Disclaimer: Los personajes son de Gosho Aoyama.


Capítulo 21: El lugar de paz

A la mañana siguiente salieron de Osaka en un coche que habían alquilado a primera hora de la mañana. Decidieron que lo mejor era ir por su cuenta y no depender de horarios de trenes.

Paraban en diferentes pueblos y ciudades donde había museos, por muy pequeños que fuesen. Y cuando caía la noche, alquilaban las habitaciones para descansar.

El cruce de palabras entre ellos era el mínimo desde que salieron de Osaka. Sólo hablaban lo necesario, y eso estaba desquiciando a la mujer. Cualquier cosa que decía, él sólo pronunciaba monosílabos o hacía gestos con la cabeza. ¡Que quien debía de estar molesta era ella, por el amor de Dios!

Estaba mirando el GPS cuando le indicó una bifurcación al mago que iba conduciendo. – En ese pueblo no hay nada.

Vaya, por fin algo más que monosílabos. - ¿Cómo lo sabes?

- Porque he estado viviendo los últimos años ahí.

Se quedó mirando al GPS. Era cierto, era el pueblo del que le había hablado. Así que ese era el lugar donde vivió como Arsene Fumiwara. – Deberíamos pasarnos igualmente. – El hombre la miró de reojo. - ¿No quieres ver a tus conocidos? ¿A la pareja que te acogió?

Se removió en su asiento, pero sin apartar la vista de la carretera. – No podemos permitirnos perder el tiempo.

- Sólo será un momento. Además, vamos adelantados en nuestra ruta.

- Con lo que le pisas al acelerador, no me extraña. – Murmuró, pero ella le escuchó perfectamente.

- Perdone usted, pero no soy la única que le pisa. Compara la velocidad del coche ahora mismo y el límite de la carretera.

- Pero yo no he tenido que usar influencias policiales para escaquearme de una multa.

- No, a ti te bastaría la sonrisa de Don Juan que llevas. – Giró la cabeza para mirar por la ventanilla. Se sentía mejor ahora que habían hablado más que los días anteriores. Aunque hubiese sido tonterías, como antaño. Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

Tras casi una hora de sólo naturaleza y curvas, llegaron a un pequeño pueblo de casas desperdigadas. La inspectora apenas podía ver medios de transporte. Las gentes que había en las calles hablaban los unos con los otros con amabilidad.

Se detuvieron frente a una casa tradicional del campo con tejado a dos aguas de madera y un terreno a su alrededor enorme. – Aquí estamos. – Suspiró el hombre mientras paraba el motor.

Salieron del coche y Aoko pudo ver en la puerta el apellido Fumiwara. Así que aquí fue donde vivió los últimos años. No se podía quejar. – A lo mejor tuvimos que avisar antes de venir. – Dijo algo dubitativa al ver que no había movimiento en la casa. No sabía el porqué, pero se sentía nerviosa. Algo estúpido. ¿Por qué iba a estar nerviosa? ¿Por conocer a los que fueron como unos padres para Kaito? ¿Y si no les caía bien? Se sorprendió al tener esa línea de pensamiento.

- Lo más seguro es que estén en el granero con los animales. – Se quedó callado unos segundos antes de volver a hablar. – Tengo que pedirte un favor. – Le miró y vio seriedad en sus ojos. – Como te comenté, Machiko y Basho no saben que he recuperado la memoria, y me gustaría que siguiese así.

- No quieres preocuparlos. – El hombre asintió. – Muy bien. – La miró extrañado. - ¿Qué?

- No pensé que fueses a aceptar tan rápido.

Se encogió de hombros. – Fui yo quien, más o menos, insistió en venir aquí. – Miró a su alrededor. – Es un sitio precioso. Dentro de lo que cabe, tuviste suerte en terminar aquí.

El hombre iba a hablar, pero una voz de mujer le interrumpió. - ¿Arsi? – La pareja miró hacia la recién llegada, en los cincuenta ya entrados, con cabellos canosos desperdigados de su larga melena atada en ese momento en un moño alto para estar más cómoda en los quehaceres del campo. Una sonrisa de felicidad asomaba en los labios. - ¡Cariño! ¡Es Arsi!

- ¿Arsi? – Una risita burlona no pudo evitar salir de los labios de la policía mientras repetía el diminutivo con el que le habían llamado en un susurro que sólo su acompañante escuchase.

El hombre gruñó. – Sin comentarios. – La mujer se abalanzó a sus brazos.

- ¿Por qué no avisaste que venías? ¡Hubiera preparado algo! ¿Y con compañía? ¿Es una amiga? – Se acercó a ella con una energía que sorprendió a la ojiazul. – Eres un desconsiderado. – Dijo con morritos. – Debiste de avisar que venías con una compañía tan guapa. ¡La casa está hecha un desastre! ¿Qué impresión daremos?

- No lo planeamos. Sólo pasábamos por aquí…

- El escritor famoso se va a la gran ciudad y se olvida de su familia pueblerina…

- No es eso…

- Lo siento, señora Fumiwara. – No supo que fuerza sobrehumana la lanzó a hablar. – Le he tenido muy ocupado. Arsene está ayudando a la policía de Tokyo en casos de robos y le he estado quitando mucho tiempo.

- No, no. No te disculpes por el desconsiderado este. Y no decirme que tienes novia… ¿Sabes cuánto tiempo llevo esperando a que traigas oficialmente a una chica y no enterarme de tus ligues de una noche por las revistas del corazón?

- Ella no…

- Benditos los ojos que te ven. – Un hombre de la misma quinta que su esposa llegaba secándose las manos con un paño. Le dio unos golpes en la espalda en cuanto llegó junto al más joven. – Bienvenidos. – Su sonrisa amable calmaba a cualquiera que estuviese cerca. - ¿No nos vas a presentar?

- ¡Cierto! ¡Qué desconsiderada soy! – Exclamó la mayor. – Yo soy Machiko, y él es mi esposo Basho.

- Aoko Nakamori. Encantada. – Hizo una pequeña inclinación.

La mujer se la quedó observando con una pequeña sorpresa en los ojos, para después lucir de nuevo una sonrisa más grande si podía. – Pero bueno, no nos quedemos aquí como pasmarotes, entrad. Lamento el desorden.

Miró de soslayo a su marido mientras se acercaba a la entrada de la puerta, él parecía que también se había dado cuenta. - ¿Lo tienes todo, querida?

- Déjame pensar… Haré una lista de lo que necesito. Arsi puede ir con Aoko a por los ingredientes, así le enseña el pueblo.

- ¡Esperen! ¡Un momento! No hemos venido a quedarnos. Tenemos que regresar a nuestro camino. – Reclamó el escritor.

- Tonterías. De aquí a la próxima ciudad os llevará horas. – Replicó Basho con pasividad.

- No quería molestar… - Se disculpó Aoko mirando a la pareja.

- No molestas en absoluto, querida. Cenaréis y pasaréis aquí la noche. Prepararé la habitación de invitados, a no ser que queráis dormir juntos. – La cara de los más jóvenes era un poema. - ¿Qué? Ya tenéis edad.

- Por favor Machiko. – Le suplicó Kaito con la mano en la cara, no sabía cómo podía esa mujer avergonzarle de esa manera. – La habitación de invitados está bien.

Se encogió de hombros. – Está bien. ¡Basho! ¡Hay mucho que hacer! – Terminó diciendo mientras entraba en la casa, con su marido siguiéndola y dejando a los más jóvenes fuera.

Pasados unos minutos de no saber cómo habían terminado en eso, Kaito suspiró derrotado. – Deberíamos entrar, antes de que Machiko vuelva a por nosotros y nos haga entrar con un tirón de orejas.

Dio gracias que la vergüenza por las palabras de la mujer se había difuminado. – Lo que digas, "Arsi". – Dijo con retintín.

- Ya te vale. – La miró de reojo antes de entrar a la casa, ella siguiéndole los talones con una sonrisita divertida.

Muchas personas paraban al mago mientras hacían las compras que les había encargado Machiko. Le saludaban y les preguntaba cómo era la vida en la gran ciudad. Aoko no era más que una mera espectadora silenciosa de la vida pueblerina. Y cuando alguien se dignaba a notar su presencia, sólo era presentada como la inspectora. No sabía cómo sentirse ante eso.

Estaba atardeciendo cuando llegaron a la casa de los Fumiwara, dejando las compras en la cocina. La pareja de mayores insistieron que ellos eran los invitados y que no hiciesen nada, así que fueron a la sala a esperar.

- ¿Y bien?

Ella le miró sin comprender a qué venía la pregunta. - ¿Y bien qué?

- Fuiste tú quien se empecinó en venir. ¿Es como te lo imaginabas?

- Es un pueblo muy bonito, pintoresco y agradable. No me extraña que apenas salgan de aquí. ¿Cuán grandes son los terrenos de la familia?

- Muy grande. Se podría decir que es la familia con más propiedades.

- Ahora entiendo a los padres presentándote a sus hijas toda la tarde… - Susurró sin querer que él lo escuchase. No quería parecer una celosa, aunque lo fuese.

Kaito se levantó y se quedó parado junto a ella, extendiéndole la mano. – Quiero mostrarte un lugar.

Dudó. – Irnos así de repente… Los Fumiwara…

- ¡Machiko! Vamos a salir.- Gritó sin titubear hacia la cocina.

- ¡Tengan cuidado! – Frase típica de cualquier madre, aunque los niños ya fuesen unos adultos. – En unas horas estará la cena. – Terminó gritando desde la cocina.

Observó de nuevo al mago y le tomó la mano, levantándose y siendo arrastrada fuera de la casa. Pero sin que en ningún momento el contacto entre ellos desapareciera.

Se dirigieron hacia una arboleda frondosa no muy lejos de la casa. - ¿A dónde vamos?

- Ahora verás.

La mujer comenzó a escuchar el sonido de agua corriendo y terminaron en un pequeño claro con un río y una cascada, viendo cómo el sol se escondía tras el horizonte. Se quedó sin palabras durante unos segundos. – Es hermoso. – Susurró.

No se había dado cuenta de que él ya no la sujetaba. Le vio acercarse a un lugar en que el río creaba un pequeño estanque. – Muchas veces vine aquí a pensar. Sobre todo cuando quería estar sólo. Intentando recordar lo que este río me arrebató.

Ella le miró con entendimiento. – Aquí es…

- ¿Dónde me encontraron? – Se agachó y tocó la orilla. Asintió, no hacían falta las palabras.

Aoko se acercó y se agachó junto a él, observando la fuerza del agua y escuchando el ruido de la cascada, a pocos metros de ellos. – Pudiste haber caído.

- Hubo veces en que lo deseé. – Le miró con sorpresa y miedo. - ¿Por qué el destino era tan cruel que me dejó vivir pero sin saber quién era? No me malinterpretes… - Se apresuró a decir. – Nunca se me ocurrió terminar lo que el río me hubiese deparado si no hubiera parado aquí. – Aclaró. – Si el destino quería que sufriese estos dolores, lo haría. – Sonrió irónico y se sentó en las piedras. – Tuve un fin de adolescencia un poco rebelde y oscura, como podrás ver.

- Bueno… - Se sentó junto a él. – No es que la mía fuese un camino de rosas.

- Este lugar era donde podía ser sincero conmigo mismo. En el pueblo debía aparentar, aunque no fuese muy enérgico tampoco. – Se quedó en silencio unos minutos. - ¿En qué piensas?

Sus ojos se clavaron el uno en el otro. No supo cómo interpretarlo. – En nada.

Su mirada azul no se separó de la de ella. – Sé que esa cabecita tozuda tuya está repleta de pensamientos, pero te niegas a decirlo. Me pediste sinceridad y no más secretos. Y sé que soy un egoísta y no tengo derecho a pedírtelo, pero necesito que seas sincera conmigo y no te guardes nada. Así nació la "mujer de hielo", y no quiero que vuelva. Me gusta esta Aoko, aunque no sea del todo la de mis recuerdos.

Maldita sea. Quería hacerla llorar, otra vez. El muy desgraciado tenía razón, pero no podía hacer lo que le pedía. Era imposible. – No puedo ser sincera contigo, porque no lo soy conmigo misma. Hay… - Tragó saliva. – Muchas cosas contradictorias en mi cabeza, y no sé cuál es real y cuál no. Ni siquiera sé… - Se le fue la voz. – Si seré capaz de hacer lo que debo cuando llegue el momento. – Se quedó en silencio. – No… - Le volvió a mirar. – Ni siquiera sé qué es lo que debo hacer.

Los dedos del hombre recorrieron gentilmente los surcos de lágrimas que se habían formado sin que se percatase. – El primer paso, es hablarlo con alguien en quien confíes. Esa persona te ayudará a poner tus ideas en orden, y tomarás la decisión correcta.

Llevó sus manos a los brazos de él. - ¿Sabes en lo que estoy pensando ahora?

- Ojalá pudiese saberlo. Lamentablemente, soy otra clase de mago. – Sonrió para intentar quitarle hierro al asunto.

- Que si no hubieras sido Kid, el accidente nunca hubiese ocurrido.

El rostro del hombre se ensombreció junto con los últimos haces de luz del día. – Sí… - Se separó de ella y se levantó. – Tienes razón. Lamento todos los problemas que te he causado. – Aoko iba a hablar, pero él la interrumpió. – Es tarde. Machiko se pondrá de los nervios si dejamos enfriar la cena.

Vio que él hizo un gesto de ayudarla a levantar, pero se contuvo y no la intentó tocar. Como el resto de la noche hasta que se fueron a sus cuartos. Se encontraba acostada en el cuarto de invitados, al otro lado del pasillo del cuarto donde se encontraba el hombre que le quitaba el sueño.

No pudo parar de dar vueltas en la cama, recordando las sonrisas falsas que le daba el hombre a los que consideraba una segunda familia. Y tampoco pudo quitarse de la cabeza la conversación en privado que tuvo con Machiko.

"- ¿Ha pasado algo entre ustedes? – Preguntó mientras le entregaba un plato a la agente para que lo secase.

- ¿Qué quiere decir? – Rehuyó la mirada.

- Desde que volvisteis del paseo, Arsene procura no estar cerca de ti, no como cuando llegaron, que no podía separarse de tu lado.

Se quedó en silencio. – Nosotros…

- Lo siento. – La miró sorprendida. – No es asunto mío. Arsi siempre ha sido un chico muy reservado. No sabemos si era así antes del accidente o empezó después. Te lo contó, ¿no? – Aoko asintió. – Arsene no es mi hijo biológico. Después de muchos años intentándolo, nunca pude quedarme embarazada. Y el río nos regaló a un chico para cuidar. Siento que es el hijo que nunca pude tener, por eso me preocupo por él. – Se quedaron en silencio. - ¿Sabes? Tuvo muchas malas noches, y en todas ellas sólo pronunciaba un nombre. "Aoko". – La inspectora la miró mientras la mayor seguía trabajando. – Después de eso, aprendimos que para calmar sus pesadillas, sólo teníamos que pronunciar ese nombre. Seguramente hubo una Aoko en su pasado olvidado que le ayudaba a calmarse. No sé quién es ella ni dónde estará. Y lamento poner este peso sobre tus hombros, pero, ¿podrías cuidar de mi pequeño?"

Salió del cuarto y caminaba a oscuras por la casa, dirigiéndose hacia la puerta cerrada. El muy maldito se había encerrado sin despedirse siquiera. Iba a tener que cruzar un par de palabras con él, aunque fuesen las dos de la mañana.

Cogió y soltó aire varias veces para infundirse valor antes de abrir la puerta que la separaba de él, entrando y cerrando al instante tras ella. Nada más entrar, ya no le parecía tan buena idea entrar en el dormitorio del hombre a oscuras y a escondidas.

Pero al avanzar por el cuarto pudo ver, gracias a la claridad que entraba por la ventana, que algo no iba bien. El hombre no paraba de moverse, como si estuviese desesperado por escapar de algo invisible para ella, pero muy real para él. Sudaba y entretanto gemía como si un dolor desquiciante le atenazase.

No soportaba verle así. Tan débil y desamparado. Sólo. Terminó de acercarse e intentó calmarlo. – Shh… Kaito… - Susurró tranquilizadoramente. – Estás bien, estás a salvo. Tranquilo. – Le tocó el brazo con suavidad y sus ojos se abrieron de golpe, quedándose sentado sobre la cama con tal rapidez que la inspectora dio un respingo.

Sin esperar, Aoko se sentó a su lado y lo abrazó pasando los brazos por su cuello. – Tranq uilo, soy yo, soy Aoko. – Terminó diciendo mientras apoyaba la cabeza en su hombro.

La agitada respiración del hombre era lo único que se podía escuchar en la habitación. Los minutos pasaban, y la respiración se calmaba poco a poco. Llevó una mano al brazo que pasaba por su pecho, agradeciendo el apoyo en silencio. - ¿Qué haces aquí?

- Necesitaba hablar contigo, pero no esperaba que estuvieses corriendo la maratón. – Se burló para quitarle hierro al asunto.

Él también soltó una risita. – Uno tiene que estar en forma.

Aoko vio que la mano que no la sujetaba iba hacia su herida. - ¿Te encuentras bien?

Asintió. – Nada que un poco de descanso no ayude.

- Entonces te dejo para que descanses. – Le soltó y se iba a levantar de la cama, pero él la sujetó de la mano y no terminó de hacerlo, haciéndola girar para verlo.

- ¿De qué querías hablar? – Sus ojos la miraban como si quisiesen ver en su interior.

Negó despreocupada. – De nada que no pueda esperar hasta mañana.

El agarre se intensificó un poco, siendo incluso agradable para ella. – No es algo que pueda esperar hasta mañana si estás aquí ahora. Además, ya no conseguiré dormir hasta que me lo digas.

- Eres un tozudo cotilla, Bakaito. – Suspiró llevándose la mano libre a la frente.

- ¿Cómo dices? A ver quién ha entrado como un ladrón a un cuarto ajeno sin permiso, Ahoko.

- Bueno, creo que en estos momentos estamos a mano, ladrón de pacotilla.

Los dos se quedaron mirando durante unos momentos para luego saltar a reír. Habían terminado discutiendo como cuando eran más jóvenes.

Aoko se acomodó en la cama cuando pararon de reír y se apoyó en el cabezal. – Lo cierto es… - Comenzó. – Que no podía dormir. Tengo mucho en lo que pensar. Muchas cosas que decir, y quiero empezar a soltarlas.

El ladrón se quedó en la misma posición que ella, mirando a la nada. - ¿Estás segura de que quieres hablarlo conmigo? Puede que no sea la persona más indicada.

- Bueno, sólo si me respondes a esta pregunta, sabré si lo eres. – Le miró a través de la oscuridad, y él le devolvió la mirada. - ¿Me considerabas una amiga en el pasado?

- Mi mejor amiga. – Se apresuró a decir sin esperar ni un segundo. – Por eso estaba aterrado de perderte si te contaba mi secreto. – Terminó en un susurro.

- Ya profundizaremos en eso más tarde. – No quería ahondar en las mentiras del pasado. – Porque a pesar de todo lo que ha pasado, aún siento que puedo confiar en mi mejor amigo. Soy una estúpida, ¿no crees?

- No lo eres. Eres una mujer con un gran corazón. Y yo el idiota que te ha metido en este lío.

- Eso no te lo voy a negar. Lo de que eres un idiota. – Kaito apartó la vista. – Pero porque no me dejaste terminar lo que te iba a decir en la orilla del río. – Había captado toda la atención del mago, y comenzó a ponerse nerviosa. – Desde el primer momento en que te conocí… - Se humedeció los labios. – Bajo la torre del reloj, regalándome esa rosa azul para que dejase de llorar… Supe que ibas a ser mi mejor amigo. Eras como un ancla para mí. Siempre que estaba triste, me hacías reír, o enfadar y después reír. – Sonrió recordando sus peleas. – Cuando desapareciste… Mi mundo se derrumbó. – Su sonrisa se volvió triste. Se encogió sobre sí misma, llevándose las piernas hacia el pecho y abrazándolas. – No hace falta que te cuente los detalles, ya lo sabes todo. – Aclaró. – Ahora estás aquí, estamos en peligro de muerte, sí. Pero… Si salimos de esta… No sé si podré perderte de nuevo. – Susurró con una tristeza palpable.

El silencio reinó entre ellos, sabiendo lo que significaban sus palabras. En otras circunstancias, le hubieran alegrado, pero siempre las circunstancias que les rodeaban tenían que mantenerlos separados. - ¿Sabes por qué convencí a Ichimaru para ser tu compañero? – Ella le miró y negó con la cabeza, dejando apoyada la cabeza en sus rodillas. – Me quise convencer a mí mismo que era para protegerte, tanto de otros como de ti misma. Pero la verdad es… Que podría haberlo hecho desde la distancia, sin acercarme demasiado. – Tragó saliva para humedecer su garganta. – Lo cierto es… Que no podía estar alejado de ti. Quería conocer a la Aoko que no se parecía a mi amiga, y ver si podía hacerla volver. Algo pretencioso de mi parte, cabe añadir…

Ella no podía apartar la mirada de él. - ¿Crees que nuestra vida hubiera sido diferente si no hubiera ocurrido el accidente?

- Llevo mucho tiempo pensando en ello, y quiero pensar que sí. Si no hubiera decidido seguir los pasos de mi padre, hubiera llevado una vida normal y tú no me odiarías.

Aoko levantó la cabeza de sus rodillas y dejó de abrazarse las piernas, apoyándose sobre el colchón hacia el mago. – No te odio, Kaito. Sí, estuve furiosa contigo cuando me enteré de todo. ¿Estabas vivo y encima eras Kid? Era mucho que procesar.

- ¿Y ya no estás enfadada? – Se dio cuenta de ese matiz en pasado.

Ella dudó. – No lo sé. No sé lo que siento. Pero sé que no te odio. ¿Cómo podría? Todo lo que has hecho ha sido por el bien de todos. Eres tú el hombre de gran corazón.

- No. No lo soy. – Negó con fervor. – Ese hombre no pensaría en cada segundo del día en llevarte conmigo lejos, donde ellos no pudiesen encontrarnos.

- Ahí está la diferencia, lo piensas, pero no puedes hacerlo. No puedes arriesgarte a que encuentren a Pandora y condenar cientos, miles, de personas.

- ¿Y qué pasa si la encontramos y ellos nos obligan a entregarla?

- No la entregaremos. – Dijo con convicción.

- Eso no lo sabes. Pueden hacer algo para que no tengamos otra opción. Ellos saben dónde apretar para que no tengamos otra opción. Saben dónde presionarme a mí…

Aoko sabía a lo que se refería el hombre. Sólo tenía que rememorar la noche en la azotea. La noche en que todo su mundo cambió, otra vez. – Escúchame. – Se reincorporó y se puso delante del hombre, sus rodillas a los lados de las piernas de él. Le agarró de la camisa y le miró con una determinación aplastante. – Me matarán les entreguemos la piedra o no. Debemos confiar en que entre nosotros, Saguru y Akako encontremos una solución una vez encontremos a Pandora. No podemos rendirnos. – Sus ojos se encontraron y no se pudieron separar. – Prométeme que no les entregarás la piedra, pase lo que me pase.

Kaito vio la matización escondida en las palabras de la mujer y se le secó la boca. – No me pidas eso. No puedo…

- Sí puedes. – Le atajó. – Mi seguridad no importa, sólo la destrucción de la piedra y de su organización. Nada más.

Las manos de él fueron a su espalda y la terminó de atraer hacia él, cerrando los ojos. No pudo evitarlo. Aoko en un principio se sorprendió, pero se dejó abrazar por él, relajándose aún más cuando escuchó sus palabras en un susurro. – Lo prometo.

Sus cabezas se apoyaban en los hombros del otro, reconfortándose sólo con la cercanía del otro.

- Mi oferta de irnos lejos sigue en pie. – Dijo el mago después de unos agradables minutos.

Ella rió. – Es muy tentadora tu oferta. – Se reincorporó y le miró. – Pero no podemos. Nuestra moral no lo permite.

Quería mandar a la moral a tomar viento fresco, pero sabía que, como siempre, ella tenía razón. – Sí. Cierto. Gracias.

- ¿Por qué?

Elevó una mano y le colocó un fleco detrás del oído, acariciando su mejilla en el proceso y causándole un cosquilleo agradable. – Por ser la voz de la razón. Por volver a ser como eras. Por no odiarme.

- He vuelto a ser como antes gracias a ti. Así que yo también te tengo que dar las gracias.

- Aunque tengo que reconocer, que no eres del todo como antes. – Ella le miró sin entender, y una sonrisa ladina asomó en sus labios. – La Aoko de antes no se hubiera atrevido a entrar en la habitación de un hombre con ese pijama tan ligero y sentado en su cama, y menos puesto encima de él.

Sus mejillas se tiñeron de un ligero rosado, pero todo lo contrario a lo que él esperaba, se quedó dónde estaba y sonrió. – He madurado. Y ya no soy tan inocente como antes. Además… Te lo debía por aquella noche que entraste en mi cuarto y me inmovilizaste sobre mi cama. Y aquella otra me besaste sin previo aviso.

- Fue puro instinto.

- ¿El entrar en mi casa o el besarme?

- Las dos cosas.

Se le quedó mirando y decidió hacer una pregunta que le rondaba desde hacía tiempo. – ¿Y por qué te contuviste la noche del bar?

- Porque sentí que no era lo correcto.

Arqueó una ceja. – ¿Por el alcohol?

Negó. – Por las mentiras.

Ella lo entendió. Y consiguió entender más al hombre. El peso que tenía, y tiene, sobre los hombros es demasiado grande. Las mentiras que tuvo que decir, las cosas que tuvo que esconder, para proteger a los de su alrededor. Le admiraba por ello. Y quería compartir su carga. Quería ayudarle, no sólo por venganza, sino para que él pudiese liberarse de esa carga. - ¿Y qué te detiene ahora?

Sus ojos comenzaron a destellar, sin apartarlos. - ¿Y a tí?

Touche. Llevaba preguntándose por qué él no había intentado besarla de nuevo todo ese tiempo, por qué se mantenía cerca pero alejado, sin embargo, nunca se preguntó por qué ella no lo había hecho. ¿Qué le impedía besarle?

"Nada." Y con ese pensamiento, salvó los centímetros que les separaban y le besó.

Sabía que no era la primera vez que le besaba, pero lo sentía totalmente diferente. Cuando Kid la había besado de sorpresa, había sentido un pequeño cosquilleo en los labios que no quería reconocer, pero estaba deseando que volviese a hacerlo. Ahora que besaba a su yo real, no a su alter ego, se daba cuenta de lo estúpida que había sido por no reconocer lo que sentía. Sentir los labios de Kaito moviéndose sobre los de ella, sin impedimentos, sin que su vida corriese riesgo si no lo hacía, era lo mejor que le podía pasar en la vida.

Sentir sus manos en las caderas hacía que su cuerpo temblase. Se sujetaba a los hombros de él, temiendo perder el control que quería mantener.

Después de varios minutos tuvieron que separarse por falta de aire. Sus manos no se movieron, y sus frentes se apoyaron la una contra la otra. Mantenían los ojos cerrados mientras retomaban aire, disfrutando de la cercanía y el tacto del otro mientras unos finos rayos de la mañana los empezaban a iluminar.

CONTINUARÁ