Roy Mustang - Misión 4: Trincheras
South City S. 8/FEB/1908 - 19/FEB/1908
Cerré la puerta de golpe, dejando que resonara en su despacho. El marco de madera crujió pero me dio igual. Al salir me esperaba el cadete, o alférez, o lo que fuera.
–¿Señor? –preguntó. Al ver que no le contestaba, me siguió.
–Nos vamos.
–¿Adónde, señor?
–Al sur.
El chico se detuvo en seco. Lo noté porque ya no escuchaba el ruido de sus zapatos contra el suelo. –Pero el teniente coronel me ordenó específicamente que no le llevara al frente.
Me di la vuelta, mirándolo a los ojos. El chico parecía tener una edad similar a la mía, pero lo notaba demasiado verde, inmaduro. Quizás en la academia del Sur eran más permisivos. –Michaels…
–Murray, señor –me corrigió.
–Murray –repetí–. No iremos al frente. Quiero entrevistarme con la gente que hay por las zonas aledañas.
Aquello pareció tranquilizarle. Salimos del edificio y volvimos al coche. –¿Qué hay cerca de la zona de trincheras? –le pregunté.
–Lo único que se me ocurre es la granja de los Blonder. Está a unos dos kilómetros.
–¿Y no se han ido?
Negó con la cabeza. –No conoce a esa gente, son duros de mollera. No se irían de allí ni aunque cayeran bombas.
Sonreí para mis adentros. –Perfecto, iremos a hablar con ellos. –El chico fue a preguntar, pero levanté la mano e hicimos el resto del camino en silencio.
El paisaje del Sur era parecido al del Este, hectáreas de campos verdes sembrados con cereal y marrones en barbecho. Tejados de casas salpicando las colinas de forma aleatoria, mostrando pequeñas zonas valladas que delimitaban el tamaño de las granjas.
Me llamó la atención el color de la tierra. Era oscura y húmeda, como si de por sí estuviera arada. Contrastaba mucho con la tierra del Este, que tenía un color claro y amarillento, seco. La cercanía del desierto era patente cuanto más al este estabas.
Esto fue en aumento a medida que avanzábamos por la carretera. La tierra se iba ablandando e iban apareciendo pequeños charcos. Las ruedas del coche patinaron en un par de ocasiones, pero Murray consiguió reencauzarlo con sendos volantazos. Finalmente llegamos a la granja. No era excesivamente grande, pero por el silencio que rondaba a su alrededor quedaba patente que la guerra estaba cerca.
Nos detuvimos en un lateral y anduvimos hasta la entrada. A lo lejos, en un cobertizo pequeño y cubierto de paja, vimos a la señora Blonder. Un perro olisqueaba el terreno a sus pies. Cuando la señora entró en el cobertizo el perro levantó la mirada, detectándonos al instante. Ladró un par de veces.
–Ve y avísale de que venimos. No queremos sustos –le dije al soldado.
Él asintió y se internó en el terreno. En cuanto se hubo alejado unos metro, volví sobre mis pasos, monté en el coche y puse rumbo a las trincheras. No podía seguir perdiendo el tiempo con tonterías.
La situación en sí había sido absurda. Debido al eterno conflicto en el Este, Aerugo había aprovechado la debilidad y había mandado una pequeña ofensiva desde el sur. Aquello debía haberse resuelto con facilidad, pero la ineptitud de los oficiales al mando encasquilló el conflicto y acabó por convertirlo en una guerra de trincheras.
El teniente coronel de la campaña había pedido refuerzos y me mandaron a mí. Aun a día de hoy no tengo muy claro cuál era su intención. Mi alquimia perdía su utilidad en una guerra de trincheras. A campo abierto podía crear grandes llamaradas y en edificios algo similar aunque a menor escala, más pequeñas y dirigidas. Pero en trincheras me obligaban a salir al exterior para poder prender las posiciones enemigas.
Aquello atentaba directamente contra mi seguridad, y una alquimia como la mía era demasiado valiosa para el ejército como para desperdiciarme de ese modo. Si me pasara algo, el teniente coronel tendría que responder por ello y por seguro acabaría bastante mal parado. Por si fuera poco parecía haber un problema de rebelión, cada día aparecían soldados muertos en las trincheras.
El teniente coronel, por supuesto, no quiso arriesgarse a mandarme allí, pero ya que me habían destinado bajo su mando, intentó que resolviera el problema desde el cuartel. Era absurdo. Quería que resolviera un problema de actitud interna estando a decenas de kilómetros, únicamente guiándome por los informes y cartas que los soldados mandaban de vuelta.
Era una empresa que no tenía ni pies ni cabeza. No me importaba resolver el problema del teniente coronel, pero lo haría a mi manera. Ese fue el razonamiento que me llevó a aparcar el coche en aquella cicatriz. La entrada a las trincheras.
Para entonces ya había oscurecido. Tuve que enseñar el reloj de plata por la ventanilla para que los dos soldados que hacían guardia bajaran sus fusiles. Cuando conseguí ponerles al corriente de la situación me llevaron a ver al oficial al mando. Al encargado de verdad, no al teniente coronel inepto de turno.
A medida que nos internábamos por aquel laberinto excavado en la tierra me hice a la idea del desgaste psicológico que traía consigo una guerra de estas características. Los hombres tenían los ojos hundidos y la ropa sucia. Se apoyaban en sus armas o en los sacos de arpillera que definían los pasillos.
Los faroles de aceite y gas alumbraban aquellos caminos con una luz fantasmal, como un barco abandonado en una cala desierta. Las miradas de aquellos hombres, oscurecidas por las sombras y las ojeras, eran claramente hostiles. No se fiaban de mí, y tenían motivos de sobra con el motín interno que estaban sufriendo.
Llegué a una pequeña hoguera escoltado por uno de los soldados de la entrada. El fuego proyectaba sombras oscuras en las paredes de tierra negra. A su alrededor un grupo de soldados parecía combatir el frío y la humedad. Entre ellos se encontraba el oficial.
Tenía rango de capitán, menor que el mío al ser alquimista, pero casi me triplicaba en edad. Su mirada era dura y seca, curtida por campañas y violencia. Me cayó bien. Cuando vio mi reloj apenas parpadeó. Aun así, asumiendo que era su superior, me dio audiencia en la sala de mando.
–No me informaron de que vendría un Alquimista Nacional –dijo cuando llegamos. Era una estancia oscura y húmeda excavada en la tierra. Solo había una mesa de madera y un farol.
–Y así iba a ser, he llegado por mi cuenta. –El hombre alzó una ceja, y procedí a explicarle todo lo que había ocurrido.
Mientras le contaba la situación él me observaba, taciturno. En aquella mirada había desconfianza, no se creía lo que le había dicho. No me creyó cuando terminé, y tuvo que ser una pequeña demostración de alquimia y no palabras lo que consiguieron hacerle cambiar de opinión.
La opinión de los alquimistas en el ejército es contradictoria. Se alegran de contar con nosotros y nos reverencian por nuestras habilidades, pero como el título automáticamente nos hace ascender a un rango de comandante muchos ven en nosotros simples jóvenes con ínfulas de general y una arrogancia desmedida. Muchas veces están en lo cierto.
–Eres consciente de que volverán a por ti, ¿no? –dijo.
Ya había pensado en aquello mientras venía en el coche. –Primero vendrá el chico que me estaba llevando. Lo dejé en la granja de los Blonder; sin comunicación, éste es el sitio más cercano que tiene. Bajo ningún concepto debe salir de aquí. –Él asintió. –Además, si después traen a más gente, preguntarán si he estado aquí. En ese caso deben mentir y decirles que no estoy aquí.
–No podemos mentir. Sería desacato.
–Podéis, porque os lo estoy ordenando yo. Estoy por encima en la cadena de mando, así que la responsabilidad recaerá sobre mí. –Intenté que no sonara muy prepotente, pero prefería evitar malentendidos desde el principio. El capitán frunció el ceño, pero acabó asintiendo.
Salimos de nuevo a la hoguera y me presentó a los soldados que había alrededor. Era gracioso ver que todos ellos eran los encargados de distintas zonas. Parecía una reunión de altos cargos, pero todo acorde al ambiente en el que estábamos: demacrados y sucios, con el cansancio calado en lo más profundo de sus huesos.
Les resumió mi situación en pocas palabras y, siendo él quien lo contaba, todos parecieron asentir y asumir la situación con rapidez. Esa facilidad para acatar órdenes era un tipo de lealtad que solo se podía conseguir siendo un excelente líder. Mi opinión sobre él mejoró más aún.
Me guiaron hasta un barracón de maderas podridas y me asignaron una hamaca ajada y una manta raída y sucia. En otras circunstancias me lo habría tomado como un insulto, pero la cruda realidad me susurraba que me estaban ofreciendo más de lo que muchos tenían allí.
Los días resultaron ser ligeramente mejores que las noches. El ambiente seguía lúgubre y melancólico, pero preguntando y escuchando conseguí que los soldados deshicieran aquella capa de hostilidad y mostraran lo que realmente eran, ciudadanos cansados y añorantes. Al final todos eran víctimas de una guerra indeseada que había llamado a la puerta de sus casas.
Al segundo día de llegar allí me informaron de que habían capturado a un sargento que caminaba a pie por el camino. Les ordené que lo mantuvieran cautivo, pero que no le faltara comida y agua además de una manta. Me prometí disculparme con él cuando todo acabase.
La opinión sobre mí fue mejorando gracias a un inquietante detalle: desde que llegué no había habido más asesinatos. Estaba claro que mi llegada había alertado al rebelde o rebeldes, forzándoles a mantener un perfil bajo.
Los encargados de la zona barajaban dos teorías. Podría ser un traidor de las filas de Amestris que había desertado y trataba de boicotear la moral del ejército o bien un agente infiltrado de Aerugo. La primera teoría era la más plausible aunque doliera admitirlo; el desgaste mental que implica una guerra de trincheras muchas veces se salda con desertores y sediciosos.
Sin embargo, resultaba extraño que, teniendo la oportunidad de atentar contra un Alquimista Nacional, la herramienta más mortífera del ejército de Amestris, aún no lo hubieran hecho. El que no me hubieran atacado podría significar que me encontraba frente a alguien frío y calculador, o que erraba en la teoría.
La otra opción era la infiltración de un soldado de Aerugo. Ésta era claramente más complicada. En un espacio tan angosto como una trinchera era prácticamente imposible pasar desapercibido: todos se conocían entre sí. A eso había que sumarle la dificultad física de introducir a alguien en las trincheras. La principal funcionalidad de éstas eran actuar como una frontera fortificada. Resultaba impensable que alguien pudiera superar las trincheras. De ser así, habrían entrado a tropel, invadiendo nuestras posiciones.
Como última opción podría tratarse de un agente que llevase infiltrado muchos años, lo que implicaba enfrentarse a alguien muy experimentado y difícil de desenmascarar. Esto al menos sí cuadraba con que nadie me hubiese atacado; sería una locura que un agente infiltrado arriesgase su posición para matarme.
Ambas teorías tenían muchos argumentos en contra, y los que las sustentaban implicaban enfrentarse a enemigos formidables. Por lo pronto, aún sin desechar ninguna opción, cuantos más días pasaran sin ataques, más fuerza cogería la idea de un agente infiltrado.
Tras unas semanas de estancamiento propuse al capitán encargado que me llevara a las zonas posteriores del complejo, a la línea de combate. Era arriesgado, pero quizás allí consiguiera encontrar alguna prueba.
El soldado que me acompañaba resultaba algo pintoresco. Vestía el uniforme y llevaba el fusil al hombro, pero a su espalda cargaba con una katana. Era algo absurdo, pues ese arma resultaba inútil en lugares cerrados y estrechos como en los que nos encontrábamos.
Me llevó a través de la última fila de trincheras. En éstas había soldados con el fusil en la mano y con el casco puesto. Me sonreían al pasar pero sus miradas transmitían hastío y cansancio. Sobre ellos se alzaba el último muro, una muralla al mundo exterior.
Unas escaleras de madera llegaban hasta su punto más alto, como un falso nexo a la libertad. Sin embargo, toda la parte superior de la trinchera llevaba una corona de alambre de espino. Se extendía como una serpiente metálica y rizada.
–¿Cuánto tiempo llevan esos alambres ahí? –pregunté.
El hombre de la katana les lanzó una mirada furtiva. –Tres o cuatro meses.
Nunca he sido una persona que prestara demasiada atención a la connotación metafórica de las cosas, pero ver cómo aquellas escaleras terminaban en un material frío y con cuchillas me hizo sentir una sensación de agobio y desesperanza. Supuse que los hombres que llevaban meses allí debían sentir algo parecido.
El hombre sonrió al ver mi expresión. –Es que por ahí no podemos salir. –Lo miré sin comprender. –Toda la zona está cargada de minas antipersona. Tanto nuestras como suyas. Conocemos la localización de las nuestras, pero en cuanto entrásemos en la zona enemiga podríamos saltar por los aires.
Fruncí el ceño. Tenía sentido, pero eso bloqueaba totalmente las posibilidades de avance. Nos enrocaba en la situación actual por un tiempo indefinido. Sentí un sabor metálico en la boca.
–¿Entonces qué estamos haciendo aquí? ¿La cúpula lo sabe? ¿Ha tomado alguna decisión? –Noté la amargura que destilaba mi voz.
–Sí, comandante. Ahora le enseñaré lo que estamos haciendo.
Aquellas palabras parecieron enrarecer la atmósfera de la zona. Los hombres me miraban distinto. Una mezcla de tensión y ansiedad, pero también excitación. Sabían que acababan de desvelarme un secreto, pero ahora que lo habían hecho querían mi aprobación.
Supuse que el capitán al mando no había querido contármelo hasta que supiera que era un hombre de confianza. Me habían estado juzgando desde que llegué y al final había pasado la prueba. Una ligera sensación de orgullo floreció en mi pecho mientras atravesaba el laberinto de tierra y barro. Los hombres con los que me cruzaba me seguían con la mirada; la tensión se palpaba como algo físico.
Nos detuvimos en medio de uno de los pasillos. Frente a mí había una pequeña hendidura sobre la que habían descargado varios fusiles. Tras ellos se entreveía unas tablas de madera. El soldado las apartó todas y, tras quitar la madera, descubrió un agujero negro y profundo. A los pocos segundos asomó una cabeza.
El hombre entrecerró los ojos para habituarse a la claridad exterior. Me miró con hostilidad, como si fuera el forastero que yo mismo me sentía. Me agradó la transparencia con la que mostraba sus emociones.
–¿Qué es esto? –preguntó el hombre.
–Es el Alquimista Nacional, teniente Diggson –respondió el soldado–, el capitán quiere que vea…
–Ya, ya. Lo he entendido, Dolcetto –cortó Diggson. Me analizó con la mirada al tiempo que yo trataba de aparentar el rango que ostentaba. Era complicado con la diferencia de edad. Sin embargo, me sorprendió con una sonrisa–. Vaya sorpresa, ¿eh? ¿Quiere entrar?
Me pilló desprevenido, pero me las ingenié para que no se me notara el alivio al ver que era una persona normal y no otro hombre ofuscado entre tanta trinchera y muerte. –Estaría bien, sí.
Me introduje por el agujero, notando la dureza del suelo al caer. Era un lugar oscuro y agobiante, con poco oxígeno y mucho calor. La escasa ventilación y tener a un hombre justo delante de mí no ayudaban. –Llevamos varios meses cavando este túnel. La idea es llegar a la zona de trincheras del enemigo.
Continué caminando tras él. Sentía que me ahogaba, como si estuviera en un invernadero. Me puse un guante y me concentré en aumentar la concentración de oxígeno a mi alrededor. Las chispas azules de la alquimia parecieron llamarle la atención. Me miró con un gesto extraño.
–No es nada –atajé.
El rostro del hombre no cambió, pero tampoco se movió.
–Hemos llegado hasta aquí.
–Es… –intenté decirlo con delicadeza.
–¿Poco? Por supuesto que sí. –Recuperó su sonrisa inicial. –Pero así debe ser, no podemos picar con fuerza. Piense que estamos sobre un campo de minas. Y tampoco nos conviene que nos oigan al otro lado. ¿Volvemos ya?
Asentí, aunque después caí en la cuenta de que no me veía. –¿Trabajáis a oscuras? –Me parecía un lugar realmente incómodo.
–Qué va. Tenemos un alumbrado con bombillas. Cualquier cosa que hiciera combustión acabaría con el poco oxígeno que hay. Pero ahora estaba arreglando unas cosas y la he dejado apagada.
–Entiendo –respondí. Vi el resplandor de la salida al fondo, y me alegré de sobre manera al salir. Una vez en la superficie pude hacerme a la idea del plan que tenían entre manos. Un gesto de felicidad pareció traspasar mi rostro, porque Dolcetto pareció sonreír al verme.
Tras de mí estaba Diggson. Me estrechó la mano. –¿Qué le parece?
–Creo que es un plan fantástico. –El hombre pareció satisfecho. –¿Y para cuándo estará preparado?
–Calculo que en dos semanas estaremos sobre su nuca. –Le agradecí la visita y le estreché la mano. –¿Puedo preguntarle algo? –Me sorprendió, pero asentí. –¿En qué consiste su alquimia?
Era conocido entre la gente común que la alquimia muchas veces podía facilitar la excavación o el tratamiento de roca. Sonreí con tristeza. –Siento decirle que nada útil que se pueda utilizar en una trinchera.
Volví a mi barracón bastante animado. La operación podría estar acabada en dos semanas, y un enfrentamiento indirecto como aquel podría reducir las bajas. Mi presencia parecía haber disuadido al asesino, así que quizás podría postergar ese estado el tiempo suficiente para concluir el túnel. Pobre iluso.
Al día siguiente había muerto otro soldado.
Los hombres parecían enfadados y nerviosos. Los tensión en aquel lugar era un vaso rebosante, y cada asesinato era una gota que desbordaba ánimo de los soldados. El cuerpo había sido degollado. Tenía sentido, degollar a un hombre era una forma silenciosa de matar a alguien. El asesino corta la vena y la tráquea, haciendo que la desgraciada víctima se ahogue en su propia sangre sin poder pedir auxilio.
Lo que sacaba en claro de este asesinato era que se trataba de un rebelde. Carecía de sentido que un espía hubiera perpetrado el asesinato justo en el lugar en el que yo había estado el día anterior. Había más posibilidades de ser descubierto.
Dolcetto apareció a mi lado. –Comandante, han herido a Diggson.
Me volví, alarmado. Su rostro mostraba la misma preocupación. Diggson era el encargado del túnel, y un atentado hacia su persona podía significar un atentado contra aquel plan. No podíamos permitir que boicotearan nuestro as en la manga, era el movimiento al que se aferraban todos los soldados. Si llegara a fracasar, un levantamiento interno sería más que probable.
Vimos a Diggson desde lejos. Llevaba un brazo vendado y estaba discutiendo con otros hombres. Cuando me vio, frunció el ceño aún más.
–No traten de convencerme. No pienso irme de aquí para que vuelvan y lo destruyan todo –zanjó con impertinencia.
–¿Se encuentra bien? –le pregunté.
–Esto no es nada –atajó–. El muy desgraciado intentó acuchillarme pero conseguí desarmarlo y desapareció.
Asentí aliviado mientras le echaba un vistazo a su brazo. Desde mi posición podía ver cómo unas marcas rojas se desdibujaban a través de la gasa.
–¿Se lo ha vendado usted? –pregunté. Asintió, hosco. Teníamos suerte de tener un hueso tan duro de roer en un proyecto como aquel. Por suerte era consciente del peso que tenía sobre sus hombros.
–¿Han llamado a un médico? –pregunté, mirando a los soldados que se habían acercado.
Uno de ellos negó con la cabeza. Cuando fui a preguntar, la respuesta me vino del teniente. –He dicho que estoy bien, nada de médicos. Hay trabajo que hacer.
Vi cómo se daba la vuelta y volvía al agujero, dejando patente su enorme tozudez. Sin embargo, la fugaz imagen de la sangre marcando los vendajes me llamó la atención. Iba desde la parte inferior del codo izquierdo y cruzaba su antebrazo por la cara interna.
–Teniente Diggson. Deténgase. –Mi voz sonó dura, autoritaria. Todos me miraron. Sin embargo, no me amilané. A cada segundo que pasaba, las piezas iban encajando. –Vosotros dos, prendedle –ordené a los soldados que se habían acercado antes. Dudaron.
–Es una orden. –Dejaron de dudar.
–¿Qué significa esto? –preguntó Diggson, hostil. Los hombres le agarraron por ambos brazos, con cuidado de no rozarle el vendaje. Lo ignoré y me dirigí al túnel. Algo cambió en la mirada del soldado durante un segundo, aunque no dijo nada. Tampoco hizo falta, a mí me bastaba con ese segundo.
Me puse un guante y me introduje en aquel agujero. Sin nadie frente a mí, parecía la boca de una anciana desdentada, con grietas y arrugas en sus bordes. Encendí un trozo de madera que cubría la entrada y utilicé la alquimia para mantener la llama viva.
Sujetaba la madera con una mano mientras que la otra, enfundada en el guante, estaba preparada para inundar aquel agujero en llamas. Sin embargo, no oía nada, no notaba nada.
Avancé con lentitud, ahogando mis pisadas en el duro suelo. El fondo seguía siendo inescrutable, un agujero negro que me absorbía hasta su interior. Me detuve. Si había alguien ahí dentro, armado, me mataría sin problemas. Llevar ese trozo de madera era lo mismo que ponerme una diana en la frente.
Pensé rápido. Un chasquido.
La llama, perezosa, salió de mi mano y avanzó por el túnel, inundando de luz todo a mi alrededor. Sin embargo, la onda de choque que provocó, pese a ser una llamarada pequeña, hizo temblar la tierra sobre mi cabeza. Había sido arriesgado, pero no había nada. Estaba vacío.
Justo cuando me daba la vuelta escuché un ruido a mi espalda. Algo había salido del suelo, junto a la entrada, y escapaba por la pequeña y brillante salida. Grité mientras corría en su dirección, esperando que los soldados de fuera pudieran atraparlo.
Escuché un disparo, y después otro. Le di una patada a la trampilla que asomaba sobre el suelo, por donde había salido el otro hombre. Mis ojos tardaron un segundo en adaptarse a la luz del exterior.
Tres hombres trataban de reducir a Diggson, al cual le sangraba una pierna. Otros dos socorrían a uno de los soldados que habían estado sujetándolo. No tenía pistola y sangraba por el hombro. Vi cómo el hombre del túnel corría hacia escaleras de madera esquivando soldados.
–Dolcetto –grité, señalándole. Yo mismo estuve a punto de chasquear los dedos, pero había demasiados soldados alrededor. Por suerte, Dolcetto era ágil y rápido. Lo siguió como un perro de presa.
El hombre se encontró con el alambre de espino al llegar a la cima y lo saltó sin pensarlo. Se le enganchó en una pierna y vi cómo se arrancaba un trozo de piel al tirar para escapar. Dolcetto llegó un segundo después y lo partió con la katana.
Salí corriendo detrás de ellos, apartando a los inútiles soldados, sorprendidos y agarrotados por tanta inactividad. Subí por la escalera y pude ver cómo ambos corrían por el campo de minas. Dolcetto pisaba con cuidado, sabiendo dónde se encontraban las minas. El otro hombre, claramente de Aerugo, no parecía saber dónde estaban. Necesité un segundo para corroborarlo.
La explosión fue seca, sin ceremonias ni fuego. En un instante, el hombre fue sustituido por una columna de tierra. Por desgracia, la onda expansiva lanzó hacia atrás a Dolcetto, que cayó al suelo y detonó otra mina. Ésta le impactó de cara, haciéndolo rodar en el aire. Cayó de nuevo sobre la tierra, inerte.
Me impulsé hacia arriba para rescatarlo, pero desconocía dónde estaban las minas. Volví abajo, donde unos soldados parecían esperar órdenes. –Rápido, traedlo antes de que los de Aerugo abran fuego.
Apenas tardaron un momento en rescatarlo. Estaba envuelto en sangre, pero respiraba. Enseguida lo llevaron al hospital de campaña. Volví al lugar donde retenían a Diggson. Tenía la cara pálida por la pérdida de sangre. –¿Qué coño es esa trampilla? –le grité.
Me escupió con las pocas fuerzas que le quedaban y le partí la nariz de un puñetazo. Ya tenía otro lugar por donde sangrar. –Ya hablarás, desgraciado.
Dejé que le atendieran y fui directo al túnel. La trampilla descubría un segundo túnel se extendía bajo el primero. Era pequeño y angosto, pero este sí parecía terminado. Con razón el suelo era tan duro. Tablas de madera cubiertas con tierra apuntalaban ese segundo techo. Ya debían saber que lo habíamos descubierto, así que no tardarían en lanzar una ofensiva a través de él.
Concentré todo el oxígeno que pude en aquel pequeño habitáculo y chasqueé los dedos. Una profunda llamarada se propagó por su interior. Ésta era mucho mayor que la anterior. La primera fue para iluminar, para tantear, ésta era para arrasar.
La potencia de la combustión desplazó el aire del interior, reventando la pequeña galería. El túnel comenzó a derruirse también, desde dentro hacia afuera. Las paredes se cerraban como si quisiera tragarme en su interior. Salté hacia afuera al tiempo que era atrapado por una nube de polvo.
Un soldado me cogió bajo los hombros y tiró de mí para alejarme de allí, pero en cuanto me soltó vi que lo había hecho por acto reflejo. Todos miraban cómo su única vía de escape desaparecía entre tierra y polvo. Aún estaban en shock, después comenzarían a odiarme. Apareció el capitán al mando de las trincheras y se unió al silencio, mirando con incredulidad el proyecto fallido. Su expresión transmitía dolor, desesperanza.
Sin embargo, aquello me había dado una idea. Me puse en pie, aún aturdido por mi propia explosión, y me dirigí a él. –Coged las armas. Esto terminará hoy.
Todos me miraron, pero nadie se movió. La semilla de la rebelión se fraguaba en sus ojos. Me enfundé el segundo guante y lo miré con intensidad. –Reúna a sus soldados, capitán. Vamos a tomar las trincheras enemigas. Es una orden. –Se puso manos a la obra.
A las dos horas, ambos asegurábamos el cuarto de mando en las trincheras de Aerugo. Le oí soltar una carcajada, mitad de alegría, mitad de incredulidad. Las posiciones del enemigo eran débiles, pero se había adaptado perfectamente a los intereses de su país. No buscaban una invasión o una ofensiva, simplemente querían dividir al ejército de Amestris para que la guerra oriental nos debilitase aún más.
Habían pretendido infligirnos una pequeña y sucia herida con el propósito de que se infectase, no un golpe mortal. Por eso, cuando llegamos a sus trincheras todos nos sorprendimos al ver los poquísimos efectivos que las ocupaban. Estaban perfectamente organizados para optimizar su posición defensiva, para aparentar más de lo que eran. Aquella situación podría haberse extendido meses.
Pero no contaban conmigo. No contaban con que había visto cómo la onda expansiva de aquella mina impulsó hacia atrás a Dolcetto. Ni tampoco cómo mi llamarada había tirado abajo un túnel excavado en la tierra durante meses. No habían caído en que, utilizando mis llamaradas a ras de suelo, podía detonar todas las minas antipersona que custodiaban sus trincheras, dejando paso libre a que toda una división cruzase aquel campo agujereado con explosivos y muerte.
Los hombres sonreían a mi alrededor, me palmeaban el hombro y me daban las gracias. Las bajas habían sido mínimas, aunque el tiempo había sido máximo. Todos estaban cansados, pero al menos seguían vivos.
Llevamos a Diggson a los calabozos de South City, donde descubrimos que su mujer e hijos eran ciudadanos de Aerugo, a pesar de llevar toda la vida en el ejército de Amestris. Su plan había sido diezmar la moral de los soldados para evitar su efectividad y seguir encasquillando el conflicto. Para ello había excavado una pequeña galería bajo el túnel principal. A través de él iban y venían los soldados que cometían los asesinatos. Nunca la misma persona, para no recordar sus caras.
Sin embargo, parte de aquel precario túnel se había derruido el mismo día que lo examiné por primera vez, motivo por el que la explosión que hice sobre él fuera tan violenta que derrumbase lo que quedaba de él. Eso obligó al asesino que había llegado a quedarse en el lado de Amestris. Diggson fingió que había sufrido un ataque para que dispersáramos a los soldados del lugar y buscasen un asesino que nunca había salido de allí. Sin embargo, el corte de su brazo indicaba lo contrario.
Cuando te atacan con un arma blanca sueles poner los antebrazos de frente para cubrirte la cara. Diggson en cambio se había cortado el interior de los mismos, dando la sensación de un corte autoinfligido. Además, aquella negativa a recibir atención médica era, como poco, extraña. Fueron detalles nimios, pero suficientes para desenmascararle.
Todo esto se lo conté a mi superior, ofreciéndole la oportunidad de decir que había sido idea suya llevarme al frente y de paso haciéndole olvidar el desacato que había cometido al desobedecerle. Podría haber sido un verdadero problema pero cuando las cosas salen bien, todo queda en risas y bromas.
Seguía paladeando mi éxito, ahora nuestro, cuando un chico impertinente entró a la estancia. Era el sargento Murray, recién rescatado de un malentendido con los soldados de la trinchera.
Recuerdo aquel instante como si lo estuviera viviendo ahora mismo. Recuerdo cómo le daba un sobre doblado y abierto al teniente coronel. Cómo éste abría el mismo y leía su contenido. Vi cómo los restos de la sonrisa que le había formado mi relato morían de forma lenta y fría en sus labios. Recuerdo su mirada, severa y condescendiente, clavada sobre la mía. Un gesto, cobarde, pasándome la carta para que yo mismo la leyera.
Todas las risas murieron a mi alrededor. Todo quedó silenciado por el contenido de aquella carta. Mis manos se quedaron frías y comenzaron a sudar. Empecé a sentir un zumbido en mis sienes que tardé en identificar como mis propios latidos.
Orden 3.066.
Me mandaban a Ishval.
Misión: Exterminio.
Hola de nuevo~~
Supongo que nadie esperaba que moviera el foco de la guerra a otra región de Amestris. Lo cierto es que quería mostrar un distanciamiento claro entre las dos fases que tuvo la guerra de Ishval: la guerra en sí y el exterminio, y ese es el principal motivo por el que divido el fic en dos partes. Por otra parte, siempre me pareció que la estética del mundo de Fullmetal se acercaba más al mundo de la Primera Guerra Mundial que al de la Segunda. Personalmente es un tema que me interesa muchísimo, he leído una gran cantidad de libros sobre ella y necesitaba plasmarlo, así que viendo la parte en la que Fuery fue enviado al sur y correteaba por trincheras pensé, esta es la mía.
PD: Os recomendaría ver la película 1917 si aún no la habéis visto. Es sin duda la mejor película de la Primera Guerra Mundial que he visto. Es especialmente interesante ver el diseño de las distintas trincheras, de barro y sacos en el lado de los aliados y de hormigón en el lado alemán.
Sin embargo, hay una gran diferencia entre un movimiento marcial de antes de la Segunda Guerra Mundial y uno después. Guerras en Europa ha habido siempre y (obviando la brutal gran cantidad de muertes en la primera) no solía afectar de forma directa a la población civil como a partir de la segunda. En el sur quería mostrar esa diferencia. Soldados peleando sin interferir directamente en la población civil, para que hiciera contraste con Ishval.
En FMA hay un conflicto armado en el sur, Photoset. Mi idea inicial era mostrar esa guerra, pero las fechas no cuadraban (ésa es en 1911) así que pensé en crear un conflicto disuasorio, algo que aún no llegase a más pero que dividiese al ejército de Amestris, dejando caer que el conflicto tampoco se había terminado de solucionar.
Y para acabar, quería mostrar a Roy en acción, quería mostrar otras maneras de utilizar su alquimia más allá de las llamas y quemar gente. Como dije en su capítulo introductorio, dudo que Roy aprendiese su alquimia con la idea de quemar personas, sino de aprovechar el producto de las reacciones químicas: el calor, el consumo de oxígeno, la onda expansiva de una combustión, etc. Todo eso pega más con la idea que tengo de Roy, una mezcla entre científico y militar.
PD2: ¿Os habéis fijado en el cameo de un pj que aparece más tarde en FMA? Dijeron que fue herido en la guerra, pero no explican en cuál (para mí el primer anime no cuenta).
Y bueno, eso es todo. Espero que hayáis disfrutado con esta primera parte. Volveré a publicar dentro de unas dos semanas. Esperemos que para entonces el tema del coronavirus haya mejorado en España, o por lo menos en Madrid, donde las cosas están bastante mal. A los que vivís en latinoamérica, mucha fuerza y ánimo para superar lo que viene. Respetando las cuarentenas y teniendo especial cuidado al ir a comprar o lavarse las manos, podréis con ello. Cuidaos mucho.
