"Mi aplicación de control de natalidad me acaba de despertar de un sueño horrible donde me despertaba embarazada. Me tomó tres minutos enteros darme cuenta que no era real, gracias a Dios".

H I N A T A

—¡Hinata, cariño, por aquí! —Una entusiasta mano se alza en la tercera fila, saludando furiosamente. No sé cómo me las arreglo para divisarla en la gran multitud, pero el brazo pertenece a la señora Namikaze ; me sonríe mientras camino por las gradas y bajo las escaleras del estadio.

Me dirijo hacia la familia de Naruto , mis mejillas ardiendo, ya avergonzada. La última vez que vi a su madre, salía de la casa de su hijo, post-coito, con cabello de sexo furioso y todo.

Pero me aguanto; si él y yo vamos a tener una relación, entonces tengo que superar toda esta incómoda situación y seguir adelante.

Poniendo una sonrisa, zigzagueo por la tercera fila, hacia el lugar vacío junto a la madre de Naruto . Su sonrisa es tan grande, sus brazos dando la bienvenida, y algo de la ansiedad se derrite. Cuando finalmente los alcanzo, sus brazos me abrazan. Aprietan.

—¡Me alegra tanto que estés aquí! —exclama entusiasmada la señora Namikaze —. Normalmente siempre soy solo yo en estas cosas con todos estos hombres.

—Gracias por dejarme sentarme con usted, señora Namikaze. —Tengo que alzar mi voz para que pueda oírme—. Honestamente, solo he estado en uno de estos, y traje a mis compañeros de cuarto para no tener que venir sola.

—Por favor, llámame Kushina.

Me sonrojo.

—Gracias, Kushina.

—Siéntate, siéntate. Toma, traje cojines. Este promete ser un combate largo, se están preparando para las eliminatorias.

Me dejo caer junto a ella en el asiento del estadio de Iowa.

—¿Eliminatorias para qué?

—Los campeonatos de la asociación nacional deportiva universitaria. Son pronto, el próximo mes.

—¡Oh! —No sabía eso—. ¿Ha ganado Naruto alguna vez algo así? — ¿Podría saber menos?

—Dos veces —presume, inflando su pecho con orgullo.

—¡Dos veces! —Mi corazón se acelera—. Vaya. Quiero decir, sabía que era bueno, pero… ¿dos veces? —Escaneo las colchonetas delante de nosotros por ese rostro que he llegado a adorar. Lo encuentro paseándose, ataviado en pantalones negros, chaqueta deportiva. Zapatillas negras con rayas blancas en los lados—. ¿Por qué no llevan casco?

—Es opcional a este nivel. Algunos luchadores eligen no llevarlo porque molesta. —Habla sin cesar—. En la escuela, no es que importe ya, era All- American, cariño. ¿No sabías eso?

¿All-American?

—¿Qué significa eso?

—Significa que era uno de los mejores luchadores de secundaria de la nación, junto con notas casi perfectas.

Los ojos de Kushina me atrapan comiéndome con la mirada a su hijo y me mira de soslayo antes de unirse a mi escrutinio.

—¿Cómo le va? De verdad.

Aparto mis ojos de Naruto lo bastante para dirigirle una sonrisa reconfortante.

—¿Mejor ahora, creo?

Analiza mi expresión de cerca.

—¿Te estás refiriendo a la factura de restaurante de cuatrocientos dólares?

Mierda. ¿Cuánto le ha contado él sobre eso? ¿Sobre los otros incidentes?

La mirada en mi rostro —y mi vacilación—, hace que Kushina me estudie de cerca.

—Si hubiera más, ¿me lo dirías?

Asiento lentamente.

—Han habido algunas otras pequeñas cosas.

No puedo mentir. No puedo.

Esta es su madre.

—¿Cómo qué?

—Mmm… arruinaron su auto.

—¿Qué quieres decir con arruinar su auto?

—Ellos, uh… —Carraspeo, picando por estirar el cuello de mi camisa— . Lo cubrieron con grasa y lo envolvieron con, mm, papel film.

—¿Quiénes son ellos? —Los ojos de Kushina son peligrosas rendijas, moviéndose a los otros hombres calentando junto a Naruto.

—No lo sabemos. ¿Algunas chicas de hermandad, creo? Estaba con él, así que no tuvo que conducir el Jeep a casa, pero… estaba realmente molesto.

Sus labios se presionan en una línea fina.

—¿Qué hizo el entrenador Hatake al respecto?

Trago.

—Uh, los obligó a hacer un ejercicio para fomentar el espíritu de equipo en una cabaña en el bosque. Ha sido mucho mejor desde entonces.

—Hmm. —Aparta su mirada violeta de su hijo—. Parece feliz. Me decepciona que no se sintiera como para contarnos.

No sé qué más decir salvo:

—Ya sabes cómo son los chicos.

—Bueno, siempre ha sido terco. —Baja la cabeza—. Es duro tenerlo tan lejos. Me preocupo. Una madre debería saber que su hijo está siendo cuidado.

Mis brazos se deslizan alrededor de sus hombros y la atraigo.

—Estoy cuidando de él. Me tiene.

—No puedo superar el hecho de que mi bebé tiene una novia. Nunca tuvo una. —Hace una pausa—. No querría que te dijera eso.

—No creo que me considere su novia aún, pero… creo que podríamos estar moviéndonos en esa dirección; quiero decir, espero que lo hagamos. — Cállate, Hinata . Deja de hablar—. Realmente me gusta.

Sus ojos se suavizan con mis palabras, moviéndose en su busca de nuevo. Su mirada vaga, sobre la sección de estudiantes, y sé el instante en que sus ojos se posan en un cartel que dice: ¿NECESITA NARUTO TODAVÍA ECHAR UN POLVO?

Y otro: NARUTO RESPONDE MIS MENSAJES Y TE HARÉ ESTALLAR Y A TU "MENTE".

Si pensaba que los ojos de Kushina estaban entrecerrados antes, no es nada comparado con las dagas que está disparando por el gimnasio ahora.

—¿Son las chicas siempre tan atrevidas? ¿Por qué una mujer joven se ofrecería a tener sexo con mi hijo?

Mis labios se cierran.

—¿Ves eso? —Está señalando ahora, golpeando a su marido en el brazo—. Minato , ¿estás viendo esto? Mira. —Lo golpea de nuevo—. Mira.

El señor Namikaze entrecierra los ojos, echando un breve vistazo alrededor del estadio. Vuelve a ignorarnos, inclinándose hacia delante, sus manos apoyadas en sus rodillas para observar mejor la acción.

¿Y esa expresión que Naruto tiene ahora, mientras espera a empezar su combate? Es la misma mirada que pone cuando está concentrándose en algo que está diciendo, o cuando está poniendo sus grandes manos sobre mi cuerpo. Está poniendo esa misma expresión intensa ahora, bajo las brillantes luces del tapiz central.

Estirándose en los tercios anteriores de sus pies, ejercitando sus tendones de la corva.

Muy concentrado.

A mi lado:

—¿Qué les pasa a esas chicas? —Me codea, verdaderamente alterada—. ¿Es siempre así?

Respondo tan honestamente como puedo sin delatarme.

—Bueno, solo he estado en otro combate, y había carteles como ese, sí.

—¿Por qué harían eso? ¿"Echa un polvo, Naruto"? De todas las cosas.

Resopla, agitada, cruzándose de brazos.

—¿No te molesta?

Me remuevo en mi asiento, incómoda. Retorciéndome.

—Sí.

—¿Le molesta?

—No sé si lo nota. No ha dicho nada, y no he preguntado.

—Honestamente. —Resopla—. ¿De dónde sacan estas chicas el atrevimiento? ¿Cómo es que tienen permitido entrar con esos carteles?

Si mi rostro está ardiendo tan rojo. Debe estarlo; el sonrojo quemándome de la cabeza a los pies hace que la temperatura de mi cuerpo se dispare.

—No lo sé, señora.

Trago. Culpable.

Sudando.

Es horrible.

No puedo admitir abiertamente que fui una de esas chicas. Una chica que desafió a su bondadoso hijo de la nada, por un cartel colgando en el campus para burlarse de él. Para reírme de él porque pensé que no era tan guapo.

Claro, no aparecí en público meneando un cartel prometiendo mamadas y sexo, pero sí le mandé mensajes, proponiéndome con rodeos.

Lo molesté hasta que cedió, habló y flirteó conmigo.

Soy una persona terrible, con no mejor moral que esas jóvenes mujeres, o mi prima Shion.

Mis ojos van a Naruto, que se quita su ropa de calentamiento, una prenda a la vez. Observo mientras baja sus pantalones por sus caderas y da un paso fuera de ellos, la palabra Iowa en negrita amarilla estampada en su grueso muslo izquierdo.

Dios, ¿cómo podría haber pensado alguna vez que no era atractivo cuando ahora es el chico más guapo que jamás he visto? Rompe mi superficial corazón saber cómo actué, como una imbécil.

No estoy fuera de su liga; él está fuera de la mía.

Trago el duro bulto de emociones en mi garganta, adoptando una posición adelantada, igual que su padre, esperando a que Naruto entre en el ring central, bajo las luces, su piel pálida ya brillando por el sudor.

Ajusta la licra de su camiseta sin mangas, tirando de la tela fuera de su entrepierna, toqueteando los agujeros de las piernas. Sacude una pierna, luego la otra. Cada brazo. Gira su cabeza de lado a lado.

Su oponente es un tipo grande, virtualmente idéntico en estatura y en la expresión seria, ninguno reconociendo a la multitud cuando el locutor transmite sus nombres, sus estadísticas.

Naruto Namikaze , transferido de la universidad de Luisiana. El luchador que más ha ganado en los pasados tres años tanto en Luisiana como en Iowa. All-American. Dos veces campeón de la competición universitaria en su clase de peso. Uno ochenta y dos. Ochenta y seis kilos. Ciudad natal: Bossier City, Luisiana. Padres orgullosos, Kushina y Minato Namikaze .

Aspiro un aliento cuando los luchadores toman sus posiciones, ansiosos.

Naruto y yo nos hemos conocido por solo unas cuantas semanas y la cantidad de orgullo que estoy sintiendo en este momento es insuperable.

Indescriptible.

Quiero vomitar, estoy tan nerviosa.

Su madre nota mi rodilla rebotando, agarra mi mano apretando.

—Emocionante, ¿no es así?

—Él es asombroso. —Sueno entrecortada y anhelante, incluso a mis propios oídos, cautivada por su medio desnudo hijo.

Siento su mirada unos pocos largos latidos más mientras me toma la medida. Evalúa mi sinceridad.

Sonríe. Sostenemos manos cuando el árbitro sopla el silbato, señalando el comienzo. Kushina aferra mi antebrazo mientras Naruto y Eli Nelson luchan, doblados por la cintura, sus cabezas bajadas, ambos luchadores inclinados hacia abajo.

—Quieres permanecer bajo cuando estás luchando contra alguien que puede lanzar dobles duros de sus rodillas —dice su madre a modo de explicación, como si yo tuviera idea.

Obviamente no tengo ni idea de qué está hablando.

Los chicos son rápidos, veloces sobre sus pies. La cabeza de Naruto cae, empujando en la sección media de su oponente hasta que ambos van a toda velocidad hacia el círculo blanco externo. Eli lucha contra ello, pero sale de los límites.

—Eso se llama push-out —dice Kushina—. Naruto recibe un punto.

—¿Uno? ¿Eso es todo? ¡Debería recibir cinco por eso!

Naruto y Eli de inmediato entran en más forcejeo, tirando de la cabeza del otro.

—No sé cómo sentirme sobre esto —admito—. No va a salir herido, ¿no?

—Probablemente no. En realidad no ha tenido ninguna lesión importante en los pasados años aparte de cortes.

El silbato suena y ambos chicos se paran, caminando a sus respectivas esquinas para instrucciones y agua.

Entonces, justo así, el silbato suena y vuelven a ello, Naruto con tres puntos, Nelson con uno. Es rápido, mucho más de lo que pensé que los combates iban a ser, ambos hombres determinados a conseguir la ventaja.

Ágiles y rápidos. Con las piernas dobladas, Naruto tiene las suyas alrededor de la cintura de Eli, sus hombros presionados en el tapiz, cerca de la línea blanca del límite.

Se recoloca y Nelson está sobre sus rodillas.

Justo como me tuvo anoche.

Desconecto de Kushina, el locutor anunciando los puntos ganados.

Observo, absorta, mientras ambos hombres se llevan a sus rodillas, Naruto posicionándose detrás de Eli, sujetando su codo, su brazo deslizándose alrededor de su cintura. Sé que no debería recordarme al sexo, pero lo hace, y mis lascivas partes femeninas vienen a la vida.

Dios, es tan malditamente sexy.

Los músculos flexionándose en sus brazos. Muslos. Culo.

Todo es tan, tan sexy.

¿Tal vez deberíamos jugar a la lucha libre esta noche? ¿Le irían los juegos de rol?

Me retuerzo en mi asiento, mi pierna rebotando con impaciencia, mis hormonas a toda marcha.

—No tenemos permitido ir a verlos después, ¿cierto?

—No, cariño, no hasta que el evento termine. — Kushina palmea mi mano—. Y normalmente se dirigen directamente a los vestuarios. —Me da una mirada de soslayo—. ¿Qué van a hacer esta noche, niños?

—¿No se van a quedar?

—No, es un largo viaje y los chicos tienen escuela el lunes. —Sus ojos están fijos en su hijo—. Vamos a pasar la noche en un hotel para no estar tan cansados al ir a casa mañana. Mi marido tiene algunas llamadas de trabajo que hacer los domingos, así que quiere todo el día. —Su sonrisa es reservada—. Eso les da tiempo libre. A solas.

Sabía que me gustaba su madre por una razón.

—No hemos hablado de planes para esta noche. ¿Tal vez saldrá con sus amigos? Pero, mm… no supe que era su cumpleaños hasta ayer, así que fui y le compré un pastel hoy. Pensé que le sorprendería si no está demasiado cansado.

Sus cejas se alzan. Aparta la mirada del tapiz y vuelve todo su cuerpo hacia mí, la sonrisa torcida en su boca pareciéndose mucho a la de Naruto.

—¿Pastel de cumpleaños?

—¿Qué? ¿No puede comer pastel? —Ugh, soy tal idiota desconsiderada. ¡Obvio, las calorías!—. Mierda, lo siento… no pensé en su peso.

Aunque puedo pensar en algunas otras cosas que hacer con el glaseado en lugar de comerlo.

—No, cariño, puede tomar pastel. Estoy segura que le encantará. — Palmea mi muslo en la manera en que solo una madre puede, tan sabiamente—. Va a amarlo.

N A R U T O

Estoy tan jodidamente cansado.

Drenado.

Arrastrando mi culo, encuentro a mi familia en el túnel junto al vestuario, el cabello negro azulado de Hinata es la primera cosa que veo cuando arrastro mi bolsa de lona con ropa sucia por el pasillo.

Camiseta ajustada negra de Iowa. Vaqueros ajustados. Botas negras.

Sexy como el infierno, y aquí por .

Quiero alzar el puño, palmearme en la maldita espalda por mi buena suerte. Aparto mis ojos de ella solo lo bastante para saludar a mis padres.

Mi madre da un paso adelante, sus brazos extendidos con amplitud.

—Enhorabuena, cariño. Gran combate.

—Gracias —murmuro en su hombro mientras me aplasta contra su cuerpo. Mi madre es diminuta comparada conmigo, pequeña en estatura pero no en actitud, no con tres hijos.

Mi padre podría llevar los pantalones, pero mamá controla la cremallera.

Se pone de puntillas, susurrando en mi oído:

—Papá y yo nos llevamos a los chicos. Vamos a irnos de la ciudad.

Es solo sábado; no tiene sentido haber conducido hasta aquí solo para volver alrededor de la siguiente tarde, ninguno.

—¿Por qué?

Todavía está susurrándome al oído.

—No me di cuenta… queremos darte tu espacio. Estoy segura que tienes mejores cosas que hacer que pasar tiempo con tus padres. —Sus brazos van alrededor de mi cintura, abrazándome—. Hinata no podía apartar sus ojos de ti esta noche, realmente le gustas. Espero que te des cuenta de eso.

Se aparta, arreglando el cuello de mi camisa. Agarra mis mejillas y besa el puente de mi nariz.

—Tan guapo.

Pongo los ojos en blanco.

—Mamá.

—¿Qué? ¿No puede una madre decirle a su hijo que es guapo?

Jesús.

—Basta.

—Deja de discutir y despídete de tus hermanos. Abraza a papá — instruye, empujándome hacia mis hermanos, golpeando mi trasero.

Revuelvo el cabello de Menma. Aparta mi mano de un golpe.

Austin me deja apretarle con los nudillos.

Mi padre me agarra por los hombros, tirando de mí. Palmea mi espalda dos veces.

—Tengo que ir a casa por mis llamadas del domingo. Además, tu madre parece pensar que quieres tiempo a solas con tu nueva novia.

Mi rostro estaba rojo por la adrenalina; ahora es caliente por total jodida vergüenza.

—Ponte condón. No seas idiota.

Abro mi boca para protestar, pero me corta.

—Hablé con tu entrenador y me asegura que los chicos están en el buen camino después de quedarse en el bosque o lo que sea en el infierno que fue eso, pero quiero que nos llames si algo pasa. —Le lanza una mirada a Hinata, que se para riendo con mis hermanos—. Voy a asumir que con ese cabello , es una pequeña fiera. Tal vez será buena para ti.

Lo será.

Lo es.

—Pero usa tu maldita cabeza… esta. —Da un golpecito en mi cráneo—. No la dejes embarazada.

Jesucristo, papá.

—De acuerdo. Nos vamos. Estoy orgulloso de ti.

—Gracias. —Quiero decir, ¿qué más hay que decir?

—Acompáñanos fuera. —Otro golpe en la espalda, su mano agarrando mi hombro, guiándome de vuelta con mi madre. Hermanos. Hinata.

Ella está sonrojándose cuando me acerco, disparando tímidas miradas a mis padres, el suelo de concreto debajo de nuestros pies, de nuevo a mis padres.

—Hola.

La tensión rodeándonos es palpable; la última vez que nos paramos en este pasillo al final de un encuentro, después de un combate que acababa de ganar, la presioné contra la pared y le metí la lengua hasta la garganta.

En cambio, mis manos cuelgan a mi lado, mi brazo derecho cargando en el hombro con mi bolsa de lona.

Lado a lado, seguimos a mis padres por el largo pasillo, caminando tan cerca que nuestros dedos se rozan. Hinata mueve su dedo índice, rozando la palma de mi mano.

Mi madre me atrapa reprimiendo una estúpida sonrisa cuando echa un vistazo sobre su hombro, alzando sus cejas, mirándonos. Empuja a mis hermanos delante de ella porque insisten en entretenerse.

Alcanzamos las pesadas puertas de acero, saliendo al estacionamiento del estadio, siguiendo al grupo al auto negro de mi madre, el mismo que me llevó de la práctica a los combates a los encuentros y a casa de nuevo durante años, hasta que pude conducir.

Nos paramos junto a él, mis hermanos no dando una mierda sobre despedirse y de inmediato subiendo al asiento trasero.

—Adiós, cariño. —El labio inferior de mi madre tiene un ligero temblor—. Tan mayor.

Quiero gemir en voz alta, pero en su lugar la abrazo.

—Adiós, mamá. Te quiero.

Sorbe en mi cuello.

—Te ves tan feliz.

—Entonces, ¿por qué lloras?

—Porque mi niño se está enamorando.

Echo un vistazo alrededor para ver quién está mirando, dándole un golpecito en la cabeza.

—Jesús, mamá.

—Una madre sabe estas cosas.

—Mamá…

Frunce el ceño, con los ojos llenos de lágrimas. Sorbe.

—Déjame decir lo que tengo que decir.

—¿Aquí? —¿Ahora? Jesús.

Hinata y mi padre observan, incómodamente junto al auto, no sabiendo qué hacer con ellos mismos mientras estamos teniendo una conversación privada. Papá esboza una sonrisa tensa.

—Trabajas demasiado duro. Quiero que te diviertas un poco.

—Lo hago.

—Pero no lo haces, no realmente. Te encierras en tu habitación solo, y sé que has tenido un tiempo difícil. —Sus manos juguetean con los botones de mi camisa—. Pero ahora tienes a Hinata, y creo… que te respalda. Es una buena amiga.

Amiga.

Mamá entrecierra los ojos hacia mí.

—No me des esa mirada, sabes lo que quiero decir.

No tengo ni idea de qué mirada está hablando, así que sacudo mi cabeza con un asentimiento conforme para hacerlo parar.

—Bien. —De acuerdo. Lo que sea.

—Bien entonces, supongo que nos vamos. —Besa mi mejilla—. Ven a casa por Acción de Gracias. Pagaremos la gasolina.

Me balanceo en mis pies.

—De acuerdo.

Sus ojos van a Hinata.

—Puedes traer una invitada a casa este año si quieres.

—Mamá.

Alza las manos.

—¡¿Qué?! Solo digo.

—Ya veremos. —Le sonrío—. Los quiero, chicos. Gracias por venir.

Su labio tiembla de nuevo.

—Te queremos. —Se vuelve, dando unos pasos hacia Hinata, abrazándola también—. Adiós, cariño. Fue bueno conocerte.

—Adiós, señora Namikaze. —Esos ojos perlas encuentran los míos sobre el hombro de mi madre, brillando con picardía—. Conduzcan con cuidado.

—¡Todos al auto! —grita mi padre, habiendo sobrepasado el umbral de su paciencia, golpeando la capota del auto con su puño—. Chicos, abróchense el cinturón.

Miramos mientras mis padres suben al auto. Papá arranca el motor, pone el auto en punto muerto y sale del estacionamiento hacia la enorme entrada del estadio.

Antes de que pueda pensar en qué voy a decir después, Hinata se aferra a mi cuerpo, sus brazos doblándose detrás de mi cabeza. Mi pesada bolsa cae al pavimento y la atraigo contra mí, mi boca derritiéndose en la suya.

Nuestras lenguas se mezclan sin preámbulo, la adrenalina todavía cursando por mi cuerpo.

—Me encanta verte luchar. Es tan excitante.

—¿Sí? —Podría acostumbrarme a esto, tenerla saludándome después de una victoria, o derrota. Diciéndome cuán asombroso soy después de cada combate, inflando mi ego. Metiendo su lengua en mi garganta y frotando sus tetas contra mi pecho.

Hinata tira de mis caderas y la hago retroceder hasta que su culo golpea el lado del conductor de mi Jeep, no importándome una muerda que mis padres probablemente están todavía en la calle adyacente al estacionamiento y lo más probable es que puedan vernos besuqueándonos.

—¿No estás cansado? —Las palmas de sus manos van bajo mi camisa, pasando por mis abdominales. Ombligo. Juegan con la cinturilla de mis pantalones.

—No. —No solo no estoy cansado, nunca he estado tan cachondo en toda mi maldita vida.

—¿Estás demasiado cansado para hacer algo esta noche?

¿Demasiado cansado para pasar el rato con ella? No es probable.

—¿Cómo qué?

—Tu madre mencionó que fue tu cumpleaños la semana pasada. ¿Por no dijiste nada?

—Soy un chico. Normalmente nos importa una mierda nuestros cumpleaños.

—A mí me importa tu cumpleaños porque me importas. —Planta un beso en la punta de mi nariz—. Podría tener un obsequio para ti.

Esto despierta mi interés.

—¿Oh, sí? ¿Qué tipo de obsequio?

—No te emociones demasiado, no es nada grande. Solo algo pequeño porque no pude celebrarlo contigo el mismo día.

—De acuerdo. —Nos separamos para que pueda abrir la puerta del lado del pasajero. Sube—. ¿Tu casa o la mía?

—La mía, si eso está bien. La limpié, Tenten fue a casa, y Haku está pasando el fin de semana con el nuevo chico con el que está saliendo.

¿Su compañero de cuarto es gay? Uh.

¿Cómo no sabía esto?

Cuando llegamos a su casa y me detengo junto a la acera, se desabrocha el cinturón de seguridad, retorciendo su fantástico cuerpo, inclinándose hacia el centro de la consola por un beso, su aliento mentolado por su chicle de menta.

Nos besamos unos buenos diez minutos, lenguas rodando, manos vagando, hasta que estoy dolorosamente duro y listo para follar a Hinata en el asiento trasero de mi Jeep.

La quiero tan desesperadamente.

En cambio, se retira, su pecho jadeante. Sus ojos brillando.

—¿Dame veinte minutos y vuelvo?

Mierda.

Acomodando la rabiosa erección en mis pantalones deportivos con un gemido, asiento, pasando una de mis enormes palmas por mi cabello. Pasé veintiún años con (básicamente) nada de sexo; puedo esperar otros veinte minutos.

—Síp.

—¡Eek! —Otro rápido beso presionado en mi boca y se va, corriendo hacia el porche frontal de la casa. Me da un pequeño saludo antes de que ella y su ardiente cuerpo desaparezcan en la casa.

¿Sería raro si me sentara aquí y terminara? ¿Masturbarme en su entrada? Me siento con mi mano cerniéndose sobre mi polla, la dura erección tensándose por liberación.

La cubro con mi palma, una de las peores jodidas ideas que jamás he tenido, porque se retuerce, activada.

Echo un vistazo a la casa de nuevo, gimiendo cuando me rindo y deslizo una temblorosa mano en mis pantalones, empuñando mi polla con una mano, la agarradera encima de la ventana del Jeep con la otra. Deslizo mi mano arriba y abajo, construyendo la velocidad, mi cabeza echada hacia atrás cuando mis bolas se tensan. Acaricio y acaricio, el cabello negro y azul de Hinata dominando mi fantasía. Sus cremosos y pálidos pechos. Las manos bien cuidadas cayendo entre sus muslos abiertos.

Mierda, sí. Sí, oh, joder… joder, me estoy masturbando delante de la casa de una chica como un completo maldito pervertido. Mi paso se acelera con desesperación y miedo a ser descubierto, pero se siente tan jodidamente bien que no puedo parar.

Continuará...