Décimo Tercer Secreto: El último sacrificio.
Lana se despertó repentinamente y miró alrededor sin poder entender como había llegado a su cama o por qué estaba desnuda. Lo último que recordaba era estar en el sofá tomando tequila con Jenn y luego…
-Oh no, no, no, no – susurró enérgicamente tapándose con las sábanas y teniendo algunos flashes de la noche anterior.
Jenn besándola, Jenn tomándola dulcemente, Jenn entre sus piernas lamiendo su coño sin despegar sus ojos de ella. Ella gimiendo y gritando su nombre.
-Pero ¿qué cojones hemos hecho? – se tiró suavemente del cabello.
Además estaba sola, no había señal de Jennifer por ningún sitio. Seguro, como siempre se había marchado luego de acostarse con ella. Vamos, más de lo de siempre. Un sonido en su cocina la hizo darse cuenta de qué estaba divagando. Jenn seguía allí. Apareció al cabo de unos minutos y le sonrió de manera sumisa. Vestía sólo su camiseta y las bragas, traía una bandeja que colocó frente a ella.
-Estás despierta, ¿eh? – la observó unos segundos en silencio - seguro tendrás resaca si no comes algo – le dijo sentándose al borde de la cama.
-Jenn, esto…
-No lo digas, por favor – la rubia la interrumpió – no digas que fue un error, no quiero oírlo – las dos se quedaron en silencio -, pero sabía que esto iba a pasar, no estaba tan borracha – sonrió ligeramente.
-Lo siento tanto – Lana se pasó los dedos por la frente – no debería haber sucedido.
-Lo sé, pero eres muy difícil de resistir cuando te emborrachas y te desnudas para mí – Jennifer hizo un gesto de disculpa – sobre todo si tengo unos grados de alcohol en la sangre – suspiró, pero le regaló una sonrisa – lamento no haberme podido contener.
-No, joder, Jenn – Lana se acercó a ella y apoyó su frente contra el hombro de la rubia – te he hecho daño, he pasado por encima de tus deseos.
-Bueno, yo no ayudé mucho tampoco y, aunque no lo recuerdes, no tuve sexo contigo anoche – Jenn levantó la mandíbula de la morena para que la mirara – anoche te hice el amor – vio como Lana cerró los ojos ante sus palabras – no quería que fuera algo trivial porque me juré que no volvería a ser así – luego bajó los ojos con aire taciturno – aunque tampoco será para toda la vida como hubiera deseado.
Lana acarició dulcemente la mejilla de Jennifer que mostraba una – hace mucho tiempo que no me parecías tan dañada.
-Estoy bien, te lo prometo – Jenn se separó de Lana y comenzó a vestirme -, pero voy a marcharme ahora.
-¿Por qué? – preguntó la morena.
-Porque esto es incómodo para mí ahora mismo, ¿sabes? – Jenn sonrió lastimosamente – y porque creo que necesitas un poco de espacio para pensar un poco en ti, en esto – dijo colocándose sus zapatos.
-Jenn, no hace falta que te vayas.
-Sí, sí que hace falta, mi amor – usó el apelativo porque necesitaba decirlo y le dio un beso en la mejilla – tomate unos días y cuando estés lista, llámame.
-¿Debería…?
-¿Decirle a Joy? – quiso saber Jennifer al ver que la morena se silenció – eso es algo que debes decidir tú, pero creo que sería justo que tuviera toda la información, no está bien empezar una relación, si es que eso fuera a pasar, con un secreto – Morrison suspiró - por eso te contamos que hemos estado quedando últimamente.
-Sí, creo que tienes razón – dijo la morena y la rubia levantó la mano en forma de despedida.
Se marchó y Lana no podía culparla. Se tomó de la cabeza que no sólo empezaba a doler por la deshidratación debido al alcohol. Desayunó aquel cargado café y las tostadas que Jenn le había preparado antes de marcharse, pensando que aquel era un detalle precioso para una persona que se había comportado de una forma detestable.
Recordó parte de lo ocurrido la noche anterior y no fue la única porque caminó a casa, Jenn estaba igual de hundida en ese recuerdo.
Lana y Jenn llegaron de un paseo por una zona de senderismo, habían salido por la tarde y era hora de cenar. Lana le ofreció una ducha en su habitación de invitados y ella se metió su baño personal. Cenaron y decidieron tomar un trago de tequila. Un trago que se convirtió en 5 más.
Lana se reía de las tonterías que Jenn le contaba sobre el rodaje – Eres una idiota cuando quieres, Morrison.
-Ya me conoces – la rubia se encogió de hombros – tenía que aprovechar la oportunidad para conseguir unas tomas falsas.
-A costa de unos pobres actores distraídos – la morena hizo un gesto divertido.
-Haber elegido trato – se excusó Jenn sonriendo y se quedó quieta al ver a su compañera reír relajadamente. La observó un momento en silencio, era tan bella.
-¿Qué tanto me miras? – preguntó Lana sin siquiera mirarla, dejando claro que percibía su vigilancia.
-Miraba lo preciosa que te ves cuando sonríes o te ríes – Jenn no lo ocultó – desearía que siempre sonrieras así, sin tequila de por medio en lo posible.
La morena se quedó viéndola unos segundos antes de acercarse unos centímetros.
-¿Te he dicho que hoy te ves guapísima? – susurró Lana de manera sugerente, sin ningún reparo por ocultar su interés.
-Creo que has bebido demasiado – Jennifer le arrebató el pequeño vaso de las manos por mucho que se quejó – no deberías seguir por dónde vas, porque no te marchas a dormir todo ese tequila.
-¿Por qué parar? – preguntó la morena – llevas casi tres semanas así, evadiéndome.
-Y hace solo unos días hablamos de por qué lo hacía, Lana – Jennifer sonrió – creí que habías entendido.
La morena se levantó de su sitio y Jennifer pensó que se marcharía irritada a dormir o algo parecido, pero, contrario a lo que suponía, Lana giró sobre sí misma y sin que la rubia tuviera tiempo para evitarlo se sentó en sus rodillas.
-¿Acaso no me deseas? – murmuró, su voz sonó unas octavas más baja de lo normal y su aliento le causó escalofríos en la piel a la rubia - ¿Acaso no te das cuentas de cuánto te deseo yo?
-Por supuesto que te deseo, estaría loca si no te deseara – confesó Jenn a quién la cercanía, la sensualidad de Lana y el tequila estaban fustigando en dirección a perder el control.
-Entonces, ¿por qué resistirse? – Lana bajó los tirantes del vestido que llevaba descubriendo sus pechos desnudos.
-No, no hagas eso, por favor – suplicó Jenn intentando que la morena se tapara – si seguimos te arrepentirás mañana y puede que a mí se me rompa el corazón – dijo lo último en un susurro que se fue perdiendo a medida que los pechos de Lana se acercaban más a su cuerpo – eres la tentación encarnada – agregó agudamente.
-Una vez, hace años, no me permitiste decirte que no y estoy harta de este juego – la morena aprovechó Jenn se estaba haciendo hacia atrás para alejarse y dejó un beso caliente, muy húmedo, en su mandíbula - ¿recuerdas la noche que nos despedimos de la serie? Te dije que no, te dije basta mil veces y tú no pudiste parar – Lana batalló con la camiseta de Jennifer sin conseguir sacársela – tengo derecho a una compensación – su boca se enredó con la oreja de la rubia, mordiéndole el lóbulo y consiguiendo un jadeo – por favor, Jenn, sabes que quieres.
-Quiero, claro que quiero, pero Lana…
-Pero nada – la morena la besó de manera lujuriosa y Jennifer supo que no podría evitarla más, que su cuerpo la deseaba demasiado. Iba a doler, pero no podía soportarlo más.
La llevó hasta su habitación, conocía perfectamente el camino y recostó a Lana en la cama quitándole el vestido del todo. La observó con los ojos llenos de deseo, pero también de otra cosa.
-En lo que a mí respecta – le susurró estirándose sobre ella dulcemente – hoy voy a hacerte el amor, Lana – afirmó acariciándola – no voy a follarte, no va a ser sólo sexo, voy a hacerte mía con todo el amor que te tengo.
Se quitó la ropa y dedicó las siguientes horas a acariciar a Lana con la sensación de una primera vez que podría ser la última. Con el sosiego de poder acariciar esa piel que tanto había añorado durante las últimas semanas, pero también con el desvelo de un corazón que siente que lo siguiente por venir puede ser un adiós.
La hizo suya meneando las caderas contra la morena, sintiendo su interior húmedo cerrarse alrededor de sus dedos cuando llegaba al clímax recordándole lo mucho que la amaba. Luego entre sus piernas bebió cada gota de placer que la morena ofreció a su boca y no se detuvo hasta que no la oyó gritar de nuevo su nombre. Le había hecho el amor, ambas lo sabían. Lana lo recordaba con una enorme sensación de vergüenza por prácticamente haber obligado a Jennifer a hacerlo, por haberle provocado la mirada triste con la que se despidió de ella. Jennifer por su parte se marchó a casa recordando algo más, algo que Lana no tenía en su memoria. Como en medio de los estertores del orgasmo, Lana había alzado su voz y anunciado con firmeza una inesperada confesión final.
-Te amo, Jenn, te amo – había dicho provocando que el corazón de la rubia se detuviera en ese instante – te amo tanto, mi amor.
Puede que Lana no volviera a recordarlo nunca, puede que no tuviera otra cosa que el recuerdo de ese momento difuso y descuidado, puede que sólo fuera un impulso orgásmico, pero por la razón que fuera lo había dicho, lo había exclamado como si fuera su única certeza. Bastaba para Jenn, al menos por ahora.
Lana llegó a casa de Joy de improviso aquel día. La antropóloga que no la esperaba vio en su gesto una advertencia. Algo había sucedido.
-¿Va todo bien? – preguntó al verla pasar, pero quedarse en el rellano.
-Sí, o no, ha pasado algo – anunció Lana – y creo que necesitas saberlo, creo que la honestidad es la única moneda que puedo jugarme en esta situación.
-¿Qué ha pasado? – le preguntó.
-Jennifer y yo nos acostamos anoche – expuso sin mayores florituras la actriz – fue producto de una borrachera mal manejada, pero de no deja de ser lo que es.
-Finalmente, una de las dos se ha quebrado – comentó Joy con un suspiro - ¿has tomado ya la decisión de darle una oportunidad?
-No, yo no estoy segura – reveló Lana – no sé si eso es lo que quiero.
Joy miró un momento a Lana – hubiera preferido que me dijeras lo contrario.
-¿Qué la eligiera a ella? – quiso saber la morena.
-No, que hubieras tomado ya una decisión – la antropóloga se rascó la cabeza – no podemos seguir así, Lana, es muy dificultoso – tragó saliva – yo agradezco tu honestidad, pero ya es demasiado para procesar de por sí.
-Entiendo.
-Necesito unos días, un poco de distancia, ¿sabes? – le pidió Joy – una vez te lo dije, aquí hay un corazón y fue por él que nunca quise dejarme llevar – sonrió para calmar el sinsabor en el rostro de la morena – y me alegro mucho de haber sido fiel a esa promesa, no quisiera estar en los zapatos de Jennifer ahora mismo.
-¿Prefieres esto?
-Claro que sí – aseguró Joy – tú y yo si esto no ocurre al cabo de un tiempo podremos volver a ser amigas, te quedes con Jenn o con alguien más, no hemos roto los límites, pero ella será incapaz de intentar una amistad contigo porque te ama y porque ambas han tomado cada cosa que la otra tenía para ofrecer, ya no les queda nada.
-¿Debería elegirla? – le preguntó Lana – ¿Eso es lo que intentas decir?
-Lo que intento decir es que deberías elegir de una vez, una de nosotras o ninguna, pero no puedes seguir como hasta ahora – Joy suspiró y le regaló una sonrisa sosegada – las tres necesitamos pasar página – hizo un gesto con la cabeza – ahora ve, piensa y cuando sepas que quieres en verdad vuelve a contarme, eres una persona maravillosa y te mereces una vida más sencilla que jugar entre tres un juego que es sólo para dos.
-Así que ahora estás sola de nuevo – comentó Bex cuando Lana le contó la situación actual de su doble relación – y ellas se reúnen a beber por ti.
-Algo así.
-Igual se lían entre ellas y te lo resuelven – indicó la pelirroja- podrías explorar el poliamor.
-Deja de decir estupideces – le recriminó Lana.
-¿Qué pasa? ¿Te gusta que te compartan, pero no compartir? – la chinchó Bex y se ganó un gesto de evidente desagrado de su hermana en la ficción – que egoísta.
-En serio, no hagas bromas – concluyó Lana – ni compartir, ni que me compartan, lo que deseo es, por una vez, hacerles caso y tomar la decisión que debo.
Bex tomó aire profundamente y luego lo soltó – Lana, cariño, hace tiempo que ese barco ha zarpado y hace tiempo que tú ya sabes lo que quieres, lo que pasó con Jennifer es una muestra más de eso mismo.
-Pudo haber pasado con Joy también – se defendió Lana.
-Pero no sucedió con ella y tú deberías dejar de negarte a lo que es evidente – expuso la pelirroja – por mucho que me pese ya que mi bando no sería el elegido, tú amas a Jennifer y ese amor, a veces nocivo y tóxico que ha pasado eras sin conseguir consumarse de verdad, siempre estará presente entre las dos.
-Entonces, ¿por qué estoy tan confusa?
-Eso es algo que debes preguntarte tú misma – indicó Bex – si es que la confusión es porque en realidad te atrae Joy y sientes algo por ella o si es una excusa, una bastante sensual excusa, para no dejarte llevar con Jennifer.
-¿Crees que me estoy engañando con todo esto? – le preguntó la morena.
-Creo que tienes que reflexionar más en esto que sobre a cuál de las dos quieres más, porque eso está más que claro para todos, incluso para ti.
-O sea que sí que crees que me estoy engañando – concluyó Lana.
-Sí – le respondió Bex -, pero en ese auto-engaño estás arrastrando a dos mujeres que a su manera, con sus defectos y virtudes, te están dando su amor – hizo una pausa antes de agregar – Joy tiene razón, cariño, o con alguna o con ninguna, pero debes tomar una decisión.
Jennifer se sentó en la barra del bar - ¿Alguna novedad? – preguntó mientras le servían lo de siempre.
-Me ofrecieron participar de un proyecto en Honduras durante una temporada – explicó Joy -, pero si te refieres a Lana, no, nada.
-Oh, yo tampoco – contestó Jenn.
-Hoy subió una foto – Joy vio como Jennifer la observó – no la estaba stalkeando, sólo apareció en mi inicio – aclaró y la rubia se rió – estaba con Bex.
-¿Crees que fue en busca de consejo? – le cuestionó Jenn.
-Es lo que hacen los amigos, ¿no? – expuso Joy.
-¿Y qué hay de ese proyecto tuyo? – quiso saber la rubia.
-Bien, son 3 meses en el exterior juzgando restos de escritura precolombina que estaba en el interior de una pirámide – le contó la antropóloga.
-Puedes decir "Mayas" – comentó la rubia – sé que en esa zona estaban los mayas.
-Vale, lo siento, no es información tan común aunque debería serlo – expuso la antropóloga.
-¿Y quieres ir? – le cuestionó Morrison.
-No lo sé – Joy suspiró – una parte de mi quiere, pero la otra no tanto – Joy bebió de su whisky – académicamente sería genial.
-Me marcho – anunció Jennifer de repente – mañana – dijo.
-¿Qué? ¿Por qué? – quiso saber Joy.
-Porque creo que estar aquí es seguir presionándola y no quiero sentir que estoy sofocándola – la rubia sonrió de medio lado.
-Si sientes que debes hacerlo, lo entiendo – Joy observó a la rubia – voy a extrañar nuestras rondas de whisky penoso.
-Lo mismo digo – estuvo de acuerdo Jenn – oye si en el futuro las cosas mejoran y esta situación se resuelve, me gustaría poder llamarte y ver que tal estás.
-No si yo te llamo primero – ambas se rieron – en primer lugar prometo llamar para contarte si me voy o no.
-Me parece una buena idea – Jenn puso una mano en el hombro de Joy – y si para cuando te vayas estoy por L.A. nuevamente te daré un aventón al aeropuerto si lo necesitas.
-Hasta pronto, Jenn.
-Hasta pronto, Joy.
Joy hizo un gesto de cansancio por enésima vez en la mañana siguiente a su conversación con Jennifer. No había tenido novedades de Lana desde entonces he imaginaba que la rubia todavía no había hablado con ella sobre su marcha de L.A.
Max la observó por sobre el tratado que estaba analizando cuando resopló.
-Resoplar no hará que estos tratados sean más interesantes – sentenció la psicóloga.
-Lo sé – Joy se tomó la cabeza un momento – no consigo concentrarme.
-¿Cansancio o Lana?
-Opción B – confesó la antropóloga – aunque es también un poco de cansancio.
-¿Qué ha sucedido? – quiso saber Max.
-Nada, ese es el problema, lleva un tiempo en que nada importante sucede y es complicado seguir en este punto muerto – explicó Joy.
-Esto tiene que ver con esa mujer, ¿verdad? – quiso saber Max – Jennifer Morrison.
-¿Cómo sabes lo de Jennifer? – la castaña tenía los ojos como platos al escuchar las palabras de su amiga - ¿Desde cuándo?
-Desde esa misma noche, la del evento – relató la psicóloga – las vi besándose en el balcón.
-¿Y aun así me incentivaste a acercarme a ella? – Joy meneó la cabeza - ¿Por qué?
-Porque querías hacerlo, Joy – reveló la latina - ¿y quién era yo para impedírtelo?
-¿Mi amiga? – cuestionó la antropóloga.
-Y porque lo soy es que no me he opuesto, porque tus decisiones son tuyas y de nadie más – Max suspiró con fuerza – yo no podía impedir algo que no sabía cómo acabaría.
-¿Y qué piensas de mi ahora? – preguntó Joy – ahora que sabes en qué ha terminado todo esto, ¿qué piensas de una tía que ha acabado en un triángulo con otras dos mujeres por propia voluntad?
-Experiencias son experiencias – Max sonrió ligeramente - ¿La quieres? ¿A Lana? ¿Te has enamorado de ella?
Joy suspiró – la quiero, es una mujer increíble, pero sabes que el amor es algo que lleva su tiempo y mi tiempo con Lana siempre ha sido parcial.
-¿Quieres decir que no estás enamorada de ella?
-Bueno, me interesa mucho, pero no lo estoy del todo, aunque hubo un momento que me confundió mucho – reveló la castaña – el estrés de estas últimos días ha ido corrompiendo esto.
-¿Estás diciendo que no quieres tener esa clase de relación con ella? – le preguntó Max.
-Digo que no va a elegirme, creía que lo haría, creí que podría ser algo especial entre las dos, pero no va a funcionar nunca – la antropóloga sonrió con tristeza – lo quiera o no, está enamorada de Jennifer.
-¿Por qué no la ayudas, entonces? – preguntó Max - ¿Por qué no te abres del juego?
-Lo haría, pero no dejo de pensar que debe tomar esta decisión por su cuenta, si alguien va a jugarse por un amor debe jugárselo con todo el corazón, contra todos los obstáculos, incluso contra sus propios temores.
La latina hizo un gesto de entendimiento – Estoy de acuerdo, ¿crees que lo hará?
-Creo que sí, pronto se dará cuenta que está ciudad no es la misma que antes y sabrá por qué – declaró la castaña.
Max sonrió y se levantó – Parece que lo tienes todo controlado.
Joy la detuvo antes de que se marchara para hacerle otra interrogación - ¿Cómo has podido ver el beso de Jenn y Lana? Yo lo vi porque estaba de frente, pero tú…
-Porque tu rostro cambió un segundo mirando detrás de nosotros y seguí tu mirada – expuso la psicóloga.
-¿Cómo pudiste ver algo así? Tendrías que estar muy atenta mirándome, fue un microsegundo – comentó Joy.
Max se alejó hacia la puerta y antes de marcharse, respondió – porque yo siempre te estoy mirando, Joy, siempre.
Jennifer tocó la puerta de Lana sintiéndose abrumada por tener que decir adiós, pero era lo mejor. Sí, lo mejor. La morena abrió la puerta y la invitó a pasar, pero ella se negó.
-Sólo he venido un momento – explicó.
-¿No quieres pasar siquiera? – le preguntó Lana.
Jennifer se encogió de hombros – no, menos aún hoy, sólo he venido a despedirme.
-¿Qué? – Lana meneó la cabeza y pestañeó con confusión - ¿A dónde vas?
-A New York – explicó – al trabajo, a las cosas que me apasionan además de ti.
-¿Por qué? – la morena sintió que su corazón se iba a romper - ¿Es por lo que pasó la otra noche?
-No, no, Lana – le aseguró Jenn – lo que pasó la otra noche fue un bello momento que no me arrepentiría de haber compartido contigo jamás, mi amor.
-Entonces, ¿por qué te vas? – las lagrimas se agolparon en los ojos de la morena.
-Míranos, guapa, estamos estresadas, descontentas con esta mierda de situación, tú te sientes presionada y tu decisión parece no llegar nunca – Jennifer aguantó las lágrimas todo lo que pudo, pero ver a la mujer que amaba tan dolida no ayudaba así que la empatía y el dolor de pensar en no ver a Lana pudo más – estamos las tres en el borde del precipicio, ¿acaso no lo notas? – quitó las huellas de las lágrimas de Lana de sus mejillas mientras derramaba las suyas – y esa decisión no llegará mientras no seas libre para elegir, mientras no tengas el espacio para entenderte.
-¿Y crees que irte a miles de millas de aquí me dará eso? – Lana agudizó la voz al cuestionarlo - ¿Crees que vas a resolverlo huyendo?
-No, no estoy huyendo de ti, Lana – le explicó Jennifer – en absoluto, lo que hago es intentar que tú no sigas huyendo de ti.
-¿A qué te refieres? Yo no estoy huyendo.
-Creo que sabes que sí, estás huyendo de todo esto, de esta posibilidad porque tienes miedo y lo entiendo, lo he jodido y esperaba poder compensarte, pero creo que lo he jodido demasiado – Jennifer hizo gesto de dolor y lloró con fuerza – no puedo dejar que te lastimes y que lastimes a alguien más por mi culpa, debo renunciar para darte la libertad que necesitas de una vez por todas.
-No sé si podría seguir sin ti – expuso Lana – te necesito desde siempre.
-Y me tienes, pero siempre hemos enfocado mal este asunto, mi amor – la rubia le dio un beso en la frente intentando serenar el llanto de la morena y con los labios en su piel dijo – tu felicidad no puede depender de otra persona, debe depender de ti misma.
-¿Qué quieres decir? – preguntó la morena.
-Que llevamos semanas compitiendo por tu felicidad y haciéndote pasar por apuros, cuando lo que sería importante es que pudieras ser feliz sin la necesidad de estar con una de nosotras – Jenn detuvo la mirada en los ojos de Lana – para poder elegir con quien compartir tu felicidad, primero deberías tener la certeza de que puedes y quieres feliz y yo tengo la certeza de que elijas lo que elijas estaré complacida de ver como lo consigues.
-¿Y para que pueda tener esa felicidad crees que lo mejor es marcharte?
-Estoy segura – la rubia sonrió – pase lo que pase, sé que te estaré esperando, pero esta búsqueda es tuya, es algo personal – afirmó – ya te he mostrado lo mejor que puedo darte y también has vivido lo peor, es lo que soy y no puedo seguir robándote momentos.
-Lo siento, todo esto ha sido mi culpa, debería haber sido capaz de tomar una decisión hace mucho – Lana se abrazó a Jenn intentando que no se le escapara, pero sabiendo que cuando se separara estaría a punto de dejar de verla – me había acostumbrado a tenerte cerca.
-Disfrute mucho de estos días juntas, ha sido un placer cada segundo – Jenn se separó de los brazos de Lana – te amo muchísimo, preciosa mía, eres el amor de mi vida y siempre lo serás – besó sus labios una última vez porque deseaba quedarse con la sensación ante la incertidumbre.
La dejó sin volver a mirarla porque si se giraba todo iba a estar perdido y correría a consolarla, pero sabía que debía hacer este último sacrificio. Era Lana la que debía luchar por su felicidad, ella ya había jugado hasta su última carta, darle libertad total.
Una semana había pasado desde que Jennifer llegara a New York nuevamente. Una semana de refugiarse en su trabajo, en los proyectos, en cambiar su piso para sentirlo más su hogar. Al caer la tarde, cuando ya estaba en su sofá descansando, recordó que tenía pendiente una llamada.
La línea dio dos tonos antes de que respondieran.
-Morrison – dijo la voz femenina del otro lado.
-Mc Gregor – contestó ella – oye, si tendremos las mismas iniciales y todo.
-¿Segura que no eres alguna hermana perdida? – preguntó Joy.
-No, no tienes tanta suerte.
La antropóloga rió - ¿Qué tal la vuelta al trabajo?
-Estupenda – contestó la rubia – aunque ya tenía ganas de que fuera fin de semana para poder estar un poco a mi aire.
-Es un comportamiento muy humano ese de adorar el fin de semana como si fuera un ídolo mundano.
-Deja de hablar como científica y habla en normal, anda.
-Que aburrida.
-¿Y tú? ¿Irás a Honduras?
-Aún no decido – confesó Joy -, pero estoy más cerca de allí que de aquí.
-Tendrás que avisarme si – el sonido de la puerta de su piso llamó la atención de Jennifer – oye, están tocando a mi puerta.
-Qué casualidad, también están tocando a la mía.
-Debemos parar con eso de coincidir – Jenn oyó como del otro lado de la línea volvían a insistir con el timbre – te dejo, parece que alguien está ansioso por verte – y su propio timbre sonó entonces.
-Parece que a ti también, hablamos, ciao.
Joy y Jenn dejaron sus teléfonos y se acercaron a sus respectivas puertas.
-Voy – dijeron las dos a la vez al tercer toque, aunque no lo sabían a kilómetros de distancia. Se acercaron a su puerta y la abrieron.
Ambas se sorprendieron de ver a la persona que estaba del otro lado y ambas sonrieron también.
