Cuando Ryoji Hashida volvió a abrir los ojos, la luz era tan fuerte que le perforó la vista durante unos momentos, y tuvo que cerrarlos rigurosamente varias veces hasta por fin reincorporarse a la realidad y observar, con impotencia, su entorno. Se encontraba sobre una especie de camilla, pero su superficie era tan sólida y fría que lo estremeció, no podía entender que no hubiera al menos un colchón. No era capaz de ver los alrededores debido a la extensa iluminación que apuntaba directo a su rostro, pero suponía que se trataba de un hospital.
Gruñó para sí mismo al pensar que un político como él tenía que estar en un lugar más alocado. Se encargaría de criticar personalmente a quien fuera que lo haya trasladado a ese hospital indecente. Nadie merecía un lugar semejante, y más si se trataba de él. Era un ambiente frío y abrumador, tan tenebroso que comenzó a desear quedarse dormido otra vez. Desde algún lugar sonaba un piano apacible y funesto, similar a un llanto solitario e interminable.
Mientras la melodía bailaba en el aire, su corazón aumentaba la frecuencia en que latía, como si poco a poco se fuera quedando sin aire. Cuando procedió a levantarse, le sorprendió que su cuerpo no reaccionara. Volvió a intentarlo con más ahínco, pero entonces reparó en que estaba esposado, o de alguna forma atado sobre la superficie de metal. No podía mover sus manos y pies, y la desesperación recorrió su consciencia como un balde de agua helada sobre su cuerpo.
-¿Hay alguien ahí?
Por un momento no reconoció su propia voz, aquella siempre victoriosa y segura de sí, que era ahora, en cambio, temblorosa. Sentía todo su cuerpo adormecido, y no sabía si era por el miedo o por el alcohol que había bebido con tanto deseo. Fue entonces cuando apretó sus labios, furioso consigo mismo por haber tomado demasiado rápido. Y entonces recordó aquella noche. La botella de alcohol. La conversación con aquel curioso muchacho que no dejaba de reír… la posterior caída.
De repente, en la distancia llegó a oír un seco golpe, como una puerta de metal al cerrarse. Durante unos eternos segundos sólo sintió los pesados latidos de su corazón, como si este se encontrara a punto de explotar. Un terror indescriptible lo acobardó por completo y sus ojos se entrecerraron automáticamente, como si se negaran por voluntad propia a observar lo inevitable. En su fuero interno, anhelaba que alguien lo recibiera con los brazos abiertos, con una bienvenida calurosa y gentil.
Unos pasos sutiles y lentos llenaron el ambiente de un sigilo misterioso, y sintió la transpiración correr por su frente, a pesar de que hacía un frío de morir. Tanteó con sus manos sobre la camilla, aunque empezaba a creer que era una simple mesa, buscando algo que pudiera servirle para salir de allí, en vano, puesto que no había nada a su alcance, estaba completamente solo, a la deriva.
-Por fin despierta, señor Hashida.
Kozaburo Toma sonó tan natural que por un instante lo olvidó todo. Sus pasos retumbaron en toda la estancia, siendo acompañados por el melancólico piano, hasta aproximarse lo suficiente. El rostro del muchacho se interpuso entre él y el terrible haz de luz, y se inclinó sobre su cuerpo con cierta arrogancia, como un cuervo, colocando sus brazos a ambos lados de su cuerpo, a la altura de los hombros.
El marrón en sus ojos irradiaba de una manera sobrenatural y extraordinaria. No entendía lo que había sucedido, no sabía dónde estaba exactamente, y, no obstante, el miedo que había paralizado todo su ser hasta entonces, empezaba a evaporarse lentamente con la simple compañía de Toma, aquel muchacho que era la viva representación del bienestar y la estabilidad personal. Su atractivo era tan visible, que le sorprendía que se hallara soltero.
-¿Tienes idea de qué fue lo que pasó?
Toma sonrió de lado exponiendo la más pura dulzura, como un niño pequeño al ser descubierto por sus padres. Su cabello marrón caía hacia adelante y Ryoji lo observó con atención. Cada vez que se hallaba cerca, el aura que desprendía resultaba embriagador a un nivel que no podía llegar a comprender, la misma aura que afectaba a las demás mujeres que pasaban a su alrededor. De cierta forma le recordaba a sí mismo cuando era más joven. A esas alturas, no sabía realmente si el efecto del alcohol había pasado o, por el contrario, seguía con el mismo pesar. Lo cierto era que aún seguía confundido, como si estuviera en un pegajoso sueño lúcido, y la voz de Toma lo adormecía por completo.
-Fuiste drogado, pero estarás bien.
Ryoji soltó una sonrisa atontada, pero las palabras regresaron a su mente como cuchillas y abrió más los ojos, lentamente, sin poder creer lo que había oído. Intentó levantarse una vez más, exigiendo con una mirada de súplica que su amigo lo sacara de allí, pero apenas lo hizo, las manos de Toma se lanzaron a sus mejillas con una fuerza que desconocía, enseñando en su rostro una sombra descomunal, una ira que ardía en su mirada, como si desearan quemarlo en ese mismo instante, hasta que lo volvió a apoyar en la superficie de metal forzosamente, causándole un ligero dolor en la parte trasera de su cabeza. Ryoji cerró los ojos por el repentino golpe y largó un gemido ahogado en el acto. Toma se alejó y sus pasos volvieron a romper la calma de la estancia.
-¿Dónde estoy? ¿por qué no me dejas levantarme?
Toma no respondió a ninguna de sus interrogantes, y en cambio, parecía ir de un lugar a otro, sin decir una palabra. El corazón de Ryoji se disparó violentamente y miró alrededor una y otra vez, buscando a quien creía que era su amigo, a cualquier persona que se encontrara cerca. Lo único que deseaba en aquellos instantes era salir de allí. Habría deseado tener a sus guardaespaldas para resolver el conflicto al instante, pero estaba solo. El profesor Toma continuaba el arduo trabajo en el que se encontraba inmerso con tanto ímpetu. Ryoji se esforzó por mirar, pero la luz lo cegaba constantemente, y en verdad, en el fondo, empezaba a preguntarse si aquello era lo mejor.
El frío caló hasta lo profundo de sus huesos, y todo su cuerpo tembló ante lo desconocido. Nunca se había considerado una persona paciente, y aquel momento no fue una excepción, por lo que, transcurridos unos segundos, se sacudió con fiereza sobre la mesa como un animal encolerizado, produciendo un ruido metálico, con el objetivo de llamar la atención de Toma, el único que podía sacarlo de allí y que, por el contrario, se mantenía completamente distante como si ya no lo reconociera.
Su esfuerzo resultó ser en vano, puesto que Toma seguía caminando de un lado a otro, a veces deteniéndose, como si estuviera analizando algo, y luego volvía a estar en movimiento, alrededor de él. Una vez más, dudó si estaba despierto en realidad, pues todo parecía tan extraño que añoraba dormir de nuevo y olvidarlo todo; sería capaz de emborracharse una vez más, para abandonar aquel horrible y deprimente sitio.
-Se lo advertí, señor Hashida.
La voz de Toma seguía siendo extrañamente suave, a pesar de que parecía escupir las palabras en vez de enseñarlas con delicadeza, como era usual en su manera de hablar. Ryoji se quedó sin palabras durante unos extensos segundos, sintiendo como si se ahogara por dentro, y no sabía realmente qué decir al respecto. Por primera vez comenzaba a preocuparle la cercanía del muchacho, cuya voz parecía haberse transformado y representaba entonces una autoridad desafiante y sepulcral, que abarcaba todo el ambiente circundante.
Ryoji dejó de respirar cuando lo vio acercarse, haciendo sombra sobre su cuerpo. Tenía una mirada fulminante que nunca antes había advertido, y un escalofrío atravesó su espina dorsal al reparar en la manera en que sus labios se curvaban en una sonrisa llena de misterio, como si ocultara sórdidas intenciones. Tuvo que hacer un enorme esfuerzo por entreabrir su boca, que temblaba ligeramente por los nervios.
-¿De qué estás hablando?
Toma ladeó su cabeza levemente, en signo de desaprobación y cansancio, y frunció el ceño como si estuviera sorprendido o fingiera estarlo. Ryoji ya no sabía en verdad a quién se dirigía, la persona que tenía frente a él no podía ser el profesor que había conocido, no quería creerlo. El tiempo transcurría lentamente, pero él seguía estando preso allí, y tenía la sensación de que Toma no pensaba ayudarlo. Este, nuevamente, se inclinó unos centímetros hacia adelante, en dirección a su rostro, sin apartar su mirada de la de Ryoji. No se parecía en lo más mínimo al chico que había conocido hasta entonces, se trataba ahora de un ser completamente distinto, como si hubiera intercambiado su cuerpo y mente con la voluntad de alguien más.
-El dinero no puede comprarlo todo. Ya ve, pues, lo útil que es cuando está a punto de morir.
Los ojos de Ryoji se abrieron de golpe por el asombro, pero aquello duró unos instantes, puesto que luego los cerró lentamente, suspirando de una manera profunda. Las palabras se afianzaron a su mente con tanto ahínco, que el rostro de la persona que más amaba en el mundo volvió a recobrar importancia. Sus puños se cerraron sobre la mesa y a pesar de que intentaba ocultar sus emociones, no pudo evitar bufar, en un gesto casi imperceptible, pero que no pasó desapercibido para Toma, quien no dejaba de estudiarlo con sumo detenimiento.
-¿Mi esposa… se encuentra bien?
Ryoji tragó saliva cuando se armó un silencio, y lo único que llegó a escuchar fue el sonido característico de la saliva al bajar por su garganta. El rostro de Toma permanecía impasible ante su lento hundimiento, así como la luna en el alto cielo, callada en su propio viaje. Durante medio minuto, ambos se analizaron mutuamente como dos fieras a punto de luchar. Ryoji se quedó sin aire, y su aspecto, en aquellos instantes, se asemejaba al de un gorrión al ser atrapado por las manos curiosas de un niño. Sus ojos estaban abiertos de la sorpresa, y todo su cuerpo permanecía inamovible ante la presencia y actitud intimidante de Toma, como si se hubiese convertido en un simple cadáver bajo su hechizo.
-¿A qué parte se refiere? -inquirió el profesor mordiéndose el labio. Silencio absoluto-. ¡Era broma! Anímese un poco, señor Hashida. Su esposa está bien. No llegó a su casa. Me pregunto qué asuntos más importantes que usted tendría. Es una pena, me habría encantado compartir una copa con ella -el rostro de Toma se oscureció de repente con cierta melancolía-. Su hija era muy hermosa, ¿se lo han dicho?
El rostro redondo de Ryoji lo miró con una furia ardiente, como un león que anhelaba descuartizarlo en ese mismo instante, sin importarle su propia vida. Toma dejó escapar una sonrisa ante su reacción, como si lo hubiera esperado y se estuviera regocijando en ello. Cuando el político empezó a soltar distintos tipos de insultos, desistiendo por completo a su vida, su entera existencia, consciente de que ya no tenía a nada ni nadie, Toma se apartó y se dio la vuelta con una solemnidad abismal. Ryoji lo siguió con la mirada hasta que el haz de luz volvió a abatirlo en la mesa, produciéndole un leve ardor en sus ojos. Volvió a sacudirse como una sanguijuela con violencia sobre la superficie, tratando de liberarse, pero acabó concluyendo que sus esfuerzos eran en vano e inhaló aire profundamente, destrozado.
-¡Sácame de aquí!
Sus gritos eran en vano. Ryoji se quedó helado cuando oyó un sonido metálico y ensordecedor, seguido de los pasos del joven alrededor. El piano persistía en su suave e impetuosa marcha, pero en aquellos momentos sólo lograba desesperarlo. De repente y en respuesta, la figura de Toma se dejó vislumbrar otra vez, mientras alzaba sus brazos para colocarse guantes de látex blancos y arrimaba una pequeña mesa de metal, la cual contenía distintos tipos de instrumentos quirúrgicos en una bandeja. Sentía el sudor corriendo por toda su piel.
-Ustedes, los políticos, son todos iguales. Viven a expensas de los demás, no saben vivir por sí mismos -espetó Toma.
El profesor sonreía mientras se lamía los labios furtivamente. El terror que carcomía la mente de Ryoji era tan grande que apenas podía interpretar lo que estaba sucediendo, se negaba por completo a creer lo que sus ojos presenciaban. Cuando Toma acercó hábilmente las herramientas a su cabeza, se veía tan imperturbable como si de un cadáver en vida se tratase, y la situación le pareció tan irreal que por un momento pensó que estaba muerto. El cuerpo de Ryoji se retorció como un animal, y su vista se dirigió desde los oscuros ojos del joven hacia las manos de este, que llevaban un bisturí.
A pesar de suplicar con la mirada y agitarse como una rata de laboratorio, el muchacho continuó su trabajo con manos expertas, sin ser alterado en lo más mínimo por su deplorable estado. Ryoji nunca en su vida había sentido un deseo tan intenso por asesinar a alguien, como lo estaba sintiendo en aquellos momentos. Anhelaba tenerlo en sus propias manos, a pesar de que se había considerado un cobarde siempre. Al final, terminaba siendo cierto que un hombre que no tiene nada que perder, es más valiente que un ejército.
Toma, por su parte, movía la cabeza con suavidad acompañando la melodía que sonaba en el ambiente. Cuando colocó el instrumento punzante sobre el cráneo de Ryoji, justo sobre su corto y oscuro cabello, este se estremeció por completo ante el contacto, y durante unos instantes, no fue capaz de respirar o acaso mover sus dedos. El tiempo se había detenido, pero el impacto del objeto le pareció una tortura y su grito fue tan atroz que retumbó en toda la estancia.
Sus ojos se cerraron automáticamente y sintió las lágrimas bajando por sus mejillas, a medida que el joven continuaba. Nunca había añorado tanto la muerte como hacía en aquellos momentos, y entre sus fluctuantes pensamientos le pareció ver el rostro de su hija. La sangre chorreaba sobre su cabeza y cuando el muchacho se detuvo unos instantes, ya no le importó abrir los ojos para mirarlo. Sentía que iba a desmayarse por el dolor en cualquier momento, y le parecía de lo más gratificante.
La danza continuó voraz y llameante durante un largo rato, sumida en un éxtasis solitario y nocturno que era acompañado por la música. Cuando por fin acabó, Toma se quitó los guantes de látex, dejándolos sobre la mesa adyacente. Suspirando lenta y suavemente, se mantuvo con los ojos cerrados durante unos segundos, en una leve posición de baile, preso de admiración por la melodía que alegraba el ambiente.
Cuando se reincorporó a la realidad, se echó el cabello hacia atrás y le dedicó una larga mirada al cuerpo que yacía sobre la mesa central, cubierto de un rojo oscuro e intenso cual rosa china sobre su cráneo. Decidió tomar un poco de aire fresco, y salió de la fría estancia sumido de lleno en los recuerdos, al menos, hasta que alguien llamó su atención y lo hizo fruncir el ceño, confiado hasta entonces de la ausencia humana.
-¿Has leído Otelo?
Toma detuvo su impetuosa marcha de repente debido a aquella delicada voz, y tardó unos segundos en hacer a un lado sus pensamientos para volver a la interrogante expuesta. Ladeó su cabeza hacia la derecha, y allí se encontraba de pie y apoyado contra la pared, con un libro en sus manos, el profesor Makishima. Este cerró el volumen con una dulzura implacable, para girar la cabeza y dedicarle una mirada sonriente, desbordante de burla e ironía.
-Cassio decía…" el diablo de la embriaguez se ha dignado ceder el puesto al diablo de la ira".
