Autora: Scarlet Raven.
Parejas: Spirk.
Derechos: Los personajes no me pertenecen, naturalmente y para mi desgracia. Únicamente la historia es imaginación mía.
Disclaimer: Drama, drama, muerte y drama. O quizás no. El contenido puede herir o perturbar a personas sensibles.
[•••]
"Y se siente como si ayer fue hace un año
pero no quiero que nadie lo sepa.
Y tu dices:
'Mientras yo este aquí
nadie puede lastimarte'.
Si pudiera cambiar la forma
en la que te ves a ti mismo
no te preguntarías por qué estás aquí;
Ellos no te merecen".
Billie Eilish; Everything I Wanted.
15 Febrero de 2106.
Una fecha trágica, que provoca desconcierto incluso más de un siglo después, señalada como un día histórico por ser el último día en el que la Tierra, a nivel global, utilizó un toque de queda.
En la Academia se contaban historias sobre la magnitud de tal suceso, que provocó pánico colectivo, terminando de derrumbar ciudades, causando muertes, y traumas psicológicos que pocas personas habían podido superar a través de los años.
Todo debido a un fallo masivo que la guerra causó en las computadoras que controlaban la planta nuclear más grande de la tierra, cuyos conductos subterráneos estaban unidos a diferentes países, todos afectados. La radiación que escapó fue intensa, matando a decenas de miles, obligando a los sobrevivientes a huir; entonces a sufrir bajo un toque de queda que los había aislado del mundo años.
El daño había sido reparado. Los niveles de radiación fueron controlados a una impresionante velocidad, y las personas volvieron a darse muerte unos a otros hasta poco antes del primer contacto. Sin embargo, el pánico que causó aquella alarma, transmitida por la CNN, un canal sumamente popular en ese entonces, fue registrado en los libros, y contado generación tras generación.
La paz que la tierra alcanzó después, por décadas, fue lo que encaminó a la humanidad a olvidar lo que un solo sonido podía provocarle.
Ahora, ellos lo recuerdan. Cuando la imagen del extraterrestre en la pantalla desaparece, dejando la pantalla negra, con una franja roja y letras blancas en la parte inferior. El sonido que emite es lastimero, tétrico, y hace que la piel de Jim se erice desagradablemente.
"Todos los ciudadanos deben volver a sus hogares. Cualquiera que sea encontrado en las calles será arrestado".
Las palabras son reproducidas vez tras vez por todas las bocinas gubernamentales de la ciudad, del país, del mundo.
A Jim le gustaría poder decir que todos obedecen. Que caminan con calma, buscan provisiones y después van a sus edificios, guardando la compostura, esperando nuevas instrucciones. Pero la ciudad es un caos en solo instantes.
Aterradas, las personas comienzan a correr; retroceden por las calles, buscando meterse en cualquier lugar que les sirva de refugio, golpeando contra las puertas de los negocios que recién comienzan a cerrar debido al pánico, como si aquello pudiera librarlos de todo lo que esta sucediendo. No piensan enfrentarlo.
Están solos.
Avanzan, porque es mejor que quedarse en medio de aquel tumulto y perderse entre la multitud que busca desenfrenadamente una salida; evitan cruzarse con ellos, enfocados en un solo objetivo, por lo que siguen su camino hacia el edificio de comunicaciones.
Las puertas de vidrio están cerradas desde el interior, con pasadores en la parte superior e inferior. Jim toca las puertas, dándoles un golpe fuerte. El sistema de seguridad no se activa; se da cuenta de que el sistema eléctrico de todo el edificio es inservible. Spock regresa por el sendero en el que caminaban, con Jim imitándole. Una alarma de saqueo suena cerca de ellos: las personas han comenzado a robar en una recinto de herramientas.
Ambos caminan hacia ella, pero solo Jim entra, buscando entre todo aquel caos algo que les sirva para romper las puertas. Toma un par tubos metálicos lo suficientemente gruesos para romper las puertas, y eso hacen. Juntos embisten contra el vidrio, necesitando un par de fuertes golpes hasta quebrarlo.
Nadie les presta atención por la cacofonía que es la ciudad. Comparten una mirada, conscientes de que las cosas en el interior son diferentes y es probable que estén caminando a una trampa.
Kirk es el primero en entrar. La luz del sol es reflejada por el cristal de las ventanas, iluminando con un arcoíris toda la planta. Se dividen. El vulcano va por la escalera, desapareciendo detrás de la puerta que da acceso a todo el edificio. Jim se dirige hacia las oficinas encargadas de la comunicación de toda la ciudad, ocultas en la parte más recondita del nivel. Las computadoras están dispersadas por cada división de cada oficina, todas apagadas. El lugar está impecable, sin persona alguna.
Vuelve sobre sus pasos, buscando la escalera, que lo conduce a diferentes pisos cuyas puertas debe forzar, inspeccionar el interior de aquellos que sabe, siente mediante la conexión, que Spock aún no ha revisado, más concentrado en buscar las herramientas que necesita. Jim avanza por cada piso, hasta llegar al último.
Está sumergido en oscuridad, pero Jim sabe que Spock ya esta ahí, sintiéndose intrigado por lo que ha encontrado. Avanza por la oscuridad, dejando que sea el vínculo lo que lo guíe a donde Spock. Se topa con una puerta, la abre, entrecerrando los ojos porque la luz del sol da directo sobre sus ojos. En cuanto Jim cruza del otro lado, el olor a humo, mezclándose con carne putrefacta le causan arcadas. Cubre su boca y nariz con el dorso de su mano.
Spock observa al presentador de las noticias, el cual está, literalmente, clavado a la silla del noticiero. Tiene un estaca clavada en el cráneo. El resto de su cuerpo, ha sido abierto desde la garganta al vientre, y le han quitado los órganos.
—Tal parece, capitán, que este hombre lleva días muerto.
No hay duda de ello. La carne putrefacta desprende un olor espantoso. Jim se enfoca en examinar el resto del lugar, dándose cuenta de que el presentador no es el único que ha muerto. Tras la puerta contigua hay más personas: son, de hecho, todas las personas que manejan el edificio. Decenas de personas, cuyos cuerpos están apilados en un montón. Los ojos de Jim arden por el hedor, tiene náuseas que le cuesta controlar; camina dentro de la habitación, examinando a detalle algunos cuerpos. Todos están como el reportero, carentes de órganos.
—Spock, mira esto.
Observan en silencio cómo a la mayoría les faltan brazos, piernas y los ojos. Jim recuerda a la criatura que vieron en las pantallas, las extremidades humanas sobrantes.
—Capitán, no es un lugar seguro. Sugiero que evacuemos inmediatamente.
Buscan los artículos que el vulcano necesita, saliendo del edificio cuando los obtienen.
En las calles, las personas han despertado totalmemte de su bruma. Avanzan, corren, gritan. Se sumergen en una desesperación agónica que Jim ha visto solo una vez en su vida. Desenfrenados, se meten a las tiendas, invaden negocios y saquen por cosas que ni siquiera necesitan. La mayoría de los ciudadanos evacuan la ciudad, yendo por la calle principal con bolsos llenos de víveres para el camino.
Kirk quiere detenerlos, y lo intenta. Cada par de metros se detiene, detiene a las personas y les informa una sencilla, vital, verdad:
—No hay nada en las otras ciudades. Es mejor que esperen aquí. Les ayudaremos. La Flota Estelar les ayudará.
Lo ignoran; las madres toman a sus niños pequeños, tirando de sus brazos para que caminen más rápido; los padres pelean unos contra otros por las abundantes proviciones que tiene la ciudad. Nadie escucha. Para Spock, parece una reacción normal.
—Logicamente son presas del temor, capitán. Ellos necesitan tiempo y de aquella humana cualidad llamada paciencia. Me temo que no disponemos de ninguno de ellos en este momento.
Spock tiene razón, lo que es aún peor. El que la reacción lógica de las personas ante una situación de tal magnitud sea llorar y correr, apesta. Cuando Jim mira a Spock para decírselo, el vulcano no le esta prestando atención a él ni a las personas.
—¿Sucede algo?
—Me pregunto, Capitán. Si el reportero llevaba días muerto, ¿quien envió el mensaje esta mañana?
Jim ha estado preguntándose exactamente lo mismo. También se pregunta si aquel mensaje es verídico o solo tiene como finalidad provocar miedo. Sin embargo, hay una verdad simple en todo lo que se ha dicho en aquel video y Jim puede sentirlo: los rayos de sol calientan agradablemente su piel, después de una semana en que la Tierra se ha mantenido en penumbras. Ambos esquivan a la gente y se dirigen a la camioneta que han escondido a las afueras de la ciudad, mientras llegan a una conclusión: no puede ser mentira.
La camioneta enciende. Avanza unos metros. Se apaga. Jim intenta encenderla de nuevo y lo logra. La detiene cuando le parece escuchar un chirrido metálico aproximándose a ellos, exactamente como en Northon. Por la reacción defensiva de Spock, parece que también lo ha escuchado.
Jim apaga el motor, ambos prestando atención los edificios y la vegetación que les rodean. Jim siente una rafaga de aire caliente rozar su rostro. Entonces, una suave y húmeda caricia recorriendo su pómulo.
Retrocede de golpe en el asiento, tomando por instinto el bat de en medio de los asientos, listo para atacar a lo que haya del otro lado de la puerta. Pero ahí hay... no hay nada. Son solo Jim y Spock, en un transporte apagado a las orillas de una ciudad en medio de un colapso. Un nueva rafaga de aire mueve las hojas de los árboles que guían al bosque, acompañada del tétrico susurro que causan. Por varios segundos, es el único movimiento qué hay.
—Spock, juraría que acabo de sentir...
Gira el rostro, topándose con el de Spock, a solo una pulgada de distancia. Los ojos cafes del vulcano reflejan la luz del día, tornándose ligeramente mas claros. Sus labios están a un par de centímetros; respiran el mismo aire; el rostro de Jim, sin ninguna razón enrojece. Finalmente Jim nota que su cuerpo está pegado al de Spock, y al vulcano parece no importarle, ni a él mismo. De pronto no quiere poner distancia entre ellos, y aunque debe, deja un beso fugaz en su mentón antes de enderezarse.
—Yo.. uh.. no es nada.
Cuando se endereza, deja el bat y enciende la camioneta. Espera unos segundos, asegurándose de que solo ha imaginado todo y no hay verdadero peligro para ellos. No tienen ningún contratiempo, así que vuelven con los demás.
Descubren que ellos ríen, bromean, están alegres. Cuando Jim frena al borde del refugio y apaga el motor, ve a Uhura parada a un lado del círculo de la fogata, ahora apagada. Ella esta de frente al sol, con los brazos extendidos y los ojos cerrados. El sol ha perlado su piel. McCoy, y Chekov no son la excepción. Aunque de forma mas discreta, estan tomando los rayos del sol. Incluso Scott, que se ha quitado la playera, se ve mucho mejor con aquella luz natural.
A Jim le gusta lo que ve, incluso si no puede hacer que dure.
Baja de la camioneta; McCoy y los demás estan inmediatamente junto a ellos, lanzando preguntas que no son tan sencillas de explicar.
"¿Que ha sucedido?"
"¿Por que vemos nuevamente el sol?"
"¿Saben algo de lo que sucede en la ciudad?"
Puede ver la inquietud en ellos, buscando respuestas de su capitán. Jim les cuenta.
[•••]
El día pasa lento, tranquilo. El sol sigue su curso natural en el cielo. Los pájaros que salen de sus escondites en los árboles cantan, sumergiendo el bosque en una tenue sinfonía.
Pero Jim no puede sentirse tranquilo. Está estancado de nuevo, sentado en la parte trasera de la camioneta, haciendo guardia. Spock y Chekov, junto a Uhura, hacen modificaciones en el transmisor. Spock da ordenes, al igual que McCoy, quien revisa las heridas de Scott, las cuales han mejorado significativamente.
Jim solo hace guardia, sin poder dejar a un lado el pensamiento de que las personas de San Francisco se dirigen a su propio final, y además, en aquello que creyó sentir dentro de la camioneta cuando iban a volver.
Se endereza, afianza su agarre en el bat, hondeándolo en un segundo medio círculo. Un momento después, Spock esta a su lado. En aquella corta distancia, Jim siente su vínculo vibrar con emoción reprimida proveniente del vulcano cuando sus miradas conectan. Por ello Jim sonríe, sabiendo lo que Spock dirá.
—Lo lograste— afirma, ganándose una ceja arqueada de Spock, el único gesto que tiene para todo lo que piensa y siente.
—En efecto, capitán. Hemos concluido las reparaciones del transmisior. Esperamos su orden para poder interceptar los mensajes.
—Hagámoslo, Spock.
Baja de la camioneta, dirigiéndose a donde sus demás oficiales lo esperan, todos ansiosos. Jim se cruza de brazos, afirmando con la cabeza en una orden silenciosa. Uhura les da la espalda, pulsando botones, buscando frecuencias. Es un momento tenso para todos, en el que se mantienen a la expectativa de lo que sucederá. En la radio solo se escucha interferencia por segundos, y después minutos. Entonces, la voz de Sarek, padre de Spock.
—..mensaje de Vulcano a la base terrestre.
Uhura establece la conexión inmediata, haciéndose a un lado para que Kirk pueda tomar el mensaje. En la pantalla, Jim observa a Sarek, quien le ofrece el saludo vulcano.
—Capitán Kirk. Spock—. A pesar de todo lo que ocurre en la tierra, Sarek parece inmutable. Su penetrante mirada no ha cambiado, ni siquiera cuando ve a Spock—. Nuestra base ha hecho lo posible por establecer conexión con los miembros de su flota, sin éxito alguno, a excepción de este preciso momento.
—Embajador. Que alivio poder comunicarnos con usted. El planeta Tierra ha sido atacado. Nuestros recursos para investigar lo que ha sucedido son inexistentes, nuestra tecnología ha sido anulada y no hemos podido establecer un contacto directo con la especie causante de todo esto. Creemos que ellos quieren...
—La galaxia— termina el embajador por él, y Jim verdaderamente no puede entender cómo parece no importarle aquello mientras lo dice. Debe obligarse a recordar las palabras de Spock: tener emociones no significa demostrarlas—. Lo sabemos, capitán. Su planeta no es el único que ha sido atacado. Diversos planetas de la Federación, y sistemas enteros han sido tomados, y destruidos.
—¿Qué esta ocurriendo?
—Nuestros análisis indican que fuentes de protoplasma están consumiendo los planetas después de que son atacados en un mismo patrón: una vez que los habitantes del planeta han sido asesinados, el planeta es destruido desde el centro, siendo así consumido por protoplasma, dejando un espacio vacío en su lugar.
Spock, adelantándose un paso, habla:
—Deduzco que eso mismo esta sucediendo con el planeta Tierra.
—Deduces bien, Spock. El planeta Tierra esta a punto de colapsar.
Jim intenta procesarlo, pero las palabras se sienten como un balde de agua helado que lo congela en su lugar. Mira a Spock, que sigue hablando con Sarek de forma despreocupada, ambos vulcanos inmersos en cálculos sobre cuánto tiempo le queda al planeta. Jim recuerda a las personas, a todos los que estan evacuando las ciudades, si es que hay más ciudades que evacuar. En que deben impedir que todos ellos se dispersen.
—Tiene que haber una forma— responde con brusquedad, mirando a Sarek—. Los demás planetas pueden ayudar, tienen que ayudarnos. Podemos contraatacar.
—No podemos, capitán Kirk. La Flota Estelar no estaba preparada para seres de otra galaxia, no de esta manera. Y de ser así, no hay quienes sean capaces de ayudar. Vulcano ha sido destruido.
Por el vínculo, Jim puede sentir la sorpresa en Spock, seguida de la amargura que invade su alma ante la noticia, la preocupación que siente por los sobrevivientes, y por... oh. Spock piensa en su madre.
—A pesar de ello, hemos tratado de ayudar, sin éxito. Nuestros conquistadores estaban preparados para cada especie de esta galaxia. Sus naves y armas estan diseñadas para destruir a los Vulcanos, a los Romulanos, los Humanos, y cada raza existente.
Jim recuerda el sonido que escucharon en Northon. Era doloroso para ellos, pero a Spock lo había dejado inconsciente en solo unos segundos. Si sus conquistadores, como los había llamado el embajador Sarek, sabían de la sensibilidad de los vulcanos, se valdrían de ellas y las explotarían hasta dejarlos extintos.
—Nuestra especie, sin embargo, es leal a su palabra. Seguiremos intentando llegar a la Tierra.
—¿Qué pasará con los sobrevivientes? Si lo que dice es cierto, necesitamos evacuar a todos. No podemos dejar que mueran.
—Y no lo haremos. Sabíamos que algún día podríamos toparnos con algo así, aunque no esperamos que fuera tan pronto.
Jim vuelve a sentir la sorpresa de Spock.
"No lo sabías", piensa. Por tanto, la Federación sí sabía de aquellos seres desde tiempo atrás y no se lo dijo a sus oficiales, ni siquiera a los de alto rango como Spock. ¿Desde cúando? ¿Por qué mantenerlo en secreto cuando podían haberse preparado?
—Existe una zona segura al otro lado de la galaxia. Lo suficientemente segura para permitirnos salir de la Vía Láctea.
—Wow, espere, ¿qué?
Ni él, ni sus oficiales, pueden con tal noticia. Chekov retrocede, como si aquello fuera un golpe directo. Scott boquea, sorprendido. Tartamudea, enarca ambas cejas, y vuelve a centrarse en Sarek.
No deberían, por supuesto. Ellos han sido entrenados para cosas peores. Y las han visto, antes de ser asignados a la misión de cinco años, cuando todos eran cadetes encargados de tareas sencillas en las naves de exploración. ¿Cuántos planetas no había visto Jim ser destruidos? ¿Cuantos había ayudado a evacuar, sabiendo que se acercaban a una destrucción inminente?
Los recuerdos de Tarsus IV llegan como una ráfaga, moviendo sus cimientos con una fuerza incontrolable. Las imágenes se reproducen en su cabeza a una velocidad alarmante; cuerpos, aromas, sentimientos inolvidables que siente en ese mismo instante, demasiado real. Jim puede imaginar el planeta Tierra siendo destruido como Kodos destruyó Tarsus.
Es escalofriante.
—Capitán.
Jim mira a Sarek. Su respiración es pesada, lenta. Intenta controlarse, repitiéndose como un mantra que tiene que ser mas fuerte que todo eso.
—Les enviaremos las coordenadas. Además, las coordenadas de la localización de las naves con las que podrán salir de la Tierra. Spock tendrá que reprogramarlas. Estableceremos comunicación una vez que...
La transmisión se corta.
Jim no puede respirar.
Retrocede, como si acabaran de darle un fuerte puñetazo. Cientos de ideas comienzan a arremolinarse en su mente; no puede pensar, ni mantener en orden sus emociones, que se vuelven una avalancha imposible de evitar y son transmitidos a Spock con una fuerza que descontrola al vulcano, y le hace alejarse por instinto.
—Recupera la señal— ordena Jim, a nadie en particular, mientras retrocede, huye; se adentra en la espesura del bosque, que lo envuelve y sumerge en una oscuridad inquietante, incluso si el sol está en su punto mas alto, adornando de forma espectacular cada conífera.
Lleva las manos a su cabeza, frota su cara e intenta ordenas sus pensamientos y sentimientos. Pero no puede. Las palabras de Sarek se repiten en su mente, se mezclan con las imagénes de los cuerpos desmembrados que encontraron, fundiéndose en la del ser que vieron, teniendo sentido todas al mismo tiempo.
Tarsus IV, las personas quemadas, el rostro de Pike, quien moría mientras él no hacía mas que dar vueltas por el bosque, jugando a ser el salvador de la Tierra, cuando ésta estaba llegando a su final. Sarek, su voz repitiendo constantemente que Vulcano está destruido, como lo está la mitad de la galaxia. Tantas personas muertas, tantos planetas destruidos. ¿Por qué? Una maldita Epifanía que significa destrucción y muerte.
Aprieta su cabeza, cierra los ojos. No puede respirar, ni enforcarse en nada más que en sus sentimientos, su locura. Hay lágrimas en sus ojos, pero él no lo ha notado.
De pronto hay algo más: sigiloso, vibrante, tomando forma en su interior. Se vuelve más grande, más notorio. Es como un imán que lo atrae, lo arrastra a la seguridad. Jim no tiene forma de negarse a ello. Lo quiere; lo necesita.
Es Spock.
Spock, en el vínculo, manteniendo control emocional por ambos, tomando todas sus emociones, disolviéndolas lentamente hasta que Jim puede respirar con tranquilidad, enfocar sin problema alguno.
Es Spock, frente a él, con la mano en su rostro, sus dedos colocados en los punto de fusión mental. Tiene los ojos cerrados, el rostro sereno. En ese momento, es lo único en lo que Jim puede concentrarse. En su fortaleza, su paciencia. Se siente bien. Correcto. Es un refugio para su alma.
—Spock...
El vulcano abre los ojos tras un momento de silencio. Aunque su rostro no cambia, Jim puede ver en sus ojos la preocupación hacia él. Suspirando, Jim cierra los ojos y recarga su frente en la del vulcano.
—Lo siento.
—Jim, no hay por que disculparse.
—Lo hay. He perdido el control. He sido un tonto.
—Lo esencial nunca es tonto.
Aquello hace sonreír a Jim. Abre los ojos. Y no puede resistirlo. Besa a Spock, porque Spock lo es todo para él.
El beso se siente refrescante. Apaga las cenizas de su inquietud, lanzándolo a una tranquilidad adictiva. Suspira contra sus labios, acunando el rostro de Spock, acariciando sus mejillas con una increíble calma.
—Podría tener esto toda la vida— susurra, cuando Spock lo sostiene entre sus brazos.
—Lo tendrás— musita Spock de vuelta, lo que Jim no creería escucharle decir alguna vez en su vida. Aquellas palabras simples le envían un escalofrío placentero que recorre su cuerpo por el gran significado que tienen. Debe separarse, recargar de nuevo la frente en la de Spock. Ambos se sumergen en un tranquilo silencio que ayuda a Jim a serenarse y ordenar sus pensamientos.
—¿Jim?— pregunta Spock tras un momento.
—¿Si?
—¿Era Tarsus IV?
Jim se tensa inmediatamente, abriendo los ojos. Parpadea lento, traga saliva, nervioso.
—¿Cómo...?
—¿Cómo lo sé? Tú me lo mostraste— explica cuando Jim asiente—. Dejaste caer tus barreras mentales y pude ver lo que recordabas.
Jim sabe que debería de estar aterrorizado, porque Spock ha visto y sentido todo lo que Jim sintió momentos atrás, viendo más de él de lo que alguna persona supo alguna vez. Él no esta aterrorizado, sin embargo. Se siente... tranquilo.
—¿Puedes sentir todo lo que siento? ¿Saber todo lo que pienso?
Spock ladea la cabeza en aquel gesto característico suyo, como si las palabras de Jim estuvieran siendo completa y estúpidamente ilógicas.
—Jamás veré algo que no desees que vea.
Y, con un carajo. Spock, es tan adorable. Jim quiere besarlo, y de paso, tenerlo con él toda su vida. Toma una de sus manos, recurriéndola con sus dedos en una lenta caricia.
—Déjame mostrate, entonces.
Comprendiendo, Spock vuelve a tocar sus puntos de fusión. Jim deja caer todas sus barreras mentales. Le muestra la forma en que ve a Spock. El sentimiento de querer tenerlo con él desde el primero momento en el que lo vio en aquel bar. De querer alivianar su carga de un amor unilateral; la desesperación de no poder hacer nada cuando lo empujó a la cápsula de escape y el alivio que sintió al verlo vivo de nuevo.
Ellos están besándose de nuevo. No es gentil. Es un beso necesitado, cuya intensidad va ascendiendo a medida que Jim le da acceso a su mente. Se abrazan, y Spock tiene a Jim de nuevo contra un árbol, sus cuerpos pegados, manos recorriéndose sobre las telas de sus ropas. Necesitan más, ambos, y lo buscan con desesperación. Jim interna las manos dentro de la playera de Spock, sus dedos cosquilleando al sentir su piel tersa, que le envía chispas de emoción a través del vínculo.
Siente la manera en la que las barrereas de Spock van cayendo lentamente. Es como internarse a un pozo de arenas movedizas que van arrástrandolo y a cada paso que Jim da, va liberándose en vez de hundirse. Jim guía sus manos por el pecho del vulvano, descendiendo la diestra por la entrepierna de Spock, sintiendo su miembro duro, aumentando su propia excitación. La boca se le hace agua y pronto está de rodillas frente a él.
Baja su pantalón, liberando su miembro y lo toma en su boca. Jim ha hecho eso antes, con amantes de una noche que no han significado nada y han sido un polvo más. Ahora, él lo hace lento. Succiona la cabeza, traza círculos por el glande y lame toda su longitud. Lo toma entre sus labios, empujándo su cabeza, tomándolo tan profundo como puede. Pero Spock es grande, más de lo que Jim habría imaginado. No puede tomarlo todo, y la idea solo lo excita más.
Levanta la mirada: la vista es gloriosa. Spock tiene los ojos nublados de deseo, de placer; su rostro es una muestra del autocontrol que está tratando de ejercer, pero no es suficiente. Jim puede ver, sentir, la lucha que Spock está teniendo consigo mismo para no empujarse hasta el fondo y follar su garganta.
Jim cierra los ojos, relaja la garganta y empuja la cabeza, tomándolo más profundo, deteniendose ahí por unos segundos; retrocede, soltándolo, un hilo de saliva uniéndose de sus labios al pene de Spock. Relame sus labios, más no tarda. Spock lo toma de los hombros, lo jala para volver a besarlo, con el mismo frenesí de antes.
—Jim... ¿puedo...?
—Oh, carajo, sí. Por favor, sí.
Es Spock quien se deshace de su pantalón. Lento, muy lento, baja el cierre, después la tela y su ropa interior. Incluso cuando el deseo de ambos es difícil de soportar, Spock se toma su tiempo para prepararlo. Jim, menos paciente, toma la mano de Spock, lamiendo sus dedos, maravillándose con la respiración apenas contenida y el brillo en los ojos del vulcano cuando él chupa sus dedos y los guía a su culo.
Spock se encarga de él, abriéndolo, besándolo. Un instante después, lo siente abriéndose paso en su interior, penetrándolo con una lentitud exasperante que hace al humano gemir.
Entonces Jim lo ve.
A Spock, de niño, escuchando las palabras de una madre humana, que explica que los humanos saben cuándo reconocer a su persona destinada, aquella que les ofrecerá una conexión única. Spock, pequeño, lo tacha de ilógico, y está seguro de que él jamás podría, porque es vulcano. Con una sonrisa cálida en el rostro, ella le asegura que lo hará. Cuando Spock pregunta por qué está tan segura, Amanda parece radiante de emoción.
"Porque eres el único vulcano con corazón humano"
Spock embiste contra él, arrancando un gemido de Jim que acalla con un beso. Los recuerdos siguen llegando. Jim ve a T'Pring, su prometida, rechazando a Spock. A Spock, aferrándose a la idea de que él no amaría a una sola persona. Pero entonces siente el alivio que Spock sintió cuando ella rompió el compromiso.
Una segunda embestida llega, una más y otra; Spock está follándolo sin piedad. Jim echa la cabeza hacia atrás, su cuerpo entero estremeciendo de placer, gemidos escapando de él a voluntad propia.
—Carajo, bésame.
Entonces se ve a través de los ojos de Spock. Mucho antes de que se vieran en el bar. Cuando Jim llegó a la academia, siendo apenas un muchacho del que se escuchaban demasiados rumores por la muerte de su padre y el abandono de su madre. Historias que Spock no estaba seguro de creer, y que fueron la principal razón por la que el interés de Spock comenzó por el humano. Jim se ve paseando por el campus, coqueteando con las damas; se ve, afuera de un bar, sentado en las escaleras con una cerveza en mano, llorándole a Bones, diciéndole que está cansado de tener que sonreír y fingir que es como su padre, porque él no es un héroe.
En el bar, con el rostro arrogante y un sonrisa coqueta. Siente a Spock pensando en qué tan lógico es dejarse arrastrar por el humano mas problemático que haya conocido y pensar "¿que mas puedo perder?".
Siente lo que Spock siente, y se da cuenta de que le ha gustado a Spock desde mucho tiempo atrás, antes de alguna misión, invasión, o vínculo. Spock le muestra las palabras de su madre, y entonces hay un murmullo por parte de Spock, que está acompañado de una fuerte embestida que hace a Jim ver estrellas.
"Tu alma destinada. Tu complemento".
Jim alcanza el clímax, al mismo tiempo que Spock lo hace. Y ambos se vuelven uno; sienten el placer del otro. De tomar y ser tomado. De amarse, de desearse, de complementarse. Una fusión única, que une sus mentes en una misma, y Kirk solo puede sentirlo cuando el frenesí ha pasado.
En él, en su mente, ya no está solo. Nunca más.
—Carajo, Spock. Te amo también.
Puede sentir la reacción de Spock, sorprendido, halagado. Jim se ríe, sintiéndose en paz. Besa a Spock, quien finalmente sale de él, y se toma el tiempo necesario para acomodar la ropa de Jim, y después la propia. Jim lo deja, porque se siente perezoso, saciado. Feliz. Como nunca antes.
—Los sacaremos, Spock. Los salvaremos.
—Así será, Jim.
Se separan, pero incluso con esa distancia, Jim todavía puede sentir a Spock, lo que es fascinante. Como respuesta, Spock vibra en el vínculo y Jim comienza a reír. Incluso aunque Spock lo negara, ahora Jim puede sentir cada pensamiento, cada sentimiento. Todo.
Es callado súbitamente por Spock. El vulcano, ahora totalmente serio, enfoca su mirada en un punto fijo del bosque. Jim sigue la dirección de su mirada.
Las hojas se mueven por el viento, y después, cuando la ráfaga de aire ha cesado. El verde de aquel árbol comienza a moverse, a palidecer hasta tornarse gris. Patas, garras, una boca dividida verticalmente. Un chirrido, que en realidad se trata del aullido de aquella cosa.
Jim recuerda la cálida y la húmeda caricia que sintió antes.
Ellos corren, y él viene tras ellos.
