Aclaración:

Los personajes de Naruto son propiedad de Masashi Kishimoto, yo solo los tomo prestados para la adaptación.

La historia es una adaptación, al final estará el nombre original y autor


«23»


«Y que ella demuestre ser
digna de tu amor...»

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Hinata se sentó y agitó la cabeza para quitarse el pelo de los ojos.

—¿Qué haces aquí?

Naruto colocó su candelabro de peltre sobre una pequeña repisa que sobresalía de la cabecera de la cama, creando un acogedor nido de luz.

—No quería que se me acusara de descuidar mis deberes de mando. Dudo que mi reputación pudiera soportar ese golpe.

Ella pareció reflexionar sobre sus palabras un minuto; después se tendió de espaldas.

—Si tu único objetivo es engendrar un heredero en mí, entonces podrías saltarte los detallitos y adelante.

—¿Los detallitos? — repitió él, fascinado por ese nuevo capricho.

—Bueno, ya sabes, los besos... las caricias. — Le hizo un gesto desdeñoso con la mano—. Todas esas tontas molestias.

—¿O sea que no quieres que te bese?

—No le veo el sentido, ¿tú lo ves?

Naruto mantuvo la expresión intencionadamente inocente.

—¿En ninguna parte?

Estaba lo suficientemente cerca para ver el movimiento convulsivo de su garganta y oír su respiración ligeramente entrecortada. Ella echó atrás la ropa de cama y fijó la vista en el cielo del dosel.

—Simplemente me tapas cuando hayas acabado. El aire está bastante frío.

Ciertamente lo estaba; pero eso no tenía nada que ver con las omnipresentes corrientes de aire de la cavernosa casa y todo que ver con la hosca expresión y la postura rígida de su mujer. Tenía el aspecto de estar esperando que el boticario le arrancara una muela infectada. Naruto tuvo que morderse el interior de las mejillas para no sonreír.

—Tendré que levantarte el camisón — le advirtió—. Eso no será demasiada molestia, ¿verdad?

Ella exhaló un largo y sufrido suspiro y giró la cara hacia el otro lado.

—Supongo que no hay forma de saltarse eso.

Cerró los ojos cuando él deslizó sus cálidas manos por sus largas y sedosas piernas subiéndole el camisón hasta más arriba de las caderas. Él retuvo el aliento. A la luz de la vela ella parecía un ángel: toda sedosos rizos oscuros y piel blanca.

—Y tal vez nos facilitará a los dos las cosas si te toco... aquí.

Ella entreabrió los labios en una exclamación muda. Naruto tuvo que tragarse un gemido. Aunque no había hecho nada para merecer esa bendición, ella estaba tan preparada para él como él para ella. Se quitó la bata de satén, agradeciendo el no haberse molestado en ponerse los pantalones antes de emprender el largo camino hacia su habitación.

—Si es demasiada molestia para ti rodearme con tus brazos, tal vez sea mejor que yo te coja las manos así.

Suavemente entrelazó los dedos con los de ella, levantándole las manos hasta dejarlas reposando a cada lado de la cabeza, donde quedaron palma con palma.

Ella le apretó las manos cuando él se puso encima y la penetró en un solo y suave movimiento. Naruto tuvo que cerrar los ojos para controlar una salvaje oleada de sensación. Jamás había soñado que alguna mujer pudiera ser tan dulcemente sedosa, tan ardiente, tan estrecha. Cuando empezó a moverse dentro de ella, ella lo envolvió como si hubiera sido hecha para él, sólo para él.

Cuando abrió los ojos, ella lo estaba mirando por entre las pestañas, sus labios entreabiertos y sus luminosos ojos empañados de deseo.

—¿Estás segura de que no quieres que te bese? — le susurró con la voz espesa de pasión.

Ella sacó la lengua para mojarse los labios.

—Bueno, tal vez una vez...

Él la besó una sola vez, un solo beso que continuó y continuó, su ritmo profundo y primitivo siguiendo el ritmo hipnótico de sus caderas y de cada atronador latido de su corazón. No deseaba que acabara jamás, ni el acto de amor ni el beso. Pero su cuerpo no podía diferir el final eternamente. Resuelto a demostrarle a Hinata lo que era capaz de conseguir sin los «detallitos», posicionó las caderas de modo que cada envite lo pusiera en contacto con esa perla anidada en el punto capital entre su vello.

La sintió llegar al éxtasis del orgasmo y comprendió que no tenía más remedio que seguirla. Cuando se desplomó sobre ella, tratando de recuperar el aliento, lo último que esperaba era oír su resuelta vocecita en el oído.

—Has hecho lo que viniste a hacer. Ahora puedes irte.

Levantó lentamente la cabeza.

Hinata estaba mirando fijamente hacia un punto encima de su hombro derecho, tratando de fingir que su delicioso cuerpo no seguía estremeciéndose en reacción al trascendental placer que acababan de experimentar juntos.

—¿Se me despide?

—No, se te disculpa. Trabajo bien hecho y todas esas bobadas.

Una parte de él no deseaba otra cosa que cogerla en sus brazos y tenerla abrazada hasta que empezara a entrar la luz de la aurora en la habitación. Pero había renunciado a ese derecho cuando le esbozó las condiciones de su matrimonio en términos tan fríos. Maldiciendo en silencio su falta de previsión, le bajó suavemente el camisón, la cubrió con la colcha, metiéndosela por los lados, y luego se puso su bata y cogió el candelabro.

Se bajó de la cama, contó hasta diez y asomó la cabeza por entre las cortinas. Hinata estaba de espaldas, con los ojos cerrados y los brazos levantados. Su expresión hosca se había transformado en una de éxtasis.

Naruto se aclaró la garganta. Ella se sentó tan rápido que se golpeó la cabeza en la cabecera. Frotándose la cabeza, lo miró por en medio de un mechón de pelo.

—Creí que te habías marchado.

Él se apoyó en el poste de la cama.

—He estado pensando que tal vez no deberíamos apresurarnos tanto en saltarnos los detallitos. Pensándolo bien, son bastante... agradables.

Ella jugueteó con la cinta del cuello del camisón.

—Bueno, si crees que te hará menos fastidiosa la tarea...

—Ah, creo que a los dos nos hará menos fastidiosa la tarea. ¿Te lo demuestro?

Ella agrandó los ojos cuando él volvió a quitarse la bata y volvió a meterse en su cama.

Naruto Namikaze podía tener la cara de un ángel, pero por la noche era un demonio que le robaba el alma a Hinata, despreciándole el corazón. Aunque le había dicho que le gustaban los detallitos, las cosas que le hacía a su ansioso y joven cuerpo no eran puramente agradables sino deliciosamente picaras; algunas eran incluso francamente perversas.

Hinata se aficionó a pudrirse en la cama todas las mañanas hasta las diez o las once, tratando de postergar el momento en que tendría que enfrentar a ese desconocido frío que no se parecía en lo más mínimo al hombre de sangre caliente que la había llevado a un delirante y estremecido placer sólo unas horas antes. Cuanto más ardientes eran sus relaciones sexuales, más frío y distante se volvía él, hasta que incluso su prima empezó a sentirse frustrada por su reserva y murmullos evasivos.

Una noche durante la cena, después que él se disculpó para ir a encerrarse nuevamente en el estudio, Sakura dejó la servilleta en su plato.

—¿Cómo era? — preguntó, volviendo su feroz mirada hacia Hinata. Hinata se quedó paralizada, con el tenedor con salmón al curry a medio camino hacia la boca.

—¿Cómo era qué?

—Ese Nicholas tuyo. ¿Cómo era? ¿Qué tipo de hombre era?

Hinata bajó el tenedor, y sus labios se suavizaron en una triste sonrisa.

—Era amable y tierno, tenía un humor bastante agudo. Era de naturaleza un poco desconfiada. Pero supongo que eso es comprensible — reconoció, limpiándose la boca con la servilleta—. Tenía su poco de mal genio también. Si lo hubieras visto cuando descubrió que yo le había conseguido el puesto de nuevo párroco sin consultarlo con él primero. Estuvo muchísimo rato sin poder hablar. A cada momento se paraba a mirarme moviendo la cabeza y pasándose la mano por el pelo, y se fue poniendo cada vez más rojo hasta que yo creí que iba a explotar.

Sakura dejó su silla y fue a sentarse en una al lado de ella.

—Ay, cuéntame. ¿Y le dio una buena pataleta? Yo siempre deseaba que le diera una cuando mi tío le pegaba con la varilla, pero él era demasiado orgulloso. Recibía la paliza, y lloraba.

Por un minuto Hinata pensó que se iba a poner a llorar. Pero se sorprendió cogiéndole la mano a Sakura y apretándosela suavemente.

—Si querías ver una buena pataleta tendrías que haber estado ahí cuando conoció a mi hermanita. Hanabi le soltó sus gatitos en la cama y él pensó que eran ratas.

—Eso no me sorprende nada. Desde que regresó he tenido a mi Bola de Nieve encerrada en el ala norte. Naruto nunca ha podido soportar los gatos. Es igual que nuestro tío Ashina en ese aspecto.

—¡Ja! Deberías preguntarle por la gatita amarilla que lo seguía por toda la granja. Una mañana cuando él creía que no había nadie mirando, lo sorprendí besándole la naricita y metiéndosela en el bolsillo de la chaqueta. Y deberías haberlos visto a los dos bien acurrucados en el...

Dándose cuenta de que el lacayo que las atendía estaba con el cuello estirado junto al aparador para oír la conversación, se inclinó a terminar la frase susurrándole al oído. Sakura soltó una ronca carcajada.

Sus agotados ojos ya empezaban a ver borrosas las interminables columnas de números anotadas con la pulcra letra de Sakura cuando oyó un sonido que jamás había oído dentro de los gruesos muros de piedra de Uzumaki Hall: musicales risas femeninas.

Lentamente se puso de pie y cerró el libro de cuentas.

El sonido era tan irresistible como un canto de sirena. Siguiéndolo llegó hasta la puerta del comedor. Su mujer y su prima estaban sentadas con las cabezas juntas, riendo y susurrando entre ellas como si fueran amigas de toda la vida.

Cuando su mirada siguió el hermoso perfil de Hinata, sintió un extraño dolor en la parte baja del pecho. No la había oído reír así desde esa soleada mañana cuando estaban los dos en la escalinata de la iglesia Saint Michael, hacía una eternidad.

Podría haberse quedado eternamente ahí observándola si el lacayo no se hubiera aclarado intencionadamente la garganta. Hinata y Sakura giraron bruscamente sus cabezas, se desvanecieron sus sonrisas y sus ojos se tornaron recelosos.

—Perdonen la interrupción — dijo él fríamente—. Me dejé aquí el Times.

Se metió el diario bajo el brazo y volvió al estudio a largas zancadas, sintiéndose más intruso que nunca en su propia casa.

Unos días después, una fría y lluviosa tarde, Naruto iba en dirección al estudio para pasar otras interminables horas revisando la situación de sus propiedades aparentemente infinitas, cuando oyó un curiosísimo sonido detrás de él. Silencio absoluto. Se detuvo y ladeó la cabeza. No se oían resuellos, no se oía el clac clac de uñas sobre el mármol, ni ruido de pelea por el puesto. Se giró.

No había perros.

Calibán y Cerbero habían sido sus compañeros inseparables desde que regresara de Konoha. Incluso dormitaban pacientemente fuera de la puerta de Hinata cada noche hasta que su amo regresaba a altas horas de la madrugada, sonrosado y saciado. Ellos eran los únicos que sabían que jamás volvía a su cama fría sino que pasaba el resto de la noche fumando en el solárium, esperando que saliera el sol.

Se metió dos dedos en la boca y soltó el silbido grave que jamás dejaba de traer a los dos mastines trotando. La única respuesta fue un eco hueco.

Frunció el ceño. Tal vez Addison olvidó decirle que había ordenado a uno de los lacayos que los sacara a dar un paseo por el parque.

Cuando se acercó a la biblioteca vio que la puerta estaba entreabierta. Se asomó y tuvo que apoyarse en el marco de la puerta, mudo ante el espectáculo que lo recibió.

Hinata estaba sentada en la alfombra del hogar; Cerbero estaba echado a todo lo largo a su lado, y Calibán echado delante de ella con la cabeza apoyada en su falda, sus grandes ojos castaños unos pozos de servil adoración. Ella le estaba acariciando distraídamente las orejas, sin preocuparse en lo más mínimo de que él le estaba dejando llena de baba la seda azul celeste de la falda.

Naruto sólo pudo imaginarse qué dirían sus viejos enemigos los franceses si pudieran ver a sus perros del diablo sometidos por nada más que la caricia de una mujer. Pero él conocía muy bien el poder de esas manos sobre su propia piel. Movió la cabeza, pesaroso. Primero su prima, ahora sus perros. ¿Es que no le dejaría nada?

Estaba a punto de continuar su camino cuando un triste suspiro de ella le clavó los pies en el suelo. Aunque tenía un libro abierto sobre la rodilla, Hinata estaba contemplando el fuego, con expresión meditabunda. Naruto la observó detenidamente, fijándose en cambios que se le habían escapado en las aterciopeladas sombras de su cama. El color de las mejillas besadas por el sol se estaba desvaneciendo. Sus preciosos ojos perlas ya no chispeaban; estaban apagados y ensombrecidos por la soledad.

Lo había arriesgado todo, incluso su corazón, para mantener intactos su hogar y su familia. Sin embargo él la había alejado de ambas cosas, sin permitirle apenas una mirada hacia atrás.

Su tío había ordenado traer todo tipo de plantas y flores exóticas para el solárium, pero éstas jamás prosperaban porque necesitaban calor y luz del sol, dos cosas que esa casa fría y ventosa nunca podría dar. Al final las plantas se morían, y él era el único que las lloraba.

Debió de haber hecho algún ruido, porque Cerbero levantó la cabeza y lo miró interrogante. Poniéndose un dedo en los labios, retrocedió lentamente y se alejó.

Se dirigió a toda prisa al estudio, animado por un auténtico sentido de finalidad que no sentía desde hacía días. Cuando terminó de escribir una nota bastante larga, tiró del cordón para llamar a Addison.

El criado pareció materializarse de la nada, como siempre.

—¿Me ha llamado, excelencia?

Naruto le pasó la misiva.

—Necesito que te encargues de que el marqués de Rannigan reciba este mensaje inmediatamente.

—Muy bien, excelencia. ¿Algo más?

Naruto se reclinó en el respaldo del sillón, sonriendo a su pesar.

—Podría convenirte dar una generosa bonificación a los criados. Están a punto de ganársela.

Al final de su segunda semana en Uzumaki Hall, Hinata estaba tan desesperadamente necesitada de compañía que se sorprendió vagando por la galería de retratos del ala oeste, observando las caras de los parientes muertos de Naruto en busca de algún parecido. Se entretuvo poniéndoles nombres a los más pintorescos e inventándoles historias.

Decidió que el hombre de jubón y gorguera plisada y sonrisa satisfecha se llamaba Percival el Impertinente, bienamado confidente de la muy primera duquesa de Uzushiogakure. El guerrero de cara rubicunda y barba roja no era otro que sir Nagato el Sanguinario, defensor de los condenados injustamente. ¿Y la arpía rolliza de mirada retadora? Pues tenía que ser Fuso Uzumaki la Loca, que asesinó a su insensible marido cuando lo pilló en la cama con su amante casada, mujerzuela de lengua viperina que daba la casualidad tenía por nombre Mei.

Suspirando, decidió hacer otro recorrido por la galería. Incluso el retrato del viejo Ashina Uzumaki había perdido el poder de aterrarla. Casi prefería encontrarse con el fantasma del anterior duque que con el actual.

Se acercó más a la pared para mirar un retrato pequeño que había estado a punto de pasar por alto. Era el retrato de un niño rubio, rígido y muy serio, de no más de once o doce años. Tenía la espalda recta como una vara y sus ojos miraban el mundo con un circunspecto escepticismo discorde con su edad.

Le tocó la mejilla con la yema del dedo, pero no logró encontrar ni una ligera insinuación del hoyuelo que tanto le encantaba. No tenía ninguna necesidad de poner a trabajar su imaginación; ya conocía su historia. Fue abandonado por sus seres más queridos; lo entregaron en las garras de un viejo despótico resuelto a modelarlo a su imagen y semejanza, y fue engañado por la mujer a la que le había entregado el corazón. Bajó lentamente la mano. ¿Podía culparlo por no creer en los finales felices?

Iba alejándose del retrato con la cabeza gacha cuando un salvaje ladrido hizo trizas el silencio. Al ladrido siguió el ruido de voces elevadas, una sarta de palabrotas en un plebeyo tan enrevesado que afortunadamente era indescifrable, y por un agudo chillido.

Levantó bruscamente la cabeza. Pensando que estaba perdiendo el juicio se recogió las faldas y echó a correr a toda velocidad.

Casi había llegado a lo alto de la escalera principal cuando apareció Sakura desde el ala norte, sus cabellos normalmente impecables peinados por un solo lado.

—¿Qué demonios es esa horrorosa cacofonía? ¡Es como si alguien estuviera torturando a un gato!

En lugar de contestar, Hinata pasó como un rayo junto a ella y bajó volando la escalera. No esperó a que el sobresaltado lacayo le abriera la puerta, le quitó el pomo de las manos y la abrió ella.

—¡Hinata!

Mientras Addison, con la cara morada por el esfuerzo, trataba de sujetar a los mastines que tiraban por abalanzarse, una niña de cabellos castaños se arrojó en los brazos de Hinata. El cesto cubierto por una tela de algodón que colgaba de su brazo podía parecer muy inocente si no hubiera sido por el buen número de coloridas colitas que asomaban por los lados agitándose nerviosas por la presencia de los perros.

Mientras Addison entregaba los perros al cuidado de dos fornidos lacayos, Hinata hundió la cara en los rizos de su hermana, aspirando su aroma a bebé limpio.

—¡Hanabi! ¡Hanabi! ¿Eres tú, de verdad?

—Pues claro que es ella — dijo una voz detrás de Hanabi—. ¿Conoces a otra persona que sea capaz de armar tanto alboroto simplemente porque uno de esos simpáticos perros confundió su cesto de gatos por una cesta de merienda?

Hinata levantó la cabeza y vio a su hermano apoyado en la portezuela de un hermoso coche aparcado delante de la casa, su corbata impecablemente anudada.

—Vamos, Neji Hyuga — exclamó—. Creo que has crecido una pulgada desde la última vez que te vi.

—Media pulgada — reconoció él. Aunque se sintió violento y puso los ojos en blanco, dejó que ella le echara los brazos al cuello y le diera un efusivo beso—. Cuidado con la barba. Pueden ser dos o tres, pero pinchan bastante.

—Si me lo preguntan, que nunca nadie lo hace — gruñó alguien—, sigo pensando que tendríamos que llevar nuestros culos de vuelta a Konoha. Vuestra hermana es una lady ahora, demasiado fina para unos pobres diablos como nosotros.

Hinata se giró a mirar a Hiruzen, que estaba detrás de ella, con el ceño fruncido en fingido enfurruñamiento.

—Ven aquí, viejo gruñón, y dale un beso a esta dama.

Él le dio un beso rápido en la mejilla y ella le estrechó las nudosas y retorcidas manos, contenta de ver que casi le habían desaparecido los magullones.

En ese momento Biwako se apeó del coche, ayudada nada menos que por el marqués de Rannigan. Las plumas de avestruz que adornaban su nueva papalina se agitaban majestuosamente en la brisa.

Cuando Hinata hundió la cara en su ancho hombro, se le oprimió la garganta, haciéndole imposible decir las palabras de bienvenida que deseaba decir.

—Tranquila, corderito — arrulló Biwako, acariciándole el pelo—. ya estoy aquí. Todo irá bien.

Aunque Hinata sabía que esas palabras no eran ciertas, le dieron el valor para tragarse el nudo de la garganta. Miró el círculo de caras sonrientes.

—No entiendo. ¿Por qué no están todos en Konoha? ¿Qué hacen en Londres?

Biwako miró al marqués sonriendo como una boba.

—Vamos, tu marido envió a este apuesto caballero a buscarnos.

Sasuke le cogió la mano y se la llevó a los labios.

—Ha sido un placer para mí. No todos los días se tiene la oportunidad de viajar con una mujer capaz de torcerle el pescuezo a un pollo con sus manos.

A Biwako se le escapó una risita y le pellizcó la mejilla.

—Si yo fuera unos años menor, descubriría que no es sólo eso lo que sé hacer con mis manos.

Hiruzen puso en blanco los ojos.

—No le haga caso. Es una coqueta desvergonzada.

—Pues sí que lo es — dijo Sakura, lo que le valió una intensa mirada de Sasuke.

Hinata seguía atontada por la impresión.

—¿Naruto le envió? ¿Y por qué no me lo dijo?

—Porque quería que fuera una sorpresa.

Al llegar a sus oídos la exquisita voz de su marido, ella se giró y lo vio apoyado en una de las columnas del porche.

—Y a juzgar por tu expresión, creo que lo ha logrado — añadió él.

Ella no pudo contenerse y corrió a echarse en sus brazos. Pero esos brazos continuaron cruzados sobre su pecho, como una formidable barrera a cualquier cosa que no fuera una mesurada expresión de gratitud.

—Gracias, excelencia — dijo ella dulcemente—. La verdad es que no hay palabras para expresar mi gratitud por tu amabilidad.

No había palabras, tal vez, pero sí caricias suaves como pluma y besos intensos, conmovedores, y eso fue lo que ella le prometió con su ardiente mirada.

Hanabi le cogió la mano y se la tironeó, impaciente.

—Tienes que enseñarme tu cama, esa que parece una tienda de sultán. Me la describes tan bien en tus cartas que casi me la imagino. ¿Puedo dormir contigo todo el tiempo que estemos aquí? ¿Sí? Di que sí, por favor.

Todos los ojos, a excepción de los de Addison, se volvieron hacia el duque.

Naruto se aclaró la garganta torpemente y un encantador rubor le cubrió la mandíbula.

—Eso no será necesario. He dispuesto que tú y tu hermano tengan vuestras propias suites con camas que parecen tiendas de sultán.

Antes que Hanabi se echara a lloriquear a todo pulmón, Biwako sacó un envoltorio de lino de su bolso y se lo ofreció a Naruto.

—Preparé estos bollos sólo para usted, milord.

—¡Qué... consideración! — dijo Naruto, con un asomo de su antiguo guiño en los ojos.

—¡Yo también le tengo algo! — gritó Hanabi, empezando a hurgar en su cesto.

—No me digas que es una tarta nupcial, por favor.

Ella le dedicó una mirada reprobadora y levantó triunfante su hallazgo.

Era la gatita amarilla. La que seguía todos sus pasos en Konoha Manor. Cuando Hanabi le puso delante la inquieta gatita, la cara de él quedó absolutamente sin expresión.

—Gracias, Hanabi — dijo fríamente, sin hacer ademán de coger a la gata—. Seguro que Addison estará más que encantado de encontrarle buen alojamiento a todos tus gatitos.

Acto seguido, giró sobre sus talones y entró en la casa. Pasado un momento, se oyó a lo lejos el sonido de un portazo.

Alicaída, Hanabi volvió a meter la gatita en su cesto.

—No lo entiendo. Creí que se alegraría.

Hinata le apretó los hombros a su hermanita, intercambiando una preocupada mirada con Sakura.

—No es por ti, Calabacita. Sólo que últimamente es un poco más difícil de complacer que antes. No dijo a su hermana que estaba a empezando a temer que eso podría resultar imposible.

Addison hizo pasar al vestíbulo a su bullicioso grupo de huéspedes, dejando a Sasuke y Sakura cara a cara.

—Ha sido muy amable lo que has hecho por mi primo — le dijo ella—. Siempre has sido más un hermano que un amigo para él.

—Tal como siempre tú has sido más una hermana que una prima.

Sakura soltó una risita algo incómoda.

—Supongo que eso nos hace más o menos hermanos.

Lo último que esperaba Sakura era que él le acariciara el pelo. Se había olvidado de lo ridícula que estaría, a medio peinar. Pero en lugar de meterle los mechones sueltos detrás de la oreja, él le quitó suavemente las horquillas del otro lado, dejando caer los sedosos cabellos rosas alrededor de su cara.

—He pensado en ti de muchas maneras en estos últimos once años — dijo él, su voz casi tan humosa como sus ojos negros—, pero jamás como una hermana.

Entonces ahí mismo, delante de los lacayos, el cochero y el propio Dios, le rozó los labios en un beso que nadie podría haber tomado como fraternal.

Sakura permaneció ahí, absolutamente aturdida, mientras él subía a su coche. Cuando el vehículo se puso en movimiento, él se asomó por la ventanilla y se tocó el sombrero.

—No me hagas caso. Soy un coqueto desvergonzado — le dijo.

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Continuará...