Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor

Hay OOC


[23]


Pararon y comieron algo que no fue ni un almuerzo ni una cena, y continuaron su camino.

Naruto pensó que había una extraña tranquilidad entre los dos.

Extraña porque habían viajado varias horas en un silencio casi absoluto y habían comido sin hablar demasiado. Extraña porque estaban juntos, a solas, después de todo lo que había pasado entre ellos. Tendría que haber sido violento, embarazoso, pero no lo era.

Cuando volvieron a sentarse en el carruaje y este salió del patio de la posada hacia la carretera abierta otra vez, él le cogió la mano y apoyó ambas manos cerradas en el asiento que había entre ellos. Hinata no se resistió, sino que cerró los dedos alrededor de su mano.

Deseó que les quedaran quinientos kilómetros por recorrer, y no cincuenta. O cinco mil.

El duque sintió que ella lo miraba, pero no volvió la cabeza. Deseó, al igual que había deseado al principio de su viaje, haberse sentado al otro lado, ofreciéndole su perfil bueno.

—¿Cómo ocurrió? —le preguntó en voz baja.

—¿Esto? —El duque señaló su cicatriz con la mano libre—. A duras penas recuerdo lo que ocurrió. Fue en la batalla de Waterloo, claro. Yo estaba en la infantería. Habíamos formado en cuadro, y nos dedicábamos a contener una carga de la caballería. Pero para algunos de los más jóvenes —y supongo que en realidad para todos— resultaba aterrador ver que la caballería cargaba contra nosotros, que solo teníamos bayonetas y a los restantes hombres que formaban en cuadro para defendernos. Resulta una buena defensa, de hecho es casi impenetrable, pero no te hace sentirte seguro. A unos pocos les entró el pánico y se apartaron a la vez. Yo salté hacia delante para intentar animarlos y asegurarme de que no se rompía la formación, y una bayoneta me dio en la cara.

Hinata hizo una mueca.

—Ni siquiera era del enemigo —explicó él, sonriendo—. Qué ironía, ¿no?. Recuerdo el dolor agudo y la mano roja al tocarme la cara. Eso es lo último que recuerdo. En ese momento debió de darme un proyectil y me provocó las otras heridas.

—Tardó casi un año en recuperarse. Debió de sufrir mucho.

—Creo que sí. Gracias a Dios, parece que estuve delirando durante la peor parte. Aunque fue duro adaptarme al hecho de que cargaría con los efectos visibles de lo que ocurrió durante el resto de mi vida.

—¿Y a veces todavía le duelen las heridas?

—No muy a menudo. —Él volvió a sonreírle.

—Le he visto cojear.

—Cuando estoy cansado o sometido a alguna tensión. Entonces es cuando mi criado Iruka juega a hacerse el tirano y me ordena que me someta a un masaje. Tiene una lengua impertinente y unas manos mágicas.

Ella le sonrió.

—¿Por qué fue? Siendo duque, debió de resultarle muy extraño formar parte del ejército, sobre todo como oficial de infantería. ¿No tuvo una infancia feliz?

—Más bien al contrario. Fui un niño privilegiado, feliz y protegido. Ningún ser humano tiene derecho a disfrutar de una vida semejante sin pagar un poco por ello. Hubo miles de hombres luchando por nuestro país que realmente no le debían nada excepto el haber nacido en él. Y aun así, para ellos valía la pena luchar por él. Lo menos que podía hacer era luchar con ellos.

—Hábleme de su infancia.

Él sonrió.

—Es un tema muy amplio. ¿Quiere que le hable del buen chico que fui o de lo granuja que podía llegar a ser? Desgraciadamente, a veces sacaba de quicio a mi padre. Y a los lacayos. Un pobre tipo que tenía miedo de los fantasmas y los diablos se encontró dos en el salón grande, llamados Naruto y Sasuke, que vivían en la galería y hacían ruidos extraños cuando estaba de servicio por las noches.

Lo persiguieron durante tres semanas hasta que finalmente los atraparon. Todavía siento la tunda que me dieron por ello. Creo que después tuve que pasarme al menos dos horas echado en la cama boca abajo.

Ella se rio.

—Fue una niñez maravillosa —continuó él—. Éramos dioses griegos entre los templos y vikingos en el lago y cazadores de osos junto a las cascadas. Mi padre pasaba mucho tiempo con nosotros, enseñándonos a pescar, a cazar y a montar. Mi madre me enseñó a tocar el pianoforte, aunque no tengo el talento que tiene usted. Y nos enseñó a bailar. Siempre nos reíamos mucho durante aquellas clases. Solía acusarnos de tener dos pies izquierdos.

—Y sin embargo ahora baila muy bien.

—Ojalá la infancia de Sarada pudiese ser igual de feliz. Ojalá hubiese habido otros niños. Siempre quise tener familia numerosa.

Se dio cuenta de lo que había dicho cuando ella lo miró inquisitiva.

—Me dedicaré a hacerla feliz cuando vuelva a casa —comentó el duque—.Me quedaré con ella. No volveré a dejarla.

Cerró los ojos y apoyó una de las botas en el asiento de enfrente. Era la última hora de la tarde, la hora de la somnolencia.

Nunca había hablado de ese sueño en voz alta: el sueño de tener hijos propios, y también hijas, corriendo a sus anchas por Konoha Hall, y que sus gritos y sus risas volvieran a llenar de vida el lugar. No era justo que Sarada estuviera tan sola como estaba.

Hijos suyos y de Hinata. Los llevarían a montar y de picnic y en barca. Y a pescar. Enseñaría a Hinata a pescar. Y ella les enseñaría a los niños a tocar el pianoforte, y ella misma tocaría para entretenerlos algunas noches. Y juntos enseñarían a sus hijos a bailar, a bailar el vals.

Y por la noche la amaría. Dormiría con ella todas y cada una de las noches en la gran cama con dosel que había sido de su padre antes de ser suya y en la que no había vuelto a haber una mujer desde la muerte de su padre. Y la llenaría con su semilla. La vería crecer con sus hijos. Y vería nacer a esos hijos y a ella darlos a luz.

Ya había pagado por haber tenido una vida de increíbles privilegios y por haber tenido una infancia increíblemente segura. Sería feliz otra vez y para siempre. Abriría la ostra y encontraría la perla en su interior.

Abrió los ojos y se dio cuenta de dónde se encontraba cuando la cabeza de ella le tocó el hombro. Hinata respiraba profunda y regularmente. Él volvió la cabeza muy lentamente para no despertarla y apoyó su mejilla en sus suaves rizos. Y respiró su perfume. Las manos de los dos seguían fuertemente agarradas.

El duque volvió a cerrar los ojos.

Wroxford no era exactamente una ciudad, sino un pueblo grande. La oscuridad empezaba a caer cuando llegaron allí, y el cementerio era bastante extenso. Después de buscar sin éxito, el duque la tranquilizó diciéndole que era muy posible que no hubieran encontrado la lápida correcta en la penumbra. O puede que todavía no hubiera lápida. Deberían preguntar en la vicaría.

Pero la esposa del párroco les informó de que no estaba en casa, sino en el lecho de un feligrés enfermo. No conocía esa tumba.

—Ese hombre era el ayuda de cámara de Lord Otsutsuki, de Byakugan House

—explicó el duque—. Tengo entendido que su padre fue carnicero aquí.

La esposa del párroco asintió.

—Si, señor. Ahora vive en la colina. —Señaló hacia el este—. Una casa de ladrillo rojo, señor, con rosas en la fachada.

—Qué extraño —comentó Hinata cuando se apartaron, mientras la mujer del párroco esperaba educadamente en el umbral de la puerta para verlos marcharse—. Natsu estaba bastante segura de que era Wroxford, y parece ser el lugar adecuado. Su padre vive aquí. ¿Pero no lo enterraron aquí? Tengo que hablar con el padre de él. No es demasiado tarde, ¿verdad?

—Me temo que sí —contestó el duque—. Nos hospedaremos en la posada esta noche y yo visitaré al señor padre de Zetsu por la mañana. Solo, Hinata. No creo que sea recomendable que lo vaya a ver.

—Pero no puedo esperar que haga eso por mí.

—Lo haré de todas formas —dijo él, haciéndola entrar en su carruaje—. Y esta noche será la señorita Namikaze, mi hermana.

—Sí, gracias, ¿pero qué puede significar? Toneri no dejó que Gaara enterrara a Zetsu porque quería llevarlo a su pueblo. Pero este es su pueblo, y el entierro no se celebró aquí.

—Estoy seguro de que existe una explicación perfectamente comprensible.

—Su Excelencia volvió a cogerle la mano—. Mañana descubriré cuál es. ¿Tiene hambre? Y no me diga que no, señorita. Yo sí, y odio comer solo.

—Un poco —reconoció ella, y le sonrió rápidamente—. Bueno, no mucho.

¿Pero qué debe significar? ¿Que hemos recorrido todo este camino para nada?, ¿Es que acaso este asunto nunca tendrá fin?

—Mañana —insistió el duque—. Se va a pasar el resto de la noche sentada mirándome comer, y va a comer también un poco usted, y a hablarme de su infancia. Esta tarde la he entretenido antes de que los dos nos durmiéramos.

Ahora le toca a usted.

—No hay mucho que contar. Mis padres murieron cuando tenía ocho años.

No recuerdo gran cosa.

—Apuesto a que más de lo que cree. Ya hemos llegado. Espero que esta posada ofrezca mejor hospedaje que la de su pueblo. Y también mejor comida. Les dieron habitaciones pequeñas la una al lado de la otra. Ninguna de las dos era elegante, pero la posada disfrutaba de un salón privado, que el duque reservó para la noche. Había una docena de hombres en el bar público.

Hinata pensó que debería avergonzarse. Estaba sola en la oscuridad de la noche con el duque de Konoha. Iban a dormir en habitaciones contiguas en la posada de un pueblo. Se habían pasado el día juntos, solos, con las manos cogidas la mayor parte del tiempo. Y ella se había despertado un rato después, por la tarde, con la cabeza apoy ada en el hombro del duque.

La había apartado cuidadosamente, esperando que también estuviera dormido y no lo supiera. Pero él estaba mirando en silencio por la ventana. Su mano continuaba sujeta en la de él, y el duque se había vuelto para sonreírle.

Hinata le había devuelto la sonrisa un poco avergonzada, pero ni con mucho tan confundida como había esperado estar.

Pensó que era casi como si, cuando se marcharon de Byakugan House, hubiesen dejado también atrás el mundo y la vida y el decoro habituales. Casi como si existiese un acuerdo tácito entre ellos de vivir aquellos dos días como si fuesen los únicos dos días de su vida. Y en cierto sentido lo eran. Dentro de una noche habrían vuelto a Byakguan House. A la mañana siguiente él se marcharía y ella nunca volvería a verlo ni a saber de él.

Dos días parecían muy poco tiempo.

No, no tenían tiempo para que se produjera una situación violenta o incómoda entre ellos: solo quedaba el resto de la noche y el día siguiente.

Pasaron mucho rato cenando. Y ella descubrió que el duque tenía razón.

Cuando Hinata empezó a hablar de su infancia, descubrió que recordaba incidentes y sensaciones en las que no había pensado durante años.

—Supongo —acabó diciendo— que debería estar agradecida por aquellos ocho años. Muchos niños no disfrutan ni siquiera de un periodo de amor y seguridad como ese. Estoy acostumbrada a pensar que lo pasé muy mal. Me hace bien recordar.

—Hinata —empezó él—, usted lo ha pasado muy mal. Pero es una persona fuerte, una superviviente. Espero que un día encuentre una felicidad que ni siquiera haya soñado que fuera posible.

—Me conformaré con estar satisfecha —le dijo la chica, y le contó sus planes.

—Los niños serán afortunados —comentó él—. Sé que es una buena profesora y le importan los niños, Hinata. Y apostaría a que también la señorita Temari es muy querida. ¿Y el reverendo Gaara?

—¿Qué ocurre con él? —preguntó Hinata recelosa.

—Estaban a punto de casarse. Lo amaba, ¿no es así?

—Pensaba que sí. Fue amable conmigo en una época en la que no disfrutaba de mucha amabilidad por parte de los demás. Y es un hombre atractivo.

—¿Y ahora no lo ama?

—Creo que es demasiado bueno para mí. Ve una distinción clara entre el bien y el mal, y se aferra a lo que cree que es justo suceda lo que suceda. Yo veo demasiados tonos de color gris. No sería una buena esposa para un clérigo.

—¿Se lo ha vuelto a pedir?

—Sí. Le he dicho que no —la chica dudó—. Se lo he dicho todo. Excepto su nombre.

—Sí, se lo ha dicho. ¿Y no ha repetido su oferta?

—Yo ya me había negado.

—No puede amarla, Hinata. No la merece. Si yo estuviese en su lugar, lucharía el resto de mi vida para hacerle cambiar de opinión. Y la respetaría aún más por su valentía y su sinceridad.

Hinata volvió a colocar la cuchara en el plato.

—¿Un clérigo no se merece a una puta? —preguntó extrañada—. ¿Acaso vivimos en el mundo al revés?

—¿La ha llamado así?

—Sí, empleó esa palabra. —Ella apartó las manos de la cuchara y las apoyó cogidas en el regazo—. Es la pura verdad, ¿no?

—Me alegro de que esté a cincuenta kilómetros de distancia. Mis puños están deseosos de cambiarle los rasgos de la cara. —Soltó la servilleta en la mesa y se puso en pie—. Podría matar a ese estúpido mojigato.

—Tendría que haber añadido —intervino ella—, que pronunció la palabra más horrorizado y dolorido que a modo de condena.

El duque dio la vuelta a la mesa y se inclinó hacia ella, con una mano apoyada en la mesa.

—Hinata —le dijo muy serio—, no deje que esa etiqueta la hunda jamás.

Prométame que no se dejará.

—He aceptado el hecho de que hice lo único que parecía posible en aquel momento —afirmó ella, levantando la vista—. Está en el pasado. Como las cicatrices que tiene usted, siempre me acompañará, y siempre afectará a mi vida. Pero no dejaré que me destruya.

—Doblaría mis cicatrices y viviría con ellas —dijo él mirándola con ardor a los ojos—, si con ello pudiera quitarle las suyas, Hinata.

—No lo haga. —Levantó una mano y le tocó la mejilla con la cicatriz—. No lo haga, por favor. Lo que ocurrió no fue culpa suya. Nada lo fue. Y creo que todo lo que sucede en la vida sucede por algo. Nos volvemos más fuertes si no nos destruyen los problemas de la vida.

—Hinata. —El duque apoyó la mano de ella contra su mejilla—. ¿Y acaso esto también tiene un propósito? ¿Existe un propósito en que usted y yo estemos solos y en el hecho de que no debamos volver a vernos jamás a partir de mañana?

Hinata se mordió la lengua.

Naruto se enderezó y le soltó la mano.

—Voy a dar un paseo —comentó—. Venga. Primero la acompañaré a su habitación. Ha sido un día muy largo y han ocurrido muchas cosas. Mañana descubriremos lo que ha venido a ver, se lo prometo.

Ella subió antes que él las escaleras y dio la vuelta a la llave en la cerradura.

El duque estaba a una cierta distancia cuando Hinata levantó la vista.

—Buenas noches, Hinata.

—Buenas noches, Su Excelencia.

—Naruto. Dígalo, quiero oírle decirlo.

—Naruto —susurró—. Buenas noches, Naruto.

Y se marchó, y oyó como sus botas retumbaban al bajar las escaleras incluso antes de que cerrara la puerta tras de sí.

A la mañana siguiente, Naruto salió de la casa roja en la colina sumido en sus pensamientos. ¿Tan obsesionado había estado Otsutsuki con ella? Debía de haberlo estado, si había hecho tantos esfuerzos para conseguirla.

Pero había disfrutado protegiéndola, pese a que sabía que a ella ni le gustaba ni lo respetaba y que nunca podría amarlo. En el mundo había algunos hombres extraños, y había algo que no era nada normal en Otsutsuki.

A no ser que hubiera malinterpretado completamente lo sucedido. ¿Pero qué otra explicación podría haber?

Hinata estaba en su salón privado de la posada, donde el duque la había dejado después de desayunar. Pese a que le había costado un poco, había logrado convencerla para que lo dejara ir solo a la casa del padre de Zetsu.

—¿Y bien? —Ella dejó de moverse cuando Naruto abrió la puerta, y lo miró tensa.

—Parece que el entierro se celebró en Taunton —explicó él—. Está a unos treinta kilómetros de aquí, a unos sesenta y tantos de Byakugan House. El señor padre de Zetsu ha estado allí y ha visto la tumba. Ahora hay una lápida.

Hinata lo miró fijamente.

—¿En Taunton? —preguntó—. ¿Pero por qué?

—Parece que mataron a Zetsu cerca de allí, cuando Otsutsuki y él volvían de Londres. Otsutsuki lo enterró antes de venir aquí a contárselo a la familia.

Hinata continuó mirándolo fijamente.

—No lo entiendo. Pero si murió en Byakugan House…

—Claro.

—El único motivo por el que no lo enterraron allí fue que su familia estaba aquí.—Sí.

La chica frunció el ceño.

—Iremos a Taunton a acabar con este asunto —propuso el duque—. ¿Está lista para marcharse?

Ella siguió mirándolo ceñuda. Aún no se había percatado de la verdad, o de lo que evidentemente debía serlo. Y quizá fuera mejor así. Puede que, después de todo, no fuera la verdad. El duque no le transmitió sus sospechas.

—Sí —respondió ella.

Quince minutos más tarde ya estaban en camino.

—Esto no tiene sentido —murmuró la chica—. Taunton no está ni siquiera en ruta directa hacia Wroxford.

A Naruto le pareció que Hinata le tendía la mano sin darse cuenta siquiera de lo que estaba haciendo. Él se la cogió y la apoyó en su muslo.

—Relájese y disfrute del viaje —le sugirió él—. Haremos preguntas cuando lleguemos al final de todo esto.

—Hoy no llegaremos a casa —comentó ella—. Su viaje se retrasará otro día.

—Sí —reconoció el duque, y se llevó la mano de la chica a los labios antes de volver a ponerla sobre su muslo. Miró a Hinata a los ojos.

—Lo siento —dijo ella.

—Yo no.

Hinata se mordió el labio inferior.

—¿Y de qué hablamos hoy ? —preguntó él—. ¿De la escuela? Hábleme de la suya. No fue una experiencia feliz, ¿verdad?

—Bueno, en algunos aspectos. Aprendí a amar los libros y a amar la música aún más que antes. Aprendí a vivir con mi imaginación. Puede añadir una dimensión maravillosa a la vida.

—Sí —asintió el duque—. Puede hacer que una vida gris parezca alegre, ¿verdad?. Se sonrieron antes de que ella continuara hablando.

Taunton era un pueblo muy pequeño. Allí no había nada más aparte de la iglesia y unas pocas casas, una tienda y una taberna pequeña. Su Excelencia había elegido una posada con posta decente en una carretera principal unos pocos kilómetros antes. Le había dicho que pasarían la noche allí, pero Hinata no le hizo mucho caso. Estaban cerca, y ella estaba inclinada hacia delante en el asiento. El corazón le latía con fuerza. Y aquella vez no tuvo pérdida. Allí estaba, y era una tumba nueva, grande que proclamaba su leyenda para que todos la vieran.

Dios. Ay, Dios mío. Hinata se quedó de pie junto a la tumba, y ella misma también se volvió de piedra. Lo había matado. Tenía treinta y un años. Había sido el hijo querido de alguien.

Ambos debían de haberse sentido orgullosos cuando se convirtió en ayuda de cámara de Lord Otsutsuki de Byakugan House. Debieron de alardear de él ante sus amigos. Y ahora estaba muerto y frío bajo tierra.

Ella lo había matado.

—Ay, Dios mío —se lamentó ella, y cayó apoyando una rodilla en el suelo junto a la tumba y tocó la lápida fría.

—Hinata. —Sintió una mano delicada que le tocó el hombro—. Me voy un momento a la vicaría. Ahora vuelvo.

Pero ella no lo oyó. Zetsu yacía en la tierra que quedaba bajo sus pies.

Aquel hombre grande, fuerte y atractivo estaba muerto. Y ella lo había matado.

No sabía cuánto rato llevaba arrodillada allí, hasta que dos manos fuertes la agarraron por los brazos y la ayudaron a ponerse de pie.

—La llevaré otra vez a la posada —dijo él—. Puede descansar allí.

Y volvieron a encontrarse otra vez en el carruaje, sin que ella recordara que hubiera caminado hasta allí.

—No sabía que sería así —comentó—. Al principio no pensé mucho en él.

Estaba demasiado preocupada por mí misma. Ni siquiera tuve muchas pesadillas.

Y luego pensé que quizás se merecía lo que ocurrió, aunque yo lo lamentaba. Y esta última semana me he dado cuenta de que debía venir aquí, que debía ver su última morada. Pero no sabía que sería así. —Hinata se cubrió la cara con las manos.

—Pronto podrá descansar —la tranquilizó el duque, rodeándola con los brazos. Con una mano había soltado las cuerdas de su sombrero y lo había dejado a un lado. La cabeza de la chica estaba apoyada contra su hombro, y él le acariciaba el cabello, murmurándole.

—No quería que muriera —gimió ella—. No pretendía matarlo.

El duque había conseguido dos habitaciones en la posada con posta, más grandes y mejor acondicionadas que las que habían ocupado la noche anterior.

Había un salón privado entre ellas.

—Quiero que descanse una hora —le sugirió él, llevándola a una de las habitaciones, cogiéndola de los brazos y sentándola en la cama—. Cenaremos tarde. Quiero que duerma.

Hinata obedeció a la presión de sus manos y se recostó sobre las almohadas. Él le quitó los zapatos. La chica estaba como atontada, no había vuelto del todo a la realidad.

—Puede que quiera quitarse el vestido cuando me haya marchado —propuso el duque.

—Sí.

—Tengo que hacer unas visitas —dijo él—. Ahora vuelvo.

—Sí —asintió ella. No se le ocurrió preguntarse a quién iba a visitar en una parte del país que apenas conocía, sino que cerró los ojos, y sintió que los labios de él rozaban los suyos antes de salir de la habitación.

Pensó que debía de haberse quedado dormida. Le pareció que se había quedado inconsciente mucho rato, aunque vio que seguía llevando el vestido y él estaba de pie delante de ella al igual que cuando había cerrado los ojos. Y había una vela encendida en la habitación, y oscuridad fuera de las ventanas.

—Pensaba que me habría dado por perdido hace mucho rato —comentó él —. Pensaba que ya habría comido y ya habría mandado retirar mi cena fría. ¿Se ha pasado todo este rato durmiendo?

Ella lo miró, aturdida. El lado derecho de la boca del duque formaba una sonrisa. Y sus ojos azules brillaban al mirarla. Hinata pensó que estaba echada en la cama de una posada con el duque de Konoha mirándola.

—Tengo buenas noticias para usted —anunció él—. Será mejor que no se levante hasta que sepa de qué se trata. Ni que se incorpore, en realidad.

—¿Buenas noticias?

—No ha matado a nadie. Ni deliberadamente ni por accidente ni de ninguna otra manera. No mató a Zetsu. El hombre sigue vivo en alguna parte, sin duda con un montón de dinero de Otsutsuki en los bolsillos.

Hinata levantó la vista hacia él, hacia el extraño sueño que se le acababa de presentar mientras dormía.

—Lo único que hay enterrado en el cementerio es un ataúd lleno de piedras —explicó él—. Parece que nuestro hombre solo perdió el conocimiento en la chimenea. Es libre, querida… libre de la soga y de su conciencia.

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Continuará...