.

LO MAS INESPERADO

Candy se levantó de un humor pésimo. Debería sentirse aliviada por la llegada de sus primos pero, en realidad, tenía una opresión en el pecho que apenas le dejaba respirar. Mucho menos le había permitido dormir más de dos horas aquella noche.

Se arrastró cansada hasta la jofaina para despejar la mente echando agua fría sobre su rostro pero sabía que su aspecto no sería el mejor ni con eso. Su mirada recayó en la ventana, las primeras luces del alba comenzaban a brillar. Era temprano pero no podía seguir en su alcoba por más tiempo.

Pensó en la aflicción que la había mantenido en vela mientras se vestía. Días antes había deseado alejarse de aquel lugar con todas sus ansias pero ahora que el momento se acercaba, no podía evitar sentir cierto temor a hacerlo. Tal vez se debiese a que el momento de enfrentar a su padre estaba próximo y no era algo que le apeteciese demasiado. O tal vez fuese porque sabía que extrañaría a Janet. Se había convertido en una apreciada amiga para ella. La única, en realidad, pues ni a su hermana le había contado tantas intimidades como a ella. Desde luego no podía deberse a Albert y al hecho de que no volvería a verlo. Aquello, sin duda, era la mayor ventaja de todas.

Durante la velada de la noche anterior había sentido su mirada sobre ella en más de una ocasión. Trató de ignorarla pero, por más que lo intentase, sus ojos acababan encontrando el camino hacia los de él. Y le enfurecía descubrir cierta acusación en ellos pero más le frustraba no saber qué podía haber hecho para provocarla.

-Déjalo - se reprendió a sí misma - Ese hombre te odia desde el mismo instante en que posó sus ojos en ti. No necesita motivos para censurarte.

Entonces, ¿por qué la había besado? Porque es un hombre y la situación se puso demasiado ardiente, le contestó su subconsciente. Los odió por ello. A su conciencia por recordarle que sólo había sido un momento pasional y a Albert por dejarse llevar por él sin pensar en lo que aquello le acarrearía a ella y a su poco experimentada mente.

Bajó hasta la cocina, dispuesta a alimentar a su ruidoso estómago y a desaparecer del castillo antes de que alguien la descubriese. Necesitaba un tiempo a solas para quitarse el aturdimiento que la vigilia le había provocado.

Vagó sin rumbo fijo hasta que sus pasos la llevaron hasta el establo. Entró en él sin pensarlo y se acercó a los caballos.

Siempre le habían gustado y al parecer, el sentimiento era mutuo. Dejó pasar el tiempo mientras cepillaba a su caballo. No lo había vuelto a ver desde que había llegado a Duntulm pero comprobó que lo habían cuidado bien.

-Liam se ofenderá si te descubre haciendo su trabajo.

Candy cerró la puerta del cubículo antes de enfrentar a quien le hablaba. Conocía perfectamente aquella voz y era de la última persona que deseaba encontrarse en ese momento. Precisamente intentaba huir de él y del recuerdo de su beso.

-Dudo que se moleste porque haya venido a visitar a mi caballo - le dijo con la voz más neutra que logró entonar - sea quien sea Liam.

-Se toma muy en serio su trabajo - Albert dio un paso hacia ella - Pero tal vez puedas convencerme de mantener tu secreto.

-No tengo interés en ocultar que he estado aquí - fingió que recogía un poco de heno para su caballo, alejándose así de Albert - Además, probablemente ni estaré aquí para ver su reacción.

-Estarás deseando irte.

Había rabia contenida en sus palabras. Candy lo miró recelosa. Había supuesto que también él estaría deseando perderla de vista. Después de todo no hacían más que pelearse. La penetrante mirada de Albert provocó en ella un escalofrío pero no retiró la suya. Nunca había rehuido un enfrentamiento con él y no iba a empezar justo al final de su extraña relación. Por más que la perturbase su cercanía desde aquel fatídico día en que osó besarla para repudiarla después.

-No lo sabes bien - su voz sonó decidida y se felicitó por ello.

-Desde luego ahora puedo entender el por qué de tu interés por venir a Skye - dio otro paso hacia ella - Lo que me extraña es que no hayas desafiado antes a tu padre.

-¿A qué viene eso ahora? - lo miró con curiosidad.

-No finjas no saber de qué hablo. Está claro que seguirías a Alistair al fin del mundo - la acusó.

-A Alistair y a mi hermano - cruzó los brazos - pero nada de eso tiene que ver con mi interés por venir.

-Permíteme que lo dude.

Mientras hablaban, Albert se había ido acercando a ella. Ahora, a tan sólo un suspiro de ella, podía ver la intensidad de sus ojos verdes observándolo con interés. Unos ojos que lo habían estado torturando noche tras noche desde que descubrió que aquel enclenque muchacho era una mujer. La mujer más intrépida y de peor carácter que había conocido nunca.

No supo verlo venir antes de que sucediese pero desde que la había sentido estremecerse con sus caricias, ya no pudo dejar de pensar en ello. Le gustaba que lo desafiase, que no se amedrentase ante su amenazante presencia, que lo provocase constantemente aún así. Había empezado como un juego para él pero había sido claramente vencido por ella. Ya no podía negar que Candy White le atraía como ninguna otra mujer había logrado hacerlo. Jamás se cansaría de su refrescante vitalidad. Y lo frustraba y enfurecía a partes iguales saber que ella suspiraba por otros besos que no fueran los suyos.

-Déjate de insinuaciones, Albert, y dime de qué me estás acusando esta vez.

-No pretendo acusarte de nada, Candy.

-Permíteme que lo dude - le escupió sus propias palabras.

-Sólo resalto un hecho.

-Qué es... - lo animó a continuar.

-Tu interés en Alistair White.

-¿Mi qué?

-Está claro que has rechazado a los pretendientes de tu padre porque estás enamorada de él - le dijo, conteniendo a duras penas la acusación en su voz. Le dolía hasta decirlo.

-Alistair y yo - repitió incrédula - ¿Alistair y yo?

-No es necesario que lo repitas más. Ambos sabemos que es cierto.

La mente de Candy trabajó a marchas forzadas para asimilar la información, la falta de sueño no ayudaba, pero en cuanto procesó las palabras de Albert, le resultó imposible contener una sonora carcajada. No lo hacía para avergonzarlo o molestarlo, simplemente la idea de verse enamorada de Alistair le resultaba absurdamente ridícula.

-No entiendo que te hace tanta gracia - Albert contenía su enfado apretando la mandíbula mientras veía impotente cómo Candy sujetaba su estómago como si le doliese de tanto reír.

-Dios - inspiró para tratar de controlar la risa - Es lo más ridículo que he oído en mi vida.

Albert la miró con el ceño fruncido y un interrogante pintado en la cara. Dudó en darle explicaciones, se merecía quedarse con la duda, pero las palabras salieron solas.

-Stear es mi primo. Bueno, no por sangre, pero nos hemos criado como tal. Tengo tanto interés en él como podría tener en mi hermano.

-Bien - dijo Albert.

Candy no lo vio venir. Antes de que pudiese reaccionar, Albert la tenía acorralada contra la pared del establo y la besaba con desesperación. Podía sentir también el deseo y la necesidad en la forma en que sus labios se apoderaban de los suyos. Ante tal despliegue de sentimientos, sólo pudo hacer una cosa. Se aferró a él y le correspondió.

Lo oyó gemir ante su respuesta y sintió cómo se apretaba más contra ella. Sus sentidos se perdían en las sensaciones que el contacto con el cuerpo de Albert le provocaba. Sus manos sosteniéndole el rostro quemaban su piel allí donde la tocaban y le obligaban a inclinar la cabeza para que su boca tuviese un mayor acceso la suya. Le faltaba el aliento pero no hizo nada por buscar aire más allá de los labios de Albert.

Como en la vez anterior, Albert se separó de ella bruscamente y antes de verse humillada de nuevo, lo abofeteó con toda la fuerza que logró reunir. Al momento, una marca roja apareció en su mejilla. Sus ojos la miraban con sorpresa.

-¿Por qué has hecho eso? - la increpó.

-¿Por qué me has besado tú?

-Porque me apetecía - le contestó más brusco de lo que quería haber sonado.

-Pues ahí tienes mi respuesta.

Intentó alejarse de él pero se lo impidió sujetándola por la muñeca. Sus miradas se enfrentaron una vez más. Había desafío en la de Albert.

-No podrás huir de mí - le dijo - Ahora ya no.

-En eso te equivocas - dijo ella triunfante - Me iré con mis primos y jamás volveremos a vernos.

Y por más que lo hubiese dicho para disgustarlo, sintió que era ella la que se sentía morir ante ese hecho.

CONTINUARA