Los personajes son de Masashi Kishimoto y la historia es de Martina Bennet, NADA de lo que hay aquí es, algo que NO me pertenece
CAPÍTULO 25
Al salir del auto, y contemplar el gran edificio de seis pisos, que se mostraba majestuoso ante ella, Sakura sintió que un estremecimiento le recorría el cuerpo. Prefirió creer que se debía a la baja temperatura de la ciudad, que en ese momento rondaba los 0° centígrados, y no a la exuberancia del lugar. La fachada del Corinthia Hotel Budapest, mostraba tanta opulencia, que Sakura no deseó imaginarse el interior. Si bien sabía que Sasuke era un hombre, que no medía gastos en ningún momento, y mucho menos si a ella se refería, aún no lograba acostumbrarse a esa vida.
―Sussana debe estar registrándose, o acomodándose en su habitación ―anunció Sasuke, mientras la rodeaba con un brazo, para intentar calentarla un poco. Sakura asintió y caminó hacia el interior, donde la calefacción le hizo suspirar, aliviada, e incluso, sintió un pequeño movimiento en su vientre. El bebé también agradecía el calor. Tal como temía, el lugar era la elegancia misma. Desde el piso blanco con líneas doradas, que formaban figuras que convergían en una flor, en el centro de la estancia; hasta el techo alto, y las gruesas columnas en color champagne, tan imponentes como hermosas.
Y ahí, en medio de toda esa opulencia, se encontraba una chica con vaqueros, una blusa de color terracota, escondida bajo una gruesa chaqueta negra, que le llegaba casi hasta las rodillas, y unas botas hasta la mitad de la pantorrilla, que parecían querer engullirla. Sakura sonrió al verla y trató de llamarla, cuando Sasuke la frenó, le guiñó un ojo, y la haló para acercarse a ella, sin llamar la atención. Sussana hablaba por el celular de forma frenética, y no se percató de la pareja.
―¡Te digo que debe haber una equivocación! Me diste mal la dirección del hotel, porque definitivamente, este palacio, no lo puede cubrir el presupuesto del proyecto.
―Pero yo sí puedo hacerlo. Sussana se giró asombrada, al escuchar la voz de Sasuke. Lo miró, parpadeó un par de veces, y luego bajó la mirada hacia la mujer a su lado, y volvió a parpadear. Sakura sonrió, y algo que esperaba que sucediera, sucedió: el grito resonó en las paredes del lugar. Las personas que se encontraban en las salas contiguas, giraron las cabezas, asustadas; para luego, al ver a la chica abrazar a la elegante mujer frente a ella, como si la vida se le fuera en ello, desatenderse de la situación.
―¡Oh, por Dios! ¡Oh, por Dios! ―repetía una y otra vez, mientras continuaba con su tarea de asfixiar a su amiga.
―Sussana, cálmate. Me vas a dejar viudo antes de tiempo ―pidió Sasuke riendo, mientras la tomaba por la cintura, y la apartaba casi por la fuerza. Sakura se encontraba roja, pero nadie habría podido decir si se debía, a la alegría que la embargaba, reflejada en su gran sonrisa, o a la euforia agobiante de su amiga. Luego de que la emoción del momento se apaciguara, todos se registraron, y se dirigieron a la Presidencial Liszt Suite, llamada así por un famoso compositor húngaro, que contaba con una habitación principal, donde se hospedaría la pareja; otra secundaria para Katy, y un área de servicio para la Comitiva Real; además de las áreas comunes. Sussana, que solo estaría dos noches, se alojaría en la Suite de Bartok, la segunda más grande y elegante de todo el hotel. Sakura se encontraba cansada por el viaje, aun así, no deseaba separarse de su amiga tan pronto, por lo que se cambió a un camisón de seda color plata, con su respectiva bata a juego, y se reunió con la chica en la sala de estar.
―¡Beth, no puedo creer que estés aquí! ―exclamó la chica, abrazándola de nuevo―. ¿Por qué no me avisaste que venías? Estaba a punto de irme del hotel, solo que mi tutor insistía en que en este debía alojarme.
―Yo tampoco lo sabía. Me enteré cuando vi el nombre del aeropuerto, al llegar aquí. Te juro que fue una gran sorpresa para mí. Sasuke lo mantuvo en secreto todo el tiempo.
―Esto es de locos. Nunca imaginé hospedarme en un lugar como este ―comentó Sussana, recostándose en el sofá y subiendo los pies en él, para quedar casi acostada. También se había cambiado de ropa, y vestía un pijama negra de grueso algodón, con corazones rosados y palabras rebeldes, mezcladas con otras amorosas, por toda la tela―. Puedes creer que mi habitación… perdón, mi suite, tiene una cama en la que podría montar una orgía, con cuatro gigantes musculosos, y ninguno correría el riesgo de caer. «De tantas referencias que podría tomar, escoge una sobre sexo», pensó Sakura, al tiempo que reía.
―Será mejor que no digas esa palabra frente a Sasuke. Puede creer que me invitarás, y enloquecerá. Sussana sonrió y sacudió la cabeza, para luego, mirarla a los ojos, enderezarse en su puesto, y tomarle las manos.
―Sasuke es un hombre magnífico, y se nota que te ama muchísimo. Me alegro tanto que hayas encontrado a alguien como él. Te lo mereces, Sakura. Te mereces todo esto y mucho más.
―Gracias, amiga. ―Y ¡vamos! ―gritó con alegría, para alejar la seriedad de las anteriores palabras―. Estás preciosa, chica. Cambiaste el algodón por la seda, los hospedajes de sesenta dólares la noche, por suites presidenciales… ―Bajó la mirada para verle el pequeño bulto, que se disimulaba por la bata―, y los números por los bebés. Eres increíble.
―No he abandonado los números, solo que me daré tiempo, para estar con Sasuke y con mi bebé. Más adelante, llegará el momento de estudiar y trabajar.
―Estudiar, mas no trabajar. Las dos chicas levantaron la cabeza, para ver a Sasuke acercarse, vestido con un pijama de pantalón largo gris, y camiseta blanca. Al llegar al gran sofá, levantó a Sakura en brazos, se sentó, y la acomodó en su regazo
. ―¡No, Sasuke! ―protestó Sussana, propinándole un golpe en el brazo. Sakura no se sorprendía por esa acción. Sussana siempre trataba a las personas que le caían bien, como si las conociera de años. A Sasuke lo adoraba―. No me digas que eres de esos hombres machistas, que piensan que las mujeres son para estar todo el día en la casa, esperando al marido.
―Yo no le digo que esté todo el día en casa. Puede salir cuando lo desee. Además, eso no es ser machista, es adorar tanto a mi mujercita, que no quiero que mueva un dedo, por un dinero que no necesita. Mi deber es consentirla, y eso pienso hacer. Sussana miró a Sakura cuando ella rodó los ojos, y le lanzó una fuerte palmada en la pierna.
―¡Oye! ¿Qué te pasa? ―inquirió Sakura, frotándose la zona ardiente sobre la tela.
―¡Yo quiero un marido así! ―gritó, al tiempo que pataleaba de forma graciosa. Sasuke rio con fuerza, y reemplazó la mano de su esposa, para continuar acariciándola.
―Y ¿qué sucedió con Steve? ―preguntó Sakura.
―¡Ah! Si te contara. Estamos súper bien, no te imaginas. Es todo un romántico de día, pero de noche, ¡ohh! ¡Es un salvaje insaciable! La tiene…
―¡Suficiente! ―exclamó Sasuke, bajando a Sakura de su regazo, y levantándose del sofá de un salto―. No estoy obligado a escuchar esto, así que me voy a la cama. ―Besó a Sussana en la mejilla, y a su mujer en los labios―. No tardes. Yo también puedo convertirme en un salvaje. Se sonrojó por la declaración tan abierta de su esposo, y lo vio caminar hacia la habitación.
―Ustedes dos van a acabar conmigo ―dijo, sentándose de nuevo.
―Sí, en definitiva ese es el marido perfecto, para mi mejor amiga.
―Lo dices más por ti que por mí ―recriminó Sakura, rodando los ojos. ―Tengo que tener algún beneficio. Soy algo así como tu proxeneta. Las dos mujeres se quedaron un par de horas más, riendo y conversando, sobre todas las novedades. Al día siguiente, Sussana los llevó a recorrer Budapest, que ella conoció someramente en su llegada, hacía ya algunos meses.
Hicieron un recorrido por los ocho puentes que conectan a Buda con Pest: el Puente de las Cadenas, custodiado por dos enormes leones en cada extremo, sobre dos torres, de las que se desprenden unas grandes cadenas que le dan el nombre; el Puente de Margarita, desde el que se ve el Parlamento, el Palacio Real de Buda, y el Monte Gellert; el Puente de Isabel o Puente de Erzsébet con la iglesia más antigua de Pest en un extremo, y la Plaza Döbrentei del lado de Buda, y en el que Sakura sonrió secretamente al pasar; entre otros.
No obstante, en el que Sakura notó un leve cambio en la expresión de Sasuke, fue en el Puente de la Libertad. Al pasar por las altas torres, en cuya cima se encuentran dos aves Turul, se estremeció, sus ojos cambiaron de color, y una efímera sonrisa apareció en su rostro. Pudo ser porque Sussana pronunció dicha palabra, para indicar la presencia de las dos estatuas, o porque él, con solo verlas, por el techo descubierto de la limusina, lo reconoció en lo profundo de su alma; pero Sakura estaba segura, de que él algo sintió, aunque prefirió no preguntarle, y esperar a ver más.
Pasaron por el Castillo de Buda, solo que Sasuke se negó a subir, porque no deseaba que Sakura se agitara, con recorridos tan extensos, y el funicular no le pareció seguro. Subir caminando, ni siquiera fue una opción para él. ―Solo tengo tres meses, Sasuke. Puedo caminar.
―¡Dije que no! Volveremos cuando lo desees. Ahora, estando embarazada, no caminarás tanto. Con el Laberinto del Castillo no fue diferente.
―No te dejo recorrer un castillo, y crees que voy a permitir, que te metas a un laberinto subterráneo. ¡Estás loca!
―¡Pero yo quiero ver las estatuas, las fuentes, las columnas! ―alegó Sakura, al borde del llanto―. Quiero entrar contigo al Laberinto del Amor, en donde solo se puede entrar por parejas, según dice aquí ―dijo, batiendo un folleto que tenía en la mano. Sasuke le tomó el rostro entre las manos, y la besó en la frente. ―No necesitamos entrar a ese Laberinto del Amor, para declararnos cuánto nos queremos, nena. Podemos hacerlo en cualquier lugar del mundo.
―Yo quiero hacerlo ahí ―insistió, haciendo un puchero.
―¡No! Sussana se limitaba a observar, y reír a carcajadas. Para ella no era más que un espectáculo, digno de alquilar un palco. Y para la Comitiva Real, era una experiencia del diario vivir. Solo se apartaban y desviaban la vista.
Ya estaban acostumbrados a esas escenas, aunque con cada grito de Sasuke, la única que se sobresaltaba, asustada, era Lissa, quien no lograba acostumbrarse al temperamento del hombre más hermoso, que había visto en su vida, según su propio pensamiento. El Bastión de los Pescadores, un grandioso balcón amurallado, construido en la cima de la Colina del Castillo de Buda, y formado por siete torres, que representan las siete tribus magiares, tuvieron que verlo desde afuera; al igual que el Monte Gellert, al que no pudieron subir, ya que los dos exigían largas, y algunas veces, empinadas escalinatas.
―¡No me voy a pasar mi luna de miel, encerrada en una limusina, mirando por la ventana! Quiero entrar en las edificaciones, recorrer los monumentos, ¡quiero conocer la ciudad! ―gritó Sakura en el asiento de la limusina, mientras se dirigían a otro destino. ―Las lunas de miel no son para conocer el mundo, ¡son para follar en diferentes lugares del mismo!
―Eso es cierto ―concordó Sussana, masticando unos cubitos de queso en una bolsita, que consiguió en el hotel.
―¡Cállate, traidora! ―gritó Sakura, fulminándola con la mirada―. Se supone que eres mi amiga.
―Soy amiga de la razón. No es mi culpa que tu marido la tenga. Esa tarde, regresaron al hotel sin más que hacer. Sakura estaba molesta, y Sasuke parecía querer matar a todo el que se le atravesara.
―Sakura… ―Sussana, trató de medir las cosas, para saber qué camino tomar―, mañana será otro día.
―Yo quería visitar la estatua del Turul, que según vi en internet, está en Tata… Taba…
―Tatabánya. ―Exacto. El problema es que, si se vuelve loco por un simple recorrido en un castillo, no quiero imaginarme cómo se pondrá por cruzar el parque, y subir el pequeño cerro para llegar hasta ella.
―Pero esa es la que queda allá, aquí también hay una. Sakura la miró asombrada. Se había levantado temprano para buscar en internet, dónde quedaba la estatua, y se había decepcionado al saber, que se encontraba en otra ciudad, y cuyo acceso tocaba a pie, en subida por terreno no pavimentado. Seguramente por las prisas, no se había percatado de la estatua a la que Sussana hacía referencia.
―Está en el Castillo de Buda ―continuó Sussana―. Junto a la estación del funicular. El mismo que Sasuke no quiso que subieras. Sakura guardó silencio por un momento. Quería ver la estatua, y más que Sasuke la viera. Sabía que para la época en la que ellos vivieron, ese castillo no estaba construido todavía, y mucho menos la imagen del ave; sin embargo, era la representación de algo sagrado para sus vidas pasadas, y él, que no era consciente de aquella vida, podría experimentar algún tipo de sensación especial. Solo tenía que convencer a Sasuke de ir al castillo, y ella sabía cómo lograrlo.
―Tú déjamelo a mí. Mañana subiremos al castillo y veremos la estatua. ―Sonrió a la chica, y le guiñó un ojo―. No te quepa duda. Al entrar en la habitación, escuchó el sonido del agua de la ducha. No podía tener más suerte, Sasuke ya estaba desnudo. Un paso menos que realizar. Se desvistió, se alborotó un poco el cabello, y aplicó un leve toque de su perfume en el cuello, y otro entre sus pechos, y se dirigió al cuarto de baño. Por la puerta traslúcida de la ducha, pudo ver la silueta de Sasuke.
Al parecer se encontraba de espalda, por lo que Sakura aprovechó ese momento para correr la mampara, y entrar sin que él se diera cuenta. Ahí estaba, con los brazos en alto, terminando de aclarar los vestigios de su champú. Los músculos de su espalda se marcaban por la posición, y su trasero mostraba una firmeza tal, que ella sintió cómo su boca se secaba, obligándola a pasarse la lengua por los labios.
No estaba segura de si era el deseo que se acrecentaba por su embarazo, como le había dicho Nani, o era la magia que generaba Hungría; solo que el hombre que veía ante sí, no parecía ser el mismo. Inhaló profundamente, y estiró la mano para rozarle, con la punta de los dedos, la espalda. Él bajó los brazos, y se giró al instante, haciéndola casi perder el aliento. Frente a ella no se encontraba su esposo.
El hombre era un poco más alto, más musculoso, con piel morena, bronceada por el sol, cabello negro azabache, pómulos altos, y ojos grises rasgados. Poseía una belleza que ella no había visto antes en la realidad, excepto en sus visiones y sueños del pasado. Frente a ella no se encontraba Sasuke Uchiha, sino Kopján, hijo de Kond. Él no se movía, solo atinaba a mirarla con una intensidad abrumadora. Aunque su aspecto era más joven, ella se sintió como una niña ante él. Como la niña que fue una vez, y a la que se le negó la posibilidad de amar. El muchacho le recorrió el cuerpo con la mirada, mientras su miembro se erectó sin demora.
―Erzsébet. ―La voz que escuchó no fue la de su esposo. Su nombre fue pronunciado con un acento diferente, parecido al de los habitantes de esa ciudad, aunque mucho más profundo y grave; tanto, que sintió que ese sonido le recorrió el cuerpo, y le estalló en su vientre, calentándola, excitándola.
Ella solo le sonrió y le tendió la mano. En el momento en el que él se la tomó, la vio pequeña entre las de él. Esa no era su mano, era la de una niña más joven, cuya piel blanca contrastaba con la del muchacho. Era como si hubiesen regresado en el tiempo, y fueran de nuevo ese joven guerrero, y la inocente niña. Esta vez ella estaba dispuesta a entregarse por completo, y al parecer, el pensamiento de él era también poseerla. Se acercó entonces, la tomó por la cintura y la alzó, haciendo que ella, en un movimiento instintivo, lo rodeara con las piernas por la cintura. En sus brazos se sentía liviana y protegida, amada y venerada. Era una sensación gloriosa, que se intensificó al escuchar de nuevo, el sonido de la voz amada.
―Una vez te pude poseer, y te perdí ―declaró él en un idioma extraño, parecido al magyar que escuchaba en esa ciudad, solo que mucho más antiguo, uno que podrían no entender en la actualidad; no obstante, ella lo hacía a la perfección―. Ya no más. Te reclamaré ahora mismo, así mi alma se condene, y tu desprecio me suma en el dolor para siempre.
―Ya te pertenezco, Kopján ―afirmó ella en el mismo idioma, con voz mucho más fina que la suya―. Solo queda que fortalezcas esa verdad. Sin esperar más tiempo, los dos juntaron sus labios en un beso reclamante, apasionado, que dejaba expuesta la necesidad que los dos sentían por el otro. Una necesidad reprimida por más de mil años, y que solo ellos podrían suplir en el cuerpo y el alma, que tanto amaban.
El tiempo desapareció para ella, y sin darse cuenta en qué momento, se encontró siendo recostada en la cama. Al separarse, él la acomodó y se colocó sobre ella, cuidando de que su peso, no recayera sobre su frágil cuerpo. En ese momento se olvidó de su embarazo, porque ya no era la mujer, esa había quedado atrás, cuando él la miró a los ojos en la ducha, tal como lo hacía en ese preciso momento
. Ella abrió las piernas para él, y sintió las caderas masculinas entre ellas, así como el miembro palpitante y anhelante, contra su sexo. Su cuerpo era el de una niña, sin embargo, su deseo por ese hombre era el de una mujer, y con esa misma avidez, estaba dispuesta a recibirlo. El joven acarició todo el costado de la niña, y llegando a sus caderas, introdujo una mano en medio de los dos cuerpos, para tocar su húmeda, cálida y pura intimidad. La chica jadeó, y le aferró el cuello con los brazos
Estaba preparada para recibirlo, llevaba siglos preparada para él, y solo por él. Los masculinos dedos, ásperos por la espada y el trabajo diario, se movieron a su antojo por su sexo. Uno se aventuró dentro de ella, como el soldado que es enviado a explorar el terreno, antes de la incursión principal. En todo ese tiempo se miraron a los ojos. Ella se encontraba perdida en esa profundidad gris de su mirada. Amaba a ese muchacho, que era un hombre en todos los sentidos, y que también la amaba a ella, con todas las fuerzas de su corazón.
La mano, ahora húmeda también, fue retirada, y en su reemplazo, el miembro del joven presionó contra su entrada, y se abrió paso sin miramientos. Ella cerró los ojos, embargada, no por el dolor de la primera vez, sino por la sensación de sentirse por fin llena de él. Un gruñido gutural se escuchó en la habitación, y sin poder esperar más tiempo, él comenzó a moverse contra ella.
Primero lo hizo de forma calmada, como midiendo sus reacciones, y al sentir que movía las caderas bajo las de él, aceleró sus movimientos, haciendo que la danza del amor y el placer, se tornara frenética y apasionante. Las caderas golpeaban, y los sonidos secos, con los gemidos y jadeos, formaban la melodía perfecta para el momento. El clímax no tardó en llegar, debido a todo el deseo reprimido, y gritos de éxtasis retumbaron en todo el lugar. Sus cuerpos se aferraron el uno al otro, el tiempo que duraron los espasmos.
Cuando sus respiraciones comenzaron a normalizarse, él se giró para caer sobre su espalda, y atraer con su fuerte brazo, el pequeño cuerpo de la niña. Así quedaron los dos juntos, dormidos, como dos amantes que por fin consuman su amor. Cuando Sakura despertó, Sasuke aún se encontraba dormido. Lo sucedido la noche anterior parecía un sueño, pero la placentera sensación en su cuerpo, le indicaba que todo había sido real. Miró a su esposo al rostro, y se lo acarició delicadamente, con el fin de no despertarlo. Ahí estaba el blanco de su piel, el castaño oscuro de su cabello, su rostro tal como lo veía todas las mañanas. Era el rostro que amaba. Se acercó a él, lo besó en los labios con mucha suavidad, se colocó un camisón y una bata, y salió de la habitación. El sol apenas comenzaba a entrar por en medio de las cortinas de los grandes ventanales, cuando se encontró a Katy, Becca y Lissa en la cocina. Las saludó, y las mujeres le respondieron de igual forma.
―¿Desea desayunar enseguida, señora? ―preguntó la chica, con su típica sonrisa tímida. ―Me lo llevaré a la cama, Lissa. Muchas gracias. Y prepara el de Sasuke, en la misma bandeja de cama. ―Con gusto, señora. Una vez de vuelta en la habitación, dejó la bandeja a un lado, se subió a la cama, y despertó a Christopher con besos suaves por todo su rostro.
―Mmm, que delicia. Ven acá, nena ―dijo, tomándola por la cintura, y tratando de ubicarla sobre sus caderas, que ya había descubierto de la sábana.
―Nada de eso, señor mañoso. Vamos a desayunar, que hoy tenemos un día muy largo. Quiero hacer algo especial contigo. Sasuke se quejó, cuando ella se alejó de sus ansiosas manos, y se impulsó con los brazos, para quedar sentado contra las almohadas. Sakura le colocó la bandeja de cama en las piernas, y se sentó a su lado.
―¿Cómo amanecieron mis dos amores? ―preguntó Sasuke, acariciándole el vientre.
―Con ganas de que nos cumplas un deseo ―respondió Sakura, mientras tomaba un trozo de manzana de la bandeja, y lo colocaba entre los labios de su esposo. Él abrió la boca y mordió, no sin antes saborearle los dedos.
―Pídeme lo que quieras, Sakura. Sabes que no podría negarte algo. Sakura se acurrucó más contra su cuerpo. Tomó esta vez un trozo de queso de cabra, y se lo dio a comer.
―Quiero ver una estatua que se encuentra en el Castillo de Buda. Junto a la estación del funicular. Sasuke frunció el ceño.
―¿Arriba o abajo?
―Arriba. ―Sasuke, negó con la cabeza―. ¡Vamos, Sasuke! Podemos subir por el funicular, y hacer el recorrido por el exterior. ―El funicular no es el problema; bueno, no tanto, porque no me gusta su aspecto; el problema es que la extensión del lugar es muy grande, y no quiero que te fatigues tanto.
―Entonces subamos, vemos solo la estatua que está junto a la estación, y bajamos enseguida. Anda, mi amor, solo eso y ya. Compláceme ―rogó Sakura, pronunciando la última palabra con voz de niña consentida, e hizo el puchero que era la debilidad de Naruto, y ahora también de Sasuke. Él lo pensó por un momento, mientras la veía batir las pestañas de forma coqueta, e inocente al mismo tiempo. Soltó un suspiro que más pareció un gruñido, y se llevó un trozo grande de melocotón a la boca.
―Solo la estatua. ―Solo la estatua ―concordó Sakura, con falsa resignación.
La vista desde la parte baja del funicular, era espectacular. Se podía observar gran parte de la ciudad durante el ascenso, aunque a Sakura le pareció una exageración, que Sasuke comprara los
puestos extra de dicha sección. Una vez llegaron a la cima, resultó cierto lo que Sussana había dicho. Al salir de la estación, divisaron la gran puerta ornamentada, adornada en la cima de una de sus columnas, por el ave mítica. Sakura la observó desde lejos por un momento, y una sensación sublime la recorrió, y la hizo estremecer. Desde lejos podía sentir el poder que emanaba, y sobre todo, la íntima relación que guardaba con su alma. Dio unos pasos sin ser consciente de ello, y se detuvo cuando Sasuke la tomó por el brazo.
―Sakura, no camines sola. ―Sakura giró la cabeza al escucharlo, dándose cuenta de que él, todavía no había visto el lugar que ella deseaba.
―Ven, quiero mostrarte algo ―dijo, tomándolo de la mano. En el corto trayecto, Sasuke no dejó de mirarla, y solo cuando ella se detuvo frente al monumento, él levantó la vista. Debido a su estatura, Sakura no pudo observar la expresión que su esposo tenía, pero al sentir cómo le apretaba la mano, y escucharlo emitir un pequeño jadeo, supo que algo importante sucedía en su interior. Ella también se dedicó a contemplarla, y ahí, tomada de la mano del hombre que tanto amaba, sintió que su alma y la de él, se conectaban más que nunca.
La estatua era magnífica. Tenía las alas extendidas, como si se dispusiera a levantar el vuelo, y entre sus garras, una espada. Parecía que custodiaba el castillo con mirada vigilante, e intimidante presencia. Luego de un par de minutos, Sasuke se giró, y la tomó por los hombros, para que ella también se girara, quedando así los dos frente a frente. Sakura lo miró a los ojos, y notó un brillo especial en ellos, como lo había visto la noche anterior, como la noche en la que se reconciliaron; un brillo de reconocimiento. Él sabía quién era, y la amaba de esa forma y de todas las posibles. Sabía que era su mujer, suya para siempre, como debió ser en el pasado.
―Eres mi vida, Sakura. Eres… Lo eres todo y más. Prometo protegerte y amarte siempre. Seré tu dueño y tu esclavo, lo que desees, lo que necesites. Seré lo que me pidas que sea para ti. Sakura sintió que estaba recitando los votos matrimoniales de nuevo, pero no de forma mecánica y ensayada, sino desde la más profunda sinceridad de su alma.
―Te amo tanto, Sakura ―declaró, abrazándolo por la cintura, apoyando la cabeza en su pecho. Él la abrazó también, y le besó el cabello con devoción.
―No imaginas cuánto ―susurró, volviéndola a besar―. Anoche tuve un sueño extraño. Sakura levantó la cabeza y lo miró, expectante.
―Me encontraba en la ducha, eso no lo estaba soñando. Cuando llegamos estaba molesto contigo por tu actitud irresponsable, así que entré a bañarme. Tú te quedabas con Sussana en la sala de estar. No recuerdo cómo me dormí, solo estaba ahí, enjuagándome el cabello, cuando tú me tocaste la espalda y yo me giré, pero esa no eras tú. ―Sacudió la cabeza, como tratando de aclarar sus pensamientos―. Frente a mí se encontraba una niña.
Una niña de unos trece años de edad, que no eras tú, porque he visto fotos tuyas a esa edad, y no tenías ese aspecto, sin embargo, yo sabía que sí eras, y que estabas ahí por mí. ―Cerró los ojos con fuerza, y bajó la cabeza, para juntar su frente con la de ella―. Creerás que soy un monstruo, pero yo la deseaba, la deseaba como te deseo a ti, porque esa niña eras tú; y lo que más me impactó, fue que no me importó su edad, solo sabía que la quería para mí, y que la tendría en ese instante, sin importarme absolutamente nada. Hablamos en una lengua extraña que yo comprendía, y ella también.
―Suspiró, negó con la cabeza, y la levantó para mirarla a los ojos―. La tomé en brazos y la hice mía. Mía, Sakura. Y no siento que te haya sido infiel, porque esa niña eras tú, solo que con otro cuerpo, y otro nombre al igual que yo. Fue todo tan real, que esta mañana cuando desperté por tus besos, por un momento creí que vería a la niña ante mí. Fue tan real, Sakura.
―Acercó sus labios a los de ella, y la besó―. Te amo tanto, que hasta te sueño despierto. Sakura sonrió contra sus labios.
―Yo soñé lo mismo, y lo sentí real. ―Le tomó el rostro entre las manos, y lo miró a los ojos―. Fue
real, Sasuke, así como lo es nuestro amor. Estamos destinados a estar juntos, para siempre, y te prometo que no permitiré, que nada ni nadie, nos separe.
―Nada ni nadie, mi amor. Yo tampoco lo permitiré ―prometió, besándola de nuevo. Los dos se giraron para mirar, por unos minutos más, a la estatua del Turul, apreciando su majestuosidad, e inconscientemente, elevando una oración. Cuando terminaron, Sasuke, por iniciativa propia, la llevó a conocer parte del castillo, cuidando siempre de que el recorrido no la agotara.
―¿Me puedes explicar qué fue eso de allá afuera? ―preguntó Sussana a Sakura, alejándola de Sasuke.
―¿A qué te refieres? ―A que parecían estar como hipnotizados, mirando esa ave, y luego se pusieron a hablar y volvieron a mirarla. Te juro que nunca antes había visto algo así. Pensé que bajaría un rayo de las nubes, y se los llevaría. Sakura sonrió, y negó con la cabeza, para despistar a su amiga.
―Cada día estás más loca.
―¡Te estoy hablando en serio, Sakura! Es cierto que hago bromas sobre ciertas cosas, pero en esta ocasión es diferente. ―Sakura la miró a los ojos, buscando la verdad en ellos, y se dio cuenta de que no le mentía―. Había como un aura a su alrededor. No la vi, sino que la sentí. Como cuando vas por la calle, y ves a un hombre que con su sola presencia, te hace cruzar y caminar más rápido. Bueno, así; solo que con ustedes era una sensación de respeto, de dos amantes que declaraban su amor ante un altar, como en las bodas. Era como si se estuvieran casando de nuevo. Fue irreal, amiga.
―No, fue muy real, Sussana ―aseguró Sakura, abrazándola―. Amo a ese hombre con todas mis fuerzas, y cada día que pasa, siento que lo amo más. Sussana se separó de ella, y le sonrió.
―Eso pude notar. ¡Ni yo misma me atreví a interrumpirlos! Temí que si me acercaba, terminaría convertida en cenizas. Sakura rio, y le dio una palmada juguetona en el brazo.
―Creo que todo tiene que ver con la historia del joven que te consulté. Sucedió en estas tierras, después de todo.
―No exactamente ―dijo Sussana. Sakura la miró, desconcertada―. Me causó curiosidad esa historia, e investigué un poco más. Los Magyar llegaron a estas tierras luego de un gran recorrido, y según los años en los que dicen que sucedieron los hechos de la leyenda, ellos no habían llegado todavía a lo que ahora es Hungría. Se encontraban en algún lugar de la Cuenca de los Cárpatos, posiblemente cerca de lo que hoy es Viena, Austria.
―Pero yo puedo sentirlo, puedo sentir que aquí sucedió.
―¿Cómo que puedes sentirlo? ¿Sentir qué? Sakura negó con la cabeza, e inventó una excusa para cambiar la conversación, y así impedir más interrogatorios. Su amiga nunca le creería su historia, si se la contara, y no tenía deseo alguno de confesarle toda la verdad. Se alejó un momento de ellos, siempre bajo la vista de Sasuke, y llamó a Emma, para contarle la nueva información.
―Tiene lógica que no se encontraran allí, si se trataba de una época tan antigua.
―No, estamos en el lugar correcto, puedo sentirlo, y Sasuke también lo siente. He visto sus reacciones, y hasta tuvimos una experiencia, juntos.
―Eso también tiene lógica, Sakura. No es el lugar, sino la gente la que crea una cultura. Están rodeados de los que serían sus descendientes, si hubiesen tenido hijos. Son las personas que proceden de esas con las que ustedes convivieron, y todo su entorno, las costumbres, el idioma, todo data de la misma gente a la que ustedes pertenecieron. Sabes que yo de esto no sé mucho, solo busco entenderlo y ya.
Cuando un grupo de personas se traslada de un lugar a otro, lleva todo consigo: sus energías, sus creencias, todo; y el verdadero hogar pasa a ser el que ocupen, no el que dejaron atrás. Sakura lo pensó por unos segundos, y se dio cuenta de que era cierto lo que su amiga le decía. No importaba en qué lugar de los Montes Cárpatos, sucedió su historia en particular, lo que importaba, era que se encontraban en lo que sería su destino, la ciudad, el país que fundaron, y los hijos que engendraron. Por eso se sentía como en casa, y por eso mismo, Sasuke había experimentado tantas cosas. Ya no le cabía duda alguna.
Se despidió de la rubia, no sin antes agradecerle por todo su apoyo, y se unió a su esposo, que ya se encontraba ansioso por regresar.
Al llegar al hotel, horas después, Sasuke le informó que en tres días viajarían. Nuevamente le ocultó el destino. Sussana esa misma tarde se despidió de ellos, para regresar con el grupo de trabajo, a una población al sur de Hungría. Quedaron en volver a verse en unos meses, cuando la investigación terminara, y la chica regresara a Estados Unidos, para continuar sus estudios de manera formal. Esa noche, Sakura se encontraba cepillándose el cabello, en el cuarto de baño de la habitación, cuando Sasuke entró, la abrazó desde atrás por la cintura, y comenzó a dejar un rastro de besos húmedos, en su hombro y cuello.
―¿Para qué te peinas, si en unos minutos tu cabello se enredará de nuevo? ―preguntó, con voz que prometía una noche infinita. Sakura se mordió el labio, y lo miró coquetamente por el espejo.
―Para que me hagas esa misma pregunta, me tomes en brazos, me lleves a la cama, me desnudes, y me hagas el amor hasta dejarme exhausta.
―¿Tiene que ser en ese orden?
―No necesariamente. Sasuke la giró, la tomó por la cintura, y la subió en el tocador.
―Comencemos entonces por lo más importante ―propuso, mientras le subía el camisón de seda roja, y se posicionaba entre sus piernas.
