Aclaración:
Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.
La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor
«22»
«Espero que la mimes tanto como ojala
pudiera haberte mimado yo...»
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El Diablo de Uzumaki había tomado esposa. Pasado el mediodía, cuando Hinata y Sakura iniciaron el recorrido de las tiendas de Oxford Street y Bond Street, ya todo Londres comentaba la noticia. Era difícil saber quiénes estaban más afligidas, si las beldades enamoradas o las ambiciosas madres que habían esperado cazar a uno de los solteros más ricos y apetecidos de la alta sociedad para sus hijitas.
Cuando Sakura hizo entrar a Hinata en una prestigiosa tienda de telas, a rebosar de deslumbrantes rollos de sedas y muselinas, y atiborrada de dientas a la espera de hacer sus pedidos, la algarabía dio paso a un pronunciado murmullo. Hinata recibió varias miradas directas, algunas francamente hostiles.
Una de las dependientas se precipitó a atenderlas y empezó a gesticular y cloquear horrorizada por el vestido de muselina amarillo claro que a Hinata le pareció perfectamente normal cuando se lo puso esa mañana. Antes que ella lograra explicar que no hablaba italiano, la diminuta mujer de pelo moreno ya la había metido en un cubículo con cortina para zarandearla, medirla y pincharla con una rudeza que Biwako habría encontrado admirable.
Después de soportar varios minutos la indignidad de que dos desconocidas discutieran los dudosos méritos de sus pechos en italiano, las dependientas la dejaron sola para ir a buscar otro paquete de alfileres con los cuales seguirla torturando. Estaba en enaguas encima de un taburete bajo tiritando cuando llegó a sus oídos la conversación entre dos mujeres fuera de la cortina. Por desgracia, estas hablaban en inglés.
La primera voz era suave, aunque rebosante de veneno.
—¿Puedes creer que se haya casado con una muchacha campesina sin un céntimo, sin dote ni título? Dicen incluso que es...
Hinata se inclinó para acercarse más a la cortina, aguzando los oídos para oír el susurro de la mujer.
—¡No! — exclamó la otra mujer—. ¿En serio? ¿La hija de un párroco? — Su risa no podría haber sido más incrédula si Naruto se hubiera casado con una criada para la limpieza—. ¿Hay alguna posibilidad de que haya sido un matrimonio por amor?
La primera mujer sorbió por la nariz.
—Ninguna en absoluto. Supe que los sorprendieron en una situación comprometedora y lo obligaron a casarse en contra de su voluntad.
Hinata cerró los ojos; las palabras de la mujer la hirieron en lo más vivo.
—Por lo que he oído, él no es el tipo de hombre al que se pueda obligar a hacer algo que no quiere hacer.
—Eso podría ser en muchas circunstancias, pero cuando está en juego el honor de un hombre, hace lo que sea para defenderlo, incluso casarse con una inferior.
—Tal vez lo único que necesita la muchacha es que la pulan un poco.
—Puede pulirla todo lo que quiera, pero de todos modos acabará con un trozo de carbón, no con un diamante de primera calidad. — La voz de la mujer cambió a un ronroneo gutural—: Jamás podrá satisfacerlo. ¿Has olvidado que sé de primera mano lo exigente que sabe ser en la cama? Muy pronto se cansará de esa tonta plebeya, si es que no se ha cansado ya. Y entonces yo estaré allí. Ella puede haber ganado su apellido, pero jamás ganará su corazón.
La indignada Hinata estaba a punto de abalanzarse fuera para demostrarle a esa mentirosa zorra lo plebeya que podía ser cuando se oyó un repentino frufrú de faldas en el cubículo contiguo.
—Vamos, lady Sakura — canturreó la mujer que planeaba llevarse a la cama a su marido—. No sabía que frecuentaba esta tienda. Qué placer verla por fin. Su primo y yo somos muy buenos amigos.
—¿Ah, sí?
Hinata no tuvo que imaginarse la mirada glacial de Sakura a las dos mujeres. La temperatura había bajado con tanta prisa en su cubículo que medio esperaba verse el aliento.
—Nunca me ha hablado de usted — continuó Sakura—. Aunque sí creo recordar haberlo oído hablar con mucho aprecio de su marido. ¿Y cómo está lord Hewitt? En todo su vigor, espero.
—Mi marido ha estado pasando gran parte del tiempo en nuestra casa de campo — repuso la mujer en tono tan glacial como el de Sakura, desaparecida la adulación.
—No puedo decir que no lo comprenda. — Ante la horrorizada exclamación de la amiga de la mujer, se apresuró a añadir—: El calor del verano, ya se sabe. Ahora, si tienen la amabilidad de disculparme, tengo que continuar la búsqueda de la esposa de mi primo. Me envió a ayudarla a elegir un ajuar apropiado. El pobrecillo está tremendamente avergonzado de haber insistido en casarse con tanta prisa, pero no podía soportar la idea de estar separado de ella ni un solo día más. La adora, ¿saben?, y está resuelto a que no le falte nada mientras él esté con ella para mimarla.
Unas inesperadas lágrimas de gratitud y anhelo le hicieron arder los párpados a Hinata. En otro tiempo, en otra vida, las palabras de Sakura podrían haber sido ciertas.
Cuando poco después salió de su cubículo, encontró a su inverosímil defensora sentada rígidamente en una silla de respaldo recto hojeando las láminas de última moda en La Belle Assemblé con ojos hastiados.
—Oí lo que les dijo a esas mujeres — le dijo en voz baja—. Debo darle las gracias.
Sakura cerró la revista y se levantó, su puntiaguda barbilla en un ángulo desafiador.
—No lo hice por usted, sino por mí. Las bellezas como Shizuka Hewitt llevan años mirándome desdeñosas porque no tuve la desgracia de casarme con un viejo borrachín gotoso al que le importa menos su mujer que sus spaniels ganadores de premios.
—Si se refiere a lord Hewitt, probablemente sus spaniels son más leales que su mujer.
Sakura no le sonrió exactamente, pero en sus ojos brilló una chispa de sonrisa.
—Supongo que tiene razón. No es difícil comprender que el hombre prefiera a las perras de la variedad cuadrúpeda.
El resto de la tarde pasó en un mareante torbellino para Hinata. Mientras pasaban de una sombrerería a una perfumería y a la tienda de un zapatero por la ancha acera de losas de Oxford Street, no podía dejar de pensar en lo mucho que habría disfrutado Hanabi de esa expedición.
Aunque Sakura no manifestaba el menor interés en comprarse ni siquiera una chuchería, insistía en que ella debía proveerse de lo más fino y elegante de todo: un surtido de papalinas adornadas con frutas, plumas y flores; abanicos pintados a mano; frascos de perfume de cristal tallado; guantes de cabritilla y medias de seda; chales de casimir; quitasoles con volantes; jabones perfumados; zapatos color pastel y no uno sino dos pares de elegantes botines de ante; peinetas y diademas de filigrana de plata; cintillos con incrustaciones de perla; incluso un par de escandalosos calzones largos que la dueña de una sedería le aseguró que estaban haciendo furor en los salones de Londres. Todas las compras deberían enviarlas a Uzumaki Hall cuanto antes pudiera la tendera o el tendero.
Cuando salieron de una encantadora tiendecita que no vendía otra cosa que encajes y blondas, a Hinata ya le dolía su pobre cabeza por el esfuerzo de llevar la cuenta de todas sus compras. Si sus cálculos eran correctos, habían gastado más en un día de lo que Konoha Manor ganaría en un año.
Mientras iban caminando hacia el coche de ciudad que las esperaba, las dos provistas de bolsitas con pistachos calientes que habían comprado a un vendedor callejero, de la ya casi oscuridad salió un farolero y empezó a encender las lámparas de la calle. La suave luz se derramó sobre los escaparates de las tiendas, haciendo más tentadores aún los artículos que exhibían.
Entonces, al pasar junto al muy decorado escaparate de una juguetería, Hinata se detuvo dejando escapar un gritito.
En el escaparate había una muñeca de porcelana ataviada con volantes y encajes, sus regordetas mejillas pintadas de rosa. Desde el moño alto de rizos a la nariz respingona y a los diminutos zapatitos de cabritilla, la muñeca era la imagen misma de Hanabi.
Sakura miró por el cristal.
—¿Qué pasa?
—Estaba pensando en lo mucho que le gustaría esa muñeca a mi hermanita — contestó Hinata, poniendo el dedo en el cristal sin darse cuenta.
—Pues, cómpresela — dijo Sakura encogiéndose de hombros. Hinata volvió a meter la mano en su nuevo manguillo de plumas de cisne.
—De ninguna manera podría abusar de la generosidad del duque más de lo que ya he abusado. Ha sido demasiado pródigo.
Sakura la miró con expresión extraña.
—Naruto no tiene ni un solo hueso tacaño en el cuerpo. Puede que le niegue su perdón, pero jamás le negará su dinero. Si no puede tener lo uno, podría muy bien aprovechar lo otro. — Puso la mano en el cristal del escaparate con una expresión curiosamente triste—. Esa fue una de las pocas lecciones que aprendí con mi tío.
Cuando Hinata salió de la juguetería casi una hora después, tenía los brazos cargados de regalos para sus hermanos, incluidos una comba para Hanabi y tres relucientes barajas nuevas para Neji. No quiso dejar sus cosas para que las llevaran a la casa; no deseaba confiar sus tesoros a manos que no fueran las de ella.
Sakura la esperó pacientemente cuando entró en una tienda para caballeros a comprar un par de guantes de piel para calentar las doloridas manos de Hiruzen en las noches de invierno. Ya había decidido enviarle a Biwako una de las papalinas con plumas de avestruz que había elegido para ella.
Cuando se acercaban al coche, Sakura se detuvo tan repentinamente que Hinata casi se enterró en su espalda. Mientras uno de los lacayos saltaba de su asiento para rescatar sus paquetes, Hinata miró por encima del hombro de Sakura y vio al marqués de Rannigan apoyado en un poste de luz, con el sombrero de copa en una mano y su brillante bastón metido bajo el brazo.
Al verlas él se enderezó y les hizo una elegante reverencia.
—Excelencia, lady Sakura. Vi el coche al salir del taller de mi sastre y se me ocurrió quedarme aquí para desearles las buenas noches.
—Muy buenas noches, milord — respondió Sakura, pasando junto a él y aceptando la mano del lacayo para subir al coche—. Ahora que mi primo ha regresado sano y salvo de su aventurita, supongo que no volveremos a vernos mucho.
—Por el contrario — repuso Sasuke con voz arrastrada, haciendo a un lado al lacayo para ayudar él a Hinata a subir al coche—. Habiendo el duque tomado residencia en Uzumaki Hall otra vez, tengo la intención de ir a molestar con frecuencia.
—Eso no debería resultarte demasiado difícil — dijo Sakura mirando al frente mientras el lacayo cerraba la portezuela—. Seguro que mi primo estará encantado de recibirte.
Sasuke contempló su perfil, frotando el ala de su sombrero entre el índice y el pulgar.
—¿Y tú, Sakura? — preguntó en voz baja—. ¿Estarías encantada de recibirme?
Antes que ella pudiera contestarle, el coche se puso en marcha.
—Qué hombre más insoportable — masculló Sakura, sacándose violentamente los guantes y poniéndolos en la falda con un golpe.
Intrigada tanto por las manchas de color en las mejillas de Sakura como por su rara explosión de pasión, Hinata se asomó a la ventanilla y vio que Sasuke continuaba mirándolas, sombrero en mano. Cuando llegaron a Uzumaki Hall, Addison estaba en el vestíbulo esperándolas.
—Su excelencia desea verla en el estudio — informó a Hinata, entregándole su capa y manguito a un lacayo.
A Hinata le dio un vuelco el corazón. Tal vez Naruto estaba por fin dispuesto a dejar de fingir que no había pasado nada la noche anterior, dispuesto a reconocer que era imposible que un hombre poseyera tan totalmente a una mujer sin darle nada de sí mismo a cambio. Se arregló el pelo y echó a andar por el corredor más cercano, esperando que no se notara su patética impaciencia.
Addison se aclaró educadamente la garganta.
—Por ahí, excelencia — le dijo, apuntando en la dirección contraria—. Séptima puerta a la izquierda, justo pasada la fuente de mármol.
Ella giró sobre sus talones, agradeciéndole con una ancha sonrisa.
Entró silenciosamente en el estudio. Naruto estaba sentado detrás de un gigantesco escritorio de caoba, rodeado por varios rimeros de libros y papeles. Sintió alivio al no ver a los perros por ninguna parte. Pese a que él le dijera que eran unos gigantes amables, ella seguía sospechando que albergaban el secreto deseo de arrancarle un pie para enterrarlo en el solárium.
Naruto había tirado su chaqueta sobre un taburete cercano, de modo que sólo tenía puesto un chaleco arrugado sobre la camisa arremangada. Hinata aprovechó para observarle la cara iluminada por la lámpara, en ese momento que estaba con la guardia baja, pensando qué poco lo conocía en realidad. No era un ser de su invención, sino un hombre complicado modelado por influencias crueles y bondadosas. Ay, cómo deseaba conseguir desearlo menos, no más.
Aunque habría jurado que no hizo el menor sonido, de pronto él levantó la vista y la pilló observándolo. Inmediatamente se puso la máscara agradable que ella había llegado a odiar.
—¿Así que has vuelto de tu expedición de compras? ¿Encontraste todo lo que necesitabas, espero?
—No todo — dijo ella enigmáticamente, avanzando hasta sentarse en el sillón de orejas de cuero, delante del escritorio.
—Bueno, tal vez esto mitigue tu decepción. — Inclinándose sobre el escritorio le tendió un papel vitela doblado—. Feliz cumpleaños. Hinata lo miró pestañeando, absolutamente sorprendida.
—¿No habrás pensado que lo olvidaría, verdad?
—Para ser sincera, soy yo la que lo olvidó. No solo mi cumpleaños, también la navidad, ni siquiera lo celebramos, claro después de todo lo que paso… ciertamente no esperaba que tú lo recordaras — bajó tímidamente los ojos—, ni que me hicieras un regalo.
—Vamos, ábrelo — dijo él haciendo un gesto hacia el papel. Ella desplegó lentamente el documento de aspecto oficial y pasó la vista por la elegante letra, sin saber muy bien qué estaba mirando.
—Es la escritura de propiedad de Konoha Manor — le explicó Naruto—. La encontré ayer por la mañana en el estudio de mi tío cuando estaba echándole una mirada a sus papeles. Hoy hice venir a un abogado mientras tú no estabas y puse a tu nombre la casa y las tierras. Nunca tendrás que volver a preocuparte de que Neji y Hanabi no tengan un techo sobre sus cabezas. Nadie puede quitártelo, ni siquiera mis herederos.
Sus herederos. Hinata continuó mirando el papel, sin verlo; no podía levantar la vista hacia él mientras hubiera peligro de que la viera llorar.
—Pensé que te alegrarías — dijo él amablemente—. ¿Tal vez habrías preferido un par de pendientes de esmeraldas? ¿O un collar de diamantes?
Ella enterró las uñas en el papel.
—No, gracias, milord. Ya has sido demasiado generoso.
—Tonterías — dijo él, encogiéndose de hombros—. Hay quienes podrían decir que te lo has ganado.
Ella levantó bruscamente la cabeza y lo miró incrédula; por su mente pasaron las imágenes de las dos noches pasadas en sus brazos; en su cama.
—Con tu ingeniosidad, claro está — añadió él, diciéndole con el destello de sus ojos que sabía exactamente qué estaba pensando—. Corriste un tremendo riesgo por una casa vieja y ruinosa.
—Una casa vieja y ruinosa que deseabas reclamar para ti. ¿O has olvidado qué te llevó a Konoha Manor? Ciertamente no fue presentarle tus últimos respetos a tu madre.
Naruto se reclinó en el sillón, mostrando cierta dificultad para mantener su máscara de amabilidad.
—Mi madre no es asunto tuyo.
Hinata se levantó, arrugando la escritura en el puño.
—Por lo visto tampoco era asunto tuyo. Si lo hubiera sido no la habrías dejado morir sin tu perdón. Pero puesto que parece que voy a sufrir su mismo destino, supongo que es adecuado que herede su casa también. Aunque tenga que pasar el resto de mi vida «ganándomela». — Se dirigió a la puerta y allí se giró a mirarlo—. Ah, hoy me tropecé con una de tus queridas amigas, una tal lady Hewitt. Dejó muy claro que estaría encantada de recibirte de vuelta en su cama cuando te aburrieras conmigo.
Aunque necesitó de toda la fuerza de su delgado cuerpo, consiguió dar un portazo lo bastante fuerte para hacer temblar los candeleros que había a cada lado de la puerta.
—No hay muchas posibilidades de eso, ¿verdad? — musitó Naruto, moviendo pesaroso la cabeza, escuchando alejarse sus furiosos pasos.
Hinata estaba echada de espaldas en su cama, mirando fijamente el cielo del dosel. La noche anterior había estado enfadada; esa noche estaba lívida de furia. Su marido podía hacerse el noble benévolo todo lo que quisiera, pero ella había reconocido su regalo por lo que era: otro reproche más. Un burlón recordatorio de que ningún mohoso montón de ladrillos podría compensarle lo que sus mentiras le habían costado a los dos.
En algún lugar de las profundidades de la casa un reloj dio las doce de la noche, anunciando el final de su cumpleaños. El reloj podía sonar trece veces, pero ella no iría a su habitación. Y no es que no fuera capaz de encontrar el ala oeste otra vez. Supuso que él se sentiría muy aliviado si se cayera por un tramo de la escalera y se rompiera el cuello. Se lo imaginó junto a su tumba, su hermosa cara surcada por falsa aflicción mientras aceptaba los compasivos murmullos de lady Hewitt.
Era posible incluso que no esperara a su muerte prematura. ¿Y si en ese momento iba al ala este y encontraba su cama fría y desocupada? Tal vez ya había ido a encontrarse con su ex amante. Tal vez ya habían pasado la noche juntos bebiendo champán y riéndose de su mala suerte de haber caído en la trampa de una hija de párroco sin un céntimo que de ninguna manera sería capaz de satisfacer sus exigencias en la cama. Tal vez en ese mismo momento él estaba enredado en las sábanas de seda de esa mujer haciéndole a su voluptuoso cuerpo todas esas dulces y escandalosas cosas que le había hecho a ella la noche anterior.
Gimiendo, se tapó la cabeza con la colcha para borrar la imagen.
Y así fue exactamente como la encontró Naruto cuando apartó las cortinas y se sentó en la cama a su lado.
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Continuará...
