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XX
Flor Tóxica
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La copa de vino que Eros había estado sosteniendo cayó al piso quebrándose en varios pedazos.
―No es posible ―musitó con estupefacción, más que eso, con un profundo e irritante deseo por hacer como un avestruz y meter la cabeza en el fondo de la tierra, «a Zeus le va a dar uno de sus globalmente famosos ataques de cólera cuando se entere de esto» pensó viendo venir la tormenta, literalmente.
Y cuando el rey tronador explote, será mejor que Athena y sus santos se preparen para proteger a la humanidad, usando sus propios cuerpos a modo de paraguas, de la lluvia de rayos que caerían sobre el mundo hasta que se le pasase el berrinche o lo que sea que manifieste el anciano cuando se entere que Nyx había hecho resurgir a su ejército.
En la imagen que veían, Nyx se había marchado de Los Calabozos Profundos y Agasha había aceptado su destino como Sỹdixx. Érebo le ordenó que cuidase del alma de Albafica de Piscis, lo liberase como Perséfone le indicó y se fuera de su vista, o sea, con Nyx.
―¿Alguien quiere explicarme? ―Manigoldo desesperó―. ¡¿Entonces esa mocosa no va a regresar a la vida?! ¡¿Albafica se suicidó por nada?! —esa idea no le agradaba en lo absoluto. Si la chica se iba a quedar muerta, ¿para qué se había luchado tanto entonces?
―Es imposible que una Sỹdixx vuelva a un cuerpo humano ―musitó Eros pensando en cómo debería estar la carne humana de Agasha en estos momentos.
Y respondiendo a esa pregunta.
Sasha, desde sus aposentos, vio con pena cómo Agasha (el cuerpo humano) envejecía con cada segundo que pasaba. Arrugas se habían asomado en su cara, varios cabellos se estaban poniendo blancos y ni qué decir sobre el resto de su persona.
Cuando el cuerpo comenzara a pudrirse, sería el principio del fin. Gracias a la flor de Perséfone el proceso no había sido completado, pero eso ya no importaba pues Agasha había tomado su decisión.
«Espero que sepas lo que haces» pensó la diosa mirando a la mujer madura de aproximadamente 60 años.
…
"Mantén a salvo a Albafica de Piscis. No lo liberes hasta que sea el momento propicio".
Agasha despejó su cabeza luego de que Érebo se marchó desapareciendo del mismo modo que Nyx.
Sus órdenes fueron claras.
Recordando su encuentro con la araña gigante, descubrió que no era capaz de mentir y siendo que estaba en el infierno y todos querrían el alma que custodiaba, Agasha caminó hasta llegar a la telaraña que aún se mantenía fuerte en el suelo.
Érebo la había liberado de decir el nombre del santo. Eso había hecho antes. Nada le garantizaba a Agasha que su boca no fuese a abrirse otra vez.
Y para evitar errores…
Tomó la telaraña y la analizó. Era resistente como gruesa.
Era ideal.
Un poco asustada como convencida de esta locura, Agasha convocó su arma, al tenerla en su mano derecha la empequeñeció hasta que ésta se convirtió en un alfiler largo.
Con sus dedos índice y pulgar, concentró su energía en la punta del alfiler una vez que pudo seleccionar bien la telaraña que usaría como hilo. Incluso se sentó, apoyando su espalda contra la pared.
«Este será mi último sacrificio por ti» no tuvo el valor de decir su nombre ni siquiera en pensamientos, «por favor. No te pido que me ames, sólo que no me olvides».
Por error o por confiada, ella podría decir su nombre en cualquier momento y entonces todo habría sido en vano. Decepcionaría a Albafica, a los Santos Dorados y a sus señores; eso era algo que ella no podía permitir. Con todo eso en mente, Agasha se ayudó con su mano izquierda para tomar sus labios y estirarlos hacia enfrente.
Suspiró por la nariz, llevando la punta afilada a su piel; entonces desde abajo, de forma brusca y rápida, penetró la carne con el alfiler. Aguantando el dolor con los dientes apretados, Agasha jaló hacia afuera mientras la sangre escurría y la telaraña iba pasando por su carne hasta llegar al punto final.
Respiró agitada; una vez recuperando aire, volvió a repetir la ejecución.
Un pinchazo, dos pinchazos, tres pinchazos, ¡cuatro! ¡Y cinco! ¡Y más, y más, y más!
Agasha no se detuvo, ni aunque sus dedos resbalasen por la sangre y la saliva; no hasta que de sus labios no pudiese salir ni un solo suspiro.
Afianzando bien el amarre, Agasha cortó el hilo convocando su arma de regreso a la armadura.
Temblorosa, se llevó los dedos cubiertos de carmesí a la boca, sintiendo el hilo que los unía con fuerza, la sangre escurriendo por las heridas, y el dolor que aún palpitaba sobre su piel. Al tragar saliva ésta le supo a hierro.
Durante todo el tiempo que estuvo cosiendo su propia boca, Agasha mentalizó no sólo la misión encomendada por su dios, sino al rostro de la persona por la que lo hacía. Comenzaba a preocuparse por descubrir que la imagen del Santo de Piscis ya no aceleraba su corazón como antes.
Tragándose su debilidad, Agasha se puso de pie y caminó más decidida que nunca a la puerta que la llevaría de regreso.
El asunto entre Érebo y Nyx ya no le incumbía, sólo salir de ahí con el alma del señor Albafica lo hacía. Una vez que pudiese liberarlo ella trataría de disculparse con los demás Santos, con la señorita Sasha y sobre todo con la señora Tábata y sus hijos, a quienes ya empezaba a extrañar.
Entró a la puerta, esperó por un par de segundos y al abrirla no se encontró con el palacio de Perséfone ni con la diosa. Ante sus ojos apareció un campo rojizo de montañas de espinas enormes con gente viva empalada en ellos, unos sobre otros y numerosos enemigos que los atormentaban.
Al verla, los pequeños demonios se abalanzaron contra ella.
Sin temor ni duda, Agasha convocó su arma para deshacerse de ellos de uno en uno.
Nada podía detenerla ahora.
…
Nyx no supo qué le dolía más. Si saber que su amado Érebo no había estado encerrado ni sufriendo como ella creyó, o escuchar de su propia boca que no quería volver a su lado.
―¿De verdad planeas quedarte con el alma de la humana para hacer renacer tu ejército? ―le preguntó, un poco asustada, Psique a su lado.
Usando un vórtice gris en medio de los Campos Elíseos, Psique y Nyx veían a Agasha volviéndose cada vez más y más fuerte. A medida que combatía, su cuerpo espiritual se iba mezclando a la perfección con la Armadura de Elecea y la alabarda.
―¿Tendrías algún problema con que así fuese? ―la retó Nyx, dispuesta a evaporizar a Psique si la diosa era tan tonta como para enfadarla.
―Te conozco, Nyx ―susurró la diosa―, y sé que esto no era lo que buscabas al mandarme a separar el alma de Agasha de su cuerpo.
Más lágrimas silenciosas cayeron de los ojos de Nyx.
«Sólo quería dejar de estar sola, ¿cuál es el problema con que desee compañía?» pensó enfurecida, pero más que nada entristecida. Su corazón estaba muy herido. Más su orgullo era demasiado como para decirlo en voz alta. «Estoy tan sola», incluso su propio esposo había huido de ella.
La humana había elegido y se había resignado a quedarse como su nueva Sỹdixx; tan solitaria como ella, Agasha sería una buena compañera. Nyx estuvo segura que juntas podrían ser muy buenas amigas para aliviar la soledad de la otra.
Nyx no planeaba compartirla.
…
Para cuando se abrió paso entre los demonios y el páramo espinoso. Agasha ascendió hasta otros niveles infernales donde de igual forma, cortó en pedazos a sus enemigos.
Algunos bastardos se habían esmerado en hacerla hablar de Albafica; por suerte el hilo había resistido a sus intentos de abrir la boca. Tanto que toda su cara se hallaba ensangrentada.
Pegando el filo en el suelo, Agasha descansó en una colina oscura demasiado alta. Lo supo. Sabía que más allá se encontraba el punto final. Su meta.
―Así es ―le dijo Perséfone. Al girarse, Agasha la incitó a continuar con su mirada―. Admito que tu método para mantener tu boca cerrada fue ingeniosa, asquerosa pero ingeniosa.
Agasha entrecerró sus ojos sobre ella.
―No me mires así. Ve allá ―señaló el monte―. Una vez arriba encontrarás una cueva, al entrar en ella estarás en camino para salir del Inframundo. Cuando veas el sauce gris, deberás abrir esa boca tuya y pronunciar el nombre del Santo de Piscis. ¿Lo recuerdas aún?
Extrañada por esa pregunta, Agasha asintió.
―Perfecto. Dado a que ya aceptaste tu destino como Sỹdixx, es probable que ya no necesites beber el agua del río Zoí. ¿Me la das? ―Perséfone extendió su mano hacia ella.
La armadura liberó el frasco, pero antes de que Perséfone pudiese tomarla, Agasha se le adelantó.
―¿Qué haces?
Sin la posibilidad de decir nada, Agasha le dio la espalda a la diosa y se adelantó a caminar.
―¡Oye! ¡No fue broma! Te ordeno que me des el frasco —exigió.
Indignada por la indiferencia de la humana, Perséfone se apareció frente a Agasha con un aire letal, pero dado a que el miedo y el respeto sólo se inclinaban a favor de los dioses que la crearon, la chica hizo aparecer su alabarda para empuñar en dirección al cuello de Perséfone.
El agua del río Zoí sólo podía ser usado con el permiso de su diosa Nyx.
Afianzando el frasco en su mano derecha, Agasha negó con la cabeza a la diosa mientras tocaba con el filo de su alabarda el fino cuello de la diosa.
―Por eso odio a las de tu clase ―farfulló irritada―. Ojalá nunca tenga que verte por aquí otra vez.
Divertida por la amenaza, Agasha sonrió apenas, con la telaraña ejerciendo presión sobre sus labios todavía. De haber podido hablar, Agasha le hubiese dicho algo como: "Ruega porque nunca tengas que volverme a ver", pero aún le quedaba algo de respeto hacia la diosa del Inframundo como para desafiarla una segunda vez.
En caso de que Nyx diga que la diosa pudiese usar el agua, se disculparía. De lo contrario no movería ni un solo músculo para "arrepentirse".
Agasha caminó haciendo caso omiso a Perséfone, quien la miró de reojo con enfado por su negatoria.
En otro tiempo a la antigua florista le hubiese dado curiosidad por saber para qué Perséfone usaría el agua del río Zoí. Ahora Agasha sólo sabía que Nyx cuidaba el lago Elefthería y el río Zoí por una buena razón. Eso era porque el agua de cualquiera de las dos fuentes, en manos equivocadas, podría ser sumamente peligrosa.
Perséfone odiaba a Hades más de lo que odiaba a su propio padre. Mejor no darle pie para crear más problemas.
La armadura no decidía por ella, sabía que ésta sólo obedecía las órdenes de los dioses (por el momento) así que sería Agasha la que respondiese hasta que nada la detuviese salvo las órdenes de la nueva diosa a la que serviría. El frasco y el agua restante serían devueltos a la señora Nyx. Si Perséfone quería agua proveniente de los Campos Elíseos que hiciera fila como todos los demás.
Como si la armadura hubiese entendido su punto y lo compartiese, atrajo el frasco de vuelta a su interior.
Agasha no se detuvo, ni siquiera cuando comenzó a atravesar la cueva oscura que Perséfone le había señalado.
La presión ahí era fuerte; las constantes voces que la llamaban, la distraían y la incitaban a liberarse del hilo que unía sus labios la fastidiaron como atormentaron. El aire empezó a parecerle insuficiente. Cansada, Agasha se arrodilló cuando creyó que no había recorrido ni la mitad del camino.
―¿Tienes dudas?
―Nosotros podemos ayudarte…
―Sólo pedimos un alma a cambio, je, je, je.
―Dinos su nombre.
―¿Cómo sabes que es el correcto si no lo dices?
―Quizás ya olvidaste cómo pronunciar su nombre.
―Vamos, dilo ahora.
Negando con la cabeza Agasha no claudicó y se levantó para seguir avanzando.
¿Y si realmente lo había olvidado?
«Su nombre» meditó hasta que vio el sauce gris. Frondoso, armonioso. Hermoso.
Con sus ojos ennegrecidos, Agasha frunció el ceño y el puente la nariz. ¿Qué clase de ilusión patética era esa?
«¡¿Creen que con eso pueden engañarme?!» llena de furia, Agasha convocó un guante color vino y lanzó fuego a lo que sabía, era una ilusión para tratar de hacerla cometer una estupidez. «Dejen de joder».
Una vez terminado su trabajo, continuó caminando.
…
Sasha trató, con su cosmos, de mantener el cuerpo de Agasha tal cual había quedado con la edad de 68 años.
Anciana, arrugada, empequeñecida.
La diosa de la sabiduría comenzó a llorar por saber que una vez que la Sỹdixx Agasha liberase el alma de Albafica, el pequeño cuerpo humano se haría cenizas en la tina y no quedaría más que un resto putrefacto de los restos de lo que fue antes un ser humano.
Había llegado el momento.
…
Agasha paró sus pies cuando vio el verdadero sauce gris. Atrás de él, se hallaba un muro casi acuático y cristalino que le mostraba de manera espectacular el horizonte siendo iluminado por los rayos anaranjados del próximo amanecer.
De inmediato supo que esa vista la había admirado muchas veces cuando salía con su madre o su padre a pasear cuando era niña; más tarde como mujer al querer un momento para ella sola.
¿Podría ver esa imagen tan seguido de ahora en adelante?
No queriendo pensar mucho en eso Agasha convocó su alabarda para formar con ella una navaja grande y alargada. Pronto acercó el filo al hilo que unía sus labios, y de uno en uno, fue cortándolos.
Contó 14 obstáculos hasta que sus labios quedaron liberados con rastros de los hilos aun atravesándolos.
Inhaló anhelante, susurrando con lo último que le quedaba de amor:
—Agasha… yo… —lo oyó intentando llamarla.
Agasha no claudicaría. Nunca más.
—Gracias por todo, y hasta pronto —inhaló profundo antes de susurrar con la máxima devoción de la que era capaz―: Albafica de Piscis.
Exhalando y arqueando su espalda como si alguien le hubiese echado agua helada, Agasha dejó caer su cabeza hacia atrás mientras de su pecho se liberaba un rayo de luz azulado que se impulsó adentro del páramo cristalino y la abandonó por completo.
El alma de Albafica se fue a donde pertenecía. Ella también debería irse ya.
Agasha miró por última vez el amanecer. Suspiró y en menos de un segundo su figura desapareció en una cortina de humo negro.
…
En el Santuario de Athena, Eros se levantó a tiempo de su cómoda silla para acercarse a la tina donde se hallaba el cuerpo del Santo fallecido para alzar una mano al cielo.
Sin previo aviso el rayo de luz que abandonó a Agasha se postró en su mano derecha luego de traspasar el techo del Santuario; con maestría y galantería, Eros la sostuvo y sin miedo metió dicha luz adentro del pecho de Albafica de Piscis.
Una luz cegadora hizo que el resto de Santos Dorados cerrasen sus ojos, al abrirlos, vieron asombrados cómo su compañero caído permanecía sentado aún adentro de la tina con una débil cicatriz circular en su pectoral izquierdo.
Respirando agitado y con su mano derecha tocando la cicatriz, Albafica los miró como si no pudiese creer que estuviese vivo.
―Bueno ya está ―se vanaglorió Eros inflando su peco―. Por cierto, no te preocupes por ella ―le dijo a Albafica, sabiendo que eso era lo que atormentaba ahora al santo de Athena―, sólo se ha ido para permanecer eternamente como una marioneta de Nyx en los Campos Elíseos, quizás la vuelvas a ver si es que esa diosa loca la manda a destruirlos a ustedes. Nos veremos en la otra vida ―entonces desapareció. Todas sus cosas se fueron también.
Bajando su mirada a su regazo, dándose cuenta de que se hallaba desnudo adentro de una tina con extraña agua negra, Albafica cerró los ojos sin poder aceptar que Agasha hubiese accedido a no regresar jamás.
Abriendo sus ojos de golpe y esperando que aún hubiese algo que pudiesen hacer para regresar a Agasha, Albafica salió de la tina donde recibió una manta gris oxford, por parte de su Ilustrísima, para cubrirse.
Sage lo vio dándole silenciosamente su pésame.
―Albafica ―el hombre mayor lo detuvo cuando el Santo quiso ir con sus piernas temblorosas y débiles a la habitación continua, donde se supone, estaba el cuerpo de Agasha.
De dicha alcoba, Sasha salió con lágrimas en los ojos.
―El cuerpo de Agasha no resistió más tiempo ―informó entristecida―. Su alma se negó a regresar. Ya no hay nada qué podamos hacer.
Destrozado por dentro, Albafica sintió la mano de Shion sobre su hombro, más no estaba dispuesto a rendirse.
―¡Érebo! ―gritó con su garganta adormecida por el tiempo que su cuerpo permaneció muerto―. ¡Érebo!
―Albafica… ―trató de decir Dohko sintiendo la desesperación de su compañero, más no hubo caso.
―¡Érebo! ¡Érebo!
Todos, incluida Sasha, consideraron inútil que se hiciera llamado al dios, sin embargo, dado a todo lo que había pasado le dieron esa última consideración a Albafica quien no dejaba de exclamar el nombre de Érebo.
Aparentemente este fue el día de recibir deidades pues como si se hubiese compadecido de Albafica, Érebo con toda su gloria, se manifestó a un lado de Sasha, quien al verlo saltó en su lugar y se apartó de él por 2 pasos.
―Además de mi esposa, nadie había estado tan deseoso de verme —miró serio a todos individualmente con sus ojos ámbar.
Incluso Dégel tembló un poco ante el frío insoportable que emanaba el dios con su cosmos sin diluir. Su presencia era la muerte, su andar impecable y su sonrisa arrogante.
―¿Quieres recuperarla? ―se burló Érebo de Albafica―, ¿acaso no aprendiste nada?
―Ella aceptó ser parte de Nyx porque estaba sola…
―Y lo seguirá estando ―interrumpió chasqueó la lengua―. Si lo piensas bien, es lo mejor para ambas.
―¿De qué hablas? ―se inmiscuyó Sasha, muy preocupada―, Nyx podría…
―Iniciar una guerra, ―el dios parpadeó rápido y se agachó a la altura de Sasha―. Disculpa niña, ¿y tú quién eres para quejarte?
―La diosa Athena ―dijo Sisyphus dispuesto a proteger a Sasha si es que Érebo intentaba algo contra ella.
Ante eso el dios primordial se rio. Su voz gruesa y tono burlón propagó un gélido miedo, el que fuese de aproximadamente 2 metros de alto no ablandaba la situación; muy para la desgracia de todos los presentes, este era uno de los dioses que podía destruir el mundo sin siquiera sudar.
―Ese respeto y lealtad son admirables, ¿o quizás es más? —inquirió en un gruñido a Sisyphus, éste no se dejó intimidar, lo que hizo que Érebo soltase un bufido burlón—. La diosa Athena, sí. Casi lo había olvidado… es decir, no es como si cuando ella nació, yo ya me había limpiado el culo con cientos de seres mucho más poderosos que cualquiera de su generación actual —rio un poco más—. Gracias por decírmelo, humano.
Volvió su mirada hacia Sasha.
—No recordaba lo patéticos que eran, y siguen siendo, los dioses de tu edad, desde que Zeus se autoproclamó rey y obligó a todos ustedes a obedecerle. ¿Ahora quieres que te cuente un secreto, mortal infeliz? —le preguntó a Sisyphus a pesar de que mantenía su atención sobre Athena—. Yo soy el dios Érebo —gruñó profundizando el frío que expulsaba su cuerpo—. ¿De casualidad entiende tu pequeño cerebro lo que eso significa?
Manteniéndose firme y duro, Sisyphus no se puso a temblar ni a rogar por una clemencia que el dios no parecía tener. Nadie habló luego de ver aquella mirada tétrica. Este dios pintaba para ser aún más voluble que Eros. Y mucho más violento también.
—Significa que soy uno de los pocos seres en este universo que se puede coger como quiera y cuando quiera a su papi, a su tío y a todo su panteón, incluso a ella, si son los suficientemente estúpidos como para cabrearme.
Como si contuviese las ganas de hacer una carnicería de humanos, los ojos de Érebo chispearon en plateado por un segundo, luego le habló a Sasha con advertencia en su voz:
―No tienes idea de lo mucho que extraño la época en la que solías enseñarles su lugar a los mortales que reclutabas. ¿Qué te ha pasado, niña? ¿Eh? Eras más honesta y severa con todos. Incluso con tu propia familia —se rio entre dientes—. Cada vez que estoy aburrido y quiero reírme un rato, recuerdo cuando casi matas a golpes a Hefestos porque decías que tu virginidad nadie la iba a tocar —entrecerró sus ojos sobre ella—. Y si alguno de estos infelices se atrevía siquiera a hablar en nuestras presencias, lo calcinabas hasta los huesos porque lo considerabas una falta de respeto no solo a los dioses, sino a ti misma personalmente…
—Érebo… basta.
—Ahora ya no eres más que una sombra de la diosa que alguna vez creí que serías. Alguien más respetable y temida por tus enemigos ni más ni menos —chasqueó la lengua—. Mira que la cantidad de veces que he oído a los demonios de los Calabozos reírse de ti por tu "amor" a los humanos, es incontable —él mismo se rio maliciosamente—. Aunque no puedes culparlos, no podrías siquiera luchar contra un cíclope y vencer en ese estado tan débil y asqueroso. Matarlo de risa tal vez… pero jamás de otro modo.
»Tú y yo sabemos la verdad, pequeña —le murmuró cerca de su cara—. La Athena de esa época sólo está guardada en una caja… en eso que tú llamas "corazón". Cuando salga y deje ver a todos tu verdadera naturaleza, llámame. No quiero perderme el espectáculo.
»¿Sabes cómo sé que ahora tu guerra es un chiste? —se alejó de Sasha para caminar un poco por los alrededores del templo, mirando con detalle cada esquina—. Para empezar, en los tiempos antiguos, estos cerdos de sacrificio eran más respetuosos y no abrían las bocas en nuestras presencias si no se les ordenaba hacerlo —con el mentón señaló a sus santos. Sasha iba a hablar, pero él no se lo permitió—. Hasta que un buen día decidiste engañarlos a todos y te volviste una hipócrita amante de la paz. Da igual. Mejor educa bien a tus perros rabiosos antes de que algún otro intente interrumpirme cuando hablo y termine por castrarlos a todos.
Manigoldo hizo una mueca sin poder contener su comentario.
—Eso sería algo sumamente incómodo —masculló imaginando aquello.
Érebo lo vio asintió con la misma cara oscurecida por el enfado.
—Eh… Sisyphus, amigo —Manigoldo tosió un poco nervioso—. Quizás a ti no te importe tu anatomía, pero algunos aquí sí valoramos nuestros testículos. Además de que este buen Señor Dios no ha venido a declararnos la guerra, entonces…. ¿podrías hacernos el favor de calmarte un poco?
Mirándolo, prometiendo dolor, Sisyphus vio a Manigoldo. Luego miró Regulus, el chico asintió pidiendo lo mismo, así que respiró con calma. Sasha no dijo nada, sólo miró a sus Santos para prevenirles que el volátil dios no estaba bromeando y era mejor no hacerle enfadar ahora.
—Bien, lamento mi comportamiento, señor Érebo —musitó el Santo tragándose ciertos grados de orgullo que Érebo notó.
―Da igual. Ahora tú ―centró su atención en Albafica―. ¿Sabes por qué no vuelvo con Nyx?
―Todo ese rollo acerca de ser usado era mentira, ¿verdad?
―¿Sabes o no? ―inquirió demandante.
―Sí. Le temes.
Todos esperaron que Érebo golpease a Albafica por su respuesta, éste se limitó a sonreír.
―No a ella ―declaró―, sino lo que provoca en mí.
No queriendo interrumpirlo, Albafica se limitó a arquear el ceño.
―Nyx cree que soy gentil —Érebo lo pensó mejor—. Bueno, lo soy; más que ella por supuesto. Pero cuando nos juntamos, tenemos ideas muy parecidas. Retorcidas y sanguinarias. Demasiado para el estómago de cualquiera que no piense igual que nosotros.
»Cuando me reuní con Hades le expuse ese punto. Más allá de su guerra contra Athena, no quería que Nyx se excitase lo suficiente como para inmiscuirse también así que le ofrecí un trato: quedarme en su hueco maloliente a cambio de que sus patéticos hermanos y él no se atreviesen a tocar a mi esposa. ―Sonrió malvadamente―. A pesar de que la dejé sola, me niego a soportar que alguno de esos animales le ponga un solo dedo encima.
»Luego le pedí también que inventase la versión de que "me había sometido" ―hizo comillas al aire―, aprisionado por toda la eternidad —sonrió arrogante—, como si pudiese hacer eso sin perder ambos brazos. Por suerte, Nyx lo creyó todo.
Algo confundido, Albafica negó con la cabeza intuyendo (sin saberlo) a la perfección por qué Érebo había tomado esa decisión.
—¿Por qué?
—Una vez fuera del alcance de mi esposa, las Sỹdixx comenzaron a perder fuerza hasta que se convirtieron en almas libres. No estoy orgulloso de ser el causante de su soledad, pues una vez liberadas, ninguna de ellas quiso quedarse cerca de Nyx por el temor al que habían sido sometidas cuando fueron atrapadas —masculló pensativo—. Entonces le pedí a Nyx porque no buscase a Hades porque sabía que ella lo despedazaría, y digamos que el Inframundo no puede ser gobernado sólo por un dios, Perséfone cada día está más harta de ese sitio y cada día hay más condenados.
»Pero, ya no importa nada, después de siglos, Nyx finalmente pudo encontrar el modo de dar la vida a sus guerreras Sỹdixx sin la necesidad de tenerme a su lado. Por ahora, supongo.
Albafica comprendió a lo que se refería.
―Agasha fue su experimento, ¿no es así?
―Quizás no uno intencional… pero sí. Zeus la subestimó… al igual que yo ―Érebo alzó los hombros centrándose sólo en Albafica a pesar de que el resto de Santos Dorados, Sasha y el Patriarca estuviesen oyendo―. La humana fue el perfecto conejillo de indias para probar su teoría.
―¿Cómo pudo lograrlo?
―Empezó por ganarse el afecto del alma de la humana. Una vez logrado eso le entregó la Armadura de Elecea, la que básicamente originó todo. Sus ansias por salvarte y sus batallas ganadas le dieron la confianza de la que carecía para pelear. Luego estaba este collar ―lo tomó en su mano derecha sin quitárselo―, que guarda un poco de mi cosmos. Si yo hubiese estado realmente atrapado en el hades, esto me hubiese dado el poder para liberarme ―sonrió un poco triste―. Nyx lo guardó e intentó auxiliarme como Agasha lo hizo contigo.
Albafica no quiso darle más peso del que el dios (con toda seguridad) ya tenía, y aún con la probabilidad de ser castrado, inquirió:
―Pero todo fue una mentira. ¿No crees que fuiste egoísta con Nyx?
―¿Qué? ―el dios enfadado lo miró.
―Puedes regresarme al hades si quieres, pero piénsalo. Si Nyx sólo hubiese querido usarte no habría guardado esa cosa y sólo hubiese ido por ti arrasando con todo a su paso.
―No lo hizo porque no tiene el suficiente control sobre su poder como para evitar causar desastres innecesarios en sus arranques de ira.
―No lo hizo porque tú se lo pediste ―Albafica miró a los ojos al dios sin inmutarse―. No lo hizo, por ti. Lo peor es que sabes que te engañas. Toma el consejo de alguien que no ha dejado de huir toda su vida de lo que más desea. Al menos tú puedes tocarla sin hacerle daño.
Soltando un resoplido, Érebo desvió la vista.
―Si la amases o siquiera la respetases, al menos la hubieses dejado libre para estar con alguien.
―Jamás ―espetó Érebo―, Nyx es mi esposa.
―Y la abandonaste cuando tuviste la oportunidad por un miedo irracional.
Albafica suspiró cerrando sus ojos.
―Creo que ya fue suficiente. Tu relación con Nyx me ha dado a entender que debo aceptar cuando mi destino no es estar con Agasha.
―¿Qué demonios tiene que ver una cosa con la otra?
—Ser egoísta nunca trae nada bueno ―respondió sin miedo. Se acomodó la manta sobre su cuerpo―. Que Agasha sea feliz con o sin mí ya no me importa más, el punto final es ese: que sea feliz. Además, por lo que me acabas de contar sé que ella algún día volverá a ser la misma de antes ―sonriendo ante esa información Albafica suspiró agobiado―. Érebo sé que no soy nadie para decirte qué hacer, pero mientras permanecí como un alma adentro del cuerpo de Agasha… pude sentir el dolor que Nyx le trasmitía a ella cuando te gritaba. Deja de engañarte y engañarla. Ella no buscaba volver a crear a su ejército, te buscaba a ti.
Con severidad, Albafica se atrevió a mirar al dios a los ojos.
―¿En serio crees que te llamé para que me dieses una fórmula mágica para traer a Agasha de regreso? No, te llamé porque necesitaba saber que ella estaría bien al lado de tu esposa. Y porque me siento personalmente en deuda con Nyx al igual que Agasha. Dado a que respondiste a mi llamado… quería informarte que Nyx en verdad te ama y sufre por tu indiferencia ciega. Te lo suplico. Hagas lo que hagas o decidas lo que decidas, sólo deja de hacerle daño… ella es… una buena mujer. Y goza de una amabilidad y un corazón que dudo que conozcas tan bien como crees hacerlo —con esas palabras flotando en el aire, Albafica comenzó a caminar hacia la salida, manteniendo una vacía mirada al frente.
—¿Crees que en tan poco tiempo puedes saber de ella más que yo? —dijo Érebo molesto, pero sin la intención de ir tras la cabeza de Albafica, todavía.
—Yo no creo nada —fue lo último que dijo Albafica, empezando a bajar las escaleras del Santuario.
No fue hasta que llegó hasta su propia casa y vio el desastre ocasionado por su cosmos cuando estuvo afectado por la flecha de odio de Eros que se permitió derramar lágrimas silenciosas al fin.
Érebo le dijo que, a la larga, sin él al lado de Nyx, posiblemente Agasha volviese a ser un alma pura en los Campos Elíseos.
Sea como sea, no la volvería a ver nunca más.
Ese debía ser su castigo por tomar su cuerpo y corazón para luego abandonarla, ahora ella se había ido de su lado para siempre. Albafica dudaba poder ingresar a los Campos Elíseos con una cuenta pendiente con el Bosque de los Suicidios.
Sabía que su destino estaba sellado.
No sabía si Agasha estaba consciente de ello o no, pero él recordaba gran parte de lo sucedido cuando (en forma de niño) ella lo sacó de las ramas y lo acompañó hasta el palacio de Perséfone. Donde le dio una sonrisa sincera, un abrazo cálido y una seguridad palpable. Una sensación que, en una época, él deseó con todo su infantil corazón.
Con sangre envenenada o sin ella, nunca se sintió tan desolado. Tan miserable, tan vacío.
Con una mirada muerta, Albafica se abrió paso hasta sus aposentos donde se dejó caer sobre la cama. Aún húmedo por el agua negra que ayudó a su cuerpo a recibir nuevamente su alma maldita, cerró los ojos no por sentirse cansado, sino para tratar de aliviar el dolor que sentía recorriéndolo de pies a cabeza.
Su estómago dolía, su garganta punzaba. Su corazón ardía hasta el infinito. Si alguna vez Albafica pensó que estaba solo, ahora veía lo que realmente era sentirse sin deseos de vivir.
«Perdóname, Agasha». Intentó llamarla, deseó con todo que ella rectificase y volviese a Rodorio donde pudiese hacer su vida como todas las chicas de su edad.
Esperó a que ella al final tomase otra decisión y no caminase por el mismo camino espinoso que todos los guerreros de los dioses cruzaban sin un fin. Por más que gritó no logró nada pues ella ya no quería escucharlo. Ya no más.
Aunque su relación de una noche había sido sólo eso, Albafica sintió que había vivido más que sólo 24 horas con ella. Recordarla sonrojándose y mostrándose nerviosa ante él, fue doloroso. Porque ella se había ido por su voluntad al pensar que nadie la extrañaría. Qué nadie sufriría por ella.
Sin darse cuenta Albafica contribuyó a empujarla hasta donde estaba.
Malditos fuesen los Destinos por hacerle esto. Maldito fuese él por permitirlo.
Agasha se había ido porque estaba convencida de que su vida no valía nada siendo una florista en Rodorio. Ella se había ido porque pensaba que no significaba nada para él ni para nadie.
Si ahora mismo Albafica no planeaba lanzarse del primer risco que se le viniese a la mente era porque vivía gracias a que Agasha se había esforzado mucho en salvar su alma. Darle una segunda oportunidad para hacer las cosas bien. Por ello la honraría del único modo que podía hacerlo: pelear, y tratar, con ayuda de su deseo cumplido gracias al agua del lago Elefthería, de ser mejor persona. Salir y recibir el sol, dejar de cerrar sus emociones y tratar de convivir, aunque sea un poco con el resto del mundo.
Un deseo insano por gritar hasta quedarse afónico lo embargó.
Agasha… Agasha no volvería por mucho que él quisiera mover cielo y tierra. Ella así lo había decidido y él tendría que respetar su decisión.
Aunque hacerlo lo matase por dentro.
Para evitar que este terrible sentimiento de culpa se implantase en su espíritu de lucha e influyera en sus ataques, Albafica volvería a encerrar el espíritu y el corazón que ella había salvado. Todo él le pertenecía a Agasha. Que ella no lo supiese o no lo quisiese no cambiaba nada. Después de todo, sólo ella había logrado despertarlo de su letargo; lo había acobijado, regresarle la vida. Alimentarlo. Nutrirlo. Confiar en él.
No importaba que ella estuviese en otro lado lejos, muy lejos de él, donde no pudiese reclamar o destruir el corazón que ella había embrujado con su amabilidad y calidez.
Albafica de Piscis era solo de Agasha, de nadie más.
…
Apenas la vio apareciendo sobre el perfecto pasto, Nyx recibió con un gran abrazo a su nueva Sỹdixx. Usando su cosmos, la diosa curó las heridas de la joven hasta que pudo tenerla entre sus brazos completamente libre de ellas y la sangre.
―Bien hecho, hija mía ―la felicitó poniendo la mejilla sobre la cabeza de la joven en un afectivo susurro—. Bienvenida.
Agasha sintiendo a la armadura liberarla para abrir paso a la antigua toga color rosa que había usado. Sonrió correspondiendo el gesto de la diosa sintiéndose ligera y realizada por haber cumplido su deber. Nunca en su vida se había sentido tan orgullosa.
Un poco lejos, la diosa Psique miraba con tristeza cómo Nyx tomaba la mano de Agasha para admirar juntas el espacio y sus constelaciones. De no ser porque la chica se veía tan feliz como la diosa aun sin la armadura y esos aterradores ojos, Psique habría pensado que Nyx la había arrancado por completo de su voluntad como dictaba la raza de Sỹdixx original, pero no. Para poner las cosas peor, la propia Agasha deseaba estar ahí pues sin la armadura su alma podía escoger por sí misma entre quedarse o no.
¿Sería posible que Nyx comprendiese que el amor y el respeto no se ganaban esclavizando? ¿Sería Agasha una Sỹdixx diferente a las otras, bendecida con el don de poseerse a sí misma? Psique tuvo que verlo para creerlo. Aceptar que alguien estaba dispuesto a estar con Nyx aun sabiendo que su volátil carácter era peligroso no sólo para quien estuviese con ella sino para el mundo entero.
Sin remordimientos ni ideas nubladas, la humana había accedido a quedarse con Nyx como algo más que su guerrera, como una hija, cosa que a la diosa de la noche encantaba de sobremanera. Psique pocas veces la veía sonreír así, como cuando Hémera la visitaba en los atardeceres y aún su propia hija temía a su ira. Pero no así Agasha, ella de verdad se sentía feliz al lado de Nyx. En el corazón de la humana no había dudas.
―¡Señorita Psique! ―la llamó Agasha viéndola con sus ojos verdes.
Los ojos verdes eran la prueba de que Nyx confiaba completamente en que la chica no la abandonaría y por ende no necesitaba amarrarla a su lado. ¿Sería eso algo positivo?
Psique suspiró tratando de sentirse cómoda sabiendo eso.
―¡Señorita Psique! ¡La señora Nyx va a mostrarnos el interior de los planetas de esta constelación, venga a ver! ―pidió la chica sonriendo emocionada, como si no acabase de dejar a Albafica de Piscis con el corazón completamente quebrado en el mundo de los humanos.
Ella jamás sabría que había enamorado a ese hombre como había sido su deseo. Psique estaba segura que Nyx desaparecería de la faz del universo a cualquiera que intentase decírselo.
―¡Señorita Psique, empezaremos sin usted sino se da prisa!
―¡Ya voy, ya voy! ―muy inquieta, caminó hasta ellas donde fue recibida con una sonrisa genuina de Agasha―. Te ves muy feliz —comentó dudosa.
Perspicaz, fría, pero también bastante enfadada, Nyx la miró seriamente por encima del hombro. Era probable que hubiese visto la intención de Psique por hacer a Agasha dudar. Como era evidente, Nyx no iba a permitirlo.
―Por supuesto que está feliz ―contestó la diosa por Agasha―, está de regreso en casa.
La chica, sonriendo, asintió con la cabeza.
―El señor Albafica ha regresado a la vida, su maldición fue retirada lo que le dará la oportunidad de acercarse al señor Shion y a todos los Santos Dorados ―sonrió soñadora―. Confío en que no estará solo nunca más —desvió la mirada esperanzada de lo que decía—. Ojalá sea feliz.
Sorprendiéndose de sí misma por sentir demasiada empatía por un par de humanos a los que conocía de casi nada, Psique no quería oír a Agasha diciendo eso cuando Albafica de Piscis, lo último que hacía, era celebrar su nueva vida. Sabía que el pobre sujeto estaba destrozado en la Tierra.
Aunque, por mucha compasión que sintiese hacia esos dos, Psique todavía quería mantener su cabeza sobre su cuerpo, así que, por el momento, sólo se encargaría de vigilar de cerca a ambos. Ya se le ocurriría algo.
Nyx estaba muy contenta con su nueva adquisición, quizás cuando se aburriese de consentir a Agasha la dejaría visitar a Albafica de Piscis… claro, si es que los sentimientos entre ambos no se marchitaban primero.
«¿Pero en qué estoy pensando? Soy la diosa Psique, puedo hacer muchas cosas y evitar que el amor se marchite entre un par de humanos es una de ellas» pensó vanidosamente.
Pobre Psique, parecía no haber captado que nadie (ni dioses ni humanos) deseaban su ayuda. Suficiente mal ya había causado con la última vez que lo hizo como para que los mortales tuviesen que soportar una segunda ocasión.
—CONTINUARÁ—
El fic ya superó las 120,000 palabras, wow. La verdad es que no me esperaba eso. :0
Nuevamente, nos acercamos al gran final.
En este capítulo, también hubo algunos detalles que hacen un poco diferente este fic modifcado del fic "original", pero no son la gran cosa.
Diría que la más relevante sería la conversación de Érebo, Sasha y Albafica. En el fic original, Érebo apenas le dice a Sasha un par de líneas, luego una amenaza a Sisyphus. En esta versión, Érebo menciona que en el pasado, Athena no era la chica amorosa y tierna que conocemos, sino una guerrera que no perdonaba el más mínimo error o muestra de insubordinación, cosa que a él le enferma porque piensa que Sasha sólo finge ser compasiva.
Por si se lo preguntan, yo, personalmente; no odio a Athena... al menos no a Sasha, Saori me cae mal a veces. Pero siento que fuera de ahí, ni una Athena ni la otra, tienen nada que ver con la diosa que muestra la mitología, he ahí del porqué los dioses que muestro yo, enfatizan tanto ese punto.
Por otro lado, seguimos destacando la versión actual de Agasha transformada. Completamente distinta a la Agasha que se muestra en el otro fic. Más detallada, diría yo.
Aviso: después de publicar el segundo fic de esta saga, por lo menos a la mitad, les aconsejo pasarse por mi página de Facebook dedicada a los fics de Saint Seiya, donde revelaré información importante sobre las Sỹdixx. Iba a subirla a Wattpad, pero todavía estoy dudándolo.
Bueno, es todo de mi parte por el momento. Gracias a todos por su apoyo. ;)
Espero que les haya gustado el capítulo.
¡Saludos y hasta el próximo!
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