Por última vez: capítulo octavo.
Cuando consigo moverme, deseo seguir disparando al muchacho que yace muerto al pie de la Cornucopia, como si con ello pudiera vengar a Maddison. Quiero encontrar más tributos y acabar con todos ellos. Siento que me arden os ojos, aunque sé que no voy a llorar, ni a gritar, ni a hacer absolutamente nada. Conozco bien los mecanismos para esconder mis emociones y a buen seguro, habrá cámaras enfocándome en este momento de desesperación y rabia.
Me froto la cara en un intento de rehacerla para las cámaras, intentando adoptar un gesto frío e indiferente, como si todo estuviera bien (cuando nada lo está). Me digo que no es más que un programa de televisión, hecho por y para sádicos adictos al drama y la sangre. No voy a rellenar minutos de su espectáculo si puedo evitarlo. Intento mentalizarme de que tengo que huir de aquí antes de que otros tributos me encuentren. Me arrastro hasta la línea de árboles, creo que aún no estoy preparado para levantarme, persiste el pitido en los oídos y la cabeza me da vueltas como si me hubieran subido a la noria que colocan en el distrito el único día de fiesta. Se me ocurre que debería ir a la Cornucopia a por el agua que Maddison no ha podido traer. Sin embargo, desecho inmediatamente la idea. No quiero ir allí, no quiero ve los restos de mi aliada adheridos al suelo. El aerodeslizador aún no ha llegado y dudo que tengan algo que recoger aparte del cadáver del chico.
Maddison se ha desintegrado completamente, igual que hizo mi padre en la explosión de la mina. No es momento para pensar en mi padre muerto y sin embargo no dejo de pensar en él.
Me estoy tomando un segundo para barajar mis opciones y recomponerme, cuando veo una persona venir chillando hacia mí con algo en la mano. Cargo de inmediato una flecha, puedo dispararla aunque no pueda moverme del suelo, pero necesito que se aproxime un poco más. Tenso la flecha al máximo con la goma del arco y enfoco con un solo ojo a mi objetivo. Hoy estoy dispuesto a matar tanto como haga falta. No tengo ningún problema en convertir la arena en un cementerio.
Estoy a punto de soltar la flecha…. Pero no lo hago, debido a que quien corre hacia mí es Katniss.
¡Es Katniss!
Desde que nos metieron aquí no he querido hacer otra cosa que chillar su nombre. Ahora noto ese impulso con más fuerza que nunca.
Mientras bajo el arco, siento una oleada de alivio llenarme de aire los pulmones que me permite respirar de nuevo. Corre hacía mí con un cuchillo en la mano, lleva tan solo media chaqueta y tiene la trenza chamuscada. Pero está viva. Y está huyendo de las peores bestias que hay en la arena: los profesionales.
Me incorporo sabiendo que es posible que me caiga redondo al suelo. Tengo la impresión de que la explosión me ha afectado al equilibrio. Tiro de mi cuerpo justo a tiempo para esquivar una lanza que pasa rozándome el costado. Katniss casi se me echa encima antes de poder frenar su carrera. Le doy inmediatamente su arco, antes de que podamos intercambiar palabras. Ella es mejor y más rápida. Su primera flecha impacta en el hombro de Glimmer, la segunda en el muslo de Cato. Glimmer se tambalea un poco, sin embargo Cato… Puedo ver donde ha impactado la flecha, debería haberlo derribado pero sigue corriendo hacia nosotros como un loco con su espada enorme en la mano.
—Vamos Gale —me dice Katniss—. Huyamos, somos más rápidos que ellos.
Por alguna razón no quiero huir. Quiero enfrentarme a los profesionales y acabar con todos.
A pesar de sus palabras, Katniss sigue disparando flechas. La siguiente impacta en el tobillo de Cato. Un lugar extraño, me cuesta entender la razón por la que no lo ha disparado en un ojo, sabiendo que puede hacerlo. Aun así, es lo que hace que se detengan y discutan un momento antes de emprender la huida en dirección contraria. Cato cojea de vuelta mientras grita improperios. Su compañera de distrito tiene que ayudarlo. Glimmer se sujeta el hombro con una mano mientras el tributo de su distrito, un chico alto llamado Marvel, tira de la flecha hacia fuera. Ninguna es una herida mortal, sobrevivirán ambos y seguramente les enviaran regalos con los que arreglarse. Imagino que son los favoritos del público y tienen cientos de patrocinadores.
Cuando están lo bastante lejos, cuando les hemos perdido completamente de vista, Katniss me abraza. Yo le devuelvo el abrazo menos efusivo de la historia de los abrazos. Me siento vacío y sin fuerzas, querría haberme enfrentado a ellos, haberlos matado o haber muerto intentándolo. Pero mis dos cuchillos contra su arsenal de armas habrían sido como ir a la guerra armado sólo con un tirachinas. Si hubiéramos tenido otro arco, no quedaría vivo ninguno.
—Gale —dice Katniss, que continúa abrazada a mi pecho—. ¿Estás herido? Temí que los últimos cañonazos fueran por ti. Estaba asustada.
—Sigo vivo —contesto, aunque ahora mismo me siento en una especie de limbo. Ni vivo, ni muerto. Me mantengo en pie tan solo porque me sostienen las piernas.
Mi falta absoluta de entusiasmo la pone alerta.
—¿Quiénes eran? —pregunta.
—El chico del Tres y Maddison.
—¿Maddison? ¿La tributo del Cuatro? —Su voz no puede ocultar la molestia— ¿Os hicisteis aliados antes de entrar en la arena?
No es una pregunta. Por el tono que usa, reconozco la acusación en toda regla. Aprieta los labios y frunce el ceño como siempre que está disgustada. Pero no tiene ningún derecho a estarlo, después de pasar de mí olímpicamente como lo hizo en el Capitolio. Tampoco es el mejor momento para recriminarse nada. ¿Es que no se da cuenta? Aún siento algo en el pecho que no puedo quietarme de encima, como si me estuviera ahogando, todavía tengo la misma nausea. De hecho, me aparto a un lado y vomito en el escaso desayuno sobre la arena.
Me limpio la boca con la manga de la chaqueta, se le queda impregnado un olor asqueroso. Estoy por quitármela y abandonarla. Aquí no sirve de nada, parece que estuviéramos en el puñetero trópico, pero soy lo bastante sensato como para guardarla en la mochila al recordar el frío de la noche anterior. La cabeza me sigue dando vueltas, por lo que me siento en el suelo con ella entre las rodillas y me la cubro con ambos brazos.
Katniss se agacha a mi lado.
–¿Estás bien? —Pregunta, con una mano en mi espalda.
Tengo que tragarme las palabras, porque no estoy bien. No estoy bien y tampoco quiero decírselo, pues no tiene nada que ver con ella.
Acabo de perder a alguien que me gustaría que siguiera vivo, y es un pensamiento que dudo que uno pueda permitirse tener en los Juegos. Aunque fuera provisional, aunque fuera un acuerdo extraño, Maddison era mi aliada. Si dependiera de mí y no pusiera a Katniss en peligro, encontraría la forma de incendiar el estadio, con todos dentro, para no dar al Capitolio más espectáculo, ni más Juegos, ni más programa televisado.
Terminaría con su matanza con otra más rápida. Todos ardiendo. La idea me consuela en cierto modo y gana espacio en mi cabeza. Si les quitamos los Juegos y a sus vencedores, ¿qué les quedaría? ¿Cómo reaccionarían los distritos ante eso? Sin embargo, no creo que Katniss lo entienda, no creo que pudiera hacerlo, ya que no veo que tenga ningún aliado aquí dentro. Por lo que me limito a respirar hondo e intentar no atragantarme con la rabia. Katniss se dedica a darme golpecitos en la espalda, como si eso ayudara en algo a mi estado.
—Dame un momento Catnip — digo apartándola—. Necesito estar solo.
Katniss lo entiende y se separa. Sigo esperando algún tipo de lágrima, aunque sea para liberar tensión, pero no sale ni una mísera gota. Sólo siento el fuego en los ojos. Un odio crudo y descarnado que me hierve por dentro, se expande por los pulmones y me llega a la boca en forma de bilis verde. Lo escupo. No puedo seguir vomitando. Ya no me queda nada en el estómago.
Levanto la vista y veo a Katniss de guardia, con el arco en la mano. Cuando nuestras miradas entran en contacto me dice:
—Los profesionales andarán cerca, esperando a que estemos con la guardia baja para atacarnos.
Espero que los profesionales estén lamiéndose sus heridas en estos momentos, pero sus palabras hacen que reaccione. Si mis cuentas están en lo cierto, llevan sin matar a nadie desde el baño de sangre. Eso debe estar volviéndoles locos.
Intento buscar los restos de Maddison en la Cornucopia, para despedirme de ella antes de seguir adelante. Por más que busco, sólo encuentro al chico muerto del distrito Tres, con mi flecha atravesándole el hombro, un cuchillo clavado en las tripas, caído de lado frente a nosotros en medio de un charco de sangre.
—Vamos Gale —me dice Katniss—. Ya está muerto.
Todavía me siento paralizado, como si los miembros no respondieran a su debido tiempo cuando mi cerebro les envía la información de moverse. Pensaba que el miedo en la arena sería como el miedo en el bosque, cuando nos atacaba una manada de perros salvajes, pero esto es completamente distinto. Todavía tengo que aprender a manejarlo y a hacer de él un motor que me obligue a continuar en marcha.
—¿Por qué no se los llevan? —pregunto a nadie en particular y al Capitolio en concreto. Es Katniss quien me contesta.
—No lo harán mientras estemos aquí parados. Están esperando a que nos marchemos.
Katniss alarga su mano para que me incorpore. El pitido en los oídos sigue siendo insoportable y me cuesta caminar derecho. Vuelvo la cabeza hacia la Cornucopia por última vez.
—¿Sabías su nombre? —pregunto. Mi amiga no necesita que le explique de quién estoy hablando.
—Nunca lo supe. Trabajaba para los profesionales vigilando las provisiones. Cuando apareció el agua se quedó aislado.
—Pensé que te habrías alejado de la Cornucopia. ¿Has estado vigilándola?
—Recogí esto —ella me muestra su mochila.
Es de un naranja horrendo que te hace querer dejar de mirarla. La abre y me da unas gafas. Al probármelas compruebo que no sólo mejoran la visión, sino que la amplifican a muchos metros de distancia. Vuelvo a mirar la Cornucopia y ahora sí que aprecio con todo lujo de detalle lo que queda de Maddison. La visión me revuelve el estómago, suerte que ya lo tengo completamente vacío. No creo que sea una imagen muy atractiva para los patrocinadores verme en este estado, poniéndome enfermo cada tres minutos aproximadamente.
—¿Entonces que hiciste? ¿Trepaste al árbol más alto? Ni siquiera pude verte en el baño de sangre.
—Cuando sonó el gong, la verdad es que reaccioné tarde para intentar coger el arco, así que agarre esta mochila que andaba desperdigada. Y sí, corrí hasta alejarme lo suficiente y me encaramé a un árbol. La mochila tenía comida, un saco para el frío, un cuchillo y las gafas, pero nada de agua. Tuve que bajar a buscarla esta mañana, estaba en muy mal estado.
—¿Y la encontraste? —pregunto esperanzado.
Katniss me pasa un pequeño recipiente que no llegará al medio litro. Le doy un minúsculo trago que consigue mojarme la lengua de trapo. Tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no acabarla.
—Hay un estanque —continúa mi amiga—. Allí es dónde me encontraron los profesionales. Al amanecer fue cuando vi como llenaban la Cornucopia de agua, por lo que supuse que ellos también estarían aislados.
—O saben nadar o habían salido de caza —afirmo.
—Lo segundo —dice Katniss—. Seguro que ahora se refugian en el estanque.
Agarro su trenza con una mano. Tiene el extremo chamuscado y la chaqueta de su traje se ha visto reducida a la mitad de lo que era.
–¿Qué ha pasado con esto? —pregunto, haciéndole cosquillas con los restos de su pelo quemado en la nariz.
—Justo antes de que me encontrasen los profesionales hubo un incendio. Más bien una pared de fuego, por suerte no causó demasiado daño.
Todavía tengo su trenza en la mano, las puntas están abrasadas, pero el resto tampoco está en muy buen estado. De repente tengo la tentación de cortarlo. Y lo hago, con el cuchillo, que está lo bastante afilado como para necesitar un solo tajo. La trenza queda desecha y el pelo oscuro le cae como una cortina a la altura de los hombros.
Katniss me mira indignada.
—¿Pero qué has hecho? —pregunta.
—Si tuvieras un espejo me lo agradecerías —repongo.
No entiendo bien la razón, pero cortar el pelo de Katniss me ha devuelto los ánimos. Ella no parece muy contenta, recoge los restos de pelo del suelo y los guarda en la mochila mientras me mira con cara de enfado.
—No tenías derecho —me recrimina.
—Lo siento.
—No lo sientes —dice mientras destrenza lo que le queda de pelo.
—Sólo es pelo. Crece muy rápido.
—Vete a la mierda, Gale. Era mi pelo —me grita y sale pitando en dirección contraria.
Como ya me encuentro algo mejor, no pierdo el tiempo y la sigo. No pretendía echar más leña al fuego de nuestra relación con lo de la trenza. Quién pensaría que le iba a importar tanto
Me freno en seco antes de sobrepasar la línea de árboles.
La intuición me dice que, dados los recientes acontecimientos, no deberíamos volver a la Cornucopia. Sin embargo, si está vacía, es nuestra oportunidad de conseguir comida y agua.
—Voy a hacerlo —le digo a Katniss dando media vuelta—. Voy a ir allí. Tú me cubres con el arco. Antes de que lo cambien todo de sitio
—Gale, no —niega ella, agarrándome de la manga de la chaqueta.
En ese momento el cielo se repliega en dos mitades iguales y nos azota un remolino de viento. Corremos al refugio de los árboles y una vez allí vemos como un aerodeslizador levanta el cadáver del chico muerto. A Maddison no pueden llevársela más que a trocitos. Necesitarían una espátula para rasparla. Momentos después de que las pinzas desaparezcan, vemos drenarse el agua del lago que rodeaba la Cornucopia. Por un momento se convierte en un pozo vació de nada. Tengo que contener las ganas de salir corriendo hacía allí. Lo único que me detiene es el destello verde del sol sobre el mejunje que nos tuvo paralizados ayer por la mañana. Me hipnotiza la forma en que aumenta y se expande y llena todo el espacio. Fantástico, ahora llegar hasta los suministros es imposible del todo, si no queremos quedar atrapados. La parte buena es que los profesionales tampoco podrán hacerlo.
—Vamos —le pido a Katniss—, por fin convencido de que hay que largarse. Tendremos que apañárnoslas con el poco agua de la botella.
Me alivia ver que soy capaz de correr de nuevo. Marchamos por un terreno desconocido en esta arena. No es el de ayer por la noche, ni tampoco el de esta mañana, pero se asemeja a nuestro bosque del doce en cuanto nos separamos lo bastante de la Cornucopia. Hay árboles densos y troncos cubiertos de musgo y líquenes, por lo que avanzamos rápido, parando solo para ingerir trocitos de cecina de vaca que venían en la mochila de Katniss y beber diminutos traguitos de agua. A pesar de las circunstancias, me gusta estar con Katniss, aquí, en medio de la naturaleza. Nos compenetramos perfectamente, nos guardamos las espaldas y no necesitamos muchas palabras para comunicarnos. Lo cual es bueno, ya que no creo que la alegría por verme haya hecho que a ella se le pase el cabreo.
A medida que nos alejamos empiezo a notar como el ambiente su nubla y se hace más denso. No se trata de las nubes que anunciaban tormenta el día de ayer, sino de otro tipo de niebla que no es húmeda sino seca, más parecida al humo. Me recuerda a la que nos impedía la visión nada más entrar en la arena. Aunque parece inofensiva de momento y ayudará a mantenernos ocultos, siento el malestar en los ojos y en la garganta.
Recuerdo entonces el conejo que llevo sujeto en el cinturón.
—Hora del almuerzo —informo a Katniss.
Recogemos entre los dos las ramas más secas que encontramos y, aunque tardo un rato, consigo prender una llama con dos piedras. Entonces se me viene a la cabeza algo que me enseñó a hacer mi padre
—Dame el cuchillo —le pido a Katniss.
Aunque tengo el mío, el que consiguió ella tiene la hoja más ancha y es más difícil que se rompa. Cavo un agujero en la tierra y noto que cuanto más profundo cavo está más mojada. Miro mi mano cubierta de barro.
—Mira esto —le digo a Katniss. Me alegra poder decir algo que no sea completamente nefasto. Le unto en la cara dos líneas del barro húmedo con dos dedos. Hacen que parezca una princesa guerrera. Mi princesa, que nunca suelta su arco. Dudo que vaya a hacerlo hasta que salga de aquí.
—Está mojado —apunta ella con una sonrisa—. Sigue cavando.
No sé si es buena idea. Las corrientes subterráneas de agua suelen estar a bastante profundidad y ni tenemos los medios necesarios para hacer un agujero en condiciones en la tierra, ni deberíamos gastar las fuerzas en ello. Aun así Katniss se me une a la tarea y al poco rato tenemos un charquito de agua sucia en el fondo de un pequeño agujero. También estamos completamente agotados y manchados de barro.
—Vamos a comer —le digo a Katniss—. Luego solucionamos esto.
Me toca volver a cavar hasta conseguir un espacio de las dimensiones necesarias. Lo cubro de las ramas secas y enciendo de nuevo la llama sin dejar que el fuego prenda del todo. El truco es conseguir unas ascuas candentes sin que lleguen a arder. Con unas cuantas piedras palanas nos hacemos una barbacoa, y mientras yo cocino el conejo Katniss encuentra varias plantas comestibles, como cardos, y dispara una especie de comadreja con el arco. Lo bueno de estar con Katniss es su infinita imaginación para la comida. Puede encontrarla en cualquier parte y prepararte un banquete.
Cuando terminamos me permito recostarme sobre la mochila y cerrar los ojos por un momento, imaginar que estamos en nuestro bosque, un domingo de verano cualquiera, en el que ya hemos conseguido suficiente comida para nuestras familias y tenemos tiempo de holgazanear hasta ver ponerse el sol. Nunca nos hemos puesto de acuerdo sobre cuál es mejor, a Katniss le gusta el sol alzándose en el cielo, mientras yo prefiero ver caer la noche y aparecer las estrellas como por arte de magia.
—Gale, arriba —Katniss me saca del entumecimiento. Está señalando con el dedo a un par de metros.
—¿Qué pasa? —me pongo en guardia pensando que es una alimaña, un tributo espía, cualquier cosa que nos pueda atacar.
Pero no se trata de un peligro de ese tipo. Ha aparecido de la nada un matorral lleno de bayas rojas. Hay algunas flores rodeándole, como un si en un instante hubiera crecido un jardín silvestre a nuestro lado.
—Estoy segura de que no estaba hace un momento —me dice.
—No estaba —confirmo—. Este año en la arena a veces crecen cosas de la nada y otras cambian de sitio. Mejor será que lo ignoremos. Seguramente todo sea altamente venenoso.
—¿Pero qué dices? Son arándanos rojos y maduros perfectamente comestibles —me asegura Katniss–-. Incluso las flores se pueden aprovechar.
Empieza a recoger las bayas en un saquito. Estoy a punto de quitarle el saquito de las manos y tirarlo lejos de su alcance, pero me abstengo, no quiero provocar una discusión. No pienso dejar que las coma de ninguna manera. A veces pienso que de un tiempo a esta parte le gusta llevarme la contraria por deporte.
Mientras ella recolecta todo lo que encuentra a su alrededor, yo veo si puedo cavar el agujero un poco más profundo, pero sigo obteniendo un charco de barro en lugar de agua fresca. Al final decido que tiene que haber una fuente en la superficie por los alrededores. Si no la encontramos, habrá que volver y hacer lo que se pueda con esto.
Antes de irnos mi amiga me comunica que va a subir a un árbol para intentar situarnos en la arena. Elige el más alto de cuantos hay a nuestro alrededor y yo me quedo abajo, vigilando.
Katniss trepa como una ardilla, se mueve por las ramas del árbol como si ese fuera su hábitat natural y no tener los pies sobre la tierra. Sonrío sin quererlo. Me recuerda a nuestras largas jornadas en el bosque, cuando ella escalaba los árboles más altos en busca de nidos mientras yo le guardaba las espaldas impresionado. Tal vez es eso lo que tanto me atrae de ella. No es que no sienta miedo o no advierta el peligro, sino la forma en la que lo hace suyo y se enfrenta a cualquier cosa que se le ponga por delante.
—¿Qué has visto? —pregunto cuando aparece entre las ramas.
—Los profesionales han vuelto al estanque —me comunica—. Y creo que he encontrado un arroyo, no estoy segura.
—Te ayudo a bajar —le ofrezco mi mano para que salte.
—No lo necesito —asegura y de repente vuela por los aires igual que un pájaro y cae en el suelo sin despeinarse.
Ya me he dado media vuelta para seguir avanzando cuando escucho su grito ahogado.
—¿Qué pasa ahora?
—Creo que me he hecho un esguince —dice Katniss.
—Lo que nos faltaba —exclamo levantando las manos. Espero que esté exagerando. Me vuelvo para mirarla—. ¿No estás de broma?
—¿Tú que crees? —pregunta intentando sonar indignada, pero veo que ha perdido parte del color de la piel. Está sentada en el suelo, con la cara contraída de dolor, sacándose la bota.
—Me estoy mareando —me dice.
—No me fastidies.
En una décima de segundo ya está desmayada, no me da tiempo ni a agacharme junto a ella. Se ha puesto blanca como una hoja de papel y el color ha abandonado sus labios.
Podría haber avisado antes, aunque tampoco es que sepa exactamente qué hacer en una situación así. La última vez que se hizo daño, cargue con ella por medio bosque hasta llevarla a casa de su madre. En esta ocasión no hay casa de su madre a la que poder llevarla. Maldigo en silencio mientras me arrodillo junto a ella, me quito la chaqueta y la pongo debajo de su cabeza. Puedo ver su pecho subiendo y bajando, pero sigue ida. Se me ocurre que levantarle las piernas es una buena idea, para que la sangre le riegue el cerebro. Lo he visto hacer a los mineros que hay que sacar de la mina cuando pierden la consciencia por el esfuerzo. Acabo levantando solo una, la que no está lesionada. Me gustaría ver que se ha hecho, aunque no quiero hacerle daño. Agito mi mano frente a su cara difuminada por la niebla, tal vez el aire ayude a que se despierte. No lo hace hasta que arrojo unas cuantas gotas de agua de nuestra botella sobre su cara, cuidando de no desperdiciar demasiada. Katniss parpadea.
—Ay —chilla. No sé si por el agua o por el tobillo. En cualquier, caso le pongo la mano en la boca. No quiero que delate nuestra posición si es que hay alguien cerca. Ella quita la mía de un manotazo.
—Incorpórate despacio —le pido con suavidad.
Ella pasa de mi sugerencia y se levanta para terminar de sacarse la bota y el grueso calcetín de lana. Tiene el pie como un chorizo, gordo y enrojecido mientras su cara se pone cada vez más pálida. La cosa no pinta nada bien.
No queda otra, al final tengo que cargarla a caballito para movernos a un lugar menos a la vista. Esto es un contratiempo demasiado grande, dos chicas heridas en dos días no es lo mejor que me podía pasar. Me recuerdo que ahora Maddison está muerta y que mi labor en la arena es mantener a Katniss con vida cueste lo que cueste. ¿Pero cómo voy a hacerlo sin que pueda moverse? La parte buena es que Katniss es un peso pluma, no creo que llegue a los 45 kilos.
Obviamente, con ella a cuestas avanzamos mucho más despacio y ocupo casi todo el día en llegar a una zona rocosa en la que podría encontrar una cueva. Descarto esa opción debido a que me parece un escondite muy evidente y a la altura del suelo, y busco un árbol; uno robusto y frondoso, con las ramas lo bastante fuertes para que nos sostengan a ambos.
Caminar más o menos en horizontal es una cosa, intentar trepar un árbol con Katniss subida a mi espalda otra muy diferente. Hace que parezca que me he cargado con un elefante.
—Haz el favor de moverte menos —le pido mientras lo intento.
—Me has golpeado el pie con una rama —contesta irritada—. Además, no hemos cazado nada en todo el día. ¿De qué pretendes que nos alimentemos aquí arriba, de corteza de árbol?
—De ardillas.
—¿Crudas? Pueden ser indigestas.
—Por favor Katniss, podrías callarte un momento. Intento concentrarme.
Culpo al dolor por lo insufrible que se está poniendo para que no me flaqueen las fuerzas. Encuentro una rama con las características que necesitamos. Es tan gruesa como el tronco de un árbol y tiene una superficie lo bastante lisa. Saco la cuerda que encontré en la mochila de mi bolsillo del pantalón y la miro con algo de anhelo. Espero poder usarla para crear una buena trampa, pero de momento tendrá que servir para esto. Coloco a Katniss sobre la rama y me apresuro a sujetarla con mi cuerda como si fuese un arnés.
—Ale, ahora quietecita —digo.
Ella intenta moverse, sin embargo la he envuelto sin querer los brazos con la cuerda.
—No me queda más remedio —me bufa.
—Espera un momento.
Vuelvo a colocarla y a rodearla con la cuerda, esta vez sólo alrededor de su cintura. Hago un buen nudo al tronco. Si callera, se magullaría bastante al chocar contra las otras ramas, pero no se moriría. Me quedo un rato contemplando mi obra y contemplando a Katniss atada a la rama. Tiene el ceño fruncido y una mueca de dolor en la boca. Tenerla conmigo es lo mejor que me ha pasado desde que llegue a la arena, sin embargo, todavía no me quito de la cabeza los restos de Maddison volando por los aires como si fueran confeti y tampoco me deshago de la presión en el pecho. Veo que Katniss tiene los ojos enrojecidos y húmedos, como le pasa cuando está evitando llorar. A veces tengo la idea equivocada de que ella puede con todo, que está por encima de todo. No es así; sólo es una chica, una persona, igual que yo, pero en pequeño.
—¿Te sigue doliendo mucho? —le pregunto retirando una lagrima extraviada de su mejilla.
Ojalá tuviera un analgésico para darle, alguna medicina. Pero Haymitch al parecer está decidido a pasar de nosotros.
—¿Tú qué crees? —pregunta con la voz entrecortada—. Seamos realistas, Gale. No podemos quedarnos aquí eternamente.
—Pero si acabamos de llegar.
—Ya —dice—, pero no creo que vaya a llegar muy lejos con el pie así. Me duele tanto que creo que puede haber algo roto.
No me gusta la dirección que toma la conversación. En la arena no puedes permitirte venirte abajo.
—Ya me encargaré yo de que llegues lejos —le aseguro.
—No puedes ser mi niñera en los Juegos del Hambre
—Puedo ser lo que quiera. Te tengo atada a un árbol.
—¡Quieres tomarte esto en serio, Gale! —me grita. Tiene los ojos vidriosos, el dolor debe ser insoportable y me encuentro de nuevo en la misma situación que ayer a estas horas, intentando cuidar a una chica, consolarla, sin tener ni idea de cómo hacerlo.
Me siento junto a ella y la rodeo con un brazo. Me permito sentirla como no lo hice cuando me abrazo en la Cornucopia, notar su cuerpo cálido y un poco tembloroso pegado al mío. Ella parece relajarse, aunque se le escapan pequeños hipidos involuntarios. ¿Por qué ninguno de nosotros se permite llorar nunca? Me atrevo a darle un besito en la sien y me sorprende que ella no lo rechace.
—Vale, tranquila, todo va a salir bien. Tal vez nos envíen algo que ayude a curarte.
Katniss me mira escéptica.
—¿Regalos? Lo dudo. Hasta ahora han brillado por su ausencia.
Me callo que ayer sí que recibimos un regalo Maddison y yo. Algo que ayudó con su herida. Aunque claro, era de Finnick no de Haymitch.
—Tal vez Haymitch los esté reservando para cuando de verdad hagan falta —digo en un intento de animarla.
—Tal vez se haya gastado el dinero en alcohol —repone ella.
—Mujer de poca fe —digo, más optimista de lo que me siento. En realidad sólo quiero hacerla sentir mejor. No podemos hacer otra cosa que seguir adelante con lo que hay—. Mañana vas a estar mejor, te lo prometo. Intenta descansar y no muevas tu pie por nada del mundo. Yo montaré guardia esta noche.
Es pronto. Ni siquiera ha sonado el himno pero ella necesita un respiro. Empiezo a encaramarme a una rama de mayor altura que me permita hacer una vigilancia en condiciones y ver en el cielo la cara del tributo que maté durante la avalancha cuando me llama—
—Gale…
Giro la cabeza hacia ella sin soltar los brazos de las ramas que estaba escalando. Está demacrada y triste, con la luz de la tarde formando sombras lúgubres sobre su piel. Me hace polvo verla así. Ella no dice nada, solo me observa con sus grandes ojos del color de la luna. Estoy acostumbrado a que siempre sea tan fuerte y resolutiva que no soporto su desesperanza. Me obligo a pensar que ahora estamos juntos y eso sólo puede significar que las cosas van a ir a mejor. Como no dice nada soy yo quien pregunta.
—¿Qué pasa?
—Gracias —dice después de tragar saliva.
Me trago las ganas de volver y abrazarla. Besarla. Y no separarme de ella jamás en la vida. Pero me permito sonreírla, para que sepa que pase lo que pase, voy a estar con ella.
