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UNA LLEGADA INESPERADA

-Te echaré de menos - le dijo Janet a Candy la tarde del cuarto día.

Desde que Candy se sintió libre de hablar de cualquier cosa y bajó la guardia con ella, ambas muchachas se habían hecho inseparables. Contándose sobre sus pasados, comparando sus vidas presentes, confesándose sus anhelos para el futuro. Como había imaginado, Janet resultaba ser maravillosa como amiga.

-Yo también a ti.

Estaban en la playa de nuevo. Les gustaba aquel lugar. Estaba lo suficientemente cerca del castillo para que pudiesen ir solas, pero les ofrecía la privacidad que buscaban para hablar sin tapujos. Y para que nadie descubriese que Candy le estaba enseñando a Janet a usar una daga.

-De poco va a servir esto - alzó el cuchillo delante de ella - cuando no estés.

-Puedes seguir practicando sola, Janet. Te he enseñado los movimientos básicos. Ahora es cuestión de repasarlos y perfeccionarlos.

-Pero no será lo mismo sin ti - suspiró - Y probablemente no volvamos a vernos. Dudo que mi padre permita entrar en Knock a un White. Por muy mujer que seas.

-Siempre puedes venir tú a Inveraray - frunció el ceño antes de continuar - Si mi padre no me mata después de esto.

-Yo no me atrevería a desafiar al mío de ese modo. Bueno, de ninguno en realidad.

-Yo lo he desafiado desde siempre. Es sólo que en esta ocasión, puede que me haya pasado un poco.

-¿Un poco? - rió - Huíste de un compromiso que él ansiaba. Mi padre te encerraría de por vida.

-Él mío sabe que eso no servirá de nada pero encontrará el modo de castigarme. Lo sé. Obligarme a ser la esposa de Neall ya sería más que suficiente.

-Debiste decirle lo que pasaba. Si es cierto que te permitía elegir, debiste hacerlo.

-No sé. Creo que quemé mis naves antes de llegar a puerto.

Janet rió ante su comparación y Candy terminó por imitarla. Tenía una risa contagiosa y que invitaba a olvidarse de todo lo malo. Era hipnotizante, también.

-Si alguna vez quieres enamorar a un hombre - le dijo - haz que escuche tu risa a menudo. Caerá rendido a tus pies.

-No es cierto - Janet se sonrojó.

-Te aseguro que será así - conservaba una sonrisa en los labios.

-¿Qué pasa entre Albert y tú? - sabía que era un tema delicado pero sentía verdadera curiosidad.

-Nos odiamos - se encogió de hombros.

Su mente vagó hasta aquel día en su dormitorio cuando acabó besándola y la rabia se apoderó de ella nuevamente. La repulsa de Albert le había afectado más de lo que quería admitir y había estado evitándolo desde entonces. No era tarea fácil, por otro lado, el hombre parecía estar en todas partes. Incluso había intentado acorralarla en varias ocasiones pero lo esquivó en todas ellas. También ella sabía jugar al rechazo.

-Yo creo que le gustas.

-Pues tiene una manera muy extraña de demostrarlo - no pudo evitar sonrojarse y se odió por ello. No quería sentir nada por él.

-Bueno, no lo conozco tan bien como Anthony. Tal vez me equivoque.

-¿Cómo es eso posible? - no debería interesarle pero las palabras salieron de sus labios antes de poder retenerlas.

-Yo nunca he salido de Skye y él vive en Foulis con sus padres.

-Pero Foulis no pertenece a los MacDonald - la miró extrañada.

-Albert es un Ardley - la miró a su vez con sorpresa - Creía que lo sabías.

-En realidad, no sé nada de él.

-Mi tía se casó con William Ardley - le explicó y aunque Candy intentó aparentar desinterés, fracasó estrepitosamente - Mi primo Hector es el mayor así que mi tía envió a Albert a Knock hace unos años para que se uniese a la guardia de mi padre. Anthony y él congeniaron enseguida, por eso cuando mi padre lo envió a Duntulm, Albert se vino con él.

-Un Ardley - susurró perpleja.

-No es un mal partido, aunque sea un segundo hijo.

-Yo no lo querría por esposo. Tiene un carácter demasiado hosco - repuso con demasiada celeridad.

-Tal vez si lo repites con frecuencia, acabarás por creértelo - rió Janet.

-No me gusta, Janet.

-Regresemos - la ignoró.

-No me gusta, Janet - repitió.

Janet se limitó a caminar en silencio, con una traviesa sonrisa en los labios. Candy apretó los labios con sus dientes y frunció el ceño. Por supuesto que no le gustaba Albert. Jamás le gustaría un hombre al que le desagradaba su sola presencia. Y que rechazaba sus besos.

Hubiese preferido quedarse en su alcoba aquella noche. Después de la charla con Janet, lo que menos deseaba era encontrarse con Albert. Mucho menos ver la juguetona sonrisa que le estaba prodigando ella. Estaba segura de que planeaba algo. Y no sería para nada bueno.

-Ven, siéntate conmigo - le indicó.

-Preferiría cenar en mi alcoba, Janet.

-Tal vez esta sea tu última cena aquí - la reprendió - No puedes pretender pasarla sola.

En ese momento, Albert y Anthony aparecieron, manteniendo una, al parecer, amena conversación. Candy apartó la vista fingiendo interesarse en un soso tapiz colgado de la pared. Cualquier cosa mejor que mirarlo a él.

-Buenas noches, Candy.

Se sobresaltó al escuchar aquella voz. La conocía perfectamente de tantas veces que la había hecho enfurecer. Trató de ignorar a su dueño pero un movimiento a su lado la hizo girarse hacia él.

-¿Qué estás haciendo? - le preguntó en un tono seco.

-Me siento para cenar - alzó una ceja divertido- ¿Qué creías que hacía?

-Janet... creía que ella... - le costaba articular frases coherentes. De repente, su proximidad la ponía nerviosa y las palabras de Janet martilleaban sin descanso su cabeza. No le gusto, se obligó a recordar.

-Parece que te ha tendido una trampa - le guiñó un ojo y Candy lo fulminó con la mirada. ¿Desde cuándo se permitía bromear con ella? Lo suyo era provocarse y pelearse - Tendrás que soportarme, querida.

Oh, no. Había vuelto a utilizar aquella palabra y aunque antes la crispaba, ahora sentía un cosquilleo en el estómago que no le gustaba para nada. Trató de obviar su presencia, sería lo mejor, pero al parecer él no tenía intención de dejarse ignorar.

-Últimamente no te he visto mucho.

-Mejor para ambos - contestó con aspereza.

-Para mí no, desde luego. Echo de menos cargarte en mi hombro - le dijo susurrando contra su oído.

Un escalofrío recorrió su columna vertebral y frunció el ceño.

¿Por qué estaba haciendo aquello? Había dejado claro cuatro días antes que su contacto le desagradaba y sin embargo, con sus palabras le daba a entender otra cosa. Suspiró frustrada. Jamás entendería a los hombres.

-Creo que se me ha quitado el apetito - optó por la retirada.

Se levantó en el mismo momento en que una imponente figura traspasaba el marco de la puerta. Su mirada recorrió al hombre, impresionada, y cuando llegó a su rostro soltó un pequeño grito de sorpresa.

-Charlie- dijo después con una gran sonrisa en los labios.

Casi no lo había reconocido. Hacía varios años que no se veían y había cambiado mucho. Estaba más corpulento y sus rasgos se habían endurecido. Ya no había en él rastro del joven al que admiraba de pequeña.

-Prima - le devolvió la sonrisa.

Antes de que alguno de ellos pudiese añadir algo más, otro hombre apareció tras él y tenía también en sus labios una amplia sonrisa. Candy gritó más fuerte y corrió hacia él para lanzarse a sus brazos. Hasta que lo vio, no supo cuanto lo había extrañado.

-Stear - se apretó contra él - ¡Qué sorpresa! No te esperaba a ti.

-Candy - la separó para verla bien - ¿Cómo estás? ¿Te han tratado bien? Si tengo que partir algunas caras sólo dilo.

Candy sabía que bromeaba y rió mientras se abrazaba de nuevo a él, agradecida de que estuviese allí.

-Te he extrañado, Stear.

-No más que yo a ti, pequeña guerrera - le besó el cabello.

-¿No hay un beso para tu primo? - Charlie la retiró de los brazos de Alistair para ocupar su lugar.

-Oh, Charlie - le sonrió - Por supuesto que hay.

Los años no habían ajado su relación y lo supo en cuanto lo miró a los ojos. Tan verdes como los recordaba. Lo besó en la mejilla antes de girarse hacia los demás. Con la emoción del reencuentro, se había olvidado por completo del resto.

-Bienvenidos - dijo Anthony.

Candy se encontró con la mirada de Albert sin pretenderlo, cuando Alistair le rodeó los hombros con su brazo, y pudo ver fuego en ella. Parecía furioso. ¿Por qué? Frunció el ceño y fijó su vista y su atención en Anthony. No debía importarle. Al día siguiente se iría para no volver más.

CONTINUARA