¡Hola, mis queridos ratones de campo!
Ha pasado mucho, yo siempre ocupada, nunca inocupada jeje, acomodándome un poco al nuevo horario y estas nuevas rutinas de aislamiento.
De nuevo, les debo una disculpa porque con el estrés mi tendinitis está bien emocionada y dándole con todo a mis manos -.- pero quería darles un capitulo largo para que pasaran un poco entretenidas un ratito, que hoy en día es lo que más necesita uno.
Espero enserio que les guste, sigo pensando que podría haber sido más largo, pero ya quería subirlo, además de que quiero descansar un poco de mis deditos :'v
Lo que sí, es que, si bien no hay respuesta de reviews, si les tengo una pequeña dedicatoria a todos los que dejaron review en el capitulo anterior :D
Queen Kumo
Lau
Halike
Guest 1
Guest 2
Pichoncito
Hanami565
MottiRos
Fuwa
BlueBunnyEr
Pinkmonster
NinaVanNina
Tororo
Mineira
Chocolattie
Sad Arlequina
Guest 2
Straw
¡Muchas gracias por su apoyo! A ustedes y a todos los que me leen desde la seguridad de las sombras *juju* espero poder quitar de sus mentes un ratito el caos a nuestro alrededor y poder sacarles una sonrisa :)
¡Cuídense mucho, chicos y chicas! Espero de todo corazón que estén muy bien, ustedes, ¡sus familias y todos sus seres queridos!
Sin más que decir…
¡AL FIC!
29
Planes de viaje
o.o.o
-Entonces… Kreous está vivo…
No estaba segura de si era parte del cansancio, del dolor, el estrés remanente o el hecho de que tenía casi veinticuatro horas que no pegábamos ojo, pero Sophie parecía procesar aquello con la lentitud de una computadora vieja y destartalada. Supongo que también tenía mucho que ver la impresión de aquella noticia. No todos los días descubres que un ser de casi seis mil años de edad sigue vivo.
James, desde la ventana, se encogió de hombros.
-Es posible, sí ~
-Si Gale no está mintiendo, es muy probable que sí -agregó Wade, quien había llegado minutos antes de que finalizase la explicación. Se había sentado en el suelo, con la espalda contra la pared, y llevaba nuevamente el vaso lleno de whisky. Me preguntaba cuanto alcohol tendría que consumir un shinigami para embriagarse-. Si es así, realmente está creando proscritos, ayudando demonios y, por algún motivo, Ondina le está ayudando a todos ellos.
-Y si es así, se halla escondido en las cuevas de Kwenrith -Sophie levantó mucho las cejas, abriendo los ojos de forma desproporcionada. Era como si toda esa información la hubiese trastornado-. Buen lugar para esconderse…
-Por otro lado, y como les dije, Bharus está buscando las piezas del mapa de Avalon -completó Chris, cruzado de brazos en el sillón al lado de la bruja.
-Sí… -murmuré, con los ojos clavados en el piso-. Eh… ¿entonces es el mismo Avalon? ¿Avalon de las leyendas? ¿Dónde viven las hadas y los unicornios?
No sabía a quién mirar, y la verdad es que cuando yo lo decía sonaba ridículo. Comenzaba a pensar que necesitaría un librito para anotar todo lo que decían, porque entre mitos, leyendas y datos, me sentía más saturada que en las clases de historia universal.
Wade se echó a reír muy suavemente, con los brazos cruzados, apretando un poco un ojo por el dolor.
-Sí -dijo algo falto de aliento-. Ese mismo. Sin los unicornios me temo. Y a estas alturas, probablemente también sin hadas. Pero eso es punto y aparte, por el momento tenemos que resolver todo ese asunto de los hermanitos satánicos que tenemos allí abajo.
- ¿Realmente vamos a perder el tiempo ayudando a esos dos? -masculló Chris, claramente desdeñoso. Se apoyó sobre las rodillas y miró a todos enfurruñado- ¿Por qué no dejarlos ir? Dejarlos libres suena bastante misericordioso, no veo porque tenemos que ceder a sus caprichos.
-Porque hay una alta probabilidad de que Kreous no esté vivo… -dijo James, detrás de mí-, y si es así, quiere decir que sea quien sea que se haga pasar por él, no tiene su poder y es muy posible que esté usando mis documentos para manipular las almas de los demonios… No puedo permitir eso, querido~
-Además de que Ondina podría ayudarnos a saber más sobre el mapa, y quizás sobre mí -Sophie se miró las manos, y luego Wade, Christopher y Jillian-. Después de todo, las hadas son druidas, y las brujas somos más bien eso. Si Ondina es tan antigua como dicen, tal vez ella sepa algo de mi origen.
-Es una buena idea -confirió Wade, haciendo una mueca algo sorprendida- ¿Dónde dijo esa sabandija que estaba Ondina?
-En el bosque de Bialowieza, en el sur de Polonia, en la frontera con Bielorrusia. -dijo Jillian, pensativa, con los brazos cruzados-. Son bosques muy densos. Si yo fuera un hada, me escondería allí.
-También si fueras un mapache -Wade rodó los ojos-, no es como que sea el escondite más creativo del mundo.
-Lo que a mí me cuestiona, es por qué querría Bharus el mapa a Avalon -preguntó Chris, ajeno a la mirada asesina que le dirigió el ángel al irreverente shinigami-. Hasta donde se sabe, la isla fue abandonada, es básicamente magia muerta. Y Excalibur… No puede usarla, a menos que fuera un Centinela, ni puede activar sus poderes.
-Ni siquiera puede tocarla, por el hecho de ser un demonio -declaró Lovecraft desde el suelo, un poco sobrecogido por la peligrosa cercanía de Jillian luego de su broma-. Solo los que tienen sangre Centinela, lo cual incluye a los Inquisidores, por desgracia…
- ¿¡QUE LOS INQUISIDORES QUE…?! -Christopher contuvo el aliento de pronto, como si estuviera a punto de ponerse a gritar y salir corriendo, pero Wade le hizo un gesto con ambas manos, como el que se usa para calmar a los perros cuando se ponen agresivos.
-Relájate, Campanita -murmuró despreocupadamente-. No pueden activarla. No les serviría más que una espada común y corriente.
-Únicamente el legítimo dueño puede activar sus poderes -comentó Jillian, mirando algo resignada hacia la ventana, y luego a Christopher-. Y lamentablemente, el Rey Pendragon tiene más de setecientos años muerto.
- ¿Pendragon como en… Arturo Pendragon? -pregunté, con las manos apretadas a los lados del sofá. No me sentía muy distinta a Harry Potter cuando le revelaron que era un mago. Una parte de mí seguía esperando ser despertada con una camisa de fuerza y en una habitación blanca- ¿Cómo en el mito del Rey Arturo?
-No, como en el mito de "Arturo, el fantástico oso bailador" -masculló Christopher con su usual desdén. Puso los ojos en blanco y negó con la cabeza-. Claro que al Rey Arturo Pendragon, criado por Merlín, ¿Qué otro hay? Por Dios, si cada vez que mencionen algo de esto vas a reaccionar de esta forma…
-No seas grosero, Morningstar -lo reprendió Sophie, y el echó un bufido. La verdad es que quizás tenía razón, tal vez debería acostumbrarme a este tipo de noticias y conversaciones. Me encogí de hombros, un poco ruborizada-. Si, Vetty, el mismo de las leyendas arturianas… -se volvió hacia Chris y Wade, quien ahora se sobaba la cabeza luego de haber bajado la guardia y que Jillian le diera un buen golpe con la palma-. Respecto a porqué la querría, tal vez no quiera usarla. Puede que haya hecho un trueque, la cambie por otra arma. Supongo que un coleccionista pagaría una fortuna por ella. Además, no sabemos que más haya oculto en Avalon.
Quería preguntar que era "una fortuna" para un demonio; algo me decía que no era dinero precisamente lo que recibían, pero no quería ser molesta.
-Bueno -suspiré, retorciendo la orilla de mi camisa entre mis dedos- ¿Cuándo nos iríamos?
Jillian se volvió para clavarle los ojos como solo he visto a los felinos hacerlo.
- ¡Tu no vas a ir a ningún lado! -exclamó con una mano en la cintura y su dedo acusador apuntando directamente entre mis cejas, empujándome con la pura fuerza de su voz hasta hundirme en el sofá-. Suficiente locura es que sepas de esto, ¡no vas a involucrarte más!
-En realidad -dijo Sophie-. Sí que irá con nosotros.
El ángel giró la cabeza hacia ella, tan lentamente que podría haberla oído rechinar. Sophie no pareció intimidada por esto, aunque lucía preocupada. Claro, cualquier cosa la haría lucir preocupada; parecía exhausta.
-Si lo que he leído de Kwenrith es cierto, la maldición de Salura afecta únicamente a los sobrenaturales. La única forma de entrar allí, es que un humano nos invite a cruzar a sus dominios. Sino tenemos eso, aunque Ondina nos dé un mapa o una forma de hallar a Kreous, no servirá de nada -explicó-. Además, el campo que Ondina coloca en los bosques causa alucinaciones en los humanos, los hace sentir desorientados y que quieran irse de allí; no pasa lo mismo con los seres sobrenaturales.
- ¿Quieres usarla como una brújula humana? -Jillian parecía asqueada por la idea, y aunque sabía que era peligroso, me sentía halagada de que se me hallase un uso en todo ese complot.
Christopher parecía demasiado silencioso para variar, sin embargo, Wade también parecía complacido.
-Es una idea bastante mórbida… y bastante ingeniosa…
- ¡Es una pésima idea! -refutó Jillian retorciendo los dedos- ¡Piensen en todo lo malo que podría pasar!
-Técnicamente estaremos con ella todo el tiempo -murmuró Grim tras de mí. Sentí el peso de sus manos apoyarse en el respaldo y levanté la cabeza para mirarlo, encontrando con que, desde arriba, él me miraba a mí, sonriendo con esa ligereza que únicamente había visto en él, entre complacido y malicioso-. Cinco shinigamis guardándole las espaldas… Podríamos ser más, pero supongo que no quieres formar parte de esto… -elevó la mirada hacia Jillian, a quien oí refunfuñar y alcancé a ver justo cuando cruzaba los brazos de nuevo- ¿O sí~?
-Abandonar un humano a su suerte, rodeado de shinigamis y demonios y considerables peligros para su frágil vida mortal y su frágil alma, esa que prometiste proteger -Wade parecía morderse la lengua para no reír mientras decía aquello y sonar lo más condescendiente, más le era imposible contener la amplia sonrisa manipuladora- ¡Que terrible! ¿Qué clase de criatura desalmada haría eso?
- ¿Además, quien justificaría sus faltas en la escuela? -añadió Sophie, y casi pude sentir la presión de Jillian cosquilleándome la piel.
Estaba molesta, y eso me ponía de nervios.
-P-por favor, señorita Lassarette -musité, adelantándome al frente del sillón. Pude mantener mi facción decidida un momento, hasta que ella me clavó los dorados ojos, como si quisiera abrir un agujero en mi cabeza y hacerme una lobotomía para curar mi locura-. Quiero ayudar a resolver esto, es en parte mi culpa…
-Sí lo es…
-Es una suerte que te encanten los culpables y los pecadores -exclamó Wade, con ojos sorprendidos colgados de su vaso de Whisky.
- ¡Además…! -dije, intentando que ignorase ese comentario, sintiendo el pecho apretado por la ansiedad y la confrontación, además del nudo en mi garganta, creciendo poco a poco y empujándome casi a llorar-. S-sé que, si va, todo estará bien… ¡Y-y…! Esto p-puede ser de ayuda para que descubra el desbalance del balance… ¡Y p-puede que hallemos información s-sobre las reliquias!
Jillian se mantuvo en silencio por varios segundos, mirándome como si pudiera enlistar cada uno de los errores de mi pasado.
-Por mucho que odie admitirlo -dijo Chris súbitamente-, tiene razón…
Lo miré sorprendida, y Sophie se impresionó tanto que casi dio un salto en su sillón. El shinigami levantó la cabeza, pues miraba enajenado el vidrio de la mesita de centro, totalmente inconsciente de que todos en el salón lo observaban como si hubiera admitido que la tierra era plana.
¿Christopher… me estaba apoyando?
De pronto cayó en cuenta del silencio, mirando a su alrededor y comprendiendo sus propias palabras.
- ¿Qué? -gruñó irritado, fulminándonos a todos con la mirada. Sus ojos cruzaron los míos y de inmediato los desvió-. Quiero decir, puede estar relacionado con las reliquias, y Bharus, y el desbalance… Tiene sentido; y como dice Sophie, la cueva tiene esa peculiaridad. Podemos usarla a nuestro favor.
Jillian se pasó una mano por toda la cara, negando con la cabeza y murmurando cosas inaudibles, hasta que finalmente se irguió, como quien no quiere la cosa.
-De no hacerlo, sería un contratiempo terrible~ -argumentó Grim, con voz melodiosa, y un tono levemente burlón en sus palabras-. Edrick dijo que tenemos solamente hasta la siguiente luna llena para sacar a su querida hermana de donde quiera que esté, supongo que, por cuestiones astrológicas, y solo faltan… ¿Qué? ¡Oh, vaya, seis días!
-Y tomando en cuenta que aún hay que dejar todo en orden antes de marcharnos… -Wade se encogió de hombros, contando infantilmente con los dedos-. Partiríamos hoy en la noche o mañana temprano. Nos dejaría con solo cinco días o menos… ¡Y quién sabe si sea tiempo suficiente!
Jillian soltó un jadeo entre dientes y me miró como si fuera a transformarme en una estatua de sal. Comprendía sus motivos para preocuparse; claro que era peligroso, y claro que yo era solo una humana. Había mil cosas que podrían salir mal, mil formas en las cuales podría hacerme daño. Sophie también lucía preocupada, perdida en sus pensamientos, quizás pensando que era una mala idea, pero lo cierto, como dijeron, es que no había tiempo.
-Si lo hago, si voy con ustedes -comenzó a decir finalmente Jillian, echándose el cabello furiosamente-, van a ser mis medidas de seguridad, ¿de acuerdo? -asentí en silencio-. Si digo "no" a algo, es no. Si digo "retrocede" lo harás. Antes de hacer algo potencialmente peligroso, vas a levantar la mano, y esperar que te miré, que escuché tu petición y que diga si "sí" o "no" es seguro -iba a hablar, pero me cortó de inmediato-. Y hoy mismo, a primera hora, irás a dar la cara a St. Mary, con el director, y vas a hacerte responsable de justificar tus faltas conmigo.
-P-pero nos iremos hoy mismo o mañana… -sentí la espalda fría. En toda la noche, la expectativa de dormir a pierna suelta hasta las cuatro de la tarde me seducía como la miel a las moscas, pero si lo que la señorita Lassarette decía era enserio, eso me dejaba con menos de dos horas para dormitar y aun necesitaría ir a casa a avisar a Tony, a conseguir una niñera, que no pensé en eso, por cierto. Había mucho que hacer y yo estaba fulminada por el cansancio-. Y-y son las cuatro y media de la mañana… no lo dice enserio, ¿o sí?
Jillian me miró fijamente, con los ojos dorados fluyendo como metal fundido en un caldero hirviente. No se movió, no abrió la boca, no dijo nada.
Así que, quizás por inercia, levanté tímidamente la mano.
-Habla.
-No lo dice enserio, ¿o sí?
- ¿Me estoy riendo acaso? -espetó-. A las siete nos vamos.
- ¡Pero son las cuatro y media de la mañana! -exclamé con la mano arriba, casi al borde de las lágrimas, en especial porque juraría escuchar a Wade suprimir una risilla desde el extremo de la habitación- ¡Apenas podré dormir un par de horas cuando mucho!
-Entonces te sugiero que te vayas a la cama de una vez…
o.o.o
Un grito se hizo oír por encima del enloquecido bramido de la música de jazz que sofocaba cualquier otra voz esa madrugada en Rojo Reina. Había sido tan potente que, incluso allí, aislado en ese lujoso privado de paredes recubiertas de ébano y mármol negro, en el exclusivo salón que Morati Faatir usaba como oficina. Sentado en una silla que en sus buenos tiempos perteneció a Louis XV de Inglaterra, fue capaz de escucharlo con toda claridad. Venía de uno de los privados en el piso superior, probablemente uno que ocultaba a sus ocupantes tras una simple cortina de terciopelo rojo. Era un grito desgarrador, agudo y aterrorizado, claramente humano, que se propagó por el lugar por casi cinco, seis, siete segundos, antes de extinguirse por completo entre el ruido de la muchedumbre y un redoble en los saxofones y el piano.
Faatir se mantuvo un momento expectante, con las manos inmóviles, como congelado por una ventisca sobrenatural que detuvo incluso su aliento, mientras barajeaba un mazo de tarot, cuyos bordes de oro chispeaban ante la luz rojiza y ambarina de la chimenea tras su espalda. Espero un nuevo grito, pero no hubo nada. Nada que no fuera la música, el barullo general y los chasquidos de la madera, curtida en agua de sal, en la chimenea.
No hubo un cambio real en su expresión, sin embargo, en sus ojos violetas se reflejaba, agitándose como el miasma, los colores fluyendo, siguiendo la corriente de ese oleaje de ira que tan discretamente se mostraba, que casi parecía emitir una propia luz amatista sobre la mesa de mármol y ébano, a juego con su silla, con los paneles en las paredes, tallados exquisitamente con miles de rostros, como fantasmas en pleno lamento intentando escapar de un eterno destino fatídico, el mismo que podía verse en el enorme cuadro sobre la inmensa chimenea del mismo material, La Caída de los Condenados, de Peter Paul Rubens. A la luz del fuego, los colores parecían más vivos, más suaves, como si las pequeñas figuras fueran a cobrar vida propia y moverse como una cinta eterna, cayendo en la fosa de perdición sin jamás obtener la piedad, y los rostros tenían formas, rasgos, podía ver algunas caras conocidas en ellas, casi podía oír sus gritos.
Morati dejó caer la carta finalmente, soltando un suspiro que resumía todo el enojo que hacía arder silenciosamente sus ojos. El Emperador invertido. Apretó los dientes, pero no los enseñó por detrás de los labios. Aquello estaba siendo demasiado.
-Eleazar -fue lo único que murmuró.
La puerta se abrió lentamente, a causa de una mana enguantada que la empujó hasta poder pasar totalmente por el umbral, y apenas estuvo adentro, inclinó la cabeza con reverencia hacia Faatir, quien ni siquiera levantó la vista de la carta.
- ¿Sí, amo? -preguntó, colocando ambas manos detrás de su espalda, con tono que podría ser la mismísima deficion del estoicismo.
-Ha sido mi querido aprendiz, ¿verdad? -dijo Faatir, sacando otra carta del maso, justo delante del recién llegado. La Templanza, invertida. Sintió que se le formaba una sonrisa en los labios, y levantó la vista hacia el recién llegado.
Tan frío, tan neutral, sin ninguna emoción que perturbase su pálida faz, sus ojos negros, o siquiera su esbelta, ágil silueta. Era como si no existiera nada detrás de esa carcasa vacía, y solamente fuera capaz de moverse debido a algún mecanismo de engranajes, poleas y cuerdas, o algún encantamiento mágico producto de un sabio antiguo. Un autómata perfecto, en la forma de un joven demonio de rasgos andróginos y negros cabellos que algún momento fueron castaños cabellos cenicientos.
Nadie habría imaginado el fuego que se escondía detrás de ese rostro silente, ese ser afable y sonriente que alguna vez fue. De no haberlo visto con sus propios ojos, no pensaría que era el mismo, ni que esa criatura de mirada dulce era capaz de todas las brutalidades que este sujeto hacía sin titubear.
Las cosas que uno hace por desesperación…
Le gustaba eso. No ser necesitado por la gente, sino tener la capacidad de solucionar problemas en los que nadie se atrevía a meterse, y salir no solo airoso, sino además con beneficios. Desde muy joven, supo sacarle provecho a ese talento que tenía; era como si hubiera un profundo magnetismo en él que hacía que la gente lo siguiera, dejándose convencer por sus palabras seductoras y promesas de poder. Pero, por encima de todo, esa capacidad de convertir en oro -o en sangre-, todo aquello en lo que pusiera sus manos, y si ya era oro y sangre, triplicar su valor.
Sabía moverse, hablar con la soltura de un predicador, era quizás por eso que tenía tantos seguidores, y en algunos casos, sirvientes. Esclavos de sus propios pecados, saldando deudas contra su voluntad, pero creyendo que era lo mejor para ellos. Por eso toda su guardia era igual; el único que sobresalía era él, y con frases dulzonas como el veneno de las cobras, les hacía creer que todos eran iguales ante sus ojos, que todos eran pinceladas de un mismo artista, con sus ojos y cabellos vueltos negros, sus vestiduras similares igual de oscuras. Todos creyéndose especiales, ignorando que era otra forma de robar su individualidad y hacerlos trabajar como una sola mente.
No todos caían, y no todos eran ciegos seguidores. Había un gran número de ellos que realmente creían en sus palabras, otros que genuinamente le juraban devoción sin necesidad de enfermar sus mentes. Y otros, como Eleazar, que reverenciaban, le llamaban amo, más danzaban sobre la línea entre la sinceridad y la aversión. No estaban convencido del todo, aun cuando obedeciera sin quererlo, aun cuando matase cuando se le ordenaba y se dejase humillar, Eleazar aún no estaba roto.
Y lejos de molestarle, le emocionaba ese fuego. Le gustaba verlo doblegarse como un caballo salvaje demasiado cansado y herido por las espuelas de su jinete. No está realmente domado, pero el dolor al látigo, a los golpes le han convencido de que fingir es lo mejor. Verlo arder, consumirse por el asco de servirle, era un espectáculo tan maravilloso como admirar a un tragafuego.
¿Qué pasaría primero? ¿El fuego acabaría quemando su voluntad y finalmente cedería? ¿O se volvería contra él, solo para ser reducido a cenizas?
Esperaba que no fuera lo segundo, aun cuando la idea era interesante. Tarde o temprano, todas los perros encadenados se cansan de enseñar los dientes, de luchar contra la mano que les da de comer, de levantarse a pelear una y otra vez contra algo que los supera totalmente, de esperar que las cosas mejoren, y cuando finalmente son reducidos a poco más que animales sin voluntad, cuando pierden la voluntad y la esperanza, cuando la tortura ha sido demasiado y comprenden que todo lo que les espera es sufrimiento, allí es cuando aprenden que todo lo que les queda es obedecer al pie de la letra las monstruosidades que se les pide.
Ni siquiera los inmortales, ni las Bestias, podían contra ello…
-Para ser exactos -respondió Eleazar con el mismo tono adormecido, totalmente ajeno a la expresión satisfecha de Faatir, que poco a poco se transformó nuevamente en molestia-, ha sido el humano que compró esta noche en la subasta. Pero, sí, me temo que quien provocó ese grito ha sido su aprendiz, amo.
Morati gruñó suavemente; ese pedazo de inútil sabía que estaba prohibido asesinar humanos en Rojo Reina, puesto que significaba ponerlos en el ojo de los Shinigami, de la Sociedad. Significaba papeleo innecesario, sobornos, pérdida de ingresos debido a que los malditos dioses de la muerte se la pasarían revisando sus agendas una y otra vez por varias semanas siguientes para asegurarse que no pasara aquello de nuevo, y que las subastas por humanos deberían ser suspendidas. Significaba menos comida, menos contratistas, menos tratos, menos muerte.
Y, en ese Hades, la muerte era una valiosa moneda de cambio.
- ¿Quiere que disponga de esta al igual que con las otras tres?
-Por favor… -pidió, regresando la vista a las cartas, barajeando nuevamente el mazo entre sus manos.
Aquel era un tarot que podría haber estado expuesto en algún prestigioso museo. Decorado con polvo de oro, lapislázuli y finísimas ilustraciones realizadas a mano por algún pintor renacentista, aquel podría haber sido el mazo de la adivina de un rey, si no es que de un emperador mismo.
En este caso, era probablemente, un regalo de un cliente agradecido.
-De inmediato, amo -repuso Eleazar, mirando, inexpresivo, como movía las cartas mágicamente entre sus dedos-. Por cierto, su cita ha llegado, señor. Le detuvieron en Seguridad, pero el proceso debe haber acabado ya.
Por primera vez, el rostro de Morati desbordó de verdadera felicidad, exhibiendo la colección de dientes aperlados y largos colmillos que sobresalían por sus labios.
- ¡Excelente! -exclamó, dando ligeros golpecitos al mazo contra el mármol, para hacerlo cuadrar-. Hazle pasar en cuanto llegue. Puedes retirarte, Katsumoto.
El joven demonios hizo de nuevo otra pequeña reverencia vacía antes de dar la media vuelta y salir sin decir nada más, cerrando la puerta con tal cuidado que ni siquiera Faatir fue capaz de escuchar el momento en el cual se echó el pestillo. O, quizás, solo se encontraba demasiado complacido para prestar atención a algo que no fuera lo que estaba a punto de ocurrir.
Asentó el mazo sobre la mesa, tomando una carta aleatoria dentro del mismo y depositándola hacia arriba sobre el mármol blanco.
La Torre, invertida. La maléfica sonrisa no hizo más que crecer, en especial cuando la puerta se abrió y la persona que se reveló tras de la misma era exactamente a quien esperaba ver.
- ¡James! -dijo festivo, guardando la carta nuevamente dentro de mazo para luego ponerse de pie con los brazos abiertos- ¡Que gusto! ¡No esperaba verte aquí tan pronto! -echó un vistazo al valiosísimo reloj de oro y diamantes que adornaba su muñeca- ¡Ni tan temprano…! Apenas son las cinco de la mañana, ¿Qué te trae por aquí?
El shinigami entró sin hablar, con una sombra que baja de la barcaza de Caronte y anda silente, cautelosa, pero con cierta ira oculta tras su aparente calma. A diferencia de Eleazar, James no parecía tener intenciones de disimular la molestia, y aunque se mantuvo tranquilo, no era difícil notar que aquello le incomodaba profundamente. La mayor prueba de eso, es que ni siquiera había intentado presentarse con la debida etiqueta de un club tan exclusivo como Rojo Reina, aun sabiendo que Morati era insufriblemente quisquilloso con ello. Llevaba puesta la larga túnica negra, muy similar a la de sus días como enterrador, la camisa fuera del pantalón y el largo cabello suelto, cubriendo sus peculiares ojos. No podría haber parecido más desgarbado, y, aun así, Morati comprendió que solo un idiota se atrevería a provocarle más de la cuenta.
No, James Gravesworth no era una criatura con la que se podía jugar. Era un sujeto pacífico, imposiblemente paciente, insufriblemente tolerante, así que verlo de ese modo, severo, tenso como una flecha a punto de dispararse, significaba que se hervía en su interior un tipo de cólera que, de ser liberada, sería imposible de detener.
-Su nota era bastante… inspiradora -masculló sin su usual tono festivo, caminando hasta el centro del estudio, mientras la puerta se cerraba a sus espaldas-, por no decir amenazante…
Morati pareció profundamente ofendido.
-No era esa mi intención, si es lo que crees -repuso, apoyando ambas manos sobre la superficie de la mesa-. Deseaba que fuera una metáfora, bastante disimulada. Alarmante, cierto, pero no un mensaje retador.
Ahora era James quien sonreía, y no precisamente por magnanimidad.
-No entiendo como esperaba conseguir eso con lo que escribió…
-Bueno -insistió Morati, dando un ligero aplauso al erguirse-, me disculpo por ello. Debes saber que no hubo una mala intención, alguien como yo no puede permitirse nada que no vaya acorde con mi profesionalidad. Mi puesto como Gerente requiere que sea…
- ¿Qué es lo que quiere, Faatir? -la voz de James podría haber cortado en dos un bloque de acero, y, aun así, Morati ni siquiera se inmuto, más que por la simple impresión de haber sido interrumpido. El shinigami lo miraba con ojos afilados, los puños como piedras, a los costados de su cuerpo-. Ambos sabemos lo que se oculta de tras los manierismos y las palabras pomposas. Me ha traído aquí por una razón, y quiero saber cuál es esa…
Morati se incorporó fuera de la silla con expresión de infinita cordialidad. Navegaba aguas turbias, lo mejor era evitar que la sangre atrajese más tiburones.
-James, muchacho, en ningún momento pretendía ofenderte -murmuró, rodeando la enorme mesa de mármol, con pasos lentos, parsimoniosos, calculado el mejor ángulo para moverse. Era como andar entre un reguero de vidrio, con el miedo de pisar un enorme fragmento y ser herido por ello-. Sin embargo, comprendo tu molestia, y me disculpo por mi atrevimiento, sin embargo, no habría hecho algo así de no tener algo igualmente valioso que ofrecer a cambio de toda la incomodad que te he causado.
- ¿Qué podría ser eso? -lo miró moverse, casi flotando, como un espectro con piel del color de la tierra de cementerio, ataviado en seda negra. Se habría sentido, quizás, respeto en cierta forma, en otro momento. Quizás le habría demostrado verdadero interés. Ahora, solo le quedaba una forma muy silenciosa de desprecio.
-Déjame contarte una historia, de modo que puedas comprender el motivo de mis acciones -habló, moviendo la mano derecha de manera hipnótica, mientras dejaba la otra vagar hasta que se colocó tras su espalda. Rodeó la silla, y ahora el fuego delineaba todas y cada una de las facciones rígidas de su cara y su silueta, desde la nariz ligeramente ganchuda, hasta las líneas de sus largas extremidades-. Hace algunos años, y con algunos años me refiero a un par de siglos, me topé con algunas historias perdidas de Julio César, a quien supongo que conocerás y sabrás que era ante todo un estratega. En ellas se narraba una muy interesante acerca de la conquista de uno de los muchos pueblos bárbaros que rodeaban el Imperio Romano. Aquel pueblo había causado estragos en las ciudades más apartadas de la Roma central, y en su momento de mayor violencia, acabaron con una ciudad entera. Como suele ser la costumbre animal de los hombres en tiempos de guerra, violaron a todas las mujeres jóvenes que hallaron, incluyendo a las esposas e hijas de los ediles. Cuando pudieron llegar a la ciudad, los barbaros habían arrasado con ella, y habían empalado y decapitado a todo humano, sin importar su edad, a lo largo de toda la ciudad.
-Suena como algo que los demonios nunca han hecho~ -una punzada de veneno en el tono de James, y a su sorpresa, eso tranquilizó a Faatir. Una criatura furiosa no hace ese tipo de bromas, pero quizás era muy pronto para sacar conclusiones.
-Lo más lógico -continuó, como si no lo hubiera oído-, era pensar que Julio Cesar acabaría haciendo lo mismo con sus ciudadanos que lo que ellos hicieron con su ciudad. Es lo que cualquier mortal, incluso inmortal, probablemente haría si estuviera en su sitio. Pero Julio Cesar no era cualquier mortal, era una criatura admirable. A veces me cuesta creer que no fuera un ser sobrenatural. Pero, volviendo al tema, Julio Cesar sabía que es más fácil comprar a la gente por medio de beneficios que por medio del miedo, así que lo que hizo, fue encarcelar y juzgar debidamente en un tribunal a los asesinos por sus crímenes de guerra, y en cuanto a las hijas de los líderes… -abrió las manos, como si fuera obvio lo que cualquiera hubiese hecho-. Bueno, pese a que fue sugerido, no permitió que les hicieran daño. En vez de eso, arregló buenos matrimonios romanos para las jóvenes, con Patricios, Cónsules, Pretores… Aquello no solamente le valió el respeto de su gente, sino de la gente de aquel pueblo bárbaro. Julio César, Dios o Júpiter o como se llame aquel en lo que él creía, guarde su alma, había descubierto que es más fácil negociar cuando hay algo que puede beneficiar a ambos frentes de igual manera.
Caminó hacia delante del escritorio, con esa misma actitud de hombre precavido, aunque realmente no estuviera preocupado en lo más mínimo. Un oso que le muestra respeto al espacio de un puma enfurecido.
-Como ya te he dicho, requiero de tus servicios, y quizás aun no lo creas necesario, pero requieres de mi ayuda -dijo, con las yemas de los dedos una contra la otra, las manos formando un triángulo delante de su pecho-. Especialmente, cuando hay cosas como ese detalle, de lo que cualquiera podría aprovecharse.
-Solo conozco a una criatura que, hasta el momento, pretende aprovecharse de eso… -murmuró con una sonrisa de desprecio.
-No me mires así, James -respondió con teatral arrepentimiento-. Puede que tengas muchos enemigos, pero no soy yo uno de ellos. Solamente ofrezco un medio de genuina protección para ti y los tuyos.
- ¿Por qué cree que eso es necesario?
-Porque sé que hay un humano en tus filas… -si antes no había obtenido una reacción del shinigami, ahora lo había logrado. No fue impactante, muchos menos violenta o espectacular, pero vio como todos los músculos de su rostro se volvieron de piedra, y los ojos refulgieron como dagas de esmeralda ante la luz de la chimenea, como si las sombras fueran más oscuras a su alrededor-. Los inmortales hablan: dicen que te vieron salir de un edificio en llamas con un humano en brazos. Y eso no es todo… -Morati apoyó las manos sobre la mesa tras de él, y ninguna luz alumbraba su rostro-. Ya hay rumores sobre lo ocurrido esta noche. Que tú y los Trece hicieron pedazos a un reducido grupo de demonios. Se preguntan si el mortal está involucrado, y que podría tener de interesante un mortal así, ¿Cuánto tiempo pasará para que sepan su nombre? ¿para que aquellos que tienen deudas pendientes contigo vayan por su cabeza o, peor, su alma?
Undertaker rio muy suavemente, el mismo tono gutural que utilizaba cuando las cosas parecían tan turbias que era divertido navegar ese rio sinuoso de traiciones y complots. Morati no era idiota; probablemente había oído también acerca de sus heridas y de su trágico encuentro con los Inquisidores el mes pasado. Tendría, cuando menos, la sospecha de que las cosas no habrían salido tan bien. Pero no podía demostrarlo, no ante un hombre con la reputación del Gerente.
Aquel demonio olfateaba la debilidad como los tiburones a la sangre. La reconocía en un suspiro, una mirada, el temblor de una mano o el zapatear de unos pies inquietos. El problema no era ese, sino que usualmente, la debilidad era el reflejo de una necesidad que preocupaba a los pobres incautos quienes, casi siempre, acababan haciendo un trato con él para salir de la miseria.
Los humanos tenían a Rumpelstilskin, y los inmortales, a Morati Faatir. La diferencia era que lo menos, y quizás lo menos dañino que el Gerente pediría que le entregaras sería tu primogénito.
-Ah~ no importa realmente quien vaya… -murmuró, encogiéndose de hombros, y levantando la cabeza para observar a Morati como si no fuera más que un simple insecto, revoloteando a su alrededor, amenazando con picarle, sin saber que era más probable que una probada de su sangre y caería muerto-. Los haré pedazos, de uno en uno. No sería la primera vez. Además… -profirió, y su sonrisa creció hasta volverse una mueca deforme, brutal, en su rostro blanco de muerte-, ya sabes que prefiero experimentar en tejido vivo~
-Por favor, James… -insistió Morati, ni siquiera fingiendo preocupación por las palabras del shinigami. Desde el inicio, sabía que no sería sencillo de convencer-. Lo que te ofrezco es un modo de protección, de poder acudir de vuelta a la justicia y tener un equipo que pueda respaldarte.
-He he~ por algún motivo me es difícil creerlo… -respondió entre dientes, llevándose juguetonamente un dedo a la barbilla-. Vamos a ver, estás planteando la posibilidad de que dejemos de ser perseguidos. Para empezar, eso me tiene totalmente sin cuidado; volver a la luz de la legalidad, únicamente me forzaría a utilizar métodos aceptados por los estándares de la comunidad. Segundo, pensando en la posibilidad de que esto podría interesarme, ¿Qué haría que yo dijera que sí? ¿Qué podría convencerme tanto? ¿Y que podría convencer a todo el Consejo de dejarnos vagar libres por el mundo, de una vez por todas~? Y tercero, ¿Qué podrías tener que pudiera tentarme a ayudarte~?
Morati guardó silencio un segundo, conteniendo los deseos de echarse a reír, sabiendo lo que vendría a continuación. Si hubiera sido alguien más aquel que se burlaba así de él, probablemente le habría mandado a ejecutar, pero tratándose de James, sabiendo que había logrado obtener algo que realmente le tentaría.
Ah, era como música para sus oídos.
-Tengo pistas, de fuentes confiables, sobre el ladrón de tus documentos -lo dijo, y el cambio en Jame, aunque no fue abrupto, fue casi palpable. Una personalidad, de bufón, abandonándolo y dejando tras de sí la carcasa de un hombre confundido. Se preguntó cuántas veces antes se habría visto así. Se apoyó de nuevo contra la mesa, ahora reposando todo su peso, permitiéndole un momento de discreción mirando hacia la alfombra, entretejida con hilos dorados y rojos carmín-. Tus preciados archivos de las Muñecas Bizarras.
Pocas veces James se quedaba sin nada que decir, pocas veces podían sorprenderlo, y eso era algo que le reconocía a Faatir. Bueno, y a un par de personas más. Eso, sin embargo, no significaba que le creyese del todo.
-Te escucho.
-Era junio, o quizás julio, cuando tuvimos que ejecutar a un espía entre mi guardia. Teníamos tiempo siguiéndole la pista, pero no teníamos realmente pruebas, hasta ese día -habló Morati, comprendiendo que sus palabras tuvieron el efecto deseado. Ahora, todo lo que tenía que hacer, era comprobarle a James que decía la verdad. Regresó, con pasos deslizados sobre la alfombra, hasta detrás de su escritorio, sacando una pequeña llave dorada de su bolsillo para abrir uno de los cajoncitos del mueble-. En fin, podría decirse que atrapamos al desgraciado justo donde lo queríamos. Sobra decir que toda la evidencia apuntaba hacia él, su único destino era ser ejecutado… -dijo aquello con un arrullo divertido, extrayendo una carpeta de color negro satinado de dentro del cajoncito y acomodándola sobre la mesa-. En su intento de salvar su vida, juró que tenía información importante sobre unos viejos documentos que la Sociedad Shinigami se encontraba rastreando desde hacía mucho. La verdad: no le creí una sola palabra, pero él insistía que era cierto, y que alguien estaba intentando recrear el experimento plasmado en esas páginas, así que acepté en ir a ver si lo que decía era cierto… -abrió la carpeta, girándola de modo que James pudiera ver el contenido de la misma.
Habría querido ser mucho más discreto en su expresión, pero lo cierto es que aquello lo tomó verdaderamente por sorpresa. En las fotos se apreciaba un sitio oscuro, de paredes descascaradas y enormes ventanas altísimas, tenía toda la pinta de una fábrica o bodega que lleva varias décadas con el clima, los insectos y la hojarasca como única compañía. A lo largo de los inmensos muros había muebles de metal, mesas de laboratorio y variado equipo científico que había visto en las morgues desde tiempos inmemoriales.
Se acercó con precaución, primero planteándose la posibilidad de que todo eso fuera solo un simple espectáculo montado por Faatir para comprar sus servicios. Alargó los dedos para tocar el papel, pasar las imágenes una por una, descubriendo en ellas válvulas, tubos de ensayo, máquinas usadas por los Shinigamis en sus estudios, planos, documentos y notas sobre temperatura, presión y ensayos sobre diferentes sujetos de prueba. Aquello era demasiado similar a lo que él vio alguna vez, y sabía que cuando él lo hizo, no dejó pruebas atrás. Solamente alguna persona con el conocimiento de lo que ocultaban esas páginas podría hacer eso.
Y entonces, si no estaba convencido del todo, llegó a las últimas fotos. En la primera, había una serie de tanques cilíndricos, acomodados en fila, seis que la cámara había captado en su totalidad. El agua dentro de ellos se había vuelto opaca, pero aún era lo suficientemente clara para poder ver lo que había en su interior; cubiertos de tubos, catéteres y demás aditamentos, había seis cuerpos pertenecientes a humanos en diversas etapas de desarrollo, desde adultos hasta niños de primaria, todos y cada uno de ellos con suturas en forma de "Y", cuyos cortes superiores venían de los laterales de la clavícula, se unían justo en medio de los pechos y descendían hasta casi el extremo de la ingle. Todos con las cabezas suturadas a la altura de la frente.
En la siguiente foto, había otro conjunto de cuerpos en tanques cilíndricos, y en la última, una camilla en el medio de un cuarto donde claramente, había habido un incendio.
-Detrás del edificio hallamos enterradas un centenar de camillas en las mismas condiciones -murmuró Morati, contemplando aquella escena con asco y orgullo, mientras Undertaker repasaba una y otra vez las imágenes. Se volvió lento, una fantasma de manto negro, hasta que le dio la espalda y la luz verde de la chimenea refulgió en-. Sea lo que sea que los involucrados quisieran crear no estaba funcionando. Algo salía mal, lo cual solo podría significar que están realizando mal el proceso, o…
No era necesario terminar la frase. Por sobre el hombro, clavó los ojos en James, cuyos orbes verdes refulgían como llamaradas fatuas sobre un mar oscuro. Ninguno supo cuál de los dos era más aterrador en esos momentos, y ni siquiera Morati, acostumbrado a empujar al límite la paciencia de sus contratistas, se atrevió a ir más allá.
-Así, ¿Qué dices, James? Te ofrezco toda la información, pistas y locaciones que mis hombres encuentren sobre tus documentos. Todo lo que llegue a mí, será de tu conocimiento. Si son testigos, te permitiré interrogarlos. Si son locaciones, haré que las direcciones te sean entregadas. Cada uno de mis guardias más leales y discretos estarán informados sobre el tema; tendrás oídos y ojos en donde quiera que mis criaturas vayan… -finalmente, como quien acaba de ofrecer algo invaluable, Morati regresó a su silla, sentándose con la refinación de un emperador francés. Un tobillo sobre la rodilla y las manos juntas frente a su pecho; cualquiera juraría que estaba tallado en ébano, que era una obra de arte que despertó de pronto, o que era un hombre que en cualquier momento se transformaría en piedra como una estatua embrujada. Aun sentado, aun hablando con su voz aterciopelada, Morati Faatir era intimidante-. Es un trato justo, ¿no lo crees?
-Más que justo -murmuró el shinigami, con una pálida ceja levantada-. Lo cual me hace pensar que lo que me pedirá a cambio sea algo a considerar…
El material liso y cambiante que era la piel del Gerente se extendió en una inmensa sonrisa, casi tan o más sospechosa que la mirada fría en sus ojos.
-En realidad, lo que realmente quiero es una cosa insignificante -confesó sin atisbo de vergüenza, con la soltura de un aristócrata que habla de cómo le dio una zurra a su servidumbre esa mañana-. Lo que hay en esas bóvedas, no todo son armas de destrucción masiva ni seres invencibles e infernales. Hay también joyas, gemas, antiguas alhajas que harían ver a la corona de Catalina II como un montón de lata y piedrecillas. Y hay una en particular que deseo recuperar: el medallón solar de Ra.
James movió ligeramente la cabeza, sin retirar la mano de la cintura.
- ¿Ra? -preguntó con cierta incredulidad en su voz. Claro que conocía aquella joya, al menos en fotografías y dibujos. Aquel medallón había sido el principal atractivo de la gigantesca estatua en el santuario dedicado al dios egipcio del Sol. Sin embargo, no era eso lo que le llamaba la atención; no era ningún secreto que Morati se halló asociado en tiempos remotos con los Adoradores de las Arenas, fieles seguidores del dios Seth, quien era básicamente la antítesis de todo lo que Ra representaba.
Morati asintió, y James apretó disimuladamente los dientes. Todo eso… ¿por una joya? Le habría dado la espalda de inmediato de tratarse otra criatura. Se habría reído en su cara por hacer semejante alboroto por una simple joya vieja, y probablemente habría amenazado con cortarle el cuello si le volvía a hacer perder el tiempo a causa de tal estupidez.
Sin embargo, no era cualquier demonio, era Morati Faatir, y lo que por un lado le parecía ridículo, por otro lado, le causaba curiosidad.
- ¿Puedo preguntar para qué quieres el medallón solar de Ra? -dijo, llevándose la mano a la cadera con actitud distraída-. Que yo sepa, no es nada más que eso. Un antiguo tesoro perdido entre las arenas del tiempo.
Morati se echó un poco hacia atrás, abriendo los brazos y encogiendo los hombros como un loco le enseña a alguien más un pedazo de basura como si fuera un valioso tesoro.
- ¿Vanidad? ¿Capricho? ¿Tradición? -murmuró con su usual sonrisa-. El medallón no era exactamente "solar" y no pertenecía a Ra, como sus fieles predicaban. Pertenecía a Seth realmente, o al menos, a la criatura que se hacía pasar por Seth ante los Adoradores de las Arenas; Nassor Faatir, el Maestre del clan Faatir en aquellos entonces. Sin embargo, una serie de eventualidades lo llevaron delante de un oponente contra el que no tomó las suficientes precauciones… -con las manos frente al pecho, apenas parecía turbado por lo que contaba, y había en su rostro una emoción lejana que lo hacía parecer divertido, expectante, y a la vez, turbado-. Horus, le llamaron los lugareños. Otros decían que era Ra vuelto humano, que brillaba como el sol, que su cabello era de puro fuego y que era un bennu enviado por Osiris. Claro que ese sujeto era tan deidad como lo era Nassor, pero ya conoces a los humanos; tienen esa particular necesidad de interpretar las cosas a conveniencia, y en este caso sonaba glorioso que el mismísimo Horus hubiera bajado a protegerlos. Al final este dichoso "héroe", un simple ángel, bendijo el medallón y lo entregó a los seguidores de Ra, en cuyo templo se mantuvo hasta hace poco más o poco menos de un siglo, cuando cambió de hogar a la bóveda que fue robada hace ya varios lustros.
-Varios lustros… -el shinigami lo miró receloso, con ojos entornados y el rostro inclinado ligeramente hacia un costado. Todo aquello apestaba a mentiras; no había forma de que Morati no estuviera tras de algo más grande- ¿Por qué, si me permite, lo quiere justo ahora? ¿por qué, si no es más que una simple joya, no hubo un intento previo de conseguirla?
-No era el momento -murmuró Morati con insoportable condescendencia-. Ya te lo he dicho: soy una criatura simple. Si puedo beneficiar a alguien satisfaciendo mis caprichos, lo haré. Si la situación no es adecuada, esperaré. Soy paciente.
-Y, aun con eso -sintió la sangre hervirle internamente. Era increíble lo descarado que es sujeto podía ser, o quizás no era descaro, sino que se sentía con el derecho divino de hacer lo que hacía. Si, con toda la historia que arrastraba detrás, Faatir probablemente ni siquiera se cuestionaba la moralidad de sus decisiones; quizás únicamente las tomaba creyendo ciegamente que el mundo a su alrededor se doblaría de espaldas con tal de consentirle hasta el último de sus antojos y nadie se atrevería a intervenir con ello. No estaba seguro de que lo hacía rabiar con mayor fuerza-, me ha traído aquí con amenazas.
Morati se volvió hacia James, suspirando con desasosiego, propio de un padre que está a punto de zurrar a su hijo como castigo por haberse puesto en peligro, y ahora el niño estuviera desafiándolo. La diferencia era que este niño podría incendiar la casa entera si no lograba comprender que aquella reprimenda no era una forma de venganza, sino un castigo.
-James, tú y yo sabemos que tarde o temprano la Sociedad Shinigami les pondrá las manos encima a todos ustedes, y cuando los juzguen, no lo harán como si fueran diablillos que picaron un alma antes de tiempo -explicó con paciencia, con las manos juntas sobre el pecho y la mirada dócil hacia él. Habría parecido realmente abatido de no ser por la emoción que burbujeaba delicadamente en sus ojos oscuros-. Cargan sobre ustedes una larga lista de crímenes que podrían costarles algo más que unos siglos tras las rejas. No voy a negar que ofrecerte este trato es, por un lado, por mi propio beneficio, sin embargo, hay una parte de mí que se niega a permitir que algo así pase, especialmente cuando está en mis manos una posible solución.
-No considero que seamos tan cercanos, Gerente, como para que se preocupe de ese modo por nosotros…
Morati, muy lejos de estar ofendido por el comentario, aun cuando la voz de James, medida y pesada con el suficiente veneno para escocer su carne, se mostró benevolente. Si lo conocía bien, quizás era precisamente lo que buscaba; hacerlo enfadar, provocar algo en él, para luego hacer un movimiento maestro. James no era predecible, ni era una criatura con la cual le gustaría jugar.
Al menos, no bajo las reglas del shinigami.
-Ustedes mismos son reliquias, James -confirió con el tono más sobrio que su voz de ébano pudo recrear-. Son los últimos frutos de un árbol antiguo que jamás volverá a florecer. El hecho de que ya no sean realmente parte de la Sociedad Shinigami no significa que el mundo sobrenatural esté listo para prescindir de ustedes.
James inclinó la cabeza con cierto aire de solemnidad. Había una verdad que se negaba a admitir en voz alta, y era que, aunque muchos lo considerasen inútiles, aun había cosas que los shinigamis no podrían hacer sin ellos. Aún tenía tareas en este plano. Sospechaba que existía más de un motivo por el cual sus semejantes no los perseguían como animales de plaga ni insistían en cortarles el cuello cuando tenían la desdicha de toparse frente a frente.
- "La última defensa que divide el velo entre lo efímero y lo eterno" -murmuró, recordando esas vagas palabras que había leído o escuchado en algún sitio, muchos años atrás. Lo cierto es que no se consideraba ningún tipo de guardián, y tampoco sentía lealtad hacia ninguno de los dos bandos, a excepción de aquellos que consideraba como cercanos a él.
Nunca había sido capaz de concebir esa fidelidad ciega, que rayaba en el fanatismo, de la cual los ángeles, los demonios y algunos Inquisidores se sentían ridículamente orgullosos. Todo giraba alrededor de "su causa". La salvación de los humanos, la perdición de las almas, evitar que los inmortales acabasen con la paz, motos estúpidos y vacíos que rara vez eran cuestionados con la mente fría por sus seguidores. Inclusive criaturas como Faatir, cuyos objetivos eran más -valga la redundancia- objetivos, caían ligeramente en ese pozo donde todo era bueno, blanco o correcto.
Lo único correcto, lo único a lo cual valía serle fiel, de acuerdo a sus propias creencias, era a la verdad. No a la verdad disfraza de valores y ética y cosas ridículas que se usaban para justificar o quitarle validez a algún argumento, sino esa verdad cruda, cruel y terrible que podía solucionar tantas cosas pero que nadie quería realmente aceptar. Y la verdad, la única a la cual le era totalmente fiel, era que el fin justifica los medios.
Era por eso que había decidido no tomar represalias contra Faatir por lo que hizo. No justificaba sus acciones, más comprendía sus motivos debido a que probablemente él hubiera hecho lo mismo en la situación del gerente. Lo que no terminaba de entender, era como planeaba que fueran aceptados de vuelta en la sociedad inmortal, o al menos, ya no ser vistos como criminales.
-Supongamos que acepto -dijo con tono ligero, llevándose un delgado dedo a los labios. Seguía tenso, pero la chispa de la curiosidad había conseguido encenderse con tanto roce-. Que consigo traerle el medallón, en ese caso, ¿Qué es lo que va a darme? ¿Qué se supone que podría hacer que, no solo la Sociedad Shinigami, sino todo el Consejo nos indulte finalmente?
Morati sonrió con tal afán que James comprendió que aquella era la pregunta que el gerente esperaba que le hicieran. De inmediato se dio media vuelta, se puso de pie y de un paso estuvo delante de la enorme chimenea, y tomó algo de encima de la repisa de mármol negro. Una pequeña caja de maderas preciosas, tallada finamente con flores e incrustaciones de rubíes y esmeraldas en cada pétalo. No tenía candado, y en realidad, no era necesario; habría que ser idiota para intentar robar algo del despacho de Faatir. Caerías muerto antes de tocar algo que no debieras.
El gerente, andando como quien carga con la misma Arca de la Alianza, volvió al escritorio, colocando la caja en el centro de la mesa, y abrió la tapa sin más miramientos. Apenas lo hizo, una luz blanca, dorada y cambiante, salió despedida como un halo, y el despacho se llenó de ondas luminosas, como si allí mismo se hubiese manifestado una aurora boreal, el color prismático de una estrella que acaba de nacer. James se cubrió ligeramente los ojos, y al mismo tiempo, luchaba con mirar a través de sus dedos lo que fuera que hubiera allí dentro. Conocía esa luz, había visto un destello así varios siglos atrás, y cuando finalmente se hubo acostumbrado al resplandor, descubrió, con la boca seca por la sorpresa, que, en medio de la caja, entre una almohadilla cuyo color era indistinguible, había una diminuta piedrecilla cuyos colores cambiaban como la superficie de una burbuja que rodea una perla. Era lisa, alargada como una lágrima, y parecía que dentro de ella contenía un corazón que palpitaba, se agitaba, se volvía lila, azul, dorado y luego tornasol, como si estuviera emocionada por ver el exterior de la oscura caja de madera.
Morati cerró la caja de un golpe, y toda la luz se extinguió como devorada de un mordisco, y el shinigami, aun deslumbrado, lo miró con los ojos de alguien que ha visto el Cielo, el Infierno y no está seguro de cual es cual.
- ¿Eso…? -no era posible. No podía ser posible. Pero Morati asintió con una satisfecha sonrisa.
-La piedra de la espada de San Michael -declaró, incapaz de contener la emoción que desbordaba sus ojos con un maligno brillo violeta-. La misma que Devine robó de los templos y acabó siendo su sentencia de muerte.
- ¿Donde consiguió eso? -bajó los brazos, considerando seriamente rechazar la propuesta del Gerente. Si alguien se enteraba de eso, no serían únicamente perseguidos, sino que podría causar una guerra. Había demonios que matarían a cualquier por esa piedra, y ángeles que no les importaría destruir ciudades humanas enteras para que volviera a donde pertenecía.
El moreno sonrió aún más ampliamente, regresando la caja a su sitio con despreocupación.
-Hace casi una década, de alguien que me debía un favor -respondió, con la misma ceremonia que acompañaba todos y cada uno de sus movimientos-, y consideré que era un pago justo a cambio de saldar su deuda. El pobre incauto no sabía la clase de tesoro que tenía entre sus manos; hasta donde supo explicar, lo obtuvo en Ucrania, al recorrer una especie de cámara subterránea cuyo techo había colapsado a causa del terremoto que devastó Kharlyanov -se volvió ligeramente hacia el shinigami, cuyo rostro era la máscara de la incredulidad y la sorpresa misma- ¿Te suena familiar?
-La catástrofe de Kharlyanov… ¿fue a causa de la bóveda que fue robada? -no podía ser abiertamente honesto con él, y hasta donde el Gerente sabía, James no tenía conocimiento de lo ocurrido. Por suerte, no era difícil fingir; el suficiente grado de incredulidad, de asombro y turbación para que sonase como verdaderas sus palabras. Y por la expresión de Morati, fue lo suficientemente veraz.
-No hay nada seguro, pero es muy probable -confirió regresando a su asiento, con las manos extendidas sobre la mesa, y luego frotándose la barbilla con aire burlón-. Claro que… el Consejo no sabe nada de esto, oficialmente. La gema supuestamente estuvo perdida todo este tiempo, pero si pensamos un poco el asunto, la mejor forma de ocultar algo es fingir que está perdido y ponerlo en otro sitio. Desconozco los motivos por los cuales la gema no volvería a la espada del arcángel, quizás aún hay cosas que el mismo Consejo se niega a explicar o, en el peor de los casos, admitir que no comprende. Además, que, admitir que todo ese tiempo la tuvieron, solo para perderla de nuevo, no solo les quitaría credibilidad, sino que los haría lucir como unos verdaderos inútiles. Sea como sea, estoy seguro de que están ansiosos por recuperarla. Hasta donde sé, perdonarían los crímenes del mismísimo Hyperion si este regresara la gema a la Corte Celestial… -hubo un destello de malicia en sus ojos violetas, en sus palabras pronunciadas como por la lengua de una serpiente-. No veo por qué no perdonarían los pecados de un grupo de shinigamis que, en algún momento, fueron leales a su causa. Así que, ¿Qué dices? -continuó, abriendo las manos como un Cristo redentor, y James, por primera vez en mucho tiempo, no supo que decir- ¿Tenemos un trato?
Miró la mano tendida del Gerente, e intentó resumir rápidamente aquello que le ofrecía.
-Información sobre mis documentos, la gema de la espada… a cambio de un medallón…
Sonaba demasiado bien para ser verdad y sin embargo no lograba hallar motivos para desconfiar del Gerente, salvo eso; que era Morati Faatir, y ese demonio nunca daba un paso sin saber que pisaría tierra firme. Algo debería haber que no le estaba diciendo, algo que le beneficiaría más de la cuenta si el trato realmente se inclinaba en su dirección. Y, aun así, era espectacularmente tentador. No se negaría a si mismo que no había soñado, en cierto modo, con esa libertad, de ir y venir cuando le placiera, sin tener que esconderse necesariamente entre los humanos, ocultar su presión, vivir en las sombras, sobrevivir día a día sabiendo que no podía depender de nadie más que los suyos.
Pero sería un idiota si se tragaba ese cuento de hadas sin cuestionar. Sería un idiota si no mantenía la guardia en alto y no prestaba atención a cada movimiento del Gerente.
Y, por, sobre todo, Faatir sería un idiota si creía que James no buscaría beneficiarse indirectamente de la situación y sacarle el mayor jugo posible. En cualquier caso, tenía formas de hacerlo pagar por su engaño, si es que esa era la situación. También tenía varias cartas bajo la manga.
Morati se encogió de hombros.
-Cuando lo dices así, suena a que el trato no es muy justo para mí, muchacho.
-Nada en el mundo donde nos movemos es justo, Gerente~ -confió con una oscura sonrisa. Aquello quizás podía ser interesante. Fingió sopesarlo un momento, con el dedo en la boca y dando uno pasos en circulo en el despacho, al ritmo del tamborileo de los dedos del demonio contra la mesa. Finalmente, luego de un par de minutos en silencio, se volvió hacia él con ojos ensombrecidos y la amplia boca en una tensa sonrisa-. Supongo… que tenemos un trato. Sin embargo… -levantó un dedo, deteniendo a Faatir, quien hizo un ademán de ponerse de pie-, tengo un par de condiciones; este trato quedará entre usted y yo. Ningún otro de los Trece o mis allegados debe tener conocimiento de él. En público, ni usted ni yo habremos llegado a nada. Esta reunión jamás sucedió.
-Me parece lo más prudente -repuso Faatir, con tono satisfecho- ¿Algo más?
- Sí~-canturreó, pero no era un sonido ligero, sino pesado, oscuro. El timbre de una caja musical disonante-. Aquellos que lleguen a usted con fines hostiles, con información acerca del humano en mis filas, quisiera que averiguase como es que obtuvieron ese conocimiento, y una vez que lo sepa… -apretó los puños, y algo en él pareció terriblemente siniestro, frío, como la Muerte misma que te sonríe desde la negrura de la noche-. Disponga de ellos de la manera que vea apropiada.
El Gerente sonrió, acorde a la situación. Aquel sujeto realmente era James Gravesworth; el hombre que no temía en ensuciarse las manos para logra lo que quería. Quizás por eso lo admiraba. En el fondo, eran muy similares.
Sin perder la sonrisa, se adelantó hacia el frente, con la mano tendida hacia el shinigami. No hubo un segundo de duda, ni hubo tensión. Simplemente correspondió el gesto, con toda la propiedad que había en sí.
-Tenlo por hecho -dijo Faatir, dejándolo ir finalmente y con la otra mano le extendió la pesada carpeta con toda la documentación de los experimentos que encontraron-. Ten, tómalo como un pequeño pago por adelantado, un acto de buena fe. Te aseguro, James, que has tomado la decisión correcta.
-Esperemos que sí -respondió con el mayor respeto posible. Había abusado el buen humor de Morati, quizás era hora de ser prudentes-. Espero recibir pronto noticias. Le mantendré informado de la situación.
Le dedicó una pequeña reverencia, y finalmente se dirigió a la salida del despacho, sabiendo que los ojos de Faatir se hallaban clavados en su espalda. Puede que lo percibiera como una victoria, pero aquello era solo parte del juego. Su mayor ventaja era que a James poco le importaba verse como el perdedor de la batalla si con eso podía alzarse como vencedor de la guerra.
-Hasta luego, James -repuso, con educación, aunque no pudo sentirse ligeramente ofendido por la seca despedida. Sin embargo, no esperaba que fuera de otro modo, empezando por la razón por la cual James se presentó allí, a plena madrugada. No se arrepentía, aun así, por saber exactamente que botones presionar en las personas para conseguir lo que quería.
Así había sido siempre, así era como Nassor le había enseñado; a usar a todos como piezas y peones, en ese enorme juego de ajedrez donde solo el más astuto podía ser el rey.
Hubo un minuto, o dos quizás, mientras procesaba todo lo ocurrido, y por, sobre todo, a que James abandonase las instalaciones. Repasó mentalmente el encuentro, jugueteando con una larga pluma recubierta de marfil que hacía girar entre sus dedos. Un momento de pausa, y, por último, dijo un único nombre al aire:
-Eleazar -y el aludido entró por la puerta, como si todo ese tiempo hubiese estado esperando su llamado.
-Gerente -dijo el demonio, con las manos tras la espalda cual autómata listo para recibir órdenes- ¿Qué desea? Aun no llega su siguiente cita, ¿debería cancelarle?
-No, aún está a tiempo. Pero no es por eso que te he llamado -corroboró echando un vistazo al pequeño reloj en forma de pirámide, todo hecho de oro, sobre el escritorio-. Reúne a tu escuadrón, tengo una misión para ti.
Eleazar se mantuvo tan estoico como siempre, aun cuando por dentro hervía en algo muy similar a la ira.
-Dígame que tengo que hacer.
- Asumo que tienes conocimiento de la base Inquisidora con la cuales se toparon nuestros exploradores hace unos meses. La base 209, ¿la recuerdas? -preguntó, echándose hacia atrás en el respaldo y colocando las manos sobre el pecho, entrecruzando los dedos de modo que todos los anillos quedaron alineados como en un mostrador-. Le llaman Cala de Ahogado, se encuentra en Isla Feroe, entre Escocia e Irlanda.
-Sabía que había una base al norte del territorio inglés -confesó sereno-, pero no sabía que se encontraba en Isla Feroe.
-No te culpo, hasta hace poco, lo ignorábamos por completo -Faatir parecía incomodo de admitir sus fallos-. Pero era de esperarse; se movieron a la isla hace relativamente poco, luego de que Heilldermeister cayera. Sé que trasplantaron los cuarteles, la prisión y los laboratorios a zonas distintas, y aunque desconozco el paradero de las dos primeras, sé que los laboratorios y la zona de prueba están en Isla Feroe -subió las manos, cubriendo sus labios, como si fuera a contar un secreto que nadie debería escuchar. Echó un vistazo al cajón a su izquierda y seguidamente a Eleazar-. La base está oculta por un "campo de energía", la magia que ellos se niegan a reconocer que usan, así que es invisible a los ojos de los entrometidos. También está protegida contra inmortales; puede que las cosas se compliquen allí… -levantó la vista, con una complacida sonrisa dedicada al muchacho, como quien se encuentra a un genio recién salido de la lampara maravillosa-. Pero confío en tus habilidades, Eleazar, querido, para conseguir entrar en esa fortaleza.
-Por supuesto, ¿quiere que destruya la base? -preguntó sin atisbo de preocupación, de miedo o confusión, ni ningún otro sentimiento que no fuera la indiferencia de alguien a quien le piden respirar profundamente, parpadear dos veces o suspirar- ¿Qué consiga información? ¿Qué mate a algún objetivo?
-Oh, esta vez no será necesario que te ensucies las manos demás -dijo sacudiendo un poco la cabeza, y tendió finalmente una mano hacia el cajón. Lo abrió con un solo dedo, y extrajo una carpeta negra, abriéndola con movimientos tan fluidos como si estuviera bajo el agua, hasta hallar una página donde podía verse una foto y una ficha de datos-. Lo único que requiero, es que busques allí a este sujeto -señaló la página, y ofreció al muchacho la carpeta, recubierta de cuero, la cual fue recibida por una mano enguantada-. Cuando lo hagas, todo lo que tienes que hacer es liberarlo.
Eleazar observó la foto, y su estoico rostro se vio perturbado por una sola arruga en su entrecejo, hasta que finalmente pudo recordar donde había visto esa cara. No dijo nada al respecto, su único gesto fue mirar a Faatir, quien continuaba sonriendo tan intensamente como el gato de Cheshire.
- ¿Cómo sabe que está en Cala de Ahogado? -dijo al fin.
-Porque hace cinco años, cuando Heilldermeister, la base en Inquisidora en Baden-Wurtemberg fue destruida, ese sujeto fue de los pocos prisioneros que no lograron escapar -explicó el Gerente, suspirando con fuerzas, recostándose de vuelta en el respaldo. Debería haber sido terrible, pensó por un momento, tener la oportunidad de huir y ser incapaz de hacerlo-. Estaba sellado, dormido, en los pisos inferiores. Dado que era parte de un proyecto muy peligroso e inestable que los Inquisidores llevaban a cabo, decidieron llevárselo directamente a otro sitio para continuar con el programa. Fuentes confiables confirman la transferencia a Cala de Ahogado. Hasta hace poco, me negaba a creerlo; había rumores de que había huido realmente. Sin embargo, hace poco pude comprobar que su supuesta huida o liberación es falsa. Sigue allí, sigue encerrado. Y quiero que lo liberes.
Eleazar dejó de ojear la carpeta, cerrándola de golpe con una sola mano, y la sostuvo bajo el brazo con movimientos mecánicos. A veces no parecía vivo, ni siquiera pensante. Era un robot programado, incapaz de sentir, de pensar por sí mismo, y habría sido realmente aburrido para Faatir, si no supiera la verdad tras esa máscara de aparente indiferencia.
- Liberarlo, y ¿traerlo a Rojo Reina?
-No, solo libéralo -sentenció, despreocupado, haciendo un gesto con las manos como si barriera el aire-. Suéltalo, déjalo libre, correr a sus anchas. No será necesario intervenir más. Nadie debe saber que estuvimos allí, o que estuvimos involucrados en su liberación. Todo debe parecer un accidente.
-He de suponer que él se abrirá paso para escapar de allí -no le veía pies ni cabeza al plan, así que suponía que era así. O quizás solo sería una distracción y había algo más que hacer en la prisión- ¿O debemos procurarle en algo?
-Querido -inició Morati, poniéndose de pie con las manos apoyadas en la mesa, el cuerpo curvado al frente y expresión preocupada, casi rayando en la impaciencia-, cuando lo dejen libre, tienen que salir de allí lo más rápido posible y abandonar Isla Feroe de inmediato. Cuando él esté libre, cuando comprenda que puede moverse a sus anchas, será la última noche de todos aquellos que se encuentren en Cala de Ahogado.
Hubo un leve cambio en Eleazar, un súbito encogimiento de hombros que fue lo más cercano a un escalofrío. Internamente, se preguntó qué diablos era lo que Morati Faatir planeaba liberar allí, y que consecuencias tendría aquello. Si era un aliado, un enemigo, no lo sabía, solo que el Gerente no pretendía esperar a pagar por la destrucción que eso pudiera causar.
Que tampoco era que le importase mucho su bienestar…
-Entendido -dijo, recuperando la compostura, al menos, ese mínimo que había perdido- ¿Cuándo debe llevarse a cabo?
-Mañana por la noche -afirmó el Gerente, mirándolo aun sin moverse. Esperaba una mayor reacción de su parte, o al menos, más preguntas-. Al amanecer del jueves, este debe estar resuelto
-Bien, ¿algo más?
-Sí, dile a mi aprendiz que requiero verlo aquí. Lo más pronto posible. Tengo una orden para él, y no está a discusión. -cerró el puño sobre la mesa, endurecido por una silenciosa molestia. Era hora de enseñarle una lección a ese descuidado sujeto, y que mejor que encargarle algo que era necesario para movilizar las cosas-. Ya viene siendo tiempo de que aprenda su sitio. Y si algo he aprendido, es que las criaturas cooperan mejor cuando hacen aquello para lo que nacieron… -barriendo los ojos por encima de la mesa, había hallado el tarot con el que jugueteaba previamente, donde la carta que sobresalía del mazo, era nada más y nada menos que El Emperador, luciendo en todo su esplendor, con el cetro en la mano, resplandeciente por el polvo de oro, y la corona sobre el cabello rojo como el granate. Una marejada de bilis le encendió la garganta como el fuego a la gasolina, iniciando una llamara que le hizo sonreír cruel-. Y, dado que necesito mantener ocupado a cierto personaje indeseable, tal vez este sea su momento de brillar…
Tomó la carta en sus manos, tentando a prenderla en llamas con el pensamiento, mas no lo hizo. Sería una lástima perder una pieza así de exquisita, aunque no podía decir lo mismo de aquel que parecía retratado, vivamente, en la ilustración de ese Arcano.
-Después de todo -prosiguió, haciéndola girar entre sus dedos, dedicando una enorme, terrible y mortífera sonrisa, iluminada con el brillo violeta e infernal de sus ojos demoniacos, iluminado por un fuego en el hogar que poco a poco titilaba azul y morado por la presión del gerente, y fue como si todo el recinto se sobrecogiera ante esa oscuridad- ¿quién mejor para causar caos la guarida del zorro que mi querido Alistair?
o.o.o
habría pasado una media hora desde que la pequeña reunioncilla acabó, cuando finalmente pude meterme en la cama de mi pequeño cuartito. Habría preferido irme a dormir de inmediato, dado el trato que había hecho con Jill, pero pensé que sería grosero, tomando en cuenta que todos seguían hablando, y tenía suficiente con que Christopher me considerase una carga como para que encima pensara que no tenía buenos modales.
Luego de ponerme el pijama, me lancé a la cama, sin siquiera molestarme en quitar a sobrecama y envolverme en las sabanas. Estaba demasiado cansada, y aunque recordaba haber ido al baño, no estaba segura de haberme lavado los dientes. Quizás sí, quizás no…
Apreté la cara entre las almohadas; los primeros indicios del día aparecían a través de la ventana, haciendo el cielo iluminarse con colores violetas, rojizos y rosados, y aunque me habría parecido realmente lindo en otro momento, ahora no quería saber nada del amanecer. Solo de pensar que en un par de hora tendría que levantarme no era el mejor sentimiento del mundo que se diga. Cerré los ojos, haciendo un rápido repaso mental de las cosas que tendría que dejar en orden, en especial Tony…
Y entonces mi teléfono sonó.
Asomé de mala gana entre mi cabello, rogándole a mi ángel de la guarda que fuera solamente la alarma que ponía a las 5 de la mañana, pero a juzgar por la luz y el reflejo en el espejo, al estar sobre el tocador, se trataba de una llamada. Gruñí, haciéndome un ovillo en la cama, considerando simplemente ignorarla, pero… podría tratarse de Tony y de una emergencia.
Lloriqueando y quejándome, conseguí arrastrarme hasta la orilla de la cama, estirando el brazo lo más que pude para alcanzar el celular. Lo sujeté de mala gana, mirando sin mucho ánimo la pantalla, esperando ver la foto de Tony, de Allison o incluso de Jim. Sin embargo, allí había una foto de la última persona que esperaba que me marcase, al menos, a esa hora. Mucho menos en esas circunstancias, y podría jurar que ni siquiera ser secuestrada por demonios y casi morir ahogada me habrían dejado el cuerpo tan helado como en ese momento.
Apreté el botón de responder de inmediato, intentando sonar lo más despierta posible.
- ¡Hola, madre! -exclamé poniéndome de pie de un salto y sintiendo una serie de carámbanos emerger de mi espalda- ¡Q-que sorpresa que llames a esta hora!
o.o.o
Con la mano estirada hacia el estante superior del anaquel, rocé la caja de cereales, sin embargo, lo único que logré no fue sino hacer que cayera de espaldas sobre la madera, poniéndose por completo fuera de mi alcance. Apreté el borde del anaquel con la mano aun arriba y bajé la cabeza, claramente derrotada pero incapaz de admitirlo tan abiertamente como para tomar una silla, subirme y bajar la condenada caja de cereales.
Lo habría hecho, pero ciertamente no quería ponerme a hacer maromas. Al menos no hoy. Si alguna vez han escuchado esa frase que reza "esto te dolerá mañana", puedo comprobar que no dice ninguna mentira, porque sí, todo el daño que recibas, si crees que duele en el momento, piénsalo bien y me cuentas por la mañana.
Anoche, todos mis golpes, magulladuras, torceduras y tirones, parecían no tan graves, o al menos, no tan dolorosos como para mantenerme quieta o tomarme un analgésico, como Chris me sugirió. Pensé que no sería necesario, puesto que mi presión se hallaba estable, me había regenerado considerablemente, además que no tenía huesos rotos, de modo que estaba segura que no sería nada grave.
Oh, craso error.
Allí donde Bharus me había dado un puñetazo, me dolía de solo respirar, además que sentía las piernas como si hubiera estado corriendo en la nieve crecida arrastrando un trineo tras mi espalda, luego de que un toro me pisoteara. Lo que menos me dolía, sorpresivamente, eran los brazos, quizás porque, pese haberme arrastrado, no luche necesariamente con ellos. Y, aun así, tener la mano extendida, hacía que el brazo me escociera como una liga extendida hasta casi su límite.
Supuse que la falta de dolor se debía a la adrenalina, la cual pensé que se habría ido luego de llegar a la casa, sin embargo, ahora que veía todo en retrospectiva, me daba cuenta de que, al menos hasta que finalmente me acosté a dormir en mi habitación, no dejé de estar terriblemente tensa, o preocupada, o estresada. Había sido tal montaña rusa, que cada vez que me agitaba me invadía una sensación de presión en el pecho, casi como si mi corazón se hubiera hinchado a causa de latir tan rápido.
Pensé que por la mañana podría relajarme, más dada la situación, lo ocurrido anoche… digamos que me la pasaba saltando por cualquier ruidito, cualquier voz que sonase de golpe. Además, tampoco tenía mucho tiempo para descansar, considerando que teníamos menos de veinticuatro horas para prepararnos para un viaje bastante largo. Según la ruta que tracé con Jillian y Chris, la ruta más corta era cruzar directamente a Dinamarca y bajar a Polonia, siguiendo la frontera hasta llegar al bosque. Lo ideal habría sido ir en línea recta, a través de Alemania, lo cual nos ahorraría casi doce horas de viaje. Por desgracia, no era una opción para nosotros pisar territorio alemán. Las fuentes de Jillian constataban que, luego de la caída de Drei Gewasser, toda Alemania quedó nuevamente bajo dominio de los Inquisidores.
Chris insistía que podríamos pasar desapercibidos; que podríamos bordear la costa y escabullirnos por la frontera con Polonia, o en su defecto, la frontera con Francia, Suiza y Austria. Había muchos inmortales que lo hacían y muy pocos eran descubiertos. No me importaba; no iba a correr el riesgo, así que haríamos lo primero.
Y siendo eso lo primero, era hallar pasajes de avión a Copenhague, la escala a Varsovia y de allí un tren que nos dejase lo más cerca posible de la frontera con Bielorrusia. Iba a ser un viaje extremadamente largo…
Además, estaba ese otro asunto…
Apreté los ojos, dejando salir un suspiro que parecía tener atascado en la garganta desde hacía casi cinco años, y sin quererlo, me sentí invadida de recuerdos y sensaciones que creí haber dejado atrás la noche anterior. De pronto me hallé descubriendo que todo ese tiempo, nada lo que tuve jamás con nadie, habría sido realmente tan dulce como aquello. Ni Adrian, con toda su amabilidad y caballerosidad, ni Alex, cuya necesidad de control era en cierto modo muy sensual, o ni ninguno de los otros chicos a los que había besado me habían hecho temblar de la misma manera. No sabría nombrar como me sentía ni como me habría afectado, casi a nivel espiritual, ese gesto que continuaba quemándome los labios aun luego de varias horas. No sabía cuánto lo quería hasta que sucedió, y no supe cuánto querría más de eso hasta que, luego de reunirme con Jillian y Christopher abajo y discutir sobre la ruta del viaje, unos minutos atrás, me hallé de pie en la puerta de mi habitación, considerando ir a buscar a Wade y pedirle algo que no estaba segura de que era, pero cuando pensaba en él me dejaba asustada, confundida e incapaz de respirar apropiadamente.
No negaré que me asustó al inicio. Cuando lo vi acercarse, creí que me reprendería, o algo peor. Jamás había visto que actuase de ese modo, de forma tan brusca, casi animalística, al menos no conmigo, ni en ese contexto. Habría podido empujarlo, de haber querido, o por lo menos eso quería pensar. No sé qué me habría decepcionado más; que se retirase como el perfecto caballero que era o descubrir que su necesidad se sobreponía a su sentido común. Estaba siendo demasiado amable con él; la verdad es que era un canalla cuando quería serlo. No era exactamente un héroe de dorada armadura, si soy honesta. Lo cierto, es que eso no era algo malo. Me resultaba realmente irresistible el pensar que había sido egoísta con sus propios deseos, porque era demasiada tentación para negarse, al grado que, aunque fuera por un segundo, no esperó una confirmación de mi parte.
Sacudí la cabeza, primero por inercia y luego tajante.
¿Cómo podía pensar en esas cosas cuando la situación a mi alrededor era tan delicada?
Ni siquiera había podido concentrarme en toda la reunión con Jillian, aun cuando eran cosas que deberían quitarme todo rastro de paz, ocupar toda mi mente.
Kreous estaba vivo, aparentemente, involucrado con Ondina, la ninfa de los ríos, y no solo eso, por algún motivo, el antiguo héroe de Imperia estaba regresando a la vida a aquellos condenados a perder su alma, creando Proscritos. Únicamente eso debería haber sido suficiente para quitarme el sueño y las ganas de hacer nada que no fuera investigar sobre el tema por lo menos una semana entera.
Kreous, vivo…
Parecía tan surreal como llegar y descubrir que aún había dinosaurios vivos en las islas del sur, o que los unicornios realmente vagaban libres por las praderas. Hasta donde tenía conocimiento, Kreous había sido por última vez durante la invasión romana a Egipto -aunque había fuentes no confiables que lo situaban en Constantinopla durante la guerra Turca-Otomana, y otras, en un barco en la Ruta de la Seda-, y la gran mayoría supuso que había hallado su fin, sino es que se suicidó, en algún sitio perdido de Medio Oriente. Sin embargo, si lo que Edrick y Gale decían era cierto, Kreous no solo estaría vivo, sino que sería uno de los seres más antiguos vivos en la actualidad. Considerando únicamente la Masacre de Imperia, ocurrida cuatro mil años antes de nuestra era, para este entonces, Kreous debería tener cerca de seis mil años.
¡Seis mil años en este mundo! ¡El conocimiento que debería tener, la experiencia, las cosas que habría visto! ¡Habría visto surgir Mesopotamia, la creación de la rueda, la unificación de los reinos egipcios, el nacimiento de la escritura! Me causaba emoción conocer a alguien tan antiguo, preguntarle, saber si los misterios del mundo eran ciertos, que respuestas tendría, que verdades que damos por sentadas ahora son mentiras, como era realmente el mundo en ese entonces. Por otro lado, había la terrible posibilidad de que Kreous, luego de tanto, hubiera enloquecido y esa fuera la verdadera razón por la cual se encontraba creando proscritos.
Eso ultimo era bastante aterrador. Lidiar con locos podía ponerte los pelos de punta, ahora imagina lidiar con un loco milenario capaz de interactuar a nivel espiritual con las presiones.
Por si fuera poco, los Mercenarios buscaba, aparentemente, a la mismísima Excalibur, y ahora nos veíamos involucrados en toda esa búsqueda porque James había aceptado en ayudar a Edrick a hallar a su hermana, a quien tendríamos que llevar frente a Kreous (que no terminaba de creer que eran esos realmente sus motivos…)
Aquello me hacía preguntarme si Kreous no sería capaz de ayudar a Wade con su sello. Era muy poderoso, quizás él podría reducir su presión y restaurar su sello. O, mejor, quizás podría quitarle esa maldición. Lo liberaría de ese peso, y eso significaría tanto para él…
Quizás así podría tener por fin algo de paz, luego de tantos horrores causados por ese maldito ojo. No habría más desesperación, ni más miedo, ni más odio. Quería, por un lado, arreglar todo ese asunto; no podía evitar sentirme culpable por la situación. Continuaba sintiendo que era responsable de todo ese desastre. Nunca lo diría, pero yo sabía que eso era, al menos una de las razones. Si no me hubiera visto envuelta en ese caso, no habría llegado a ese extremo.
Y, aun así, aun cuando me pesaba la culpa tanto o más que todas las magulladuras en mi cuerpo, un pequeño rincón de mi mente agradecía ese mismo caos, porque de no ser así, quizás nunca habría dicho lo que me confesó…
"Creer que estabas muerta también es lo más doloroso que me ha pasado…", "Hoy habría dejado que rasgaras el sello con tus propias manos si eso te salvaba la vida…", "No sabes lo que es querer lo único que te han dicho que no puedes tener porque vas a destruirlo, a hacerle daño, a privar una vida normal acompañada de algún humano ridículo e insignificante que apenas sería consciente de lo mágico que es poder tocarle cuando tu hubieras bajado tres veces al infierno por estar en su lugar. Y, aun así, amarla tanto que eres capaz de renunciar a ella con tal de que tenga todo eso que no puedes ofrecerle…"
¿Lo habría dicho en serio? ¿estaría consciente de eso ultimo?
Me sentía herida al pensar que sí, me hacía cuestionarme lo que yo misma sentía por él, y no sabía dar realmente una respuesta, ni evitar pensar en la última vez que casi admito delante de él mis sentimientos y él se fue sin explicar nada. Sé que las cosas eran distintas ahora, que hubo en su momento una razón para lo que hizo, pero aun así…
Además, ¿Qué quería de él? ¿Qué era lo que podría darle? ¿estaba… enamorada de Wade?
Me asustaba que la respuesta fuera sí…
¿Qué haría? ¿Cómo proceder?
Estuve a punto de golpearme la cabeza con la palma por las cosas que pensaba. Para empezar, ni siquiera tenía la más mínima idea de porque me había besado, ni si lo que dijo era cierto o si lo dijo conscientemente. Yo estaba sacando conclusiones apresuradas a la situación, porque ni siquiera sabía cuál era la situación aquí. Y aun sabiendo cual era, este no era el momento para preocuparme por mis crisis románticas ni mis problemas amorosos; había caos a nuestro alrededor, él tenía una bomba de tiempo en el pecho de la cual deberíamos encargarnos a toda costa, había tres demonios en nuestros calabozos, y toda una crisis que podría escalar a niveles insospechados.
Era estúpido preocuparme por eso o dejar que ocupase la mayor parte de mi mente.
En especial, por la noticia que había recibido esa mañana…
No, tenía que concentrarme en lo que era verdaderamente trascendental, y no por nimiedades que bien podría resolver en cualquier momento, o que no eran una real emergencia. Ya habría tiempo, más adelante, además, de alguna manera sentía que forzar las cosas con él era un tipo de despedida, una forma de aprovechar el tiempo que me quedaba a su lado porque esta vez no lograríamos restaurar su sello. Odiaba considerar que aceptar esos sentimientos harían parecer que estaba de acuerdo con la situación o que estaba bien el destino que se nos presentase, porque finalmente estaríamos juntos, honestos el uno con el otro, o que era meramente desesperación, y no verdadero cariño, lo que nos estaría uniendo.
No podía dejar que mis emociones nublasen mi juicio, tenía que estar con la cabeza fría y el corazón bien firme, y esto no haría más que confundirme y complicar las cosas. Se lo había prometido, ¿no? Que haría lo que fuera para ayudarlo, que íbamos a solucionarlo y sobrevivir a esto. Que pondría todo mi esfuerzo. Si me involucraba, no estaba segura de poder ser imparcial con los métodos…
No, tendría que esperar. Y, salvo un leve pinchazo de dolor y nostalgia en el pecho, tampoco es que me preocupase mucho eso, ¿Cuánto tiempo había pasado así a su lado y las cosas siguieron como si nada? Vamos, en Jagger's Hollow tuvimos aquella charla y por un año todo siguió como si nada, sin cambiar nuestras interacciones ni el sentido de nuestra relación de compañerismo.
No debería afectarme tanto, ¿cierto? Había sido solo un beso y, cuando mucho, palabras que quizás había dicho en un simple momento de impulsividad del cual quizás ni siquiera recordase por la mañana. Conociéndolo, quizás apenas tuviera consciencia de nuestra platica.
Tal vez tendríamos que hablar, algo incomodos, pero no tenían por qué cambiar radicalmente las cosas.
¿Qué tan difícil podía ser convivir como siempre?
Así que, dándome una palmada en la espalda por ser tan responsable y consciente, orgullosa de mi propio autocontrol y sentido lógico, además de mi capacidad de sobreponer lo correcto a mis emociones -solo la gente inconsciente se deja llevar por ellas, pensé-, me volví a estirar para alcanzar la caja de cereales, con renovadas energías, aun sabiendo que estaba fuera de mi alcance, pero lo suficientemente inspirada para buscar una solución.
…Y, detrás de mí, una mano blanca, perteneciente a un largo y musculoso brazo que pasaba al lado de mi cabeza, alcanzó la caja, bajándola a mi altura para ofrecerla a mi derecha.
-Aquí tienes -murmuró el dueño de ese brazo, cuya voz grave y ronca se sentía muy cerca de mi oído izquierdo, tanto que percibía el calor de su pecho tras mi espalda.
Miré de reojo hacia mi mano en la meseta, otra mano, casi del doble de ancho y largo que la mía, se asentó apenas rozando mi piel. El corazón me debió saltar un latido porque de pronto mi mente se apagó como por falta de oxígeno y sangre, la misma que me ponía la cara hirviendo.
De reojo, alcancé a ver el borde de su barbilla a un costado de mi cabeza, hacia su mano sosteniendo el cereal y de vuelta a su mano en la meseta.
-Era… lo que querías, ¿no? -preguntó al no obtener respuesta. Hice un esfuerzo por tragar saliva y asentí, primero dubitativa y después casi tajante.
-Sí -apenas escuché mi propia voz. Tomé la caja entre mis manos y pude percibir a nivel casi espiritual el espacio nosotros cuando se apartó finalmente-. Gracias.
-De nada -lo oí decir, sin ningún tipo de entonación en especial.
Luego de comprender que no podía quedarme allí, inmóvil y de espaldas todo el rato, di la media vuelta, casi sintiendo mis articulaciones chasquear por la tensión, hasta quedar totalmente de frente hacia el interior de la cocina, la cual era tan grande como un departamento pequeño de forma rectangular, cuya principal fuente de iluminación, al menos por las mañanas, era un enorme ventanal que se encontraba a mi izquierda, en una de las paredes más largas, justo delante del lavadero, y dejaba una preciosa vista al jardín exterior y al arbolito de narcisos que había cultivado con Christopher el año pasado, y justamente allí, era donde Wade había elegido para apoyarse, de espaldas a la ventana, con las manos apoyadas sobre la meseta, observándome de pies a cabeza como si pudiera leer mi presión arterial con solo clavar sus ojos en mí.
Había estado muy segura de que no me afectaría tenerlo cerca luego de lo ocurrido, y que podría dejar de lado mis emociones para que no fueran un problema, pero ahora que lo tenía de frente, iluminado por la luz blanca del exterior como si fuera su propio resplandor que emanaba de la blancura de su piel y su cabello, resaltando todos los contornos de su antebrazo, me pregunté si estaría tomando la decisión correcta, y si sería capaz de mantenerme estoica.
Ladeó un poco la cabeza, el cabello resbaló suave, siguiendo el movimiento de su cuerpo, y se pasó los dedos para regresarlo hacia atrás…
Error 404. Sophie not found.
- ¿Cómo te sientes? -preguntó, quizás algo incomodo por mi insistente mirada. Diablos, me había quedado observándolo fijamente como una pervertida. Actúa normal, Sophie, actúa normal.
-Bien -dije, moviéndome nerviosamente al pasar delante suyo hacia el refrigerador, sin saber con exactitud si debería caminar con cierta provocación o simplemente lo más natural posible.
Vaya era idiota, ¿por qué debería actuar provocadora? Creí que había decidido no hacer nada.
Abrí la puerta, no sin cierta y necesaria torpeza.
-Aun algo adolorida. Me duele el cuerpo cuando me muevo… -saqué el cartón de leche y lo coloqué en la isleta central, del mismo material que el resto de la meseta.
-Pero, ¿es muy intenso? -sin saber a qué se refería, me detuve, pidiendo una explicación en silencio. Se miraba un poco preocupado-. El dolor -aclaró-, ¿es agudo? Puede que la costilla no haya soldado bien…
-Oh, no, nada de eso -respondí rápidamente, moviendo una mano en su dirección, dedicándole una arrepentida sonrisa-. Solo, ya sabes… dolor muscular, cuando me muevo, en general.
Hizo una mueca, chasqueando la lengua y frunciendo levemente el ceño. Se cruzó de brazos, realzando su molestia, y una serie de músculos cobraron vida bajo el terciopelo blanco de piel al son de sus movimientos.
-Eso creí, aunque esperaba que no… -gruñó, con los ojos en el piso, la mano aun en su cabeza. No había notado que no usaba el ciego hasta ese momento, y el violeta de su ojo, pese a brillar muy levemente, asomaba cada tanto por el reflejo de la luz-. La verdad es que te encuentras mejor de lo que esperaba; no creí que fueras a estar hoy de pie, mucho menos andando. Anoche estabas temblando de cansancio, o por la dolencia.
"No era por ninguna de las dos cosas" pensé, pero no quise decirlo en voz alta.
-No, me encuentro bastante bien -me miró algo incrédulo, con una ceja alzada- ¡Enserio! Esperaba estar mucho peor. Quizás debí tomar un analgésico, y me siento algo débil, pero de resto estoy bien -me atreví a dedicarle una pequeña sonrisa conciliadora, fingiendo que algo en el cabello me molestaba para justificar mi nerviosismo, el mismo que me hacía insoportable dejar los ojos sobre él-. James me dijo lo que hiciste con tu presión… Gracias, por cierto…
Inspiró, dejando salir una risa gutural apenas audible.
-No fue nada -murmuró, bajando la mano hacia su cuello, y ahora era él quien clavaba los ojos en un sitio aleatorio en las baldosas, evitando la curiosa mirada de mi parte. Había unas grandes ojeras amoratadas bajo sus parpados, y aunque ya no se marcaban con la misma violencia de anoche, podía haber señalado sin problemas los hematomas, ahora azules y violáceos sobre la piel de su rostro y sus brazos. Con la suficiente atención, era fácil ver las vendas a través de su camisa blanca, alrededor de su cintura hasta su pecho, cruzando por encima de un hombro-. Me alegra que estés bien…
Parecía conmovido, aunque no podría decir si era totalmente ese sentimiento, o si había algo de cansancio o malestar. Quizás su sello comenzaba a darle problemas con su presión.
- ¿Tu cómo te encuentras? -quise saber, intentando no parecer demasiado preocupada. Hizo una mueca, algo sorprendido por la pregunta.
-Tan bien como uno esperaría -dijo, dejando caer el brazo de golpe sobre su pierna. Me dio la impresión de que se había tensado súbitamente-. Aun no me regenero del todo… -me lo había imaginado. No quería admitírmelo en voz alta, siendo obvio. Eso no quiere decir que no me doliera oírlo, y a juzgar por su reacción, debió haber sido clara mi expresión. Se inclinó un poco, entre molesto y conciliador, con una media sonrisa acompañando su gesto-. Hey, Sophs, no es nada del otro mundo. Esto pasaría, no significa nada más que estoy conteniendo mi presión, así que no hagas esa cara como si fuera el ultimo clavo en mi ataúd.
-No seas tonto -gruñí en voz baja, protegiéndome de su sarcasmo con los brazos cruzado sobre el pecho. Ni siquiera deseaba considerar esa posibilidad, mucho menos que él mismo la mencionara. Justo ahora me daba cuenta de lo incomodo que era el tema; no debería ser así, deberíamos poder hablar de ello con soltura- ¿Te duele?
Sacudió la cabeza un poco, dubitativo e hizo una mueca.
-No mucho -murmuró, respirando muy hondo, hasta que finalmente soltó un bostezo que le hinchó el pecho, y pude ver un destello de incomodidad en sus movimientos, desde su cuello tenso hasta sus piernas, cambiando el peso de un pie a otro radicalmente-. Había olvidado lo "maravilloso" que era intentar la experiencia humana del sufrimiento, la incapacidad de regenerarse… -con ojos muy abiertos, rodó la mirada al grado que se le pusieron los ojos en blanco-. No entiendo por qué alguien querría pasar por esto…
-No pensé que sintieras desprecio por los humanos.
- ¿Por qué los despreciaría? -ahora sonaba algo ofendido-. Los humanos son geniales. Tienen lo mejor de ambos mundos; sin responsabilidades que puedan afectar el balance, protección divina, básicamente un escudo que los protege de que sus almas se pierdan, y el eterno deseo de los demonios. Su fragilidad lo hace encantadores, y el hecho de que muchas veces no son conscientes de su mortalidad, los hace mucho más encantadores. Es increíble lo valientes que pueden ser, considerando eso -sonrió un poco, ahora desenfadado al ver mi expresión complacida por sus palabras.
Se aclaró la garganta, jugueteando con el cuello en "v" de su camisa, haciéndome reparar en el triángulo de piel, el punto exacto donde se distinguía la clara línea de los músculos de su pecho, los huesos de la clavícula y la longitud de su cuello, todo parte de un torso que parecía solido como un acantilado. No entendía cómo era posible que se viera así de altivo en su condición.
-…que no los desprecio; simplemente no quisiera volver a ser uno.
¿Qué? ¡Ah! Maldita sea, Sophie, reacciona.
-Ah, ya veo -atiné a decir con la mayor convicción posible. Rogué que fuera algo coherente con lo que dijo.
Intentando ocultar mi estupidez, me volví de espaldas hacia la meseta central, rebuscando entre mis archivos sobre lo que planeaba hacer al inicio de todo eso. Cereal, leche, necesitaba un tazón, ¿no? Sí, claro, un tazón, y no dudé en inclinarme a buscar uno en las gavetas de la meseta. Agradecí a todos los cielos que pude controlar el color de mi cara hasta que pude ocultarla de su visión. Al menos luego podría justiciarme con la pose en la que estaba…
Claro, Sophie, porque Wade era un idiota y no conocía tus reacciones.
- ¿Qué estás buscando? -abrí la gaveta de par en par, asomándome por encima de las ollas y cazuelas, fingiendo que no era una completa estúpida y había olvidado por completo que los tazones no se encontraban allí, sino detrás de mí, en las gavetas justo donde Wade se hallaba parado. Le dediqué una frívola mirada enfurecida a los casos, imaginando que si tuvieran la capacidad estarían riéndose de mi con tal fuerza que se golpearían entre ellos.
Podría haber admitido mi equivocación, pero estaba demasiado comprometida con mi fallo como para hacerlo. Así que estiré la mano, tomé una sartén del tamaño de un tazón, y se la enseñé con aire triunfal.
- ¡Esto! -me puse de pie de un salto, pasando delante suyo lo más rápido que pude. Dios, olía tan bien, debería haberse puesto esa colonia que me encantaba…
¡GAH! ¡Concéntrate, idiota!
-Pensé que querrías un tazón para tu cereal -comentó con tono entre confundido y divertido. Agradecí estar de espaldas porque la cara se me puso de mil colores al poner la sartén en la estufa y encender el fuego. Y es que era la deducción más simple, era obvio lo que buscaba hacer, pero era eso mismo lo que me dejó furiosa.
Uno no pregunta "¿Qué diablos haces?" cuando ves a alguien hacer algo totalmente opuesto a lo esperado, uno supone que hará algo distinto. Simplemente esperas a ver la gloriosa revelación. Bueno, quizás si lo preguntas…
Maldito shinigami del demonio, seguro estaba allí solo para fastidiarme.
-No, quiero una taza de leche caliente con miel -oh, quizás soné demasiado hosca. Había hablado muy rápido y con tono duro. No era la manera, quizás yo estaba sacando conclusiones al aire.
- ¿Vas a ponerle cereal a tu leche caliente? -quizás no; ahora sonaba a que estaba conteniendo una carcajada-. Va a parecer vomito de bebé, ¡que delicia!
- ¿Hablas por experiencia? -pregunté enfurruñada por encima del hombro, y ahora si soltó una risotada. Iba a llamarle idiota, cuando se tensó levemente hacia adelante, víctima de un súbito espasmo de dolor que acabó robándole el aliento, mas no perdió la tonta sonrisa.
-Torpe -mascullé y volví a girarme hacia la estufa, con ambas manos apoyadas encima de las perillas de la misma-. Deberías estar en cama, ¿sabes? Nunca van a cerrar si andas rondando por la casa como un fantasma.
-Nah, no va a pasarme nada -gruñó aun adolorido-. Conozco mis límites… -hubo una pausa, y casi pude verlo frotándose la nuca. Creí que haría otro chiste estúpido sobre como yo era incapaz de detenerme aun sabiendo que había peligro, o de mis impulsos aparentemente suicidas, sin embargo, lo siguiente sonó más como teñido de arrepentimiento que la frase previa a una carcajada-. La mayor parte del tiempo.
"Como cuando rompes tu sello por una idiota como y yo…" pensé sin siquiera quererlo. Era sorprendente como mi propio inconsciente era, valga la redundancia, consciente de mi culpabilidad en todo ese asunto, y sin quererlo, la culpa volvió a aguijonearme el corazón. Había luchado contra eso toda la noche, parte de la mañana, pero me era extremadamente difícil no sentirme de ese modo. Sentir que Wade estaba conteniendo una silenciosa furia y rencor en contra mía, cocinándose poco a poco hasta que explotase, cuando comprendiera la situación en la cual lo había puesto.
No le creía realmente cuando decía que no era mi responsabilidad, y que sabía que no era lo que quería. Tal vez por mis malas experiencias con los Inquisidores, cuando hacía algo indebido y pedía perdón, Gibiran me miraba dulcemente, diciéndome que me perdonaba, que todo estaba bien, solo para arrojarme medio minuto después al suelo de un puñetazo, dejándome sin comida una semana o darme toques eléctricos diciendo que, de todos modos, tenía que enseñarme una lección.
Y sabía que Wade no era así, que nunca haría algo así. Sin embargo, temía que fuera a hacerlo. Aunque mi cerebro lo sabía, lo comprendía y entendía eso, mi lógica no tenía peso en ese tipo de situaciones. Era como intentar colar las impurezas del agua a través de una reja. Nunca lo diría en voz alta, sin embargo, en momentos así, le tenía miedo…
Me asustaban sus reacciones, sus posibles palabras.
-Hablando de eso… -dijo finalmente, con el tono suave que queda al final de un suspiro. Sonaba demasiado melancólico, y sin querer aquello despertó una alerta en mi cerebro. La expectativa me tensó como una cuerda-. Sé que quizás es el peor momento para sacarlo a colación, en especial con todo lo que está pasando, pero deberíamos hablar, ¿sabes?
- ¿De qué? -pregunté ligeramente, paseando los ojos por la estufa. Mierda, había hervido la leche en mi descuido, y la pequeña cazuela era rebosaba con espuma. Era el colmo.
-De lo que pasó anoche -dijo-. De todo…
Solté un bufido.
-Es una locura, ¿no crees? -exclamé sin volverme. Del cajón junto a la estufa, saqué un cucharón de madera para agitar la leche y deshacer algo de la espuma. Si ya estaba comprometida con ese acto, iba a llegar al final de ello- ¿Por qué Kreous estaría reviviendo demonios? ¿Qué ganaría de eso? Pienso que quizás Gale estuviera mintiendo, pero luego… no lo sé…
- ¿De qué hablas? -quiso saber.
-De lo que pasó anoche… -repuse, mirándolo por encima del hombro. Con las manos en los bolsillos, el rostro descompuesto en una mueca confundida, parecía un chico de secundaria al que le han explicado con lujo de detalles la teoría de las cuerdas cuando todo lo que había preguntado era la fecha del día de hoy.
-Estoy hablando del beso -soltó sin titubear, con rostro algo ensombrecido. Me tardó un segundo comprenderlo, y otro más en sentir mi cara teñirse ligeramente de rojo ante el abrumador recuerdo. Del suave toque de su lengua en contraste con la agudeza de sus dientes, de sus manos alrededor de mi cuerpo y la calidez de su pecho contra el mío.
-Oh… -alcancé a decir, dejando por la paz la leche y volviéndome para mirarlo de frente. Ojalá hubiera agarrado un trapo o algo antes de hacerlo, estaba algo nerviosa y no buscaba en que ocupar mis manos. Me pasé el cabello hacia atrás, sujeté mi cuello y finalmente me crucé de brazos.
-Lamento haberte asustado… -me dedicó una corta mirada profundamente preocupada y arrepentida, intercalando su atención entre mí y las baldosas blancas de la cocina. Pese a su pose tan despreocupada, se veía especialmente tenso, desde la manera que torcía la boca hasta la falta de movimiento en sus piernas. Quizás le era incomodo-. Debí haberme restringido. Fue… impulsivo de mi parte.
Encogí los hombros descuidadamente, comprendiendo por donde iba el asunto. Por eso estaba tan avergonzado. En cierto modo, una parte de mí también lo consideró por ese lado; no pude evitar sentir que no había sido algo que realmente yo decidiera o accediera a querer, sin embargo, mentiría al decir que no lo deseaba, que no había pensado constantemente en ello y no me causó una intensa sensación de felicidad cuando comprendí lo que hacía.
Y, en cierto modo, no puedo negar que fue realmente irresistible entender que no lo hizo conscientemente. Nunca lo había visto perder el control conmigo de ese modo; era un perfecto caballero, y salvo un par de bromas y sarcasmo, nunca había cruzado esa línea. Jamás, ni siquiera cuando éramos prisioneros, ni siquiera cuando no había esa confianza y no tenía ningún motivo real para respetarme en ese infierno. Así que eso, ese arranque de locura, había sido él siendo incapaz de contener su desesperación y hacer algo que iba en contra de su propio sentido común, pero que aparentemente, necesitaba tanto que no hubo otra forma de acallar eso que lo atormentaba que rendirse al impulso o perdería totalmente la cabeza.
Y nunca me habían besado así, como si una vida dependiera de ello.
No sé, quizás sueno como una loca. Fuera como fuera, ese sentimiento dulce era opacado por el temor a la furia sorda que creía que él debería tener en mi contra.
-Está bien… -dije tímida, abrazándome a mí misma, más por la calidez que me provocaba ese pensamiento que la necesidad de cubrirme de algo externo. De pronto mi voz sonaba más débil, más vulnerable, se me atoraban las palabras, y que comenzaría a tartamudear. Afortunadamente no pasó, mas no pude evitar sentir la sangre subir abundante a mi rostro, calentando mi piel desde mi frente hasta el pecho, y me fue imposible desprender los ojos de las baldosas-. Sé que no querías hacerme daño. Es solo que… me tomó por sorpresa.
-No fuiste la única -respondió con una pequeña risita. Lo miré sin pensar demasiado; eso sonó mucho más honesto de lo que podría haber imaginado. Fue un alivio ver que no estaba tan tenso como yo creía, sin embargo, sí que parecía irritado por algo que lo conmovía y lo enfurecía.
- ¿Estas molesto? -inquirí, cuidadosamente.
Sonrió suavemente, ahora más afectado que antes. En su rostro afilado, aquel gesto parecía mucho más ligero de lo que era.
-Yo debería preguntarte eso -suspiró, sin dejar de observarme con ojos pesados por algo que no me decía. Dudó un segundo antes de preguntar, me dio la impresión de que no estaba seguro de que palabras debería usar y al final sonó mucho más preocupado que antes-. No, no lo estoy, ¿y tú?
-No -dije muy bajito, incapaz de sostener por demasiado tiempo el filo de sus ojos. Escuché un pequeño suspiro, seguido de sus pasos acercándose a mí, como un eco que me hizo apretar el estómago. No sé si notó mi nerviosismo o si solo decidió que un metro de mí era lo suficientemente cerca para hablar con discreción, pero allí se quedó.
-Escucha… -musitó con voz apagada y profunda, como si hubiera una neblina densa encima de su garganta. Podía ver la punta de sus zapatos en el borde de mi visión, no necesité mirarlo para saber la expresión arrepentida que debería haber en su cara-. Solo quiero que sepas que no quise… lamento si te hice recordar algo que te hizo daño. Si te sentiste forzada a hacer algo que no querías, si te asusté o te hice daño. Es lo último que quisiera…
Asentí, abrumada por una repentina oleada de vergüenza, porque todo lo que decía había pasado por mi mente. Me lo pregunté, si algo de lo que había hecho causó una reacción negativa en mí, si despertó algún recuerdo oscuro y olvidado en el fondo de mi mente, si me sentí culpable u obligada a devolverle el gesto, o si el grito ahogado fue a causa de que le tenía miedo a Wade, o únicamente a su reacción, en especial, porque me había imaginado ese momento de forma distinta, no precisamente luego de un secuestro, empapada en lágrimas y a causa de un accidental roce. A veces pensaba que cada vez que dábamos un paso más cerca del otro era a causa de alguna catástrofe a nuestro alrededor.
Sin embargo, no había nada de eso, y la única culpa que sentía, era el hecho de que no había culpa. No había esa vergüenza sofocante que me llenaba de rabia y deseos de llorar cuando intimaba con alguien. Esa sensación obscena, de sentirme sucia y usada, aun cuando no era sí, pero eran las cicatrices, los demonios del pasado queriendo reducir a cenizas esa dulce felicidad que me incendiaba el alma como la leña a una hoguera abandonada cada vez que lo recordaba. Me asustaba la cercanía, me asustaba la forma en la que yo misma reaccionaba.
Aun así, ahora que lo pensaba, la idea de que volviera a repetirse, ya fuera a causa de pura desesperación o por el simple gusto de revivir el momento, tiraba de mí hacia él como la gravedad. No me importaría Kreous, ni Edrick, ni Gale, ni su sello. No me habría detenido nada de eso…
Habría sido feliz, me habría entregado a esas manos sin dudarlo, sin poner resistencia, y esa revelación me golpeó con tal intensidad que me hallé incapaz de hablar, de hacer más que mirarlo e intentar poner todo eso en palabras. Mirarlo, como ese todo, lleno de sueños que no contaba, de memorias agridulces, de sonrisas y lágrimas, del amor por su estúpida motocicleta y su guitarra, todo eso que lo hacía ser él…
Y quise tocarlo, quise fundirme con eso y ser parte de ese todo que me daba tanta paz, tanta calma, que me hacía sentir viva…
Al diablo la contención, al diablo los problemas, al diablo el sentido común…
Si íbamos a arder por el caos a nuestro alrededor, no me molestaría arder con él…
-De verdad, lo siento, fue estúpido de mi parte, no estaba pensando… -dijo, sin atreverse a hacer ningún movimiento, totalmente ajeno a que yo misma lo miré reuniendo el valor y las palabras para decirle todo eso, deseando poder borrar la preocupación, la culpa que ensombrecía su rostro y sus ojos, su boca en una línea recta y tensa. Daría un paso hacia él, me pondría sobre las puntas de los pies y repetiría lo mismo que pasó anoche. Solo tenía que hacerlo, moverme. Sentí que me quebraría. Justo cuando logré apretar los puños, lista para avanzar, metió las manos en los bolsillos, abrió la boca, y dijo lo siguiente-. Sé que quizás en este momento no me creas demasiado, pero te prometo, Sophie, que no volverá a pasar...
Si me hubieran echado un cubetazo de agua helada en la cabeza… no, si me hubieran lanzado a un lago congelado, al amanecer, y después me hubiera hecho beber agua helada sentada en la cima de un glaciar, no habría quedado tan gélida y desorientada como en ese momento.
¡¿Qué… rayos?!
Me sentí aplastada por la vergüenza y todas esas emociones que suelen invadirte cuando has expuesto algo muy personal y comprendes que no fue tomado de la misma manera. Quizás leyó todo eso en mi cara, y lo interpretó como… no sé, ¿alegría? ¿esperanza? ¿agradecimiento?
¿por qué decía eso? ¿Cómo había llegado a esa conclusión? ¿había sido yo? ¿era por mi cara luego de lo que pasó? ¿reaccioné tan mal? Estaba llorando, asustada, ¿era por eso? ¿acaso de verdad se arrepentía?
-Entenderé si prefieres evitar mi compañía por un tiempo… -su voz era suave, profunda, con esa entonación tan grave que daba impresión de que ronroneaba, y, sin embargo, había algo en su tono que lo hacía sonar triste, lo hacía parecer melancólico, desde sus hombros caídos hasta sus brazos en sus bolsillos y la sonrisa que no era suficiente para iluminar sus ojos-. Si es así, quiero que sepas que cuando decidas que ha pasado suficiente o cuando te sientas cómoda, aquí estaré. Nada cambiará… ¿está bien?
No podía creer lo que estaba diciéndome, ni siquiera comprendía de donde salía todo eso. Me invadió un sentimiento de impotencia que puedo comparar únicamente a intentar hablar claramente bajo el agua, intentando tomar aire y comprendiendo que te ahogas, pero no puede hacer nada para evitarlo. La misma sensación en la garganta, el mismo nudo, la misma impotencia.
¿Qué debería haberle dicho? ¿Qué debería decir? La verdad, ¿no?
"Wade, no quiero que hagas eso, no quiero que te apartes, no quiero no vuelvas a hacer eso de nuevo. No tengo miedo, no estoy asustada, no me forzaste a nada que no quisiera desde hace mucho…"
"No seas idiota, no estaba asustada de ti…"
No podía volver a quedarme callada como antes, no ahora, no así…
Quise decir algo más, pero las sombras del pasado diciéndome que no importaba lo que yo tuviera que decir, porque no cambiaría nada, me apretaron la garganta y llenaron mi boca de miedo. No importaban mis deseos, porque debía someterme a los de los demás. No merecía nada de eso. El frío me recorrió la espalda, me sentí arrastrada por algo que jalaba de mi cabello.
¿Qué hacía? Yo no merecía eso… No merecía luchar por eso…
No, no quería pensar en eso… ¿Cómo programaba mi mente de otra forma?
Ante mi silencio, él volvió a hablar.
-A menos que…
- ¡Sophie! –exclamó Sylvette, apareciendo como un súbito as de fuego en la puerta de la cocina. La miré, al inicio renuente, como si Wade fuera un imán que evitaba mis ojos apartarse de él, me encontraba consciente de la manera resignada en como Wade me miraba, más cuando me volví de vuelta a él, ahora era el shinigami quien se apartaba de mí.
Finalmente, miré a la pelirroja, y lo que vi… bueno, no era algo que se viera todos los días. Parecía haber visto al mismísimo Conde Drácula. Tenía una enorme mueca descompuesta en su cara pálida por el terror, y eso, aunado al cansancio y las ojeras azuladas, además del cabello revuelto, esponjado como si se hubiera electrocutado, en conjunto con el pijama azul… parecía el hijo de Chucky.
Entró corriendo erráticamente, como un juguete que se está rompiendo. Se veía tan tétrica que casi doy un salto hacia atrás, y me contuve de ponerme a rezar en latín cuando me apretó las muñecas.
- ¡Woah, atrás, demonio! -exclamó Wade, persignándose en cuanto la pasó a un costado, pero ella no lo vio o si lo hizo, lo ignoró por completo.
- ¡Sophie, n-necesito tu ayuda! -chilló con voz temblorosa y sus enormes ojos se pusieron rojizos por el llanto contenido. La hubiera abrazado de no haber temido que fuera a comenzar a hablar en lenguas muertas- ¡M-mi madre… v-v-viene hoy…! ¡MI M-MADRE V-VIENE Y M-MI C-CASA ESTÁ S-SUCIA! ¡Y-YMAÑANANOSVAMOS-S-YNOTENGONADA….!
- ¿Eso es malo? -pregunté sin saber que más decirle, y eso pareció romperla aún más. Aspiró tres veces, al borde de un colapso y explotó como un fuego de artificio.
- ¡M-mi mamá me dejó a cargo de Tony y debería vigilarlo y tiene una semana que no voy a mi casa y no sé qué ha hecho él además de destruir su licuadora, y ahora viene y no tengo tiempo para esto…! ¡Tengo que ir a la escuela en dos horas y justificar mis faltas y luego buscarle una niñera y ahora no solo tengo que mentirle a mi madre, sino que debo hacerlo de frente y no puedo, no puedo! ¡No puedo…!
Ahora fue Wade quien la sujetó por los hombros, colocándola delante de él y la sacudió rápidamente para hacerla callar con voz atronadora.
- ¡Basta ya! -gruñó ante la aturdida Sylvette, cuyos enormes ojos parecían a punto de salírsele de las cuencas y le temblaba tanto el labio que creí que se le caería. Se quedó totalmente muda, casi petrificada y rígida. Me llevó un poco darme cuenta que la sostenía varios centímetros por encima del suelo. Cuando vio que ella no pretendía decir más, la bajó despacio, le colocó una mano sobre la cabeza y se agachó para poder mirarla de frente-. Bien, ¿vas a oírnos ahora?
Sylvette no dijo nada, ni se movió. Se quedó pasmada, con la tan abierta como sus ojos, hasta que no pudo contener más la respiración, y un jadeo similar al quejido de un gato fue todo lo que salió de su boca. Vi el momento en que sus pupilas se expandieron…
Y al final, poniendo cara como si fuera a estornudar y eso le causara infinita tristeza, se echó a llorar a moco tendido contra el hombro de Wade, cuya cara pasó de la comprensión a la impaciencia, los ojos clavados al frente, gruñendo como un león al que se le ponen los pelos de punta. Vi su paciencia abandonándolo a nivel espiritual con cada sorbida de la nariz de Vetty y cada sollozo que, más que causar pena, causaba vergüenza, y es que estaba llorando al más puro estilo "ambulancia".
Supuse que era normal. Creo que ella no había llorado o ni siquiera tuvo oportunidad de desahogarse de todo lo que pasó. Sin contar que no había dormido y ahora esa noticia…
-Vetty, oye… -la llamé, tocándole suavemente el hombro para que me mirase. Además de que no sabía cuánto tiempo más Wade soportaría como pañuelo de lágrimas, literalmente. Ella se volvió con la boca en un puchero y las manos enredados entre su ropa- ¿Cuál es el problema en sí? ¿Tu madre? ¿Tus deberes?
-T-tengo que dejar las cosas en mi casa en orden antes de irme… -balbuceó, soltando por fin al shinigami, quien se miró la manga de la camisa con cierto asco, donde se veía una mancha húmeda y algo pegajoso-. Debo conseguir una niñera para Tony, ir con Jillian a la escuela, hacer mi maleta, juntar mis documentos…
Se llevó las manos al a cara, exhalando de cansancio y hastío. Pensé en decirle que no necesitaría documentos por la manera en que viajaríamos, pero quizás no era buena idea hacerle creer que era algo ilegal.
-Mira, vamos a la escuela con Jillian, de cualquier modo, debo ir yo igual -dije, y me miró como una niña regañada-. Luego, podemos ir a tu casa y te ayudaré a poner todo en orden, ¿de acuerdo?
-Aun tendría que conseguir una niñera, balbuceó.
-Quizás pueda ayudarte con eso -murmuró Wade detrás de Vetty, quien lo observó con expresión entre confundida y realizada-. Es decir, puede que conozca a alguien que puede hacer de niñera, y con quien estará a salvo.
- ¿De verdad?
-No hay problema -se encogió de hombros, y vi como estaba preparándose para llorar de nuevo, la jalé del brazo para que regresase su atención a mí.
- ¡Bueno! -dije, sonriéndole mientras le frotaba los hombros con las palmas, tirando de ella para hacerla salir de la cocina-. Ven, ¡vamos ya! ¡ya casi son las siete!
Ella asintió, agradeciéndome entre murmullos por lo que hacía por ella, pero no le estaba prestando mucha atención. Sobre mi hombro, observé a Wade, cuyos ojos seguían cada uno de mis movimientos, más no hizo nada por detenerme.
Así que le sonreí de vuelta, saliendo hasta que lo perdí de vista. Me sentí como un muñeco de nieve, derritiéndose bajo el sol de primavera sin poder hacer nada más que esperar el final de mis tristes días, convertida en un charco de arrepentimientos.
o.o.o
Sentado a mitad de la escalera que llevaba al del sótano, saqué lo que era el penúltimo cigarro de la cajetilla. A lo lejos, escuchaba el sonido del auto de Jillian arrancando, marchándose con Sylvette y Sophie rumbo a la escuela. Habría preferido que no fueran a ningún lado solas, pero supuse que Jillian era suficiente por el momento. Además, creo que iban igualmente con Evangeline y Jacob.
James no sé dónde diablos estaba. Se había marchado desde el final de nuestra reunión, aunque supuse que tendría que ver con el próximo viaje. Desde el segundo piso, me llegaban las voces de Hela y Christopher, quien no parecía capaz de callarse, aunque era normal. La única que parecía no saber que Chris estaba enamorado de Hela y que eso nunca había cambiado, era la misma Hela. Si me concentraba, podría oír exactamente que decía, pero quise darles privacidad.
Técnicamente, estaba solo con los tres demonios y esos dos de allí arriba. Antes, la soledad me resultaba aburrida. Ahora, me era necesaria.
Con cierta pereza, me hallé mirando la forma en que las letras satinadas de la marca relucían ante el vago reflejo de la luz amarilla y seca del único foco allí abajo. Debería ser la tercera o cuarta cajetilla que me acababa desde anoche, y pese a que usualmente era suficiente para tranquilizarme en estos momentos no estaba funcionando.
Quería aludir a la situación, mi presión… a los dos demonios idiotas que nos habían metido en este lío…
Ni siquiera quería pensar en eso. Creí que esa ira que me hervía la sangre se iría con las horas, pero era como si se asentase, se volviera peor y me quemara por dentro.
Estaba también la cuestión de esa plática inconclusa. La misma que intenté tener con ella anoche, y la misma que intenté tener con ella ahora, y como siempre pasaba en esta maldita casa abandonada por Dios, alguien tenía que llegar a interrumpir. Maldito bicho de pelo rojo, era la segunda vez que metía la nariz donde no le incumbía. Ya no me parecía tan gracioso como antes…
Sin embargo, a Sophie no pareció molestarle mucho su aparición. Y ahora que lo pienso, siendo este el momento de aclarar tantas cosas, de hablar de lo ocurrido, ella prefería largarse con esa condenada pelirroja a quien sabe dónde en vez de escuchar lo que tenía que decirle. Supongo que las acciones hablan más que las palabras, y en esa decisión se hallaba la respuesta a mis preguntas. Tal vez le importaba un comino lo que tenía que decirle, o en el peor de los casos no quería oírlo.
Pues que se jodiera, se lo iba a decir, me iba a escuchar y viviría con ello. Estaba harto de tragarme mis palabras simplemente porque no deseaba asustarla o incomodarla, pero al diablo.
¡Al diablo! ¡Si esto me torturaba mentalmente, que también ella sufriera conmigo! Que se alejara si eso quería, pero estaba cansado de ser su "fiel amigo". Yo no era un maldito perro faldero y ni siquiera en mis momentos más oscuros y más patéticos me dejé atormentar por ninguna mujer…
Yo no era "el buen amigo" que se quedaría contigo solo para que no te alejaras, luego de confesarte sus sentimientos, y se la pasaba siguiéndote patética y ridículamente porque es incapaz de hacerte "daño", o terminar la amistad porque es "muy importante", más sufriría el costo sabiendo que nunca podría tener lo que quería y sería feliz recibiendo esas migajas como un perro de mercado, esperando que caiga cualquier porquería de la mesa del carnicero para vivir un día más, porque era mejor comer tripas podridas que no comer nada.
¡A mí nadie me ponía en…! ¿Cómo le decían ahora? ¿La "friendzone"? ¡Como sea! ¡Yo no era alguien a quien se le pusiera en ese miserable contexto! ¡Que se jodiera, se lo iba a decir! ¡Y si volvía a salirme con eso de "no creo que sea el mejor momento" como en el pasado la mandaría directamente al carajo!
¡Es todo o nada! ¡Todo, o al demonio la amistad! ¡Al diablo con esto!
Me metí el cigarro a la boca de un movimiento brusco, y saqué el encendedor dorado de mi bolsillo trasero. El estómago me ardía por la pura rabia, pero una vez que hube encendido la punta del cigarro, y miré el encendedor, su cubierta color oro que, aun estropeada, seguía resplandeciendo como si estuviera nuevo. Como cuando lo saqué de la cajita de terciopelo negro que Sophie me entregó para mi primer "cumpleaños" fuera de Heilldermeister.
Era una tontería, le dije. Realmente, mucho antes de ser atrapado, dejé de celebrar esa fecha. Era algo insulso, pero ella apareció ese doce de abril con una tímida sonrisa avergonzada, un vestido azul que la hacía parecer una condenada sirena y una pequeña cajita de terciopelo. Era probablemente lo único que pudo conseguir con el escaso dinero que habría ahorrado, pero me hizo inmensamente feliz. Recuerdo que me pregunté cómo alguien a quien le han hecho tanto daño era capaz de tener la capacidad de sonreír así, de buscar la felicidad de otros. Como si jamás se hubiera roto.
Eché la cabeza hacia atrás, avergonzado por mis intenciones egoístas y por mi debilidad al ser derrotado por un simple recuerdo…
No iba a hacerle eso… Ella no tenía ninguna obligación de corresponderme, de ningún sentido y por ningún motivo. Realmente Sophie no tenía la culpa de lo que yo sentía, de lo que quería y anhelaba, ni tenía la responsabilidad de cargar con ello si no lo quería. Ya habían pasado suficientes cosas en su vida, que ella nunca pidió ni buscó, que no dependieron de ella, como para hacerle cargar con una más, y de paso quitar de la ecuación una relación de amistad que era un pilar en su vida.
Yo sabía que lo era; para ella, era su amigo, quizás su mejor amigo, uno de los pocos pilares que tenía en su vida. A veces pensaba que me trataba como algo más, pero podría decir que las situaciones se prestaron a ello. Si yo interpreté mal las cosas, si me hice ilusiones, si creía que merecía más por darle mi apoyo, el imbécil, el idiota y el egoísta allí, era únicamente yo. Y la verdad que no lo hice por algo a cambio (claro que si recibía algo a cambio tampoco me molestaría), sino porque genuinamente quería que estuviera bien. Que no le faltase nada.
No, no lo haría. No diría nada si ella no lo quería. Esto era asunto mío, eran problemas míos y tormentos de mi autoría. Ella no tenía por qué sufrir algo que nunca provocó, ni tendría porque pagar por ello y mucho menos tenía el mínimo derecho de hacerla sentir mal por ello.
Era un problema mío.
Así que me tragaría, una vez más, mis palabras y mi bilis, y fingiría que todo estaba bien…
Si ella quería escuchar lo que tenía que decirle, esperaría que lo preguntase, y si no lo hacía, todo seguiría como siempre. No la torturaría con algo que no quería saber ni con mi silencio.
Pero, volviendo al tema, quizás, por el momento, era mejor olvidar todo eso. Tal vez, ahora sí, convendría concentrarse en los problemas que nos rodeaban…
Como que ese demonio estaba buscando las piezas del mapa de Avalon, y que quería encontrar a Excalibur. Uno diría "bueno, ¿y para qué querría ese sujeto una espada vieja?", pero esa espada vieja era una pieza crucial para… bueno, para muchas cosas. Podría decirse que era una reliquia, supongo. La grandísima ventaja, que también lo volvía un problema, era que no se hallaba en ninguna bóveda, sino en Avalon, la isla escondida siglos atrás por las hermanas Le Fay, las nueve hadas que gobernaban aquel sitio.
Lo que sabía, es que Avalon, o bien cambiaba constantemente de ubicación, o simplemente estaba anclada a otra cosa que se mantenía en movimiento, y era eso lo que hacía que la isla fuera tan difícil de hallar.
Lo que me preocupaba en sí, era los motivos de Bharus para querer hallar la espada…
Excalibur era la principal espada que fue dada a los Centinelas por las Potestades, la misma que cuidaba Theia, la cual tenía entendido que era una especie de "madre" de las hadas de Avalon. Las leyendas contaban que las "creó" pero no se especifica como… o con ayuda de quien. Los Titanes eran raros de cojones… así que no sorprendería descubrir que pensó en ellas y brotaron de la tierra como hierba verde en primavera.
El caso, es que las hadas, guardaban Avalon, y era Nimue, sucesora de Merlín, quien guardaba la espada en el lago, guardándola para el siguiente heredero al trono de Britania. Lo último que supe, es que cuando Britania cayó a manos de los Inquisidores, Avalon desapareció cuando Morgana se llevó el cuerpo del rey para sepultarlo en la isla. Al final, no fue enterrado, sino que Nimue lo recibió en el lago (por motivos que me son desconocidos), y allí la espada se hundió entre las aguas del mismo con el difunto monarca. Desde entonces, la ubicación de Excalibur, Avalon, las nueve hermanas y el hada necrofílica son desconocidas.
Excalibur, siendo lo que es, es un arma potencialmente peligrosa por sí sola… lo que me hacía preguntarme, que quería Bharus con ella, considerando que los demonios no pueden tocarla, y si lo que buscaba no era precisamente la espada, sino algo más…
Y, por, sobre todo, ¿por qué fue directamente conmigo? Si lo que Sophie dijo era cierto, me buscaba a mí, ¿Qué sabía Bharus…? O, más bien, ¿Qué tanto sabía…?
Por si fuera poco, todo ese tema de Kreous también me tenía confundido…
¿Dónde estuvo todo este tiempo? ¿Qué estaría haciendo? Si algo sabía sobre los inmortales como él, era que siempre tenían un as bajo la manga…
-No hay forma de tener privacidad en esta casa, ¿o sí? -regresé la cabeza al frente, con el ceño fruncido antes de poner mis ojos en el dueño de esa voz. La reconocería en cualquier lado. Era sorprendente la velocidad a la que la ira me calentaba la sangre.
Enfoqué la mirada al frente; se encontraba encerrado en su celda, una caja de barrotes de hierro imbuidos con cabello de ángel (un neutralizador de presión demoniaca), en el extremo derecho del enorme sótano. A un costado de él, Blair, la demonesa de cabello negro y lacio, y Gale, me miraban desde sus respectivas celdas. De haber sido más pequeños y con menos pelo, no distarían mucho de dos cerdos asustados, esperando que les digan que es su turno en el matadero.
Las paredes de ladrillos y piedra del sótano, la luz y las jaulas, le daban la apariencia total de ser un calabozo medieval, y aunque me agradaba verlos encerrados, me incomodaba el aire que, viciado, la falta de ventanas, el olor de la piedra y la sangre seca de sus ropas.
Me recordaba cosas no muy gratas.
-Si no cierras la boca, no solo no tendrás privacidad, sino que te pondré un bozal el resto de tu estancia aquí -dije, llevándome el cigarro a la boca.
-Oh.
Se encogió de hombros, muy despreocupadamente.
-Si hablo lo suficiente, ¿le podrías también uno a mi hermano? -respondió, y el otro le dirigió una mirada entre asustada y envenenada, tanto que me hizo soltar una risilla.
-No tengo bozales tan grandes…
-Una lástima… -murmuró, y ahora era él quien sonreía disimuladamente. Señaló su boca con un dedo- ¿Qué son?
Le di una buena bocanada y dejé el aire salir de mi boca en un solo soplido.
-Bad Luck Stroke -levanté la cajetilla, enseñándole el único que quedaba dentro- ¿Gustas? Es el último.
Pareció titubear un momento, así que insistí, sonriéndole lo más inocentemente posible.
-Vamos, un poco de tabaco no te va a matar, aun con tu presión suprimida.
Rio nerviosamente, y luego de considerarlo un par de segundos, levantó la mano hacia mí.
Haciendo un esfuerzo por no soltar un graznido de dolor, me puse de pie, andando parsimonioso hacia él. Seguía sucio por la sangre seca de la noche anterior, y en su camisa blanca, se marcaba el circulo perfecto por donde entró la bala. Llegué al borde de la jaula, consciente de los otros dos pares de ojos que me seguían como dos guardaespaldas en las celdas contiguas, tan tensos que, si daba un pisotón hacia ellos, probablemente saltarían como gatos asustados.
Edrick, sin embargo, parecía totalmente relajado, aunque no era idiota. Estiró la mano por entre los barrotes, cuando mi mano estuvo lo suficientemente cerca para que pudiera tomar el cigarro sin arriesgarse. Una vez entre sus dedos, me miró y sonrió nervioso.
- ¿Qué? -pregunté, despegando los dobleces de la cajetilla, ahora vacía, para guardármela en el bolsillo. Era una miniatura; apenas más alto que mis hombros. Casi me parecía incorrecto dejarle fumar, dada su apariencia de adolescente.
-Nada -dijo y me encogí de hombros sin darle más importancia-. Entonces, ¿va a ayudarnos a buscar a mi hermana…?
-James lo prometió, ¿no? -respondí torpemente, puesto que sostenía el cigarro entre los labios, buscando el encendedor en la parte trasera de mi pantalón, y luego en los bolsillos delanteros. Siempre olvidaba donde lo ponía-. Y nos pidió el favor de ayudarle, además de que aún tengo asuntos pendientes con Bharus, luego de lo que me hizo.
-Es un pedazo de mierda, traidor… -gruñó. Me miró así, con esa cara de molestia y complicidad-. No me molestaría que lo hicieran pedazos.
-Quizás la próxima vez pueda cumplir tu deseo -levanté una ceja, dejándome contagiar por esa misma complicidad. Finalmente encontré el encendedor, así que lo levanté, triunfal, y me acerqué hacia los barrotes-. Quizás podamos matar dos pájaros de un tiro…
-Sería mejor matar un demonio, y rescatar a otro, de un tiro… -comentó y me eché a reír.
Aun sonriendo por su chiste sin gracia, se acercó a la flama, con el cigarro en la boca, recordándome a las gacelas que beben, incautas, en los márgenes de los ríos infestados de cocodrilos.
Solté el encendedor y antes de que pudiera golpear el suelo, sentí la presión abrazando mi cuerpo como si fuera fuego y yo estuviera empapado en gasolina. Con una mano le apreté el cuello, estampándolo contra los barrotes, de modo que pudiera atravesarle las costillas con el puño libre, justo donde estaba su corazón. Sentí el latente, húmedo y caliente órgano luchar contra mí, pero ni eso, ni su grito ahogado que me salpicó la cara de sangre, ni el chillido de los otros dos demonios, me impidió apretar su corazón contra su columna, entre los fragmentos de hueso. Su cuerpo cedió como si fuera mantequilla, no sirvieron de nada sus puñetazos ni siseos, ni nada que pudiera hacer. Era como si yo estuviera hecho de granito…
El vértigo me llenó de éxtasis y el placer me revivió el cuerpo al ver su cara contraída por el dolor…
Blair y Gale se pusieron de golpe. Escuché que dijeron algo, histéricos, y los miré. La presión me cortó la respiración un momento, fue como una lanza que me abría el pecho y los lanzaba contra las rejas del fondo de sus celdas, los sostenía un metro sobre el suelo con una palma de acero que les cortaba la respiración, la voz y casi la consciencia.
Gale hizo un sonido ahogado, pero perdió el conocimiento casi tan rápido como lo aparté. La chica, sin embargo, pataleó, intentó gritar, más bastó un empuje más fuerte para que se quedase totalmente sin aire. El único sonido que salía de su boca, era un intento de jadeo, como un pez fuera del agua.
El sonido disparó una extraña reacción en mí, pero no pude prestarle atención porque Edrick, quien ahora gorgoteaba sangre como una fuente que me empapaba el brazo, intentaba hundirme las uñas en la piel de la cara. Lo miré, sin medirme, sin dejar de sentir ese dulce escalofrío que me helaba la piel al sentir sus intentos de hacerme daño.
-Ahora que tengo tu total atención, permíteme dejar las cosas claras -dije, con los dientes apretados y la sensación en la boca del estómago como si hubiera tragado fuego, sin ceder ni un centímetro en el agarre que tenía sobre su corazón y su columna-. No me agradas, no soy tu amigo. No confundas el hecho de que no te haya asesinado mientras duermes con perdón, en el especial después de lo que provocaste…
Edrick presionó contra su mano, con todas sus fuerzas, pero no podía siquiera empujarla un poco, siquiera hacerme temblar. La expresión de horror en su rostro…
-La única razón por la cual tolero aquí tu pestilente presión es porque creo que puedes sernos útil, pero créeme cuando te digo que nadie, ni siquiera James, ni tu hermano, ni siquiera la misma Sophie va a poder impedir que te despedace miembro por mi miembro si se te ocurre intentar hacerle daño de nuevo a las personas importantes para mí…
-No… lo harías…. -masculló, luchando contra mi mano y al sentir sus manos frías, su debilidad, me eché a reír con una sonora carcajada causada por el simple placer de verlo moribundo.
-Podría arrancarte la columna sin pensarlo dos veces… -cerré el puño, casi por completo. Sentía la carne de su corazón dejando de latir, y debería haber apretado igualmente la tráquea, y ahora estaba vomitando sangre. Olía dulce, agría, un aroma que no recordaba haber sentido jamás. Era… delicioso, y eso me ponía mucho más furioso. Estaba ebrio con ese olor-. No tienes idea de lo que podría hacer, y tampoco sería la primera vez que dispongo de mi única pista y aun así encuentro lo que quiero. Así que, si fuera tú, mantendría mi boca cerrada, un bajo perfil y trataría de fingir que no existo, porque si vuelvo a ponerte las manos encima desearás que el alma podrida de la que naciste nunca haya pisado el infierno…
Se retorció de nuevo; un caracol en un pozo de sal. Era… casi hipnotizante su manera de moverse, lo errático de sus movimientos, de su garganta temblorosa y sus brazos sin fuerza, todo empapado en sangre, con ese aroma dulce que parecía abrirme el apetito…
Y de inmediato lo solté. Lo dejé caer, intentando contener la súbita sorpresa que me llenó cuando aquel cristal que irrealidad se rompió, haciéndome consciente de lo que hacía. Di un paso atrás, fingiendo lo mejor posible que no me invadía el asco total al verlo retorcerse, el frío en mi mano ensangrentada, y los tosidos de los dos demonios cuando cayeron al suelo. Era como si, de pronto, todo se hubiera ido, como un sueño, o un espejismo.
Pero había pasado. Era real.
Me di la media vuelta y salí de allí rumbo al baño, antes de que alguien pudiera verme u oler la sangre que me empapaba la mano, luchando contra el vértigo, el asco y la repentina debilidad que casi me arroja al suelo a mitad de la escalera.
¿Qué había sido eso…?
Torpemente, me quité la camisa, una vez que me hallé fuera del sótano y conseguí llegar al baño. Todo ese tramo quise evitar el pensamiento, que hubiera sido el sello, porque era la única explicación que tenía sobre eso. Sin embargo, allí delante del espejo, no había nada en mi piel que no fueran las cicatrices ni las heridas de la noche anterior. No me di cuenta de lo rápido que respiraba, pero si era consciente de que algo me había pasado…
¿Había sido el sello…? No, si lo fuera habría marcas, como la última vez. Me habría regenerado por completo. No podía ser, además de que tuve mi presión suprimida todo el rato, lo hubiese notado si fuera diferente.
Tendría que haber sido yo… ¿no?
¿Había intentado… matar a Edrick?
o.o.o
- ¿Qué es exactamente lo que tienes que ver en la escuela? -le pregunté a Sophie, en cuanto escuché el chasquido de su cinturón de seguridad asegurarse y el motor del auto encender.
Jillian estaba también allí, pero no me daba la cara, y escondida tras unos grandes lentes de sol color café, miraba la calle sinuosa, un caminito perdido entre la hierba, los árboles y la ciudad. Deberíamos estar aproximadamente a doscientos o trescientos metros de la carretera más cercana. Era la primera vez que salía de allí como era debido, en auto y sin que alguien me llevara a cuestas como un costal de patatas.
-Unos papeles -contestó, poniéndose una nueva capa de maquillaje mientras se miraba en el espejo de vanidad del lado del copiloto. Se echó una última mirada, no muy satisfecha por el resultado y cerró el espejo. Supuse que no habría modo de ocultar en su totalidad los hematomas, por más que lo intentase, y para colmo, los de sus mejillas eran de los más evidentes-. Cuando volvimos a Manchester en mayo, intenté ponerme en contacto con las escuelas de la Orden de Fátima para ver si podían ayudarme a rastrear algo… no sé, algo que pudiera ayudar a encontrar mi origen o algo así. La verdad es que no tengo muchas esperanzas. La verdad es que volví a la ciudad casi exclusivamente por ello, pero salvo la casa, todo han sido fracaso tras fracaso.
- ¿De verdad no has encontrado nada? ¿ni una pista?
-Nada, es como si… no lo sé, como si me hubieran generado espontáneamente. No existo en el registro civil, en los censos, ni en los bancos de información sobre gente desaparecida. Nadie me reportó como persona perdida, no hay nada…
-Quizás naciste y de inmediato te volvieron prisionera -dije, haciendo referencia a lo que ella me contó el día anterior-. Tal vez tu madre estaba allí contigo…
-Lo he pensado, ¿sabes? -comentó, mirando distraída el exterior-. Que mi madre me haya abandonado, que fuera hija de un Inquisidor que notó que tenía poderes sobrenaturales y me desechó…
-Lo cual sería de lo más tonto -aclaró Jillian, sin quitar los ojos del camino-. Eres muy poderosa como para desperdiciarlo o echarlo por la borda. No serías la primera Inquisidora nacida con poderes sobrenaturales.
Por el espejo lateral, vi a Sophie sonreír algo divertida.
-Pensé que no querrías que Sylvette supiera más de la cuenta…
-Sí, bueno -refunfuñó, de una forma que, de acuerdo a como iba vestida, un traje sastre color azul marino, un pañuelo de seda amarillo pastel alrededor de su cuello y una blusa de satín celeste, parecía una verdadera profesora, casi de una escuela de élite, a punto de darnos una cátedra-. Al final decidí que si iba a formar parte de esto lo mejor era que estuviera informada. Es peligroso de por sí para un humano cooperar con esto, deja de lado un humano que no sabe nada del caso.
Sentí que me decían ignorante, pero no iba a quejarme.
-Gracias, supongo, señorita Lassarette…
-Dime Jillian, por favor -dijo con un suspiro-. O "capitán", es de lo más raro ser llamada "señorita Lassarette".
- ¿Puedo llamarte "angelita bebé"? -preguntó Sophie conteniendo una risilla. Jillian levantó una ceja en su dirección, muy seria.
-Quizás… -dijo al final y sonrió muy ampliamente, volviendo los ojos al frente.
- ¿Realmente eres un ángel? -pregunté entrando un poco más en confianza. La verdad es que me había estado conteniendo todo el rato porque pensaba que le era incomoda mi presencia, pero ahora parecía un buen momento para sacar todo lo que llevaba dentro.
-Un ángel guardián -corrigió-. Y la chica rubia, Evangeline, y el chico moreno, Jacob, son mis subcapitanes, parte de mi escuadrón.
-Por eso las armaduras iguales -recordé con un dedo en la boca-. Por cierto, ¿es mi idea, o tenían un brillo ligeramente azul?
-Así es -dijo satisfecha, levantando repetidamente una ceja animosamente-. Pedí que las hiciera así cuando me volví capitán, y por eso somos el escuadrón de los "ángeles azules".
-Suena a nombre de grupo de cumbia mexicana -se burló Sophie, ganándose una mirada envenenada de parte del ángel.
-Yo pienso que es elegante -alagué y ella sonrió. La verdad es que sí sonaba a grupo de cumbias latinas, pero no quise ganarme su recién ganada aceptación.
-Bueno, gracias -exclamó-. Alguien aquí sabe apreciar ese tipo de cosas…
Sophie se encogió de hombros sin dejar de sonreír.
-Oye, a todo esto… ¿Cómo es que se hicieron de esta mansión, Sophie? -murmuré mirando atrás, observando las últimas ventanas visibles de la casa, perdiéndose cada vez más entre la arboleda y el follaje. Era una mañana fría, casi neblinosa, y la visión opaca de la casa a mis espaldas, la luz del sol reflejándose a través del manto traslucido, hacía parecer el paisaje de una escena de una película de Jane Austen-. Creí que era un cliché que todos los seres inmortales tenían una cierta fortuna…
-Bueno, cuando vives para siempre, en algún punto comienzas a ahorrar o te haces de algo que en unos años valdrá una cantidad considerable-dijo Sophie-. En este caso, Wade tenía escondida varios tesoros antiguos que vendió a coleccionistas por varios miles de libras. Así consiguió su motocicleta, la casa, entre otras cosas…
-Realmente, la casa fue un regalo para ti -comentó Jillian, e incluso detrás de los oscuros lentes, por el retrovisor, pude ver como puso los dorados ojos en blanco-. Pero te niegas a aceptarlo.
-No fue un regalo, ya te lo dije -refutó Sophie, sacudiendo la cabeza algo fastidiada-. Simplemente compró una casa para el tiempo que estuviéramos en Manchester. Coincidió ser una que me gustó.
-Claro, y también coincidió que casualmente contase con una inmensa biblioteca que llenó de libros para ti…
-Nunca expresó verbalmente las palabras "Sophie, este es un regalo para ti" -ahora sonaba algo molesta-. No voy a asumir cosas que no me son dichas directamente. Si tiene algo que decirme, que lo diga. Con claridad, sin rodeos.
-Como si no fuera obvio que siente algo por ti…
-En defensa de Sophie… -musité, intentando formar parte de la charla. Había recordado mi plática con él la noche anterior, y a juzgar por lo que decía Sophie, tenía razón-. Anoche tuve una plática con Wade… y admitió no estar enamorado de ella…
Hubo un momento de silencio, tensión, silencio, y lentamente, las dos se volvieron para voltearme. Conforme sus ojos se centraban en mí, más afilados parecían, más pesados, sentí que disminuía considerablemente de tamaño.
- ¿Qué? -Jillian sonaba molesta, o sorprendida. No sabría decir. Sacudió la cabeza antes de volver los ojos al frente-. Tiene que estar mintiendo, o bromeando…
- ¿Qué te dijo exactamente, Vetty? -Sophie, al contrario, no parecía molesta, más bien, confundida, un poco escéptica y algo… decepcionada. No quise pensar que podría haber herido sus sentimientos, suficientemente malo era lo que pasó ayer…
Pero, no tendría por qué hacerle mal, ¿no? no tendría por qué. Ella misma dijo que él era solo su amigo, ¿no?
-L-le pregunté si era tu novio o algo así -dije, bajando la mirada a mi blusa verde, dónde mis dedos se retorcían-. Y-ya sabes, por lo que ocurrió en la mañana… pensé que te habría… -hice un gesto, pero no debió comprenderme-. Tú sabes…
- ¿Besado? -completó, y asentí.
-Sí, y me dijo que no hizo… tal cosa -expliqué sin poder mirarla. Me sentía avergonzada por haber sacado el tema. Mientras más hablaba, más me daba cuenta que no era asunto mío-. Dijo que, aun habiéndolo hecho, no significaba que estuviera enamorado de ti…
- ¡Ese idiota! -exclamó Jillian, dándole un golpecito al volante del auto. Cuando levanté la vista, Sophie ya había vuelto a su sitio, en el asiento. No pude verla, ni supe como habría reaccionado ante eso- ¡Es un idiota! ¿Quién se cree que es? ¡Espero que si se acerca a ti con intención de algo lo mandes a volar, porqué Dios me libre si me entero que caíste en su brujería shinigami…!
-En realidad… -musitó Sophie, apenas en susurro, pero detuvo cualquier sonido o discusión que pudiera haber en el auto. Jillian se volvió justo cuando la bruja, haciendo un puchero, como un perro que hecho un destrozo con el papel sanitario y lo han descubierto-. Ya caí.
Jillian se volvió a mirarla como un puma. Lo juró, como un condenado puma, y Sophie se encogió de hombros.
- ¿Cuándo?
-Anoche -aclaró con frustración-. Fui a verlo porque estaba preocupada, hablamos un poco y… bueno…
- ¡¿Te acostaste con él?! -exclamó Jillian, como si fuera su madre enterrándose que su inocente pequeña ya no es tan inocente.
- ¡No! -exclamó Sophie rayando en la vergüenza y poniéndose muy roja. Debo decir que a mí también me sorprendió, en especial la soltura con la que habló Jillian de eso- ¡Solo nos besamos! O, bueno, él me besó a mí.
- ¡¿Qué?! ¡¿Cómo?! -el ángel (¿o ángela?) estaba escandalizada pero la otra suspiró como si algo le robase toda la fuerza.
- ¡Cómo si pudiera derretirme con su boca, Jillian, te juro que…!
- ¡NO ESO! -chilló, pero eso no evitó que Sophie continuase apretándose el cabello y luego se derrumbara hacia el frente con la cara entre las manos. No sabía si echarme a reír o fingir que no existía- ¡Me refiero a cómo fue que pasó! ¿te dijo algo? ¿te insinuó algo?
La bruja tardó en contestar, casi como si contase cada letra de las palabras que diría o quizás algo más.
-No -dijo, retirando sus manos de encima de sus ojos, de su rostro, mirando perdida hacia el suelo, con una expresión de sufrimiento en sus facciones de muñeca-. No lo hizo. Realmente, cuando pasó, estábamos alterados, ¿sabes? Quizás fue únicamente la tensión del momento.
- ¿Has hablado con él? -me atreví a preguntarle. En parte, quería interceder para averiguar si estaba molesta nuevamente conmigo. Me preocupaba haberle dicho algo que no me correspondía-. Es decir, ¿hoy? ¿esta mañana?
-Antes que entraras a la cocina… -se irguió en el asiento, mirándome de reojo, por el hombro. No creo que estuviera molesta, pero sí lucía confundida. No era algo evidente, era un cambio apenas notable en su rostro, una sombra delicada en su faz-. Pero me pidió disculpar por ello, por si me hizo daño o si me forzó a algo que no quería.
- ¿Lo hizo? -insistió Jillian, con cierto pesar en su rostro.
-No -musitó Sophie, evocando una fugaz sonrisa-. Me tomó por sorpresa, pero no fue… no me hizo daño. Sin embargo, luego dijo algo sobre mantener su distancia, que, si me incomodaba su presencia, se mantendría al margen y que no volvería a pasar.
- ¿Y qué le dijiste? -musité, y ella negó con la cabeza.
- ¿Qué iba a decirle? -preguntó-. No es nada. Fue algo que pasó y ya, efecto del estrés, efecto del miedo y la cercanía. No tiene que significar nada más…
Jillian parecía genuinamente preocupada, casi a un nivel maternal. Creí que insistiría en el tema, pero no lo hizo, y yo consideré que lo mejor era quedarse callada.
-Mejor hablemos del viaje -continuó Sophie, intentando romper el incómodo silencio que se había establecido entre las tres. Se volvió para mirarme, con una genuina sonrisa despreocupada, como si… segundos antes no hubiera parecido totalmente alicaída- ¿Quieres que te cuente acerca de las grutas de Kwenrith?
-Suena interesante -respondí, intentando devolverle el gesto con la misma ligereza. Si logré o no, no importó, ya que ella siguió igual- ¿Qué son exactamente?
-Precisamente eso -continuó Sophie-. Un conjunto de cavernas unidas por pasadizos y salas subterráneas que se encuentran en Eslovenia. Son de las más grandes de Europa, ¿sabes?
- ¿Y también son de las más malditas…? -no meh había olvidado de ese pequeño detalle.
Sophie soltó una risita despreocupada.
-No, hay más malditas -dijo y me sobrecogí. Aquello no era nada tranquilizador-. Pero Kwenrith es básicamente inofensiva para los humanos, y para los que son invitados de los mismos, incluso si son seres sobrenaturales.
- ¿La cueva repudia a los sobrenaturales?
-No como tal -ahora Jillian era quien tomaba la palabra-. Kwenrith no impedirá que crucen su campo los inmortales, pero si causará efectos en ellos, muy lentamente, hasta que cuando lo noten sea muy tarde. A menos que entren por medio de la invitación de un humano, en ese caso la maldición se dispersa -me echó un vistazo de reojo-. Por eso te necesitamos.
-Pero, sigo sin entender por qué a los humanos no les afecta…
-Porque Salura, la causante de la maldición, odiaba a los seres sobrenaturales -murmuró el ángel, con voz solemne-. A los inmortales y a los Briggameses. Los fae y los fata.
- ¿Lo que…?
-Son las clases en la que se dividen los seres sobrenaturales -contestó Sophie-. Los Fata son los seres que obtienen sus poderes por medio de maldiciones, hechicería, contratos…
-Los shinigami, por ejemplo, son seres fata -prosiguió Jillian, conduciendo ahora un poco más lento ya que habíamos entrado en la ciudad-. Su suicidio tiene una consecuencia, se volvieron así. También lo son los hechiceros, los contratistas de demonios, los vampiros y los hombres lobo. Por el contrario, los Fae son aquellos que nacen con poderes, de quienes la inmortalidad es inherente, y aunque mueran, sus almas probablemente sigan formando parte del ciclo del balance. Por ejemplo, los ángeles, los demonios, las brujas, los Inquisidores, entre otros, nacieron así. No fueron "creados". Lo mismo aplica para los hijos de los fata, en este caso, Briggamesh era uno de los reinos que gobernaban los Centinelas, por tanto, todos los Briggameses eran seres fae.
- ¿Quiénes eran esos? -pregunté, sintiéndome una carga, una molesta y una ignorante. Quería también saber sobre los vampiros, centinelas, lobos, pero tal vez sería menos molesto dejarlo para otra ocasión- ¿Y quién era Salura?
-La gente que habitaba Briggamesh, una extinta ciudad al norte de Francia, que era gobernada por Salura -dijo Jillian, con tono severo como antes-. Ahora está perdida en los bosques, pero en el pasado, entre los años 900 y 1000, se hallaba en su máximo esplendor.
"En ese entonces, Salura era la hija única del rey, así que cuando este murió, pese a que lo esperado era que se casase para que hubiera un nuevo rey, Salura se negó a casarse por ese tipo de interés y tomó el trono como única gobernante, siendo la primera mujer entre los Centinelas en gobernar, y eso le valió muchas burlas, obstáculos en el parlamente y ser señalada por los nobles, además de que muy pocas familias le dieron su apoyo. Cada uno de sus tropiezos era causa de risa, aun cuando según los datos históricos, las relaciones entre clanes mejoraros, la seguridad aumentó, la moneda ganó valor y en general, fue el punto cúlmine en el desarrollo de Briggamesh."
"Salura dedicó toda su energía, amor, valía y hacer de los Centinelas franceses y Briggamesh una nación prospera, y cuando eso sucedió, cuando se dieron cuenta de que la situación mejoró, se cuenta que Salura comenzó a tener múltiples pretendientes entre los nobles, uno mejor que el otro, cada uno más rico que el anterior. Sin embargo, la reina no eligió a nadie sino al general de sus ejércitos, un hombre llamado Nicodèm, uno de los pocos que mostró su apoyo incondicional desde el inicio."
"Aquello no hizo más que reavivar el odio insensato de los nobles hacia Salura. Decían que no planeaba incluirlos en el poder, que era una mujer tonta, sin visión. Sin embargo, la vida pareció sonreírle a la reina; poco tiempo después de su boda, se embarazó y tuvo una niña, y luego dos hijos más. Las historias cuentan que Salura educó a su hija en las artes de la guerra, como ella creció, cosa que también fue mal vista, pero esto ya no le importaba a la reina."
"sin embargo, al poco tiempo inició la guerra, causada por la separación de los Centinelas, a causa del asesinato de una de las hijas de las familias más importantes en Italia. Las guerrillas debilitaron las guardias y los demonios y otras alimañas invadieron los reinos, además de los pueblos barbaros que aprovechaban esto y los separatistas. Durante una de las invasiones, Salura estuvo al frente de los ejércitos junto a su esposo. Lo que ella no sabía, era que dentro de su ejército había traidores, personajes que deseaban verla muerta, y permitieron el paso de los demonios a la ciudad, al palacio, donde hubo una masacre que incluyó a los hijos menores de la reina. La única que sobrevivió, fue su hija, Guinivere, quien fue tras de ella, vestida como caballero para luchar al lado de su madre, y quien, sin saberlo, salvó a su madre de ser asesinada por uno de los traidores, que había logrado someterla y le cortó un brazo a la reina. Pese a que lograron detener el avance, no habrían podido triunfar de no ser por la llegada del ejército de Arturo Pendragon, uno de los pocos aliados de Briggamesh que respondió al llamado de ayuda de la reina."
"Aun así, Salura fue incapaz de disfrutar de la victoria y cuando se enteró de la muerte de sus hijos, cuentan que la reina colapsó ante la impresión como jamás la habían visto quebrarse. Coja por siempre, sin un brazo, Salura descubre que pese a su valentía en la batalla y haberse probado como una buena gobernante, el reino la culpa por la muerte de los príncipes, diciendo que ella no debería haber estado peleando en el campo de batalla, sino cuidando de sus hijos como una buena mujer y madre haría. Que, en todo caso, habría sido honorable morir defendiendo a sus hijos como lo hacían las buenas esposas. Que quedó herida porque no era fuerte, y que ahora era una lisiada, manca, porque intentaba hacer lo que únicamente los hombres hacen. Que eso era una prueba más que ella no servía para gobernar."
"Salura comprendió que no importaba cuanto lo intentase, cuanto lo quisiera, cuanto se esforzase, porque ninguno de ellos reconocería sus esfuerzos. Y durante una cena, con los nobles murmurando a sus espaldas, explotó. Les dijo que estaba harta de ellos, que habría conservado la mano de no haber estado protegiendo sus miserables vidas. Que debió dejarlos morir a todos, debió dejar que los devorasen los demonios a todos y cada uno de ellos porque los únicos que merecían su protección era sus hijos, y que con gusto le ofrecería todas y cada una de las almas al mismo Diablo con tal de ver a sus hijos de nuevo."
"La escena causó un escándalo, pero ya nada importaba para Salura. Consumida por un odio infernal, hizo un pacto con tres hechiceras muy poderosas. Ofrecía su cuerpo, su mente y su alma a cambio de venganza; una maldición sobre todo aquel en su reino, todo aquel que entrase y tuviera sangre sobrenatural o sangre briggamesa, que le desease el mal, cuya vida no mereciera ser protegida por ella o que deseara la muerte sobre ella o su familia. Cualquiera que cumpliese con esas cláusulas, comenzaría a podrirse en vida, incapaz de curarse, incapaz de buscar ayuda, y toda su familia sufriría el mismo destino, incapaces de morir, con la única solución siendo que, ese afectado que le deseaba el mal a la reina y a su familia, tendría que matar a los suyos para sacarlos de ese martirio. Y si eso no lo acababa, comenzaría a enloquecer, invadido por la paranoia, visiones horribles, locura como jamás nadie la ha experimentado, hasta que decidera quitarse la vida con sus propias manos."
"Lo siguiente que hizo fue enviar a Guinivere a Britania, con el supuesto fin de que pasase unos meses con Arturo. La realidad es que nunca planeó que volviese a Briggamesh. Sabía que Arturo gustaba de ella, y esperaba que acabasen contrayendo nupcias. No deseaba que corriera la misma suerte que ella, además de que el reino caería en la ruina en muy poco."
"Y así fue, la ciudad comenzó a colapsar, pronto surgieron los primeros enfermos, unos pocos, y luego más de la mitad de la ciudad comenzó a morir. Conforme pasaban los días, y la situación empeoraba, la gente culpaba a la reina, la odiaban, y ese mismo odio los enfermaba con la maldición. Pronto, Briggamesh no fue más que un reino moribundo, y Nicodèm, intentó convencerla de parar esa locura, pero ella no entendía razones. Había perdido la cabeza, estaba loca. Ya no había nada en ella de lo que alguna vez fue su reina, su esposa. Desesperado, asesinó a su propia esposa mientras esta dormía, creyendo que aquello pararía la maldición, pero no fue así, y el reino comenzó a colapsar."
"Al final, Nicodèm acudió a la única persona que podría tener la sabiduría parar pararlo, el famoso Merlín. El mago le dijo que era necesario sellar el alma de Salura en algo, pues mientras ella existiera en los planos del mundo, la maldición seguiría destruyendo vidas, y el problema era que ahora estaba expandiéndose a otros reinos, a todos los que la llamaran la Reina Loca, todos los que tuvieran sangre briggamesa. Nicodèm le entregó entonces la corona de Salura, el símbolo de su poder, y Merlín la selló en un ritual llevado a cabo en lo más profundo de las cuevas de Kwenrith, y allí, bajo sellos y un campo de poder, abandonó la corona en algún sitio de las interminables cavernas."
-Desde entonces, allí vaga el alma de Salura, lamentándose, juzgando a todos los que entran allí, atacando a los inmortales o a los seres sobrenaturales, ya que por ellos perdió lo que más quería -Jillian hablaba con respeto, como si temiera a la misma maldición, o quizá simpatizase con los motivos de la reina, o quizás solo fuera que lamentaba el triste desenlace.
Era algo horrible… ¿Cómo podía la gente ser tan cruel, tan crítica, señalar a alguien con el dedo cuando no sabía lo difícil que podría estarlo pasando el otro? La sociedad no ha cambiado mucho… aquel comportamiento me recordaba Sophie, cuando quiso ser parte del equipo de tiro con arco. No se le animaba mucho, no la querían allí. Decían que era un deporte de hombres, que ella no pintaba nada bueno allí.
-Aunque ya no hay una maldición que afecte la carne, aun afecta a la mente y genera visiones terribles, que según dicen, provocan un profundo sentimiento de culpa que ha llevado al suicidio a vario inmortales, y a otros, a una rabia descarnada que los hace matar a otros que están con ellos -prosiguió Sophie-. Pienso que ese puede ser el motivo por el cual Kreous eligió ese lugar para esconderse; si él es capaz de bloquear la maldición, se vuelve de inmediato la fortaleza perfecta.
-Esperemos que Ondina tenga una respuesta -Jillian se encogió de hombros-. Debe tener al menos una solución o una manera de denegar sus efectos, solo como plan b, en caso de que Sylvette no nos sirva como talismán. Sigo pensando que quizás Edrick pueda saber cómo hallarlo sin perderse dentro de las cuevas. En todo caso, el hada nos ayudará.
- ¿Cómo estás tan segura, seño… Jillian? -pregunté algo tímida.
-Porque la conozco, hice guardia hace unos años en sus bosques, mientras hacía un estudio sobre la presión y su relación con la naturaleza y la magia de las druidas -respondió Jillian, echando un vistazo hacia mi sobre su hombro y después se volvió a Sophie-. Fue durante esa época.
-Oh, eso no lo sabía.
-No quiero sonar aguafiestas -musité. Llevaba rato dado le vueltas al asunto, pero no había querido expresarlo. La verdad es que, si bien me emocionaba, también me asustaba toda esa cuestión de ser un "talismán" y que todos dependieran de mí. No deseaba causarles problemas, mucho menos que salieran heridos-. Pero, ¿Cómo saben que no les hará daño si voy con ustedes? ¿hay posibilidades de que esto salga mal?
-Es un riesgo que siempre se corre, sí -dijo Jillian, con voz suave, como si quisiera alisar mis preocupaciones con su tono satinado-. Kwenrith es uno de los últimos lugares a los que deberíamos ir sin tener una guía. Es uno de los últimos lugares a los que deberíamos de ir y punto. Pero no tengas miedo; Salura nunca le hizo daño a ningún humano. Además, tendremos hechizos, un pan b y hasta uno c. no hay de qué preocuparse -se volvió para mirarme mientras se adentraba en la avenida principal; al fondo, a la derecha, alcanzaba a ver el conjunto de edificios que formaban Saint Mary. Aun con el sol de frente, la sonrisa de Jillian era de lo más cálido, y me hacía sentir el pecho liviano, una paz total invadiendo mi mente y como si se levantara una nube negra que no sabía que llevaba encima-; yo seré tu ángel guardián.
o.o.o
Me senté en el primer escalón del camino que llevaba al primer piso de la facultad, disfrutando del aire que formaba una corriente fresca dada la forma cerrada del pasillo, las ventanas abiertas. El aire de arremolinaba en la esquina, y el único que camino que tenía fuera de allí, era descender por el agujero de las escaleras, rumbo a la primera planta. Era ese uno de mis lugares favoritos; allí se hallaban los salones que se utilizaban para las clases optativas, y casi siempre se encontraban desocupados por lo mismo, así que era común que nadie pasase por allí tan seguido, cosa que lo convertía en un buen sitio para esperar que Jillian, en el edificio de enfrente, terminase de hablar con el director.
Al final no quiso que entrase con ella, dijo que "ella se encargaría", cosa que me ponía algo nerviosa.
Quizás debí mencionarle que de camino a la escuela le había enviado un mensaje de texto al director acerca de que probablemente me ausentaría, a causa de un curso intensivo de esgrima que se llevaría a cabo en Dinamarca. Ahora me preocupaba que fueran a cruzarse las historias…
Intenté no pensar en ello, pero no había muchas más cosas en las cuales pensar que me tranquilizaran. Para iniciar, debía contratar una niñera para Tony; había una chica que siempre lo cuidaba, quizás podría preguntarle, aunque había el riesgo de que le dijera a mi madre y eso me pondría en problemas. También estaba Allison y Charlotte, cuyos padres trabajaban en la misma empresa que mi madre y varias veces nos habíamos cubierto las espaldas en situaciones así…
Sin embargo, desde la noche que le envié la foto, hacía casi una semana, no había tenido noticias de ella, más que enviarle un mensaje cuando me preguntó dónde me encontraba y le dije que había ido a visitar a Sophie y me quedé con ella. Pensaba que se habría molestado por no decirle nada, pero Allison nunca había sido una amiga celosa. Me preguntaba si la foto le incomodaba, o si solo estaría pasando un mal rato. Quizás se habría peleado con Jim, o algo pasó en su casa.
Quería hablar con ella… más me resultaba egoísta hacerlo y mentirle sobre todo lo que hacía y lo que planeaba, ¿Cómo decirle? ¿Qué debería decirle?
Tampoco había visto a Grim esa mañana…
Mi intención era hablar con él sobre todo ese plan… y sobre lo ocurrido anoche. Era sorprendente que ya se me hiciera algo normal, eso que de pronto comenzara a besarme de la nada y me hiciera decir cosas que no quería ni me imaginaba. No dejaba de escandalizarme y dejarme confundida, pero cada vez, parte de mí, dejaba de luchar contra eso y comenzaba a buscar mis respuestas que pregunta en esos gestos. Me llevé la mano al pecho y dejé que mi espalda reposase en el piso del pasillo, sintiendo el corazón latiéndome fuerte contra mis dedos, como si hubiera una avecilla atrapada allí dentro pidiendo salir.
Comenzaba a considerar dejar de luchar contra eso. Eso es lo que Sophie me habría dicho, aunque ya no estaba tan segura de que tan resulta era en realidad luego de lo que había oído en el auto. Me parecía tonto que tuviera tantas dudas sobre sus sentimientos, cuando a mí me parecía tan obvio lo que sentía, y lo que Wade manifestaba por ella. En un arrebato de locura, recordé al shinigami, empapado en sangre y sudor, el rostro de desesperación cuando Christopher le entregó a Sophie en brazos. La sujetó con tanto cuidado que no parecía tener en él. Me preguntaba si esa misma devoción tenía Grim por mí…
Suponía que sí. Es decir, había querido matar a Edrick porque me hizo daño, cosa que era bastante aterradora. Era algo loco, pero no por eso significativo, de un modo retorcido.
Sacudí la cabeza, mirando finalmente al costado del pasillo, hacia donde se alargaban los salones, uno tras otro, desde el 1B hasta el 8B, uno tras otro, prestándole particular atención al 7B, cuyo letrerito, colgando a un lado de la puerta como un estandarte, tenía una mancha de pintura amarilla, la huella de una mano.
Se me escapó una sonrisa al verlo, y me levanté de un salto, echando a andar rápidamente por el pasillo hasta que alcancé la puerta. Elevándome sobre las puntillas de mis pies, coloqué la mano sobre la mancha; aun calzaba a la perfección. Aquel había sido mi salón de artes dos años antes, cuando quise incursionar en las clases de pintura (antes de darme cuenta que era un fracaso para eso), y Allison había entrado allí conmigo. Ya no recordaba cual había sido la apuesta, pero recuerdo que la perdí y tuve que hacer aquello. Afortunadamente, la profesora creyó que eso le daba un toque diferente al letrero y no hubo represalias al respecto.
Empujé la puerta suavemente, sin esperar que estuviera abierto, más sí que lo estaba, y sin dudarlo, entré, siendo recibida de inmediato por un olor a acrílico húmedo y aguaras. Aunque no había nada sobre las mesas largas, no había que ser un genio para adivinar en que habrían estado trabajando esa semana. Caminé a lo largo del salón, pasando las manos sobre las mesas, hasta llegar al final, en la pared del fondo, donde puestos en pequeños anaqueles de madera, se hallaban canastas, bolsas, latas y estuches que deberían contener los materiales de los alumnos.
Lo miré y arrugué la nariz. Nosotros, en nuestra época, tuvimos que andar cargando de un lado a otro con nuestros útiles, cosa que era una lata, porque si no tenías cuidado, se vaciaba en tu mochila y tus libretas acabarían pareciendo un cuadro de Kandinsky.
-Eso es nuevo -mascullé de mala gana, sin esperar una respuesta…
Más llegó una, desde la puerta.
-Lo pusieron este año, a petición de los alumnos -dijo alguien, con voz que hizo eco en el salón. Di la media vuelta de un salto, y de inmediato, me tranquilicé, sonriendo tontamente.
- ¡Charlotte, me asustaste! -exclamé con una mano en el pecho, bastante asustada pero lo suficiente feliz de ver una cara conocida que no pude evitar reír un poco. Era la hermana de Allison, la villana de Allison y mía cuando éramos pequeñas, y nuestra heroína cuando crecimos- ¿Qué haces aquí? ¡Creí que estarías en Londres, en el internado!
-Decidí volver al finalizar agosto -contestó con su sonrisilla de gato. Tenía los ojos igual de castaños que Allison e igual de grandes. La única diferencia entre ellas, era el rubio cabello, rizado de Allison, heredado de su padre, mientras que Charlie, como le llamábamos de cariño, lo tenía oscuro, lacio y corto por encima de los hombros. Si no fuera por eso, y una ligera diferencia en la altura, podrían haber sido gemelas-. La beca era buena, pero la oportunidad no; Saint Bassil es bastante aburrido, ¿sabes? Son demasiado estrictos, y la directora general está loca de remate. Tiene ideas descabelladas y sería algo bueno si supiera ejecutarlas. Pero luego de la aberración que presentó el año pasado para la obra de navidad, ahora quiere que el alumnado realice "El extraño mundo de Jack" este año… -se frotó las sienes, con ojos apretados-. No voy a quedarme a ver como despedaza una de mis películas favoritas…
Solté una risita desde la garganta.
-Allison estará encantada de verla por la televisión -musité, y ella sonrió algo sorprendida y asustada. Quizás eso hacía que su hermana cometiese un asesinado-. Hablando de ella, ¿estas buscándola? Creo que sigue en clases, ¿quieres que te acompañe a verla?
Charlie guardó silencio un instante, conteniendo viva su sonrisa por unos segundos hasta que le fue imposible, y esta murió conforme una sombra se iba cerniendo sobre su rostro alegre.
-No, de hecho, te buscaba a ti -su voz ya no era dulce, sino fría, dura como una roca. Antes de que pudiera preguntar a que se refería, extendió una mano hacia la perilla de la puerta y echó el pestillo. El dorso de su mano izquierda quedó expuesto en mi dirección, permitiéndome ver el tatuaje de una palma, calada con símbolos y ornamentos, en cuyo centro se veía un ojo abierto. Me tomó un poco caer en cuenta de ello, pero no me fue difícil recordar donde había visto ese símbolo antes, justo el día anterior.
Estaba en el ataúd de Hela, o quizás en el cuchillo, o en el candado, no recordaba en esos momentos. Era aquello que la mantenía sellada, encerrada en ese viejo ataúd. Gale lo miró asustado, casi asqueado, y ahora todo caía en su sitio, en especial cuando recordé lo que Hela dijo, sobre quienes la capturaron…
Inquisidores…
-Quería hablar contigo -dijo Charlotte, caminando hacia mi cautelosa. Di un paso atrás, recordando el dolor en mi hombro, a Grim tendido en el suelo sufriendo…
No, no podía ser que ella fuera uno de ellos…
Le fue fácil leer el miedo en mi expresión, en mis movimientos y mis manos alzadas. Fue muy tarde para fingir que no estaba temblando.
- ¿D-de qué? -pregunté, intentando desviar la atención. Espera que no viese más allá de mi nerviosismo. Si algo había aprendido de mi en los últimos días, es que todo me ponía a temblar, y esperaba que eso disimulara mi miedo.
-Tú sabes de qué -rodeó la mesa del fondo, acorralándome entre la misma mesa y la pared del fondo. El único escape era saltar por encima de la mesa o lanzarme por la ventana, pero estaba demasiado paralizada para hacerlo-. Por esa foto que le enviaste a Allison.
- ¿C-cuál de todas?
-La del sujeto de cabello blanco y ojos verdes… -di un respingo. No podía creer que Allie la hubiera enseñado, y de inmediato temí por Grim. Lo imaginé de nuevo envenenado, y casi se me llenan los ojos de lágrimas.
-E-es solo un c-cosplayer… -fue lo primero que se me ocurrió. Charlie estaba a menos de tres metros de mí y no parecía feliz-. N-no es…
Bajó un poco el rostro, y sus ojos usualmente dulces parecieron crueles y tormentosos, su boca era una línea recta tensa.
-Sé que es un shinigami, Vetty - Casi me da un ataque al oír eso, y sin poder evitarlo me puse a llorar-. Sé quién es… -estaba a dos metros, uno de mí. Levantó una mano a la altura de su pecho, con la palma tendida en mi dirección-. Ahora, dame tu celular…
Negué con la cabeza, sin poder dejar de mirarla a los ojos. Era bastante más alta que yo, quizás podía lanzar rayos por la boca. Quizás me acribillaría allí mismo. Pensé en escurrirme por un costado, correr bajo la mesa y salir de allí corriendo, sin embargo, leyó todo eso en mí y de inmediato levantó un brazo para bloquear el paso y extendió un pie.
-Vetty, tu teléfono. Ahora -repitió, pero no pude responder. Soltó un chasquido con la lengua y metió la mano en mi bolsillo delantero, sacando el teléfono tan rápido que no tuve tiempo ni de esquivarla.
Lo abrió de golpe, y de su propio pantalón, sacó el suyo. Temía que fuera a llamar refuerzos, más era obvio que no necesitaba ayuda para lidiar conmigo. No sabía que haría conmigo, o si intentaría dañar a Grim o a los demás. No había nada en mi teléfono que los condujera a la casa en el bosque, ni una pista.
¿me torturaría para sacarme información? ¿haría conmigo lo que hicieron Bharus y Edrick?
Escuché el tono de mensaje de mi celular, guardó el suyo, y extrajo otro de su bolsillo trasero. A juzgar por las pegatinas de niños emos y baterías, debería pertenecer a Allison. Hizo algo de mi teléfono, y el de Allison timbró, repitiendo el tonito de emergencia de la serie "Kim Posible". Parecía surreal, en un momento de tensión.
Charlotte se guardó el teléfono de Allison, y levantó la vista hacia mí, aun ensombrecida por algo que la perturbaba.
-Ahora, quiero que me escuches muy bien, Vetty -murmuró, tendiendo el teléfono en mi dirección-. He cambiado las fotos en ambos teléfonos; hice una pequeña edición para cambiar la cara de ese sujeto.
- ¿P-por qué…? -no comprendía, ¿sería parte de un plan?
-Porque los altos mandos de mi gente saben quién es, como luce y si llega a ellos esta imagen, no solo será peligroso para ti, sino para él y para Allison -contestó, dejando que la preocupación sobresaliera por encima de la molestia en su expresión-. Si ella te dice algo sobre su apariencia, dile que siempre lució así. Estaba preocupada por ti ayer; fuimos a tu casa a llevarte algo de sopa y Tony dijo que no habías estado allí toda la semana, así que me mostró la foto.
- ¿Ustedes son…? -balbuceé. Entonces caí en cuenta de algo. Una burbuja de rabia reventó en medio de mi temor y de inmediato me adelanté hacia ella con las manos en puños- ¿T-Tony? ¿Q-qué le hicieron? ¡N-no lo m-metan en el-esto!
- ¡Tranquila! ¡No le hicimos nada! -exclamó ella con las manos alzadas en defensa, pero no cambió su faz-. Está bien, nunca lo dañaría, pero tienes que tener más cuidado… -bajé las manos, sin comprender a que se refería-. No sé en que estés metida, pero si está a tiempo para dejarlo atrás, hazlo. Y por favor, no le envías evidencia a Allie, suficiente tengo con…
- ¿Qué…? -sentí el pecho frío, la furia desapareció en un vacío que nacía desde mi garganta- ¿Allie… es…?
-No puedo explicarte esto sin involucrarte -sacudió la cabeza, casi decepcionada, como si le doliera mi actitud-. Pero prométeme que no la meterás en esto. Y por el bien de nosotras tres, y de ese shinigami, esto debe quedar entre tu y yo, ¿entiendes?
- ¿P-por qué? -no comprendía porqué tanto secretismo, si ya lo sabía. Además, necesitaba entenderla; Charlotte no era mala, ni Allie. No había forma que formaran parte de ellos, que encerraran gente en ataúdes y atacasen a discreción a otros. No, tenían que tener un motivo, quizás eran otras personas, quizás había más que todo eso.
Pero Charlotte negó de nuevo, todo en ella denotaba frustración, miedo, impotencia. Había más en riesgo de lo que me decía y la situación era mucho más peligrosa de lo que querría admitir delante de mí. Probablemente, si lo explicaba, sería peor…
-Solo promételo, ¿sí? -insistió, poniéndome una mano en la cabeza como lo hacía cuando era pequeña, sonriendo como ella lo hacía, como yo la conocía, como yo crecí mirándola hacerlo. Era la misma persona que cuidó de mi cuando me enfermaba, que hacía de niñera para Tony y le cambiaba el pañal cuando era bebé. La misma que pedía pizza a escondidas de sus padres, la que nos gastaba bromas pesadas y nos defendía cuando se burlaban de nosotros en la escuela.
No, no podían ser malos, no como Hela dijo, no como Wade, Sophie, Chris y todos ellos pensaban y temblaban al mencionarlos. No, estaban exagerando, o mintiendo, o eran otras personas quienes les hicieron daño. No, me negaba a pensar así. Ella no era así.
No sabía que habría pasado con ellos antes, pero no podía ser tan malo, no podía ser…
Sophie quizás exageraba, Wade hacía peleas por todo y Grim quería matar a todo el que le hacía daño. Habría una explicación…
Le sonreí a Charlotte, lo más sincero que pude, pero seguía temblando, aunque ya no de miedo, solo de nervios. Mi voz, sin embargo, sonó más severa que amistosa…
Guardaría su secreto; ellas eran, después de todo, lo más cercano a unas hermanas que tenía…
-Lo prometo, Charlie.
o.o.o
- ¿Qué le dijiste exactamente al director, Greenwood?
Ni siquiera me había terminado de abrochar el cinturón de seguridad cuando la pregunta, pronunciada por Jillian, me atravesó como una estaca. No la había visto desde que entró a hablar con el director, hasta ahora, cuando nos avisó que la viéramos en el estacionamiento.
Sophie se volteó disimuladamente desde su asiento, con las cejas arriba, preguntando en silencio una explicación.
- ¿P-por qué? -debería ser la vigésima vez que hacía esa pregunta el día de hoy. Jillian se giró, torciéndose casi como si no tuviera huesos. Tras sus lentes oscuros, sus ojos dorados brillaron encendidos por rabia.
Rabia dirigida a mí.
-Porque, por algún motivo que no entiendo, ahora mismo estoy organizando un campamento intensivo de esgrima en Dinamarca… -gruñó con los dientes apretados. Sophie contuvo un grito, pero abrió mucho la boca y luego se mordió los labios-. Porque alguien aquí presente, cuyo nombre no quiero decir, pero eres tú, le dijo que se iba a ausentar para asistir a un campamento intensivo de esgrima, uno que yo dirijo, resulta ser…
Oh, así que era eso… sabía que debí decirle, pero no en mis más locas alucinaciones pensé que pasaría esto. Intente sonreírle, pero estaba muy sorprendida y asustada para hacerlo, y que Sophie estuviera a punto de carcajearse no ayudaba en nada.
-L-lo siento… yo…
Jillian levantó una mano, apretando los ojos y podría jurar que una línea de humo salía de su cabeza.
-Mira, cállate, solo cállate, porque ahora mismo tus palabras me hacen daño -gruñó, y se dio la media vuelta, tan enfurruñada que no era capaz de esconderlo-. Solo guarda silencio, antes de que cambie de opinión y te haga caminar arrastrando una cruz de aquí a tu casa.
-E-está bien… -musité, encogiéndome hasta sentirme insignificante. Que desastre…
-Por cierto, Sophie -preguntó el ángel. Me dio la impresión de que intentaba desviar su ira cambiando el tema- ¿Qué pasó con tus papeles?
-Lo mismo de siempre, Jill -dijo, soltando un suspiro agotado. Se encogió de hombros, y desde el retrovisor la vi sacudir el polvo de tristeza que la bañaba. Algo la había puesto mal. Me pregunté si tendría que ver con esos papeles, o con Wade-. Pero estoy bien… -Jill la miró algo preocupada, y ella insistió-. De verdad, ¡todo bien! Ahora mismo lo que me preocupa es que haremos respecto a tu casa, Vetty, ¿Qué tanto es lo que hay que hacer?
-Seguramente un campamento intensivo de esgrima… -gruñó Jill, tomando la salida a la carretera para dirigirnos al distribuidor vial-. Dame la dirección de tu casa, niña, antes de que me desvíe y acabemos en Dinamarca…
o.o.o
- ¡Finalmente llegan! -exclamó Hela, abriendo la puerta de mi casa antes de que pudiera sacar mi llave de mi bolsillo.
Tenía razón de sorprenderse; deberíamos haber estado en mi casa cerca de las doce del día, sin embargo, a última hora Jillian decidió que deseaba dar una vuelta por su café, Maná y Perdices, a dar indicaciones y dejar todo ordenado en su sitio antes del viaje. Aquello nos tomó más de lo pensado, más no pensé que tantísimo. Miré el reloj en la pared tras de Hela y me sorprendí; eran cuarto para la una de la tarde.
Habíamos estado fuera casi cuatro horas, y supuestamente estaríamos en mi casa a las doce. Aquello era preocupante, dado que Tony llegaba a casa en el autobús a las cinco, y lo último que quería es que hallase la casa llena de seres sobrenaturales. De hecho, ese había sido parte del acuerdo con Jill; si llegaba a vernos Tony, estaba segura de que me pondría una zurra que me mandaría directamente al purgatorio.
Contaba con que Grim quizás estaría allí, Wade, Jill y Sophie, pero no me esperaba para anda de Hela, ni a Chris.
Di un respingo, mas no fue por aquella revelación, sino por ver a la shinigami allí. En mi casa.
¿Cómo habían llegado? ¿y qué diablos hacían allí?
La miré de pies a cabeza. Llevaba una larga falda, una blusa de cuello tortuga color rojo y el cabello atado en un recogido sobrio, a la nuca, y la raya del pelo partida justo en el medio.
Era… mi ropa.
- ¿Dónde estaban? ¿por qué tardaron tanto? -debió reparar en que la miraba acusadoramente, pero en vez de pedir disculpas o avergonzarse, dio un paso atrás, dando una vuelta con la gracia de una bailarina- ¿Qué opinas? ¿Te agrada? -dio otra vuelta y sujetó los laterales de la falta como una princesa en un baile-. Es estupenda la moda de estos días, siempre odié esas molestas enaguas y toda la tela que se le obligaba a las chicas a llevar encima, además de las medias y los insoportables corsetes. Ahora, ¡miren! ¡sin medias, sin enaguas! ¡no puedo esperar a ponerme un pantalón!
Dio otro giro y la falta se levantó por encima de sus rodillas. Detrás de ella, con un pañuelo en la cabeza y la escoba en la mano, pude ver el momento en el que Chris se le quedó mirando, toda la piel expuesta de sus piernas, que realmente no era para escandalizarse, pero él cambió de color casi como si alguien hubiera encendido una luz roja en su interior, y la escoba se le resbaló de entre las manos.
- ¡Wow, Hela…! -exclamó Jillian, consciente de lo que pasaba tras la shinigami. La agarró de los hombros fingiendo una risa y la hizo sentarse, casi mecánicamente-. Es muy lindo y todo, pero… ¿Qué están haciendo aquí? Creí que Jacob y Eva vendrían a ayudar…
-Hubo un pequeño incidente y decidieron quedarse en la casa, y que nosotros viniéramos -explicó Hela con las manos cruzadas sobre el regazo-. Morningstar y yo estamos limpiando, Wade está en la cocina con James y con…
- ¿Grim está aquí? -inquirí, sintiendo un piquete de emoción en el pecho y me apresuré hacia allá.
No le había visto desde la madrugada, y cuando fui a buscarlo a su oficina luego de que mi madre me hablase, no lo hallé allí, ni por ningún otro lado donde podría haberse metido. Quizás andaría resolviendo asuntos relacionados con el viaje, pero en todo caso, ¿por qué no decirme? Bueno, tampoco es como si me debiera explicaciones.
Conforme me acercaba la cocina, escuchaba varias voces hablando y percibía un delicioso aroma de algo que estaba hirviendo en la estufa, probablemente a poco de estar listo. No estaba segura si era pollo o res, pero no me di cuenta de cuanta hambre tenía hasta que me llegó un olor exquisito y mi estomago se puso a gruñir.
… cosa que era de lo más raro; Grim no tenía la menor idea de cómo cocinar algo comestible, había una voz grave allí, que no me habría esperado encontrar en una cocina.
Dentro, delante de la estufa, con los brazos cruzados sobre el pecho, la camisa arremangada y el mandil de calaveritas que Grim usó en su momento, estaba Wade, y todo indicaba que era él quien había estado cocinando, ya que el otro shinigami se encontraba sentado sobre la meseta de la cocina, con las piernas cruzadas y leyendo una revista que claramente había sacado de mi habitación.
- ¡Pajarillo~! -exclamó Grim, en el momento que me vio atravesar la puerta. Le sonreí tímidamente, sintiendo el calor del gesto suave de su expresión recorrerme toda la piel. Se le notaba más saludaba que anoche, incluso lucía despreocupado-. Finalmente han llegado, comenzaba a preguntarme si Jillian te habría convencido de salirte de esto y unirte a su culto del mal.
-Solo pasamos a ver unas cosas al café, pero había mucho tráfico -especifiqué, sin dejar de sonreírle, observando sus propios gestos. Después de tanto lejos de casa, no solo era reconfortante volver a pasarme por los pasillos, sino que ver a Grim allí, me recordaba a esos días en total calma, en total silencio, cuando yo no sabía nada, cuando solamente bromeábamos, canturreábamos y acudíamos al supermercado a comprar mermelada y ese tipo de cosas.
De pronto comprendí que llevaba mucho mirando a Grim, y que allí había otra criatura que me observaba fijamente, con expresión pícara, como si hubiera probado estar en lo correcto, aun cuando antes se le dijo que estaba equivocado.
- ¿Te invitó a un café o un postre por lo menos? -preguntó, bajando de la meseta de un salto para acercarse a mí. Detrás de él Wade levantaba burlonamente las cejas, sacudió la cabeza y gesticuló las palabras "lo amas" sin dejar de sonreír-. Por la cara que tienes, debes estar muerta de hambre.
-Eh, no… -balbuceé intentando no ponerme roja por lo que hacía ese idiota e intentando mirar hacia otro lado. De reojo, Wade parecía reír en silencio, volviéndose hacia la estufa para revisar el contenido de la olla y remojar el cucharón en el caldo-. Pero si tengo hambre ¿Qué hicieron de comer?
-Yo hice estofado de cerdo. Este payaso únicamente miraba y leía chismes de mercadillo -dijo Wade rápidamente, sin perder su expresión animada. Le dio un sorbo al caldo, y sonrió satisfecho-. Pero ya está listo. Espero que les guste, es una receta… bastante vieja.
- ¿Vas a almorzar, pequeña? -Grim me dio una palmada en la cabeza, algo que tenía mucho que no hacía, pero era un comportamiento habitual conmigo al inicio de todo esto. Intenté no parecer muy conmovida por eso, y rápidamente fui a buscar un tazón, en los paneles de abajo en la meseta del centro, entre donde se hallaba Wade y la estufa -a mi izquierda- y Grim leyendo -a mi derecha-. No quería que el idiota de Wade viera mi cara y continuase buscando maneras de fastidiarme.
-Sí -respondí rápido, acercándome hacia la estufa, a un lado de Wade, esperando que al cerrar el espacio se moviera de allí-. Me muero por comer algo.
Sin embargo, el shinigami no solo no se movió. Rio muy por lo bajo, rodeándome para dejarme paso, con toda la mala energía que despediría un espíritu maligno.
-Si tan solo supiera lo que te quieres comer… -murmuró muy por lo bajito, con tono bastante sugerente, conteniendo una risa y le di un empujón que solo sirvió para que me quedara doliendo la muñeca.
¿De que estaban hechos todos ellos? ¿De piedra?
-Por cierto, pajarillo -dijo Grim, mientras me servía una cucharada de caldo con pedazos de cerdo. Varios pedacitos cuadrados de papa y zanahoria se dejaban ver entre el humeante caldo y las especias. Estaba tan caliente que la cerámica del tazón se calentó de inmediato, casi antes de que pudiera llegar a la mesa a sentarme. Me sentí tentada a darle fondo, incluso si me quemaba la lengua. No conocía esos talentos ocultos de Wade-, quizás debamos conseguirte una nueva puerta trasera antes de irnos.
Grim levantó los ojos de la revista. Pese a sonreír, parecía haber algo que le molestaba, o más bien alguien. Me di cuenta que tenía los ojos puestos en Wade-. Es posible que una enorme y peluda zorra blanca haya hecho un hoyo en los barrotes para entrar.
Este puso los ojos en blanco y se cruzó de brazos, inversamente despreocupado a la tensión que me recorrió el cuerpo.
-Solo me abrí un espacio para entrar y regresé todo a su sitio -se excusó y solo atiné a levantar una ceja. Algo me decía que había hecho como se mostraba en las caricaturas, cuando los personajes abrían los barrotes para salir. Lo otro que me pregunté, es si al menos las habría dejado lo menos torcidas posible-. No es como si la hubiera echado abajo. No soy un bruto.
-Claro que no, querido~
- ¿Qué huele así de bien? -preguntó Jillian entrando a la cocina, desatándose el pañuelo de seda- ¿es estofado de cerdo?
-Recién hecho -respondió Wade y el ángel suspiró deleitada.
-Excelente -dijo-. Sylvette, ¿te molesta si tomó un tazón?
- ¡No, no! ¡Adelante! -exclamé de sobresalto, poniéndome de pie y caminando rápido hacia la alacena para darle lo que buscaba. Que tonta, era la anfitriona y no solo no les había ofrecido ni un vaso de agua, sino que habían cocinado para mí. Pasé a un lado de Grim para sacar el plato y me volví hacia la señorita Lassarette para entregárselo-. Por cierto, ¿quieren algo de tomar?
-Agua, por favor -pidió ella.
- ¿Tienes whisky?
-El pajarillo no tiene alcohol en la casa, Lovecraft -respondió Grim, pasando distraídamente la página de lo que fuera que estuviera leyendo.
-Mala suerte…
-Hay una botella de tequila abajo del fregadero… -musité, un poco tímida, esperando no llamar demasiado la atención, sin embargo, el efecto fue totalmente el contrario. Tres pares de ojos me miraron de inmediato; uno satisfecho, otro sorprendido y otro casi horrorizado.
- ¿Qué diablos haces bebiendo alcohol, Sylvette? -preguntó Jillian con expresión de total decepción, al tiempo que Wade contenía una risilla y se disponía a conseguir el tesoro que recién descubrió.
-Solo lo guardaba para… una ocasión especial… -musité sobresaltada, con las manos en mi blusa. Debí saber que Jillian reaccionaría así; ahora me preocupaba que pensara que era una alcohólica o algo así-. Para festejar con mis amigos, una vez que me háyase mejor de mi operación.
Era cierto; esperaba que para ese entonces yo ya no necesitase medicamentos, y realmente ya no lo hacía, pero todo este caos, que Grim llegase a mi vida y luego todos ellos, cambió todo. Ya no podía llevar a mis amigos a casa con la libertad de antes, y con lo que sabía ahora de Charlotte y Allison, mucho menos.
No podía evitar sentir que estaba traicionándola de alguna forma; ella y yo nos contábamos todo, pero ella tampoco me dijo nada de sus secretos. De acuerdo a lo que me dijo Charlie, todo señalaba que ambas eran Inquisidoras, a ese clan que todos los shinigamis y seres sobrenaturales parecían odiar profundamente, casi con intensidad o horror. No sabía muy bien porqué, pero no podía pensar que ella fueran miembros de una secta tan cruel y espeluznante como ellos sugerían. No podía ser así, no podía creerlo. Quizás exageraban…
Aquello también ponía en perspectiva la bondad de la gente que me rodeaba… ¿Quién era el malo en esta situación? Grim admitió haber matado a otros seres, y dejó implícito que todos ellos lo habían hecho, ¿y si los Inquisidores solo reaccionaban? ¿podría ser eso…?
No, ellos le habían hecho daño a Grim, eran ellos quienes lo envenenaron, quienes me dispararon. No eran tan inocentes como parecían, pero tampoco podría creer que Charlie hubiese permitido eso. Pero, si las cosas eran así, ¿Quién decía la verdad? ¿Quién de ellos mentía o quien exageraba las cosas?
Quizás necesitase hablar más con Charlotte. O decirle la verdad a Allison… aun cuando su hermano me aconsejó lo contrario.
No sabía que hacer…
-Te recuerdo que las adicciones no son exclusivas de los humanos, Lovecraft -añadió Jill, sirviéndose una generosa cucharada en su plato. Inclusive haciendo algo tan cotidiano parecía majestuosa, elegante- ¿Cuánto has bebido entre ayer y hoy?
-Mas bien, ¿cuántas botellas te has bebido entre ayer y hoy~?
- ¿Qué importa eso? No es como que pueda darme cirrosis -gruñó, inclinándose hacia donde le había indicado. No tardó nada en encontrarla, aunque lo cierto es que no estaba realmente escondida. Digamos que mi madre sabía sobre la existencia de esa botella y no le molestaba en absoluto. Se puso de pie sin muchas ganas; seguía pareciendo muy cansado, casi tanto como la noche anterior, cosa que no me sorprendía; todos estábamos exhaustos. Yo misma casi me quedo dormida en el auto de Jillian-. O enfisema pulmonar. O cualquier otra enfermedad. Así que déjenme beber en paz.
-Oh, créeme, somos conscientes de tu salud física -Grim sonrió, casi con crueldad, apenas levantando los ojos de la revista, mientras Wade, en la meseta del medio, sacaba un vaso de la alacena y servía unos dos dedos de tequila, dándole la espalda -. Lo que me preguntó es por qué has estado bebiendo tanto en las últimas horas.
Con la cuchara en la boca, me quedé viendo como Wade se volvía, extrañado, hacia Grim. Sacó algo de su bolsillo trasero, creo que era una pequeña botella, y vacío algo en el vaso de tequila... que tenía más de dos dedos, sino que era casi la mitad del vaso.
Oh, creo que ya sabía por donde iba el asunto. Ahora recordaba lo que Sophie nos había dicho en el auto, sobre lo que había pasado anoche entre esos dos. Sin embargo, no habría un motivo real para que él estuviera así, ¿no? Luego de lo que me dijo, uno podría asumir que no era algo que le debería preocupar ¿no?
- ¿No hay por allí algún mortal indefenso que tengas que vivid seccionar? -preguntó enfurruñado.
-Déjame corregir mi pregunta -insistió Jillian, quien parecía haber notado la ruta que estaba tomando el asunto. Se volvió con una mano en la cintura, claramente inquisitiva y claramente acusadora- ¿Por qué has estado bebiendo tanto entre ayer hoy? ¿Qué te tiene tan atormentado para estar bebiendo así?
Hubo un cambio ligero en la expresión de Jillian, en sus arqueadas cejas, apenas perceptible, y ese mismo cambio salió de ella e infectó al shinigami, de tal manera que casi pude oír el momento en el cual su corazón se saltó un latido.
Abrió la boca para responder…
- ¡Oh! ¿es estofado lo que huelo? -Sophie entró de golpe a la cocina, con un entusiasmo que jamás vi en nadie que no estuviera hambriento al encontrar comida. Me quedé mirándola con la cuchara aun en la boca; no creo que hubiese escuchado nada de lo que decíamos, se veía despreocupada…
Hasta que vio a Wade allí, quien la observaba por encima de su hombro. Ninguno de los dos se puso a temblar con en las películas o en las caricaturas; no hubo nada más que un poco de tensión, un leve cambio en el ambiente. Una media sonrisa de parte de ella, un parpadeo de parte de él y todo pareció volver a la normalidad.
-Sí, justo acaba de terminar de hervir -respondió él, volviéndose de nuevo hacia la botella de tequila. Me pareció escuchar el gorgoteo del agua, como si se sirviera más, pero no fui capaz de ver.
- ¿Quieres? Aquí ya había servido un plato -dijo Jillian con una enorme sonrisa amable, ofreciendo el tazón que sirvió para sí misma minutos atrás.
- ¿Segura?
-Por supuesto -dijo el ángel, con una leve inclinación de cabeza-. Solo alcánzame otro tazón, por favor.
-Están abajo, allí -me apresuré a decir, señalando la meseta, justo donde Wade se hallaba.
Tuve la impresión de que titubeó al ver a donde debería dirigirse, pero al final lo hizo de todos modos. Andaba algo temerosa, aunque tal vez era únicamente cosa del dolor. Wade no se volvió, al menos no de inmediato, y no hizo nada hasta que ella llegó a un par de pasos detrás de él y colocó una mano sobre su brazo.
- ¿Me permites? -pregunto ella, mirándolo y luego a la puertecilla de la alacena. Él no pareció comprender a que se refería Sophie, al menos no al inicio, como si el toque lo hubiera sorprendido al grado que lo desconectó de la realidad. Era tan clara y obvia la tensión entre esos dos que no me explicaba como es que no eran "algo" ya, y no es que antes no existiera eso, más no era así. Al menos no tan evidente. Ahora, parecía como si nunca antes se hubiesen visto o como si hubieran pasado miles de años esperando mirarse. Era casi poético.
Finalmente, él se movió para darle espacio, ya que se encontraba estorbando para poder abrir las puertecillas. No dijo nada, ni hizo más que asentir, echarse a la derecha, alejándose dos pasos hacia Jillian, como hipnotizado por ella, pero siendo incapaz de decirle algo al respecto. No noté nada raro de parte de la bruja, y al final, todo el ambiente pareció volver a la normalidad.
Al menos de parte de ellos; tanto Jillian como Grim los observaban como quien mira una pelea entre leones y espera ansioso el momento en que uno se le arroje al cuello al otro.
- ¿Cuál es el plan mañana, entonces? -intervine. Esto comenzaba a ponerme nerviosa. Por suerte, la señorita Lassarette percibió mi incomodidad y de inmediato se volvió hacia mí.
-Mañana salimos directamente hacia Teesside en tren -explicó caminando con su tazón hacia la mesa, tomando asiento delante de donde me hallaba sentada, de modo que podía ver a Grim de frente-. Parte de mi escuadrón ha salido hoy para allá; nos esperan mañana antes del medio día en un barco que nos llevará directamente a Copenhague.
- ¿Tienes pensado que usemos la fractura de Kattegat? -preguntó Wade, volviéndose hacia el frente de la cocina.
Jillian asintió, tragando rápido la comida para responder.
-Es la forma mas segura; no quiero que nos acerquemos a Alemania en lo absoluto.
- ¿Qué es eso de la fractura? -dije.
-Básicamente un punto para teletransportarnos -explicó Sophie sirviéndose estofado en su tazón-. Como en Harry Potter, ¿recuerdas? Cuando van a ver la Copa Mundial de Quidditch. Es básicamente un camino que se abrió hacia otro mundo, tiempo atrás, pero los ángeles buscaron la forma de conectarlos para que los inmortales se muevan rápidamente.
-Los inmortales que tienen permitido usarlos -intervino Jillian, muy seriamente-. No cualquiera puede hacerlo. Y solo podremos movernos porque yo tengo esa compatibilidad.
-Bueno, nosotros no -Wade se cruzó de brazos con una maliciosa y burlona sonrisa- ¿eso significa que vas a romper las reglas?
-En las reglas no se especifica que este prohibido ayudar a cruzar a otros con tu compatibilidad -dijo ella con aire ofendido-. Dice que los que no tienen esa compatibilidad no pueden cruzar, en ningún sitio prohíbe el paso de shinigamis.
- ¿Y cómo pretendes que crucen Edrick y Gale? -ahora era Grim quien insistía. Jillian, sin dejar de masticar, parecía querer estrangularlo hasta que perdiera ese gesto tan molesto. Supongo que no había forma de evitar romper las reglas. Al menos, no en ese sentido.
De reojo, vi a Sophie queriendo pasar hacia el escurridor de platos a buscar una cuchara, pero coincidió en el momento que Wade se movió y casi chocan. La bruja dio un respingo, incapaz de mirarlo, como asustada por él, quien trataba de librar el paso, pero únicamente consiguiendo quedar atrapados en ese ciclo donde uno se mueve para exactamente el mismo lado que el otro y quedan bailando de un lado a otro, hasta que él la sujetó del hombro y la condujo delante suyo.
Sophie agarró la cuchara, y podría jurar que estaba temblando, mientras que, de espalda a ella, Wade inclinó el vaso lleno de tequila y lo bebió de un solo golpe.
Yo ya no sabía hacia que dirección mirar y en que sitio había menos probabilidad de que me tocase una bala perdida. Y es que no había mucho que elegir; los cuatro parecían tan tensos que me daba miedo que al final volvieran toda su frustración hacia mí.
Para mi fortuna, en ese momento, mi teléfono comenzó a sonar en mi bolsillo. Lo malo, fue que ese sonido sacó a todos de su embrujo, y los cuatro pares de ojos allí se volvieron de inmediato en mi dirección.
Me quedé petrificada un momento, rebuscando nerviosa en mi bolsillo, hasta que lo encontré.
-Llamada -dije titubeante, señalándolo con el dedo, sin siquiera mirar quien llamaba. Me puse de pie, sin dejar de sonreír nerviosamente-. Ya vuelvo, i-iré a responder…
Salí de allí bastante rápido, abriendo de golpe la puerta de vaivén y saliendo hacia la sala de estar. No bien había puesto un pie allí fuera, cuando un gruñido furioso me hizo saltar del susto.
- ¡Ah, maldita sea, acabo de trapear! -exclamó Chris, a quien no había visto de pie a un lado de la mesita de centro. Tenía la cara roja, el entrecejo fruncido como la cara de un furioso gorila, con los ojos encendidos por ese desdén que siempre me dedicaba.
Miré hacia abajo, allí donde yacían mis pies; el piso estaba húmedo, aun brillante por la película de agua que lo cubría.
-L-lo siento… -dije, realmente avergonzada. Aquello no me ayudaría a suavizar su odio hacia mí; no sabía porque, pero era como si todo lo que hiciera, justificado o no, le hiciera rabiar. Apretó los puños alrededor del palo del trapeador, casi pude oír la madera crujir entre sus dedos-. N-no quise…
- ¡Solo vete y cállate! -refunfuñó, con las manos tensas alrededor del palo. Tenía todos los dientes apretados y parecía a punto de echar espuma por la boca, así que lo más prudente me pareció hacerle caso, apresurando mi paso por el pasillito y perderme por la escalera.
o.o.o
-Hey, madre -saludé, pasando la mano por mi frente para despejarme el cabello de la cara, y con el mismo movimiento, empujé la puerta de mi habitación para cerrarla tras mi espalda. Había tardado demasiado en responder así que era ahora yo la que marcaba. Solo esperaba que no estuviera molesta por eso-. Disculpa, tenía las manos mojadas, ¿Qué tal todo? ¿sigues en Londres? ¿Cómo va todo?
-Oh, no pasa nada, cariño -murmuró con voz muy suave, algo tímida y de inmediato una alarma se activó en mí. Ella no solía ser así, a menos que algo malo hubiese pasado-. Supuse que estarías ocupada, ¿está Tony allí contigo?
-No, recuerda que hoy le toca entrenamiento de futbol y sale tarde de la escuela -le recordé. Caminé hacia la cama y me senté en el borde. Me sentí muy tentada a acostarme, pero temí quedarme dormida. Mi madre no dijo nada por varios segundos, y eso me dejó claro que no era mi intuición- ¿Qué pasa? ¿Todo bien?
-Me temo que tendré que cancelar mi viaje hoy, Vetty -dijo finalmente, con tono muy triste. Debo decir que también me dejó algo alicaída, aunque me preocupaba que quisiera venir en un par de días.
- ¿Vienes mañana? ¿pasado mañana? -rogué que dijera que no; si era así, todo el plan se vendría abajo.
-No, era un viaje imprevisto, tendré que esperar hasta las vacaciones de invierno -musitó, aun con voz triste-. Surgieron algunas cosas en el trabajo; hay números que no están cuadrando en la empresa y todo el personal del área de contabilidad debemos quedarnos a resolverlo antes de la certificación, así que no creo viajar, al menos no muy pronto.
-Oh, lo siento mucho, mamá -suspiré, entre aliviada y triste. Aunque no tendría que lidiar con el estrés de limpiar y mentirle en la cara, quería verla. No había sabido nada de ella desde mayo, luego de pasar muchísimo tiempo con ella en el hospital. Me era difícil. La echaba de menos-. Pero no te preocupes, estaremos bien, ya habrá otras oportunidades…
-Lo sé, cariño, pero quería verlos -dijo con el mismo tono decaído-. Les extraño muchísimo.
-Y nosotros a ti -respondí lo más dulcemente que pude, y pensé que quizás sería un buen momento para ser medianamente honesta con ella. Al menos, hasta donde me era posible-. Oye, mamá, quería preguntarte algo.
-Dime, cariño.
-Habrá un campamento intensivo de entrenamiento de esgrima para los participantes de los Juegos de las Siete Disciplinas -hice una pausa, y ella guardó silencio-. Entregué un certificado médico, y me dijeron que no hay riesgo, me preguntaba si podría ir…
-Mmm, ¿Cuándo es? -preguntó, algo recelosa- ¿y dónde es?
-Mañana parte el autobús y pasado mañana nos iremos a Dinamarca en avión -expliqué-. Ira una profesora, la señorita Lassarette, y otros. Quería pedirte permiso de frente, pero dada la situación…
-No lo sé, hija -sonaba dudosa-. Es decir, me encanta que quieras volver a la esgrima, y que quieras viajar, pero, Vetty, es otro país… ¿tiene algún costo? ¿en que hotel estarán? ¿Cómo sé que es seguro?
-Tengo ahorrado para pagar mis boletos del pasaje y el hospedaje lo pondrá la escuela -vaya, que rápido me salían las mentiras-. Te mantendré al tanto de todo, te lo prometo. Te diré todo lo que hago, incluso lo que coma. Si quieres puedo darte el numero de la señorita Lassarette y ella te explicará mucho mejor.
- ¿Qué hay de Tony? -insistió- ¿se quedará solo? ¿has hablado con la niñera?
-Puedo hablar con la madre de George -esos dos eran como uña y mugre-. No creo que tenga mayor problema; él estuvo aquí con Tony casi toda la semana pasada.
- ¡Dios Bendito!
-Lo sé, pero no destruyeron la casa -consolé-. Por favor, mamá, deja que vaya…
-Mmm…
-Por favor, mamá, de verdad me emociona mucho este viaje… -musité, con el tono mas convincente que pude poner. Hubo un par de minutos de silencio, hasta que finalmente escuché un suspiro, un gruñido y finalmente:
-Está bien… -casi doy un salto de gusto- ¡Pero vas a mantenerme informada de todo, Sylvette Greenwood! Te llamaré todas las mañanas y las noches, y si no respondes ten por seguro que Polonia amanecerá con tu foto en todos sus envases de leche, y Dios te libré cuando aparezcas.
Casi podría verla señalándome con el dedo en el medio de las cejas, pero no importaba. Me sentía mucho menos culpable si ella sabía, aunque sea donde me encontraba.
-Gracias, mamá, te prometo que lo haré, enserio.
-Eso espero -dijo amenazante-, por tu propio bien, pequeña comadreja.
-Lo juro -respondí conteniendo una risita. Podríamos dejar de limpiar como locos por lo menos-. Oye, ¿y que era eso que tenías que decirme? Dijiste que era una sorpresa.
- ¡Oh, no es nada! -se apresuró a decir-. Ya lo hablaremos luego; no te preocupes por eso, Vetty, enserio.
-Está bien -respondí, ahora sí, dejándome caer sobre la cama-. Te quiero, mamá.
-Yo también te quiero, cariño, a los dos -dijo, y suspiró como siempre lo hacía cuando tenía que irse, pero no deseaba hacerlo-. Tengo que irme, querida, por favor, mantenme al tanto de lo que hagas. Avísame de todo, y avísale a Tony lo que harás, por favor.
- ¡Sí, mamá! -exclamé con entusiasmo-. Te lo prometo.
-Adiós, Vetty, dale a Tony un beso de mi parte.
- ¡Eugh! -dije asqueada y ella se rio-. Lo intentaré.
o.o.o
- ¿Charlotte? ¿Es un mal momento?
-En lo absoluto, señora Greenwood -respondió la joven, cerrando la carpeta que había estado leyendo hasta ese momento. Una de las muchas, tantas que ya no estaba segura de cuales había leído ya y cuales le faltaban.
Llevaba toda la tarde encerrada en el estudio familiar, un cuarto que en tiempos de menos responsabilidades había tenido una televisión donde ahora había un anaquel lleno de cajas de madera negras; juguetes donde ahora había baúles con candados y un corral para niño donde yacía el escritorio de madera oscura, cuya superficie era imposible de admirar por la cantidad de documentos que revisaba la chica.
Aun con todo lo que había encontrado, la llamada de la madre de Sylvette era sin duda algo que esperaba, más le sorprendió mas de lo que ella esperaba.
- ¿Qué ocurre? -preguntó Charlotte, poniéndose de pie para ir a un lado de la ventana, acomodándose la orilla del vestido tubo color granate que llevaba puesto- ¿Todo bien con los chicos?
-Sí, es solo que quería preguntarte si sabes algo de un campamento de esgrima que organizó la escuela -dijo la mujer, con algo de preocupación en su voz-. Sylvette quiere ir, dijo que quería decírmelo hoy, de frente, pero no fue posible. Quería saber si sabes algo de eso, si has acudido a alguno, si es seguro. Lamento si sueno sobreprotectora, pero…
- ¡No, en lo absoluto! -dijo Charlotte un poco divertida. Hacia un par de años lo habría pensado, pero luego de ser responsable por el bienestar de Allison, de donde estaba, que hacía y con quienes, comprendía por completo el malestar de la señora Greenwood-. Eh, es el primero que organiza la escuela, así que no tengo una opinión previa.
-Ya veo -repuso-. Vetty dijo que una profesora, Lassarette, iría.
-Sí -Charlotte se sorprendió al oír ese nombre, sin embargo, atrapó el truco en pleno aire, antes de que la señora Greenwood se diera cuenta-. De hecho, yo también iré.
- ¿Enserio, Charlie?
- ¡Sí, enserio! -dijo sin dudarlo. Algo no le cuadraba, pero ya averiguaría luego-. Puedo echarle un ojo a Vetty, si gusta. Así estará más tranquila, las dos, supongo.
- ¡Oh, te lo agradecería muchísimo, querida! -sonaba conmovida-. No sabes cuanto te lo agradecería, me ahorrarás varias noches en vela.
-No hay de que, señora Greenwood -murmuró Charlotte, mirando por la ventana. Sonreía, pero no era una sonrisa genuina. Algo en todo eso era sospechoso, extraño-. Por cierto, dado que no vino a Manchester, supongo que no le dijo nada… ¿o sí?
La mujer guardó silencio por un momento, como si quisiera pedir disculpas por algo, y al final, decidiera que nada podría excusarla.
-No… -Charlotte asintió. No podía negar que una parte de ella se sentía aliviada-. No lo sé, Charlie, no creo que sea el momento adecuado para que sepa de todo esto… Si soy honesta, no quiero que llegue ese momento.
-Lo entiendo… -dijo ella, mirando hacia el patio. Abajo, justo fuera de la ventana, dos columpios solitarios se sacudían por una ventisca invisible, como parte de esa infancia robada que nunca terminó por culminarse a causa de las responsabilidades, los entrenamientos, las distancias. Charlotte tuvo que madurar demasiado rápido para que Allison no sufriera lo mismo. No podía culpar a la madre de Vetty, por no querer eso, por no mencionar lo peligroso que era-. Tómese su tiempo, usted sabrá cuando es el momento correcto.
- ¿Lo crees? -no sonaba convencida del todo-. Me preocupa que este cometiendo un error. Con todo lo que ha ocurrido últimamente… quizás sea mejor que no esté sola, que sepa defenderse, ¿sabes?
-Quizás sea mejor dejarla al margen, por ahora, al menos -replicó Charlie, frotándose la cabeza con la mano libre-. Usted siempre ha sido muy intuitiva en ese sentido; siga su instinto. Además, las cosas están un poco extrañas, ¿sabe?
- ¿A qué te refieres?
-Unas cosas que mi madre me ha pedido que le envié -respondió, intentando no solar demasiado alarmada. Temía que la señora Greenwood fuera a aparecerse en Manchester o hacer alguna otra locura.
-Oh, ¿puedo saber de que es?
-Preferiría… no alarmar a nadie de no ser necesario… -musitó, saliendo de su ensimismamiento y volviendo los ojos al escritorio. Al hacerlo, sintió como si un fantasma, o quizás un demonio, fuera a emerger de entre esos papeles, ese montículo de información que comenzaba a asustarla-. Cuando todo se aclaré, para bien o para mal, le dejaré saber, ¿sí?
-De acuerdo -no sonaba demasiado convencida, pero era lo mejor que podía ofrecerle-. Por cierto, ¿irás a la junta en Bristol, la próxima semana?
-Temo que no-respondió-. Hay algunas cosas que requieren mi atención…
-No es nada relacionado con eso que no quieres decirme, ¿o sí?
-No, realmente son cosas de inventario -respondió con una media risilla, caminando de vuelta al escritorio, procurando no sonar tan preocupada-. Algunas cosas que hacen falta, cosas que se han pedido demás… Realmente es más hacer que los números cuadren, ya sabe, pura administración.
-Vaya que sí -dijo ella, mucho más tranquila-. Bueno, Charlie, muchísimas gracias por todo, nos mantendremos en contacto, y disculpa mis molestias.
-No es molestia, señora Greenwood -respondió dulcemente-. Que tenga buenas noches.
-Gracias, Charlie, igualmente, ¡un saludo a Allie!
-Hasta luego… -y finalmente, la comunicación se cortó.
Charlotte se dejó caer en la silla detrás del escritorio, como si la conversación la hubiera dejado agotada por completo. O quizás lo que la tenía exhausta era en realidad lo ocurrido desde antes, las cosas que encontró, lo que su madre le había enviado por fax para pedirle que investigase al respecto.
La foto de un viejo símbolo.
Lo había recibido esa misma tarde; aparentemente el escuadrón de su madre se había topado con él en los bosques de Francia, en una escena del crimen que involucraba a una chica desaparecida. Su madre, Viviane, no le dijo en donde estaba ese símbolo, pero a juzgar por la impresión, se hallaba o bien en el cuerpo de la víctima, o pintado con sangre en una pared. Viviane no le dio muchos detalles; no le gustaba involucrarla demasiado en lo que hacía. Aun cuando era mayor y era miembro honorario de un escuadrón, su madre seguía protegiéndola de las cosas oscuras como cuando era una niña pequeña. Eran cosas que nunca cambiarían, suponía; una nunca deja de ser madre sin importar la edad que sus hijos tengan.
Pero volviendo al caso, todo lo que sabía es que había una chica involucrada, probablemente asesinada, en algún sitio de Francia. Y que ese símbolo, un ojo rodeado de rayos de sol, estaba involucrado. El problema era que no encontraba registro de eso, y por algún motivo, su madre le pidió que no comentase nada al respecto. O era muy antiguo, o era falso. Le recordaba al ojo sobre la pirámide, impreso en los billetes americanos.
Se frotó la cara con ambas manos, intentando no sentirse abrumada por la situación e intentando organizar su mente. Había otros lugares donde podía buscar, quizás en la biblioteca de su escuadrón, en sus cuarteles, aunque tendría que esperar al día siguiente. Eran ya casi las once de la noche; estaría cerrado ya. Probablemente debería dormir y olvidarse de todo eso, al menos por ahora.
Iba a ponerse de pie cuando su celular comenzó a sonar nuevamente. Gruñendo de mala gana, lo levantó, lo abrió y se lo llevó a la oreja.
- ¿Hola? -preguntó, pero no había nada, ni un solo ruido, y el timbre continuaba sonando.
Algo molesta, se guardó el móvil en un cajón y se dispuso a buscar la condenada radio bajo el desastre nuclear que era su escritorio. Removió varias carpetas, papeles, los puso en el suelo, hasta armar una torre, y finalmente, bajo un montón de hojas engrapadas, consiguió ver un pequeño bulto que vibraba sin parar.
La tomó entre sus manos para responder, ya cansada del molesto pitido, y al mirar la pantalla, se dio cuenta de que no era una llamada de una persona en particular; era un mensaje global. Una base estaba transmitiendo en vivo a todas las unidades que pudieran oírla o que estuvieran en su rango. Las radios que usaban eran más como intercomunicadores; su rango de comunicación era bastante amplio como para comunicarse de un país a otro, casi como un celular. Sin embargo, eso era raro; usualmente cuando se hacían cosas así, era para pasar boletines, recordar fechas, o pasar mera y burda propaganda, además de que era bastante tarde para que lo hicieran.
Miró el código; provenía del norte. La única base de su región, que se hallaba al norte, era la de Feroe, en la isla que llevaba el mismo nombre, al norte de Inglaterra, mas era un centro de investigación. Consideró no tomar el llamado, pero al final, si era propaganda sin más, lo mejor era tomar la llamada y acabar con eso de una vez.
Apretó el botón de comunicación, y lo primero que se escuchó a través de la pequeña bocina, no fue más que un griterío desgarrador. Charlotte lo dejó caer por la sorpresa, sujetándolo de vuelta y volviendo a activar el comunicador. Un rayo de horror la atravesó por completo. Habría gritado pidiendo datos, pero ese tipo de llamadas eran de un solo sentido.
- ¡del nivel superior, se dirige al exterior! -gritó alguien, cuya voz apenas era audible a través de los gritos, un chirrido metálico, algo se rompía. Alguien pedía refuerzos a su espalda, y en ese momento, su celular comenzó a sonar- ¡Repito, el sujeto 603 se ha liberado y se dirige al exterior, se encuentra en el tercer nivel subterráneo, pedimos refuerzos, no sabemos cuánto más podamos contenerlo!
Hubo una explosión, más gritos. Se oyó algo quebrándose y la comunicación se cortó un momento, volviendo casi de inmediato.
-¡inmune al elixir! ¡ha pasado el nivel de seguridad dos, repito, ha…! -otro grito, algo de acero desgarrándose, y de pronto, una explosión muy cercana al comunicador-. ¡DISPAREN…! ¡DISPAREN…! -se escuchó la lluvia de balas, el estruendo de los cañones disparando y un rugido bestial que casi reventó la bocina, haciendo interferencia en a la comunicación. Los disparos fueron desapareciendo conforme aumentaban los aullidos de horror, los lamentos, el sonido de algo explotando y chasqueando, un sonido que Charlotte reconoció como huesos quebrándose- ¡No…! ¡NO, NO! ¡NO…! ¡POR FAVOR, NO…!
Un ultimo grito, violento, desgarrado. Un grito que se alargó hasta que pareció disolverse en el aire, atravesado por un chasquido y al ruido que hace una fruta cuando se aplasta con el pie, algo reventándose y al final, el aullido monstruoso que se sobreponía a todo eso…
Un aullido que Charlotte recordaba haber oído tiempo atrás…
Interferencia. Silencio.
Nada.
Solo el aire rumorando a través de los arboles del jardín. Solo el reloj marcando su paso decidido. Solo Allison, entrando por la puerta del salón, como una aterrada muñeca de cuerda, con los ojos rojos, a punto de llorar. No supo que hacer, como acercarse a ella. Allison nunca lloraba, así que no sabía como reaccionar en estos casos. No sabía como decirle que todo estaría bien, porque era mentirle. No sabía cómo explicarle que el sujeto 603 era un monstruo, y que ahora, estaba suelto por el mundo…
Un monstruo que probablemente, iría por todos ellos…
Solo rogaba que no hubiese oído nada, aun cuando la chica cargaba su intercomunicador en las manos, como una niñita que llega con su oso de peluche a buscar consuelo luego de una pesadilla. No pudo evitar jadear aterrada; pensando en las horrendas posibilidades, en lo poco que podría hacer para protegerla, lo único que quiso hacer desde que le entregaron esa bolita rubia y sonrosada en el hospital, el día que nació. Era apenas una chiquilla de cinco años, pero supo que era su deber mantener a salvo a su hermana pequeña.
-Charlie, han destruido la base de Feroe -dijo, casi sin voz, con el miedo palideciendo sus labios y la mayor supo que era muy tarde para ocultar lo sucedido.
¿Cómo protegerla de algo así…?
o.o.o
iba a poner el glosario, pero ya me duelen las manos jajaja :'v así que será para la próxima
espero que les haya gustado, esperemos que no me tarde tanto con el siguiente o esto no se va a acabar pronto XD
si me merezco un review, no dudes en dejarme tu opinión allí abajito (no sé donde diablos está la cajita para comentar, abajo, ¿no? Que soy tonta, perdón XD )
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¡Nos estamos leyendo chicas, cuídense mucho! ¡Les mando un fuerte abrazo virtual, y espero que todo mejore pronto!
Les quiero muchísimo!
Slinky-pink, cambio y fuera.
*se lava las manos*
