"Llegamos a mi casa, nos acurrucamos mientras veíamos Sixteen Candles, luego follamos durante la repetición".
H I N A T A
El pastel de cumpleaños está en el centro del comedor, una creación redonda y de terciopelo rojo, cubierto con glaseado de crema de queso blanca. Veintiuna velas se hunden en el azucarado centro, las luces en el pequeño comedor tenues. Normalmente, usamos este desperdicio de espacio para apilar nuestra mierda en la mesa, pero esta noche, la habitación está limpia, papeles y desorden metidos cuidadosamente en el parador que nuestro casero mantuvo en la casa.
Jugueteando con mi vestido, abotono y desabotono los dos primeros botones, examinándome de esta y aquella manera, piernas suaves, escote, cabello. Mi vestido es coqueto, negro, y apenas apropiado para el tiempo frío que hemos estado teniendo, pero estamos dentro porque es cálido, y es sexy, así que no hay manera de que me cambie ahora.
El timbre suena; arreglando mi cabello en el espejo, tiro de mi escote.
Limpio una mancha más de labial. Aliso los pliegues de mi falda negra con volantes.
Mi respiración se atora cuando lentamente abro la puerta.
Naruto está en el porche sosteniendo un pequeño ramo de flores.
Camiseta polo negra y vaqueros oscuros, se remueve un poco bajo mi escrutinio.
—Jolies fleurs pour une jolie fille. —Me las entrega una vez que dejo de mirarlo boquiabierta y abro la puerta—. Flores bonitas para una chica bonita.
Presiono mi nariz en los delicados capullos rosas. Inhalo.
—No se supone que me traigas regalos, esta es tu noche.
—Estás… impresionante. —Entra al vestíbulo, presionándome contra la puerta. Presionando un acalorado beso en mi jadeante boca—. Étourdissant.
—Estas son hermosas. —Exhalo—. Gracias.
Lo guío dentro, poniendo el cerrojo de la puerta. Camino con los pies desnudos por la habitación, llevándolo conmigo de la mano. La casa es tenue salvo por las velas parpadeando en el centro de la mesa del comedor.
Veintiún deseos brillantes, bailando en las sombras.
—Déjame encontrar un jarrón y algo de agua para estas. —Planto otro beso en su mejilla—. Quítate los zapatos y ponte cómodo.
Mejor aún, quítate la camiseta, los pantalones y cualquier otra cosa que lleves mientras te desnudas. Ahórranos algo de tiempo más tarde. Ja, ja.
Sus zapatos son colocados junto a la puerta mientras sus agudos ojos celestes escanean la habitación. Observa nuestro sofá seccional beige y las fotos enmarcadas de compañeros de cuarto en la pared sobre él.
Es un buen tipo de extraño tenerlo en mi casa; es enorme, mucho más grande que Haku, y una figura imponente, hombros anchos, y cintura estrecha.
Lo observo por la esquina de mi ojo mientras corto el final de las flores, paso los tallos bajo el agua y las coloco en un enorme tarro.
Tan bonitas.
Me uno a él en el comedor, donde se para mirando al pastel, un faro en la habitación oscurecida.
—Nena, no hay sillas aquí.
Nena.
—Lo sé, lo sé —me quejo—. Pero pensé que sería romántico sentarnos encima. ¿Conoces esa escena de la película Sixteen Candles donde Jake Ryan finalmente lleva a Samantha a su casa? Y entonces ellos al fin…
Bueno, en realidad, no hacen nada porque la maldita película se desvanece a negro antes de que llegue la parte buena antes de que empiecen a besuquearse o tener ardiente y apasionado sexo.
Er…
O tal vez no.
Naruto se dobla en la cintura, dándole a la parte inferior de la mesa un vistazo rápido antes de presionar la superficie, ambas palmas extendidas en la misma.
—Creo que nos sostendrá.
Sus lentas manos rozan mis caderas cuando se acerca desde atrás, subiendo la sedosa tela de mi falda. Abarcando mi cintura, me alzan sobre la mesa como si mi peso fuera el de una pluma.
Cruza la habitación en tres zancadas. Se quita los calcetines, lanzándolos a la alfombra. Se sienta en el borde de la mesa, girando sus piernas hacia el centro. Cruza sus piernas.
Sacude su cabello.
El pastel resplandece ante nosotros, las velas clavadas un centímetro, la anticuada lámpara de araña sobre nosotros en un brillo tenue.
—Feliz cumpleaños —susurro—. Y enhorabuena por hoy. Me alegra haber estado allí.
Nuestros ojos se encuentran a través de la mesa.
—A mí también. Saber que estabas allí fue… diferente.
Tentada por el dulce glaseado, hundo mi dedo en el mismo y lo lamo.
—¿Diferente? ¿Cómo?
—Sintiendo tu presencia. Nunca he tenido a alguien que se preocupe de venir a verme antes además de mi familia.
—Oh, te estaba viendo muy bien… todas las partes de ti. —Meneo mis cejas cuidadas—. Hablando de mirarte, tu madre estuvo realmente molesta por los carteles.
—¿Qué carteles?
—Los que trae la gente para animarte. No pensé que esos estuvieran permitidos en los encuentros de lucha libre.
—Quiero decir, están permitidos, pero la mayoría de la gente no los trae. No es un deporte como el fútbol donde hay gente gritando en las gradas.
—Pues tu madre no era una fan. Estaba horrorizada. Siguió preguntando cómo las chicas podían proponerse a un tipo así. Fue terrible… Me sentí tan culpable.
—No eres nada como esas chicas.
Gimo con frustración, paso una mano por mi cabello largo. Lo pongo sobre mi hombro desnudo.
—Me sentí tan culpable sobre toda la cosa del cartel, casi le conté. — Me acerco más—. Estaba en la punta de mi lengua.
Sus ojos se amplían, el brillo inconfundible.
—¿Es así?
—Tan cerca.
Se inclina hacia delante unos pocos centímetros.
—Esquivamos esa bala entonces, ¿no es así? Se hubiese vuelto jodidamente loca.
—¿Kushina? Uh, sí. Estaba lanzando dagas a esas cazadoras de luchadores.
Nuestras narices se tocan.
—Siempre ha sido sobreprotectora.
—No la culpo. —Lo seré también, si tenemos hijos.
—¿Por qué?
Bajo la mano, paso un dedo por el glaseado, arremolino mi lengua sobre él. Chupo.
—Porque eres mío.
Nos inclinamos el uno hacia el otro, sobre el pastel brillando, nuestros labios firmes. Mi lengua va directa a su boca, arrastrándose a lo largo de la suya, nuestros gemidos un coro delicioso.
—Sabes tan jodidamente bien —dice, chupando el glaseado de mi labio inferior.
Me estremezco.
—Y tú.
Las velas, tan lindas como son, están calientes. Ardiendo brillantemente bajo nosotros, chamuscando el corpiño de mi vestido. Me retiro, sonriendo.
—Mejor sopla las velas y pide un deseo antes de que quememos este lugar.
Narut me estudia atentamente, nuestros ojos se encuentran y sostienen.
—Deseo…
—¡No! —regaño—. No lo digas en voz alta o no se hará realidad.
—¿No?
—No. —¿Los chicos no saben nada? Ugh.
—No estaría tan seguro de eso. —Su cuerpo se inclina, sus hombros encorados para estar dentro del alcance. Inhala un profundo aliento y sopla y sopla hasta que las veintiún velas están extinguidas, humo gris alzándose de las mechas.
Miramos mientras desaparece en el aire.
—¿Quieres un poco de pastel de cumpleaños? —susurro.
—Sí. —Sonríe—. ¿Es tan dulce como tus galletas?
—Más dulce.
—¿Tienes un cuchillo?
—No.
—¿Tenedores?
Niego. Vocalizo la palabra no.
—Ni tenedores. Ni cuchillo. —Finge una búsqueda de cubertería—. Ni platos. ¿Cómo sugieres que comamos esto?
—Tendremos que ser creativos. ¿Eres creativo, Naruto?
Pone los ojos en blanco.
—No.
Me río ante su honestidad. Me río ante cuán malditamente lindo es, mi dedo hundiéndose en la parte superior de su pastel una vez más. Rompo un pequeño trozo y lo alzo sus labios, alimentándolo.
Su boca se abre, toma el ofrecimiento. Los labios se cierran alrededor de mis dedos. Chupa.
Entonces.
Ese dedo índice en su mano izquierda pasa por el glaseado, afanando un poco de borde decorativo junto con la parte superior. Arrastra ese dulce dedo por mi clavícula, con una mirada tan ardiente que me desnuda. Feroz.
Contengo mi aliento, esperando.
Gimo cuando su lengua toca mi piel cubierta de glaseado, lamiendo una lenta línea a lo largo de mi clavícula.
Toma otro poco de pastel, arrastrando su dedo entre el valle de mis pechos. Mete su rostro entre ellos, lamiendo. Levanta la parte inferior de mis tetas, chupando los suaves globos sobre mi escote.
Quiero arrancarme el vestido y cubrirme con glaseado para que pase el resto de la noche con su boca sobre mi piel.
—Quítate la camiseta —digo en voz baja, mi cabeza todavía echada atrás por su asistencia, y no tengo que pedírselo dos veces; su camiseta es quitada en segundos, subida por ese musculoso y firme cuerpo.
Empujo el plato con el pastel a un lado de la mesa, fuera de mi camino.
Me desplazo hacia delante para estar frente a él, mis dedos yendo a la cinturilla de sus vaqueros, desabrochando la cremallera bajo su ombligo.
Doy un suave tirón.
Es un estudiante rápido y su culo se levanta para que pueda bajar el vaquero por sus caderas. Bajo los pantalones por sus muslos y al suelo.
—Quítate el vestido —dice en voz baja, el timbre y tono de su voz erizándome la piel. Naruto me mira con ojos caídos; están medio abiertos, llenos de lujuria. Llenos de anhelo y deseo cuando la cremallera de frío metal de mi vestido baja.
Naruto se alza sobre sus brazos, mirándome, siguiendo mis movimientos como un hombre hambriento esperando por su siguiente comida. Sigo las líneas de su cuerpo, la manera en que se posiciona sobre la mesa, empezando por sus pantorrillas, subiendo por sus piernas cuando se sienta con éstas dobladas sobre la mesa. El bulto en su bóxer, por sus definidos abdominales. Sus pectorales duros como rocas. Esos increíbles y firmes hombros.
Fosas nasales ensanchadas. Expresión seria.
Mi boca se hace agua un poco ante la vista de él sentado junto al pastel, sabiendo que inevitablemente va a terminar con él.
Meneo el vestido negro por mi caja torácica; se mueve como terciopelo sobre mi piel, tan lentamente como puedo provocar, hasta que el aire frío del comedor golpea la piel desnuda de mi estómago. Me estremezco cuando estoy ante él en nada más que mis bragas transparentes, una tanga, negra y apenas ahí.
Gateando sobre la mesa hacia él, monto a horcajadas sobre su regazo para que nos miremos, mis senos rozando su pecho. Ambos gemimos. Las gigantes manos de oso de Naruto agarran mi culo, atrayéndome mientras me inclino hacia el lado, metiendo dos dedos en el pastel.
Restriego el glaseado sobre mis tetas y arqueo mi espalda para que pueda lamerlo. Aprieta mi culo mientras chupa mis pezones hasta dejarlos limpios con su lengua plana. Saborea mi cuello. Lame mi mandíbula.
Lentamente, su boca se mueve sobre mi carne desnuda, el calor de su aliento y la textura de su lengua creando las prematuras olas de placer abajo. Hace que mis caderas roten sobre su regazo, alineando mi hendidura sobre su ropa interior, mis dientes arrastrándose por mi labio inferior debido al placer.
—¿Qué te gusta más? —pregunto—. ¿Las galletas o el pastel?
Naruto entierra su nariz en mi escote, olisqueando, sus manos extendidas por mi espalda.
—Siempre voy a elegir las galletas.
—¿Y si intento hacerte cambiar de idea?
—Puedes intentarlo.
Bajo de su regazo. Hundo mi dedo en el cremoso glaseado, lo paso por el interior de su muslo. Me inclino y lo lamo, con descaro. Extiendo más sobre la cabeza de su polla, inclinándome para chuparlo. Succiono la punta una y otra vez hasta que está gimiendo, su enorme mano apartando mi cabello del camino para poder observar.
—Joder… mierda. —Sus ojos están vidriosos y distantes, sus dientes pasando por su labio inferior—. Joder, eres sexy. Dios, no pares.
No paro, no cuando sus dedos van a mi cabello, tirando.
Me regodeo en la satisfacción… el poder. La habilidad de volverlo salvaje y hacerle rogar. Llevar a este enorme y poderoso chico a su punto más débil. Hacerlo vulnerable.
— Hinata. —Jadea—. Oh, mmiierda… nena, d-déjame… tengo que estar dentro de ti.
Nena. Dentro de ti.
Lo que quieras, estoy tentada a decir.
Si lo sabe o no, estoy completamente enamorada de este chico. Hasta el fondo, amor a primera vista, enamorada, como sea que quieras llamarlo.
Limpio glaseado de sus abdominales, lamiéndolo mientras subo por su poderoso torso.
Limpio un poco en la esquina de su boca, nuestras lenguas rodando por una probada del dulce azúcar. Permanece en una posición sentada cuando subo a su regazo, me alineo, y me hundo sobre su creciente erección.
Gemidos.
Gruñidos.
Caderas girando y laboriosas embestidas hacia arriba, estoy peligrosamente cerca de golpear mi cabeza con la lámpara encima de la mesa mientras lo monto, arriba y abajo, cabeza echada hacia atrás, su nariz enterrada en el centro de mi cuello.
Esas manos me sostienen con fuerza, agarrando mis caderas, atrayéndome hacia él, más profundo de lo que jamás ha estado. Los gemidos estrangulados de Naruto en mi cabello envían a mis ojos a la parte trasera de mi cabeza. Embriagadores.
La mesa gime bajo nuestro peso, bajo las embestidas de nuestra ruidosa y ferviente manera de hacer el amor y apasionados besos.
Mi cuerpo no es mío.
¿Mi alma?
Suya.
La expresión de Naruto es tan cruda, tan real y exquisitamente dolida cuando se corre, que casi me tiene diciendo las palabras en voz alta.
Continuará...
