Los personajes no son míos , yo solo los tomo para crear mi historia.
aviso:
Algunos personajes no son tan fieles en sus personalidades como en los libros.
Esta es una historia ficticia.
Futuro.
Pov Beau.
Carine y Edythe no fueron capaces de interceptar a Deméter antes de que su rastro desapareciera en el estrecho. Nadaron hasta el otro lado para ver si se había marchado en línea recta, pero no había ninguna pista suya en kilómetros fuera cual fuese la dirección que se tomara en la playa que daba al este.
Las cosas se estaban complicando, no había forma que los Vulturis no se enteraran de lo sucedido, lo único que había querido era mantener a Eliest lejos de los Vulturis. Ahora no sabíamos que hacer. Las leyes vampíricas dejaban en claro que los niños inmortales no se podían trasformar.
—Vendrán —dije cuando estamos todos reunidos en el comedor, Edythe aspirar aire para calmar su creciente pánico que estaba teniendo.
—Tienen la mente de Carine y Edythe, saben dónde estamos—aporto Jessamine—no vendrán enseguida, van a querer prepararse.
—Quizás si vamos, les daría la seguridad que no hemos cometido ningún error—Earnest miro con mirada cálida.
—Es una idea horrible—dijo Royal sin malicia en su voz solo descartando ideas. —si uno de nosotros va ni siquiera darán tiempo de explicarnos.
—Archie que eso…—dijo Edythe viendo a mi hermano, este tenía la frente tensa y parecía concentraste.
—Deméter no a llegado a volterra, aún no está segura si lo que vio es real, sabe que Carine nunca apoyaría algo así, está pensando en culpar Edythe por su creciente trasformación y que atacado a un niño.
Dio un gruñido algo molesto por todo esto, no se suponía que así íbamos a decirle a los Vulturis que Edythe se había trasformado.
—Huir—acoto Royal, aunque esta algo resentido por decirlo, pero Eliest era primero, el como todos en la familia nunca dejaríamos que algo malo le pasara.
—Solo causaría nos buscaran con más hincapié—dijo Jess lucia pensativa—la mejor opción es quedarnos…
—Esperar la muerte—dijo Royal con una risa burlona.
—No—Jess negó furiosamente—esperar que ellos se detengan lo suficiente para que escuchen nuestra historia. Aunque tengamos el escudo de Beau, aún no sabemos cuándo nos rodee será suficiente, cualquier descuido puede hacer que Deméter sepa dónde estamos. Huir solo hará que más de los Vulturis nos busque.
—Si nos quedamos a qui, ellos vendrán—dije recostarme en la silla hacia atrás—ellos vendrán…veran a Eliest, le explicaremos lo que paso. ¿Cuánto vampiros crees que vendrán? —dije viendo Archie que mostraba serio.
—Los de siempre, Alec y Jane, Deméter. Dos de la guardia, se detendrán cuando nos vean. Por ahora es lo que veo.
—¿Cres sea suficiente? —Carine miro seriedad, Archie asintió.
Los días pasaron y aunque por supuesto no olvidé nada, Deméter nos había descubierto, y que se acercaba la visita de unos pocos Vulturis en mi casa. Tenía cosas más importante en que pensar, como que todos partiríamos a Sudamérica en cuanto regresara a Italia.
Ya habíamos repasado cientos de veces hasta el menor de los detalles. Comenzaríamos con los ticunas, rastreando sus leyendas hasta donde pudiéramos llegar, lo más cerca posible de sus fuentes. Ahora que se había aceptado que Jules viniese con nosotros, ella había adquirido un papel importante en los planes, ya que no parecía probable que la gente que creía en los vampiros quisiera contarnos a nosotros sus historias. Si los ticunas nos llevaban a un callejón sin salida, había otras tribus relacionadas con ellos en la zona a las que investigar. Carine tenía algunos amigas en amazonas; si éramos capaces de encontrarlas, podrían tener también información para nosotros. O al menos alguna sugerencia sobre dónde ir para buscar respuestas.
Quedaban tres vampiras en el Amazonas, y era poco probable que ninguno de ellos guardara relación alguna con las leyendas de vampiros híbridos, ya que todas ellas eran mujeres. No había forma de saber adónde nos llevaría nuestra búsqueda.
Edythe aun no sabía cómo decirle a su madre que partiremos.
—Por qué no le dices tú, siempre te has llevado mejor con ella que yo—me dijo una tarde, cuando había terminado de hablar con Carine sobre los planes de viaje. Levante una ceja, pensando que está bromeando—Beau…
—Edythe, te amo, eres mi vida. Pero no voy a estar diciendo a tu madre que te voy a sacar del país quizás por varios meses—dije subí mi libro para dejar fin de la conversación. Ella bufo frustrada pero no había nada me hiciera cambiar de opinión.
Me quedé mirando a Eliest. Estaba acurrucado en el sofá, con la respiración más lenta debido al sueño profundo y sus pequeños risos estaban todos revueltos la almohada. Por lo general, Edythe y yo lo llevábamos a nuestra cabaña para acostarlo, pero esa noche, al estar ella y Carine enfrascadas en sus planes, nos habíamos quedado con la familia.
Mientras tanto, Eleanor y Jessamine se mostraban emocionados con la perspectiva de explorar nuevas posibilidades de caza. El Amazonas ofrecía un cambio respecto a nuestras presas habituales. Jaguares y panteras, por ejemplo. Eleanor tenía el capricho de luchar contra una anaconda. Earnest y Royal estaban planeando qué meterían en las maletas. Jules había salido con la manada de Sam, preparando las cosas para su propia ausencia.
Archie se movió lentamente —para el— alrededor de la gran habitación, arreglando de modo innecesario aquel espacio ya inmaculado, enderezando las guirnaldas colgadas por Earnest a la perfección. Estaba recolocando los jarrones en el centro exacto del aparador justo en ese momento. Pude observar por el modo en que cambiaba su rostro —ahora consciente, luego ausente, consciente de nuevo— que estaba escaneando el futuro. Yo suponía que intentaba ver, a través de los puntos ciegos que Jules provocaban en sus visiones, lo que nos esperaba en Sudamérica.
—Te vas a achicharrar las neuronas si sigues viendo a los Vulturis, —dije sin verlo en realmente, había vuelto a ver a mi hijo dormir, adivinando al fin que estaba viendo Archie. —La visión te vendrá eventualmente..
Me sacó la lengua a mí y Jess que se estaba riendo. Elevó un jarrón de cristal que estaba lleno de rosas blancas y rojas y se volvió hacia la cocina. Una de las flores blancas había comenzado a marchitarse, apenas una mínima traza, pero aquella noche Archie parecía querer alcanzar la perfección para distraerse de su falta de visiones.
Me quedé mirando de nuevo Eliest, así que no lo vi cuando el jarrón se deslizó de las manos de Archie. Sólo escuché el susurro del aire al rozar el cristal y mis ojos se elevaron a tiempo de ver cómo el florero se destrozaba contra el suelo de mármol de la cocina en diez mil fragmentos diamantinos.
Todos nos quedamos inmóviles mientras los trozos saltaban y se dispersaban en todas direcciones con un tintineo desagradable, los ojos fijos en la espalda de Archie.
Mi primer pensamiento ilógico fue que nos estaba gastando alguna broma. Porque no había forma alguna de que pudiera haber dejado caer el jarrón por accidente. Me habría lanzado a través de la habitación para cogerlo yo mismo, y con tiempo suficiente, si no hubiera supuesto que él lo haría. Además, ¿cómo era posible que se le hubiera deslizado entre los dedos? Esos dedos perfectamente seguros...
Sus ojos estaban en parte aquí y en parte perdidos en el futuro, dilatados, fijos, llenando de tal modo su rostro delgado que parecía que se le iban a salir. Mirarlo a los ojos era como asomarse desde el interior de una tumba hacia fuera. Me quedé sumido en el terror, la desesperación y la agonía de aquella mirada.
Escuché jadear a Edythe, un sonido roto, medio ahogado.
—¿Qué? —rugió Jessamine, saltando a su lado en un movimiento borroso por su rapidez, aplastando los cristales rotos bajo sus pies. Lo agarró de los hombros y lo sacudió con fuerza. El pareció balancearse en silencio entre sus manos—. ¿Qué es, Archie?
Eleanor se movió en mi visión periférica, con los dientes al descubierto mientras sus ojos se precipitaban hacia la ventana anticipando un ataque.
No hubo más que silencio procedente de Earnest, Carine y Royal, que se quedaron completamente paralizados, al igual que yo.
Jessamine sacudió de nuevo a Archie.
—¿Qué pasa?
—Vienen a por nosotros —susurraron Archie y Edythe a la vez, sincronizados a la perfección—, y acuden todos.
Silencio.
Edythe a pesar de que estaba tan unida a la mente de Archie movió hacia nuestro hijo, como asegurándose que estuviera ahí, que nada malo le estaba pasando.
Quería coger a Eliest y Edythe en mis brazos, esconderlos detrás de mi piel, hacerlos invisible, pero ni siquiera logré darme la vuelta para mirarlos, porque más que en piedra, parecía haberme convertido en hielo. Por primera vez desde que había renacido como vampiro, y me quedaba como uno, sentí frío.
Apenas pude escuchar la confirmación de mis miedos. No lo necesitaba, porque yo ya lo sabía.
—Los Vulturis —gimió Archie.
—Vienen todos —gimió Edythe casi al mismo tiempo. —no solo la guardia, todos. —su labio tembló un segundo, —¿Cuándo? —preguntó Edythe con un hilo de voz.
—¿Cuándo? —insistió Jessamine con un gruñido que sonó igual que el hielo al astillarse.
Los ojos de Archie no pestañearon, pero fue como si un velo los hubiera cubierto, quedaron completamente inexpresivos. Sólo su boca mantenía aquella expresión horrorizada.
—No tardarán mucho —replicaron Archie y Edythe a la vez. Y luego el habló solo—. Hay nieve en el bosque y en la ciudad. En poco más de un mes.
—¿Por qué? —Carine fue el que preguntó esta vez. —nunca vienen todos.
Earnest contestó.
—Ha de haber una razón. Quizá si supiéramos...
—Deméter se expresó mal, les dijo que habíamos trasformado un niño inmortal, lo confirmo. No lo dijo como una sugerencia como si no estuviera segura. Lo confirmo —repuso Archie con la voz cavernosa—. Vienen todos: Sulpicia, Athenodora, Marco, todos los miembros de su guardia, incluso las parejas de ellos.
—Ellas nunca, nunca había dejado la torre sola —le contradijo Jessamine con voz monótona—. Jamás, ni siquiera durante los años de la rebelión del sur. Ni cuando los vampiros rumanos intentaron derrocarlos. Ni cuando fueron a cazar a los niños inmortales. Jamás.
—Pues ahora sí vienen —murmuró Edythe.
—Pero ¿por qué? —repitió Carine de nuevo—. Ellas jamás habían dejado sola las torres, como dijo Jessamine, siempre han sido cuidadosas en dejar alguien la guardia.
—Somos tantos —respondió Edythe desanimada—, que querrán asegurarse de que... —no terminó la frase.
—¿Y qué podemos hacer nosotros? —dije, cortando cualquier conversación. No había tiempo, si ellos venia a destruir y matar por una confirmación de parte de alguien de su guardia. No había tiempo.
Edythe tomo a nuestro hijo en sus brazos, se veían tan pefecto ahí. Me había preocupado tanto por la velocidad de crecimiento del niño, de que sólo fuera a disfrutar de una década de vida... que ese miedo parecía ahora pura ironía.
Un poco menos de un mes...
Entonces, ¿ése era el límite? Yo había disfrutado de una felicidad mayor que la de mucha gente. ¿Acaso había alguna ley natural que exigiera cantidades iguales de felicidad y desesperación en el mundo? ¿Es que mi alegría había desequilibrado la balanza?
Fue Eleanor que respondió a mi pregunta retórica.
—Lucharemos —dijo con calma.
—No podemos ganar —gruñó Jessamine. Era capaz de imaginarme ahora el aspecto de su cara, y cómo su cuerpo se movía delante de Archie protectoramente.
—Bueno, tampoco podemos huir. No con Deméter alrededor —Eleanor hizo un ruido de disgusto, y supe de forma instintiva que no le molestaba la idea de enfrentarse a la rastreadora de los Vulturis, sino la de escapar—. Y no sé por qué no podemos ganar —insistió—, hay unas cuantas opciones que considerar. No tenemos por qué luchar solos.
Mi cabeza se alzó con brusquedad al oír aquello.
—¡No tenemos por qué sentenciar a las quileute a muerte, Eleanor!
—Cálmate, Beau —su expresión no era diferente a cuando contemplaba la idea de luchar contra las anacondas. Incluso la amenaza de la aniquilación no cambiaría la perspectiva de Eleanor, su capacidad para enfrentarse a un reto—. No me estaba refiriendo a la manada. Sin embargo, sé realista, ¿crees que Sam o Jules ignorarán una invasión de este calibre, incluso aunque no tuviera que ver con Eli? Por no mencionar que, gracias a Deméter, Sulpicia sabe también ahora lo de nuestra alianza con las lobas. Pero pensaba más bien en otros amigos.
Carine se hizo eco de mis palabras con otro susurro.
—Otros amigos a los que no tenemos por qué sentenciar a muerte.
—Vale, pues dejémosles a ellos que decidan —sugirió Eleonor con tono implacable—. No digo que tengan que luchar con nosotros —pude ver cómo el plan se refinaba en su cerebro conforme hablaba—. Si tan sólo se mantuvieran a nuestro lado, justo lo suficiente para hacer dudar a los Vulturis... Beau tiene razón después de todo. Tal vez bastara con que fuéramos capaces de obligarles a hacer un alto y escucharnos, quizá eso nos permitiera demostrar que no hay motivo alguno para combatir...
Había ahora un asomo de sonrisa en el rostro de Eleonor. Me sorprendía que nadie les hubiera golpeado a estas alturas. Yo quería hacerlo.
—Sí —convino Earnest con rapidez—. Eso tiene sentido, Eleanor. Todo lo que necesitamos es que los Vulturis se detengan un momento, lo suficiente para escuchar. Como la primera idea que teníamos.
—Lo que necesitamos es algo así como una exposición de testigos —replicó Royal con dureza, la voz tan quebradiza como el cristal. —solo que la primera vez acordamos esperar, ellos no venían a masacrarnos, y descuartizarnos. Y Bailar en nuestras cenizas—lo últimas palabras lo murmuro entre diente.
Earnest asintió, de acuerdo con sus palabras, ignorando lo último que había dicho.
—Eso sí es algo que podamos pedirles a nuestros amigos, sólo que actúen como testigos.
—Nosotros lo haríamos por ellos —añadió Eleanor.
—Deberíamos explicárselo de la manera correcta —murmuró Archie; lo miré y vi cómo se abría en sus ojos un oscuro vacío otra vez—. Tendríamos que demostrárselo con mucho cuidado.
—¿Demostrárselo? —preguntó Jessamine.
Ambos, Archie y Edythe, miraron a Eliest y los ojos de Archie se vidriaron de nuevo.
—La familia de Taras —dijo el—. El aquelarre de Sheenna y el de Amun. Algunos de los nómadas... Gerda y Mary, seguro. Quizá también Alexandra.
—¿Y qué te parece Petra y Charles? —preguntó Jessamine, algo temerosa, como si esperara que la respuesta fuera «no» y le pudiera ahorrar a su vieja hermana la carnicería en ciernes.
—Quizás.
—¿Y qué me decís de las del Amazonas? —preguntó Carlisle—. ¿Kachiri, Zafrina y Senna?
Archie parecía estar totalmente sumergida en su visión como para contestar al principio, pero al final se estremeció y sus ojos se movieron para volver al presente. Se encontró durante una centésima de segundo con la mirada de Carine y después la bajó.
—No puedo ver más.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Edythe, su susurro convertido en una exigencia—. ¿Vamos a ir a buscarlas a esa parte en la jungla?
—No puedo ver más —repitió Archie, sin encontrarse con sus ojos y un relámpago de confusión recorrió el rostro de Edythe—. Debemos separarnos y apresurarnos antes de que la nieve caiga al suelo. Hay que dar una vuelta por ahí, encontrar al mayor número posible de aliados y traerlos para enseñarles —y declaró de nuevo—. Ah, pregunta a Elena. Aquí hay mucho más que el asunto de un niño inmortal.
El silencio se hizo ominoso durante otro buen rato mientras Archie volvía a estar en trance. Pestañeó con lentitud cuando se le pasó, los ojos peculiarmente opacos a pesar de que se encontraba en el presente.
—Hay tanto trabajo pendiente, hemos de apresurarnos —susurró él.
—¿Archie? —preguntó Edythe—. Eso fue demasiado rápido... No comprendo. ¿Qué fue...?
—¡No puedo ver más! —explotó el dirigiéndose a ella—. Jules casi ha llegado!
Royal dio un paso hacia la puerta principal.
—Me las apañaré...
—No, déjale que venga —replicó Archie con rapidez, la voz más aguda conforme hablaba. Agarró la mano de Jessamine y comenzó a arrastrarla hacia la puerta trasera— Necesito irme. Necesito concentrarme de verdad y ver todo lo que sea posible. Tengo que irme. Vamos, Jess, ¡no tenemos tiempo que perder!
Todos pudimos escuchar cómo se acercaba Jules por las escaleras del porche, y Archie tiró impaciente de la mano de Jessamine. Ella la siguió con rapidez, con la confusión reflejada en los ojos al igual que en los de Edythe. Salieron disparados por la puerta hacia la noche plateada.
—Apresuraos —nos gritó a sus espaldas—. ¡Debéis encontrarlos a todos!
—¿Encontrar qué? —preguntó Jules, cerrando la puerta detrás de él—. ¿Adónde va Archie?
Nadie le respondió, todos nos quedamos mirándole.
Ella se sacudió el pelo mojado y metió las manos por las mangas de su camiseta, con los ojos puestos en Eliest.
—¡Hola, Beau! Creía que os habríais ido a casa a estas horas...
Entonces me miró, pestañeó y luego volvió a mirarme con más atención. Observé en su expresión cómo la atmósfera de la habitación le afectaba por fin. Bajó los ojos al suelo y sus pupilas se dilataron al observar la mancha mojada, las rosas dispersas, los fragmentos de cristal.
Sus dedos temblaron.
—¿Qué...? —inquirió con voz monótona—. ¿Qué es lo que ha ocurrido?
No sabía por dónde empezar. Tampoco nadie conseguía encontrar las palabras.
Jules cruzó la habitación en tres largas zancadas y cayó de rodillas al lado de Eliest y Edythe.
Pude sentir el calor que desprendía su cuerpo mientras los temblores descendían por sus brazos hasta sus manos convulsas.
—¿Él está bien? —preguntó con exigencia, tocándole la frente e inclinando la cabeza para escuchar su corazón—. ¡No juegues conmigo, chicos, por favor!
—A Eliest no le pasa nada —conseguí hablar con voz ahogada, las palabras quebrándose de modo extraño.
—¿Entonces, ¿quién?
—Todos nosotros, Jules —susurré y también apareció en mi voz el sonido del interior de la tumba—. Todo ha terminado. Hemos sido sentenciados a muerte.
U.U
