SDisclaimer: Los personajes usados acá no me pertenecen.

Advertencias: Yaoi.

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Danza entre titanes

Por St. Yukiona

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Los desafortunados

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El auto avanza por las congestionadas calles de la ciudad portuaria. Desde el paseo marítimo habían podido ver en la lejanía las luces de la base que había en altamar en una de las pequeñas islas salientes que condicionaron para servicio militar, donde los jaeger dormían. Era cierto que Yuuri se había negado en asistir en aquella salida sin embargo la presión llegó desde diferentes flancos: la Mariscal Mila Babicheva, el teniente Giacometti y hasta el siempre callado y amable capitán aéreo Altin insistieron en que asistiera a despejarse y distraer un poco su cabeza, no dejaron de presionarlo hasta que no lo subieron al helicóptero. Y ahora estaba ahí con la promesa de Viktor de comer auténtico Katsudon.

El ruso está a su lado y siente el calor de su cuerpo reptar por su costado. Trata de concentrarse en las imágenes que pasan en cámara rápida por la ventanilla. El chófer se ha puesto a platicar con Viktor y Yuuri solo es capaz de dejarse arrullar por ese tono que le susurra al oído con fuerza y demanda cada vez que lleva el casco puesto. ¿Qué haría Nikiforov si supiera que su mundo entero gira a su alrededor? Que el pensamiento constante de no regresar a la base le causa terror a Yuuri pues su último deseo siempre sería despedirse apropiadamente de Nikiforov pues Katsuki es muy consciente que la vida la tiene pagada en la guerra y es ahí donde va a encontrar su camino hacia donde sus padres y Mari descansan. Vengaría a la tierra y después de una emperrada pelea se dejaría morir, pero es siempre la voz de Viktor desde su micrófono el que firmemente le dice que debe de volver.

¿Cuántas veces no había caído lentamente en la tentación de dejarse vencer y cuántas veces fue Viktor el que lo trajo de regreso sin siquiera saberlo?

Llegan hasta un restaurante simple, bastante sencillo. Sabe que es un restaurante por el letrero que hay en el exterior y baja primero Yuuri mientras Viktor paga la cuota. Se despide con una reverencia apenas suave del conductor y Viktor enérgico agita su mano. Ambos entran al lugar y el olor de los takiyokis y de la judía roja recién cocida le hacen agua el corazón a Yuuri. Es un olor familiar, uno que inconscientemente añoró y ahora está ahí. Se siente de siete años y ya no lleva un perro muerto entre sus manos.

Traga saliva y mira de reojo a Viktor, lo pilla espiándolo y ambos ríen irremediablemente. Caminan hasta una mesa. La mesera es nativa de la ciudad sin embargo por el modo en que está escrita el menú le hace saber a Yuuri que el cocinero o el dueño –quién demonios iba a saberlo—es japonés. Está esa forma particular para acomodar el ofrecimiento de platillo para el comensal que solo en Japón se daba.

Pide un katsudon además de un caldo de cerdo porque el frío lo está matando, el ruso no lo siente y se ríe del japonés al darse cuenta que su nariz se ha puesto roja. La velada fluye con calma. Platican y comen. Beben y se ríen. La tensión que los rodea constantemente en la base militar se va evaporando. Ahí no hay reloj de la vida, no hay reloj de la guerra, no hay un traje esperando a ser utilizado en el closet de Yuuri ni una diadema con una mesa de mando donde Viktor dé instrucciones, sólo están ellos dos en un pequeño restaurante con cuatro mesas y una larga barra donde caben otras ocho personas. El ruido de los sartenes, la cerámica y los cocineros hablar entre ellos. Se preparan para el final de la jornada así que todo está muy movido y Yuuri no puede evitar pensar en esas primeras citas que tuvo con el ruso. La mayoría en establecimientos así de pequeños y modestos cerca del puerto.

Ambos eran pilotos en servicio y se escapaban cada fin de semana –o cada que podían—al puerto para fingir ser una pareja normal. Lastimosamente los únicos lugares que había a disposición terminaban por ser sitios nada extravagantes ni especiales no había una especialidad del chef o un postre que compartieran entre ambos, usualmente siempre era pescado frito con arroz o cualquier cosa de la localidad que fuese tradicional comer entre los porteños. Pero para ellos, dos jóvenes pilotos, era el jodido paraíso.

Extrañaba esos días, pero Yuuri no era ese tímido adolescente que se escondía detrás de su hermana en las entrevistas, ni Viktor era el mismo piloto que sonreía a las cámaras festejando sus victorias en compañía de su hermano, no había forma de hacer honor a su nombre, no ahora cuando ni siquiera se consideraba un hombre completo uno que había perdido una extremidad y a su hermano por su debilidad, a su matrimonio y alejado a su pareja por mero egoísmo.

—El amor es una debilidad a la cual no debes estar subyugado, Viktor... está bien mientras se quede en tu imaginación —fueron las palabras que Yakov le dedicó mientras comenzó a colocarse el abrigo de piel cierto día de verano. El auto esperaba por él afuera a pie de la gran puerta de pesados marcos de madera y grabados metálicos.

—Lo dice el hombre que duró casado veinte años con la misma mujer y jamás le fue infiel...—contradijo hábilmente el convaleciente observando la espalda ancha de la figura enana del mayor, quien al escucharle detuvo sus acciones mirando por encima de su hombro.

—Hasta que tuve que asesinarla porque sabía demasiado...

Viktor negó con la cabeza, no entendía porque recordaba justamente eso en ese preciso momento mientras caminaba a lado de Yuuri. La cena estuvo deliciosa y ambos acordaron salir a bajar un poco la comida antes de regresar a la base pues en sus condiciones estaban seguros que podrían tener en cualquier momento una indigestión estomacal. No obstante el brillo en los ojos avellana de Yuuri removían más de lo necesario en Viktor, quien como si no tuviera suficiente con sus pensamientos tuvo que soportar el parloteo de Yuuri sobre Yuri durante buen rato hasta que se quedó callado y solo hubo silencio entre ambos.

Un lazo que se rompe es imposible de reparar, si se enreda sólo se convierte un maleficio que te ata, es lo que rezaba un viejo texto que leí hace mucho año. Durante muchos años pensé que en realidad lo que nosotros teníamos era un jodido lazo roto que se había enredado hasta el punto en que era difícil deshacer, pero hasta hace un poco más de un par de meses descubrí que en efecto, eres el hilo rojo de mi destino.

—El primer amor es una ilusión, un amor imposible —dice Yuuri tras un silencio que a diferencia de los silencios del mundo este ha sido agradable. Ha sido una bocanada de aire antes de permitirse seguir en la agonía. Sus manos acarician sus propias mejillas que las siente agrietadas por el frío. A esas alturas del entrenamiento muchas partes de su cuerpo han dejado de tener sensibilidad, o al menos ha creado ese filtro en su cerebro, de ser más conasciente de aquello que le acongoja no se levantaría de la cama, sin embargo, no hay tiempo para quejarse porque nunca se sabe en qué momento llegaran los monstruos a susurrarle al oído.

—¿Qué? —pregunta Viktor mirándole de reojo y Yuuri reacciona de su doble ensoñación, su doble pensamiento.

—Eso lo dijiste cuando me pediste que dejáramos esto si regresaba de la misión en la costa este de China ¿Lo recuerdas no?

¿Cómo podría olvidarlo?, piensa Viktor torturándose poquito mientras silba haciendo un ademán. Reconfortándose en el tiempo y tratando de convencerse otra vez que ha sido lo correcto, lo mejor que le pudo pasar porque de otra manera Yuuri seguiría atado a él. Aunque poco a poco el mismo tiempo le ha demostrado que ambos están atados y no precisamente el uno al otro sino a la vida llena de muerte y caos.

En aquel momento para Viktor perder a Yuuri hubiera significado su propia muerte, tuvo miedo de seguir adelante y afrontar lo que el destino le tenía deparado frente a él. No recordaba un mundo donde no existiera dolor y el hedor a muerte que le quedara perpetrando su cuerpo por más que se bañara mas con la llegada de Yuuri aquellos indicios de apocalipsis de a poco se habían consumido, se habían extinto, y entonces, tras la perdida de su hermano, de su extremidad se dio cuenta que Yuuri lo hacía débil, o quizás era él el que no quería ser el motivo de la debilidad de Yuuri. El Viktor de ahora no era capaz de entender del todo al Viktor de aquel entonces y se pegaba de bruces contra la pared cada vez que se iba a la cama sin Yuuri a su lado.

Había sido consciente desde mucho antes que si no volvía a retomar las cosas desde donde se quedaron su relación con Yuuri iba a convertirse en una pequeña flama que se extinguiría para siempre. Sin embargo, tras la llegada de ese tal Plisetsky todo se había acelerado: su corazón, sus celos, su plan para recuperar a su marido. Porque por sobre todas las cosas era su marido, no habían firmado un solo documento de divorcio al estar ambos conscientes que si se alejaban no era por falta de amor sino por falta de algo que se les había perdido en el camino, o al contrario, algo que habían acabado por recoger del exterior: miedo. Un miedo real contagiado del exterior, de esa sombra que recubría el mundo en época de guerra y destrucción.

Yuuri viviendo constantemente la pesadilla de no poder ser lo suficiente fuerte como para romperla en el campo de batalla, y Viktor viviendo aterrado en no poder ser el soporte que acompañara a Yuuri en sus últimos momentos a través del micrófono. Podía ver claramente la imagen: él sentado frente a la cabina del mando con todas las luces de alertas iluminando su rostro. Rojo, amarillo y naranja. El temor respirándose en los controles y el calor llenándole la sangre mientras que con horror era testigo de cómo la cabina del jaeger piloteado por Yuuri y cualquier otro valiente piloto empezaba a quedar sin oxigeno, escuchaba claramente los jadeos de Yuuri anunciándose protocolario como situación crítica. Situación crítica y unas buenas noches para siempre.

—¿Aún lo sigues pensando?

Jadeante Viktor se gira hacia Yuuri y lo ve ahí con las mejillas rojas, la nariz sorbiendo el escurrimiento nasal y los lentes de marco azul afectados por el infernal frío. Ese es Yuuri, su Yuuri, al que ha alejado para no tener que soportar la densidad de la muerte.

—¿El qué? —Viktor aleja el pensamiento de su mente otra vez y cierra brevemente los ojos cubriéndose con las manos enguantadas el rostro, y le sonríe recargándose del barandal, lo ve de reojo y Yuuri pone los ojos en blanco.

—El que el amor primero es una ilusión. Han pasado bastantes años.

—No lo sé... —responde el ruso y vuelve a mirar al frente—. ¿Tú que crees?

—Tampoco lo sé. Me encantaría poder decirte que no o sí pero estoy en un "tiempo" con mi esposo desde hace algunos años.

—Bueno, supongo que tratar de seducir a un hombre casado en un "tiempo" no es algo tan malo —agrega el albino sonriendo coqueto y Yuuri suleta una carcajada que muere cuando se cubre la boca.

—Supongo que no mientras no se enteré mi marido... a veces no sé en lo que está pensando, a veces no sé si realmente quiere que nos separemos de forma definitiva o si quiere volverlo a intentar... —azuza y deja su mano sobre el barandal, la punta de sus dedos roza sutilmente el borde de la manda del abrigo ajeno, y sus ojos acarician la acción sin ninguna expresión en particular.

—Eso tampoco lo sé, sólo sé que si yo fuera tu marido... —no se mueve Nikiforov, él también mira esos tímidos dedos que titubean entre rozar su mano o no—. Sí yo fuera tu marido... te diría que te amo tanto que de las seis mil millones de personas que hay en el mundo solo me importaría una muerte... y esa muerte sería la tuya, una muerte para eclipsar mi vida, Yuuri...

—¿Por qué de pronto hablas de muerte, Viktor? —interroga Yuuri aún con un tono sutil, un tono que resguardaba la intimidad del momento. Pero este se rompe en el segundo en que Viktor se incorpora por completo alejándose de él y Yuuri le sigue con la mirada confundido. Apartando su mano del barandal donde estuvieron a punto de tocarse, deja su mano debajo de sus brazos para volver a guardar el calor.

El estómago lo ha dejado de sentir tibio, el efecto del caldo de cerdo que se ha comido ha empezado a mermar y en cambio el invierno le muerde los huesos. Él mordisquea sus propios labios.

—Será mejor que regresemos a la base... —susurra Katsuki.

—En cualquier otro momento te hubiera hablado de flores, perfumees, joyas... el cielo y las estrellas, Yuuri —infiere enseguida Viktor mirando aún hacia el mar que se extiende frente a él, frente a ellos. Y Yuuri alza la mirada para observar el perfil del albino. Se sigue abrazando—. Pero estamos en medio del terremoto y es difícil poder distinguir cosas bellas... el primer amor es una ilusión, aunque eso no quiere decir que no sea real... es una ilusión para personas como tú, personas como yo, como Mari como ni hermano... parecemos de forma tan rápida, nuestra existencia es efímera y poco valorada que es una ilusión... —Viktor mira entonces de reojo al japonés—. Lamento mucho si te di a entender algo como que te amaba menos de lo que tú me amabas a mí.

—Aún te amo, Viktor —responde casi de inmediato el japonés y se hace silencio entre ambos nuevamente. Hay un duelo de miradas que dura lo mismo que sus respiraciones calmadas hasta que es uno el que se cansa y otro el que le sostiene el mentón para buscar el hogar de sus labios en un amable beso.

Antes se han besado pero esta vez es especial. Yuuri intenta probar sus palabras y Viktor le quiere decir que le cree. Se miran un instante y Yuuri es el que baja la mirada, sus manos han subido a la solapa del abrigo del mayor y acaricia con cuidado debajo del dobles del cuello, desliza los dedos hasta donde debía estar el corazón y presiona ahí. Viktor pega su frente a la ajena y gruñe suavemente.

—Lo siento, Yuuri.

—¿Por qué mierda te estás disculpando...?

Otra vez el silencio que los envuelve y se miran a los ojos con intensidad. Ambos llegan al compromiso tácito de alejarse de esa pose, solo se causaran más daño además del que tienen que tolerar ya. Ambos, en cambio, se buscan las manos para bajar del mirador y caminar por la avenida principal en busca de un taxi que los lleve de vuelta a casa. Sus dedos se acarician y se entrelazan aferrándose en un agarre para nada tímido, sino un agarre conocido y familiar. Sus calores se combinan y hacen uno más fuerte.

Yuuri vuelve su mirada, antes juro no volver a insistir para regresar, al menos no hasta que Viktor diera señales positivas porque está seguro que su corazón no soportaría más rechazos. En cambio pilla otra vez a Viktor espiándole. ¿Será acaso esa una señal?ambos se sonríen con cariño, con amor, no hay burla, ni alegría, solo ese sentimiento que sigue después de la triste nostalgia y felicidad.

El primer impacto se da a varios kilómetros de la ciudad, pero ha sido con tanta fuerza que el matrimonio lo resintió bruscamente, intensamente, todo se ha sacudido rompiendo la atmosfera. El suelo se les mueve de forma violenta y Viktor se sostiene de Yuuri para no caer. Yuuri hace lo propio confundidos se miran entre sí para después fijar su vista hacia la dirección donde una alta llamarada roza el cielo.

—¿Qué...

Viktor ha sacado su teléfono para llamar a la base, mientras por el radio solicita transporte urgente para ser llevados hasta allá. Pero Yuuri ha vuelto casi corriendo hacia la avenida principal que habían recorrido cogidos de la mano. El vaho se le escapaba de los labios entreabiertos. La gente cunde la calle y miran también hacia el fulgor amarillo ora naranja ora rojo que se ve desde donde las llamaradas. Es un resplandor distinto al del fuego vivo y furioso, es un resplandor espectral y terrorífico que deja petrificado a quien lo ve. Los ojos del piloto jaeger se abren con desconmesura pues es el mismo resplandor que vio aquella noche en que los kaijou aterrizaron en Japón, aquella noche en que todos murieron sin que pudiera hacer absolutamente nada.

El cuerpo se le congela, el corazón se agrieta, la carne le tiembla y sus tímpanos se rompen ante un estridente ruido, un chirrido de miles de bebés naciendo en un sofocado grito que parte el alma o quizás algo muy parecido al colisionar metal contra metal, o quizás todos los horrores del mundo hechos sonidos y viajando a una velocidad rídicula para llenar los oídos de los desafortunados. Un presagio de la muerte.

—Okaasan... —azuza entre labios que se han puesto fríos y la primera explosión había hecho volar la casa de Tatsuya-san y el parque detrás de ésta. Su padre había corrido hacia allá apenas escuchó el estallido y tras la segunda explosión supo que no lo volvería a ver fue entonces que Mari tiró de su brazo para alejarlo. Las explosiones eran consecutivas, una detrás de la otra, lanzadas de forma estratégica para no dejar palmo de cemento intacto—. ¡Okaasan! —gritó el niño que corre desesperado tomando en brazos a su perro pero buscando con la mirada entre la bruma del humo, fuego y ruinas a su madre que no responde. Su hermana lo siguió empujando.

—Yuuri —reacciona y Viktor lo tiene contra una pared le sostiene el rostro, y Katsuki se siente colapsado.

Otro estallido que lo hace encogerse. Ambas manos las deja en sus oídos mientras sus ojos hacen un esfuerzo sobrehumano por no derramar una sola lágrima.

—Viktor. Viktor —lo llama asustado, es incapaz de contenerse sosteniendo al ruso de los brazos.

Viktor se encoge a otra explosión están cada vez más cercanos. Empuja a Yuuri hacia un lado cuando una explosión detona cercanos a ellos, un pitido lo ensordece y empeora en el momento en que las pesadas botas metálicas de aleación de December black caen en el pavimento aplastando un carro y derrumbando la fachada de varios locales que ante el estrépito del jaeger han cedido. Viktor entiende poco lo que ocurre pero su prioridad es Yuuri al que ve tirado a unos metros de él. Se arrastra para cubrirlo con su cuerpo y aferrarlo contra él.

Los pasos y carrera del jaeger contra aquella maquinaria kaijou cimbran el suelo, se siente como una cama de agua sobre la que niños saltaban de forma enérgica. Viktor enterraba sus manos en el cuerpo inerte de Yuuri para sofocar su propio temor ora no permitir que nada dañara el cuerpo del japonés. Su radio empieza a captar frecuencia, o quizás apenas sus oídos se adaptan y es capaz de escuchar que le llaman por el radio.

—¡Aquí Nikiforov! —grita aunque no es necesario porque en la base lo escuchan claramente.

—¡¿Dónde está Yuuri?! —exige saber Yuri mientras golpea una pared. Mila le mira con reproche y enseguida toma aire aliviada de saber que seguía con vida el ingeniero.

—Teniente Nikifirov. ¿el Mayor Katsuki está con usted?

—Así es —su tono de voz es alto pero es necesario pues se escucha también el estridente ruido ambiental.

—¿Cuál es su situación?

—Crítica. Estamos... en medio de fuego cruzado. A unos dos kilómetros del campo principal, y a unos cinco o siete kilómetros de la zona de primer impacto —inquiere agitado—. Necesitamos instrucciones de evacuación.

—¿Se encuentran heridos?

—Katsuki está inconsciente pero no está en apariencia... —la comunicación se corta brevemente y Yuri está arrancando un pedazo de pared—. Debemos movilizarnos ¡ya!

—Te daré las coordenadas de intercepción. En zona segura.

—De acuerdo —Viktor espera paciente y le dan las instrucciones prometidas, no le queda más que tomar a Yuuri y echarlo sobre sus hombros. Una cargada usual de salvamiento militar. Lo resiente en su muñón que se aplasta un poco más contra la prótesis pero ha levantado el doble del peso de Yuuri en pesas, así que no le cuesta trabajo movilizarse hacia el sitio denominado zona segura.

Al tanto Yuri se preparaba para salir en medio del caos. Estaban dando seguimiento a December black contra aquello que había arribado sin previo aviso, y ahora Mila había decidido delegar a un pequeño comando el rescate del par de militares atrapados en fuego cruzado, pues si las cosas se ponían aún peor, tendrían que hacer uso de los servicios de Katsuki Yuuri y Yuri Plisetsky.

—¿Te dejó ir la mariscal Babicheva? —pregunta Altin al rubio que subía al helicóptero.

—¿Por qué otra razón estaría abordando? —pregunta tajante el rubio mientras que se acomodaba en uno de los banquillos traseros.

El piloto suspira y sabe que está a punto de cometer una infracción contra el código de obediencia militar, los protocolos de acción y el reglamento de la base pero sabe que si da aviso a la mariscal de que lleva un polisón, el rubio estará furioso, además de preocupado. Ambos son militares así que no será un lastre, Yuri siempre se esforzaba para ser útil en cualquier situación que ameritara acción.

—Aquí el capitán Altin desde Delta. Permiso para despegar —habla el kazajo mientras que enciende los motores y las aspas del vehículo aéreo.

—Aquí el capitán Dustin desde Omega. Permiso para despegar—habla ahora alguien por el comunicador

—Delta, Omega. Permiso concedido. Buen viaje —responde la torre de control.

Primero es el helicóptero comandado por Altin el que se eleva y toma ruta hacia el exterior, la noche se ha teñido de una extraña nube violeta, y los destellos desde la ciudad opacan las luces artificiales que dan vida a la misma. Ésta convulsiona entre chirridos y explosiones. Yuri mira a December Black pelear contra algo que no se distingue. En realidad lo han descrito como una especie de erizo de enormes proporciones que avanza a velocidad y hace difícil el ataque. Una nueva forma de vida Kaijou, no lo saben, no quieren detenerse a observar y teorizar al respecto, lo harán después de que obtengan su cadáver, ahora hay prioridades y Yuri se siente igual de agitado que cuando sube al jaeger. Traga saliva, aún se siente cansado y el cuerpo le duele terriblemente, pero le preocupa mucho más la seguridad de su compañero.

Ese cerdo idiota.

A su lado hay cinco soldados más que preparan sus armas. Él mismo prepara una por si es necesario. Aunque sabe que de poco le va a servir un rifle militar contra un kaijou en caso de que se diera tal enfrentamiento.

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Los impactos y el ruido de las revoluciones de cada articulación mecánica del jaeger siguen sonando fuerte, pero se ha acercado lo más que su cuerpo ha podido hasta la zona de desplazamiento. Sin embargo se detiene un momento cuando se da cuenta de un detalle. Uno desagradable. Mórbido. Sus ojos azules se fijan en el rostro de cada una de las personas ahí presentes. Todas ellas muertas. El corazón se le ha dejado de estrujar ante escenas como esas, sin embargo, con Yuuri sobre su espalda no deja de pensar que en cualquier momento esa misma expresión que muestran los fallecidos podría decorar el rostro que tanto ama.

El sonido de los helicópteros lo alerta.

Otabek solo distingue bultos tirados sobre la zona donde hará un aterrizaje informal. Es hasta que se acerca más que nota que eso es un estacionamiento, debajo seguro hay un refugio, hay restos de la estructura de un edificio que está hecho pedazos, seguramente ahí fue el epicentro de una de las explosiones. Los cadáveres sobre los que va aterrizar, probablemente es la gente que no alcanzó a refugiarse.

Viktor acomoda mejor a Yuuri acomodándole en la espalda mientras avanza, escucha algunos lamentos y algunos de los cuerpos aún se mueve. Quisiera ayudarle, pero la prioridad es dar atención si es requerida para el piloto. Otabek también lo sabe, así como el resto de los soldados. No pueden meter una misión dentro de otra misión, y la prioridad es regresar al piloto y al ingeniero a la base. Mucho de los civiles que han sobrevivido y que están agonizando probablemente mueran de una forma lenta y dolorosa, otros muy probablemente ni siquiera noten el momento en que la agonía los venza y se queden dormidos. La realidad en la guerra con el tema de los civiles es mucho más sensible de lo que se mostraba en la televisión o las películas.

Los militares bajan y Yuri también lo hace corre al encuentro con Viktor y Yuuri. Ayuda a este a cargar el peso del japonés. Lo mira asustado y Viktor no ve más que a un niño agitado ante su madre herida. No quiere profundizar en los sentimientos que se reflejan en esos ojos claros. Suben al helicóptero y el paramédico que le acompañan hacen que recuesten a Katsuki en el piso. El segundo helicóptero sobrevuela la zona, Altin ni siquiera ha apagado los motores. Los militares tardan en subir, cuando Yuri desespera se fija qué es lo que hacen sus compañeros como para tardar en abordar para regresar a la base y poder darle atención a Katsuki. Pero se queda sin palabras al darse cuenta que los soldados están dándole tiro de gracia a todos los sobrevivientes en ese lugar. La sangre se le enfría y confundido mira ahora a Altin que le regresa la mirada en silencio.

Esos eran los desafortunados.

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¡Nos leemos pronto!

¡Gracias por leer!

St. Yukiona.

Que los ama de pulmón, páncreas y todo lo demás.