraba su vestido, y lo deslizó por sus hombros unos acotados centímetros, dejando a la vista el comienzo del escote de su corpiño.

Depositó suaves besos en esa zona y Katara se llenó de la inmensidad de su propio deseo. Su sangre ardía y sin pensar más, sus manos bailaron bajo la camisa de él, y subieron acariciando su piel. Sus dedos sin tregua tocaron y palparon, y descubrió gran placer al acariciar su abdomen y hasta apretarlo un poco.

-Me gusta esta parte de tu cuerpo –Se sorprendió susurrándole al oído.

Él tembló y la abrazó con fuerza, y el beso se convirtió en mucho más que un beso.

Katara se dejó caer sobre su espalda, arrastrando a Zuko con ella, encima de ella, y la sensación de notar el peso de todo su cuerpo fue intensa y abrasadora.

El suave maullido femenino fue su invitación y prendió en él la urgencia, moviendo las caderas contra las de ella, gruñendo en su oído.

Katara sintió la dura excitación frotándose en su centro y se sintió derretir por el placer. Cediendo al cálido palpitar que latía en su interior, comenzó a mover su cuerpo contra el del él, rodeándolo con las piernas, atrapándole para que siguiera regalándole ese goce que crecía gradual en su bajo vientre.

Le era realmente difícil poder controlar los gemidos llenos de placer, que Zuko tuvo que cubrirle la boca con unos dedos, recordándole que debían mantenerse lo más silenciosos posible.

Meciéndose sobre su cuerpo, y ella respondiéndole para ir al mismo ritmo por instinto, como un intento de aplacar el deseo con más deseo, provocaron en él ansias de algo más.

Apretando los puños, se detuvo, así como también sus labios que acariciaban la cercanía del escote que el vestido suelto dejaba entrever.

-Debemos... detenernos –Masculló en voz baja y agitada entre cada vaivén.

Sus palabras dictaban mucho de sus acciones, no obstante.

Katara asintió con la cabeza, y sin detener su propio cuerpo que respondía a los movimientos de él, gimió:

-Lo-lo sé.

Su pelvis volvió a encontrarse con él de esa particular manera y le arrancó otro gemido que esta vez ahogó en la boca masculina.

Debían parar, pero su cuerpo no quería, y ella deseaba prolongar esa exquisita sensación que latía en su ser, esperando el desahogo.

Continuaron moviendo sus cuerpos, sabiendo que la ropa era la único que no podrían romper entre ellos.

La adrenalina atizaba el placer a un punto desconocido para él, quien sabía que debía, pero no quería parar.

Ese incitante balanceo y el sonido del tejido de su pantalón con la vestimenta azul de ella fue música también para sus oídos. La respiración agitada y los jadeos silenciosos eran el toque final a esos minutos robados del cielo.

Reuniendo los restos de su vieja férrea voluntad, él detuvo todo movimiento, y se separó de ella, poniendo distancia. Volvió a su lugar.

Su erección palpitó en protesta, y se mantuvo erguida exigiendo atención.

Katara boca arriba y aún con las piernas separadas la justa distancia del cuerpo de Zuko, respiraba acaloradamente. Sentía la ausencia de su cuerpo y reclamaba su calor.

Zuko volvió a acostarse sobre el brazo izquierdo, y mirándola, alargó su otro brazo para ladearle la cara y hacerla mirar hacia él:

-No podré contenerme mucho más contigo así.

Katara sonrojada y con el bajo vientre ardiéndole en deseo, asintió con la cabeza mientras le confesaba en un bisbiseo:

-Nunca había sentido esta necesidad por... alguien.

Esa oración dicha con el tono sensual y la agitación que timbró la femenina voz, provocó en Zuko una nueva ola de deseo salvaje que se activó arrolladoramente.

-Puedes hacer algo para aliviarla –Y tomándola de la mano, la deslizó sobre sus propias curvas, hasta llegar al abdomen y más abajo.

Sorprendida, dejó que él guiara con su mano la suya izquierda, hasta detenerla sobre la ropa directamente encima de su zona de placer que demandaba atención.

Y cuando él empujó su agarre para que se tocara y ocurriera esa fricción deleitosa, ella aspiró aire sorprendida.

-¿Nunca has hecho esto? –Le susurró él sin detener el movimiento de su mano sobre la de ella.

Katara negó con la cabeza, concentrándose maravillada en las sensaciones que volvían a hacerle arder la sangre exquisitamente.

-¿Y... quieres que lo haga por ti?

Katara asintió con la cabeza sin separar los labios. Mantenía los ojos cerrados y su expresión denotaba un placer contagioso.

Dejando descansar entonces su mano izquierda, Zuko deslizó la mano derecha hacia su entrepierna, y empezó a prodigarle caricias que la dejaron sin respiración al cabo de unos largos y deleitosos minutos.

Sentía sus dedos moverse de forma circular sobre su ropa, y eso la hacía arquear la espalda. Él tuvo que acercarse a ella para besar su boca y así acallar el gemido que adivinó tenía atrapado en la garganta.

Continuó acariciándola de esa forma tan íntima, y sin dejar de besarla, le murmuró cosas al oído que la excitaron aún más.

-Soñé muchas veces con esto, Katara –le acarició la oreja con los labios. Luego movió los dedos ágilmente haciendo que ella deseara sacarse los estorbosos pantalones-, con darte placer.

Ella gimió mientras entrecerraba los ojos. Los había abierto y la imagen de Zuko tocándola de esa manera, y diciéndole esas cosas habían hecho que su cuerpo volviera a arquearse, su pelvis se apretó más contra esa gran y caliente mano de retozantes dedos.

-Creo que me gustas –Murmuró Katara, enervada en pasión.

-¿Crees? –Repitió él fiero y divertido, y atrapando entre su dedo índice y anular el centro de su feminidad, frotó suave y ardorosamente hasta que estuvo seguro que Katara había reconsiderado la respuesta:

- M-me gustas –Confesó entonces ella, susurrante y con la voz entre cortada.

Zuko tuvo la certeza de que esa había sido la confesión más sexy jamás emitida en la tierra.

Sentía una felicidad inconmensurable de saber que estaba siendo partícipe de una experiencia tan íntima de la maestra agua. Orgullo masculino recorría cada poro de su piel.

Zuko la besó de una forma que Katara se sintió poseída por él. Cada caricia, cada gesto que le prodigaba, entendió entonces ella que eran para unirla a él. Para reclamarla.

Él atesoraría hasta el último de sus días ese momento tan sublime que estaban compartiendo.

La sentía suya y la jovialidad de eso lo hacía sentirse como el ser más afortunado del mundo. Experimentaba cómo su interior, su cuerpo y su mente quedaban a la voluntad de Katara, cómo haría que el mundo entero se rindiera a sus pies, así como él.

Ella se lo merecía todo. Y él quería dárselo.

Sentirla desvanecerse de placer hacía que él quisiera ofrecerle el mundo por continuar así un minuto más junto a ella.

Cuando Katara se rindió al deseo y su cuerpo se estremeció de placer, él la acunó en su pecho para ahogar sus eróticos suspiros.

Tras varias descargas de placer que recorrían sus terminales nerviosas, Katara sintió cómo su cuerpo se entibiaba y la modorra llegaba sin invitación.

Zuko sonrió para sí, y atrayéndola, la acurrucó contra su pecho, abrazándola, y deseando que pudieran estar así más que una noche robada.

La respiración acompasada de la muchacha le advirtió que había caído rápidamente bajo los efectos del sueño. De seguro que su cansancio mental debía igualar o superar el de su cuerpo recién recobrándose del orgasmo.

El peso de la cruda realidad bañó a Zuko. Había sido un pequeño reconcomio al fondo de su mente mientras se desencadenaban sus deseos ulteriores con Katara, pero ahora era como una gran sombra que lo había envuelto fríamente.

Zuko no lo sabía, pero esa sería la noche más complicada de su vida a otro nivel. Duro como una piedra, velaría su sueño sin prestar atención a su propio cuerpo tenso por horas de contención.

Así que pasó esa última noche con ella, rodeándola con los brazos, mirándola dormir y recorriendo por horas su perfil, su piel, registrando en su memoria sus detalles encantadores, y lamentando no poder tener más de ella que eso. Lamentando que la guerra fuera la que le permitiera sólo momentos robados. Lamentando que su padre fuera el gran símbolo de la destrucción de todo lo bello.

Esa sería la primera y última noche que compartiría con la maestra agua.

Su maestra agua.

Suya.