25. Tregua

Otra vez notaba ese cosmos. Esa desagradable presencia.

Los primeros días había llegado a él con timidez, como si su intensidad fuera difuminada adrede, pero últimamente se dejaba sentir con descaro. Era evidente que ya no existía intención alguna de enmascarar esas furtivas visitas.

Al principio se le encogía el estómago e incluso instaba a que se estremecieran las entrañas del volcán en clara señal de disgusto, creyendo estúpidamente que esas pinceladas de desdén alejarían al visitante. Sabiendo también que menospreciaba su terquedad en balde.

Con el paso de los días fue acostumbrándose a sentirle cerca, aunque evitaba cruzar sus caminos.

Si algo tenía claro era que no podía disuadirle de acudir a la isla, pero también que no sería él el primero en pronunciar ninguna palabra. Ya no tenía nada que decirle; los reproches, insultos y desprecios se le habían fundido en la lava, y sus oídos tampoco estaban por la labor de escuchar las mismas justificaciones que su alma era incapaz de comprender. Y mucho menos aceptar.

El ogro se había erigido tozudo, frío y distante, pese a los inconmensurables esfuerzos que le suponía. Si bien su mente le dictaba mostrarse cruel, su corazón cobraba vida cada vez que ese cosmos conocido irrumpía en sus ardientes terrenos.

Y a Virgo se le había marchitado la seguridad que le caracterizaba, pero su obstinación se presentaba sólida. Tanto como para aceptar la indiferencia, creerla merecida e insistir en hallar algún tipo de respuesta a sus intentos de establecer una reconciliación.

Sólo un pequeño receso de hostilidades personales antes que la Guerra Santa estallara con todo su esplendor.

Un sencillo paréntesis donde olvidar armaduras, promesas y traiciones. Donde no existieran rangos ni apodos estúpidos.

Un íntimo espacio donde simplemente pudieran ser lo que siempre habían sido...

"¿Por qué te empeñas en regresar si te ignoro para que no vuelvas?" escupió un buen día el temido demonio de bello rostro.

"¿Por qué acudías al Sexto Templo cada vez que la soledad te dolía?" respondió Asmita, con la añoranza cubriéndole los hombros.

Defteros gruñó ante la respuesta en forma de pregunta que acababa de recibir. Una pregunta a la que no hacía falta esclarecerle nada y que a la vez resolvía la cuestión planteada primero.

"Si sigues queriendo regresar a mi morada, que sea como Asmita; aquí no hay cabida para ningún Caballero de Athena"

Defteros pretendió sonar desdeñoso, pero sabía que no surtiría ningún efecto, comprobándolo en el mismo instante que los labios de Asmita se estiraron en una tenue sonrisa, sellando lo que se convertiría en su nuevo espacio de libertad.

En su merecida ansiada tregua ante tanta desolación y soledad.