Mansión Cullen — Afueras de Forks — Jueves 24 de diciembre de 2009 — 09:25 PM
— Y Edward tuvo que correr con Bella a urgencias porque se había dislocado un dedo al caer sobre Ángela —gritó Emmett haciendo que todos estallasen en carcajadas.
Era el deporte favorito de la familia Cullen, los días de cenas, comidas, meriendas… en fin, cualquier reunión familiar era la excusa perfecta para recordar las anécdotas más graciosas y vergonzosas de toda la familia, y como Bella estaba pasando la navidad con ellos fue el blanco perfecto en esa ocasión. También era la que más anécdotas tenía de los presentes debido a su torpeza y falta de equilibrio. Entre Emmett y a veces incluso el mismo Carlisle, relataron casi una a una todos las caídas, tropezones y situaciones poco decorosas en las que Bella había estado implicada.
Ella solo se ocultaba entre los brazos de Edward y se ruborizaba hasta límites insospechados. Sentía sus mejillas ardiendo y no ayudaba nada que Edward se riese también con alguna de ellas.
— Bella… —susurró Edward en su oído— ¿vienes a dar un paseo conmigo?
Belo lo miró con el ceño fruncido.
— Hace frío —se quejó.
Edward rodó los ojos y sonrió.
— No vamos a salir, me refiero a un paseo por la casa —explicó sonriendo.
— Pero… —intentó protestar, pero Edward puso un dedo sobre sus labios.
— Esme, Rose o Alice se harán cargo de las pequeñas… además, no tardaremos demasiado —explicó intuyendo sus pensamientos.
— Está bien…
Ella se puso en pie y Edward le hizo una señal a su madre, ella la captó en seguido y fue a la habitación de Edward a comprobar si Emma y Sissi continuaban dormidas.
Edward tomó a Bella de la cintura y la dirigió hasta el estudio donde sus padres todavía conservaban un piano, para que él lo tocase cuando estuviese de visita.
— Que paseo más largo —ironizó ella.
Edward solo sonrió y se sentó en la banqueta frente al piano.
— Ven —susurró tomándola de la mano y haciendo que se sentase a su lado — tengo algo que enseñarte.
Bella se quedó en silencio y miró a Edward de un modo que él no pudo descifrar. Pero es que dentro de ella había un remolino de emociones que no podía controlar, nunca se había sentido así, siempre había estado enamorada de Edward, pero como era alguien imposible para ella se entregó a otros chicos, incluso creyó estar enamorada de alguno de ellos, pero eso no era nada… ¡nada! Nada comparado a lo que sentía por Edward en ese mismo instante.
Cada vez que la tocaba consciente o inconscientemente, sentía que su tacto ardía, cuando la besaba era como si todo el mundo desapareciese a su alrededor y solo estuviesen ellos dos. Amaba dormir apoyada en su pecho mientras él la rodeaba con sus fuertes brazos. Se perdía mirando en sus ojos… si hasta con solo verlo acercarse a ella sonriendo de lado sentía mariposas en el estómago… sí mariposas, Bella Swan, la adulta, la madre de familia, empresaria y futura escritora… sentía mariposas en el estómago cada vez que Edward Cullen le sonreía.
Bella despertó de sus pensamientos cuando los dedos de Edward comenzaron a volar sobre las teclas del piano… una melodía dulce, tierna, acompasada… comenzó a oírse. Las suaves notas flotaban por la estancia haciendo que el corazón de Bella se encogiese en su pecho. Por momentos le parecía reconocer su nana en la tonada, pero cuando creía estar segura de que era esa melodía, las notas cambiaban volviéndose más tiernas y dulces si eso era posible.
Cuando Edward acabó de tocar miró a Bella, ella no se había movido, continuaba en la misma posición mirando hacia las manos de Edward que todavía descansaban sobre las teclas del piano.
— Eso ha sido… era… dios… Edward yo… —balbuceó ella mientras se ruborizaba.
— ¿Te ha gustado? —preguntó él tomando sus manos entre las suyas.
— Era… era hermosa, la has compuesto tú —no era una pregunta, era una afirmación, la melodía que acaba de escuchar tenía el toque de Edward escuchases donde escuchases. Era inconfundible.
— Sí… la compuse pensando en mis princesitas —los ojos de Edward brillaron en ese momento, haciendo que su mirada fuese más intensa y Bella perdiese el hilo de sus pensamientos.
Una lágrima descendió por las mejillas de Bella, Edward era tan… ¡perfecto! Nunca lo había hecho, pero si en algún momento dudaba del amor de ese hombre por unas hijas que no eran suyas biológicamente, solo tendría que escuchar de nuevo esa melodía para convencerse de que él no las quería, las amaba, las adoraba casi tanto como Bella misma.
— Gracias —dijo Bella emocionada con un nudo apretado fuertemente en su garganta.
— Ven aquí —Edward la estrechó entre sus brazos y besó su pelo respirando su aroma.
Él tampoco había pensado nunca en poder amar tanto a alguien, pero Bella había superado el límite que él creía que existía para medir el amor de un hombre. Sus sonrisas, la forma en que su pelo caía por sus hombros, el brillo de sus ojos, la forma en que bostezaba cuando tenía sueño, hasta cuando se rascaba la nariz… todo era un espectáculo a los ojos de Edward, algo único e irrepetible que tenía la dicha de contemplar.
Amaba a Bella y a sus hijas por encima de todas las cosas, incluso por encima de sí mismo. Se sentía capaz de hacer cualquier cosa por ellas, por su seguridad, por su bienestar, por su felicidad… si un día le pedían la luna, se veía capaz de comenzar a plantearse seriamente el ir a buscársela. Era un pelele en sus manos, lo reconocía, pero el ver la sonrisa en los labios de Bella, el sentir las miradas que ella le dedicaba solo a él, el sentir el pequeño cuerpecito de sus hijas entre sus brazos… todo eso valía la pena.
— Bella —susurró Edward.
Ella se alejó un poco de él y lo miró a los ojos, Edward la miraba intensamente y pudo ver un punto de nerviosismo en su mirada.
— ¿Pasa algo? —preguntó Bella frunciendo el ceño.
Edward sonrió y alzó una mano para alisar la arruguita entre el entrecejo de Bella.
— Nada malo —dijo sonriendo— sé que ya habíamos hablado de esto y tú estabas de acuerdo, pero quiero hacerlo bien.
Edward se puso en pie y Bella lo imitó. Se quedaron en silencio mirándose el uno al otro lo que parecieron segundos, pero solo dios sabe el tiempo que pasó realmente. Edward suspiró e hincó una rodilla frente a Bella, que se puso tremendamente nerviosa y se llevó una mano a su rostro ocultando su boca.
— Bella, te amo… mucho más de lo que pude llegar a imaginar que se podría amar a alguien —dijo Edward mirándola a los ojos— me has hecho tremendamente feliz al regalarme a nuestras dos hijas, pero necesito más de ti… ¿me harías el honor de casarte conmigo?
Bella sintió como todo a su alrededor daba vueltas, claro que ella se había planteado casarse con Edward, estaba cada día más segura de que su felicidad y la de sus hijas estaba a su lado. Pero en ese momento era tan real, tanto que podía ver el anillo de oro blanco y diamantes que Edward tenía en su mano. De verdad le estaba pidiendo matrimonio, de verdad estaba pasando. Suspiró mientras sintió como su pecho se hinchaba, como su corazón se llenaba de más amor todavía, más amor por ese hombre arrodillado frente a ella.
— Sí… sí que quiero Edward —dijo con firmeza.
Edward sonrió y deslizó lentamente el anillo por su dedo. Nunca se había sentido tan dichoso, su felicidad, su futuro… todo ello era lo que simbolizaba ese anillo que ahora decoraba la mano de Bella, de su Bella, su prometida. Besó su anillo con devoción, sintiendo como ella se estremecía y sintiendo las lágrimas picando en sus ojos. Si un año antes le hubiesen dicho que pasaría la navidad en esa situación no lo habría creído.
Bella no lo soportó más y se tiró a sus brazos, haciendo que ambos acabasen en el suelo, pero sonriendo, llorando de felicidad. Se besaron como nunca lo habían hecho antes, entregando su alma en cada roce, sintiendo que las mariposas de su estómago se liberaban y revoloteaban a su alrededor. Era un momento único, irrepetible, en el que las palabras sobraban y solo hacían falta los besos y las caricias. Allí, sobre la suave moqueta beige que cubría el suelo del estudio, estaba teniendo lugar la mayor demostración de amor que cualquiera pudo imaginar alguna vez.
Unos minutos después ambos volvían al comedor, donde se oía la voz estridente de Emmett contando alguna aventura más y las risas de todos los presentes. En cuanto cruzaron la puerta vieron que Esme y Rose cada una sosteniendo a una bebé en sus brazos. No se lo pensaron dos veces y fueron con sus hijas para tenerlas ellos lo más cerca posible. Edward, como casi siempre, cargó a Sissi mientras en sus miradas se podía ver la adoración que sentía por esa niña, ella le devolvía la mirada intensamente mientras hacía algún ruidito gracioso con su boquita. Bella tenía a Emma, que estaba dormida manteniendo cerrados sus profundos ojos azules.
Alice miró fijamente el reloj durante unos segundos, cuando marcó las doce en punto un gritó y unos aplausos efusivos fueron la antesala de los saltitos que comenzó a dar por todo el comedor.
— ¡Feliz navidad! —se oía en cada rincón de aquella habitación.
Abrazos, felicitaciones, y deseos de una vida llena de alegría comenzaron a inundar la estancia.
— Ha sido una navidad perfecta —dijo Alice con una sonrisa después de que los ánimos se hubiesen calmado un poco.
Edward y Bella compartieron una mirada significativa, solo ellos sabían lo perfecta que había sido su navidad, y eso que solo acababa de comenzar
