Disclaimer: El Universo Cinematográfico de Marvel Cómics no es de mi propiedad, tan solo me adjudico la creación de los personajes desconocidos y la alteración de la trama vista en las películas.
SUNSET
Capítulo 8:
Only Us
Aurora retozaba silenciosamente en la cima de Ikaris, mientras le delineaba la columna vertebral con los dedos. No hacían falta palabras. Ambos conocían exactamente los sentimientos del otro.
Sintió que la realidad se le escapaba, pero no sentía deseos de retenerla. Era capaz de sentir cualquier cosa, de ir a cualquier parte, con tal de estar con él. Junto con el deseo físico más poderoso que había conocido nunca, había una necesidad emocional que estallaba dentro de ella. No podía cuestionarla, no podía negarla. Su cuerpo, su mente, su corazón deseaban dolorosamente a Ikaris.
Aurora observaba la luz tamizada del amanecer a través de los ventanales, intentando orientarse. Nunca se había sentido así. Saciada, eufórica, exhausta. Podía sentir las fuertes manos en sus caderas, el susurro de su aliento contra el cabello. Sus olores se habían mezclado, mientras el cuerpo de Ikaris se apretaba contra el suyo. Ella comprendió que podía rodearle con los brazos y quedarse de esa forma el resto de su vida.
Aurora le besó suavemente. Sabía tal y como imaginaba que sabría la luz, cálida y radiante, con una descarga de energía. Aquel sabor le atraía, le hacía desear más, mucho más. Pensó que era como aferrarse a un volcán justo antes de que entrara en erupción o volar en una nube a punto de ser absorbida por un tornado. Podía olvidar todo cuanto estaba en juego, todo a lo que aún tenía que enfrentarse. A fin de cuentas estaba viviendo un romance. No uno que incluyera poesías ni flores, si bien su lado romántico habría disfrutado de ambas cosas.
No había nada salvo él. Nada salvo aquellas sábanas blancas calentándose más, a causa de las relaciones sexuales. Se había sentado a horcajadas, mientras le invadían un sinfín de sensaciones, igual que sus manos, que le tomaban, le excitaban, le torturaban. Se entregó a él, sin rastro de timidez ni cohibición, un festín de placeres y exigencias que le excitaron de manera irracional. Sus jadeos y gemidos avivaron más necesidades, despertaron todas sus terminaciones nerviosas. Y su boca, implacable y ávida, le hacía hervir la sangre como una droga.
Aurora creyó por un momento que el mundo explotaba. Su fuerza le conmocionó, su fulgor le cegó. Le dejó, durante un corto instante, completamente débil. Adoptó su ritmo frenético, entrelazando los dedos en su cabello, moviendo las caderas como si fueran pistones, al no tener más opción.
Ikaris entonces se derrumbó sobre Aurora. La cabeza le daba vueltas, sus pulmones respiraban con dificultad y su acelerado corazón palpitaba de forma dolorosa. Se agitaba debajo de él, con las extremidades temblorosas y los músculos vibrantes. Deseaba con toda su alma envolverlo con su cuerpo, acariciarlo y mimarlo, pero no tenía fuerzas.
Los músculos cincelados temblaron cuando se tumbó a su lado, boca arriba. Ella inspiró hondo un par de veces, luego se arrimó para apoyar la cabeza sobre su pecho. Tan solo pudo quedarse ahí, tendida, envuelta en su calor, escuchando su agitada respiración. Solo existía el tacto de sus manos, de sus labios, el sonido de su voz, su olor.
—Eres más fuerte de lo que aparentas.
—Una de mis muchas habilidades—declaró Aurora, al entrelazar los dedos con Ikaris. Miró a su alrededor en busca de su ropa, y le encontró hecha trizas en un rincón—. Habría preparado el desayuno, de no ser así.
—No te molestó entonces.
—Presumido.
Ikaris le cubrió con las sábanas antes de levantarse, tan desnudo como un recién nacido. Se trasladó a una habitación anexa y regresó más tarde con una camisa de color blanco en las manos. Desafortunadamente, se había vestido.
Aurora cubrió su desnudez, mientras Ikaris le analizaba con atención. Se había marchado la última vez, temiendo un enfrentamiento de amantes en medio de una batalla en el Museo Británico. Los hermanos cósmicos de Ikaris no habrían tomado bien su relación, mucho menos en un sitio atestado de muerte.
—Tienes la habilidad de alterar la realidad. De influir en las fuerzas cósmicas inmutables. De cambiarlo todo, en un instante.
—No exactamente—declaró Aurora, al abotonar el escaso atuendo. Se deslizó de la cama con la suavidad de una rosa y le enfrentó en medio de la habitación desordenada—. Existen muchas cosas extrañas en mí. Ni mi familia les conoce en su totalidad.
—¿Le revelarías tus secretos a un desconocido? No es una decisión sabia.
—No somos desconocidos. No me acostaría con alguien a quien no conozco. Nunca he tenido una aventura de una noche. Ambos hemos visto mucho del otro, en muchas ocasiones. Sabía de ti antes de conocerte, de hecho. De niña los hechiceros me hablaron de los Eternos. De su interminable lucha contra los Desviantes. Sé además que tu amigo Phastos estuvo husmeando en mi archivo secreto de las Naciones Unidas. No me molestó, sinceramente. Necesitabas conocerme de alguna forma, aunque no resultara en nada. Porque en un archivo no se encuentra mi verdadera naturaleza. Nací siendo una hechicera, si bien no estaba destinada a serlo.
—¿A qué te refieres?
—Genéticamente, soy una quimera—le reveló Aurora, de una manera bastante reticente. Una quimera era una bestia mitológica que combinaba partes del cuerpo de una leona, de un dragón y de una cabra. Ikaris bajó la mirada, como si esperara ver una cola entre sus piernas desnudas—. Una persona con células que poseen dos o más perfiles genéticos diferentes. Es un trastorno raro, pero no imposible. Una consecuencia del síndrome del gemelo evanescente, en mi caso.
—No entiendo nada.
—Cuando me concibieron, tenía un hermano gemelo. Pero más tarde mi madre tuvo un aborto, como consecuencia de una batalla con los miembros del Círculo Interno—Aurora sacudió la cabeza, al recordar los miserables intentos de seducción de Mente Maestra. Le había causado a su madre un aborto, cuando había intentado abandonar la identidad de la Reina Blanca—. En ciertos casos, el feto viable absorbe la sangre y los tejidos del otro. Ocurre muy al principio, y en la mayoría de los casos no subsisten pruebas del gemelo evanescente. Absorbí por completo su material genético, al sobrevivir en el vientre de mi madre en contra de todas las probabilidades. Se supone que mi hermano debía ser el hechicero, no yo.
Aurora sostuvo su mirada, como una fiera. No correría a esconderse nunca más. Le había revelado un secreto que no conocía ni su incondicional Robert.
—He conocido criaturas extrañas. No eres una de ellas, Aurora.
Ikaris le rodeó la cintura con un brazo.
—Sabes como animarme, Ikaris.
Entonces le besó con el corazón latiéndole a un ritmo irregular, desbocado, mientras su respiración se transformaba en un jadeo frenético. Ikaris le había alzado en vilo, con el fin de susurrarle en el oído.
—Quisiera hacerte muchas cosas, de hecho.
Mientras removía el contenido de una sartén, determinó que el sexo en la ducha era una experiencia que sin duda deseaba repetir. Con bastante frecuencia.
Una vez más terminó cuestionándose si no haber practicado sexo durante toda su vida adulta había hecho que poseyera un apetito voraz. Pero como se consideraba bien saciada, en su lugar decidió atender otra clase de necesidades.
Ambos estaban famélicos, debido a las interminables horas de sexo. Por ello decidieron detener las relaciones sexuales en la ducha, tan candentes como desenfrenadas. Necesitaban consumir una buena cantidad de comida antes de continuar embistiéndose mutuamente.
Aurora recibió un vaso de zumo de manos de Ikaris. Esa maldita sonrisa contenía una cantidad indecente de encanto seductor.
—¿Tú sabes cocinar?
Ella examinó la inmaculada cocina. Todo era de mármol y acero inoxidable mientras que en el recibidor dos sofás se agrupaban en torno a una mesa de cristal.
Empotrados en una de las paredes estaban un televisor casi tan grande como una pantalla de cine y unos artefactos extraterrestres que bien podrían ser los mandos de la nave Entreprise. A ambos costados, anaqueles de techo a piso, llenos con películas y discos compactos.
—No cocino tanto como debería. Hay tiendas, restaurantes, comida que viene lista. Cocinar consume mucho tiempo.
—No a todos les adoraron como deidades—sonrió burlonamente Aurora. En el momento exacto, sacó los bollitos de vainilla del horno y les trasladó a una cesta en medio de la encimera—. Necesitan enfriarse.
Los dos, conscientes de que los bollitos se enfriarían con lentitud, se miraron fijamente y aprovecharon para fundirse en un beso. Tan fuerte se abrazaron que ambos escucharon el latido de los corazones acelerados.
Unos minutos después, fueron interrumpidos por el caramelo en la olla. Aurora utilizó una varilla para mover el fondo y evitar que se pegara. Ikaris le agarró de la cintura y le puso delante de él, frente al fogón, rodeándole con los brazos. Parecía que intentaban recrear aquella escena de la película Ghost en la que los protagonistas, igual de abrazados que ellos en aquel momento, moldeaban una vasija de barro juntos.
Mientras removía el contenido de la sartén, con mucha delicadeza, Ikaris le besó el cuello. Un escalofrío recorrió su cuerpo de arriba abajo y le dejó callada. Sabía que no podía, porque el caramelo se estaba espesando y de un momento a otro se podría quemar, pero se moría de ganas por girar la cabeza y volver a fundirse en un beso con él, incluso más pegados todavía, aunque dudaba que fusionar más sus cuerpos fuera físicamente posible.
—Estaría todo el día besándote. ¿No te resulta extraño?
Aurora utilizó sus habilidades antes de acariciarle el rostro con suavidad. Se había sentado en la encimera de mármol, quedando bastante más alta que él.
—He conocido átomos tan masivos como estrellas y universos tan diminutos como átomos. No le consideraría extraño. Mucho menos después de admitir uno de mis muchos trastornos genéticos.
Cada vez que le miraba, le abrasaba el calor de la tensión sexual. Cada ardiente mirada le freía el cerebro y fundía lo poco que quedaba de sus ineficaces filtros. Nunca había deseado tanto a un hombre en su vida.
—Cambiaste la realidad, una vez más.
En la sala de estar, con las velas ardiendo contra el cielo nocturno, una elaborada cena decoraba la mesa de cristal.
—La magia es el deseo convertido en realidad. Cuando un hechicero se concentra en algo que quiere, y luego imagina cómo podría conseguirlo, puede hacer que se haga realidad. Es la razón por la que tengo que ser tan cuidadosa. En mi caso todo resulta incrementado, a raíz de todas las habilidades derivadas de la mutación genética. Están unidas a la hechicería de una manera tan increíble como aterradora.
Aurora no estaba pensando en nada. Se había sumido en sus hermosos orbes azules y cuando eso sucedía perdía la facultad de pensar, de hablar y casi hasta de respirar. Se besaron larga y dulcemente mientras entrelazaba los dedos en su cabellera, con un solitario mechón de color blanco. Estaba tumbado sobre ella, mirándole de la misma forma en que lo hacía. Era una sensación más fuerte y penetrante que nada de lo que hubiera experimentado. El cuerpo le temblaba y le ardía de necesidad al sentir el tacto de sus manos.
—Cómo le detesto… —se molestó Aurora al recibir una llamada de auxilio a través de la Dimensión Astral—. Es un verdadero imbécil.
Ikaris se tumbó a su lado, usando el brazo como almohada. Le enseñaba su desnudez de una manera bastante descarada, como si de un modelo de revista se tratase.
—¿Qué sucede?
Aurora tomó asiento en la cama. No se molestó en cubrir sus senos, hinchados a causa de los mordiscos de una boca insaciable. No experimentaba ni timidez ni incomodidad, como hubiera sido de esperar.
—Una vez más, el Hechicero Supremo está fastidiándome. Solicita una audiencia, como si ambos viviéramos en los Siete Reinos de Poniente. Solamente le hace falta enviarme un cuervo con una nota—Aurora entrelazó los dedos sobre su vientre desnudo—. Ha cometido un sinnúmero de idioteces. Acaba de enviarme un mensaje a través de la Dimensión Astral, un reino que colinda directamente con la Dimensión de los Sueños. Pesadilla debe estar tramando en su contra, con toda la información que comunica de manera tan negligente. Resulta bastante frustrante encomendarle el futuro de la hechicería a un idiota.
—¿Por qué encomendarle el futuro de la hechicería a un idiota? ¿Acaso se trata de un erudito? ¿De un vidente nato?
—Buena memoria, nada más. Mi maestra le entrenó en la senda de las artes místicas con la esperanza de convertirle en el defensor del futuro. Tiene bastante potencial pero no es ni remotamente tan bueno como debería. Le hace falta entrenar más, conocer mucho más. La magia está realmente en todo. Está en la teoría de la gravedad de Newton, y puede encontrarse también en la teoría de la evolución de Darwin. Debería notarlo, con la mirada de hechicero.
—Agamotto le hubiese rechazado, entonces.
Ella le observó durante un momento. Ikaris había conocido al Padre de las Artes Místicas, durante su estancia en la Tierra. No le extrañaba pues todos los Eternos habían sido dotados de una interminable vitalidad.
—A veces olvido tu verdadera edad.
—Nací miles de años antes de…
—No es nada—susurró Aurora después de callarle con un beso. Se tumbó de costado, a fin de observarle directamente—. Mi madre siempre sostuvo que algún día terminaría con un hombre mayor. Aunque deteste admitirlo, tiene razón.
Ikaris le acarició la cintura de una manera bastante extraña.
—¿Qué sucedió con el hombre vestido de araña en Alemania?
—No sucedió nada realmente alarmante. Un adolescente hormonal, en medio de un enfrentamiento de héroes, se lanzó sobre mí cuando Scott le amenazó con el ala de un avión. Estaba aturdido. No intentó manosearme de forma intencional.
—¿Cuál es tu historia con Thor?
—Tiene un excelente sentido del humor. Nos tumbábamos en los sillones de la Torre de los Vengadores y comíamos tortitas al ver maratones de la Guerra de las Galaxias. Le encanta el sable de Darth Maul y la historia de Darth Vader. Le encantan además las comidas caseras. Prefiere mi tarta de chocolate sobre todas las cosas. Es un buen amigo.
—Cómo no…
—Ambos estamos en esta cama. Solamente nosotros—entonces Aurora le mordió el labio inferior, con suavidad. Ella adoraba el sabor de su deliciosa boca, el tacto de sus dedos bien dotados—. No necesitamos más, en este momento.
Aurora entonces examinó las sábanas, hacía mucho olvidadas en la alfombra. Ambos estaban desnudos a causa de la inexistente colcha, de las almohadas destrozadas en un rincón. No se habían contenido en nada.
—Phastos me enseñó los vídeos de Sokovia—declaró Ikaris, recordándole de inmediato la batalla de los Vengadores contra los secuaces metálicos de Ultrón. Había destruido la ciudad cuando se había hecho evidente la extinción de toda forma de vida en el mundo a causa de un meteorito de vibranio, mientras el extraterrestre llamado Talos rescataba a todos los habitantes de Novi Grad en nombre de SWORD. No había revelado su verdadera identidad ni dado señales de conocerla, durante su estancia en el Centro de los Nuevos Vengadores, a causa de toda la información contenida en su mente. No era un extraterrestre malvado, como muchos individuos en su lista de conocidos, se trataba nada más de un militar de un mundo destruido durante la Guerra Kree-Skrull. Había hecho amistad con Fury durante un conflicto a mediados de los noventa, donde una mujer que había absorbido una enorme cantidad de energía de la Gema del Espacio se había convertido oficialmente en una heroína conocida como la Capitana Marvel—. Thor. Ese hombre está enamorado de ti.
—¿También tú? —Aurora frunció el ceño al recordar la cercanía de Thor durante la batalla de Sokovia. Se había mostrado tremendamente cuidadoso con ella, no obstante conocer el alcance de sus habilidades. Le había acechado como un centinela y había sido el primero en oponerse a su decisión de permanecer en la catedral derruida con el fin de arrasarlo todo. Pero de todas formas le había abandonado, al marcharse a su mundo de oro en medio de un inconcluso abrazo—. No ha sucedido nada romántico entre nosotros. Nada.
—Él desearía todo lo contrario.
—No le deseo de esa forma. Debería bastarte con ello—declaró Aurora al voltear y tomar asiento en el borde de la cama. Recordó entonces los sueños eróticos de Nueva York. Le habían acechado durante días, como si enseñarle todas las virtudes de un amante divino fuera suficiente incentivo en una relación—. Iré a dar una vuelta. No necesito los cuestionamientos de nadie. Mucho menos de ti. Porque aún sabiendo de tus aventuras con Sersi, no actúo como una idiota.
Aurora entonces comenzó a vestir el atuendo sencillo que había invocado con un movimiento de sus dedos. Nada realmente sensual, salvo el atrevido sostén de color azul oscuro.
—Lo entiendo—le susurró Ikaris, al rodearle la cintura con ambos brazos—. No se trata de Sersi. No se trata de Thor. No se trata de nuestras relaciones anteriores. Ni de nuestra familia. Ni de nuestras habilidades. Solamente nosotros, Aurora.
—Tus hermanos cósmicos no lo entenderían nunca. No les crearon con el fin de tener descendencia, de concebir una familia. Les comandan los Celestiales, tan indiferentes en un universo tan cruel.
—Todos nosotros tenemos una elección. No somos esclavos. Ni siervos de dioses indiferentes. No necesitan enterarse de lo nuestro.
—No les fascinará. Créeme.
—Sersi comenzó una relación con Dane. No necesitamos su venía, Aurora.
El resto de la tarde transcurrió bastante deprisa.
Aurora sostuvo la mano de Ikaris al deambular en Hyde Park. Hacía un poco de frío, pero no tanto como para no poder pasar un rato agradable al aire libre con un hombre sensual aún si todo se veía abarrotado de gente paseando, de adolescentes tumbados en la hierba comiendo.
—Lo intentaremos.
—Excelente decisión, doctora Stark.
—Con una condición—Aurora situó un dedo en su labio inferior—. Ambos enfrentamos nuestras batallas.
Ikaris retrocedió de inmediato, como si hubiese notado la destrucción de una bestia del tamaño de un continente. Le observaba con intensidad, con todo el alcance de sus habilidades cósmicas.
—Hecho.
—Bien… —asintió Aurora, al tomar asiento en un banco vacío. A través del sofisticado artefacto en su muñeca se infiltró en la base de datos de SWORD y se concentró en borrar el archivo de los Eternos. Tenían fotografías de cada uno de ellos. Se habían enterado de su historia a través de los mitos de civilizaciones antiguas y les habían identificado en la actualidad a raíz de los indignantes descuidos de Sersi. Cuando hubo vaciado absolutamente todo, un diminuto disco de datos salió de una de las terminales del costado—. Necesitan ser más cuidadosos. Les están acechando, a todos ustedes. Consérvalo como un recordatorio.
Ikaris examinó el disco diminuto. SWORD utilizaba como centro de actividades una nave ubicada más allá de la nube de Oort, si bien reclutaba en el indefenso mundo azul a individuos como Jane Foster y su secretaria Darcy. Pensaban que sus aventuras con Thor le convertían en una conocedora de los misterios dimensionales, un error del tamaño de una estrella. Jane no había visto absolutamente nada y ni siquiera concebía la naturaleza de la energía oscura como era debido.
Eternidad debía de estar afrontando la idiotez de SWORD, de la misma manera en que Infinito toleraba a la Autoridad de la Variación de Tiempo. Porque los oficiales de la organización no habían recibido de nadie la autorización de fiscalizar las distintas realidades creadas a raíz de una variación temporal. Habían usurpado descaradamente las atribuciones de Infinito, que les permitía operar porque no le interesaban las actividades de seres que escasamente tenían alguna noción de las entidades que conformaban la Corte Cósmica. De haberse inmiscuido en el dominio de Muerte, nadie habría sobrevivido.
—Lo intentaremos. Los dos.
Cada mesa estaba iluminada por una lámpara que parpadeaba blanquecina. A media altura de las paredes se abría una galería interior bordeada por una barandilla de madera a la que se podía llegar por unas escaleras de caracol que había a ambos extremos de la sala. A intervalos regulares se hallaban filas y filas de estantes de libros, como centinelas formando nichos a ambos lados de la sala. Arriba había más estantes; los libros de dentro estaban ocultos detrás de pantallas de barrotes de metal, cada una estampada con un símbolo diferente.
Aurora abandonó el libro en la mesa más cercana. Stephen le había fastidiado desde el comienzo de su incómoda estancia en el Sanctum Sanctorum de Nueva York.
—No te enseñaré el Libro de los Condenados. En tus manos terminaría desatando todos los horrores contenidos en la dimensión de Chthon. Todos los demonios no destruidos aún. Demonios. No son únicamente los moradores del infierno, los siervos de Lucifer. Deben entenderse en el término todos los espíritus malignos cuyo origen no sea nuestra indefensa dimensión de residencia.
—No necesito una lección de semántica ni de demonología.
Stephen alzó la barbilla, del mismo modo en que los grandes felinos alzaban la cabeza y olfateaban el aire.
—No conoces todos los misterios del cosmos. Existen amenazas más allá del alcance de las Gemas del Infinito. Seres inmutables, de una eterna existencia en todo el sentido. Gobernantes tan crueles como voraces. Pesadilla, Mefistófeles, Shuma-Gorath. Devoradores de un millar de mundos como el nuestro. Pesadilla se ha concentrado en tus sueños, de hecho. No le has sentido aún con todas las obligaciones del Hechicero Supremo a cuestas. Porque no es suficiente tu entrenamiento. Necesitas encontrar un modo de enfrentar la realidad sin la necesidad de recurrir a un artefacto cósmico como la Gema del Tiempo.
—Ella tiene razón, en realidad.
Wong atravesó la biblioteca con un montón de manuscritos en los brazos.
—¿Estás de su lado?
—Deberías escucharle. No todos los días Aurora la Inconmovible decide trasmitir su conocimiento.
—¿Acaso debería considerarle un honor?
—Exactamente.
Aurora tomó asiento en la mesa cuando Stephen le observó derrotado. No había sido inmortalizado en el Salón de los Hechiceros a raíz de la descarada utilización de la Gema del Tiempo en su batalla contra Dormammu. Le habían asesinado al menos mil veces, en los confines de la Dimensión Oscura. Pero ante el Gran Telar, no había sido suficiente tormento. Innumerables hechiceros habían sufrido un destino más terrible que la muerte y ninguno de ellos había alterado el orden natural con un artefacto cósmico. Habían utilizado sus conocimientos de la hechicería, con el fin de restablecer el dominio de la luz en una era de oscuridad infinita. En el Salón de los Hechiceros, el telar continuaba ilustrando todas las hazañas de Aurora la Inconmovible, contra los deseos del Consejo de Maestros. No había ni comenzado los bordes de un arambel dedicado a Stephen porque debía esforzarse aún más en su labor.
—En el Salón de los Hechiceros, ciertos arambeles inmortalizan más de una hazaña. Diana es mostrada con las amazonas de Themyscira antes de verse utilizando el Lazo de la Verdad. Hécate tiene tres rostros, cada uno desarrollado en una sección de su arambel. Porque no eran solamente hechiceras. Eran maestras del ocultismo, de la batalla.
—Diana murió enfrentando a Shuma-Gorath, si mal no recuerdo.
—Las amazonas le recuerdan como una heroína. Como también lo hacen las hechiceras de este mundo. Se transformó en un ícono del feminismo místico—entonces Aurora cruzó los antebrazos, con el fin de enseñarles los hermosos brazaletes de Diana. Podía utilizarles incluso sin la armadura dorada, al camuflarse como brazaletes comunes—. Las amazonas tienen un dicho. No mates si puedes herir. No hieras si puedes someter. No sometas si puedes apaciguar. Y no alces en ningún caso tu mano, si antes no la has extendido.
—No todos vivimos en una dimensión idílica, donde no existe el hambre ni el odio.
—Le consideran una dimensión idílica por una excelente razón. No habitan los hombres en ella. Por ende está libre de sus guerras, su avaricia, su hostilidad, y su barbárico comportamiento—declaró Aurora, al saltar sobre la alfombra de la biblioteca. Últimamente sentía más hambre de lo normal—. Iré a la tienda. Los almacenes de la cocina están vacíos. Todos moriremos de hambre a este ritmo.
—No deberías salir del Sanctum Sanctorum. Aún están buscándote las fuerzas de los Acuerdos de Sokovia.
—Puedo cuidar de mi vida, a diferencia de ustedes dos. Ambos están en la ruina.
Como en la mayoría de las bibliotecas antiguas, los libros del estudio estaban colocados en estantes ordenados por tamaño. Había gruesos manuscritos encuadernados en cuero, colocados con los lomos hacia adentro y los cierres decorados hacia fuera, y los títulos escritos con tinta sobre los bordes delanteros de la vitela. Había incunables diminutos y libros de tamaño bolsillo en cuidadosas hileras que abarcaban la historia de la imprenta desde la década de 1450 hasta el presente.
En un mullido sillón, Aurora examinaba un desconcertante manuscrito sobre las fuerzas opuestas de la transformación alquímica: plata y oro, femenino y masculino, oscuro y luminoso. Era uno de los textos más hermosos de la tradición alquímica, una meditación sobre la figura femenina de la sabiduría así como una exploración de la reconciliación química de fuerzas naturales opuestas.
Una de las ilustraciones mostraba una reina de pie sobre una pequeña colina, protegiendo a siete criaturas pequeñas debajo de su capa extendida. Delicadas enredaderas enmarcaban la imagen, enroscándose y serpenteando por encima del pergamino. Aquí y allá aparecían botones que se convertían en flores y aves posadas en las ramas. A la luz de la tarde, el dorado vestido bordado de la reina brillaba sobre un fondo bermellón brillante. Al pie de la página, un hombre con túnica negra estaba sentado encima de un escudo con blasones en negro y plata. La atención del hombre estaba dirigida a la reina, con una expresión embelesada en su rostro y las manos levantadas en un gesto de súplica.
Nicolás había sido un verdadero maestro en su arte. Cada ilustración era precisa y estaba ejecutada a la perfección. Pero su talento no estaba simplemente en el dominio técnico. Sus representaciones de los personajes femeninos indicaban una sensibilidad diferente. En la ilustración donde la reina protegía la personificación de los siete metales con su capa, se veía claramente el rostro de su amada Perenelle.
Dos miniaturas habían sido dedicadas a la boda química del oro y la plata. La primera acompañaba las palabras pronunciadas por el principio femenino en el cambio alquímico. Con frecuencia representada como una reina vestida de blanco con emblemas de la luna para mostrar su asociación con la plata, había sido transformada por Nicolás en una criatura hermosa y terrorífica con serpientes plateadas en lugar de pelo, si bien se mostraba una vez más el rostro de Perenelle.
La segunda miniatura aparecía en la página siguiente y acompañaba a las palabras pronunciadas por el principio masculino, el áureo Rey Sol. Se trataba de un pesado sarcófago de piedra, con su tapa apenas abierta para descubrir un cuerpo dorado tendido en su interior. Los ojos del rey estaban cerrados en paz, y había una expresión de esperanza en su rostro, como si estuviera soñando con su liberación.
—Búscame. Mírame. Y si encuentras a otro que sea como yo, le entregaré el lucero del alba—entonces Aurora se dedicó a traducir el texto del latín, mientras transcribía en el artefacto de su muñeca unas cuantas notas—. El Rey Sol y la Reina Luna se casaron y concibieron un niño. En la imaginería alquímica, el hijo resultante es un hermafrodita, para simbolizar una sustancia química mezclada.
—¿Acaso es una primera edición de El origen de las especies, de Darwin?
La encuadernación de tela verde, con el título y el autor estampados en oro, estaba increíblemente intacta. Nicolás le había cedido toda su colección de libros, a través de una carta escondida en su diario. Había declarado con todo detalle su decisión de morir, de renunciar al elixir de la vida, después de varios siglos de burlar a la muerte.
—Estudio la evolución de los mutantes a través de la imaginería alquímica.
—La alquimia no tiene nada que ver con la evolución.
Aurora le observó como si estuviese demente. Todo estaba relacionado con la magia, como le había dicho a Ikaris durante su estancia en Kensington. Se habían reunido varias veces desde entonces, cuando ella tomaba un descanso de sus obligaciones en el Sanctum Sanctorum. De vez en cuando, sentía una tremenda sensación de culpabilidad. Porque escapaba a los brazos de su novio cuando le esperaban sus amigos en la Mansión Xavier. No les había abandonado pues continuaba comunicándose con ellos a través del artefacto en su muñeca, pero no les había visto en varias semanas.
—Lamarck creía que cada especie descendía de antepasados diferentes y se desarrollaba por separado hacia formas superiores del ser. Eso es excepcionalmente similar a lo que los alquimistas creían, que la piedra filosofal era el esquivo producto final de una transmutación natural de metales de inferior nivel en metales más nobles, como cobre, plata y oro. Darwin no estaba de acuerdo con Lamarck, en lo relacionado a la llamada transmutación lineal. Por ello la teoría de la selección natural de Darwin es vista como una serie de transmutaciones encadenadas—entonces Aurora recordó los experimentos realizados por Oneg el Sondeador en los primitivos habitantes de la Tierra—. En los tiempos de Darwin muchos pensaban que era imposible que un par de antepasados humanos comunes hubieran producido tantos tipos raciales diferentes. Cuando algunos europeos blancos observaban a los negros africanos, se inclinaban más bien por la teoría del poligenismo, que argumentaba que las razas descendían de antepasados diferentes, sin vínculos entre sí. Una teoría absolutamente errada, de hecho. Los Celestiales modificaron el material genético de los primitivos habitantes de la Tierra y le insertaron a un selecto grupo de individuos un gen latente que con el tiempo les permitiría evolucionar en un organismo superior. Son directamente responsables de la creación de los mutantes. Porque todos descienden, cada uno dentro de su propia clase o grupo, de progenitores comunes. De los humanos alterados por los Celestiales.
Stephen cruzó los brazos al acomodarse en el sillón de tela carmesí.
—¿Qué sucede entonces con la evolución de los seres humanos normales? No todos tienen habilidades innatas, como los mutantes.
—La normalidad es un cuento para hacer dormir a los niños, una fábula que los humanos se repiten para sentirse mejor cuando se enfrentan a las pruebas abrumadoras de que la mayoría de las cosas que suceden a su alrededor no son de ninguna manera normales. Tener miedo y negar la realidad es lo que los humanos hacen mejor. No es un camino que esté abierto para un hechicero—entonces Aurora abrazó sus rodillas, de reconfortante. Una vez más, le invadían las náuseas—. Las investigaciones han revelado que el gen mutante está presente en el material genético de la mayor parte de los seres humanos, no obstante encontrarse latente. Los científicos más conservadores le llaman ADN basura. Sin embargo, no se trata de basura. Todo ese material genético es sobrante de una selección anterior y está a la espera de ser usado en el próximo cambio evolutivo. De causar el siguiente paso en la evolución humana.
Delante de la chimenea, Aurora invocó una botella de vino. Era espeso como el almíbar y su color dorado lanzaba destellos a la luz de las velas.
—Necesitas beber de una buena botella de vino. Escucho todas tus ideas sobre Christine Palmer.
Stephen olfateó el aire.
—Huele a caramelo y frutas del bosque.
—Toma un sorbo. Fue hecho con uvas recogidas hace mucho, mucho tiempo. Es como beber magia.
—¿No beberás también?
Aurora se acomodó en el mullido sillón, cuando las llamas de la chimenea le adormecieron.
—Últimamente, hasta el vino de doscientos años me causa náuseas.
—¿Tiene más de doscientos años este vino?
Observó entonces la botella como si de un tesoro se tratase. Se había hecho de una buena cantidad de dinero durante sus años como médico, mas nunca se habría permitido tal excentricidad. Un vino de más de doscientos años, de una de las viñas más famosas del mundo, debía costar una fortuna.
—Durante la cosecha un cometa brilló sobre las viñas. Había sido visible a través de los telescopios de los astrónomos durante varios meses, pero en octubre era tan brillante que casi se podía leer con su luz. Los trabajadores le vieron como una señal de que las uvas estaban benditas, de acuerdo con Nicolás. Le cosecharon en 1811.
Antes de tomar un sorbo del costoso vino, Stephen notó que Aurora se había dormido con una mano defendiendo instintivamente su vientre.
