Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.


BRIGHTER

Capítulo treinta y unoBistro

El día antes de que mis padres volviesen a Seattle, pasamos el día en Frederiksted, en Rainbow Beach. Edward llevó su moto de agua y subió a mis padres. Renee estaba nerviosa al principio, pero después de un rato no había manera de bajarla. Incluso la sacó ella sola.

Había un bar-restaurante en la playa, así que nos quedamos a comer y nos marchamos cuando el sol empezó a descender, una esfera que se hundía y se cernía pesadamente sobre el horizonte.

―¿La gente pesca en ese muelle? ―preguntó Charlie mientras conducíamos fuera de Frederiksted. A veces, los cruceros o los barcos de la Marina atracaban ahí, pero en ese momento estaba vacío.

―Todo el tiempo ―dijo Edward, aparcando en un hueco que miraba al agua―. Ven, te lo enseñaré.

Envueltos en toallas y todavía mojados del "último chapuzón" en la playa, dejamos la camioneta y caminamos hasta el muelle, donde había, de hecho, varios hombres desperdigados mientras pescaban.

Mi padre asintió con aprobación, frotándose el bigote.

―Tiene que estar bien poder hacer esto todo el año. Es un buen clima.

―Sip. ―Edward me cogió la mano. Le sentí acariciar mi anillo con el pulgar y nos miramos, sonriendo. Solo llevábamos unos días prometidos y ya parecía que lo habíamos estado siempre, y que siempre lo estaríamos. Bueno, no íbamos a estar siempre prometidos... estaríamos casados, pero nuestra unión era bastante natural y atemporal.

―¿Quieres saltar? ―me preguntó, llevándome al borde. Más abajo, hacia el final del muelle, había un gran grupo de chicos haciendo exactamente eso: correr y saltar al brillante mar.

Sonreí ampliamente, sacudiendo la cabeza.

―Ah, no sé... ―Era una buena caída. Más o menos. Al menos podía ver el fondo; incluso a aquellas horas, el agua seguía estando profundamente clara y chocaba suavemente contra el hormigón del muelle.

―Todo el mundo lo hace ―intentó convencerme Edward, dejando caer su toalla y quitándose las chanclas.

―Vosotros también tenéis que saltar ―dije sobre mi hombro.

Charlie resopló con una risita, despachándome con un gesto de la mano, y Renee solo rio, sacudiendo la cabeza.

―Es cosa de niños. Todo para ti, cariño.

―Bella... ―Edward me quitó la toalla húmeda y la puso junto a la suya―. Es un rito de paso. Todos los que crecen aquí lo hacen.

―Pero yo no crecí aquí ―susurré, entrelazando nuestros dedos mientras nos acercábamos más. Una suave brisa movió mi pelo alrededor de mi cara.

―Pero nuestros hijos sí lo harán y, ¿qué les dirás cuando te pregunten? ―dijo, dándome un codazo.

Mi estómago dio un salto y levanté la mirada hacia él, sonriendo tontamente. Plastilina. Eso era en las manos de aquel hombre. Siempre sabía exactamente qué decir...

―Vale.

―¿Vale?

Asentí.

Dimos un par de pasos atrás y luego echamos a correr, saltando al gran azul.

Grité todo el camino hacia abajo.

* . *

―Entonces, ¿me mantendrás informada de todo? ―preguntó mi madre cuando llegamos al aeropuerto―. No quiero enterarme por Angela o... o Facebook o algo de que Edward y tú os habéis fugado para casaros en Martinica o algo.

―Mamá, yo nunca haría eso. ―Reí, apretándole los hombros.

―Ouch. ―Se estremeció, acariciándose la piel quemada.

―Ooops, lo siento, no me he dado cuenta.

―No pasa nada, cariño.

―Bueno, te prometo que me mantendré en contacto. De todas formas, voy a necesitar tu ayuda.

―Está bien.

Aparcamos junto a la acera y, en una escena que se estaba convirtiendo en algo muy familiar, Edward y yo vimos a mis padres marcharse tras intercambiar abrazos, besos y promesas.

―Oye, no llores... ―Edward me abrió la puerta, soltándola para limpiarme las lágrimas.

―Lo sé... es solo... estoy tonta ―murmuré, sintiéndome más como mi madre cada día. Ella había llorado cada vez que me había ido a pasar un fin de semana con Charlie, incluso aunque él vivía al otro lado de la ciudad, y también siempre que había ido de excursión con el colegio o algo. De hecho, la única vez que no había llorado fue cuando me había ido de vacaciones a St. Croix... y al final acabé quedándome. Así que, por supuesto, había llorado esa vez al marcharse, lo que había desencadenado mis lágrimas.

―La verdad es que estoy muy feliz ―dije cuando Edward estuvo a mi lado y nos estábamos marchando―. Su visita ha sido bastante perfecta. Me alegro de que os hayáis llevado bien.

―Son geniales ―dijo―. No veo cómo alguien no podría llevarse bien con tus padres. Son tan relajados... incluso se llevan bien entre ellos aunque estén divorciados.

―Ja, cierto ―dije, asintiendo―. Pero, ya sabes, Charlie no le coge cariño a cualquiera con tanta facilidad. Puede ser muy duro cuando quiere.

―Bueno, entonces me alegro de haber superado la prueba.

―Yo también ―dije, sonriendo.

* . *

Estaba cogiendo comida en Salud Bistro un par de días después cuando mi teléfono empezó a sonar, obligándome a excusarme de la caja.

―¿Edward?

―Hola, cariño. ¿Dónde estás?

―A punto de dejar Salud. ¿Por qué, qué pasa?

―La depresión tropical acaba de convertirse en una tormenta tropical y parece que esta noche va a ponerse fea. Estamos pensando en cerrar pronto.

Me había dicho que aquello pasaba a veces. La tormenta que esperábamos no estaba cerca de tener la fuerza de un huracán, pero igualmente habría el viento y la lluvia suficientes como para causar un desastre, y lo más probable era que nos quedásemos sin electricidad. Al estar justo sobre el mar, la mayoría de los restaurantes y negocios del paseo marítimo habían hablado de cerrar pronto aquella noche. Edward había jugueteado con la idea de hacer una fiesta del huracán pero, ahora que habíamos pasado de depresión a tormenta, aquella idea quedaba desechada. Tendríamos que "festejar" en casa.

―Vale, ¿quieres que vaya por allí para ayudar o nos vemos en casa?

―¿Puedes... coger algunos suministros en Pueblo? Puede que también nos quedemos sin electricidad en casa. Asegúrate de coger bien de pilas.

―Lo haré. Te quiero.

―Yo también te quiero.

Colgamos, y volví corriendo dentro para pagar y coger la comida.

Una hora después, aparqué en casa. Midnight había estado cuidando del fuerte todo el día y en ese momento estaba ansioso por salir. Debido a nuestros horarios, normalmente solo tenía que quedarse dentro por la tarde, y a veces Alice y las niñas iban para dejarle salir. Que yo llegase pronto a casa era como un premio para él y saltó excitado, casi haciéndome tirar las bolsas de comida.

Para cuando llegó Edward, el cielo estaba cargado y gris y, en la distancia, el océano rugía enfurecido con una capa de espuma blanca que llegaba hasta donde la vista alcanzaba.

―¿Había mucho tráfico? ―pregunté cuando me besó.

―No mucho. La verdad es que estaba tranquilo.

―¿En serio? Creí que la gente estaría corriendo a diferentes sitios.

―Seguramente lo hacían, un poco, pero es algo habitual en esta época.

―¿Eh?

―Me refiero a que no hay tormentas todos los años, pero es parte de esta vida, ¿sabes?

Asentí, pasándole las manos por el pelo.

―¿Quieres que te caliente la comida en el microondas? Se ha quedado fría...

―Claro. Me muero de hambre.

Se lavó las manos y cogió un par de cervezas de la nevera, abriéndolas mientras yo ponía nuestra comida en la mesa. Fuera, el viento empezó a soplar más fuerte, aullando y silbando por los aleros.

―Deberíamos ducharnos antes de que se vaya la luz ―dijo Edward con la boca llena.

―¿Crees que se va a poner tan feo? ―pregunté un poco nerviosa.

Él sacudió la cabeza.

―Nah. Pero los cortes de electricidad son muy habituales aquí. Por cualquier cosita. Tenemos un generador, pero preferiría no usarlo a no ser que se trate de una emergencia.

Asentí, tragando un bocado de comida.

―Tiene sentido. Ve primero, yo limpiaré aquí.

―Tú y tu limpieza... ―dijo con una risita, limpiándose la cara con una servilleta.

―Oye, si de verdad se va a ir la luz, no quiero tener una cocina sucia que no puedo limpiar, ―protesté, estremeciéndome al pensarlo. Él tenía razón, estaba un poco obsesionada con la limpieza. Pero, ¡venga ya! Podía pasar sin que hubiera hormigas y cucarachas.

Él se terminó la cerveza y se levantó, estirándose mientras me sonreía furtivamente.

―No tardes...

Sonreí satisfecha ante su expresión, adorando que él siempre me desease tanto como yo le deseaba a él. No sabía si eso cambiaría con el tiempo, la edad o los hijos, pero sospechaba que éramos lo suficientemente buena pareja como para que nos fuera bien. Incluso aunque las cosas se ralentizaran... siempre le desearía.

En la cama más tarde, tras una ducha, y sexo lento y plagado de risitas (él no dejaba de hacerme cosquillas), y otra ducha, y un corte de luz, nos tiramos sobre las mantas, escuchando el viento golpear la casa en el exterior. Dentro, todo era acogedor y dulce, con el aire cargado por el olor de las velas recién apagadas.

―Quiero casarme en la playa ―dije, pasando mis manos sobre el fino pelo de su pecho.

―Sabía que querrías.

―Quiero que vengan todos mis amigos. Puede que hasta Peter.

―Oh, por Dios... ese tío no...

―Es uno de mis mejores amigos ―dije riendo―. Pero... lo entenderé si no le quieres aquí. Supongo que solo siento que, si no hubiera sido por él, tal vez no nos habríamos conocido.

―Nos habríamos conocido de alguna manera.

―Sí, puede. Aunque no veo cómo.

―Si viene, tendrá que quedarse al otro lado de la isla.

Resoplé entre risas contra su brazo, pellizcándole.

―De todas formas, está prometido a Charlotte Delaney.

―¿Quién es?

―Una chica a la que siempre supe que le gustaba Peter. Siempre. No me sorprende que hayan acabado juntos.

―Ha sido rápido.

―Supongo.

―Apuesto a que no se parece en nada a ti.

―No. Ella es pequeña y pelirroja... delicada y preciosa, como una muñeca de porcelana.

―Parece que la conoces bien.

―Lo hago. Fue mi compañera de cuarto en el primer año de universidad.

―Que pequeño es el mundo.

―Ya lo creo.

―¿Cómo lo has sabido?

―Bueno... me lo ha dicho Ange. Y luego Pete me envió un correo diciéndomelo. Después lo vi en Facebook.

―Siempre nos queda Facebook.

―Hablando de lo cual, he actualizado mi estado de relación a "comprometida".

―Ya lo he visto. ―Las manos de Edward me encontraron en la oscuridad y me acercó a él, besándome el párpado―. ¿Dónde tienes la boca?

Riendo bajo, fui sintiendo su cara con la nariz hasta que nuestros labios se unieron.

―Así que... ¿qué playa? ―preguntó un momento después.

―Todavía no lo sé. Vas a tener que ayudarme a elegir ―dije, levantando la pierna sobre su cadera. Empezaba a hacer frío, así que cogí la manta y nos cubrí las piernas.

―El Buccaneer está bien...

―¿El hotel?

―Sí, pero... hacen bodas en la playa. Bastante bonitas. Una vez fui a una.

―Hmm... tendré que verlo.

―Iremos. Juntos.

―Vale. ―Le besé, tirando de él sobre mí. Los besos juguetones ganaron intensidad y le rodeé con las piernas, incluso aunque todavía podía sentirle de un poco antes.

―¿Intentas ir a por la segunda ronda? ―bromeó, apretándome la cadera.

―No hay nada mejor que hacer ―bromeé también, mordiéndole el labio inferior.

Su boca fue a mi cuello y sentí cómo volvía a derretirme contra él, todavía sensible a su roce.

―¿Cuándo deberíamos hacerlo? ―susurré, sujetando su cara entre mis manos.

―¿Qué? ¿Ir a ver el Buccaneer?

―Casarnos.

―Oh. ―Se quedó un segundo en silencio―. Pronto.


Pronto...

Intentaré subir el próximo capítulo mañana o el martes. Para que para vosotras también sea pronto.

Mientras, estoy deseando leer vuestras opiniones sobre el capítulo.

-Bells :)