Elsa... – había escuchado dentro de su cabeza, alguien la estaba llamando. – Elsa... – esa voz, le era muy conocida. – Ven Elsa, ven a jugar... – donde todos los caminos se unían, pudo ver a Annelise, su amada hermana menor que usaba su habitual vestido color verde oliva. – Elsa, te he esperado por tanto tiempo...– sintió de nuevo la voz y los brazos de la Annelise que tenía frente a ella se extendieron en su dirección. – Ven aquí, déjame abrazarte hermana.

Sus ojos se nublaron por un momento y dejando caer la linterna al suelo, acomodándose entre los brazos de su hermana menor. Una leve sonrisa se curvó en los labios de la ojizarca

– Eso es mi reina, no sabes cómo espere para decirte esto… – el corazón de la albina se aceleró y miro los ojos de su hermana… Un momento, esa no era su Annelise, no estaba ese brillo frio, pero a la vez cálido de sus orbes azules, solo había oscuridad en ellos.

– Tu… no eres… ella… – susurró, vio a la criatura transformarse ante sus ojos, pasado de la cálida y tostada piel de Annelise, a un monstruo de piel oscura con ojos rojos, su boca se deformo dejando salir una lengua y unos colmillos que trataron de cerrarse sobre su hombro derecho. – No… ¡No, no! ¡Suéltame! – golpeando a la criatura, desvió su rostro con lo cual logró zafarse.

Cayendo pesadamente al suelo fue de inmediato por la linterna para escapar, pero algo la había agarrado del pie y la jalaba con fuerza

– ¡Estúpida niña! Sabía que tarde o temprano vendrías aquí creyendo que este era el lugar correcto. – el tentáculo cerrado contra su tobillo la levanto con fuerza estrellándola contra una de las paredes. – No puedo creer que hayas sido la reina de Arendelle, una debilucha e imbécil perra. – volvió a levantarla ahora por un brazo y la azoto contra el suelo. – Y no olvidemos pecaminosa, oh puedo saborear el pecado dentro de tus pensamientos, como deseabas joder con tu pequeña hermana… – en esta ocasión el tentáculo se cerró sobre su cuello levantándola del suelo – Querías oírla gemir, que gritará tu maldito nombre mientras la jodias cada vez más duro. – la criatura rio lúgubremente y con su mano, tan negra como la noche, paso una de sus garras cortando la piel del rostro de la ojizarca – Serás el alma más deliciosa que jamás haya devorado…

Lentamente Elsa estaba perdiendo la conciencia ante la falta de oxígeno, pero recordó su magia y toco el tentáculo que la sostenía del cuello, intentando congelarlo. La criatura volvió a reír y esta vez abriendo su boca, dejado que su podrido aliento llenara la habitación.

– Tú magia no tiene efecto en mí, niña.

El demonio deformo completamente su boca dejando que su lengua tocara la herida de Elsa, lamiendo su sangre

– No me iré… de aquí… hasta saber la verdad.

La criatura quiso responder, pero algo la había atacado por dentro, emitiendo un chillido agudo de dolor. Soltó a la albina, quien fue por la linterna inmediatamente. Aún se sentía débil y no sabía si la saliva de aquel demonio iba a matarla de todos modos. Alzó su cabeza, encontrándose a la única persona que podría ayudarla, y metros más allá se encontraba Pabbie conjurando alguna clase de hechizo.

– ¡Anna llévatela, no es seguro! – gritó el viejo troll, la pelirroja asintió guardando la espada y corriendo para cargar a su novia. – ¡Vayan al valle, las veré allí!

Elsa no lograba conectar los puntos, su novia no le estaba dirigiendo la palabra, solo se limitaba a correr fuera de la cueva. Podía escuchar la dura voz de aquella criatura mezclada con gritos de dolor. Su mano se aferro al jersey color verde de Anna, la cual siguió corriendo hasta llegar a la motocicleta que le fue prestada, bajó a Elsa y busco ambos cascos.

– Toma, ponte esto y… ¿Elsa? – preguntó confundida.

La albina sujetó el casco, observando los patrones dibujados en el mismo. Su rostro ardía terriblemente por el corto y saliva del demonio, sin poder contenerse, acabo por romper en llanto. Anna dejó caer todo y la abrazo, dándole refugio en sus brazos. Beso su cabello mientras la escuchaba sorber su nariz y tratar de controlar sus espasmos.

– Shh… Mi amor ya está. Estás bien, no dejaré que nada te pase. – murmuró besando su mejilla.

Cuando la sintió más tranquila, pudo separarse. La yema de los dedos de Anna, acariciaron su fría mejilla, quitando todo rastro de lágrimas en aquel angelical rostro. Elsa dio una corta risa, aún sintiendo sus ojos humedecerse. La pelirroja volvió a colgar su bolso y tomar el casco, colocándoselo y ayudando a su novia a hacerlo. No podían perder el tiempo, menos cuando escucharon un rugido salir de la cueva.

– Súbete y no te sueltes, ¿De acuerdo? Piensa que sesto… uh… sería mi noble corcel, pero es de metal y afecta el medio ambiente. – comentó Anna subiéndose antes de poder ayudar a Elsa, quien se abrazó a su cintura y observó la cueva.

Cuando el motor se encendió, la pelirroja levantó su pie del suelo y la motocicleta avanzó, arrancándole un pequeño grito a la reina que cerró sus ojos aferrándose más a su novia. Anna condujo lo más rápido que podía, sin pasarse del limite y acabar en un accidente del cual se lamentaría demasiado. Elsa pudo observar como poco a poco llegaban a su destino, sintiendo la brisa de Arendelle golpeando su rostro, veía los arboles y luego como las rocas comenzaban a ser protagonistas. Estaban llegando al valle.

Anna se detuvo unos metros antes, apagando el motor y quitándose el casco antes de poder bajar. Ayudó a Elsa en todo y sujeto su mano con una pequeña sonrisa, notando como su novia se encontraba lo bastante metida en sus pensamientos. La historiadora levantó una ceja, deteniéndose para poder colocarse delante de Elsa, apoyó sus manos sobre los hombros de la reina y ladeó un poco la cabeza.

– Estás distraída, ¿Qué ocurre? – preguntó con calma. – Cariño, puedes confiar en mí. Lo sabes, ¿Verdad?

– Si, claro que sí, Anna. Confío en ti más que en nada, pero… – suspiro colocando un mechón detrás de su oreja, quejándose por el roce de sus dedos con su herida. – ¿Cómo…? Quiero decir, ¿Cómo entraste y cómo es que Pabbie sabia tu nombre? ¿Acaso lo tenían todo planeado?

Anna apretó sus labios, ahogando una pequeña risa, era obvio que su novia le haría ese tipo de pregunta y ella no dudaría en contestarle. Volviendo a ponerse a su lado, tomó la mano de la reina y la hizo caminar directo al valle de la Roca Viviente.

– Creo que, si te debo una explicación de todo, pero tranquila nada fue planeado… más bien todo sucedió de forma espontánea, incluso… ¿Recuerdas la espada? ¡Es esta! No se como demonios Pabbie la tenía, pero dijo que me había elegido y que debía salvarte.

Anna se movía de un lado al otro, comenzando a quejarse de su decisión de haberla dejado ir sola. Esta bien, era su misión, ¡Pero Elsa debió de decirle que no! Gruño cruzándose de brazos y girando para caminar al otro lado, tenia un mal presentimiento de aquello, como si algo no estuviera bien. Y sucedió. La entrada a la cueva se cerró de repente, captando la atención de la historiadora que dejó caer sus brazos y corrió hacia el lugar.

¡Elsa! ¡ELSA, ¿ME ESCUCHAS?! – gritó golpeando las rocas con fuerza, quería romperlas, atravesarlas. El miedo invadió su cuerpo por completo, temblaba y sentía lágrimas recorrer sus mejillas. – ¡ELSA, POR FAVOR! – volvió a gritar golpeando más y más fuerte sin darse cuenta de las pequeñas manchas de sangre que estaban quedando sobre las piedras, sabía que era prácticamente imposible que logrará romperlas, aunque lo deseara con todas sus fuerzas.

Se alejó observando sus manos temblorosas, con cortes en sus nudillos por todos los golpes que había dado. Cayó de rodillas llorando, la había perdido y era su culpa en parte al dejarla sola. ¿En qué estaba pensando? Maldecía, arrojó su bolso y ocultó su rostro en sus manos. Un gritó de frustración escapó de su garganta, casi quemándole. Su mente estaba bloqueada, impidiéndole pensar en alguna solución para poder recuperar a Elsa.

Sintió como alguien tocaba su hombro, tan esperanzada que fuera la albina, Anna giró de golpe. La decepción invadió su cuerpo, frente a ella un viejo troll sostenía un algo envuelto en una tela, levantó una ceja observándolo más detalladamente, hasta que la realidad la golpeo duramente en el rostro.

¿Pa-pabbie? ¡Eres tú! – gritó levantándose, notando la gran diferencia de altura entre ambos. Anna hizo una mueca arrodillándose para estar casi iguales. – Elsa… E-ella esta adentro de esa cueva, logré descifrar el pergamino y decía que tú estabas… uhm… Si, me calló.

Pabbie le extendió el objetó a Anna, quien lo observó con curiosidad, quitando la tela para encontrarse con una espada y su estuche. La pelirroja desenfundo el arma y observó el mensaje grabado en la hoja de la misma, se encontraba en un idioma antiguo. Revisó con más detalle hasta caer en cuenta que era la misma espada que estaba por atravesar el corazón de la reina.

¿Qué demo…?

Te ha elegido, Anna. – contestó Pabbie señalando la empuñadura de la espada, en la cual se encontraba escrito en una letra cursiva el nombre de la pecosa. – Cuando la tocaste y despertaste a Elsa, desde ese momento esperé para que ustedes me encontrarán, tardaron más de lo que tenía planeado, pero lo hicieron…

Un rugido desde dentro de la cueva interrumpió su charla, la pelirroja se levantó guardando la espada en su estuche y la colgó en su cintura. Observó al troll, el cual estaba observando la caverna. Pabbie se acercó murmurando en una vieja lengua mientras dibujaba extraños símbolos en las rocas. En menos de un parpadeo, la entrada había vuelto y Anna no dudó ni un solo segundo en correr al rescate de su amada, pero el viejo troll se colocó delante suyo.

Anna, prométeme que no usaras esta espada para herir a nadie, ¿De acuerdo? Solo a esas almas impuras y que provoquen destrucción. – pidió la criatura, Anna al instante asintió acomodando su bolso. – Debemos ser cuidadosos, no sabemos exactamente que nos aguarda allí dentro y menos si Elsa está corriendo algún...

Está en peligro, lo sé. – interrumpió Anna avanzando a paso veloz, sin esperar a Pabbie.

Elsa le impidió seguir hablando, simplemente se aferró al cuello de su amada, ocultando su rostro y permitiendo que Anna la abrazará por la cintura. Pudo escuchar la suave risa de la ojizarca y su frío aliento chocar con su cuello, lo que causó que la historiadora se estremezca.

– Mi apuesto caballero. – bromeó la albina separándose para apretar sus mejillas.

– Solo me falta conseguir una armadura y saber esgrima. – confesó dando un rápido beso en sus labios. – En serio, la última vez que tomé una clase de esgrima fue a los diez y me sacaron porque me creía una jedi y hacia movimientos erróneos, ¡Pero vamos! Vi las seis películas de Star Wars y claramente quería ser una jedi.

Pudo ver el rostro de confusión y diversión en su novia, como esta entreabrió sus labios ates de permitir que las risas la invadieran. Anna sintió su rostro ardes por el fuerte sonrojo que la invadió al haber confesado aquello a su pareja, la cual estaba claro que no sabia que era Star Wars o Jedi.

Siguieron caminando, Elsa relataba que había visto en el interior de aquella caverna. Mencionando las escrituras que había visto como de los cristales, la criatura que la atrapó fue el tema menos hablado, sobre todo porque escuchó gruñir a Anna apenas comenzó. Prefirió hablarlo luego, cuando la pelirroja curara su herida y estuvieran en casa. Algo detuvo a la albina antes de poder llegar, sintiendo sus ojos arder por la amenaza de las lágrimas.

– A-anna… hay algo que debo decirte, y jamás se lo he dicho a nadie porque tenía tanto miedo de lo que podría pasarme. – confesó dando un corto suspiro. – Había una razón del porque hui en mi coronación, mi hermana me presentó a un sujeto, me dijo que querían mi bendición para comenzar su relación y… y se la negué porque estaba celosa de que jamás hubiera podido estar con ella de la forma que él. – sintió el brazo de Anna rodear su cintura y como le sonreía esperando que continuara. – Me había enamorado de ella, mi propia hermana… jamás se lo dije y dudo mucho haber podido, sólo imagina su reacción… Soy una…

– Eres la persona más valiente que he conocido, Elsa. Si, bueno te enamoraste, pero amor es amor… además yo me he enamorado de una caricatura y aún no lo superó.

Ambas dieron una corta risa antes de poder darse cuenta de que se encontraban en el valle. Anna acomodó el bolso e hizo un gesto a Elsa para poder avanzar, siendo recibidas por los trolls que habían notado rápidamente su presencia. Un sonido de asombro por parte de todos se escuchó apenas Grand Pabbie hizo acto de presencia, las dos chicas voltearon para verlo.

– Elsa, ¿Podemos hablar en privado, por favor? – pidió amablemente el viejo troll. La susodicha observó a su pareja, la cual hizo un leve gesto con la cabeza para que aceptara. – Muy bien, sígame.

Sin decir mucho, la ojizarca siguió al troll lejos de donde estaban para poder hablar, dejando sola a la pelirroja y rodeada de aquellas extrañas y antiguas criaturas que la observada con curiosidad. Anna se observó a sí misma, debatiéndose que podría llamar la atención de los trolls, hasta encontrar la espada colgando de su cintura.

– Oh… Si, esto… uh… hubiera preferido un sable láser, siempre quise uno, pero tener una espada de hace siglos es genial. – confeso desenfundado la misma e imitando los movimientos que vio en las películas de Star Wars. – Definitivamente es genial tenerla y más porque…

Dejó de hablar al ver a su novia a lo lejos, llevaba una expresión difícil de descifrar, no sabia si estaba molesta, confundida, triste. Quiso acercarse, pero un pequeño troll la detuvo negando.