Estrenando computadora nueva, espero les guste esta pequeña historia cuyo autor original es "Nightcrawler" del canal de Youtube "MundoCreepy", por favor, visiten la versión narrada en el canal de "Herr Dunkelheit" tras leer esta adaptación.
Multiverso.
One-shot: La radio del abuelo.
Au: Undertale Clásico.
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Fshhhhhh~
El sonido del agua saliendo de la manguera y cayendo en el pasto se perdía en la calle del pequeño vecindario, Francisca Murakawa Lone mantenía sus orbes rosados fijos en el pequeño chorro, su lengua moviéndose de arriba a abajo con el tarareo de una pequeña melodía que mataba el aburrimiento, su mano libre guardaba el celular en un bolsillo de su pantalón, había dejado de hablar con su padre hace unos segundos.
Nunca le había gustado la casa del abuelo Moisés, pese a que siempre fue un hombre cariñoso con ella y sus hermanos, había algo en esa choza que no la dejaba tranquila.
Pero ni siquiera esos sentimientos pudieron derrotar al amor por su familia, cuando su padre le pidió que fuese una vez al día a regar sus plantas y alimentar a sus pecesitos, no se pudo negar en absoluto.
Viendo con los rayos del atardecer que su trabajo estaba hecho, cerró la llave y guardó la manguera en cuestión, metiéndose al interior de la casa donde el señor "Goldy" aguardaba la cena dentro de su pecera; no le tomó nada de tiempo encontrar el pequeño frasquito, y dejó caer unos cuantos al agua, para contentar al pez.
La castaña recorrió el pasillo central del viejo hogar con sus ojos, lentamente. No era una joven muy grande, pero pronto cumpliría catorce, y para ella, aquella época donde Richard, Frisk y ella corrían por aquellos pasillos jugando a policías y ladrones era algo muy lejano que se había ido como la vida de la abuela.
Era sorprendente como pudo amar tanto a sus dos abuelos, pero odiar tanto el hogar donde creció su padre.
Aunque su personalidad dulce no era la única cosa que adoraba de su "Tata", también adoraba oírle contar historias mientras su abuela preparaba galletas, gusto que si bien era compartido por sus hermanos, perdieron con el tiempo. Ella aún gozaba de oírle vagar por aquellos recuerdos tan distantes, reales o no, el toque de senilidad que tenía su voz le daba un encanto indescriptible.
Tap Tap Tap
Sus pasos se detuvieron en frente de una puerta cerrada con llave, si bien no tenía permitido entrar allí, no quería decir que jamás lo hubiera hecho; Moisés "Tata" Murakawa era un coleccionista de lo que fuera, lámparas, espadas, objetos que según él pertenecían a los monstruos del monte Ebott, cosas que ella siempre había admirado ver, tal vez por ello se volvió una coleccionista al crecer, aunque hasta ahora solo conseguía monedas.
Suspirando con tristeza, se dejó caer en el sofá frente al televisor, observando el reloj de la pared.
Francisca: Mi último día... Tata regresa al anochecer -su tono de voz iba cargado de tristeza, hubiera deseado poder ver el estudio del abuelo una vez, pero no iba a ser posible, pues por mucho que había buscado, no había encontrado la llave, probablemente él se la había llevado, no teniendo forma de saber que sería ella quien vendría.
Observando el llavero colgado en la pared por un clavo mal pintado, un rayo de luz en forma de recuerdo invadió a Francisca: aquel cuarto no era el único lugar donde su abuelo guardaba antigüedades, el garaje también había sido en su tiempo un sitio para almacenar tesoros.
Tomándolas todas desde el anillo, salió de la casona y caminó hasta el enorme rectángulo donde el viejo solía guardar su jeep, agachándose, metió la que tenía una letra "G" a medio borrar en la cerradura del candado.
Chack
CRRUUUUU~
La puerta del garaje se levantó con un pequeño movimiento, Frannie se aseguró de no alzarla en demasía para cerrarla más tarde, ante ella se reveló un mundo de repisas, cajas y por supuesto, colecciones empolvadas esperando recibir admiración por parte de alguien, sus ojos brillaron de emoción.
Era un paraíso olvidado.
Adentrándose a aquella tierra de nadie, observó un pequeño grupo de cuadros al oleo, ¿tal vez pintados por su bisabuela? según su padre, era artista. Cuadros de monstruos contra humanos bastante bellos, más no lo suficiente para ser obras famosas, incluso había visto uno de siete siluetas de varios colores, los supuestos magos de la leyenda.
Un cuadro de un hombre joven -su abuelo en cuestión- sosteniendo un pato con una mano y un rifle al otro, una criatura de un solo ojo con dientes, que reconoció como una de las supuestas especies de la raza con almas blancas.
¿Quién había pintado todas esas maravillas?, en un principio solo había bromeado respecto a la posibilidad, pero ahora mismo empezaba a creerse un poco su propia teoría.
WRASH
El sonido de cartón chocando contra el suelo la sacó de sus propios pensamientos. Al voltear la cabeza vio la causa: una caja caída de un pequeño estante. Curiosa por saber su contenido, despegó la cinta y abrió las tapas, encontrándose con dos objetos para nada usuales, una radio militar, casi perfecta pero empolvada, y una libreta verde, maltratada por los años.
Tomando el pequeño cuadernito, nada más al abrir la tapa se encontró con unos números casi ininteligibles.
Números sin importancia, pensó ella.
Dejando la libreta a un lado de la radio, sonrió zorrunamente al sentir dentro suyo un impulso de infantilidad, ¿funcionaría todavía aquella reliquia?, dispuesta a averiguarlo, tomó el cable del enchufe, y lo conectó a la corriente, para luego presionar el único botón rojo que tenía.
La estática fue su amiga por un par de segundos, pero fue eso todo lo que necesitó para empezar a girar la perilla buscando encontrar una frecuencia con que entretenerse, esperando hallar música o alguna cosa similar.
"Perde... Situ... ción... ¡ayuda!... por f... vor"
Sus cejas se encorvaron en una expresión de confusión y sorpresa, ¿qué había sido eso?, sonaba a un hombre desesperado. ¿Tal vez lo había imaginado?, quizás había por casualidad captado una señal de auxilio cercana, llevada ahora no solo por curiosidad, sino por la moral, continuó moviendo la perilla, buscando recuperar el contacto.
BZZZT... BZZZT...
Luego de varios minutos, lo consiguió.
"¡Aquí el escuadrón doce, perdimos cinco hombres, solicitamos coordenadas del punto de encuentro!; necesitamos asistencia médica, solo quedamos cuatro vivos, dos heridos de gravedad, cambio. ¡Aquí el escuadrón doce, solicitamos coordenadas para punto de encuentro, cambio!, ayuda por favor... MALDICIÓN, ¡AYUDA, ESTÁN MURIENDO!"
Su corazón se aceleró producto del miedo que la había invadido, ¿acaso estaba siendo víctima de una broma?, el que fuera una radio militar no implicaba que solo pudiese captar señales militares obviamente, más aún en una era de paz como la de esos días. ¿Tal vez había encontrado la aguja del pajar, y consiguió meterse en el rodaje de una película de guerra?, ¿o era algo tan simple como un juego entre amigos?
Quería rogarle al cielo tener la razón.
Por algún motivo, tal vez por miedo a las consecuencias, no apagó el aparato. En cambio, siguió escuchando aquellas súplicas por asistencia médica y coordenadas de extracción. Su voz, tan desesperada, tan llena de dolor y sufrimiento, solo la hacían sentirse peor. No podía apagar la radio, pero si podía taparse los oídos.
La culpabilidad llegó hasta tal punto que lágrimas se juntaron en sus ojos.
"Nos refugiamos en un granero, las tropas enemigas no saben que logramos escapar, solo quedamos tres. García murió de camino acá, por favor... a quién esté escuchando... solicitamos ayuda. Ya no tenemos agua, los enemigos están acampando justo en el río, no podemos ir ahí. Dios, apiádate de nuestras almas... nadie está escuchando... pronto estaremos muertos."
El sollozo que vino tras su queja fue tan claro como el agua. Ese pobre hombre estaba llorando por salvar su vida, justo como ella ahora. Fue incapaz de detenerse, ¿qué haría estando en su lugar?, probablemente también estaría en llanto constante, nadie quería morir. Maldicería a los culpables, o a la mala suerte.
Demonios, quizás hasta llegaría a maldecir a dios mismo por ponerla en una guerra.
Pensaría en sus padres, en sus dos hermanos, en sus amigos. Sufriría por no poder volver a verles, la desesperación de saber que no volvería a casa era algo que solo podía imaginar, y ni siquiera estaba segura de poder emular aquel sentimiento correctamente, ¿cuanto podía estar sufriendo aquel pobre hombre?
El tormento, desgraciadamente, estaba lejos de culminar.
"Torrealba ha muerto también, se desangró por la herida en su pierna. No puedo resistir más... yo solo tengo un roce de bala en el hombro, no es grave, pero duele como el demonio... y Solomon... él solo tenía lastimado un tobillo, pero se comportó como un verdadero cobarde, ¡el maldito se voló la cabeza!... y ahora estoy solo... maldita gallina... se que nadie escucha esto, pero creo que me ayuda a seguir estando cuerdo. Al menos hasta que los enemigos me encuentren y me maten también... las coordenadas... solo necesitamos las coordenadas... ¿Por qué no hacen eso?, ¡¿así nos pagan por servir a nuestra nación?!, ¡¿dejándonos morir tan lejos de casa?!"
Tragar saliva fue un logro en su situación actual, era aterrador el cómo sus formas de pensar eran tan similares, podía sentirlo como si estuviera frente a ella: el dolor, la angustia, la frustración, la ira. De algún modo, podía ver a aquel pobre hombre acostado en el suelo, rodeado de oscuridad y los cadáveres de sus conocidos.
Solo.
Desesperanzado.
Abandonado por la mano de dios en las garras de la muerte.
Ella era la única que estaba escuchando, ¿cómo podía su centro de mando ser tan cruel y desalmado?, sus lágrimas se desbordaron, comenzando a descender por sus mejillas poco a poco.
De cierta forma, ella estaba a su lado, viviendo esa guerra.
"Todos tenemos familia maldita sea, ¡y a ustedes no les importamos un carajo! solo sus malditos problemas políticos... si nuestro presidente tiene problemas con el suyo, ¡¿por qué no los echamos a una jaula con cuchillos?! y que lo arreglen ellos como dos hombres... ¿por qué tenemos que morir nosotros por ellos?... ¿por qué tengo que morir sin ver a mi madre una última vez?... malditos sean... ¡malditos sean todos ustedes!... las coordenadas... las malditas coordenadas..."
Llevándose las manos a la cara, se permitió llorar y sufrir. No dudaba ni por un segundo que ese hombre estaba en su misma situación, mil veces peor. Ella adoraba a su madre, era su ídola junto a su padre, si la perdiera, ¿cómo podría vivir con ello? las dudas habían desaparecido hace un tiempo de su cabeza, esto no era ningún juego o alguna película, alguien estaba muriéndose en alguna parte y ella no podía hacer nada por ayudarlo.
¿Pero qué podía hacer una joven ignorante del mundo, cuyo único pecado había sido no compartir su comida de pequeña, para salvar a un hombre en plena guerra?, ni siquiera era capaz de aguantar la tormenta de emociones que ahora mismo la estaba azotando.
Pasándose las manos por la cara para limpiarse las lágrimas, volvió a mirar el aparato, recordando solo entonces la libreta que había estado encima del mismo dentro de la caja.
Y los números.
Tomando la libreta nuevamente, abrió la tapa, en efecto, allí estaban. Números sin relación alguna, ¿sería eso lo que aquel soldado necesitaba?, ¿las coordenadas no debían tener algo más que solo números?, afilando la vista, pese a tener sus ojos irritados, pudo ver algo nuevo: palabras borrosas y casi ininteligibles, consiguió descifrar el título.
Coordenadas de punto de encuentro
La boca de Francisca Murakawa se abrió producto de la estupefacción.
Francisca: No puede ser posible -tartamudeó con su voz quebrada, arrodillada como estaba, repasando una y otra vez aquel título, que conseguía leer mejor cada vez, sus ojos no la engañaban. Si era posible, pese a que no tenía sentido, ¿acaso su Tata tenía conversaciones con militares, y les daba instrucciones?, era inaudito. Observó el aparato nuevamente, si realmente era esto lo necesario para asegurar la supervivencia de aquella alma desdichada, no había tiempo que perder- ¿H-hola?... ¿alguien me escucha?... ¿hola?, ¿pueden oírme?... ¿hola?, ¿hay alguien que pueda escucharme?...
Los segundos para recibir una contestación le parecieron eternos, pero llegó.
"¡¿Sargenta?!, ¡¿q-quién habla?! no reconozco su voz. ¡Solicito coordenadas de punto de encuentro!, mi escuadrón ha sido abatido, soy el único con vida. Estoy refugiado en un granero, necesito asistencia médica, por favor, solicito coordenadas de punto de encuentro, cambio"
Era mucho para procesar. Los nervios la azotaron, reemplazando la tristeza, y es que de verdad tenía entre sus manos la vida de un hombre. Su respuesta fue rápida, su voz estaba recargada de esperanza, pero no tenía tiempo para descansar.
"¡Cambio!"
Fue jalada a la realidad por su insistencia.
Francisca: A-ah, eh, s-si, las coordenadas s-son... em... -sus ojos se concentraron en la libreta, no soltando el pestillo que mantenía la comunicación en ningún momento- cincuenta y siete grados, doce minutos cincuenta y dos punto trece segundos de longitud norte, y cuatro grados treinta y cuatro minutos y catorce punto dieciséis segundos de longitud oeste -respondió tartamudeando y algo insegura, definitivamente jamás iba a enlistarse en el ejército, no tenía la personalidad para ello, ni tampoco la experiencia de combate, por algo su arma principal eran un par de cuchillas cortas.
"Copiado. Cincuenta y siete grados, doce minutos cincuenta y dos punto trece segundos de longitud norte, y cuatro grados treinta y cuatro minutos y catorce punto dieciséis segundos de longitud oeste, ¿es correcto?"
La tranquilidad no solo había invadido a aquel guerrero, sino también a la propia Francisca, tanto así que sonrió un poco, asintiéndole a la radio de su abuelo.
Francisca: Si, si, es correcto -respondió pasándose la mano que anteriormente sostenía la libreta por la cara, limpiándose los restos de tristeza reposando en sus párpados, su respiración se había normalizado junto a su conciencia y corazón, su alma además, estaba emitiendo un calor extraño, indicando que había ganado algo de afecto por aquel pobre diablo.
"Gracias soldada, ¡me ha salvado la vida!, ¿cuál es su nombre y su rango? se lo agradeceré en persona cuando la vea"
El calor de la situación sumado al sentimiento de sentirse como una heroína le quitaron el razonamiento de su cabeza, la había alagado un hombre que verdaderamente iba a seguir en el mundo gracias a sus acciones.
No reparó en las consecuencias de decir su nombre.
Francisca: s-soy... soy Francisca ah- -contestó orgullosa de si misma, se sentía como en las clases de primaria cuando le iba bien, pero entonces recordó la segunda parte de la pregunta: su supuesto rango, ¿qué contestar?, ella no tenía conocimiento alguno de los rangos de militares, cualquier cosa vendría bien, así que se decantó por uno simple- Soldada Francisca.
"Eres una heroína Francisca. De verdad... gracias"
La comunicación terminó, y desconectó la radio. La ojirrosada suspiró, dejando salir con aquel aire toda la presión que había estado sobre sus hombros hasta ese momento. Tanta había sido su concentración en aquella rara experiencia, que no notó como la tarde se le había ido, dando paso a la noche.
La luz artificial de los faroles de un coche, junto al sonido del motor la hicieron voltear hacia atrás; montado en un jeep color beige iba un hombre de cabello grisáceo hasta los hombros y boina marrón, con una chaqueta del mismo color y un suéter verde. Moisés Murakawa había llegado a su hogar, y su sorpresa fue mayúscula al ver a su nieta dentro de su garaje.
"¿Francisca?, ¿qué haces aquí tan tarde?"
Preocupado, el adulto mayor se bajó de su coche y caminó hasta su nieta, sus ojos se posaron en el rostro de la misma, ojos rojos que indicaban lágrimas, incrementando aún más sus temores, sin embargo estos desaparecieron al ver lo que reposaba a las espaldas de la silenciosa ojirrosada.
Moisés: Vaya, encontraste mi vieja radio... no la había visto en mucho tiempo. ¿te conté alguna vez por qué la conservo? -extendió su mano hasta Frannie, quien negó con la cabeza mientras entrelazaba sus dedos con los de él, jalando, la ayudó a ponerse de pie al lado de él, ambos contemplaban aquel aparato- Es porque cuando estuve en la guerra casi muero atrapado en un granero. Comencé a pedir ayuda con esa radio, y nadie respondía. Hasta que una joven soldada respondió a mi llamado, y me dio las coordenadas para salir de ahí a salvo. -sus manos tomaron la libreta verde que antes había estado sosteniendo su nieta, levantándola hasta su cara, la señaló con su mano sin ocupar- las apunté en esto, un regalo de mi mamá antes de ir a la guerra. Todavía la conservo.
El abuelo de los hermanos M se acercó aún más hasta la radio, acariciándola suavemente con una mirada de nostalgia, de agradecimiento mezclado con añoranza. Su ignorancia le impidió ver el anonadado rostro de terror que tenía la hija de su hijo, junto al temblor de sus brazos.
Moisés Murakawa, sin embargo, continuó con los últimos restos de su relato.
"La que me salvó... su nombre era Francisca y estuve eternamente agradecido con ella. De no ser por ella, yo hubiera muerto, y tú bueno pues, jamás hubieras nacido"
Sus manos cogieron el aparato, depositándolo otra vez en la caja de la cual Francisca lo había sacado, junto al único regalo que le quedaba de su progenitora. Dio dos palmadas cariñosas a las tapas tras cerrarla, y volteó a ver nuevamente a Francisca, quien consiguió ocultar el pavor al que su mente la había sometido.
Moisés: Así que en cierta forma tu también le debes la vida, ¿no crees? -rió suavemente luego de aquella pregunta que no necesitaba respuesta, era cierto, sin él, Jonathan jamás habría venido a este mundo, y con él, tampoco lo habrían hecho sus tres angelitos que tanto alegraban su solitaria vida- juré que le pondría su nombre a mi primer hija, pero bueno tu sabes... solo tuve un hijo, así que cuando naciste, le insistí tanto a tu padre que al final decidió ponerte ese nombre... lo raro... -su mano viajó hasta su mentón, acarició su arrugada piel dos veces, esto era algo que hasta el día de hoy, le había inquietado- es que nunca pude conocerla en persona, nadie en la compañía me supo decir quien era, siempre creí que era una enviada del cielo, ¿sabes?... tal vez... mi ángel de la guarda... no lo sé. Pero hija, ayúdame a bajar mis maletas, ¿si? y te llevaré a tu casa, ya es tarde para que andes sola por las calles, tu madre debe estar preocupada -caminando hasta su coche, Moisés fue el primero en salir de su garaje, Francisca por el otro lado se quedó quieta como una estatua, procesando todas y cada una de las palabras de su abuelo, y no escuchándole más luego de ello, por lo que prácticamente estaba hablando solo.
Si, Francisca no le estaba oyendo en absoluto.
Eso, hasta que decidió culminar con el relato.
"Algún día te contaré también de cuando pude volver a comunicarme con ella. Es más extraño aún, pues habían pasado solo unos años, decidí conectar de nuevo la radio, justo en esa cochera. Escuché entonces su voz, pero ella ya tenía una voz de anciana. Y ahora era ella quien estaba muriendo, estaba pidiéndome ayuda pero repentinamente se cortó la comunicación y no volví a saber de ella. A veces pasan cosas extrañas, ¿no crees?"
El escalofrío que recorrió su espalda con aquella última frase, marcaría un evento traumático que atemorizaría sus sueños por siempre.
Moisés por el otro lado, se acercó hasta su nieta, palmeando suavemente su hombro para sacarla de sus desvaríos mentales, era igual que su padre.
"Vamos, sube al auto soldada. Te llevaré a casa."
Con esas palabras, Francisca salió a paso lento del garaje de su abuelo, y este bajó la puerta corrediza hasta el suelo nuevamente, colocando el candado para cerrarla, sus maletas podían esperar. Sin mediar palabra alguna, la usuaria del rasgo Amor se subió al asiento del copiloto, y su abuelo pisó suavemente el acelerador para dar marcha al viaje.
Por mucho que quiso, jamás pudo olvidar esa radio.
Jamás.
Fin.
