Disclaimer: nada de esto me pertenece, los personajes le pertenecen a Stephenie Meyer y la historia a Rochelle Allison, yo solo la traduzco.
BRIGHTER
Capítulo treinta y dos – Trofeo
Un año después de conocer a Edward Cullen, me pidió que me casara con él.
Y seis meses después de que me pidiera que me casara con él, me convertí en su esposa.
Pocas cosas cambiaron durante los meses anteriores a la ceremonia. Planeé con tiempo, trabajando en mi lista de invitados, eligiendo decoraciones y calculando costes, y reservando un lugar, pero no tuvo nada que ver con el espectáculo por el que había visto pasar a algunas de mis amigas en su gran día.
Sin embargo, cuando el tiempo se hizo escaso y llegamos al último mes, todo se descontroló un poco. Estaba determinada a no convertirme de forma involuntaria en una bridezilla, pero la cantidad de cosas que podían salir mal era una locura.
A un par de semanas, llamaron de la floristería para decir que no podían hacerse cargo del pedido -no tenía ni idea de porqué se habían dado cuenta de ello tan tarde- y tuve que darme prisa en encontrar otra. Mi vestido no estaba bien ajustado; había perdido peso debido a los nervios que no me había dado cuenta que había sentido hasta que... bueno, hasta que me había dado cuenta de que los sentía. Era o atiborrarme o hacer que me lo metieran un poco, así que volvió a la modista. La Sra. Hodge era una señora cruzana que había venido altamente recomendada por todo el mundo. Me había agobiado un poco, animándome a comer para no parecer "demasiado delgada", pero se hizo cargo de mi vestido gratis.
Mientras tanto, Jessica y Jacob tuvieron su primer drama. Aparentemente, ella le había pillado una noche en el club, perreando con "una guarra". Después de un concurso de gritos, hicieron las paces con los regalos de Jacob que consistieron en arrastrarse, tartaletas de guayaba y muchísimo "sexo del bueno". A diferencia de mí, Jess no tenía problemas en compartir todos los detalles escabrosos. Tuve que suplicarle que parase.
Nuestra luna de miel iba a consistir en una semana en Puerto Rico así que, según nos acercábamos al día, Edward estaba ocupado en el Pub, asegurándose de que todo quedaba listo para su inminente ausencia: el inventario estaba abastecido, las planillas hechas y había gente extra a mano. Estábamos de nuevo en temporada y los días -y noches- eran largos.
Dos semanas antes del gran día, vino mi madre. Un par de días después, llegaron Carlisle y Esme -que insistieron en quedarse en un hotel a pesar de que les suplicamos que se quedaran con nosotros-, y luego llegó Charlie. Angela, mi dama de honor, llegó con tiempo y con Ben, queriendo pasar unos días en St. Croix con él. El resto de nuestros amigos, tanto míos como de Edward, fueron apareciendo cada día -incluyendo a Peter, que trajo a Charlotte.
En un principio, habíamos querido hacer la boda en el Buccaneer, pero nuestra fecha y el fin de semana siguiente estaban cogidos, así que tuvimos que encontrar otro lugar. Aquello fue probablemente lo mejor que pudo pasar, porque cuando volvimos a Davis Bay para ver el Resort Carambola, supe que tenía que ser allí. La costa norte había sido mi parte favorita de la isla y la playa era absolutamente preciosa. Ya podía imaginar las fotos de nuestra ceremonia durante la puesta de sol.
Además, Edward tenía contactos, así que conseguimos una buena oferta para las románticas villas de la playa, donde nosotros y nuestros invitados pasaríamos la noche de la boda. Incluso había conseguido una habitación para que las chicas y yo pudiésemos prepararnos.
La noche anterior a la boda, decidimos hacer lo tradicional, permitiendo a nuestra familia y amigos que nos separasen. Edward se fue con nuestros padres y sus amigos, mientras que yo fui a Carambola temprano con nuestras madres y las chicas.
―Diviértete ―dijo él, inclinándose hacia el lado del conductor para besarme. Por fin me había hecho con un coche nuevo, un monovolumen perfecto para los baches y caminos de tierra de St. Croix. Edward había insistido durante meses en que lo hiciera cuando mi chatarra murió de nuevo en nochebuena, dejándome tirada en el aparcamiento del supermercado.
―Tú también ―dije, dándole otro beso.
Sus ojos brillaron y estaba a punto de acercarse a por más cuando Emmett tiró de él por la camiseta.
―Suficiente, tío. Vámonos.
Les saqué la lengua y arranqué el coche.
―Portaos bien.
―No te preocupes... no dejaremos que las strippers le toquen ―prometió Emmett, moviendo las cejas―. Mucho.
Hice una mueca, esperando que dijese lo de las strippers en broma, y subí la ventanilla.
―Deberíamos llamar a strippers ―dijo Rosalie con un resoplido desde el asiento trasero―. Y sacar fotos.
Resoplé con una risita, dando la vuelta en el camino de entrada.
―De momento estoy bien, gracias.
―No hay nada de malo en divertirse un poco ―dijo Renee, mirándome―. La tía Mindy me trajo strippers a mi despedida...
―Que asco. Mamá, por favor.
―No, sigue, Renee ―gritó Irina desde alguna parte al fondo―. Yo quiero oírlo.
Al final no llamamos a strippers (y tampoco lo hicieron los chicos, como demostraron los mensajes que Edward me mandó cada vez más borracho a lo largo de la noche), pero sí que nos lo pasamos bien en el bar del hotel antes de ir a mi villa, donde tuvimos una despedida de soltera de pijamas.
Había creído que nos limitaríamos a comer pasteles bonitos y ver películas de chicas, pero no. Jessica y Angela empezaron las cosas con margaritas y bolsas de regalos llenas de artículos vulgares, y las cosas solo fueron a peor desde ahí.
Cuando Jessica sacó la piñata con forma de pene, perdí el control y empecé a reírme hasta llorar. Y al final estuvimos todas medio riendo medio llorando, principalmente porque estábamos muy borrachas, hasta Esme y Renee, pero también porque era un momento emocional. Iba a casarme, por el amor de Dios.
A casarme.
* . *
―¡Bella, despierta! ¡Despierta!
Me moví hacia delante de golpe, despertada bruscamente por Alice, que me estaba sacudiendo.
―¿Qué? ¿Qué hora es? ―murmuré, frotándome la cara. Me había quedado dormida sentada en un sillón, con la ropa de la noche anterior, y me dolía el cuello. A mi alrededor, en un mar de papel de regalo, vasos vacíos y... juguetes sexuales, las chicas se estaban despertando tan desorientadas como yo. En la esquina estaba la piñata con forma de pene que, irónicamente, era lo único de la habitación que no estaba maltrecho. Un trofeo de nuestra noche de desfase.
La miré entre risitas, cubriéndome la boca.
―Las diez. Pero tienes la peluquería a las once, ¿verdad? ―Alice había estado con nosotros la noche anterior, pero se había ido a casa para dormir con los niños. Lo que era algo bueno, porque solo Dios sabía cuándo nos habríamos levantado sin ella.
―Mierda ―dije, levantándome. Todavía sentía un poco de resaca pero, con un poco de suerte, no sería nada que no pudiese arreglar un desayuno grasiento―. Sí. Solo déjame... darme una ducha rápida.
Angela me siguió al baño.
―Oh Dios mío, lo siento mucho. ¡Se suponía que era yo la que debía mantener las cosas bajo control!
―Shh, está bien, Ange ―dije con un movimiento de la mano―. Nos irá bien. Solo... pongámonos en marcha.
Terminé llegando cinco minutos tarde a mi cita, tragando un McMuffin de huevo mientras cruzaba la puerta -pero no importó, porque la peluquera también llegaba tarde. Algo típico en St. Croix -había una buena razón para que lo llamaran horario isleño. Sin embargo, era agradable y me hizo una elegante trenza de espiga lateral, entrelazada con pequeñas flores blancas. Era justo el aspecto que buscaba y me encantaba.
Después, recogí mi vestido de la Sra. Hodge, que lo había guardado, y luego volví a Carambola, dónde me reuní con las chicas para comer en el restaurante. Rose me hizo la manicura y pedicura francesa, mientras que Angela y Alice me maquillaron. Y luego todas nos vestimos.
Algo prestado: pendientes de botón de diamantes que habían sido de mi abuela. Algo azul: mi liga, gracias a Angela.
Mi madre, por supuesto, lloró al verme con mi vestido mientras que Esme se quedaba atrás, sacando fotos. El fotógrafo profesional había llegado un poco antes, para capturar los momentos previos, pero Esme había estado en ello desde la noche anterior.
Me encogí un poco al pensar en como serían las fotos de la noche anterior, la verdad.
Y entonces llegaron las cuatro. La hora señalada.
Mis nervios se cocinaban a fuego lento, haciéndome sentir mariposas de forma constante. Se escuchó un suave golpecito en la puerta y luego entró Charlie, con la cara sonrojada por el exceso de feminidad en la habitación cuando todas le dijimos entusiasmadas lo guapo que estaba.
―Bella ―dijo al final, sonriéndome. Me cogió la mano y yo le besé en la mejilla, asegurándome de limpiarle la mancha de pintalabios que le había dejado.
―Hola, papi.
―Estás... ―Él sacudió la cabeza, sobrecogido.
Respiré profundamente y Angela apareció a mi lado, dándome suaves toquecitos en los ojos con un pañuelo para que no llorase.
―Pareces... no una niña pequeña. Estás preciosa. Más que eso, pero ya sabes... ―dijo, aclarándose la garganta―. ¿Estás lista?
―Tan lista como puedo estar ―dije, aceptando el brazo que me ofrecía.
Salimos al exterior y caminamos hasta dónde íbamos a esperar a que fuera nuestro turno de cruzar el pasillo, tomando nuestro lugar al final de la fila mientras la música empezaba a sonar. Estar tan cerca del océano tenía sus ventajas, como la brisa que llegaba del mar y que mantenía el calor a raya. Miré, tragando repetidamente el nudo de mi garganta, cómo mis mejores amigas se movían hacia delante con vestidos iguales.
Entonces, Rachel y Leah Whitlock nos crearon un camino de pétalos, y mi padre y yo cruzamos el pasillo sobre una alfombra de bambú que habían colocado sobre la arena.
Edward. Dios, que guapo estaba. Se le veía tan serio... y, en ese segundo, me llenaron las imágenes de nuestro pasado.
La noche que nos habíamos conocido en un bar abarrotado. Las palabras que habíamos intercambiado en la fiesta de la Luna Llena, cuando había intentado asustarme para alejarme. Las incontables miradas que habíamos compartido cuando ambos habíamos pertenecido a otra persona y luego el cambio, cuando eso dejó de importar. Su cara cuando me besó por primera vez... me amó por primera vez... me dijo que me amaba, por primera vez.
Era abrumador.
Charlie y yo nos detuvimos, y él me apretó la mano con fuerza antes de entregársela a Edward.
Nos miramos, atrapados en la mirada del otro, seguramente reconociendo la magnitud de lo que estábamos a punto de hacer. Vi sus ojos recorrer mi vestido y sonreír, lo que provocó que él también sonriese, y luego nos volvimos hacia Big Beard, el Capitán y Pastor que presidía nuestra boda.
Intercambiamos votos, una simple mezcla de sentimientos tradicionales y personales. Fue irreal mirar a Edward y decir aquellas cosas frente a todo el mundo, pero las cosas se hicieron muy reales cuando nos declararon marido y mujer. Nos besamos ante la puesta de sol y los aplausos.
* . *
La recepción fue un torbellino.
Bailamos hasta que nos dolieron los pies. Rebosamos felicidad con champán, brindis y risas. Compartimos un cremoso pastel escalonado, adornado con conchas de chocolate blanco. Nos sacamos al menos mil fotos, entre las del fotógrafo, el fotomatón y las cámaras personales. Edward me hizo derretirme cuando bailó una lenta con Leah, solo para escandalizarme minutos después cuando me metió mano al buscar la liga.
Jessica e Irina se pelearon juguetonamente por el ramo, solo para que le cayera a Angela, que se lo arrebató delante de sus narices.
Para cuando Edward y yo nos retiramos a nuestra villa, una suite de luna de miel justo sobre el agua, la camisa de Edward estaba parcialmente desabrochada y yo estaba descalza, con el pelo medio suelto. Compartimos una ducha y bebimos champán directamente de la botella, y caímos en la cama atolondrados, desnudos y felices.
―Por mucho que me gusta ese vestido, esto me gusta más ―dijo, dejando húmedos besos por todo mi cuerpo.
Me estremecí, sonriendo.
―Pero, cuando te he visto antes, cuando has aparecido con tu padre... ha sido como una experiencia extracorpórea.
―Bueno, me alegro... eso era lo que pretendía. ―Suspiré deleitada―. Y yo también te quiero. Mucho.
Él besó una cadera y luego la otra. Yo pasé los dedos por su pelo húmedo, dejando que la felicidad de mi corazón se convirtiese en una ligera necesidad. Él me besó entre las piernas hasta que me corrí y luego entró en mí con una rápida embestida, quemando mi boca con la suya.
―Me alegro de que me eligieras a mí ―susurró.
―Tú eras la única opción ―susurré, sujetándole la cara―. Sabía que acabaríamos así. Mi corazón lo sabía. La primera vez que te vi fue como si... un capítulo de mi vida se cerrase. Y empezase otro.
Yyyyyyy... ahí está la boda.
¿Qué os ha parecido? Estoy deseando leer vuestras opiniones.
Ya solo quedan dos capítulos para terminar. Actualizaré mañana.
-Bells :)
