HISTORIA DE UN ENCUENTRO

Saito descubrió la pasión con la que se expresaba, se la imaginó dando clases a niños y adultos, compartiendo lo único que pudo sacar de su antigua casa antes de que la destruyeran, sabía que a pesar de su apariencia era fuerte y testaruda, lo demostró cuando se defendió de su agresor en Kyoto y de camino a Nagano, era inteligente pues logró sortear todos los obstáculos frente a ella, además poseía una amabilidad y templanza que atraía a las personas con facilidad. No pudo dejar de mirar su perfil detallando cada línea de su rostro hasta que su voz lo interrumpió.

-"He podido juntar algo de dinero, el suficiente para dejar el templo dentro de poco"- Le dijo atrayendo su atención curioso por lo que escuchaba. -"No quiero abusar de la amabilidad de los monjes"-

-"¿A dónde piensas ir?"-

-"La gente del pueblo cree que mi prometido murió en la guerra así que todos han sido muy amables conmigo, los monjes se ofrecieron a ayudarme a conseguir una casa en Kobe con la única condición de seguir dando clases"-Rió al ver la cara de sorpresa del hombre. -"Pienso aceptar su oferta. Dar clases me gusta y es preferible trabajar de esta manera a pasar el resto de mi vida sirviendo a los hombres en Kioto"-

Esa confesión lo tomó con la guardia baja, cuando regresó a Nagano pensaba en volver a verla seguro que ella seguiría ahí; en su ausencia había pensado muchas veces en la mujer recordaba antes de irse a dormir el corto tiempo que compartieron juntos. La había extrañado, ahora estaba seguro de eso antes pensó que echaba de menos la compañía de alguien pero supo de inmediato que lo que extrañaba era verla andar junto a él, echaba de menos el sonido de su voz y su sonrisa, la manera en que se dirigía a él, anhelaba cada noche ver sus expresivos ojos marrones, incluso deseaba ver una vez más su cuerpo semidesnudo. Pero ahora ella le decía que al igual que él había decidido el rumbo de su vida y él no estaba preparado para escucharlo pero tampoco tenía derechos sobre ella.

Eso le hizo recordar aquello que llevaba cargando consigo desde hace mucho tiempo. Sacó de una pequeña bolsa que cargaba a un costado un sobre amarillo y arrugado por el tiempo y tres saquitos de yute los puso en medio de los dos explicándole que era.

-"Vas a necesitar esto"- Le dijo entregando el sobre. -"Debí habertelo dado hace mucho, desde Kioto cuando aquel hombre lo cambio por las monedas de oro"-

Tokio abrió el sobre y supo al instante que era la letra que Saito había comprado de su libertad, levantó la mirada hacia él sonriéndole con una mezcla de gratitud y alegría conteniendo las ganas de llorar.

-"Seguí las instrucciones de tu carta para dar con el dinero de tu padre, esto fue lo que pude recuperar"- Le entregó las bolsas con monedas de oro y plata.

-"Agradezco que hayas ido a buscarlo pero esto no es mío. Hiciste tanto por mi, me ayudaste cuando nadie más quiso hacerlo, me sacaste de Kioto y buscaste un lugar donde pudiera estar por lo tanto esto es tuyo"-Acercó los sacos a él.

Saito golpeó su frente con dos dedos para llamar su atención al tiempo que rechazaba el dinero. -"No fui hasta Aizu para reclamar una recompensa, no me debes nada tu compañía saldó esa deuda"-

Tokio cubrió con su mano su frente, ahí donde recibió el leve golpe iba a reprocharle pero sus palabras la tomaron desprevenida. Abrió y cerró la boca y giró el rostro en la otra dirección para que él no viera el sonrojo de sus mejillas.

Saito solo fue consciente de sus palabras al ver la reacción de la mujer, agradeció que Tokio desviara su rostro porque él mismo sintió el color subir por su rostro.

Por fortuna para los dos un grito proveniente del comedor llamó su atención se pusieron de pie y sin agregar más fueron a reunirse con todos.

Las siguientes semanas transcurrieron con normalidad, Tokio realizaba sus actividades de acuerdo al día de la semana con la diferencia que Saito la acompañaba la mayor parte del tiempo. Él estaba de permiso así que ayudaba en las labores de la casa hogar eligiendo aquellas donde pudiera compartir tiempo con la mujer.

A nadie le sorprendió verlos juntos; muchos de los niños y jóvenes conocían a Saito desde hace mucho, la mayoría de ellos llegaron al templo después de que Saito o alguno de sus antiguos compañeros los enviaran a buscarlo, a Tokio la respetaban y apreciaban por la ayuda que siempre estaba dispuesta a darles. Lo que realmente les llamaba la atención era descubrir cómo cada uno sonreía con mayor frecuencia en especial sus rostros se iluminaban si estaban juntos y más de uno los había cachado cuando se lanzaban miradas sin que el otro lo notara.

Las mujeres parecían conocer lo que pasaba entre ellos y los hombres más despistados pensaban que Tokio lucía por esos días más hermosa que de costumbre.

El mes de agosto estaba por terminar, eso significaba que Saito regresaría pronto a Tokyo, esa mañana después del desayuno recibió una carta de sus superiores recordandole la fecha en que debía retomar sus labores, la segunda misiva era de uno de sus subordinados informandole que todo estaba listo.

Esa mañana Tokio se había ofrecido como voluntaria para ir a recoger las últimas cosechas de fresas y zarzamoras antes de que iniciaran las lluvias. Saito por su parte acompañó a los hombres para recolectar madera y armar provisiones para el invierno.

Las mujeres fueron las primeras en regresar, al caer la tarde tres de los cuatro hombres que habían partido regresaron, dos de ellos cargaban al tercer hombre que llevaba el rostro fruncido en gestos de dolor, una de sus piernas estaba girada en un ángulo antinatural lo llevaron adentro y con cuidado lo recostaron en el tatami mientras explicaban como se había accidentado.

Cuando oscureció aún no regresaba el cuarto hombre, Tokio tomó un candil y salió del templo a esperarlo en el camino. El clima era agradable, el calor hostigante del día había menguado con la llegada de la noche y una leve brisa refrescaba el ambiente.


Gracias a todas las que siguen mi historia, el próximo capítulo es el último y con él daremos por concluida está historia.

-Sherrice Adjani-