Disclaimer: Personajes de Gosho Aoyama, explotador de pequeños detect... Digo... El señor que le gusta hacer sufrir sin agrandar a un detective.
Capítulo 20: Convivencia con el hombre que…
La primera parada de la pareja fue Osaka. La mujer conocía a varios agentes que podían interceder por ella para acercarse a donde querían sin causar problemas y sin muchas preguntas.
Acababan de salir de la estación cuando un coche de paisano se paró justo delante y salió una mujer de ojos verdes y coleta alta. – Nakamori.
- Hattori. – Saludó de vuelta. – Ha pasado tiempo.
- Desde la boda de Ran. – Asintió con una sonrisa.
- Gracias por el favor.
- Para nada, Osaka te lo debe. Y esta petición es algo minúscula, aunque extraña. – Abrió el maletero para que dejasen las maletas. - ¿Y tu guapo amigo? Se me hace familiar…
- Él es Akira Mino. – Apresuró a agregar antes de que hiciese más preguntas, pero sin éxito.
Los ojos verdes de la mujer brillaron con ilusión. - ¿El escritor? – El aludido sonrió. - ¡Oh! ¡Es un placer! – Le saludó con efusividad. – Soy una lectora acérrima de sus libros.
- Es un placer conocer a alguien que le guste mis historias.
- ¿Bromea? ¡Es best seller en Osaka! No me extrañaría que nos parasen en todas partes para pedirle autógrafos. Hablando de autógrafos, ¿me firmaría uno?
- Será un placer.
Sus mejillas se ruborizaron. – Espera a que se lo cuente a Heiji…
- Hablando de tu marido. – Dijo Aoko volviendo a entrar en la conversación después de ser olvidada. Sus brazos se habían cruzado sin darse cuenta. - ¿Qué tal está? - ¿Cómo se las arreglaba ese hombre para caerle bien a todo el mundo?
- Heiji está resolviendo un caso en Hokkaido. No me dieron el permiso, así que me tuve que quedar con el peque. No sabes lo revoltoso que es, él también quería acompañarlo. – Suspiró cansada. – Pero bueno, basta de charla. ¿Os llevo al hotel o directo al museo?
- Museo. – Dijo Aoko abriendo la puerta del copiloto con una severa sonrisa a su compañero.
Habían llegado a su destino, y mostrando las credenciales correspondientes de la mujer de Osaka, entraron sin problemas. Las mujeres iban algo adelantadas al hombre, que observaba cada pieza con gran interés.
- Nakamori… - Dijo en voz queda. La aludida miró a su acompañante a su lado. - ¿Cómo has acabado con él?
No se alteró ni un ápice por el comentario, pero por dentro sintió mariposas como una niña pequeña. – Somos compañeros. – Consiguió articular con pasividad.
- ¿Y cómo se termina siendo compañera de un best seller? Que yo sepa, no es policía como nosotras.
No, sólo es el ladrón más grande de nuestro siglo. – Me sigue para documentarse y escribir sobre la policía y volver a ganarnos un buen nombre. El comisario me lo encasquetó.
- Bueno… - Iba a decir algo más, pero se contuvo. – Está bien.
- Dime. – Le insistió.
- Sólo que… ¿Coges vacaciones y te lo llevas? Acaso él y tú…
- Esto es una misión. – La cortó, sintiendo que un calor le subía por las mejillas. – Se está documentando del trabajo que hacemos.
- ¡Inspectora! – El hombre la llamó, cortando la conversación. Se sintió internamente agradecida y fue hacia él. – Mira.
Ella observó una roca en la vitrina junto a otras rocas. Pero aquella en particular tenía algún tono rojizo que otro.
- ¿Podríamos ver esta vitrina? – Preguntó a uno de los guardias que las custodiaban.
- ¿Esto? – Preguntó Kazuha acercándose. – No tiene pinta de ser tan valioso como para ser robado.
- Nunca sabrás lo estúpido que puede llegar a ser un ladrón cuando ve un botín fácil. – Comentó la inspectora. – Y esta vitrina no parece muy segura.
- Si transformas las piedras en joyas, puede llegar a un alto precio en las tiendas. Hay mercado negro para esto.
- ¿En serio? – Preguntó sorprendida al escritor.
Sonrió. – Para hacer mis historias más verídicas, he tenido que documentarme y medio entrar en ese mundillo.
- Se toma muy en serio su trabajo, señor Mino. Eso es peligroso.
- Un pequeño precio a pagar por darle veracidad a mis lectores. – Mostraba su blanca dentadura capaz de encandilar a cualquiera.
- ¿Seguimos? – La inspectora tenía el ceño fruncido en cuanto la miraron. La vitrina estaba siendo cerrada por los de seguridad en ese momento.
Habían pasado el día y parte de la tarde recorriendo los museos hasta la hora del cierre. Un tiempo record.
Estaba anocheciendo cuando Kazuha les había dejado en la entrada del hotel. – Por favor, volved otro día cuando Heiji esté. No va a creerme cuando le diga que le conozco, señor Mino. – Miró a Aoko. – Saluda a Ran y Shinichi de mi parte. Iré a verlos en cuanto pueda para conocer al nuevo peque. Espero que podamos vernos más.
- He estado muy ocupada, pero dame un toque y lo intentaré.
- Bien. – Se subió al coche. – Espero leer pronto otra de sus novelas, ¡la espero con ansias!
Vieron cómo se perdía por las calles de Osaka antes de entrar al hotel. – Y otra que cae a tus pies.
- ¿Estás celosa? – En el instante en que lo dijo, se arrepintió. Su relación no estaba para nada bien como para atreverse a picarla como hacía antaño.
- ¿Yo? ¿Celosa? Ni en tus sueños más húmedos ladronzuelo. – Dijo apretando el paso, llegando la primera a la recepción.
- Bienvenidos al Swissotel Nankai Osaka, ¿en qué puedo ayudarles? – El recepcionista lanzó una sonrisa de cortesía a los recién llegados.
- Buenas noches. Tengo una reserva de dos habitaciones individuales. – Dijo Kaito presentando su carné de identidad.
El recepcionista lo tomó y buscó la reserva en su base de datos. Su cara se tensó a los segundos, pensando en las palabras que no quería decir en alto. – Señor Mino, lamento decirle que ha habido un problema con su reserva.
- ¿Qué clase de problema? – Inquirió la mujer.
- Han llegado un grupo de políticos y nos hemos visto obligados a dar una de las habitaciones que tenían reservadas.
Kaito suspiró. – Está sugiriendo que compartamos habitación. – Aclaró al ver la duda en su compañera. – Tendremos que buscar otro alojamiento.
- ¿Puedo sugerirle la suite Waraku? Por el mismo precio de su reserva por los inconvenientes. – Se apresuró a decir.
- Pero seguiríamos compartiendo habitación. – Debatió el escritor.
- La suite dispone de dos habitaciones separadas. Un baño, un aseo y dos salones. Además de unas vistas fantásticas a nuestra bella ciudad.
- Las vistas no es que nos importen demasiado. – Miró a su compañera. – Tú dirás.
Compartir habitación con Kaito. ¿Sería capaz? Registró su bolso y le entregó su carné al recepcionista. - ¿Cómo podemos decirle que no a una suite? – Se quiso pegar por la tontería tan grande que acababa de soltar su boca.
El recepcionista sonrió relajado. Aoko supuso que se hubiera llevado una buena reprimenda por perder de cliente a un escritor de renombre. – Habitación 1424. Planta catorce. A su derecha están los ascensores. Que pasen una muy buena noche y gracias por elegirnos. – Dijo devolviendo la documentación con las llaves.
Se dirigieron por donde les habían indicado en silencio. La mujer no se atrevía a abrir la boca. Debía admitirlo, estaba nerviosa. Llevaba nerviosa durante todo el maldito día. Más bien, desde que su cerebro analizó lo que estaba haciendo. Un viaje a solas con Kaito, ¿cómo se le ocurría? ¿Y ahora iban a compartir una suite? Tenía que estar completamente loca. Como aquella noche en que casi lo besó. Sus mejillas se tiñeron de rojo, ¿por qué justo en ese momento tuvo que venírsele a la cabeza esa imagen?
- ¿Te encuentras bien? – Él la miraba con preocupación, a pocos centímetros de ella por el espacio limitado del ascensor. - ¿Tienes fiebre? Estás algo colorada.
Desvió la mirada justo cuando las puertas se abrían. – Perfectamente. Debe de ser la luz del ascensor. – Dijo saliendo al pasillo con paso apresurado. Se volvió a golpear mentalmente. ¿Pero qué cojones soltaba su boca?
- ¡Aoko! – Se giró ante su llamada, bastante alejado de ella al no haberse movido. Indicó con un dedo el pasillo contrario, el que no había cogido ella. – Es por aquí.
Se sentía como una niña tonta que tenían que decirle qué hacer. – No había visto el cartel. – Se excusó.
- Si quieres, puedo hacer unas llamadas y conseguirnos otro hotel. – Lo notó. Ese estúpido ladrón se daba cuenta de todo. Pero no le iba a dar la satisfacción de ver que se acobardaba por pasar la noche a pocos metros de él.
Le cogió las llaves magnéticas de la mano y se dirigió a la puerta correspondiente, abriéndola y entrando, sin ver siquiera si él la seguía.
Era como un piso enorme. Con decoración típica japonesa, pero sin dejar atrás las modernidades y comodidades del siglo XXI. Había dos habitaciones con camas dobles y un pequeño salón a los lados del pasillo, y al fondo un baño al que no le faltaba de nada.
Escuchó que se cerraba la puerta tras ella y sintió a su compañero acercándose. – Puedes quedarte con la de la derecha si quieres, yo me quedaré con la de la izquierda. – Al ver que ella no decía nada, se metió en la que sería su habitación.
No se le escapó que le había dado la habitación más grande y con mejores vistas. Sonrió ante el atardecer que se vislumbraba desde la ventana, mientras se acercaba y dejaba la maleta en el centro de la habitación.
Respiró hondo, relajándose de todas las emociones y pensamientos que había tenido. Sacó sólo lo que necesitaba de la maleta para esa noche, después de todo, al día siguiente se irían a otra ciudad.
Salió al pasillo y se dirigió al baño, tan distraída que estaba con sus pensamientos rondando en los museos del día siguiente, que no se dio cuenta hasta abrir la puerta del baño que ya había alguien dentro.
El reflejo en el espejo de Kaito apoyado en el lavabo con el torso desnudo, con gotas recorriendo su rostro la torturaría no sólo durante las siguientes noches, sino para toda la vida. Estaba segurísima. - ¡Lo siento! Debí llamar, yo… - Se detuvo al perder el aire de repente cuando sus ojos recorriendo su pecho. Tenía una buena forma, ni muy tonificado ni muy débil, pero eso no fue el motivo por lo que se quedó sin aliento.
Soltó la puerta que tenía agarrada con fuerza y se acercó lentamente con la vista clavada en la parte derecha del abdomen.
El mago se irguió en cuanto se dio cuenta de lo que pasaba y se giró hacia ella, cogiendo una toalla al estar su camisa algo más lejos, y tratando de ocultar el foco de atención de la mujer por acto reflejo, pero sabía que era muy tarde e inútil.
Ella llegó hasta él y le quitó con cuidado la toalla que intentaba cubrir una horrible cicatriz. Soltó un grito ahogado al percatarse que en la espalda también lo tenía.
Imágenes aterradoras de su pasado recorrieron su mente mientras sus dedos se dirigían hacia la cicatriz. Pero la mano del hombre le agarró la muñeca, haciendo que le mirase a los ojos. - ¿Por eso no saliste? ¿Te hiciste esto aquel día?
No quiso contestar, ¿para qué? Ella ya lo sabía. La mano libre del hombre fue hacia su rostro, capturando una lágrima que no se había dado cuenta que había soltado.
- No llores, por favor. Ya pasó todo.
- ¿Cómo puedes decir eso? – Le recriminó con los ojos agüados. Recordó su primera pelea con Kid, a Arsene sudando después de detener a un prófugo, el encuentro con Lion, la noche anterior… Siempre se estaba cubriendo la cicatriz. – Te sigue doliendo.
- Los médicos que me atendieron hicieron todo lo posible. Pero tendré dolores toda mi vida. – Añadió. – Lo tengo asumido.
- No puedes hacer vida normal sin pasar dolor. Cualquier movimiento te lo puede causar. Como anoche en casa de los Kudo.
- Puedo aguantarlo, un poco más hasta derrotar a Hirota.
- ¿Y luego? – Le recriminó. - ¿Has ido a médicos para…?
- ¿Para qué? – La cortó con seriedad. – Estaré en la cárcel.
Era cierto. Se le olvidaba ese pequeño detalle. Y era ella la que le encerraría. ¿Pero cómo iba a hacerlo? Se secó las lágrimas que querían escapar.
- ¿Pudiste comprobar las piedras? – La soltó por completo y se acercó a su camisa, poniéndosela.
Agradeció internamente el cambio de tema, aunque no fuese muy de su agrado tampoco. Asintió. – La linterna de Akako que me dio anoche Saguru no reaccionó con ninguna. Sólo se ilumina si está frente a Pandora.
- Así que habrá que seguir buscando. Iré estudiando nuestra siguiente parada. – Se encaminó al pasillo, cerrando la puerta del baño tras él.
Estuvo un buen rato en el baño, dejando que el agua y el vapor se llevaran sus preocupaciones. Pero por más que lo intentaba, le era imposible. Nunca hubiese imaginado todo por lo que estaba pasando. Y mucho menos todo lo que estaba sintiendo. Se había prometido no volver a sentir, pero había llegado él, y todos sus muros se derrumbaron. A pesar de todas las mentiras, seguía sintiendo algo por él. Por mucho que desease odiarlo. Le era prácticamente imposible.
Y esa cicatriz, se la hizo por salvarle la vida, y él intentó escondérselo todo ese tiempo.
Sonrió al percatarse que en los últimos meses había sido él quien la había hecho llorar sin siquiera proponérselo. Maldito mago de cuarta… La había desarmado completamente.
Salió del baño con una bata del hotel y comenzó a oler varios aromas. Se acercó al salón de su cuarto y vio en la mesa varios platos de comida típicos de la ciudad. Kitsune Udon, Yakiniku, Butaman, Tsukune, Kushiage, Okonomiyaki y, no podía faltar, Takoyaki.
Kaito estaba sentado con unos papeles en la mesa y la miró al escucharla entrar. No supo si era su imaginación, pero le pareció que sus ojos se oscurecían al verla. Siendo su imaginación o no, eso la hizo sentirse… Muy bien.
- Espero que no te importe, he pedido algunos platos típicos al servicio de habitaciones. Y tu mesa era la más grande.
Se encogió de hombros. – Mientras pagues tú…
- ¿Qué caballero crees que soy? – Simuló estar ofendido.
- No sé. – Se sentó frente a él y cogió un panecillo. - ¿Un ladrón mujeriego? O si prefieres, escritor de éxito que busca a sus novias en las revistas de moda.
Gruñó. – Todas esas veces que dije que había quedado no eran verdad… No podía decir abiertamente a dónde iba en realidad.
Algo dentro de ella se iluminó al escucharle. Pero recordó cuando le llamó por teléfono después del accidente en el gimnasio y se puso a juguetear con los palillos. - ¿De verdad? Porque alguna vez si lo harías, no te detendría ni un golpe en la cabeza.
- Si te estás refiriendo a aquella llamada, era Koizumi. – Esa cosita que había brillado anteriormente se había resquebrajado. ¿Tenía razón al pensar que entre ellos dos había algo? – Estábamos reunidos Hakuba, Koizumi y yo en el sótano cuando llamaste, y le pareció desternillante decir aquello.
- Ahora me dirás que nunca has salido con nadie durante estos años. - ¿No podía callar la boca y comer? Tenía que hacer esas preguntas tan personales.
Se cruzó de brazos y se apoyó en la mesa. – Era un hombre sin pasado, pero quería seguir avanzando, por supuesto que he salido con mujeres. Pero desde que recuperé completamente la memoria, no. - ¿Por qué? Era la pregunta que se le repetía en la cabeza, pero no se atrevía a pronunciarla. – Tengo que preguntarlo… ¿Alguna vez Hakuba y tú…? – Dejó el final en el aire.
- ¿Por qué lo preguntas? - ¿Eran imaginaciones suyas o le notó algo celoso?
- En clases iba detrás de ti desde que llegó. – La apuntó con el dedo. – Y no me lo niegues. No podías ser tan despistada como para no darte cuenta.
- Saguru ha sido un gran amigo desde que… Desapareciste. Fue mi apoyo, el único que no se rindió conmigo y no conseguí espantar con mi cambio de comportamiento. – Rememoró esa parte de su pasado con una sonrisa. Era una parte oscura de su vida, pero su amigo estaba allí con ella, y en ese momento se dio cuenta de todo el apoyo que le dio el detective sin recibir nada a cambio. – Fui la primera que conoció a Shiho, fui la madrina de su boda, después de tanto insistir en que lo fuese. Y soy la madrina de Akemi. Pasa bastante tiempo en Londres, donde vive y trabaja, pero lo primero que hace al volver a Japón, es echarme en cara mis relaciones esporádicas. Incluso ha conseguido espantar a unos cuantos. – Se encogió de hombros. – Pero no me importaba. Eran de quita y pon, al fin y al cabo.
Se mantuvieron en silencio, sin atreverse a hacer la pregunta que les rondaba en la cabeza. ¿Hubiera sido su vida diferente si no hubiera ocurrido el accidente? Definitivamente, sí. Si él no hubiese tomado el manto de su padre, su vida sería totalmente diferente. Y, puede, que ella estuviese a su lado, feliz, formando una familia.
Pero entonces nadie conocería a Hirota, y nadie intentaría detenerlo en su genocidio. Era un egoísta por pensar siquiera en ello.
- Y bueno señor Mino. – Se apoyó en la mesa, y él se preguntó si lo hizo a propósito para mostrarle algo más de debajo de la bata. Le pareció ver algo de tela negra de encaje. Se abofeteó mentalmente. - ¿Cómo es tener cuatro identidades? ¿Y dos de ellas lo más famoso de Japón?
- No es que tenga cuatro identidades. Dos de ellas son sólo extensiones de mí mismo, para que mis otros nombres sigan en el anonimato. Y bueno… La otra es mi vida sin memoria. Pero sigo siendo Kaito Kuroba.
- ¿Los que te acogieron, tus padres adoptivos, saben que has recuperado la memoria?
- No.
- ¿Por qué? – Cuestionó sin entender.
- Nadie de mi vida de los últimos diez años sabe que he recuperado la memoria. Es mejor así. No quiero inmiscuir a más personas inocentes en esto.
No insistió en ello. - ¿Cómo es tu pueblo? Nunca había escuchado hablar de él.
La conversación se convirtió afable, con alguna risa y bromas mientras la comida desaparecía de los platos. Era como si retrocediesen y fuesen dos chicos de diecisiete años de nuevo, comiendo en la casa de su padre. Sin ninguna preocupación a la vista.
Seguían siendo ellos mismos. Kaito era Kaito, y Aoko era Aoko.
- ¡No! – Exclamó sorprendida.
Kaito no paraba de reír. – Ya te digo yo que sí. No sabes los malabares que tuvimos que hacer Ichimaru y yo para que Keichi siguiese de una pieza. Tuvimos que enseñarle a mantenerse callado hasta que le conviniese. Imagino que por eso se hizo policía. No soporta las injusticias.
- Es un buen policía. – Coincidió. – Espero que a Keiko le vaya bien con él. Aunque no hayan formalizado nada. Quién lo diría, ¿eh? Cayeron a primera vista. Nunca pensé que pudiese suceder en realidad.
- Yo sí. Me pasó contigo. – Le miró a los ojos sorprendida por sus palabras. La intensidad de su mirada casi la abrasaba. Movió los labios para decir algo, pero él se adelantó incorporándose. – Es tarde, y tenemos unas semanas bastante duras por delante. – Se dirigió a la puerta. – Buenas noches, inspectora. – Cerró la puerta tras él.
Se levantó después de unos segundos que le parecieron eternos y se dirigió al dormitorio, cerrando la puerta corredera que la separaba con el salón.
Se quedó de pie junto a la cama, mirándola pero sin verla, con la vista perdida, rememorando sus encuentros con Kid, sus besos, su casi beso con Akira. ¿Y ahora le soltaba eso? Golpeó la cama con furia. ¡Maltido ladrón de cuarta! ¿Le soltaba eso y se escapaba como un cobarde? ¡Pero que jeta!
¡Ella lo que quería era que la cogiese con sus fuertes y varoniles brazos y la besase hasta dejarla sin aliento! Se abrazó a sí misma. ¿Qué acababa de pensar? Se sentó en la cama, no podía seguir negándolo. Le amaba, desde el primer momento que le vio. Sí que creía en amor a primera vista, porque a ella también le pasó.
¿Pero cómo amar al hombre que tienes que detener? ¿Y cómo convivir con él las próximas semanas como si no ocurriese nada?
CONTINUARÁ…
