Los personajes son de Masashi Kishimoto y la historia es de Martina Bennet, NADA de lo que hay aquí es, algo que NO me pertenece
capitulo 28 KOPJÁN
La oscuridad arropaba las montañas, como las pieles a los hombres en sus lechos. La gran bóveda se encontraba decorada con miles de almas, que vigilaban a sus amados seres desde lo alto; y las bestias comenzaban su vigilia, como guardianes de la noche. Era la hora perfecta para los que amaban, pero a su vez, la más dolorosa si también se añoraba. Kopján se encontraba recostado en una enorme roca, que sobresalía de la tierra, muy cerca de donde dormía plácidamente su condena. Era una rutina establecida, desde el día en que descubrió, que se había convertido en lo que él consideraba un monstruo.
Aunque pensaba en ello con reprobación, en momentos como el que estaba a punto de suceder, para él se convertía en un regalo de los dioses. La penumbra que divisaba en la ventana, que tanto vigilaba, fue ahuyentada por la débil llama de una vela. Sonrió. Era el momento que tanto anhelaba, por el que se sentaba ahí cada noche, y tal como esperaba, su paciencia se vio recompensada. Una delicada sombra se interpuso entre la luz y la ventana; un segundo después, apareció el objeto de su obsesión.
La niña asomó la cabeza, apoyó sus delicados brazos en el borde, y se dispuso a contemplar las estrellas. Kopján se acomodó tras los arbustos, que cada noche lo ocultaban de la vista de la jovencita, y se dedicó a observarla a su antojo. Tenía los cabellos del color de la tierra, cuando era bañada por la lluvia, con algunos reflejos rojizos, como si el fuego del infierno, se abriera paso hacia la superficie. Su piel poseía el aspecto de pétalos de rosas blancas, y su delicado rostro era angular, de pómulos altos y ojos levemente rasgados.
Parecía enviada por la divinidad, pero para él, era el castigo a los pecados que aún no había cometido. Kopján admiró cómo la luz de la luna, realzaba las formas de su rostro, haciéndola parecer mayor de lo que en realidad era; o quizás solo se trataba de su anhelo más profundo, siendo materializado por su imaginación. En su cultura, no era extraño ver uniones entre hombres mayores, y jovencitas que podían ser las hijas de sus hijos; sin embargo, su caso no se igualaba. A pesar de que la diferencia era mucho menor entre los dos, ella era solo una niña, y para poder tenerla como deseaba, debía esperar al menos un par de años más.
Dudaba que su paciencia, y sobre todo su deseo, soportaran tanto tiempo. Se sentía un enfermo por mirarla y espiarla. Aunque ya no se trataba de la niñita de unos años atrás, consideraba una aberración pensar en ella de esa manera; aun así, él no podía evitarlo, y por eso, era la mayor cercanía que se permitía, protegiéndola de él mismo, que era su mayor peligro. Por las noches, cuando el sueño se negaba a llegar a él, planeaba la forma de poder poseerla. Sabía que tendría que convencer a su padre y al de ella, que no se negaría, por ser él, el hijo del jefe de una de las tribus.
Solo bastaba con esperar, y ya nadie podría interponerse en su camino; ni siquiera, quien hizo acto de presencia en ese momento. Una sombra alta y delgada, apareció por el lado este de la cabaña, y se dirigió hacia la ventana, donde su niña se encontraba. Kopján se quedó completamente inmóvil, para no ser descubierto, aunque no le molestaría reubicar la boca de ese hombre, con uno de sus fuertes puños. Si no lo hacía, era porque no quería asustar a su amada, como ya había sucedido con anterioridad. La sombra tomó forma, y la alta figura del hermano de la muchacha apareció, sorprendiéndola.
―¿Por qué sigues despierta? ―preguntó el joven, con el ceño fruncido. La niña jadeó por la sorpresa, y al reconocerlo, la delicada piel de su rostro dejó ver la sangre, que se aglomeraba bajo ella.
―No tengo sueño ―respondió apenada, con una voz tan delicada y hermosa, que Kopján sintió que todo su cuerpo vibró, ante aquel sonido angelical.
―No estarás pensando en él, ¿verdad? Ella negó con la cabeza frenéticamente, y su rostro se tornó aún más rojo.
―Eso espero ―continuó al ver su respuesta
―. Eres solo una niña, y no voy a permitir que te tenga tan pronto.
―¡Ya no soy una niña! Y ya podría estar prometida.
―¡No! ―El grito no sobresaltó a la jovencita, que ya estaba acostumbrada a esas reacciones
―. Eres una niña porque yo lo digo, y punto. No te comprometerás hasta que seas mayor, y si puedo conseguirlo, no será con él. No me gusta. La jovencita giró la cabeza bruscamente, para que él no notara las lágrimas, que comenzaban a brotar de sus ojos; sin embargo, falló en el intento, cuando los rayos de luna, las hicieron brillar en sus mejillas. El muchacho suspiró.
―Solo quiero lo mejor para ti ―afirmó con un tono de voz más suave
―. Ya verás que cuando llegue el momento, yo mismo encontraré un marido para ti, con el que te sientas a gusto. Alguien que no te mire como si fueras una presa de carne. Las últimas palabras la hicieron estremecerse, y cerrar los ojos. Una leve sonrisa asomó en sus labios, pero su hermano solo logró percatarse de las dos primeras reacciones.
―No tienes nada que temer. Yo te protegeré hasta el día en que padre, te entregue a un hombre bueno, que te mantenga segura. Te doy mi palabra. Ella asintió para cerrar el tema, y desapareció por la ventana, luego de un instante, la oscuridad reinó de nuevo dentro, y el muchacho, después de lanzar una última mirada a los alrededores, se retiró también.
Kopján había escuchado cada palabra, sufriéndolas en lo más profundo de su corazón, y de su alma. No pudo pasar por alto la obvia mención de un rival, alguien a quien su niña deseaba, y por quien incluso lloraba, y se enfrentaba al hermano que tanto quería. Apretó fuertemente los dientes, y se devanó los sesos tratando de adivinar, cuál podía ser ese hombre, que aparecía para interponerse entre él, y el objeto de su locura.
Ninguna imagen pudo llegar a su mente. Cuando no estaba entrenando, o realizando alguna actividad con su padre y su hermano mayor, dedicaba su tiempo a observarla desde lejos. Sabía cada movimiento que daba, cada ida y venida, y nunca la había visto apegada a alguno de los guerreros. Recordaba que ella siempre se acercaba a ver los entrenamientos, e imaginaba que lo hacía por su hermano, al cual admiraba profundamente; pero por la conversación que acababa de escuchar, se dio cuenta que podía estar equivocado en cuanto a la razón. En ese grupo de hombres, debía estar por el que ella pasaba las noches suspirando a la luna; y aunque él no lo conocía, ya lo aborrecía con todas sus fuerzas.
No podía permitir que le arrebataran a la niña, que él quería convertir en su mujer. Necesitaba apresurarse a tenerla, asegurarse de que sería suya, así fuera en un futuro. Sabía que el hermano era un gran obstáculo. Aún recordaba el enfrentamiento que tuvieron, cuando el muchacho se enteró de sus intenciones para con su hermana, por comentarios de los otros jóvenes. Los dos terminaron muy mal, físicamente hablando.
La niña se había enterado, pero la razón que su hermano le dio, en su afán de ocultar la verdad, distaba mucho de la realidad. Era un problema, era cierto, no obstante, él era Kopján, hijo de Kond, y no existía impedimento que lo pudiera detener, para alcanzar uno de sus dos mayores objetivos. Impulsado a no perder más tiempo, decidió que una vez amaneciera, hablaría con su padre, para que ese mismo día se arreglara el compromiso. En un tiempo se casaría con ella, y por fin la podría tener como deseaba.
Nunca había estado con una mujer; ninguna despertaba su interés como ella desde hacía años, cuando solo era una pequeña, sin las llamativas formas femeninas, que ya comenzaban a adornar su bello cuerpo; cuerpo que pronto tendría desnudo en su lecho, dispuesto a enseñarle el placer de la pasión, y a recibirlo de él a su vez.
―Cuando el sol vuelva a estar en lo más alto del cielo, te aseguraré para mí, Erzsébet ―afirmó, mirando fijamente la oscuridad de la ventana, como si su amada pudiera escucharlo a través de su alma
―. Serás mía para siempre. Dio media vuelta, y se alejó para caminar un rato, porque sabía que el sueño no podría conciliarlo, por la gran emoción que lo albergaba. Minutos después, escuchó el sonido de tambores, y una luz que se filtraba por entre los árboles y matorrales. Eran las mujeres de la tribu, que se reunían para hacer ofrendas a los ancestros.
Todas se encontraban ahí menos su niña. Por alguna razón que desconocía, ella prefería quedarse en casa, suspirando por lo que ahora él sabía, era un hombre. Si bien no debía presenciar lo que sucedía en el claro, que se hallaba más adelante, la música hipnotizante lo llamó, y no pudo hacer más que avanzar y, sigilosamente, observar. Así inició esta historia. En ese momento comenzó su final en aquél tiempo, mas no su final en el tiempo.
