•
XXI
Niebla & Oscuridad
•
Antes de que el tiempo fuese tiempo y la humanidad fuese tan sólo un pensamiento, los grandes colosos, los enormes titanes, vivían en lo que, para ellos podría ser la armonía perfecta sin embargo para los humanos podría llegar a ser un verdadero infierno donde el orden apenas era una palabra.
El mundo, fue en algún momento, un profundo y despiadado vórtice de caos.
Las guerras para ganar territorio en el planeta designado para la vida, eran el pan de cada día. Las victorias como las derrotas se contaban por millones y aunque eran pocos de ellos, tampoco eran absolutos ni eternos, pues el universo eso decidió. En ciertas partes del mundo, comenzaban a hacerse presentes vidas ajenas al diminuto clan de los enormes titanes.
Sobre las tierras del norte, el sur, el este y el oeste. En todas las zonas. Diversas entidades poderosas nacían de la luz del sol. La oscuridad. Del agua, del fuego, de la tierra, del viento y de las estrellas.
Por lo que, intentando desequilibrar el "orden" que ellos tenían, los titanes intentaron combatir con todo lo que tenían contra aquellas figuras recién nacidas que, poco a poco, iban incrementando su poder y su número. Apareándose entre ellos y trayendo con eso, más problemas para los inclementes colosos. Aquellas figuras pequeñas al poco tiempo de conocerlas no los engañaron, esos enemigos eran peligrosos. Sus instintos se los decían.
Ni su complexión pequeña, inocentes caras, ni mucho menos la edad. Nada de eso fue un impedimento para que los recién llegados pusieran poco a poco su propia dinastía sobre la de los titanes, arrasando con todo aquel se les interponía, fuese del tamaño que fuese.
Entonces entre todo ese cambio. El creador supremo. El ser absoluto y cuya existencia todos los residentes del mundo respetaban, bajó e impuso orden. No sólo eso, dio la oportunidad a las entidades de gobernar áreas designadas.
Y sobre su palabra no había nadie.
Así se crearon los Panteones.
Todo rincón del mundo estuvo a disposición de dichas divinidades. Bajo la mirada aguda del Creador, todos tuvieron que aceptar lo que se les dio.
Poco tiempo después, el Creador estuvo convencido de que los Panteones podrían hacer algo más que llevase bien entre ellos así que puso sobre la tierra a su obra maestra, la semejanza absoluta de su físico (o lo más parecido) que más tarde todos sabrían que esa nueva raza se llamaba "humanidad".
A petición del Creador, cada Panteón guiaría a su modo a dicha humanidad, le enseñaría y la ayudaría a crecer. A venerar y respetar. A amar.
Nadie fue perfecto y sin embargo se hizo lo que pudo.
Parecía que todo estaría en paz, pero los titanes en lo que pronto se conocería como Grecia, se negaron a obedecer las órdenes. Su naturaleza hostil junto a su colectivo carácter insoportable, fueron los principales jugadores para su total destrucción y/o encierro.
Algunos dicen que fue un castigo por su arrogancia, otros que simplemente fue algo que debía pasar. Sin embargo, sin que el Creador supremo lo dictase, los titanes se vieron acomplejados por la humanidad.
Tan pequeños y débiles que provocaba comérselos, ¿y por qué no? El creador no les ordenó que los dejasen fuera del menú.
Con un hambre insaciable, comer humanos les divirtió por un tiempo. Grandes cantidades y de diferentes maneras. Algunos gustaban de triturarlos con los dientes, otros de explorar el mundo desde bajas estaturas y de ese modo, escabullirse entre las camas de los humanos para saborearlos, descubriendo así que éstos guardaban una pasión que rivalizaba bien con la suya.
Durante muchos años, Cronos, el gran rey de los titanes negó sentir tal cosa por la humanidad (ni siquiera los consideraba dignos de ser su alimento) pues consideraba a esa especie el peor tipo de escoria que pudiese ver en su vida. Sin embargo, como le pasa a quien escupe al cielo, le cayó en el hocico.
Su libido fue activada por Rea, una simple mortal.
El gran Cronos luchó contra todos sus instintos lo más que pudo, sin embargo como otros antes que él, cedió a la tentación. Con Rea, fue el primer titán en engendrar híbridos que más tarde se conocerían cómo "dioses".
Idénticos en forma a quienes los hicieron retroceder provocando en varios gigantes una desconfianza bastante lógica.
Al principio, colectivamente, pensaron que éstos nuevos dioses, podrían ser soldados excelentes a su disposición, incluso buenos esclavos, sin embargo, todos aquellos planes se fueron al carajo cuando los titanes fueron advertidos por los oráculos, que aquellos diminutos pero poderosos seres, iban a ser las peores calamidades en el destino de todos los colosos.
Comenzaría con el hijo del rey, derrocando a su padre, repitiendo la misma historia de Cronos con su progenitor.
Cronos, en un intento fallido por detener el inevitable destino se propuso a comerse a sus hijos para no permitir que dicha profecía se hiciese realidad. Muy para su pesar, su elección sólo selló su futuro. Subestimó la paciencia, la inteligencia y el amor materno de Rea, quien ocultó al último de sus vástagos con astucia de sus ojos, lo que desencadenaría el principio del fin.
Zeus y el recién nacido Panteón Griego, tomaron rápidamente las riendas. Lo que una vez fue de los titanes, les fue arrancado de sus manos por los iracundos hijos del rey titán, a quien se le condenó, al igual que su hermano Atlas, a sufrir eternamente por sus crímenes.
Rebelarse ante este nuevo régimen se castigaba con la muerte y esclavitud.
Sin embargo Zeus y compañía no eran los únicos por los que los titanes tuvieron que cuidarse. Más pronto que tarde se hicieron presentes más y más "híbridos", tan fuertes o incluso más que el ya mencionado patriarca griego.
Entre ellos estaban Érebo y Nyx.
Nacidos del propio gran Caos; en medio de la guerra entre titanes y dioses. Estos oscuros dioses primarios infundieron pavor y respeto entre los inmortales.
Pacíficos en antaño, arrogantes después, ambiciosos y violentos por y para siempre.
Hermanos de niños, amantes de jóvenes, esposos de adultos. Su unión era el máximo dolor de trasero que, muchos dioses, en la época moderna seguirían recordando con vergüenza por nunca poder derrotarlos cuando ambos peleaban hombro con hombro.
Ambos gustaban de la batalla, contra Zeus, Poseidón y Hades o contra cualquiera que osase desafiarlos. Dentro o afuera de su Panteón.
Nacidos con el gusto titán por la batalla, Érebo y Nyx convocaron a su propio ejército.
Notando un curioso potencial en los humanos, se decidieron a tomar las almas más sufridas y deseosas de venganza, moldeándolas a su voluntad. Nyx llamó a su ejército "Obscuratus", la cual se dividía en dos ramas. Las "Sỹdixx" y las "Brỹdixx".
Con ambas a su disposición, los dioses Érebo y Nyx fueron casi indetenibles. Verdaderos monstruos nacidos de la propia presencia del Caos.
Fue justo cuando Nyx (deseosa de poder) planeaba tomar definitivamente los terrenos contra el Antiguo Egipto y los páramos helados de Asgard, que Zeus llamó a Érebo en un clemente llamado de paz. De un cese al fuego.
―Tu esposa va a acabar con este mundo, ¿eso es lo que quieres?
―¿Y se puede saber eso a ti en qué te afecta? —Érebo puso los ojos en blanco.
Nadie hablaba de ese modo con el gran soberano griego, excepto Nyx, Érebo y todos los pocos de su estirpe.
―¿Afectarme a mí? ¿Qué tal a la humanidad?
―¿Y la humanidad en qué…?
―El Creador ha pedido mantener a los humanos lejos de eso.
Érebo soltó una risotada.
―Curiosamente tú y tu prole han sido los primeros en desobedecer esa orden, ¿o no?
―Escucha, una cosa es que los humanos se maten entre sí. Otra muy diferente es usar el poder de la Fuente Original para eso. Esas cosas llamadas Sỹdixx son una amenaza y lo sabes.
Sí, Érebo lo sabía. ¿Y qué? La humanidad no le importaba personalmente, y siendo sincero tampoco le importaba su propia vida.
―Si Nyx se aferra a su objetivo, el Creador la borrará por completo. Sabes que lo hará ―amenazó Zeus sacando su última carta.
Más tarde esa noche, Érebo fue convocado por el Creador mismo. No era común que los llamase personalmente, pero en su caso fue distinto. Quizás se les había ido la mano con la diversión que creyeron, sería para siempre.
―Sólo espero que hagas lo correcto ―fue lo único que le dijo.
…
Después de que Albafica de Piscis dejó al dios Érebo con sus colegas y Sasha, éste suspiró tratando de desligar algunos recuerdos que conservaba de sus años de juventud. Cuando era más orgulloso, volátil y cruel de lo que es ahora.
Desplazar su propia negatividad a los condenados del hades, le había congelado un poco el humor, estar solo y pensar en algo más allá de sí mismo, le habían dado también el don de la mejor forma cuando alguien le ganaba una disputa. Además, Érebo no había sentido la mentira o la arrogancia en ese insignificante hombre mortal, lo que por supuesto, mantenía al dios en su lugar y no sobre el mundo destruyendo ciudades en medio de un berrinche.
Para variar, Nyx todavía seguía superándole en todos esos campos, sobre todo en el explosivo carácter.
―¿Érebo? ―musitó Athena tocando su hombro.
Él la miró seriamente.
Tan pequeñita e ingenua. Una deidad de mil años, tan estúpida como el día en el que nació. Una hipócrita amante de la paz, que era lo peor de todo. A él le daba asco respirar cerca de esa violenta mujer metida en una cara bonita que traspiraba inocencia. Athena siempre fue una diosa vanidosa, rencorosa y celosa, cuyos pecados, se contaban sólo con la ayuda de las estrellas.
¿Acaso buscaba redimirse? ¿Buscaba borrar todo lo malo que había hecho, con estas guerras sin sentido?
Él y Nyx al menos aceptaban que eran monstruos. Zeus admitía que era un degenerado sin remedio. Hades aceptaba que era un perfecto imbécil la mayor parte del tiempo que se hallaba afuera, en el mundo humano, propagando caos. Pero, Athena, y sus perros, la tenían a ella en un pedestal de generosidad, que no se merecía.
Pero, Érebo entendía que, en el fondo, Athena verdaderamente había cambiado ciertos aspectos insufribles de su personalidad con los años.
De cierto modo, Athena le recordaba a su esposa cuando eran más jóvenes, por esa tenacidad. La diminuta guerrera era tan insignificante como su tío Hades y el resto de arrogantes dioses que no servían ni para calentar una fogata.
Acostumbrado a usar humanos que peleasen en sus batallas, los dioses se habían vuelto fofos y flojos. Si él o Nyx quisieran patearlos los colectivos culos podrían hacerlo aún si no tenían un ejército con ellos.
Los tiempos de supuesta paz eran sólo la ilusión de la verdad en el mundo. Eso Érebo, como hijo del cosmos puro del Caos, lo sabía a la perfección.
Dudaba algún día ver a Athena y a sus Santos como una amenaza; aunque fuertes, no poseían la inmortalidad y Athena en su profunda idiotez no les concedería ningún favor después de muertos. Por Érebo eso no se alarmó ni se alteró cuando Athena trató de animarlo acercándose a él, ¡por favor! Qué alguien le dijese a esa mocosa que no todos necesitaban de su gentileza de papel.
―Ni se te ocurra volver a tocarme ―replicó quitándose su mano con brusquedad. Desapareciendo de la vista de Sasha o como se llamase ahora.
Qué Zeus se preocupase de que sus hermanos e hija tratasen de eliminarse entre sí y con ellos a un sinfín de humanos. El río de sangre que ya llevaban formando desde hace años, algún día rebasaría el borde, y entonces, sería él, el que tuviese que decidir. Antes de que el Creador perdiese la paciencia justamente como hizo con Nyx y Érebo, Zeus tendría que detener esa masacre.
El gran dios primordial estaba harto de todos ellos.
Por un lado quiso seguir al humano y golpearlo hasta mandarlo de regreso al Inframundo, para la suerte de ese bastardo, Érebo tuvo que admitirse a sí mismo que el humano no estuvo del todo equivocado. Salvo por la parte de su egoísmo. Había olvidado que las Sỹdixx eran muy unidas a Nyx, y las emociones de su esposa eran dirigidas a las guerreras quienes no tenían más elección que reflejarlas a escases de las suyas propias.
Pero… ¿si Agasha poseía todavía sus emociones? ¿Cómo pudo reflejar las de Nyx?
¿Tan fuertes habían sido?
Tuvo que analizarlo y aceptarlo, cuando vio a la chica llamada Agasha, llorar, Érebo ya se había estado preguntando eso.
Algo había cambiado en su esposa.
El corazón de Nyx se había ablandado con los años en los Campos Elíseos… y él la hirió profundamente.
En la antigüedad, cuando ella se enfadaba y lágrimas salían de sus ojos, las Sỹdixx que estuviesen con ella permanecían estoicas. La rabia era la única emoción que por suerte no podían reflejar de Nyx al cien por cierto.
Nunca hasta ese instante alguna de las Sỹdixx lloró con ella, cuando todavía se poseía a sí misma.
«Esto es un error» pensó cuando fue demasiado tarde, sus pies sintieron la suave y fresca hierba. Las frondosas flores. El aroma que él ansiaba respirar por toda la eternidad y sin embargo sabía que le estaba prohibido.
Desde que fue un jovencito más delgado e impulsivo, ese aroma floral lo enloquecía, le hacía jadear como un perro en busca de satisfacer sus más bajas necesidades. Ese perfume despertaba al monstruo que era mejor que Érebo mantuviese a raya o podría causar un desastre descomunal en el mundo.
Nunca fue tan ruin como para negarle a Nyx la compañía sexual y él buscar por otros rumbos algo para sí mismo. La castidad fue algo muy duro para ambos.
La piel de Érebo solo rogaba por la de Nyx. Siempre la de ella.
Jamás se lo diría a su esposa, pero Perséfone hace 1,203 años se le insinuó. Desnuda, trató de tentarlo en los Calabozos Profundos. Él como el caballero que Nyx le enseñó a ser, la despachó diciéndole que una dama no hacía ese tipo de cosas con el marido de una diosa que decía respetar. La diosa rubia lo insultó diciéndole que él era aún más ruin por huir de Nyx como un cobarde, luego se fue iracunda.
En serio, Érebo se contuvo para no tomar esas palabras y atorarlas en la garganta de Perséfone, pero entendía su enojo y frustración. A diferencia de él y Nyx, su matrimonio fue pactado por Zeus y Hades sin pedirle opinión. Y no conformes con eso ambos la aprisionaron en el Inframundo para atarla al bastardo que tenía por compañero. El destino de Perséfone era tan miserable como se podía llegar a pensar.
Érebo sólo sentía lástima por ella. Así como sentía asco por Athena, Poseidón, y Hades con sus estúpidas guerras de juguete que se empeñaban en hacer cada cientos de años.
―¿Señor Érebo? ―musitó Agasha a sus espaldas. Tan sorprendida como Psique, quien la acompañaba, vieron como él admiraba al cielo oscurecido sin preocuparse por dejarse ver.
Esto debía ser obra de Nyx.
Hace siglos ambos hicieron el amor de diferentes maneras bajo este cielo. Desde que las llamas de la pasión los atraparon a ambos cuando aún eran muy jóvenes y pensaban ingenuamente en tratarse como hermanos para siempre. En aquella época nunca se imaginaron que no sólo se casarían sino que además engendrarían numerosos hijos.
Pequeños engendros que de rara vez los visitaban, pero Érebo lo entendía, como padre daba asco ya que muy pocas veces se preocupaba por criarlos bien o siquiera mostrarles lo mucho que los quería.
A diferencia de Nyx, quien daría su vida por sus vástagos sin dudarlo, Érebo era del pensamiento que cada quien nacía solo y moría solo, por lo que no valía la pena estar tan al pendiente de las vidas de los demás, aún si éstos eran su propia carne y sangre.
―Tú ―Érebo miró a Agasha con enojo―. Lárgate de aquí.
―¿Q-qué?
Sin darle la opción de replicar, Érebo usó su cosmos sobre ella para enviar a la humana a donde debía ir.
Para lo que haría no necesitaba espectadores.
«Más vale que adores mi nombre desde hoy, maldito idiota» pensó en Albafica de Piscis. El sujeto por el que definitivamente no estaba ahí haciendo el ridículo.
Luego miró a Psique quien, dio un paso hacia atrás y rio nerviosa.
―Yo… creo que mi esposo me llama.
―Chica lista ―la premió con una sonrisa burlona antes de que la diminuta ex humana se fuese al templo de Eros en el Olimpo.
Érebo aún no entendía del todo por qué todos se enfadaban con ella cada vez que una buena obra le salía mal. Ser generoso no era una cualidad compartida entre dioses, que Psique simplemente diese tanto asco como comediante como Érebo siendo padre, eran cosas distintas.
Paciente, Érebo esperó por un segundo ahí de pie contemplando a Saturno. Luego sonrió ácidamente momentos después, cuando sintió que Nyx se acercaba. Haciendo un truco que sólo volvía a repetir cuando el Inframundo comenzaba a parecerle demasiado caliente, Érebo se desmaterializó haciéndose niebla.
―Agasha, querida. ¿Dónde estás? ―la oyó usando ese tono infantil que a Érebo hacía sonreír.
Sin importar los años, la inocente Nyx que aparecía sólo cuando su esposa se sentía en confianza parecía ser imperturbable.
«Soy un desgraciado» se dijo acercándose a ella.
Si tuviese su lengua, se relamería los labios. Esa toga transparente le daba una vista exquisita de lo hermosa que era su esposa. Desde sus anchas caderas, ese abultado trasero que en antaño gustaba de palmear cada vez que ella le daba la espalda (aún si estaba enojada y amenazando con despellejarlo), esa fina espalda que recordaba lamer mientras se empujaba en su interior.
Impulsado por el mismo deseo que lo orilló a besarla la primera vez cuando ambos entrenaban y aún se trataban como hermanos, Érebo materializó su cuerpo de nuevo. Aprovechándose de su forma incorpórea, se las arregló para emboscar a su esposa de espaldas. Afianzando sus caderas a las suyas. Pegando su rostro al cuello de Nyx, sintiendo su exótico cabello rozándole las mejillas. Pasando otra mano por debajo de sus generosos pechos, tomando el izquierdo.
Sin duda ella no se esperó encontrarlo ahí. Y aun si Nyx todavía estaba muy molesta como ofendida, entristecida por culpa suya, el cuerpo de la diosa supo instantáneamente quien estaba tocándola, pues un gemido traicionero salió de sus carnosos labios.
―¿Q-qué haces aquí?
Si algo le gustaba a Érebo era que Nyx estuviese tan receptiva a sus caricias que le fuese por completo imposible el intentar rechazarlo.
No dejó de amasar su seno izquierdo, es más, bajó su mano de sus caderas hasta meterla entre sus piernas, llevándose la delgada toga con él para acariciar a Nyx por encima de ella. Nyx llevó sus manos a su cabeza cuando Érebo comenzó a besar y lamer su cuello. Sin objeciones ella le dejó paso libre sin dejar de gemir la pregunta anterior.
―Di-dijiste que n-no volve-rías ―musitaba con los dientes apretados. Aún sobre la tela de la toga, Érebo había logrado introducir gran parte de sus dedos adentro de su intimidad.
―Jamás dije eso ―gruñó sobre su piel. Mordió suavemente sin dejar de estimular el pecaminoso cuerpo de Nyx.
Impaciente como siempre, ella misma hizo desaparecer su toga tal cual hizo con la toga que él llevaba. En un movimiento brusco, Nyx lo separó de ella pero no para votarlo a la basura, donde pertenecía sino para agarrar con fuerza su cabello, bajándolo hasta su rostro y rozar deliciosamente sus labios con los suyos.
―Tú y yo tenemos mucho de qué hablar ―le gruñó aún ofendida.
Nadie más que él podía entender cuando los ojos de Nyx reflejaban odio, tristeza o felicidad. Para nadie, sólo para él, esos ojos eran como libros abiertos.
Érebo la había herido tanto.
―Lo sé ―le respondió correspondiendo el primer beso que compartían en siglos.
Tenían tanto de qué hablar y una eternidad para hacerlo. Por ahora, Érebo sólo buscaba hacerle el amor a su diosa cómo sólo él podía hacerlo.
…
Una vez que Érebo se fue y Albafica estuvo seguro adentro de sus aposentos, Sasha despachó a sus Santos pidiéndole a Dégel que revisase la condición física del Santo de Piscis pues éste acababa de revivir y necesitaría ayuda si se encontraba en dificultades de algún tipo.
—De acuerdo —dijo Dégel marchándose a cumplir la orden.
Hasgard junto con El Cid, irían a Rodorio a tratar de calmar a la población. Por su lado, Shion y Regulus se ofrecieron a ir a la casa de la florista para levantar escombros, tratar de despachar a los curiosos y evitar hablar de la muerte de Agasha. Por el momento lo último que se debía saber era que un Santo Dorado (controlado mentalmente o no) había matado a sangre fría a una chica civil sin motivo aparente.
Sasha se sintió muy mal por Albafica y Agasha.
La diosa no dejaba de culparse por ser tan ingenua como para creer otra vez en lo que escuchaba su corazón y sus oídos mortales, inútiles ante las mentiras y otro tipo de estratagemas creadas por los otros dioses para arruinar vidas ajenas; para su desilusión Sasha seguía viviendo en la fantasía de "todo se arreglará" o "no hay de qué preocuparse".
Ese modo de pensar había eclipsado en esta catástrofe.
La joven deidad pidió a su Ilustrísima que la dejase sola y orientase al resto de Santos a volver las cosas a la "normalidad", Sasha se marchó a sus aposentos con la cabeza baja.
Abrió las puertas de su enorme alcoba, donde se hallaba la tina hecha por Eros con la intención de darla a Agasha la vida una vez que ella regresase con Albafica. Nadie se esperó que la propia muchacha decidiese no volver.
«Esto es culpa mía» pensó decaída.
Ella le había permitido a Albafica beber del agua de Elefthería; había permitido que él bajase a Rodorio y se pasease a sus anchas. También confió en Psique y su palabra, cuyo valor (se encargaría de recordar) era menos que el de un costal de estiércol. Y por sobretodo, había empeorado las cosas al llamar a Eros para que le incrustase una flecha de odio a Albafica y lo volviese completamente loco.
Pensando en irse a acostar a su cama para tratar de aliviar un poco su culpa, Sasha caminó por de lado de la tina blanca sin el deseo de mirar siquiera las cenizas combinadas con el agua ennegrecida por la flor de Perséfone. No tenía el valor de hacerlo sin desmoronar su moral.
Un gemido sorpresivo salió de su boca apenas dejó la tina atrás y oyó a alguien toser.
—¿Pero qué…?
Girándose, Sasha abrió la boca y los ojos, completamente anonadada de ver a Agasha tosiendo sentada en la tina. Su cabello castaño había regresado a su sitio así como su piel bronceada.
Acercándose rápidamente, Sasha la sostuvo del hombro y la espalda desnuda mientras la chica seguía tratando de recobrar el oxígeno.
Sasha le palmeó un poco su espalda para ayudarla. Acarició aún sorprendida por la fría y suave textura del cuerpo. Lo que llamó su atención cuando la muchacha ya se había calmado para voltearla a ver, fueron esos ojos ennegrecidos con brillos en ellos.
—¿Agasha?
Agitada y de manera instintiva, Agasha se llevó una mano al seno izquierdo donde pronto descubriría una pequeña cicatriz circular. Al mirarla y remarcarla con las uñas de sus dedos, recordó un poco de lo que había visto en las memorias de Albafica; específicamente lo ocurrido con su cuerpo mientras su alma vagaba en los Campos Elíseos.
«Esto lo hizo la flecha de Eros» se convenció sabiendo bien que el señor Albafica no le hubiese hecho daño a propósito; aun así no dejaba de doler.
Movió un poco su cabeza para enfocar a la diosa griega que la veía con asombro.
—¿El señor Érebo… me trajo de regreso aquí?
—Pareces desilusionada —se percató Sasha con un tono triste.
—La verdad, lo estoy.
Agasha miró sus manos llenas de cicatrices. A su mano se había agregado la cortada que se hizo en su última borrachera. Se había acostumbrado a ver sus manos sin marca alguna y con su piel no perturbada por las horas y horas trabajando bajo el sol que le provocaba malestar volver a su mortalidad.
—¿Por qué he regresado? —se preguntó en un lastimero tono de desilusión—. Estaba feliz con la señora Nyx y la señora Psique.
Sasha tragó saliva, y con ella el dolor que sentía al oír a Agasha hablando así cuando hace unos pocos minutos Albafica se había marchado con su alma hecha pedazos por la decisión de la florista de partir definitivamente del mundo mortal.
—Porque aún no es tu hora —respondió Psique atrás de Athena.
Ambas chicas la vieron, ella bebía una copa de vino. Moviéndola en círculos, acercándose con ese paso seductor que encantaba a Eros.
—El señor Érebo ha regresado con ella, supongo que eso cabreará a algunos idiotas en el Olimpo, por ejemplo el viejo verde —tosió esa última mención—. Pero como mi querida hermanita aquí presente seguramente entiende todo eso de los cambios, ¿o no, Athena?
Por la cara irritada de Sasha, Agasha pensó que la diosa iba a atacar la yugular de Psique, pero como era de esperar del carácter pasivo de la diosa de la sabiduría y la guerra, Sasha suspiró alcanzando un nuevo nivel de paciencia.
—¿Cómo es que no se te ha caído la cara de vergüenza? Por poco ocasionas un terrible accidente.
—Tú lo has dicho "por poco", lo que significa que no ha pasado, ¿o sí? —sonrió divertida.
Antes de que Sasha perdiese toda su paz interior, Agasha intervino.
—¿Cómo que "aún" no era mi hora? —preguntó dudosa.
—Érebo es un dios oscuro, un dios primordial. Digamos que su palabra es ley y si él dice que aún no era tu hora pues qué más les queda a las Moiras aceptarlo dado a que tu hilo ha sido reformado por su poder. Como el de Albafica de Piscis fue restaurado por el agua del río Zoí. Ambos poderes son mayores que los de ellas.
Agasha trató de que el nombre del señor Albafica no afectase a sus emociones, sin embargo su corazón mortal aún no hacía conexión total con su alma inmortal. Y mejor no hablemos de su cerebro pues éste estaba aún peor con toda la información que estaba analizando a velocidad de vértigo.
—¿Érebo ha…?
—Sí, Athena. Como todo un macho de la prehistoria que es, Érebo fue hasta los Campos Elíseos con Nyx para hablar con ella.
—¿Hablar? —musitó Agasha sin captarlo bien.
Las caras desconcertadas de Agasha y Athena hicieron que Psique alzase una ceja.
—Necesito paciencia —suspiró exasperada—. Oh, de acuerdo —rezongó algo incómoda—, Érebo piensa reconciliarse con Nyx. ¿Cómo? Pues teniendo sexo salvaje durante días y noches hasta que alguno de los dos se canse —las miró enojada—. Inocentonas.
—D-d-de acuerdo —masculló Sasha—. ¿Entonces Érebo le devolvió la vida a Agasha? Su cuerpo…
—Athena, hasta tú hubieses podido devolverle la vida. Pero hacerlo ahora que estás atrapada en carne humana te habría debilitado demasiado.
Sasha bajó la mirada.
—El alma de Agasha se reusaba a regresar.
—Y me reúso ahora —interrumpió la florista tratando de salir de la tina. Temblorosa, apenas pudo mover sus piernas y brazos antes de resbalar y caer de cara contra el piso.
Rápido, Sasha la ayudó a pararse. Psique por su lado trató de no reírse.
Soltando quejidos agudos parcialmente por el impacto y parcialmente por la pena de haber caído de ese modo tan vergonzoso, Agasha se sostuvo la nariz de donde salía un pequeño hilo de sangre. Psique con un guiño de ojo detuvo el sangrado y el dolor.
—¿Lo ves? Eso demuestra que eres completamente mortal de nuevo.
—No del todo.
—¿De qué hablas, Athena?
—¿Por qué los ojos de Agasha lucen así?
Agasha ladeó la cabeza.
—¿Así cómo?
Psique se acercó y la miró. Por los gestos serios que hacía la hermosa dama, Agasha tuvo que preparar su cabeza para asimilar las malas noticias.
―Nyx ya la ha tomado como su Sỹdixx. Es normal que tenga esos ojos, pero me resulta curioso que los tenga aún en su cuerpo humano también ―suspiró pensativa―. Posiblemente el que Érebo la haya resucitado tenga algo que ver… me pregunto si tu lado Sỹdixx sepa que te reúsas a vivir de nuevo como humana y esté dispuesto a salir en cualquier momento.
―No entiendo.
―Agasha, cuando Érebo te regresó al mundo mortal lo hizo sin tu consentimiento. Sólo Nyx era capaz de quitarles las emociones a sus Sỹdixx por temor a que la abandonasen. Por lo poco que sé del tema, Érebo no tiene mucha jurisdicción en el campo.
―¿Y por qué no lo hizo conmigo? ―Agasha se sorprendió por saber ese detalle.
―Porque ella estaba segura que no la abandonarías o decepcionarías ―Psique se llevó un dedo a los labios―. Érebo fue muy imprudente al aparecerse repentinamente.
―¿Cree que vaya a tener problemas?
―Eso o ya están pegados como perros en celo ―Psique alzó los hombros―, en fin, no te sugiero que salgas de aquí hasta que esos dos acaben de reconciliarse.
―¿Por qué? ―preguntó Sasha.
―Porque Érebo y Nyx son dioses oscuros. Sus cosmos no irradian luz como tú, Athena. Y ya sabes cómo es Apolo con todo ese asunto de los Santos Oscuros y demás mierda que yo no termino de entender. Cosas de machos, supongo —se burló.
―¿Qué tiene que ver el dios Apolo en esto? ―musitó Agasha.
―Qué él es un bastardo que sabe bien que las criaturas oscuras son débiles ante el sol y por ende se esmera mucho en achicharrarlas a todas. Por eso te sugiero que te mantengas en el Santuario hasta que Nyx o Érebo te digan lo que debes hacer. Después de todo, viva o no, ya eres una Sỹdixx y estás bajo sus órdenes.
Agasha bajó la cabeza pensando en qué podría servirle ella a Nyx sin su fuerza sobrehumana. ¿Y dónde estaría su armadura?
―Entiendo.
―Bien ―musitó Psique―. Me voy porque aún tengo a un esposo al cual hacer muy feliz por ayudarme con el problema en el que me metí, adiós ―les guiñó el ojo izquierdo sugestivamente antes de marcharse.
Sasha tomó de su cama una sábana, la cual usó para cubrir a Agasha.
―Debo decir que… estoy asombrada por lo que hizo Érebo. Durante muchos años evitó estar cerca de Nyx bajo la excusa de "estar encerrado", y ahora resulta que ha ido a verla.
―Supongo que el señor Érebo aceptó que no había hecho lo correcto al dejarla así. Ojalá puedan resolver sus problemas.
―Esperemos que así sea.
Después de pedir a las doncellas del Santuario que preparasen agua caliente para la enorme piscina que habitaba en el baño a disposición de la diosa Athena, Sasha ayudó a Agasha a mantenerse de pie. A cepillar su cabello para quitarle algunos residuos del agua negra y cenizas, así como guiarla hasta la piscina donde dejó que la florista relajase sus músculos recién recuperados.
Agasha inclinó su cabeza hacia atrás, incapaz de negarse a la invitación de Athena por zambullirse en agua caliente.
En los Campos Elíseos, había encontrado una recuperación automática. Nyx le había sanado sus heridas y como punto extra le había desprendido de la armadura. Ahora su cuerpo humano parecía resentir todo lo hecho en el Inframundo, desde sus saltos hasta cada una de las batallas que libró y venció casi por suerte.
―¿Estás bien? ―preguntó Sasha de forma delicada.
Ver a la diosa completamente desnuda junto a ella no le produjo nerviosismo a Agasha. Ya había visto a algunos dioses así por lo que terminó por acostumbrarse bastante rápido.
―La verdad no ―respondió Agasha siendo sincera―, esperaba quedarme con la señora Nyx. Vivir en los Campos Elíseos y ser su guerrera, justo como ella había deseado ―en sus ojos una notable tristeza apareció―. Pero no, el señor Érebo tuvo que refundirme en un sitio donde no me queda nada.
―¿Cómo puedes decir eso? Agasha, aquí tienes amigos que llorarían por tu pérdida.
―Amigos que no están conmigo cuando necesito de un abrazo —miró con ojos llorosos el agua—, un consejo o una miserable sonrisa ―la voz de Agasha se quebró―, no tengo nada aquí. Sólo un trabajo pequeño, una casa pequeña en una vida pequeña. Aquí no soy nadie, no soy nada. Al menos con la señora Nyx pude haber sido más que una florista, una guerrera bajo sus órdenes.
―¿Aunque te haya pedido desencadenar el fin del mundo y tengas que enfrentarte a los Santos Dorados?
Apretando los puños, Agasha trató de controlar su boca. Estaba harta de oír eso. Sabía que la diosa Nyx podría desencadenar el próximo fin del mundo en una rabieta, pero ella sentía conocerla. Agasha había visto y presenciado su generosidad, por ella, Albafica de Piscis y ella vivían. Así que, con ese sentimiento de lealtad tan palpable en su corazón, Agasha comenzaba a odiar escuchar a todos a su alrededor referirse a Nyx como si hablasen de un animal rabioso.
―Ella no es una diosa de la bondad —reconoció—. Pero no me pediría algo así.
—Aún.
—Podría hablar con ella ―se aseguró Agasha―. La señora Nyx no es mala, ni completamente irracional. Ella sólo está sola.
―Y es sumamente peligrosa cuando se enoja.
―No lo haría si tan solo la dejasen en paz. ―Recordando la tristeza de Nyx, Agasha se dispuso a defender a su señora―. Aquí sólo soy una aldeana, ¡una florista! ¡¿Por qué habría de dejar mi lugar con la señora Nyx para estar aquí donde no soy nada para nadie?!
Aguantando las lágrimas, Agasha refundió su cabeza en el agua tratando de calmarse.
Sasha desvió la mirada.
―Él ―respondió pensando en su doceavo santo―, él muere por ti.
…
Dégel de Acuario se marchó a su casa prometiendo regresar por la mañana. Albafica se disculpó con él por los problemas que le ocasionó; desde su pleito con Kardia hasta el numerito que armó cuando Eros le lanzó la flecha. Dégel negó con la cabeza desligando el tema.
»Todos hemos pasado por una etapa similar donde enloquecemos. Juzgarte me sería muy sencillo ya que no conozco tus motivos para reaccionar del modo en el que lo haces. Sin embargo, puedo comprender que durante toda tu vida has cargado tú solo con una pesada carga que, a la larga, sólo te hizo mucho daño ―lo miró con una empatía que Albafica sorprendió―. A pesar de que no somos muy unidos, nuestro deber como Santos es permanecer al lado de nuestros compañeros en este tipo de situaciones. Sólo te puedo decir, Albafica, que ya no estás solo. Y te haría bien recordarlo.
Albafica se sintió poco capaz de agradecerle sus palabras. Pudo haberle retenido y confesarle que estaba destrozado por la pérdida de Agasha, que ansiaba morirse otra vez o de plano, transformarse en piedra y pedirle a alguien que lo destruyese para sacarlo de su miseria.
Lamentablemente hacer algo así sería deshonrar el sacrificio de Agasha. Sería como escupirle en la cara a su valeroso acto y no realmente estar en deuda con ella por arriesgarse a sacar su pútrida alma del Inframundo, que era donde pertenecía.
Así que sólo se mantendría acostado en su cama sin hacer algo realmente estúpido.
Físicamente, Dégel no había detectado nada anormal en él, su pulso estaba bien y su temperatura corporal ya estaba normalizada. Veía con claridad. No sentía dolor físico. El dolor emocional era otra cosa. Tampoco había problemas para respirar. El diagnóstico final fue que no había nada de qué preocuparse. Debía beber mucha agua y consumir alimentos ricos en hierro entre otros nutrientes para rehabilitar sus fuerzas.
―Dioses ―suspiró Albafica pensando en todo lo que tendría que hacer en los próximos días.
Su mente ya no se hallaba confusa ni furiosa. Como si al abrir los ojos todas las dudas, el enojo y la frustración se hubiesen evaporado; como si una sanguijuela maligna atorada en su pecho finalmente se hubiese desprendido para dejarlo pensar mejor.
Ahora sí se hallaba algo avergonzado por todo, sí, incluso por haberle dado patadas a Kardia cuando éste lo molestó con sus chistes sin gracia.
Debía disculparse con todos por su comportamiento; con flecha de odio o sin ella, Albafica tuvo que aceptar que había obrado mal. Se había dejado llevar por las emociones y he aquí las consecuencias.
Pero para cuando recuperaba el hilo de sus pensamientos, éstos regresaban a Agasha.
…
Vistiendo una toga negra junto una capa del mismo color que cubría básicamente todo su cuerpo, Agasha se sentó en la mesa junto a Sasha mientras las doncellas traían el desayuno. Las órdenes de la diosa era que ninguna de ellas hablase de la inquilina en los aposentos, cualquiera que desobedeciese esa orden sería castigada y expulsada de Rodorio. Claramente ni el mismo Patriarca sabía que ella estaba viva.
Ya habían pasado 4 días desde que Agasha resucitó y con ella un gran manojo de emociones y sentimientos encontrados.
Ayer por la noche, mientras Sasha y ella hablaban sobre algunos temas vanos, y esperaban a que Érebo y Nyx terminasen de hablar, un Santo pidió audiencia con la diosa. Rápido, Agasha se ocultó atrás del trono de Sasha, mientras la diosa, un poco nerviosa por permitir que Agasha fuese descubierta, atendía lo más normal que pudiese al Santo, Sisyphus de Sagitario.
»¿Qué ocurre, Sisyphus?
El Santo prosiguió a darle los detalles de los últimos novatos sobresalientes, claramente Agasha percibió un suave tono de alivio en Sasha cuando la diosa tuvo noticias del Santo de Pegaso, Tenma. La oyó sonreír con gusto al oír que él pronto regresaría a Rodorio con noticias de su última misión a lo que el Santo de Oro siguió relatando pasando por otros Santos que igual que Tenma se hallaban fuera de Grecia y ya estaban dando noticias satisfactorias de éxito.
Lo normal.
O eso hasta que Sisyphus entró en detalle sobre sus colegas.
Shion estaba ocupado reparando armaduras después de varias semanas de no hacerlo. Hasgard de Tauro se hallaba entrenando con firmeza a sus aprendices. El Santo de Géminis se encontraba aún en la Isla Kanon, pero al menos ya había dado señales de vida y reportaba haberse hecho cargo de algunos maleantes que planeaban usar dicha isla para sus actos ilícitos.
»Todo está en orden en la isla desde entonces —selló Sisyphus el tema.
Manigoldo de Cáncer estaba de viaje en Italia pues el Patriarca señaló que había una amenaza ahí, supuestamente un grupo ocultista que sacrificaba personas en honor al dios Apolo. Manigoldo se llevó con él a Kardia de Escorpio pues este último declaraba que se hallaba inspirado para pelear, ¿y qué mejor que esos dos para poner orden en poco tiempo?
Regulus de Leo últimamente había encontrado muy divertidos sus paseos por Rodorio, lo que de cierto modo ayudó a calmar a los habitantes después del desastre ocasionado por Nyx, Psique y compañía. Asmita de Virgo meditaba como siempre. Dohko partiría esa noche a China en una pequeña misión encomendada por el Patriarca.
El Cid estaba entrenando y aguardando en su posición como era su deber y por último, él mismo, en cuanto Manigoldo y Kardia regresasen para ocupar sus puestos, partiría a la Isla de Andrómeda para hacer una visita rutinaria y asegurarse de que todo estuviese en orden.
Sasha y Agasha tuvieron una pregunta en la cabeza que más tarde la diosa expuso.
»¿Y qué hay de Albafica?
Sisyphus dijo que él mantenía las rosas envenenadas en forma, salía muy temprano a entrenar y regresaba sin ninguna alteración. A decir verdad ese mismo era el reporte que el Patriarca Sage traía de él desde que Albafica retomó sus deberes en el Santuario.
»¿Entonces… él está bien?
Sisyphus bajó la cabeza.
»Qué haga lo de siempre y que esté bien son dos cosas distintas, mi señora ―respondió pidiendo permiso para regresar a la Casa de Sagitario.
Una vez que Sisyphus se fue, Agasha salió de su escondite para encontrarse con Sasha. El humor y la calma entre ellas habían desaparecido. La muchacha de cabello color lila de pronto dijo que debía ver al Patriarca a lo que Agasha sólo pudo mover la cabeza y sentir con un mal sentimiento en el pecho, retirarse en su alcoba y no dejar de pensar en el hombre que ella había salvado del hades.
Esta mañana Agasha despertó con los ojos casi rojos debido al poco sueño. Ajena a ello, Sasha pidió a las doncellas servir el desayuno y ahora se encontraban las dos juntas comiendo en silencio luego de que se encontrasen y se diesen los buenos días.
―¿Qué tiene el señor Albafica? ―preguntó Agasha bajando los cubiertos en su plato con comida sin terminar.
―¿Por qué preguntas? ―quiso saber Sasha, haciéndose la desentendida.
La diosa no había dicho nada ni insinuado el mal estado emocional en el que Albafica estaba al creer que Agasha había muerto, pero se había prometido que Agasha vería que su vida era algo de suma importancia para el Santo de Piscis, aun si para ello, Sasha no tuviese que decírselo en persona. Agasha tenía que sentirlo, y verlo, por sí misma.
―Es decir… él… su rutina… ―la chica se acomodó un mechón de cabello―. Algo tiene… yo. ¿Acaso hay algo mal con él desde que resucitó? ―quiso saber no queriendo dar indicios de que su enorme malestar iba porque no podía soportar que él estuviese pasándola mal.
Sasha bebió un poco de jugo en una copa.
―Él está bien ―musitó haciendo que Agasha arqueara una ceja―. ¿Acaso no oíste a Sisyphus?
―Sí ―insistió―, lo oí diciendo que hacer lo mismo y estar bien no eran iguales. Por eso me preocupo.
―Escucha, Agasha. Mis Santos son independientes los unos de los otros, y aunque quisiera, no podría ayudarlos cuando se encuentren con situaciones personales difíciles. No suelen hablar conmigo cuando tienen ese tipo de problemas, así que no sé si Albafica esté bien o no.
Suspirando agobiada, Agasha tomó agua y se levantó de la mesa.
―¿A dónde vas?
―Necesito hablar con Nyx…
―Ella aún está con Érebo.
―Y yo ya estoy perdiendo la paciencia ―espetó Agasha―. No puedo estar aquí encerrada día y noche, además, si el señor Albafica no está bien y a nadie aquí le importa, voy a ir personalmente con él.
―Lo que dijo Psique…
―Por eso intentaré llamar a la señora Nyx ―insistió Agasha―, no voy a quedarme parada a esperar. Y no intente detenerme.
Agasha pensó que había molestado a Sasha con su altanería, pero apenas se fue, la joven diosa sonrió con diversión por finalmente darle a la florista un buen motivo para dejar de pensar en morir para ascender como Sỹdixx tan pronto. Ella sabía que Albafica aún seguía muy deprimido por la pérdida de la chica, por eso mismo le había dado a la muchachita un fuerte indicio de que su vida realmente le importaba a él y a otras personas más, que aunque no eran muchas, realmente la valoraban.
Por ejemplo, el Patriarca declaraba que la mujer llamada Tábata y sus hijos estaban enterados por boca de Regulus que Agasha estaba muerta y que por motivos oficiales esa información debía ser clasificada, lo que quería decir, nada de funerales ni en absoluto de esparcir dicha noticia.
Cualquiera que preguntase por ella, la respuesta era: "salió de viaje", ¿cuándo iba a regresar? "Nadie sabe nada".
La mujer lo comprendió a medias, pero sus hijos no tanto. Edesia lloraba mucho, los niños también lo hacían (a escondidas de su madre y hermana) lo que daba a entender que Agasha tenía amigos muy buenos y un hombre que sufrían por ella.
Era sólo cuestión de horas para que la chica se diese cuenta que no estaba sola.
«Ojalá Nyx y Érebo hayan terminado ya» pensó Sasha con las mejillas un poco sonrojadas.
…
Agasha llevaba varios minutos caminando en círculos por los aposentos que Athena le había prestado, quería llamar a la señora Nyx pero en su corazón presentía el peligro inminente de encontrarse con su señora molesta, irritada por su intervención. ¡Pero tenía que hacerlo! El señor Albafica aguardaba por confort y no pensaba hacerlo esperar.
¡Al diablo con lo demás!
¿Por qué a nadie parecía importarle si él estaba bien o no?
¡Vamos, vamos! ¡No había lugar para la cobardía!
―¡S-señora Nyx! ―chilló cual perrito asustado. Soltó aire, sacudió el sudor de sus manos y volvió a alzar la voz―: ¡Señora Nyx!
Durante varios tortuosos minutos, Agasha gritó el nombre de su ama con insistencia. En todas esas veces fue ignorada; hasta que se quedó sin voz y la tarde pegaba en su punto más alto, la joven suspiró por última vez, sentándose. Estaba agotada.
Le costó acumular saliva para refrescar su garganta, pudo haber ido por agua, pero la luz del sol pegaba por casi todos los rincones del Santuario y siendo franca, Agasha tenía muy en cuenta las palabras de Psique con respecto a luz solar desde que antier se percató de que sus nuevos ojos eran un tanto sensibles al brillo que se apreciaba en la Tierra, más cuando el sol estaba en su punto más alto.
Sólo cuando el sol caía, Agasha era capaz de escapar al balcón y mirar con un aire triste el cielo que sabía, no compartía con su señora Nyx.
Pero por otro lado, se preguntaba con fervor si Albafica admiraba las mismas estrellas que ella. ¿Al menos le interesará?
Un momento.
―Cuando el sol cae ―masculló pensando en que si bien Apolo era un ferviente destructor de criaturas nocturnas, ¿ella tendría el campo libre para visitar al señor Albafica cuando el sol baje?
Pudo habérselo planteado a la señorita Sasha, pero Agasha no quería que nadie interviniese en su misión. Después de todo, sólo bajaría al doceavo templo, una vez asegurándose de que él estuviese bien regresaría. Y hasta entonces quizás la señora Nyx y el señor Érebo la aceptasen como una Sỹdixx, dejándola regresar con ellos a los Campos Elíseos.
Primero se aseguraría de que el señor Albafica estuviese bien.
—CONTINUARÁ—
Otro dato de las Sydixx revelado, el ejército que conformaban ellas y las Brydixx se llamó "Obscuratus". ¿Saben? Busqué un nombre apropiado en español, pero me dio por buscar uno el latín poco después jajaja yo y mis ansias por complicarme la vida. Escribí "eclipce" en el traductor de Google y me apareció "et ebscuratus". Me gustó, sin embargo, luego busqué sencillamente "obscuratus" en Google y me aparecía un tipo de insecto que parecía un zancudo jajaja. Detalles que merecen ser compartidos, ¿no creen? Jajaja.
Seee, qué no se me note que estoy a todo lo que doy para terminar este fic. La verdad me está tomando demasiado tiempo. Además de que se supone que ya debería haber actualizado "El deseo de la amazona", fic el cual me falta.
UUUUIIII me muero por subir el siguiente fic de la saga. La verdad es que me he estado emocionando mucho con ella, además de que muchas cosas se aproximan, tantas que me cuesta ordenarlas jajaja.
En fin, muchas gracias por el apoyo.
Una pregunta: ¿quiénes vienen de Wattpad?
En esa página ya se descontinuó el fic. Recuerden que estos son los capítulos finales y sólo pueden ser leídos aquí. Ni en AO3 ni en Wattpad ni en FanficEs. Sólo Fanfiction.
¡Gracias por leer! Su apoyo es invaluable para mí.
¡Saludos y hasta el próximo!
Reviews?
Si quieres saber más de este y/u otros fics, eres cordialmente invitado(a) a seguirme en mi página oficial de Facebook: "Adilay Ackatery" (link en mi perfil). Información sobre las próximas actualizaciones, memes, vídeos usando mi voz y mi poca carisma y muchas otras cosas más. ;)
Para más mini-escritos y leer mis fics en facebook de Saint Seiya, por favor pasen a mi página Êlýsia Pedía - Fanfics de Adilay Fanficker ¡y denle like! XD
